domingo 14 de junio de 2009

Capítulo 9 de Las Anécdotas de Carmelo

9

La noche anterior, la tía de Carmelo soñaba que lo había ido a esperar al aeropuerto del DF. Sus nervios eran tales, que no resistía la idea de aguardar su llegada en Hermosillo, y por eso, había tomado el primer avión que pudo con rumbo a la capital.
Muchas veces había estado en el Aeropuerto Internacional Benito Juárez, en condición de pasajera de una primera clase, que podía darse el lujo de viajar a donde le diera su regalada gana, cuando le provocase, como había ocurrido hacía tan solo unos meses. Partió con destino a Madrid, pero a los tres días, decidió volver a Méjico para estar en el matrimonio de la hija de una prima, y tan pronto como la boda terminó, la doña retomó su periplo por Europa.
Sin embargo, en aquel sueño llegó al terminal aéreo nerviosa, llena de angustia, y no esperó que le abran la puerta del automóvil, ni dio tiempo para que le hagan las una y mil atenciones, que en otras oportunidades había recibido, por parte del personal de tierra y sus jefes. Su obsesión era darle el encuentro a Carmelo, tan pronto como descienda del avión que lo traía de Lima, Perú, y no le importaba nada más.
Los empleados la vieron correr hacia la aduana, regresar a la puerta, subir al segundo piso, buscando por aquí y por allá, y no faltó un par de curiosos, que comentaron:
--Oye, mira a esa doña.
--Sí, qué andará buscando.
La altura del DF empezó a producir estragos en la señora Paula. De tanto correr, ir y venir se agitó.
Cansada, se dirigió al primer restaurante que encontró. Era un lugar tranquilo, bien decorado, que olía a una mezcla de café, tabaco, perfume fino y aire acondicionado, en una atmósfera acompañada por una música de piano, que sonaba suavemente, a un volumen suficiente como para acariciar los oídos de quienes allí estaban.
La señora Paula necesitaba tranquilizarse, y recobrar fuerzas, para seguir buscando a alguien que le pudiera informar acerca de la hora de arribo del vuelo, y sobre todo, que pudiese ayudar a Carmelo cuando llegue. “Cómo hago? ¿Con quién podría hablar?”, se preguntaba incesantemente.
Tomó asiento, y un mesero se le acercó, saludándola:
--Buen día, y bienvenida. ¿Qué le podemos ofrecer, señora?
--Ay, un café, por favor.
--Muy bien, como usted mande –le dijo el mesero, y se retiró.
La señora sintió que le venía a la cabeza la idea de tomarse aunque sea una copa de licor. “Ay, si por mí fuera, me pediría un traguito”, pensó.
Pero, descubrió que las ganas de buscar a Carmelo hasta encontrarlo eran mucho más grandes que sus deseos de tomar. Ya quería tenerlo a su lado para abrazarlo, besarlo y respirar aliviada, sabiendo que había llegado sano y salvo.
Terminó el café que había pedido, y luego de pagar con su tarjeta de crédito, decidió levantarse para seguir andando. Estaba más que inquieta, y se decía a sí misma: “¡Ay, Jesús mío! ¡Dios y Señor! Te pido que cuides a mi Carmelito. San Martincito de Porres, tú que eres su paisano, y que tanta influencia tienes en el cielo, ¡a ti te lo encomiendo!”.
Caminaba por un largo pasillo, y alguien se le acercó, interrumpiendo sus ruegos y súplicas, diciéndole:
--Buenos días, señora. Disculpe usted, pero creo que la conozco.
--Ay, encantada. ¿Con quién tengo el gusto?
-- Mi nombre es Carlos.
--¡Hay, encantada! Yo soy la señora Paula.
El joven que se dirigía a ella se apresuró en decir:
--¿Paula Cerruti?
--Sí, para servirle.
--Señora -dijo Carlos emocionado-. ¡El que está para ponerse a sus órdenes soy yo! Para mí es más que un honor poder atender en todo lo que esté a mi alcance, a la hermana de doña Josefina Cerruti, la dueña de esa tremenda y fabulosa cadena hotelera que ha sido capaz de ir mucho más allá del estado de Sonora, y cuyo prestigio es motivo de orgullo para todos.
La señora Paula sonrió, y dijo:
--Ay, qué amable que es usted. Gracias por tener tan bien conceptuada a mi hermana.
Y Carlos no perdió la oportunidad de agregar:
--Eh, salúdela de mi parte por favor. Pero, por supuesto, primero cuénteme qué se le ofrece. ¿Qué la trae a visitarnos, señora Paulita?
--Verá usted, joven. Ay, ¿te puedo llamar Carlos, no?
--Ah, ¡pos claro!
--Bueno -continuó diciendo la señora-. Te contaré que vengo a recibir a un sobrino mío, que está llegando desde el Perú.
--Pos, si, doña Paulita, entonces, le haremos todas las atenciones que se merece, tratándose de usted y de su hermana –dijo Carlos.
--Muchas gracias, pero -trató de seguir explicando la señora-. Es que pasa algo que.
Y al verla un tanto nerviosa, Carlos le comentó:
--Dígamelo con toda confianza, señora.
--Es que, bueno –siguió explicando doña Paula-. Mi sobrino es cieguito.
--Ah, pero no hay ningún problema –Carlos afirmó en forma categórica-. En este instante voy a ordenar que le den todas las facilidades del caso, y para su tranquilidad, pos yo mismo me voy a encargar de ir a recibirlo hasta el avión, para entregárselo.
Al oír eso, la señora exclamó:
--Ay, hijito, ¡qué amable que eres! Desde ya, gracias por la ayuda que vas a brindarle a mi sobrino, y por supuesto que le transmitiré tus saludos a mi hermana.
--Órale pues, y el agradecido soy yo, señora –dijo Carlos.
Cuando la señora Paula despertó de aquel sueño, mil ideas daban vueltas en su cabeza, y no pocas fueron las preguntas que se hizo: “¿Debía haber ido a darle el encuentro en el DF? ¿Encontrará allá alguien que lo ayude? ¿Llegará bien Carmelito a Hermosillo?".
Encendió su televisor, con el control remoto que se había quedado sobre su cama desde anoche, y empezó a hacer zapping, para informarse acerca de las condiciones del tiempo. Ya eran las siete de la mañana.
Salió de su cama, sin esperar que suene el intercomunicador que conectaba a su habitación con la cocina. Una de sus empleadas domésticas, llamada Cuquita, estaba autorizada a timbrarle a eso de las siete y media, y lo hacía usualmente, para anunciarle que su desayuno ya estaba listo, y que los periódicos del día ya se encontraban a su disposición para que los lea en la sala de estar, o en su mismo dormitorio si quería.
Puso sus delicados pies sobre una mullida alfombra, tejida con una fina lana, que parecía estar acariciándole sus plantas, y luego, los introdujo en un par de elegantes pantuflas de ceda, de color verde agua, que hacía juego con una bata del mismo color. Las había comprado hacía dos semanas en uno de esos viajecitos que solía darse, ya sea a Huston, o Los Ángeles si le provocaba.
Tomó el fono del intercomunicador con su mano izquierda, y ahora, fue la señora la que se adelantó en timbrar. Primero marcó el número tres, pero ese no era el adecuado, porque le correspondía al cuarto de huéspedes, Donde ya todo estaba preparado para Carmelo.
“¡Ay, santo cielo! ¡Virgencita linda de Guadalupe! A ti también te encomiendo a Carmelito para que llegue bien, sin ningún contratiempo”,, dijo la señora, y volvió a intentar la comunicación.
Marcó el número 1. “Ojala que esta vez no me equivoque”, pensó.
En la cocina, Cuquita escuchó la timbrada, pero no se sorprendió. Sabía que doña Paula estaba nerviosa por la llegada de su sobrino, y por eso, se apresuró en contestar:
--¡Buenos días! Mande, señora.
--Buenos días, Cuquita. Por favor, sírveme un desayuno muy ligero, porque no tengo nada de hambre.
--Bueno, señora -Cuquita respondió-. Como usted diga.
La señora Paula hizo un breve silencio, pero luego continuó dando instrucciones:
--Y otra cosa: Dale también desayuno a Fito con tiempo suficiente, como para que prepare el auto, y para que podamos salir a buena hora hacia el aeropuerto. Recuérdale que tenemos que pasar por la casa de la profesora Amanda, quien también va con nosotros.
--Ah, Bueno, horita preparo el desayuno, y le digo al Fito, señora -contestó Cuquita, y agregó:
--El mozo ya está poniendo la mesa, para que usted se acerque cuando quiera.
--Gracias –la señora concluyó.
Colgó el fono del intercomunicador en su base que estaba sobre su mesita de noche, y se puso de pie. Su dormitorio era amplio, y tenía un gran ventanal que daba a un lindo jardín.
Se dirigió hacia el ventanal para distraerse contemplando el paisaje. Era temprano, pero ya se veía a una que otra persona caminando por la calle, y no faltaban los automóviles que rodaban, quizás hacia el norte de la ciudad, yendo por el Bulevar Solidaridad, o hacia el oeste, llegando a lo mejor al aeropuerto por el Bulevar García Morales.
La señora Paula vivía en la zona residencial de nombre Montecarlo. Su lujoso departamento estaba en el segundo piso de un edificio muy bonito, de propiedad de la familia Cerruti.
Inquieta, súper nerviosa, dejó de mirar por la ventana, y se puso a caminar de un lado a otro dentro de la habitación, sin saber qué hacer. Le parecía que la hora no avanzaba, y eso la intranquilizaba más, porque como bien dice ese viejo refrán: “El que espera desespera”.
Volvió a tomar el control remoto de su televisor en sus manos, para ver qué estaban presentando los diversos canales del cable, qué la podía entretener. La CNN estaba transmitiendo sus acostumbrados informes.
En una de esas, entre que pasaba de canal en canal, vio un documental acerca de los perros guías, y entonces la señora Paula pensó: “¿Ay, me encantaría comprarle un perrito así a mi Carmelo, pero no sé si pueda usarlo en Lima”.
En la ciudad de Hermosillo hay una mentalidad bastante abierta, o digamos que más progresista que otras ciudades, debido a la influencia que ejerce el hecho de estar en la frontera con Los Estados Unidos. El vecino está allí nomás, y la gente que a lo mejor va a visitarlo un fin de semana, bien puede darse cuenta en qué onda anda ese vecino en cuanto al uso de los perros guía.
Cuando el documental terminó, la señora Paula apagó el televisor de 29 pulgadas, y se dirigió al espejo que estaba sobre el tocador de su dormitorio. Quería ver si el cirujano plástico, al que visitaba cada cinco años, había logrado en su más reciente intervención que las huellas del paso de los años desaparezcan de su rostro.
Un automóvil pasó con la radio a todo volumen, y por la ventana de su dormitorio se escuchó lo que estaban tocando. Era la canción La Chula, de Maná.
El espejo le confirmó que no tenía arrugas, pero al mismo tiempo le permitió ver lo mismo que descubría cada día. La señora Paula ya no lucía como aquella jovencita que alguna vez había hecho babear a los muchachos de su generación.
¿Qué había sido de aquella chula? ¿Había desaparecido como el auto, cuya radio tocaba la canción de Maná?
La señora Paula lo sabía, y vivía invadida por una profunda tristeza, que con nada se había podido quitar. Hay casos en los que la tristeza no sede, ni si quiera ante el dinero, por mucho que fuese aquel dinero, y tal parecía ser el caso suyo.
No pudo evitar acordarse de tantas anécdotas que le habían ocurrido a lo largo de sus viajes, y de momentos inolvidables como cuando conoció a su esposo. Ocurrió en un crucero, allá por 1965, en pleno mar Caribe.
Cuando aquella joven alta, delgada, de una hermosa cabellera rubia, de finas facciones, de una carita simpática, graciosa, entró al bar del barco, un chico de nacionalidad peruana la vio. Era tan bella, que de la impresión el chico dejó caer su copa, y hasta casi se desmaya.
Le hizo ojitos, y se le acercó:
--Hola. Mi nombre es Antonio, ¿Y el tuyo?
--Paula –respondió tímidamente la joven.
--Eh, Paula, no te molestes por lo que te voy a decir, pero es que en verdad luces hermosa. ¿De qué país eres?
--De Méjico.
--Ah, entonces, podría decirte, ¡qué chula que estás!
--Pos, muchas gracias –dijo aquella joven, poniéndose roja.
Pero, no poca agua había corrido bajo el puente desde entonces, y el espejo no hacía más que confirmárselo. Doña Paula no lo podía ocultar.
Tenía los párpados hinchados y la nariz roja, ¿pero se lo contaría a Carmelo? ¿Le diría por qué? ¿Esperaría a que él mismo lo descubra? Los ojos de aquella chula, a la que el pequeño Carmelito le llamaba Pau sin mirarla, se llenaron de lágrimas.
La idea de tomarse una copita de vino, vodca, o whiskey, le volvió por un instante a la cabeza. Pero, al igual que en el sueño que había tenido la noche anterior, la rechazó, y trató de pensar en otras cosas. "Mi Carmelo es primero", se dijo, y apartó la mirada del espejo.
Caminó hacia la puerta de su dormitorio. En su departamento, todo estaba en silencio, porque Cuquita empezaba con sus labores de limpieza a eso de las diez de la mañana, para no hacer algún ruido que pudiera despertar a la doña en caso que hubiese decidido seguir durmiendo.
Abrió la puerta, pero antes de salir, volvió a timbrar el intercomunicador. En su garganta había un gran nudo que trató de pasar, tragando saliva y tosiendo.
Cuquita le contestó desde la cocina:
--Mande, señora.
--Ya voy a la mesa –se limitó a decir doña Paula.
--Ándele pues. Su desayuno ya está.
Colgó, y salió de su dormitorio, dirigiéndose hacia la mesa del comedor, donde encontró un provocador jugo de naranja. También había pan tostado, que podía untar con mantequilla o mermelada, y una deliciosa ensalada de frutas bañada en yogur.
Tomó una campanita con su mano derecha, y llamó. Quería pedir algo.
El mozo que estaba en la cocina ingresó al comedor, y la saludó:
--Buen día, señora.
--Buenos días, Julio.
En un tono calmado y respetuoso, el mozo interrogó:
--Mande usted. ¿Se le ofrece algo?
--Quisiera que me alcances el teléfono inalámbrico, por favor, y dile a Cuquita que venga.
--Correcto, señora –el mozo respondió.
El teléfono empezó a sonar justo en esos instantes, y mientras se lo traía, Cuquita contestó: “Bueno. Ah, ¿cómo está señora? Sí, aquí le paso con su hermana”.
La señora Paula agarró el inalámbrico, y escuchó:
--Aló, hermanita, te llamo para que sepas que ya todo está coordinado en el aeropuerto.
--Ay, gracias, Fina. Pero, dime, ¿no tendrá ningún problema mi Carmelo?
--No, ninguno -le contestó la hermana, y agregó:
--Te dejo, Pauli, porque ya me estoy yendo a la oficina. Hoy tengo directorio desde muy temprano, pero ya en la noche nos hablamos, porque yo también tengo que conocer a Carmelo.
--Órale pues. Gracias y chau.
Luego de colgar, doña Paula se tomó todo su jugo, y se comió las tostadas, pero no terminó la rica ensalada de frutas. En otras oportunidades se devoraba el plato, y hasta pedía que le echen más yogur, pero ahora estaba sin apetito por los nervios.
Volvió a tomar el teléfono, y marcó el número de la casa de Amanda. Por lo general, hacía que su asistente la comunique con tal o cual persona, pero como todavía aquella empleada no había llegado, la misma señora se comunicó:
--Hola, muy buenos días –dijo tan pronto como oyó que contestaron.
--Sí, ¿señora Paulita?
--Sí, soy yo misma.
Amanda sonrió, y le preguntó:
--¿cómo está usted, señora?
--Ay, Amandita, ¡Ya te imaginarás lo nerviosa que estoy! No veo las horas que Carmelo ya esté aquí. Se lo he encomendado a San Martín de Porres que es su compatriota, y a nuestra Virgencita de Guadalupe para que lo cuiden en el viaje.
--Ah -comentó Amanda-. Verá usted cómo el tiempo se pasa rapidísimo, y cómo cuando menos lo pensemos ya estará con nosotros.
--Ay, jesús mío. Ojala hijita -dijo la señora, y luego preguntó:
--¿Ya estás lista?
--¡Sí, claro! -Amanda respondió.
--¡Perfecto! Entonces, en unos minutos pasaremos por ti –afirmó la señora.
En esos momentos, Rita, su asistente, llegó al departamento, y luego de tomar desayuno con Cuquita y doña Remedios quien se encargaba de la cocina, se presentó en el comedor, diciendo:
--Buenos días, señora. Aquí me tiene más temprano, para lo que necesite.
Doña Paula respondió aquel saludo:
--Gracias, Rita, y por favor, prepara mi baño y la ropa que me voy a poner. Ah, también checa que el auto esté ya listo.
--Al instante, señora –Rita contestó.
Era una mañana de noviembre. Había salido el sol, pero ya no hacía aquel calorzazo de más de 40 grados bajo sombra, que se siente en hermosillo durante el verano tal como Amanda le había contado a Carmelo, en sus largas conversaciones que sostenían por el Skype.
La señora Paula entró a la ducha. Su baño era amplio; tenía un piso de mármol, y estaba equipado con una sauna, y un jacuzzi, al que a ella le encantaba meterse por las noches, para relajarse antes de irse a la cama.
Entre tanto, Rita veía qué ropa escogerle a la señora. En el closet del dormitorio había tal cantidad de prendas, que no sabía por dónde empezar a elegir.
Cuando doña Paula terminó de bañarse, salió hacia su dormitorio, y sobre su cama encontró un fino conjunto. Había una falda y saco gris y una blusa celeste, que se puso con unas medias de nailon y unos elegantes zapatos negros.
Ya vestida, maquillada, perfumada, y luciendo un lindo collar, además de aretes se dirigió a la sala para repasar los periódicos, especialmente el que pertenecía a su familia, como lo hacía todas las mañanas. Le gustaba leer las páginas dedicadas a las actividades sociales, como cócteles, cenas y fiestas, a las que ella y sus amigas solían concurrir.
Su asistente, Rita, ingresó discretamente a la sala, diciéndole:
--Señora, ya todo está listo. Usted nomás diga cuando nos vamos. .
--Ay, gracias -respondió la señora, y agregó:
--Entonces vamos.
Salieron juntas, hacia el ascensor que las llevaría a la zona de parqueo del edificio. Allí las esperaba Fito, el chofer.
Rita le indicó por el Nextel, "Ya estamos bajando", y de inmediato, Fito encendió el motor del auto. Era un Volvo color plateado, del año, que por orden de su hermana había sido adquirido para la señora Paula, como regalo de cumpleaños.
Al ver a la doña, el chofer le abrió la puerta:
--Muy buenos días.
--Buenos días, Fito.
La señora ocupó el asiento posterior con su asistente, y el chofer tomó su lugar.
--¿Hacia donde vamos? -Fito preguntó.
La asistente le indicó:
--Vamos a la casa de la profesora Amanda, y de allí, nos dirigimos al aeropuerto.
--Correcto -el chofer respondió, y dando marcha atrás empezó a rodar el automóvil.
La señora Paula seguía nerviosa:
--Ay, Rita, no veo las horas que Carmelito llegue. ¿Saldrá todo bien? ¿Le darán la ayuda que necesita?
--Por supuesto, señora -Rita respondió-. Hace un rato hablé con la secretaria de su hermana, y me dijo que ya se había contactado con el personal del aeropuerto, por encargo especial de ella, para que le den todo el apoyo que Carmelo pudiera requerir.
--Qué bueno, y cómo me tranquiliza saber eso. Ay, pero igual, ¡qué nervios!
El auto se detuvo. Ya estaban en la casa de la profesora, y al verla parada en la puerta, esperando, la señora Paula dijo:
--Ay, Fito, por favor, tráigase a la cieguita.
--Claro, señora –Fito respondió.
Descendió del auto, y caminó hacia donde la profesora, diciéndole:
--Buenos días; soy Fito.
--Ah, Fito, ¿cómo está?
--Bien, y ya listo para irnos al aeropuerto. Vengo con la señora Paulita y con su asistente.
--Órale pues -dijo Amanda, mientras doblaba su bastón para subir al auto, y luego saludó:
--Buenos días a todos.
--Buenos días, profesora -le dijo Rita.
La señora Paula fue más efusiva:
--Hola Amandita preciosa, ¿cómo estás? ¡Por fin llegó el día que tanto esperábamos! ¿Qué te parece?
--¡Ay, ¡Que padre! -Amanda respondió.
--Claro -dijo la señora-. Ya todo está arreglado, y lo único que falta es que el avión que trae a Carmelito toque tierra. Fíjate que todas mis amigas del grupo de oración me han ofrecido pedir para que llegue bien.
El auto avanzó por el Bulevar Solidaridad. En el cruce con el Bulevar García Morales doblaron para enrumbar hacia el Aeropuerto Internacional General Ignacio Pesqueira García de Hermosillo.

