Me encanta oír al mar. No importa si hace un frío como el que hoy se siente, o si de pronto sale el sol sin aviso, y me derrite de calor dentro del saco y la bufanda, que por precaución me he puesto antes de salir. La verdad es que el hecho que el clima esté loco, me tiene sin cuidado. ¡No sabes cómo disfruto cuando llega a mí el arrullo producido por sus olas! Cuando ello ocurre, no quiero irme de la playa, porque entonces siento que las ventanas de mi imaginación se abren de par en par. ¡Ah, no te la pierdas! Fíjate que me da la sensación de estar frente a un viejo vestido con ropas blancas, que sin palabras me va diciendo muchas cosas, al tiempo que me hace una cordial invitación: “Escúchame”, me dice el mar sin cesar.
De otra parte, también me gusta mucho oír la radio, y mientras me tomo un cafecito (¿por qué no te sirves uno para ti?) me gustaría hablarte de ello. Ah, cuando enciendo el receptor me imagino que estoy frente a un tipo de pasarela muy singular, que tú también podrías imaginar si cierras tus ojos mientras oyes. Inténtalo, y descubrirás que por esa pasarela desfilan una variedad de voces y sonidos, que a mí al menos, me generan todo un paisaje sonoro muy llamativo. Déjame decirte que si hay algo en aquel paisaje, que me cautiva y en ciertos casos me embelesa, son los colores de algunas de esas voces que aparecen. Cómo será, que en ciertos casos han quedado grabadas en mí, y jamás podrán borrarse.
Pero no pienses que entonces el mar y la radio son los únicos que atraen a mis oídos. Los pongo como ejemplos que en estos instantes me vienen a la mente, pero yendo más allá, a lo largo del camino que me toca recorrer por la vida cotidiana, me encuentro con todo un universo, que me brinda la oportunidad de irlo descubriendo, paso a paso, mediante el sentido auditivo, que a Dios agradezco. Aquel universo es una muy bien matizada síntesis de voces y silencios, que también tienen su propio sonido, así como su propio sentido, porque si te das cuenta, nada suena o deja de sonar por gusto. Todo tiene una explicación, aunque a veces creamos lo contrario por no poderla encontrar.
Te diré que para mí, el silencio y los sonidos del universo alternan en una forma muy dinámica, que es capaz de generar un tipo de estética sonora realmente muy peculiar. En algunos momentos, tal dinámica parecería alcanzar la dimensión de lo mágico, pero en concreto me permite recoger un sinnúmero de lecciones que la vida nos da a cada instante, en todo lugar, algunas veces hablando, en ciertos casos callando, cuando menos lo esperamos, y por eso yo Soy todo Oídos.
Al encontrarte aquí, deseo compartir contigo algo de todo lo que oigo, desde que me despierto hasta que me vuelvo a dormir, cuando llega la noche. No te imaginas cuánto he aprendido y sigo aprendiendo, con tan solo oír a los demás. ¿En qué circunstancias? Bueno, mediante lo expresado en una conversación ya sea en la esquina, en el ómnibus, en un restaurante, en el centro de labores etc.
De pronto entro a una pequeña bodega, y oigo que alguien repite alguno de esos refranes que a veces olvidamos (¿qué profundos que son no?) o alguien se me acerca, y a lo mejor empieza a decirme algo. Le pregunto, y aquella persona me da respuestas que pueden sonar más que simples, pero que en ciertos casos, me permiten encontrar el sentido de algunas cosas, que a veces parecen difíciles de comprender, cuando en el fondo son más sencillas que la tabla de uno por uno.
Por eso es que yo trato de oír lo más que puedo, y aprovecho para decirte que si hay algo que también me gustaría, es que tú también me cuentes, o mejor dicho que tú también me enseñes, pues en este mundo todos somos aprendices, pero también, y sin sospecharlo, tenemos algo de maestros. ¿No te has puesto a pensar en lo ricas que pueden ser tus vivencias? ¿No crees que en ellas habría más de una lección por aprender? Por mi parte yo creo que sí, y por eso: Te Soy todo Oídos.
Mira, te cuento algo ahorita a modo de ejemplo:
Hace unos días caminaba por la avenida Aviación. Venía desde Javier Prado, y se me acercó una joven que vendía rosas. Comenzamos a conversar, y yo le hice una pregunta tentativa, para ver qué me respondía al respecto:
--¿No te da vergüenza ir vendiendo por las calles?
--No, vergüenza me daría robar –me respondió.
Esa simple respuesta me permitió descubrir la imagen de una joven, que para mí representa todo un ejemplo, y cuya actitud plantea todo un reto, frente a otros que por tener vergüenza no producen y que están esperando que todo se lo pongan en bandeja, a menos que estén en el extranjero, donde nadie los conoce, y donde entonces, sí limpian escusados si es necesario, para sobrevivir.
Felizmente, así como la chica con la que conversaba, hay muchas y muchos otros jóvenes a los que oigo a diario. En vez de avergonzarse, dan la cara y optan por ganarse el pan con el sudor de su frente. ¿Y cuál es la lección que saco de la respuesta que oí en esa ocasión? Bueno, que no podemos generalizar, diciendo que nuestro país está enfermo de inmoralidad, que casi todos los jóvenes son unos descarriados. “No, vergüenza me daría robar”, me respondió aquella humilde chica, y yo me pregunto: ¿No hay acaso una tremenda lección de ética en tales palabras? .
lunes 23 de julio de 2007
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