QUE TAL SOLIDARIDAD
El reciente terremoto nos ha dejado diversas lecciones, pero entre ellas hay una que me gustaría destacar por su magnitud: La Solidaridad- Es increíble ver como la gente de todas las clases sociales y de todas las razas ha reaccionado frente a la tragedia ocurrida.
Eso demuestra cuan grande puede ser el ser humano cuando se lo propone, y cuanto es lo que podría hacer si uniese esfuerzos con los demás miembros de la sociedad, no solo para enfrentar los momentos difíciles, sino para producir entre nosotros todos esos cambios sociales que tanta falta nos hacen para acercarnos al bien común. Yo creía que aquello de la solidaridad era algo abstracto que bien podía ser motivo de una conferencia que alguna vez debo haber dado, pero este terremoto me ha enseñado que lejos de lo que yo creía la realidad es mucho más que un valor teórico. Es algo que tenemos en nuestras manos pero que muchas veces no tomamos en cuenta y por eso estamos como estamos-
sábado 25 de agosto de 2007
jueves 2 de agosto de 2007
La Peor de las Devaluaciones
LA PEOR DE LAS DEVALUACIONES:
Me pongo a pensar en la pobreza, y llego a la conclusión que esta tiene diversas formas de manifestarse. Se hace notar en los diferentes campos de la vida, e incluso puede ser percibida mediante los sentidos. ¿Has podido darte cuenta de esto? Me gustaría decirte alguito al respecto:
Si te fijas, al verla podría decirse que la pobreza es de un color gris, deprimente. Por el tacto, yo la percibo como algo gastado, oxidado, descuidado. Ah, tal es la sensación que tengo, cuando por ejemplo pongo mi mano, sobre el tapiz del asiento del automóvil, de un taxista que vive con las justas. Y por el olfato, la pobreza bien puede identificarse con la aromática fragancia típica de la falta de higiene, que lamentablemente se hace más que visible entre nosotros.
Sin embargo, por el lado del oído, para mí al menos, la pobreza se presenta como algo más peculiar. Por una parte suena a frases impacientes, groseras, agresivas. Lleva consigo el típico sonido ruidoso del tugurio, del callejón. Pero por otro lado, me invita a escuchar cosas tales como, promesas, ofertas, ilusiones baratas; palabras, palabras, palabras huecas. Y entonces me viene a la mente un tema que hace tiempo vengo pensando y que hoy quiero compartir contigo.
Te habrás dado cuenta que hoy ya no se oye hablar entre nosotros acerca de la devaluación, como se oía en los 80. Nuestra moneda allí se mantiene, y más bien el que a veces baja es el dólar. Pero a todo esto, me gustaría ir más allá de lo económico, pues considero que hay una devaluación que sí se da. Si no se le menciona, es porque no ha sido percibida como tal, pero la devaluación a la que me refiero sí existe.
--¿De qué me estás hablando? –me preguntarás.
--Ah, de la devaluación de la palabra. Sí, de aquella palabra que muchas veces se empeña, pero por empeñar y nada más. ¿Te acuerdas que antes se hablaba de la maquinita de emitir dinero? Bueno, hoy tendríamos que referirnos a una especie de inflación verbal, motivada por palabras también inorgánicamente emitidas. Hoy se trata de la maquinita del bla, bla, bla. Palabras, palabras, palabras, que sirven hasta las nubes y que no tienen tren de aterrizaje, son uno de los peores, sino el peor de nuestros males.
¡Qué tal devaluación! Para mí, es la más nociva. ¿Cómo confiar, cuando muchas veces la palabra de hoy vale menos que el viejo Inti?
Por favor, rescatemos a la palabra. No se trata de darle un decorado de exquisita erudición académica, sino de emitirla con el respaldo de la sinceridad, para que entonces se revalúe, y nos sirva cual herramienta de cambio que tanto necesitamos. Claro que ello implica un gran esfuerzo de tipo institucional inclusive, pero recordemos que los grandes esfuerzos deben empezar a hacerse en la casa. No esperemos que otros hagan lo que nosotros podemos hacer por la palabra. No la descuidemos, ni la malbaratemos. Digo esto, porque considero que su devaluación es: LA PEOR DE LAS DEVALUACIONES.
Me pongo a pensar en la pobreza, y llego a la conclusión que esta tiene diversas formas de manifestarse. Se hace notar en los diferentes campos de la vida, e incluso puede ser percibida mediante los sentidos. ¿Has podido darte cuenta de esto? Me gustaría decirte alguito al respecto:
Si te fijas, al verla podría decirse que la pobreza es de un color gris, deprimente. Por el tacto, yo la percibo como algo gastado, oxidado, descuidado. Ah, tal es la sensación que tengo, cuando por ejemplo pongo mi mano, sobre el tapiz del asiento del automóvil, de un taxista que vive con las justas. Y por el olfato, la pobreza bien puede identificarse con la aromática fragancia típica de la falta de higiene, que lamentablemente se hace más que visible entre nosotros.
Sin embargo, por el lado del oído, para mí al menos, la pobreza se presenta como algo más peculiar. Por una parte suena a frases impacientes, groseras, agresivas. Lleva consigo el típico sonido ruidoso del tugurio, del callejón. Pero por otro lado, me invita a escuchar cosas tales como, promesas, ofertas, ilusiones baratas; palabras, palabras, palabras huecas. Y entonces me viene a la mente un tema que hace tiempo vengo pensando y que hoy quiero compartir contigo.
Te habrás dado cuenta que hoy ya no se oye hablar entre nosotros acerca de la devaluación, como se oía en los 80. Nuestra moneda allí se mantiene, y más bien el que a veces baja es el dólar. Pero a todo esto, me gustaría ir más allá de lo económico, pues considero que hay una devaluación que sí se da. Si no se le menciona, es porque no ha sido percibida como tal, pero la devaluación a la que me refiero sí existe.
--¿De qué me estás hablando? –me preguntarás.
--Ah, de la devaluación de la palabra. Sí, de aquella palabra que muchas veces se empeña, pero por empeñar y nada más. ¿Te acuerdas que antes se hablaba de la maquinita de emitir dinero? Bueno, hoy tendríamos que referirnos a una especie de inflación verbal, motivada por palabras también inorgánicamente emitidas. Hoy se trata de la maquinita del bla, bla, bla. Palabras, palabras, palabras, que sirven hasta las nubes y que no tienen tren de aterrizaje, son uno de los peores, sino el peor de nuestros males.
¡Qué tal devaluación! Para mí, es la más nociva. ¿Cómo confiar, cuando muchas veces la palabra de hoy vale menos que el viejo Inti?
Por favor, rescatemos a la palabra. No se trata de darle un decorado de exquisita erudición académica, sino de emitirla con el respaldo de la sinceridad, para que entonces se revalúe, y nos sirva cual herramienta de cambio que tanto necesitamos. Claro que ello implica un gran esfuerzo de tipo institucional inclusive, pero recordemos que los grandes esfuerzos deben empezar a hacerse en la casa. No esperemos que otros hagan lo que nosotros podemos hacer por la palabra. No la descuidemos, ni la malbaratemos. Digo esto, porque considero que su devaluación es: LA PEOR DE LAS DEVALUACIONES.
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