domingo 7 de junio de 2009

Mas de Carmelo

6

A esa hora, la calle era poco transitada por automóviles. Solo de vez en cuando alguien pasaba frente a la puerta de la casa, ya sea caminando, en bicicleta, o montando un triciclo.
Un heladero ambulante, que venía haciendo sonar una pequeña corneta desde lejos, anunciando así sus productos, vio a Carmelo y le preguntó:
--¿Necesitas ayuda, amigo?
Carmelo le dijo que no, y le dio las gracias, para luego volver a tocar el timbre. Era la cuarta vez que tocaba.
Otra voz se dejó escuchar, pero ya no desde la calle. Era la de una mujer que repetía con insistencia” ya voy; un ratito”.
Carmelo percibió que esa voz venía desde arriba, pero lógicamente no podía saber de dónde.
Cristina, la empleada doméstica de la señorita Blanca, no le estaba hablando desde el cielo, sino desde la azotea de la casa. Lo miró con pena, diciéndose a ella misma: “Ay, pobrecito”, y volvió a gritar fuerte desde las alturas, como para que Carmelo la escuche: “Ya voy, joven, ya voy”.
Carmelo esperó unos instantes, y de pronto escuchó que unos pasos se acercaban desde adentro hacia la puerta principal. También oyó el sonido de unas llaves que se agitaban, y percibió que entonces la voz decía: “Ya, aquí estoy”.
La puerta se abrió:
--Buenas tardes, joven.
--Hola Cristina.
Aquella empleada doméstica trabajaba con la señorita Blanca desde hacía muchos años. Había llegado a la casa de sus padres cuando era una adolescente, y se quedaría luego de la muerte de los señores, por pedido de la misma señorita, quien le había dicho:
--Ay, no me vayas a dejar, porque tú conoces mis gustos y hasta mis engreimientos, mejor que ninguna otra persona.
Cristina sabía cuáles eran las preferencias de Blanca. Por la mañana, le gustaba que la espere hasta que se despierte, para ofrecerle el desayuno en su cama.
--¿Qué te provoca desayunar hoy, princesa?
--Ay, quiero comer dos sánguches de huevo con bastante tocino, y mi tazón de café con leche. De lo contrario, podría ser algo de lo que sobró del almuerzo de ayer.
Sin embargo, los caprichos y antojos de aquella señorita, a la que en confianza Cristina le hablaba de tú, iban mucho más allá del desayuno. Luego de no terminar de llenar su estómago, Blanca se echaba en su cama, para pedirle a su empleada que le haga masajes, que le arregle las uñas, que le pinte el pelo, y la mañana se les pasaba a las dos entre el dormitorio y el baño.
Cuando daban la una de la tarde, Blanca estaba sentada a la mesa de su comedor, para seguir engullendo. Comía por dos, y luego, mientras saboreaba un humeante café, acompañado de un cigarrillo tan fuerte que casi parecía un habano, llamaba por teléfono a sus amigas, con las que solía reunirse para jugar cartas y tomar el té.
Podían pasársele una, o dos y hasta tres horas en el teléfono. Algunas veces, ya no se le ocurría de qué hablarles en sus conversaciones, porque lo único que esas viejas sabían hacer era chismear sobre el vestido de Juanita, sobre lo que dijo Pepita, de los amoríos locos de Rosita, o acerca de la calidad de las flores que habían en la sala de la casa de Julita, pero Blanca insistía en llamarlas, para no sentirse sola.
Aquella vida de tipo casi rutinario se rompía los días miércoles cuando, a eso de las 4 de la tarde, después de una siesta, Blanca partía hacia un centro de apoyo, donde se desempeñaba como voluntaria. Leía en voz alta para estudiantes ciegos, quienes solían llamarla: Señorita Blanquita.
Esa mañana, mientras su empleada le hacía la pedicure, blanca le dijo:
--Hoy va a venir mi amigo Carmelo; el chico al que yo le leo en voz alta.
--¿O sea que no vas a ir tú al centro?
--No; voy a hacer unos pagos al banco, y con las mismas me regreso. Si viene, dile que me espere.
Cristina ya había recibido a Carmelo antes. Sabía que cuando él llegue debía ofrecerle su codo para guiarlo hasta la sala.
Lo hizo sentarse en un confortable, y le dijo:
--La señorita ya vuelve, así que espérela joven, por favor.
Carmelo se puso a pensar en el tema que iba a ser motivo de la lectura de aquella tarde. Empezó a repasar en su mente la situación de las relaciones internacionales, pero de repente, y sin poderlo evitar, se acordó de la conversación que tan solo ayer había tenido con su amigo Walter, quien era primo de John.
--Sí, te prometo que te voy a llevar a un burdel para que debutes –le dijo su amigo.
--¿Pero cuando? –Carmelo preguntó.
--Ah, antes de tu viaje. Si quieres mañana –respondió Walter.
--Eh, bueno…
Carmelo titubeó, y luego siguió diciendo:
--Es que mañana tengo una sesión de lectura.
--Ah, tú y tus cosas de intelectual –le dijo Walter casi riéndose, y luego agregó:
--entonces, vamos el sábado, y de paso le decimos a John que nos acompañe. ¡Te voy a presentar a una hembra bien chévere! ¡Se trata de una mamacita!
--¿Le gustará leer? –preguntó Carmelo.
--Olvídate de lo intelectual, baboso –respondió enfático Walter-. Lo que a esa amiguita le gusta es que la penetren, y no creo que por el hecho de ser ciego tú no la puedas satisfacer. ¿Acaso el bastón de carne a ti no se te para?
Carmelo empezó a reírse de solo recordar esa parte del diálogo con su amigo, pero de un momento a otro la puerta se abrió. Era su amiga, la señorita Blanca, que en esos instantes llegaba, impregnando la sala con el aroma de un delicioso perfume.
--¡Ay, quien solo se ríe de sus maldades se acuerda! –exclamó Blanca al verlo, y soltó una carcajada que terminó en una tremenda tos de fumadora empedernida.
Carmelo se quiso poner de pie para saludarla mientras Blanca tosía, pero el libro que tenía a su lado se le calló, y al ver eso, ella se acercó. Le ayudó a recoger el libro, y lo saludó antes que su amigo termine de pararse.
--Hola; aquí tienes tu libro, y no te preocupes. Quédate sentadito, que ahorita nos ponemos a conversar.
--Gracias –Carmelo respondió, un tanto mortificado consigo mismo, por no haber podido fungir de un joven educado, que se hubiese parado para saludar a la dueña de casa, como hubiera sido lo correcto.
La señorita Blanca le echó una mirada. En sus ojos había un toque de pena, mezclada con una dosis de maternal comprensión y una resignada tolerancia.
Carmelo no se hubiera podido imaginar lo que aquellos ojos marrones proyectaban, en esos momentos, al estarlo mirando. Permaneció quieto, inexpresivo, hasta que la señorita volvió a dirigirle la palabra, diciéndole:
--voy a cambiarme de zapatos, porque estos me resultan muy incómodos, y luego vuelvo. ¿Te parece?
Carmelo volvió en sí, y algo nervioso le respondió:
--Eh, sí, claro.
Para remplazar los finos zapatos de taco que llevaba por otros más chatos, la señorita debía subir a su dormitorio. Era una habitación amplia, decorada de rosado, gris y blanco, alfombrada de pared a pared, con una cama de dos plazas y una mesita de noche con su respectiva lámpara a cada lado, un tocador con su espejo, un chaislone para reposar, así como un amplio closet en el que había toda una colección de calzado, y no pocos vestidos.
Carmelo ya había hecho de aquella señorita un motivo de sus fantasías nocturnas. Ya había mojado sus sábanas de solo imaginarse que la estaba besando, luego de haber tirado con ella en una mullida cama, y en esos momentos, empezó a excitarse.
Con una voz juguetona, casi cantando, Blanca volvió a decir:
--¡No me demoro! ¡Ya regreso!
Y en medio de su excitación, Carmelo se dijo: “Debería cambiarse aquí”. Pensó que aquella podía ser una oportunidad para ir más allá de sus fantasías.
Le hubiera encantado tocar aunque sea sus pies, como lo había hecho desde niño con sus tías, ya que por una parte aquellos pies eran lo más accesible a sus curiosas manos, y por otro lado, eran lo que menos podía incomodarle a una mujer, al momento de ser tocados. “¡Qué rico sería podérselos conocer!”, afirmó mentalmente.
Sin embargo, la empleada apareció con unos cómodos zapatos de taco bien chatito, que ella misma se encargó de ponerle a la señorita, luego de unos breves masajes en sus plantas, evitándole así el tener que subir a su dormitorio, y quitándole a Carmelo la oportunidad de dar rienda suelta a su curiosidad táctil.
--Ay, gracias, Cristinita.
--De nada princesa; póngase cómoda.
Carmelo se quedó en silencio, y mientras su ropa interior empezaba a humedecerse, sintió que la fuente de sus eyaculaciones nocturnas tomaba asiento a su lado diciendo:
--Ay, qué bueno que ya no tengo que subir. Si tú quieres, Carmelito, podemos empezar a leer, pero no sé si te parece que primero nos pongamos a conversar. Esta ha sido una tarde algo tensa para mí, y quisiera distraerme, hablando de cosas no tan profundas, con alguien que tiene un interior tan cultivado como tú.
Carmelo tuvo que tragar saliva, y luego de carraspear un poquito para aclarar su garganta, le respondió:
--Ah, por supuesto. Yo no me atrevía a decírselo, señorita, pero…
--No –ella lo interrumpió-. No quiero que me sigas llamando señorita.
--Eh, sí, bueno –quiso decir Carmelo, pero ella prosiguió:
--Quiero ser tú amiga, Blanca, y ahora cuéntame.
--Bueno, en realidad mi examen de historia es para el próximo jueves. No tengo tanta prisa en leer, y hay otras cosas que me gustaría hablar contigo.
--Ah, tú dirás, Carmelo.
--Hay una noticia en el periódico, sobre política, que yo…
Blanca volvió a interrumpirlo:
--Ay, amigo, hoy quisiera conversar de otras cosas. No me tortures hablándome de la espantosa política, ni me des una cátedra sobre la historia de tal o cual músico, o de este o aquel cantante, que tú tanto conoces. Sabes qué, preferiría que me hables de ti; de cómo es el vivir sin tener vista. ¿Qué hay en tu mente? ¿Se te ocurren cosas? ¿Te inventas historias?
La empleada ingresó a la sala, pero sin hacer bulla. Carmelo solo sintió el ruido que se produjo, cuando la bandeja fue puesta sobre la mesa de centro.
Blanca empezó a explicarle:
--Cristina nos ha traído unas galletitas con sardinas y una limonada, pero no te preocupes que eso es solo una entradita, porque luego pasaremos a la mesa del comedor. Ah, y a propósito, ¿te gustan los ravioles?
--Sí, me encantan –respondió Carmelo, casi sin poder hablar, luego de haberse metido a la boca toda una galleta, que hizo que los cachetes se le inflaran como un hámster.
La empleada se disponía a retirarse, pero se quedó sin poder sustraerse de la sorpresa que le causaba ver el espectáculo que Carmelo producía al momento de comer. Cruzó miradas con Blanca, y luego dijo:
--Estoy en la cocina, para lo que necesiten.
--Ay, gracias, Cris –dijo Blanca, y agregó:
No te olvides de traernos una limonadita bien heladita.
--No, no –Cristina respondió ya desde lejos.
Eran como las cinco y treinta de la tarde. Por la ventana de la sala ingresaba el canto de algunos pajaritos y la voz de uno que otro niño, que pasaba por la acera, de la mano de su mamá, reclamándole porque no le había comprado un caramelo: “Yo estudio, estudio, estudio y tú no me compras nada. Ya no te quiero, mala”.
Blanca sonrió. Volvió los ojos hacia Carmelo, y le dirigió una mirada, como si con ella deseara interrogarlo: “¿Tú también eres un niño?”.
Pero, por supuesto que Carmelo no se enteraría de aquello, y Blanca se dio cuenta muy pronto. Descubrió que sus gestos –esos gestos que ella estaba acostumbrada a hacer como algo natural- así como cualquier mirada suya le iban a servir de muy poco, a la hora de intentar comunicarse con el joven al que solía leerle libros de historia, de política, de filosofía, y prefirió retomar el uso de la palabra, para volver a insistir en el tema que le había planteado:
--Ay, cuéntame cómo es aquello de vivir sin ver, Carmelito. ¿Te resulta complicado?
Carmelo, ajeno a cualquier cuestión de tipo visual seguía comiendo con la boca abierta, y blanca que no le quitaba la mirada agregó:
--Come tranquilito, y después me contestas.
Carmelo se tragó a medio masticar lo que tenía en la boca, y le empezó a explicar que ya se había acostumbrado a vivir estando ciego, y que nada lo iba a hacer renunciar a sus sueños de ir muy lejos en la vida.
Blanca lo interrumpió, diciéndole:
--Es que tú eres maravilloso. Dentro de ti hay una fuerza increíble. Si yo me quedara ciega por un solo instante, pero así, por un solo instante, no sé que haría. ¡Empezaría a llamarte a gritos! ¡Carmelo! ¡Carmelo, ven por favor!
Se oyeron unos pasos, y la empleada volvió a hacer su aparición en la sala, trayendo la limonada:
--Espero no haberme demorado mucho –dijo-. También les he traído más galletitas con sardinas.
Blanca la miró, como diciéndole: “Está muy bien que hagas esa explicación en voz alta, para que mi amigo se entere de lo que hay a su alrededor”.
Cristina se acercó, y dirigiéndose a Carmelo le dijo:
--Traiga su manito, joven, para darle otra galletita. Ah, y también le voy a dar su vaso.
Blanca sonrió, y dirigiéndose a Carmelo le dijo:
--Ay, pero qué buena anfitriona es nuestra amiga Cristina, ¿no?
--Ah, sí –respondió Carmelo, mientras se sobaba las manos, luego de poner el vaso al borde de la mesa.
La empleada se acercó para poner el vaso más adentro, diciendo: “Ay, ¡no se vaya a caer!”, y luego le dio una servilleta, para que Carmelo se limpie esas manos que estaban con un poco de mayonesa:
--Aquí tiene, joven.
Blanca le hizo una seña a la empleada, quien entonces se retiró, diciendo:
--Bueno, cualquier cosa, si necesitan algo yo regreso.
--Gracias –Blanca le respondió.
Ya a solas, se le acercó a Carmelo. Tomó la servilleta, y le dijo:
--Yo te voy a ayudar para que estés limpiecito, y no quiero que te sientas mal por lo que estoy haciendo. Un chico tan guapo como tú tiene que andar hecho un dije.
Le pasó la servilleta por las manos. Luego, lo hizo por la cara, y más precisamente, por el lado derecho, entre la nariz y la boca, donde también había quedado un poco de mayonesa.
Si Carmelo hubiese tenido que pasar por una situación de ese tipo en otras circunstancias, se hubiese sentido mal, y no se hubiera perdonado a él mismo, por haber hecho semejante papelón. Quizás hubiese montado en cólera como lo hizo una noche, en un restaurante de Miraflores, cuando sin darse cuenta volteó un vaso de cerveza sobre las faldas de Carlota, obligando a aquella amiga a tener que soportar la broma de alguien que desde un carro le gritó: “¡Te faltaron los pañales!”.
Sin embargo, en esa ocasión no sentía vergüenza, ni malestar alguno por el hecho de que Blanca lo estuviese limpiando, y por el contrario, hubiese querido que lo limpie más, para ver si así tenía la posibilidad de rozarle alguito. Para empezar, hubiera podido ser un senito, y ya no solo el codito.
--Muy bien, pues –afirmó Blanca, y continuó diciendo:
--Ahora sí que usted ya está impecable, así que a contarme. Hay algo que me gustaría preguntar.
Carmelo empezó a sentir una curiosidad casi enfermiza. Experimentó un impulso incontrolable, que lo hizo interrogar:
--¿Sobre qué quisieras saber? ¿Acerca de qué quieres que te cuente?
Blanca esperó por unos instantes, y luego procedió a responderle:
--Me gustaría saber sobre tu amiga Carlota.
--¿Por qué, ah? –se limitó a preguntar Carmelo.
--Bueno –dijo Blanca-. Es que yo siempre te he visto con ella, y llegué a pensar que era tu enamorada. Sé que han salido juntos, y tú mismo me has contado que ella te habla de sus cosas.
Carmelo sintió ganas de estirarse, pero se contuvo. Tenía a Blanca cerca, y la hubiese podido golpear.
Respiró, y luego de hacer un breve silencio le respondió.
--No, no. Carlota no es, y en el fondo, jamás podría ser mi enamorada, por más que yo lo quisiera.
--¿Por qué? –Blanca preguntó-. ¿Es que ella se opone a la posibilidad de estar con un chico ciego?
Carmelo le respondió:
--No; el motivo es otro.
--¿Pero cuál podría ser entonces? –insistió Blanca en preguntar, y luego agregó:
--Bueno, comprendo que para ti sea difícil hablar de tu amiga, pero creo que puedo hallar alguna explicación acerca de su negativa a estar contigo.
Carmelo comprendía que Blanca y cualquier otra persona podía darse cuenta de la situación de Carlota con solo verla. No lucía nada femenina, y eso invitaba a pensar todo lo demás acerca de ella.
Volvió a respirar, y comentó:
--Es que en realidad el caso de Carlota me da pena, y hablar de ella me cuesta, por no decir que me duele.
--Ah, claro, y yo te entiendo perfectamente –Blanca afirmó, y luego dijo:
--No sabes cómo me gusta que seas reservado, en cuanto a las cosas de tus amigas. Ya veo que yo también podría contarte algo de lo mío, y es que interiormente eres maravilloso. ¡Ay, si vieras serías distinto!
Al oír eso, Carmelo comentó:
--Carlota me dice lo mismo.
--Ah, es que ella es muy inteligente –agregó Blanca, y dicho eso preguntó:
--¿Dime, has encontrado alguna vez a chicas lesbianas entre las cieguitas?
Carmelo sonrió, y se limitó a responder:
--Ah, bueno, bueno, conozco a una.
--¿Ay, y por qué no se la presentas a Carlota? –interrogó Blanca, pero después dijo:
--No; dejemos ese tema, y mejor hablemos de otra cosa. Por ejemplo, hablemos de tu viaje a Méjico. ¡Órale!
Carmelo respiró nuevamente, pero por fin ya más aliviado, y empezó a contarle:
--Tengo una tía mejicana, que era esposa de un hermano de mi madrina. Vivía aquí, en Lima.
Enviudó en 1968, y se regresó a su país, pero desde entonces me decía que cuando sea grande me iba a invitar a visitarla, y bueno, ya llegó la oportunidad. Me voy, tan pronto como terminen las clases.
Blanca lo miró mientras lo escuchaba, y procedió a preguntarle:
--¿Y cuando estés allá, en Méjico, te acordarás de mí?
--Sí, claro –respondió Carmelo.
--¿Pero cómo? –preguntó Blanca con cierta inquietud.
--Ah, me acordaré de tu voz .dijo Carmelo.
--¿Y solo eso? –Blanca insistió.
--Bueno, me acordaré del olor del perfume que usas.
--¿Y del olor de mi pelo? Ven, acércate. ¿No quieres olerlo?
Carmelo empezó a temblar por adentro, y mientras le olía el pelo, Blanca le siguió diciendo:
--Ay, no. ¿Te vas a llevar de recuerdo solo esto?
--No, porque cuando esté allá también me voy a imaginar otras cosas –Carmelo respondió.
--¿Otras?
--Sí, otras.
--¿Y cómo te imaginas que soy yo? –preguntó Blanca.
--Ah, muy buena gente –respondió Carmelo.
--No me refiero a mi forma de ser, monguito –afirmó Blanca, y siguió diciendo:
--Mi pregunta se refiere a cómo te figuras que soy: ¿Alguna vez Carlota te hizo una descripción? ¿Tienes una idea de cómo es mi cuerpo? ¿Te han dicho que soy gorda? Sabes, me daría pena si no te han contado nada de mí, porque cuando estés en Méjico no me vas a poder recordar bien, y solo estarás en la capacidad de hacerte una vaga idea de mi existencia, de mi nombre, de mi voz.
Carmelo se quedó callado, pero Blanca le siguió preguntando:
--¿Te atreverías a tocarme algo?
Hubo un momentáneo silencio, pero ella no esperó respuesta, y tomando una de sus manos, se la puso sobre su pierna izquierda.
Sí, y aquella pierna era gorda, tal como Carmelo la había imaginado en medio de sus fantasías.
Blanca esbozó una sonrisa, y luego de rascarse el pelo dijo:
--Ahora, quisiera que conozcas mi rostro.
Le tomó las dos manos. Se las puso sobre su cara, y dejó que la recorra con las yemas de sus dedos.
Carmelo tocó aquellos labios que tantas noches había imaginado besando. Pudo constatar en tiempo real, que esos labios efectivamente eran carnosos, y que estaban húmedos de ansias por besar y ser besados.
Acarició aquella fina nariz de la musa a la que tantas veces había sentido respirar a su lado, y el solo aire que de esa nariz salía lo llevó más allá de la excitación, hasta convertirlo en un volcán.
--¿Tú haces masajes? –le preguntó Blanca con un tono de voz de tipo irresistible.
Y Carmelo le trató de responder:
--Eh, no, pero bueno… ¿Por qué?
--Porque me gusta la forma en la que me acaricias.
--Bueno –dijo Carmelo-. Estoy haciendo en la práctica lo que muchas veces hice en forma imaginaria mientras tú me leías.
--¿Ah, con razón varias veces te notaba distraído! –respondió Blanca.
Los dos se rieron, y ella volvió a tener un nuevo acceso de tos. Ya se había fumado unos siete cigarrillos desde que Carmelo había llegado para la sesión de lectura, pero encendió un nuevo cigarrillo, ¡y quien sabe cuántos más se iba a fumar!
El tenerla a su lado, botando humo por la boca, también había sido parte del imaginario de Carmelo. En su cama, la abrazaba y jugaba con su pelo, mientras que ella fumaba y le daba besos con sabor a un romántico tipo de singular tabaco.
¿Se la iba a llevar mentalmente a Méjico? Claro que sí, pero esa noche, muchos días antes de la partida, Carmelo habría de iniciar otro tipo de viaje, sin pensarlo, sin haberlo programado de esa manera.
¿Dónde había quedado el librito ese de historia? ¿Y qué hubo de los capitulitos esos que iban a leer sobre relaciones internacionales?
Luego de un nuevo y breve silencio, Carmelo preguntó:
--¿Mañana podremos leer?
Pero, ese silencio continuó, y más allá de sus fantasías, sintió que unos labios se posaban sobre los suyos para besarlos, mientras que una voz con sabor a tabaco le decía:
--Sí, vamos a leer mañana, y si quieres también cuando vuelvas de Méjico, pero esta noche, como dice la canción: “Me quedo contigo”.

martes 19 de mayo de 2009

Y seguimos con Carmelo

5

Sus padres se habían separado, y su mamá se la había llevado con ella. La señora tenía un carácter tan fuerte, pero tan fuerte, que los chicos del barrio la veían como al cuco, y temblaban de solo pensar que los iba a devorar con la mirada, diciéndose unos a otros “Cuidado que allí viene la tía bruja”, a penas la observaban desde lejos.
Carlota trataba de ser amigable con todos, pero tenía que enfrentarse a varias cosas: al miedo que sus amigos sentían ante la presencia de su mamá y a los castigos que recibía por jugar pelota en plena calle, o por haberse metido en un campeonato de box infantil. Por eso, muchas veces los chicos la saludaban, pero desde lejitos, preguntándole en voz muy baja: “¿Vas a jugar por nuestro equipo este sábado? ¿Vas a participar en la pelea a cinco rounds con Ricardo, quien te retó el martes pasado?”.
La madre se enteraría de las preferencias de Carlota por el box, porque una chica que también vivía por la zona lo contó una tarde. Al principio, la señora no lo podía creer:
--¿No me estarás truqueando? ¿Estás diciéndome la verdad?
--Claro señora; claro.
La chica empezó a sentir un miedo que crecía y crecía, cada vez que la mirada de la señora se le clavaba con más y más intensidad.
--Cuéntame todo, y dime con quienes para mi hija, para darle el castigo que se merece.
--Pero señora, es que yo no veo nada malo en que…
--Te he dicho que me cuentes todo, carajo, así que habla porque si no a ti también te cae.
La voz de la temible señora había cambiado. Su rostro se había transformado, y la chica comprendió que por bocona no le quedaba otra más que soltar todo.
--Vamos hijita, desembucha lo que sabes, rapidito nomás.
Carlota volvió a su casa esa noche sin la más mínima sospecha. Su madre la recibió, no con guantes, pero sí con golpes; con unos golpes tan profundos, que aquella jovencita jamás pudo asimilar.
Carmelo la escuchaba hablar de todo esto, y notaba la tristeza que brotaba sin cesar de la voz de su amiga. Ya eran las doce de la noche, pero quería seguirla escuchando, y le preguntó:
--¿Te golpeó muy fuerte tu mamá?
Carlota tragó saliva, y haciendo un gran esfuerzo le respondió:
--Sí, me dio hasta en el alma, con todo lo que me dijo.
Carmelo sintió que el nudo de una profunda emoción empezaba a ahogarlo, y tuvo que carraspear para aclarar su garganta, antes de decirle:
--Ya me imagino cómo te habrás sentido.
--Hasta ahora me siento –dijo Carlota, y agregó:
--Hasta ahora me duele, y yo sé que tú si puedes ver la profundidad de las heridas que llevo en mi interior.
Carmelo se quedó en silencio por unos instantes. No supo que decir, y fue Carlota la que retomó el diálogo:
--Yo hubiera querido que mi mamá me comprenda y me ayude, pero me pasó todo lo contrario.
La voz empezaba a quebrársele:
--Desde esa noche, no me habló por dos semanas. Yo no sabía si me habían servido la comida, y cuando veía mi plato en la mesa ya todo estaba frío. A las dos semanas recién empezó…
--¿Empezó a hablarte?
--No, a insultarme.
Al sentir que la voz terminó por quebrársele, Carmelo buscó la forma de abrazarla. Si algo trataba de hacer en esos instantes era consolar a esa amiga tan querida, diciéndole:
--No te sientas mal, porque para mí tú significas mucho. Me acompañas, me lees en voz alta las asignaturas que les mandaban en el colegio, y si no contara contigo no sé qué haría.
--Ay, Carmelo.
Carlota rompió en llanto como una niña, a la que algo le dolía en lo más íntimo, y en un momento dado Carmelo se puso nervioso, porque nunca había estado ante un cuadro tan impresionante. Aquella amiga tan conversadora, culta, intelectual, con la que hacía solo unas horas había estado tomándose unas cervezas, de pronto aparecía como una pequeña ave que necesitaba recostarse en su hombro para llorar de tanto frío y dolor.
Carmelo se llevó las manos a su propio rostro, y al notar cierta humedad, no supo si era por las lágrimas de su amiga, a la que había acariciado, o por las suyas propias.
Carlota, que en esos momentos permanecía en silencio, de pronto le preguntó con asombro:
--¿Tus ojos también pueden derramar lágrimas? Yo sé que soy una estúpida por preguntártelo, ¿pero es que también tú puedes llorar?
Carmelo no tuvo voz para responderle, pese a que tosió para ver si algo podía decirle. Se palmoteó las piernas, y mentalmente le dijo: “No, no eres ninguna estúpida. Algunas veces a mí también me duele el alma.
Luego de unos instantes, ya más tranquila, Carlota siguió diciendo:
--Tú me agradeces por la ayuda que te doy al leerte, por ejemplo. Sin embargo, no sabes la ayuda que me das al permitirme desahogarme contigo, porque yo no creo que haya mucha gente que me quiera escuchar hablando de mis sufrimientos, de mis frustraciones y de tantas cosas, que a los demás poco o nada le interesan.
--A mí sí –dijo Carmelo.
--Es que tú… -quiso decir Carlota, y aunque dudó, siguió hablando:
--Es que tú me quieres, y eso me produce una profunda pena.
--¿Pena? –preguntó Carmelo.
--Sí.
--¿Porqué?
--Porque quizás te has hecho ilusiones conmigo, y tú ya sabes.
Carmelo se quedó callado. Comprendió que la relación que había fabricado en sus fantasías con Carlota no se haría realidad, y ello también fue un duro golpe para él, pero después de unos instantes dijo:
--¡Podemos ser dos buenos amigos!
--Ay, pero por supuesto –Carlota respondió, y agregó.
--Eso ni lo dudes. Más aún, me daría mucha pena perder tu amistad, pero no quisiera hacerte daño ilusionándote.
Con una voz algo plana, como para esconder una no muy secreta tristeza, Carmelo afirmó:
--Está bien; no te preocupes amiga.
La noche continuaba su curso, haciendo de oscuro testigo de este y de tantos otros encuentros. Ya a esa hora no iba a haber algún colectivo o microbús que lleve a Carmelo hasta su casa, pero aquello lo tenía sin cuidado.
Carlota le seguía contando. En medio de su relato, respondía a las preguntas que su amigo no tenía cuando dejar de hacerle, y constantemente le decía:
--Ay, Carmelo, no sabes qué bien me hace hablar de esto contigo. Tú deberías estudiar para psicoanalista.
Carmelo se sonrió, diciéndose para sus adentros: “Lo que debo encontrar es la forma de ponerle fin a mi soledad”.
Carmelo no siempre tenía con quién conversar, con quién estar, y por eso, se agarraba con uñas y dientes de personas como Carlota. Muy pocas eran las chicas que lo aceptaban, y que estaban dispuestas a sentarse a conversar con él, en vez de irse de paseo, o a una fiesta, con chicos a los que no había que estar llevando y trayendo del brazo.
Pero Carmelo se resistía a reconocer aquello. De la boca para afuera era un chico más, que se había integrado, pero se ponía muy mal en ocasiones como aquella, en la que por la confianza que le tenía la misma Carlota le preguntó.
--Bueno, déjate de vainas amigo mío. Está muy bien que tú seas un magnífico acompañante, un gran conversador. ¿Pero cuándo te voy a ver con una hembra de esas?
Carmelo se quedó callado, y aunque hubiese querido no pudo ocultar su cara de fastidio. Prefirió tamborillarse las piernas, como si estuviera tocando batería, pero Carlota que ya lo conocía insistió:
--¡Ah, evades mi pregunta!
Carmelo se quedó callado. No tuvo el valor de ser franco con su amiga, como ella sí lo había sido, y no le contó que en más de una oportunidad le tocó sufrir el rechazo de parte de las adolescentes a las que él se les insinuaba, incluyendo a las de su colegio.
La misma Carlota había visto cómo cuando Carmelo se acercaba a las muchachas, en la clase, ellas se miraban, unas a otras, como diciendo: ¡Y ahora qué hacemos! ¡Ay, pero qué nervios!
Comprendió el malestar de su amigo, y decidió cambiar en algo el tema hablándole de doña Blanca. Era una señorita que ya había entrado en años y en carnes, y que le había ofrecido recibirlo en su casa para leerle algunos libros en voz alta, diciéndole: “Ay, cuando quieras me llamas por teléfono para comunicarme que quieres venir, y encantada yo te espero”.
Carmelo respiró al oír su nombre, y sintió que por fin iba a poder hablar de una mujer, aunque ya no sea una chiquilla. Aquella señorita le había tomado mucho cariño, y en las sesiones de lectura hablada le había permitido palpar algo más que las hojas de tal o cual libro.
La casa de la señorita tenía dos pisos, y cuando Carmelo llegaba, por lo general, empezaban a leer en la sala, donde ella lo esperaba con un baso de refresco bien helado, si estaban en verano, además de unas galletitas o algún pastelillo que en ciertas ocasiones Carmelo comía con algo de dificultad.
Doña Blanca lo miraba comer, y con un aire de sobre protección maternal le acercaba una servilleta, diciéndole:
--No te preocupes mi vida, que estamos en confianza. Come tranquilo, y después que te limpies la boquita y tus manitos, comenzamos a leer.
Ya Carmelo le había contado algo de eso a Carlota, quien esa noche aprovechó para preguntarle por curiosidad:
--Ay, me vas a matar pero es que soy muy chismosa, jajaja. No puedo resistir la tentación de preguntarte: ¿Cómo te diste cuenta, cómo descubriste que la blanquita era gorda?
Carmelo le iba a empezar a responder, pero antes Carlota le hizo una indicación:
--Cuando me hables, voltea la cara hacia mí.
Carmelo aceptó aquello, porque sabía que su amiga le decía las cosas en muy buena onda, por su bien, y ya volteada la cara hacia ella le empezó a contar:
--Llegué a eso de las cinco de la tarde, y se demoraron en abrir la puerta. Ya era la tercera vez que iba.

lunes 20 de abril de 2009

Gratos encuentros

Gratos Encuentros



Hay voces que han quedado grabadas en mi cabeza desde que yo era niño. Hasta ahora las conservo y me parece estarlas escuchando.
La radio fue desde siempre mi ventana al mundo, y me ha dado muchas satisfacciones. Una de éstas es el haber tenido la ocasión de conocer en persona a algunas de esas voces que tanto me encandilaban. Hace unos días me quise dar el gusto de saludar a una amiga y deleitarme escuchando su voz, y así que tuve la ocasión de hablar con Manie Rey. Jovial como siempre ella me habló de sus proyectos y hasta me contó que tiene un blogspot cuya dirección es: http://comunicarteperu.bogspot.com Manie es una persona muy experimentada en el campo de la locución, como formadora de nuevos talentos de la voz, maestra de ceremonias, etc. En su trayectoria está el haber sido parte del tradicional 24 horas y otro noticieros, y algo que quisiera destacar es que alguna vez nuestra amiga condujo un programa de radio que nos venía como anillo al dedo a las personas ciegas, ya que tenía que ver con la lectura. El título del programa era Leer es un Placer.
Que gran placer me produjo hablar nuevamente hace poco con mi amiga Manie.

jueves 26 de marzo de 2009

Ceguera y Afectividad

CEGUERA Y AFECTIVIDAD

1

Unas cuantas consideraciones introductorias:

En el entorno de nuestra vida se dan diferentes circunstancias, que son motivadas por la influencia de diversos factores. Aquellas circunstancias van condicionando nuestra afectividad desde su origen.
Entre los factores antes mencionados podríamos hacer una distinción. Por una parte, están los endógenos, es decir los que operan en el organismo de los seres, y por otro lado, los exógenos, o sea los que actúan desde afuera del ser humano hacia él.
¿Existirá alguna relación entre esos dos tipos de factores?
Por supuesto que sí, y para demostrarlo un solo botón es suficiente. Veamos el maridaje entre la pobreza y la ceguera:
La pobreza se puede casi respirar en el ambiente externo. La ceguera por su parte daría la impresión de limitarse a los aspectos sensoriales de quienes la padecen, pero ambas se conectan, como resultado de la interrelación que se da entre ciertas deficiencias condicionadas en el ámbito orgánico del cuerpo humano, y algunos componentes negativos del entorno exterior, que en concreto tienen que ver con lo económico.
Algunas veces he oído decir cosas como que ser ciego no sería muy diferente de estar gordo o flaco, de ser alto o bajo. También he escuchado afirmar a los amantes de la autoayuda, con una gran emoción, que uno mismo se pone condiciones negativas en su vida, y que por tanto esas condiciones pueden ser superadas por uno mismo. ¡Y realmente qué lindo sería que así fuera!
De ser tal el caso, también yo empezaría a hablar, cantar, gritar, gemir, llorar, transpirar de tanta emoción y entusiasmo junto. Repetiría a los cuatro vientos aquello de que la inclusión está en mi capacidad de decidirme a ser incluido.
Pero, por experiencia propia podemos constatar día a día, paso a paso, que simplemente nada de eso se ajusta a la realidad, y digo esto, porque quiero dejar constancia que tengo amigas y amigos ciegos, que al igual que yo no están dispuestos a pasarse la vida engañándose a ellos mismos, sumergidos en mitos y leyendas. El camino hacia nuestra superación no va por el lado del autoengaño.
La ceguera va mucho más allá de ser un simple motivo de ciertos problemitas que habrían de manifestarse en una forma suave, simple, casi imperceptible. No, absolutamente no. No, porque no conforme con haber causado estragos y trastornos incluso orgánicos en nuestro interior, la ceguera extiende su ámbito de influencia negativa desde adentro hacia afuera de nosotros, y en su propósito de poner más obstáculos en nuestro ya complicado camino, opera en las diversas esferas en las que los ciegos tratamos de entablar relaciones con la gente, con el propósito de encontrar satisfacción a nuestras necesidades.
Cuando hablo de esferas, me estoy refiriendo a la económica, a la social, a la tecnológica, a la informativa, siguiendo la idea que Alvin Toffler plantea en su libro La Tercera Ola. La ceguera actúa en todas esas esferas, sin dar un solo instante de tregua.

2

Retrocediendo en el tiempo:

Viene a mi mente la conversación que hace algún tiempo sostuve con otro amigo que tampoco ve. Empezamos a tocar el tema de lo referente a nuestra ubicación en el marco de la civilización presente, con todo lo que ello implica, y él me planteó que según su opinión los ciegos de hoy estaríamos en una condición algo parecida a la de aquellas mujeres, que en el siglo XIX luchaban por la consagración y reconocimiento de sus derechos.
La conversación con mi amigo podría pasar por algo anecdótico, pero la cito porque más allá de su opinión sí es importante que nos ubiquemos en el contexto actual, desde una perspectiva histórica. Así podremos entender nuestra situación como colectivo.
En el primer capítulo de su Manifiesto Comunista, al hablar del proletariado ante el desarrollo de la tecnología, Marx se refería a las mujeres y de paso a los niños como la fuerza de trabajo sin fuerza. Claro; podría decirse que eso fue escrito hace dos siglos, y sin embargo, hoy se me ocurre una pequeña interrogante:
¿Cuál será la situación de los ciegos telefonistas, que ante el avance tecnológico, poco a poco van siendo remplazados en sus puestos por las centrales telefónicas, cada vez más sofisticadas, las cuales le permiten a uno marcar el anexo deseado desde la casa?
Cuando se desencadenó el proceso de industrialización, La Burguesía se constituyó en la clase dominante de las nuevas fuerzas productivas, y una gran cantidad de habitantes del campo se volcó a las ciudades. Las instalaciones y facilidades de estas fueron desbordadas, y de ese modo fueron apareciendo los tugurios, así como las barreadas.
La ceguera no se opuso, ni fue un obstáculo frente a las olas migratorias. Sin embargo, ya en las ciudades sometió a los ciegos a nuevas formas de exclusión.
Los ciegos no lograron liberarse ni del estigma, ni de la postergación. Estas migraron del campo con ellos.
En el marco de las nuevas relaciones burguesas, los ciegos no hubieran podido convertirse, y de hecho no se convirtieron en propietarios de medios de producción, pero tampoco lograron engrosar las filas del proletariado, y al respecto podría ensayarse dos explicaciones:
Una primera, está relacionada con la necesidad de contar con la vista, para poder desempeñar el tipo de trabajos que entonces se requería.
Una segunda, basada en que por encima de los cambios producidos tanto en la base económica, como en la superestructura de la sociedad, los ciegos han sido y siguen siendo vistos, como una colectividad capaz de producir solamente pena, lástima, antes que valor de uso y cambio.
El desarrollo de la esfera tecnológica, que correspondía a la civilización industrial, fue dando lugar a la aparición de medios y artefactos realmente maravillosos, como el radio a transistores y la grabadora de cassette. Me refiero a tales artefactos, por lo que estos han significado para mí y para los ciegos en general, pero también los menciono para aprovechar de plantear la siguiente pregunta:
¿Acaso se pensó en nosotros al momento de inventar aquellos artefactos?
Simplemente, no. En la medida en la que la ceguera no nos permitió ocupar un lugar natural en la esfera económica, porque no fuimos capaces de producir al igual que cualquier obrero u obrera, los ciegos históricamente no logramos significar mucho para la civilización industrial.
Permanecimos flotando en la esfera social. Entre nosotros, algunos contaron con la suerte o el privilegio de gozar del apoyo estatal; otros fueron sobreprotegidos por la solvencia de sus familias, pero no pocos se quedaron viviendo en el abandono, en la mendicidad, y hasta hoy la situación de los ciegos sigue siendo casi la misma.
No fueron pocos los que siguieron aferrados a la música, y a propósito de aquello, sería muy interesante estudiar la relación entre el mencionado arte y la ceguera. Sin embargo, al hablar de esto, es indispensable aclarar que dicha relación no se produce porque todos los ciegos fuésemos unos tremendos músicos, porque todos tuviésemos un oído maravilloso, puro, mágico, limpio, o porque en nuestro interior habría la capacidad de transmitir energías positivas, energías de luz, traídas por nosotros desde otras dimensiones en las que no habría que ver con los ojos. No, lo que entonces ocurría, y sigue ocurriendo, es que para nosotros la música ha sido y continúa siendo uno de esos pocos aliados con los que contamos, cuando queremos ser tomados en cuenta por la gente para ganarnos la vida.

3

Yo me pregunto:

¿Cómo podría haber afectado el devenir histórico en nuestra afectividad?
¿Cómo nos sentimos en medio de la situación en la que estamos?
Cualquier persona que ve podría preguntarnos sobre nuestras sensaciones, y yo pienso que sería nuestro deber tratar de dar respuesta a tan legítima interrogante. En vez de quejarnos porque la gente no nos conoce, démosle a la gente todo el conocimiento que podamos acerca de nosotros, de nuestros sentimientos, sin esconder lo crudo de nuestra realidad, porque solo eso nos permitirá reforzar lo bueno y corregir lo malo que pudiese haber en nuestras relaciones con los habitantes del mundo visual.
Ya que estamos hablando de afectividad, me gustaría dejar muy claramente establecido que los problemas de tipo afectivo no se dan solamente y en forma exclusiva en las personas ciegas. En su libro Meditaciones Peruanas, Víctor Andrés Belaúnde hablaba de pobreza sentimental, como uno de los rasgos de la psicología nacional.
Las condiciones objetivas de la realidad son duras para con todos por supuesto, pero no podemos negar que la falta de vista hace que la dureza de tales condiciones cobre un carácter muy peculiar, muy singular en el entorno de los ciegos. El hecho de no ver nos cierra la posibilidad de desarrollar, de un modo natural, una energía afectiva de carácter positivo, capaz de empujarnos a enfrentarnos a nuestra problemática en una forma coherente.
La gente desarrolla aquella energía afectiva en forma espontánea, es decir viendo. Al respecto, pongamos un ejemplo, partiendo de dos escenas para ilustrar esta idea:
En la primera, una señora va caminando por el parque con su hijito de cinco años, y de pronto el niño ve que dos pajaritos están uniendo sus piquitos como si se estuvieran dando un romántico beso. Al ver eso con sus propios ojos, el niño experimenta la sensación de ternura, y entonces tiene un motivo de estimulación afectiva, que bien puede traducirse en un tema concreto de conversación, en el cual él puede volcar toda su emoción al momento de hablar acerca de algo que nadie le ha tenido que tratar de contar.
En cambio, en la segunda escena el niño ciego va al mismo parque, pero no está en contacto con su entorno, y al no ver escenas como la antes descrita no tiene como conseguir que su afectividad se desarrolle en una forma espontánea.
En el caso de quienes han perdido la vista ya de grandes, la cosa es distinta. Yo pienso que al respecto se podría hablar de un trauma afectivo, porque definitivamente, por reiterativo que parezca, la falta o pérdida de la visión no es cualquier cosa. No es tan simple como cuando a uno se le cae un botón de la camisa.
Por eso, sin pretender adelantar conclusiones, quisiera decir que los ciegos necesitamos que se nos someta a una especie de gimnasia afectiva, de manera urgente, para estar en forma emocional. En lo que se refiere a quienes nacieron sin ver, esa gimnasia que en el fondo se refiere a la estimulación debe comenzar desde la misma cuna, y en cuanto a los que pierden la vista, la rehabilitación y el apoyo afectivo deben darse de inmediato.
Observemos las consecuencias de aquella falta de afectividad, mediante algunas tendencias de conducta que a mí me parece poder notar en nuestro colectivo. Es cierto que cada ciego es un ser individual, irrepetible, pero también es verdad que por contradicción, entre nosotros hay no pocas cosas que nos identifican.

Nuestra inercia:

En términos colectivos, los ciegos andamos como el humo, sin un rumbo definitivo. No conseguimos organizarnos institucionalmente, en una forma ordenada, efectiva y eficiente, para alcanzar si quiera un objetivo concreto, por mínimo que este fuese, para beneficio de nosotros mismos.
Nos quejamos de nuestra realidad, de las condiciones en las que nos toca vivir, pero solo cuando se nos insita a quejarnos. Por lo demás, parecería que no contásemos con la capacidad de tener iniciativa propia de acción en forma positiva, para ir más allá de nuestras quejas y tomar al toro por las astas.
Cuando reaccionamos colectivamente frente a una situación –si es que reaccionamos- lo hacemos pero no necesariamente por nosotros mismos, sino porque otros (videntes) vienen, cual salvadores a los que me parece estar escuchando: “A ver, ¡que estos amigos míos ciegos me dan pena!”.
Debido a la falta de energía de tipo afectivo que padecemos, No tenemos la capacidad de movernos por impulsos propios de carácter positivo. Actuamos como consecuencia de impulsos externos, y en todo caso, nos dejamos llevar por nuestra conveniencia enfermiza y egoista.
Nos pasamos la vida sin haber transitado del dicho al hecho, y nos quedamos en el terreno verbal. Muchas veces, entre nosotros no hay más que palabras, palabras, palabras, y palabras huecas, que nos esforzamos por adornar, pero que al final se van con el viento, antes que hayamos resuelto aquel dilema de Hamlet: Ser o no ser.
Nos enredamos en conceptos vagos y en ideas inconclusas, que entonces escondemos en frases que repetimos una y otra vez. Creemos que así vamos a quedar verbalmente muy bien, ¡y vaya que si no seremos repetitivos!
En la práctica, no tenemos la suficiente fuerza afectiva como para ser verbo, fuente de acción. Nos reducimos a ser sujetos de reacción, y en ciertos casos, daríamos la impresión de no tener otra capacidad más que la de actuar por inercia, antes que por convicción, en contra de nosotros mismos frente a las circunstancias.
Es por eso que hay quienes se han especializado en utilizar a los cieguitos, porque saben muy bien que no hace tanta falta esperar algún indicio de iniciativa coherente de parte nuestra. Han descubierto que debido a nuestra inercia pueden hasta pensar por nosotros, antes que pensar con nosotros, en temas como el de la inclusión por ejemplo.
Estamos como un barco al garete, pero resulta que en medio del mar de implicancias de la ceguera, seguimos allí como si con nosotros no fuera. Nos va y nos viene la cosa, como si tales implicancias no nos fuesen duras, adversas, y quizás perversas, o como si frente a ellas no tuviéramos que reaccionar.
Las mentes de los ciegos lúcidos, que sí los hay, nos proponen conceptos, planes, proyectos. Sin embargo, todos esos planes y proyectos se estrellan finalmente en nuestro colectivo, con algo así como una masa que ante la propuesta se queda indiferente, o que en todo caso reacciona, pero para responder de una manera negativa, y luego vuelve a su estado permanente de inercia.
Podría ser por eso que entre nosotros a veces hay quienes sienten impotencia, desilusión, y no quieren saber nada de los asuntos gremiales, llegando a decir: “Las cosas del colectivo cieguno no me interesan”.
Antes que unidos, andamos revueltos, como en un laberinto en el cual el peor enemigo del ciego no parecería ser otro más que un ciego igual que él. La prueba de ello está en el sinnúmero de instituciones que entre nosotros aparecen porque aparecen, porque aparecen y porque aparecen.
Deberíamos ir hacia arriba, pero si la moda de los videntes es ir hacia abajo, allí vamos. Sí, vamos, ¡porque no es difícil que se nos maneje como a borregos! Y tendríamos que ir al sur, pero en nuestro deseo compulsivo por estar bien con Dios y con el diablo, vamos hacia el norte, sí, sí claro al norte, ¡aunque el norte no sea el paraíso! ¿Por qué? Por nuestra inercia.

Nuestra amargura:

Hay quienes piensan, y hasta nos afirman con gran seguridad, que nosotros no vemos con los ojos, pero que en cambio sí vemos con el corazón, con el alma, y al respecto, en más de una ocasión me han dicho: “Ah, ¡qué suerte la suya de no estar contaminado con las cochinadas de este mundo! Oiga, ¡usted no se está perdiendo de nada, ¡y por el contrario puede vivir en paz con su ceguera!”.
Sin embargo, cuando oigo algo así me sonrío, pero al mismo tiempo siento algo de pena y lástima por quien me lo dice porque, ah, si él o ella supiera cómo son las cosas entre nosotros, no sé qué impresión se llevaría. Quizás, ¡se llevaría el más grande de los desengaños! Y es que como bien dice el refrán: “Del dicho al hecho hay mucho trecho”.
La ausencia de energía afectiva deja en nosotros un profundo vacío. Este empieza a ser llenado muy pronto por una amargura que a su vez es estimulada por las condiciones negativas, generadas en nuestra realidad cotidiana por la ceguera.
Lo que quiero decir en cuanto a ello es que a cada paso que damos nos encontramos con uno y mil obstáculos, y que al no contar con una energía afectiva que sirva para amortiguar el impacto de tales obstáculos, se produce en nosotros una profunda amargura. Dicha amargura podría llegar a intoxicar el espíritu.
No es casual que los ciegos nos estemos enfrentando entre nosotros mismos. Lo hacemos, con una fuerza que debería ser utilizada para derrumbar el muro con el que la ceguera nos separa de los que ven, convirtiéndonos en algo así como prisioneros de un régimen totalitario.
¡Cuántas cortinas y muros se han caído a lo largo de la historia! Al respecto, estoy pensando en las murallas chinas, y entre otros en aquel muro de Berlín, que increíblemente hasta mediados de los años 80 del siglo pasado no se sospechaba que se pudiese caer, pero que ya no existe.
Sin embargo, el muro construido por la ceguera hasta ahora permanece en pie. ¿Por qué? En parte se debe a nosotros mismos, a nuestros enfrentamientos.
Las campañas de sensibilización, las charlitas, las conferencias ya sea a favor de la integración, o de la inclusión –lo mismo da Juana que Chana- no le han hecho ni el más mínimo rasguño al muro imperial que circunda al régimen dictatorial de la ceguera. Aquel muro sigue igual que siempre, y permanece bien custodiado por todo un ejército de mitos, prejuicios y leyendas que trabajan sin desmayo, cual esvirros fieles a la ceguera, que muchas veces nosotros alimentamos mediante nuestras conductas.
Ante cualquier intento por cruzar hacia el exterior, el mencionado ejército nos cierra las puertas. “Alto”. Los ciegos vivimos bajo un régimen plagado de contradicciones complejas, que nos obligan a vivir en este mundo, y al mismo tiempo alejados de él.
Nosotros podríamos intentar suabizar la dureza del tipo de condiciones en las que nos toca vivir. Deberíamos dejar de lado nuestras cuestiones individuales para trabajar por el bien común nuestro, pero es preciso reiterar que para eso necesitaríamos una urgente estimulación afectiva que contrarreste nuestras frustraciones y la amargura que nos asfixia.
Si fuésemos gitanos, podríamos decir que entre nosotros no haría falta leernos las manos. ¿Por qué? Es que para nadie es un cecreto la de broncas, bronquitas, y broncasas que se arman en nuestro colectivo, ¡por mírame y no me toques! “Dime a qué institución perteneces, y dependiendo de eso, te diré si puedes entrar a la mía”. “¿y a quién representas tú?”. “Ah, bueno, yo a los honestos, a los desentes, a los legales, a los que realmente representan a…..”.
Cuando estamos entre los videntes, los cieguitos –así nos suelen llamar- los ciegos nos portamos como niños buenos, para ver si de ese modo nos aceptan, nos integran, nos dan la carta de ciudadanía. Hacemos todo lo que está a nuestro alcance, para ver si así dejamos de ser exilados en este mundo visual.
Cuando de otra parte los videntes cruzan el muro imperial, y en un tur curioso, emocional, visitan lo que yo llamaría el Baradero de la ceguera, es decir la parte tecnológica de nuestro mundo, nosotros nos esforzamos por dar lo mejor de cada uno. Les mostramos cómo manejamos el Jaws, cómo enviamos correos electrónicos, cómo podemos leer este o aquel periódico, y hacemos que los turistas se vayan diciendo: “Ay, ¡los cieguitos sí que son maravillosos! Sobre ellos, ¡debería filmarse un Buena Vista Tiflo Club!”.
Sin embargo, cuando estamos a solas, entre nosotros se desatan las luchas intestinas. Los niños modositos, los cieguitos puros, buenos y hasta casi angelicales nos transformamos en sujetos que de pronto somos invadidos por una ira, una amargura interior de la que no logramos liberarnos. ¡Qué tal transformación la nuestra!

Nuestra escasez de realidad:

Hay algunos ciegos excepcionales que tienen la capacidad de tomar consciencia de su situación, y que pese a todas sus limitaciones, sienten un profundo deseo por informarse, por enterarse de todo lo más que puedan para así tratar de interiorizar la realidad. Se encuentran con uno y mil obstáculos, debido a la falta de vista, pero cuentan con una suficiente energía afectiva que los empuja a seguir, a seguir, y a seguir sin desmayo.
Sin embargo, en muchos de nosotros la amargura ahoga cualquier impulso sano por tratar de entrar en un contacto esencial con la realidad, más aún si ese contacto demanda esfuerzo. Nos mantiene atascados en una curiosidad ociosa, morbosa y enfermiza, que nos insita a averiguar acerca de detalles, y cosas intrascendentes, que nos sirven de entretenimiento, porque nos permiten jugar con nuestras fantasías, haciendo una y mil historias de lo más alucinantes.
Es por eso que padecemos de una escasez de realidad muy peculiar y agresiva. Esta puede llevarnos a adoptar una actitud de negación de ella, en una forma mentirosa y violenta.
Nos aferramos a mitos y leyendas que, como creo ya haber dicho, muchas veces son alimentados por nosotros mismos. Uno de esos mitos tiene que ver con nuestro gran, ¡con nuestro tremendo nivel cultural!
En efecto, en la actualidad habemos un buen número de ciegos que hemos pasado por la universidad. Nos hemos graduado, y luego de sustentar nuestras tesis, hemos recibido nuestros títulos, en medio de grandes felicitaciones, palmaditas en el hombro, besos, abrazos y frases, tales como aquella de: “Ah, realmente el esfuerzo de ustedes es digno de toda admiración”.
¿Pero es que aquellos títulos le han puesto fin a nuestra escasez de realidad?
No creamos que sí, por el hecho de tener grabados en el cerebro unos veinte poemas de Machado, de Lope Vega, De Bequer, para declamarlos en alguna reunión, y para que así la gente diga: “Ay, mira al cieguito, ¡cómo recita!”.
Tampoco creamos que sí por habernos aprendido de memoria lo que sucedió el día que maría Antonieta fue guillotinada, y porque tenemos la habilidad de repetir textualmente, como loros, más de una de las proclamas hechas en la asamblea nacional de la Francia revolucionaria.
Ante lo que son las cosas frente a nuestra escasez de realidad, me parece estar escuchando pretextos tales como el siguiente: “Ah, yo no veo, pero me sé todas las capitales del mundo, y por si eso fuese poco, te puedo decir qué hora es en Buenos Aires, en Toronto, en Tokio, Sin mirar el reloj”.
Imaginemos al cieguito que trata de esconder su falta de realidad, a la hora de responder un cuestionario, uno de esos cuestionarios bien simples, que a lo mejor podrían aplicarse en alguna esquina, en algún paradero, o en alguno de esos puestos de comida callejera, mientras nos vamos saboreando un rico salchipapas.
¿Qué sabes acerca de la situación de los ciegos en tu país?
“Eh, bueno, en este momento… No me acuerdo de las leyes que existen, como para sustentar el diagnóstico que pudiese darte, pero lo que sí tengo para contarte es algo de la vida de Hellen Keller”.
¿Has tenido la ocasión de leer los materiales que se refieren a Los objetivos del Milenio?
“No, porque la computadora se me colgó, en el momento que empezaba a leer la biografía del cantante de los Rolling Stones”.
¿Podrías decir cuándo se inició el movimiento tiflológico en tu país?
“No me acuerdo muy bien, pero sí te puedo decir que tengo muy presente aquel campeonato mundial de Football que se realizó en Méjico, en 1970. El campeón fue Brasil, y hasta ahora recuerdo que Pelé fue el que anotó uno de los cuatro goles con los que le ganaron a Italia en la final. En todo caso, te podría contar alguito sobre la historia de los ciegos españoles, y si quieres, te hago unas cinco citas, de memoria, de la obra de ese gran ciego llamado Homero”.

Nuestro decoratismo:

Nos encontramos ante la imperiosa necesidad de disfrazar nuestra falta de energía afectiva y aquella amargura, que tanto daño nos hace a nosotros como también a quienes nos rodean. En la práctica, los ciegos somos como actores que andamos buscando la mejor máscara posible para ponérnosla, y ver si aunque sea de ese modo se nos da algún papel; se nos integra, se nos incluye, o lo que sea, en el reparto social de la vida.
Lógicamente, entre nosotros no faltan quienes están obsesionados, enfermizamente obsesionados, con la idea de decorarse lo más que puedan, para ver si de ese modo logran dar su gatazo ante la gente. Tal es el caso de aquel sujeto que inspiró mi artículo al que irónicamente titulé: El Súper Ciego.
Podrá sonar irónico, pero los ciegos somos unos grandes decoradores. ¿Y cómo se manifiesta nuestro decoratismo? En un verbalismo que entre nosotros puede llegar a niveles increíbles.
Ante la incapacidad de recurrir a los colores, hacemos un abuso sin límites del lenguage hablado. Sufrimos de una tremenda verborrea.
No nos preocupamos por el fondo de lo que decimos porque, por último, para nosotros no importa que lo que decimos no tenga fondo. Lo que nos preocupa es la forma en que vamos a decir lo que decimos, y de ese modo, recargamos nuestras palabras.
Tegemos fraces rebuscadas, y armamos oraciones lo más enrredadas que podamos, para según nosotros mismos quedar muy bien. Por si acaso, no pueden faltar los adjetivos, y cuanto más exuberantes sean estos, mejor.
Donde hay una exclamación, nos gustaría poner dos, y para expresarnos mejor aún, si fuese posible, colocaríamos tres. ¡Una no es ninguna!
Nos prodigamos en los detalles que nosotros creemos espectaculares, con el propósito de adornar nuestra oratoria lo más que podamos. Si tenemos a nuestra mano la posibilidad de citar nombres extranjeros, si sabemos proverbios en Latín, frases en Francés o refranes en Italiano, no dudamos en llenarnos la boca con todo eso. ¿Y para qué? Para conseguir que el auditorio diga: “Ay, pero qué cieguito para más preparado”.
Al momento de empezar nuestra intervención frente a la gente, respiramos para sugerir que estamos pensando, y luego, ponemos toda una voz que según nosotros tiene un sonido señorial. Entonces mis queridos amigos, y tal como les venía diciendo...”.
Me gustaría ilustrar nuestro decoratismo, valiéndome de un modelo imaginario de perorata. Desde ya, ofrezco las disculpas necesarias por los errores de sintaxis, y por cualquier salvajada que a continuación se pudiese percibir. Lo que ocurre es que estas van adrede, como un homenaje a nuestros tiflotas.
Escuchemos: “Estimados amigos y hermanos con discapacidad visual de la ceguera, que en esta noche nos hemos reunido juntos con lo cual celebramos pues el gran ¡gran nacimiento! de nuestra institución con gran felicidad. Nos hemos reunido y tal parece pues en esta noche por tanto que hubiera salido el sol por debajo de las tinieblas, que alumbra el nombre victorioso, vibrante, progresista, reivindicativo, combativo, que por tanto se refleja el carácter auténtico, diáfano, que como la luz de las estrellas alumbra todas, pero todas las buenas intenciones de nuestros henchidos corazones con discapacidad”.
Luego de ello, y dicho en buen mejicano como se lo escuché a mi amiga María Auxiliadora Durán, los ciegos nos preocupamos por decorar nuestro verbalismo lo suficiente, como para calentar el lonche, ¡pero nada más! Creemos que haciendo aquello vamos a conquistar el mundo, ¿pero cuánto lonche hemos calentado? ¿Y cuánto hemos conseguido con eso? Simplemente, nada de nada.
Sin embargo, nuestro decoratismo no termina en lo verbal. Decoramos nuestras actitudes; decoramos nuestros supuestos modales, y estos últimos los exageramos frente a los videntes, poniéndoles un acento que por la falta de vista no es natural, ni espontáneo.
Frente a los que ven, creemos que pasamos por educaditos y finos. Sin embargo, en el terreno visual, la gente nos descubre por encima de la ropa, cuando por ejemplo nos empezamos a mecer sin control, cuando miramos hacia arriba, cuando nos metemos los dedos a los ojos o a las narices, y cuando hablamos sin dominar el volumen de nuestra voz.
De otra parte, los profesionales, aquellos ciegos que tenemos el privilegio de haber sido educados, nos preocupamos por mencionar y lucir nuestros títulos cada vez que podemos. No pueden dejar de llamarnos: doctor, licenciado –ha, ¡eso no puede ser!- y nos preocupa cómo le vamos a llamar a la asociación que también habría que fundar para decorar el ambiente por todo lo alto, recurriendo al mayor número de bombos y platillos, como para producir la más grande de todas las bullas que alguna vez se haya podido oír. Lo del ideario institucional ya se verá, pero lo de la etiqueta, lo del nombre, no puede postergarse, y por el contrario debe ser singular, inconfundible, más llamativo de lo que podrían ser los nombres de otras instituciones.
En nuestra mentalidad decoratista, si no hay una denominación espectacular no hay institución, y si en la institución el nombre, el rótulo, la etiqueta son motivo de debate, no es de extrañar que algunos se aparten, aduciendo que la denominación finalmente adoptada no llena las expectativas suyas, ni las de las bases, esas bases populares que, en el fondo, como tales, no son más que un elemento también decorativo de nuestros incoherentes discursos.

Conclusión:

Frente a lo expuesto, sé que podría ser tomado por un tremendo pesimista, pero al respecto me gustaría decir lo siguiente:
Yo no considero que los ciegos seamos un caso perdido y sin vuelta que darle. Si voy al fondo de nuestra problemática, por crítica que esta sea, es porque deseo contribuir a remover nuestras conciencias. ¿Y por qué? Porque, aunque parezca lo contrario, tengo la esperanza que puedan darse formas y medios que nos permitan ayudarnos a enfrentar la situación en la que nos encontramos.
Estamos frente a un gran desafío: unirnos para luchar contra la ceguera. Sin embargo, para ello hay un requisito fundamental, y es que si no somos capaces de ser protagonistas de nuestra propia emancipación, nada hará que las cosas cambien por nosotros.
No sé si antes he planteado la siguiente pregunta:
¿Qué estamos esperando para reaccionar en forma civilizada?
Trabajemos por estimular en nosotros una energía afectiva que permita transformar nuestro interior.

Lic. Luis R. Hernández Patiño

domingo 22 de marzo de 2009

Más Anécdotas de Carmelo

Sin saber por qué, Carmelo fue invadido por una profunda pena al escuchar la confeción de Carlota. Podría haber tomado la cosa en una forma más tranquila pero no, y entonces se preguntó si no habría un sentimiento de tipo resíproco entre los dos, si aquella pena sería como la que tal vez Carlota pudiera sentir por él, al verlo ciego.
Las palabras de su amiga, dichas en una voz muy baja, pausada, eran como la expresión de un lacerante grito de angustiosa necesidad de ser escuchada, de no estar sola, de no seguir siendo incomprendida. Era, de una u otra forma, una necesidad muy parecida a la de Carmelo.
Carlota lo miró intensamente, como queriendo llegar hasta el fondo de su alma. Lo miró con unos ojos llenos de lágrimas, que empezaban a rodar por sus megíllas, pero que Carmelo jamás percibiría, a menos que las fuese a tocar.
Huvo un silencio muy profundo. Parecía que en esos momentos los dos amigos hubieran perdido la facultad de hablar, pero Carlota se encargó de ponerle fin a aquel silencio preguntando:
--¿Y ahora qué sientes tú por mí, al oírme hablar de esto?
Carmelo tomó otro sorbo más de cerveza, y luego de poner el vaso sobre la mesa le respondió:
--Primero que todo, siento que soy tu amigo, que puedes contarme lo que creas que debes contarme.
Carlota insistió en preguntar:
--¿Y no te daré asco?
Pero, ante esa interrogante, Carmelo respondió:
--Simplemente, no quiero volverte a oír eso. ¿Cómo se te ocurre que voy a sentir asco por alguien que para mí es tan especial?
Carmelo sintió que las manos de Carlota buscaban las suyas. Se las tomó suavemente, y mientras se las acariciaba le dijo con la voz quebrada:
--Yo sabía que me ibas a comprender – Gracias, porque a tu lado siento que podría seguirme desahogando.
Carmelo la escuchó y le dijo:
--Ah, cuando quieras. Para ti, soy todo oídos.
La radio del restaurante continuaba sonando. La música que en esos instantes se escuchaba era de lo más romántica, y le daba al ambiente un toque especial.
Carlota encendió un cigarrillo más, y le ofreció otro a Carmelo:
--¿Quieres uno tú?
--Bueno, gracias.
Pero, cuando buscó en su cartera se dio con la sorpresa que ya no le quedaba ni un solo pucho, así que hizo una seña, y uno de los mozos del restaurante se acercó:
--Diga usted, señorita.
--Ay, un paquete de cigarrillos, y también dos heladas más, ¡que estén como las anteriores!
--Correcto –dijo el mozo, y se retiró.
Los dos se quedaron en silencio, y Carmelo pudo escuchar cómo en el mostrador un mozo destapaba las botellas que le habían pedido, diciendo: “¡Ah, estas sí están bien al polo!”.
Carlota suspiró, y se rascó la cabeza una vez más, mientras exclamaba:
--¡Gracias por ayudarme a desahogarme!
El pedido llegó, pero Carmelo se dio cuenta de ello cuando sintió el ruido que el mozo hizo, al poner las botellas sobre la mesa, diciendo:
--Listo, y ahí también están los cigarrillos.
--Ya, gracias –Carlota le respondió, mientras guardaba el dinero que le habían dado de vuelto en su cartera.
Alguien se acercó a la radio del restaurante, y fue cambiando el dial, hasta que encontró una emisora que transmitía música en Inglés. Estaban tocando aquella canción de los Carpenters Close to you, y Carmelo se puso a tararear un pedacito de la primera estrofa.
Hizo una breve pausa, y retomando la conversación, se dirigió a Carlota:
--¿Me permites una pregunta?
--Sí, todas las que quieras –respondió ella, luego de dar una bocanada de humo.
--¿Qué te va a decir tu mamá cuando vuelvas a tu casa, por llegar tan tarde?
Carlota respiró hondo, y dijo:
--Nada. Nada, porque a mi madre no le importo. Has de cuenta que para ella yo no existo.
Carmelo le preguntó:
--¿No te quiere?
Y la respuesta de Carlota sonó enfática, contundente, desgarradora:
--No, no, no me quiere, pero eso no es todo. Se avergüenza de mí, de haber parido alguien...
En ese momento, un pequeño se acercó a la mesa, y dirigiéndose a Carmelo le ofreció:
--Señor, aquí le traigo flores para que le regale a su amiga.
--No gracias –le dijo Carmelo.
El niño se fue a otra mesa, y Carlota retomó el tema, preguntando con un tono de voz lleno de inquietud:
--¿Te acuerdas del primer día que llegué al colegio?
Carmelo le respondió:
--Por supuesto.
Los amigos la miraban, y le iban dando todos los detalles que podían acerca de ella. Carmelo los escuchaba, y por supuesto que les hacía una y mil preguntas.
Carlota continuó diciendo:
--Tus amigos me empezaron a estudiar de pies a cabeza. Me observaban, y te decían que esto, que lo otro, ¿no es cierto?
--Sí –Carmelo le respondió-. Siempre les pregunto acerca de cómo es tal o cual chica, ¡y más aún si se trata de alguien nueva!
--¿Y en mi caso qué te decían? –Carlota le interrogó-. Cuéntame, cuéntame. Ahora soy yo quien te lo pide. Necesito que me lo cuentes.
Los vasos estaban vacíos, así que Carlota sirvió más cerveza,. Carmelo dio un nuevo sorbo, y a insistencia de ella le empezó a contar:
--Bueno, me hablaron de tu color de piel. Me dijeron que no eras ninguna rubia.
--Ah, es que soy bien morena, casi negra –comentó Carlota.
Carmelo le respondió:
--Yo no te siento voz de negra. Tienes un timbre, un color de voz que a mí me gusta.
Carlota lo escuchó, y luego de darle una pitada a su cigarrillo, le volvió a preguntar:
--¿Y no te comentaron nada de mi cara, de mis facciones?
Se volvió a llevar el cigarrillo a la boca, y, luego de fumar, continuó:
--Quizás, te dijeron que yo no luzco muy femenina, y no te engañaron, porque ya tú sabes.
--Sí, claro –se limitó a decir Carmelo.
Carlota no esperó que él termine de hablar, y le siguió diciendo:
--Pero lo que no te hubieran podido explicar es el drama que llevo en mi interior.
Hablaba con la voz casi quebrada, y repitió una vez más:
--No te imaginas cuánto sufro.
--No, pero me gustaría saberlo –dijo Carmelo.
El restaurante fue invadido por el ruido que hacía un tremendo grupo de chicas y chicos, quizás de nuestra misma edad. Entraron y pidieron: “Hey, flaco: somos unos ocho o nueve, así que ponte las chelas más heladas que existan, y prepárate unos anticuchos con el ají más maldito que tengas, para que pique de veras”.
Carmelo dijo entonces:
--Uy, aquí no podemos seguir charlando; vámonos a otra parte donde no haya tanta bulla.
Carlota preguntó:
--¿Quisieras seguirme oyendo? ¿No te aburren mis cosas?
--No digas eso –le respondió Carmelo en forma enfática-. Alguien como tú no puede aburrirme, y además, comprendo que tú necesitas hablar de tu sufrimiento.
Pagaron la cuenta, y salieron de aquel lugar. La bulla que hacían los jóvenes se fue quedando atrás, y conforme iban caminando, la voz de Carlota se fue adueñando de la noche.
Eran más o menos las once y media, y a esa hora ya no había ómnibus que los lleve desde Chorrillos hasta Miraflores. Las calles casi bacías se convertían en mudos testigos de sus pasos y de su conversación.
A paso lento, llegaron al parque principal del distrito de Barranco. Allí había una que otra pareja, algún pintor que ofrecía sus cuadros, y alguien que declamaba a viva voz sus propios poemas a quienes lo quisieran escuchar, a cambio de unas cuantas monedas.
La noche se presentaba acogedora. Ya no faltaba mucho para que llegue el verano, y en el ambiente flotaba una brisa deliciosa.
Iban a tomar asiento en una de las bancas del parque, pero los dos tenían un gran problema. Querían ir al baño, así que se dirigieron a uno de los bares que hay por allí.
El bar estaba casi vacío. Habría unas tres mesas con clientes que estaban tomando cerveza.
Carmelo entró al baño de varones, y como no aguantaba las ganas de orinar apuntó a donde sea. Terminó mojando un tacho de basura, y también humedeció sus propios pantalones.
Carlota no tuvo ningún problema. Salió del baño tan pronto como pudo, y los dos volvieron al parque.
No había bulla que los interrumpa. En todo caso el barullo que percibían era muy breve.
El declamador ambulante se les acercó, diciendo:
--A ver, a ver, un pequeño poema para tan linda pareja.
Lo escucharon, y cuando el pobre terminó de recitar un mamotreto que no tenía ni pies ni cabeza, le dieron algo de propina. Lógicamente, para él todo trigo era limosna, sin que importe la cantidad, así que les dio las una y mil gracias.
Con las monedas en la mano, se retiró, y cuando ya estuvieron solos, Carlota comentó:
--Dirás que estás aquí por mi culpa, por haberte pedido que me ayudes a desahogarme.
--No -Carmelo le respondió-. Pues fui yo quien decidió escucharte, así que la culpa en todo caso es mutua y yo la celebro.
Carlota se quedó callada por un instante, y luego dijo:
--Sabes una cosa, cómo me gustaría que este encuentro no se termine nunca, o que por lo menos, se vuelva a repetir.
Carmelo le respondió:
--Ah, de ti depende. Quiero que sientas la capacidad de contarme lo tuyo desde el principio.
El tiempo dio la impresión de haberse detenido para volver a tras, y Carlota regresó al laberinto existencial en el que se encontró cuando tenía doce años. Por esa época, vivía en Lince.

sábado 14 de marzo de 2009

Las Anécdotas de Carmelo

Las Anécdotas de Carmelo
1.
Aunque Carmelo intentó incorporarla a su grupo de amigos, no logró su cometido porque Carlota prefería pasarse el tiempo leyendo, o haciendo apuntes que mantenía en reserva. Los conservaba en un cuaderno que ella siempre llevaba consigo, y ni el mismo Carmelo sabía de qué se trataba. Cuando en una ocasión él le preguntó qué había en esas páginas, Carlota se limitó a responderle: “Ya te las voy a leer” y no le dijo nada más.
Antonio, uno de los chicos, le decía a Carmelo en una oportunidad mientras conversaban:
--Oye, tu amiga es media rara.
Sorprendido, Carmelo le preguntó:
--¿A qué te refieres?
Pero, en esos momentos Carlota entró al salón, y Antonio tuvo que darle un pequeño codazo a Carmelo, como si le hiciera una seña para decirle en voz baja: “Después hablamos”.
Carlota saludó a los dos amigos –lo hizo con una voz que a Carmelo le sonó algo triste- y fue a sentarse para retomar la lectura de un libro que había estado ojeando el día anterior por la tarde. Era un tomo grueso que al parecer contenía largas historias de ciencia ficción.
Aquella mañana del trece de julio de 1976 corría un viento muy frío, y no daba ganas de salir al recreo, pese a que en la clase no había mucho por hacer, pues ya era el último año de estudios. Pero, esa misma tarde el sol empezó a brillar, y como el ambiente estuvo algo caluroso, Carlota y Carmelo decidieron volver a salir después del colegio.
Comenzaron a caminar, y luego de dar incontables vueltas alrededor de la manzana del colegio, entraron en la bodega de un chico llamado César.
--Hola, ¿qué los trae por aquí?
--Ah, queremos tomar una bebida –respondieron los dos, casi a coro.
César les dio la botella con dos vasos para que se sirvan, y mientras tomaban de pie, al lado del mostrador, los dos amigos seguían conversando de diversos temas, como el de la política que tanto entusiasmaba a Carlota. Le encantaba hacer análisis sobre la realidad, y podía pasarse un buen número de horas, comentando sobre los cambios sociales que se daban en esos años 70.
Cuando terminaron de consumir aquella bebida ya eran como las cinco y media de la tarde, así que Carlota y Carmelo se despidieron de César:
--Gracias Cesitar. Ya en cualquier momento regresamos.
--Chau, chicos. Vuelvan por aquí, para seguir conversando.
César despachaba en la bodega de su padre como una forma de castigo, porque no había querido finalizar sus estudios en el colegio. Su papá, Don César, le había dicho: “Si no vas a estudiar, me trabajas a tiempo completo”.
Carmelo se ponía a conversarle cuando iba a comprar cigarrillos, y César siempre tenía algún tema entretenido, porque se conocía las historias de varios de los chicos del barrio. Se las escuchaba cuando estos faltaban a sus colegios y se iban a pasar la mañana en su bodega.
Además de atender a sus clientes que le pedían desde una aguja e hilo para cocer, un cuarto de aceite, medio kilo de tomates, azúcar, arroz, galletas, fósforos, cigarrillos, alguna bebida, César también hacía de consejero en asuntos del corazón. En más de una vez fue paño de lágrimas de alguna chica, que le contaba sus cuitas y llorando le decía: “Ay, qué mal me siento, Cesitar”.
Carlota y Carmelo reiniciaron su camino por la Calle Arica, cruzando la Avenida Angamos, y siguieron en línea recta, atravesando la Calle Piura, así como Enrique Palacios hasta llegar a la Avenida José Pardo de aquel viejo distrito de Miraflores. Luego de cruzar Pardo, siguieron por la Calle Bolognesi, que es la prolongación de Arica, hasta encontrarse con el malecón.
En medio de una amena conversación, pasaron por el Parque Salazar de aquellos años, y continuaron por el Puente de Armendáriz, dejando atrás a Miraflores, para internarse en Barranco, aquel lugar de ensueño donde está el Puente de Los Suspiros que alguna vez inspiró a Chabuca Granda.
La hora también fue avanzando, y al igual que ellos, se fue embriagando del toque mágico de la atmósfera romántica que envolvía sus pasos, mientras caminaban por la Calle Pedro de Osma, que estaba adornada por una infinidad de árboles Ya serían algo así como las siete y treinta de la noche, y pensar que el paseo recién empezaba.
Sin darse cuenta, llegaron hasta el distrito playero de Chorrillos, que está hacia el sur de Lima. Los esperaba una brisa marina muy rica, que refrescaba las ganas que los dos tenían de seguir hablando, y vaya que si no habría tema para rato.
Carmelo andaba buscando la ocasión más adecuada para preguntarle a su amiga, qué era eso que ella andaba escribiendo en el cuaderno que siempre llevaba consigo. ¿Qué te imaginabas, Carmelito? ¿Qué te incitaban a pensar tus fantasías? ¿Te habías puesto a soñar con Carlota?
Por su parte, ella sentía la necesidad de hablarle de algo que desde hacía tiempo venía dándole vueltas en la cabeza. Sentía que debía decírselo de una buena vez para tratar de estar tranquila. ¿Estabas segura que Carmelo te iba a escuchar, Carlota? ¿No te estabas exponiendo demasiado a la posibilidad que él se porte en forma indiferente contigo?
Decidieron sentarse en un pequeño restaurancito para tomarse un vaso de jugo, pero Carlota dijo:
--Ay, es que no sé si tú me acusarías en el colegio si te cuento algo.
--Qué, ¿estás promoviendo algún levantamiento juvenil en contra de la dictadura militar que nos agobia? –le preguntó Carmelo, con cierta ironía.
--No, nada de eso –Carlota le respondió.
Carmelo escuchó que su amiga se rascó la cabeza, y luego de hacer una pausa le dijo:
--Entonces, ¡cuéntame!

2

Le podrían haber puesto algún nombre en español. De ese modo, hubiese sonado más a su tipo, a los rasgos mestizos de su piel.
Su padre era de la parte norte de la costa –había nacido en el departamento de Tumbes- y su madre era del departamento de Puno que está en la cierra sur del Perú, haciendo frontera con Bolivia. Se habían conocido en Lima, y mientras trabajaban –él como vendedor de artefactos eléctricos y ella como vendedora de comida callejera- decidieron juntarse.
Quizás tendría que haberse llamado Juan, pero le pusieron John, como si fuese un gringo. No pocos niños de su generación tenían nombres extranjerizantes, pero la explicación que él daba en cuanto a su caso personal era que su papá era más que admirador de Lennon, y que por eso lo había inscrito con ese nombre cuando fue a los registros públicos.
--¿Está seguro que su hijo se va a llamar así, señor? –preguntó el funcionario.
--Sí, póngale John Liverpool Ponce Mamani.
Pero, aquello del nombre podía pasar por alto. Los problemas de John eran de otro tipo, y lo ponían en condiciones mucho más serias, que a veces lo llevaban al aislamiento.
Salió de su casa aquella tarde, con el firme propósito de ir a visitar a Carlota. Había estado pensando en ella toda la semana, y hasta le había compuesto unos tres poemas que deseaba podérselos declamar.
John vivía en el Jirón Trujillo del populoso y a la vez tradicional distrito del Rimac, y Carlota en la Calle Garzón Jesús María. Por tanto, él debía tomar dos ómnibus para dirigirse hacia donde suponía que en esos momentos estaba la musa de sus poemas.
Empezó a caminar lento, mirando hacia todas partes. En la esquina de su casa había una tienda donde se vendía cerveza, y dos hombres, que ya estaban más que borrachos por todo lo que habían bebido, le pasaron la voz:
--Oye, hermano, ¿no tendrás alguito en el bolsillo como para hacer un salud con nosotros?
John no les respondió, y en cambio, aceleró el paso. Los borrachos estaban en una situación tal que no lo hubiesen podido alcanzar, y al ver que se les iba, se limitaron a insultarlo.
En su barrio lo llamaban Darwin, por el tipo de cara que tenía. Se parecía a la de un mono que no había terminado de evolucionar, y que si hablaba, lo hacía de puro milagro porque a veces ni se le entendía.
Los borrachos le siguieron gritando: “Así que no quieres chupar con nosotros, ¿ah Darwin?” pero él los ignoró, y siguió su camino. Eran como las tres y media de la tarde, y no había mucha gente por el barrio.
Cruzó el puente del río que también se identifica con el vocablo quechua de Rimac, y que pasa por el costado del palacio de gobierno. El arrullo de las aguas de aquel río borró de su mente el eco de las voces de quienes lo habían estado insultando, y le permitió seguir tranquilo, imaginando que Carlota vibraría de emoción con sus pequeños poemas.
Se había puesto unos pantalones de boca ancha de color celeste, y como le quedaban un poco cortos, se le podía ver unas medias rojas que tenían puntos azules, verdes, rosados, etc. Sus zapatos eran de charol y su camisa multicolores.
Una vez cruzado el puente, bajó por unas escaleras hacia una especie de sótano. Allí estaba el paradero inicial de la línea 1 que llegaba hasta Chorrillos, conocida también como la línea Tacna Trípoli, y se puso a esperar el ómnibus.
Algunas veces hablaba solo, o se ponía a cantar en voz baja si había gente alrededor. Los demás volteaban a mirarlo, porque además, cuando cantaba o hablaba se ponía a dar brinquitos.
Mientras el ómnibus venía, se puso a repasar los poemas que le había dedicado a Carlota. En esos instantes no había nadie en el sótano, así que se puso a declamar en voz bien alta, como para escuchar su propio eco, pero cosa rara en él, se había olvidado de algunas estrofas.
Tenía una memoria prodigiosa. Su capacidad de retención era algo fuera de lo normal, y tal vez mostraba ciertos indicios patológicos.
Al ver que el ómnibus ya venía, se tranquilizó diciéndose: “Felizmente he traído escritos los poemas de aquella musa que el sueño me quita”.
El vehículo se detuvo, y el chofer apagó el motor por unos minutos. La gente empezó a llegar, y poco a poco fue subiendo, al tiempo que el mismo chofer decía:”Por favor, señores, paguen con sencillo”.
John tomó asiento, y luego de unos cinco minutos, el motor del ómnibus se volvió a encender. Ya había subido una buena cantidad de gente, sobre todo de escolares, que a esa hora –las cuatro y cuarenta y cinco minutos de la tarde- regresaban a sus casas cansados y con hambre.
El tráfico estaba algo cargado en la Avenida Tacna. El ómnibus iba a paso de tortuga, o quizás más lento aún, y no se hicieron esperar los comentarios de los pasajeros y una que otra protesta: “Ay, qué barbaridad. Vamos por otra ruta. Apúrese, ¡que quiero ir al baño!”.
John aprovechó la ocasión para meterle letra al señor que estaba sentado a su lado. Con frases de lo más rebuscadas, le dijo:
--Permítame usted, distinguido caballero, que con todo respeto le formule una interrogante de tipo reflexivo.
--Diga usted, joven.
La gente volteó a mirar a John, pero no por su forma de hablar sino por la cantidad de tics nerviosos que tenía. Sus ojos, su nariz, y tal vez hasta sus orejas, parecían estar ejecutando un concierto de muecas que no tenía cuando parar.
John hizo una pausa, y dirigiéndose al señor de su lado, le preguntó:
--¿Diría usted que los problemas con el tráfico empezaron, cuando las mujeres decidieron ponerse a manejar?
El señor, que hasta ese instante había pasado desapercibido, respondió casi gritando de la emoción:
--Efectivamente, joven. Usted debe ser muy inteligente, porque con su pregunta ha dado indudablemente en la punta del clavo. Las mujeres deberían estar prohibidas de conducir, porque hasta manejando bicicleta son un peligro.
Esa sola afirmación generó una tremenda discusión en el ómnibus: “¡Ay qué lisura! ¿Qué se ha creído usted, oiga? ¿Y qué no podríamos decir nosotras de algunos hombres que manejan como bestias? Ah, seguro que tú eres uno de ellos, así que arráncate para tu casa nomás, viejito”.
John empezó a dar pequeños saltitos de emoción sobre su asiento, al ver que había sido capaz de promover todo un tema. Sus manos empezaron a sudarle, y no pudo evitar ser víctima de un ataque de risa nerviosa, que por ser tan rara atrajo la atención de los que venían discutiendo.
Quienes lo conocían, y sobre todo quienes le tenían confianza como en el caso de Carlota, le solían decir que aprenda a controlar sus reacciones. Sin embargo, John no le daba oídos a los consejos de sus amigos.
Miró por la ventana, y se dio cuenta que el ómnibus recién iba a cruzar la Avenida Uruguay. Ya había dejado atrás la Avenida Tacna, pero todavía no había salido del centro de Lima.
Para colmo de males había un carro malogrado en el medio de la pista, y eso hacía más lento aún al tráfico. El que manejaba aquel carro era un hombre, y ello motivó más de un comentario en las mujeres que iban como pasajeras en el ómnibus: “¿Y ahora, qué nos dices de esto tú que tanto nos criticas, ah, viejito?”.
John bostezó, y poco a poco fue siendo invadido por un sueño que terminó por apoderarse de él. El ómnibus continuó su marcha y aunque lentamente, ya había dejado al centro de la ciudad bien lejos, luego de seguir por la Avenida Wilson, para cruzar la 28 de Julio y entrar a la Avenida Arequipa.
Todos los pasajeros tenían que hacer con los ronquidos de John. Desde la parte posterior del ómnibus, un chiquillo gritó: “Hasta aquí se escucha cómo rebuzna ese burro” y las risas no se hicieron esperar.
Cuando John se despertó miró nuevamente por la ventana, y descubrió que por haber estado roncando se había pasado largamente. Estaba en el paradero final de la línea de ómnibus en Chorrillos, cuando él tenía que haberse bajado en la cuadra diez de Arequipa, en la intersección con Cuba.
La hora avanzaba, y el sol empezaba ya a guardarse, al igual que los niños. La noche estaba casi lista para entrar en escena y cumplir su papel de cómplice de los mayores.
Como no le quedó otra, John empezó a regresar a pie, porque no tenía mucho dinero. La gente volteaba, sorprendida por los colorinches de su vestimenta, y no faltó quien le gritó desde un automóvil: “Oye, ¡porqué caminas como escaldado? Te pareces a una vieja con almorranas”.
Hay seres que parecen haber venido a este mundo con la misión de ser el blanco de todo aquel que quiera fastidiarlos, o tomarlos de punto, y John daba la sensación de ser uno de ellos. Había que ver cómo lo batían en el salón de clase. Le ponían un chicle en el asiento, y cuando él se paraba para ir a la pizarra los demás le decían: “Darwin, te ha salido una cola por atrás”.
Divisó un pequeño restaurante, y decidió entrar. Sin embargo, se llevó la sorpresa de su vida, cuando observó que su amiga Carlota, la que supuestamente iba a esperarlo en su casa, estaba conversando con Carmelo en una de las mesas.

3

Carlota jamás hubiera sospechado que John se iba a aparecer, y que a lo mejor se le iba a acercar para intentar hablarle, para declamarle alguno de sus poemas. Creía que la estaba esperando en la puerta de su casa tal como habían quedado, y eso le daba la tranquilidad de sentir que se había liberado de él.
Tan pronto como lo descubrió, parado en la puerta del restaurante, le dirigió una mirada fulminante. Cómo sería aquella mirada, que el pobre John no tuvo otra que darse la vuelta y desaparecer del mapa.
En esos instantes no había mucha gente en el lugar. Quienes allí estaban hablaban bajito, y podía oírse el ruido de la licuadora con la que se hacía los jugos de diferentes tipos de fruta.
Carmelo estaba como en otro mundo, jugando con sus fantasías. No tenía ni la menor idea acerca de lo que ocurría a su alrededor, y sin sospechar por qué Carlota se había quedado en silencio, decidió retomar la conversación que venían sosteniendo, diciéndole:
--Bueno, soy todo oído, así que cuéntame lo que me tengas que contar.
Luego de unos segundos, con una voz algo nerviosa, Carlota le empezó a hablar:
--Es que, en vez de un jugo me provocaría tomarme una cerveza.
Carmelo respondió:
--Ah, pues que sean dos, ¡Y espero que tú tampoco me acuses!
--Ay, ¡pero cómo se te ocurre, amigo!
Las mesas del restaurante eran de una madera rústica, y las sillas no resultaban tan cómodas que digamos. Eran duras, y sus patas andaban medio tembleques, pero el ambiente resultaba simpático.
--Ay, no vaya a haber un clavo en el asiento –dijo Carlota.
Los dos amigos se rieron, y uno de los mozos que escuchó el comentario se aproximó, diciendo:
--No, señorita. No hay ningún clavo, así que siéntese nomás.
Carlota se puso a toser de la risa, y Carmelo le preguntó:
--¿Tú conocías este lugarcito? ¿Y ya te has hincado al sentarte?
--Sí conocía este sitio, y nunca me he hincado al sentarme. Me encanta venir, pero no siempre tengo con quién hacerlo.
--Ah, si quieres otro día podemos regresar –Carmelo comentó, y Carlota exclamó:
--Ay, ¡claro que sí!
Sobre la mesa estaba aquel cuaderno que siempre llevaba. También había un lapicero, por si le provocaba anotar algo que pudiese llamar su atención o que se le pudiera ocurrir, mientras conversaba con su amigo.
Se puso a repasar sus páginas, y ubicó algún acróstico, algún refrán que no le dijeron mucho, así que los pasó de largo. Sin embargo, en una de aquellas hojas encontró el poema que hacía años le había compuesto a una tía, y se sintió como atrapada, sin poder desenredarse fácilmente de lo que había en sus líneas.
Uno de los mozos se acercó para preguntar:
--¿Qué desean para tomar?
Carlota tomó la iniciativa, y pidió:
--Dos cervecitas, o sea dos chelas, bien heladitas, que parezcan traídas del polo norte.
--Correcto –dijo el mozo, y se retiró.
El calor de esa tarde estaba algo bastante fuerte, y la verdad era que en esos momentos aquellas chelitas iban a caer muy bien. Felizmente, no se tardaron más de dos minutos en llegar a la mesa, y al toque, Carlota sirvió los dos vasos.
Dio el primer sorbo, y dijo:
--Uhmm, qué rico. Salud, pues.
--Sí, salud –respondió Carmelo-. Alguito así hacía falta, ¿no? Salud, amiga. Brindemos por este encuentro.
El cuaderno seguía abierto, en la misma página donde estaba aquel poema, y Carlota decidió mirar hacia el mar que en esos momentos se preparaba para refrescar al sol. Eran las siete de la noche, y el astro rey estaba rojo de las ganas que sentía por ocultarse, sumergiéndose en las aguas del océano.
Los dos chocaron sus vasos para brindar una vez más, y Carmelo sintió que Carlota empezaba a buscar algo en su cartera. No había traído su encendedor para prender el cigarrillo que tenía en la boca, así que le hizo una seña al mozo:
--Sí, señorita, diga usted, ¿qué desea?
El mozo se acercó a la mesa.
--Una caja de fósforos, por favor –Carlota le pidió.
Aprovechó para pedir también unos anticuchos con bastante ají, para picar mientras conversaban, y en medio de las bromas que se venían haciendo Carmelo dijo:
--Si me pido otra chela más tú no me acusas, ¿no?
Carlota sonrió y le respondió:
--Ah, ¡te acuso si no pides otra para mí también!
Al día siguiente había una reunión bien temprano en el colegio, pero los dos amigos estaban lo suficientemente entretenidos como para despedirse así porque sí. Mañana sería otro día, y no había por qué darle más importancia de la que en esos instantes tenía.
--Mañana hay que estar temprano en la clase -Carmelo comentó, y al oír aquello, Carlota le respondió:
--Ay, sí, pero no hablemos de eso ahora.
El viento que había estado acariciando la tarde empezó a soplar un poco más fuerte de un momento a otro. Las hojas del cuaderno se estremecieron, y salió volando una hoja suelta, en la que había un pequeño intento de poema compuesto por John.
Carlota puso su mano derecha sobre la de Carmelo, permitiéndole de ese modo descubrir que tenía uñas cortas, bien cuidadas pero cortas. Su mano izquierda sostenía el vaso, y mientras sorbía le dijo:
--Si lo hubiese sabido hubiéramos venido más temprano, ¡porque me estoy sintiendo muy bien!
--¿Mejor que en la bodega de César? –Carmelo preguntó.
--Ay, claro, y más aún con tu compañía.
En esos momentos llegaron los anticuchos a la mesa. Realmente olían delicioso.
--Provecho –dijo el mozo.
Carmelo sintió que su amiga apretó su mano, y se animó a decirle:
--En realidad, eso que dices en cuanto a mi compañía me halaga.
Carlota respondió:
--Ay, pero a ti la gente siempre te halaga de verdad. Te dicen cosas que son realmente muy significativas, y en cambio yo solo te digo que me siento bien con tu compañía.
Carmelo volvió a intervenir:
--Es que los halagos tuyos no son de la boca para afuera. No son como los de aquellos que me llenan de frases muy bien decoradas, pero que tan pronto como pueden se apartan, dejándome solo.
Carlota volvió a hacer una pequeña pausa, y prendió un nuevo cigarrillo.
--Ah, cómo fumas –le dijo Carmelo.
--Ay, sí, pero no me controles pues –Carlota le reclamó.
La radio del restaurante tocaba un viejo tema del grupo español Los Pazos. Al comienzo, la letra de aquella canción decía: “Ayer tuve un sueño, que poco duró”.
Carmelo se puso a soñar con la posibilidad de tener una enamorada. Ya estaba a punto de conquistarla, y a lo mejor, hasta le iba a romper el corazón, sin tener que esforzarse tanto como John quien se la pasaba haciendo proyectos de poemas llenos de palabras huecas y frases rebuscadas, que como mucho eran motivo de grandes carcajadas por parte de las chicas que los leían.
Carlota estaba delante de Carmelo, mirándolo. Sin embargo, él volaba y volaba en medio de sus fantasías, como si estuviese en otro mundo.
Pasarían unos segundos, y luego de suspirar Carlota dijo:
--Bueno, no sé cómo empezar a decírtelo, pero Necesito, realmente necesito hablar contigo, y quisiera poder aprovechar esta ocasión. No tengo con quién hacerlo, y por lo demás, no creo que haya alguien que pueda oírme como tú.
Carmelo dio un sorbo a su vaso, y sin terminar de pasar la cerveza le respondió:
--Te escucho.
Carlota le sirvió más cerveza en su vaso porque ya se le estaba secando, y le siguió diciendo:
--Sabes, yo me siento marginada, muy marginada a todo nivel, y por eso me identifico contigo. Yo sufro mucho.
Carmelo le hubiera querido decir que él también sentía lo mismo, pero prefirió darle la oportunidad de hablar a ella, y le interrogó:
--Ah, ¿sufres mucho?
Carlota le respondió:
--Sí, y no te imaginas cuánto.
Su tono de voz había cambiado, y al escucharla Carmelo le preguntó:
--¿Pero cómo puede ser posible que una chica con vista sufra?
--Es que en este mundo yo no necesito ser ciega para también sentirme rechazada.
--¿Te refieres al tercer mundo? –Carmelo le preguntó.
--No, no –respondió ella-. Me refiero a todo un mundo de luces y colores, de ojos y miradas que se clavan permanentemente en nosotros, que nos andan espulgando a ver qué nos encuentran, y que si nos encuentran algo no nos van a perdonar. Por el contrario, nos van a señalar en una forma permanente, por donde vayamos.
Carlota se detuvo por un instante, como para tomar aire, y luego continuó:
--No te imaginas cómo nos miran cuando vamos caminando por las calles, como si fuésemos seres raros, existencialmente extranjeros.
Carmelo jamás había escuchado algo parecido, pero aquello llamó su atención, así que le preguntó:
--¿dirías tú que nos miran como tipos de naturaleza rara, ajena a la del común de la gente? ¿Será que nos miran como anormales?
--Sí, sí –insistió Carlota, y luego agregó:
--Ay, ¡sabía que me ibas a entender! Eso es lo que trato de decir.
La radio del restaurante seguía tocando canciones agradables. Se oían baladas de la época de los 60, cuando la televisión a colores todavía no había llegado a nosotros.
Carmelo se quedó callado escuchando la música, pero luego de unos instantes reaccionó, y tomando la palabra dijo:
--Déjame insistir en hacerte esta pregunta: Yo entiendo que a mí me miren raro, ¿pero por qué habrían de hacer lo mismo contigo?
Carlota se quedó como paralizada ante tal pregunta, pese a que sabía que en algún momento de la conversación podía brotar, pero luego de unos segundos se dio valor para responder:
--Me miran raro por algo que no sé si te cause rechazo. He pensado tanto antes de decidirme a hablarte de esto, ¡y me aterra el que tú pudieras dejarme por lo que te pudiese contar!
--Vamos, amiga, ¡qué falta de confianza!
--Es que no resulta tan simple.
Los dos hicieron un breve silencio, y en medio de una gran angustia, luego de suspirar Carlota dijo:
--Yo soy lesbiana. ¿Quieres que te cuente más?

Lic. Luis Hernández Patiño