COSAS DE MI BARRIO
A mí me gusta mucho caminar, me agrada hacerlo por las mañanas, o por la tardecita. Algunas veces, llevo un pequeño radio portátil; voy escuchando música o noticias, según la hora. En las mañanas por ejemplo, hay programas periodísticos; y si salgo temprano, los sintonizo.
Hace unos días, tomé mi bastón, y salí de mi casa. Recuerdo que eran como las siete de la mañana, cuando me provocó darme un paseito; me propuse caminar unas cinco manzanas de ida y vuelta, antes de desayunar.
Di la vuelta a la esquina, y ya empecé a escuchar el incomparable sonido que el viento hace, cuando sopla. En esos momentos, no se oían muchos automóviles, la zona estaba tranquila, y mis pasos hacían eco en las paredes, al igual que el tac, tac, de mi bastón.
--Buenos días –me dijo el vigilante de la cuadra, y yo le respondí el saludo.
Algunas veces, aquel vigilante me llama ingeniero; cuando se le ocurre, me dice doctor, pero jamás me ha llamado licenciado.
Conforme avancé, fui escuchando el canto de un coro de pajaritos, y me acordé de aquellas mañanas de mi infancia, en el colegio especial de Barranco. Para llegar al patio donde quedaba mi salón de clase, tenía que pasar al lado de un campo deportivo que estaba rodeado de eucaliptos, en los que no sé cuantos pajaritos hacían sus nidos, y se ponían a cantar. Entonces, ¡de cuántas cosas más no me acordé! La tranquilidad que había en esos momentos, me permitía distraerme y regresar en el tiempo.
En general, caminar es muy bueno; a mí me da la posibilidad de hacer que los órganos y miembros de mi cuerpo funcionen en una forma sincronizada. Por ejemplo, tomo aire durante cuatro pacos; y en los cuatro pacos siguientes, voto el aire que he tomado. El solo hecho de concentrarme en aquello, saca a mi cerebro de la inercia que le podría producir mi falta de vista; me ayuda a limpiar mi mente, no deja que mi cabeza se llene de ideas absurdas, de tonterías, y esa mañana, me aclaró el panorama.
Crucé unas tres calles, y una avenida mediana, con la ayuda de alguien; habré caminado unos treinta minutos, y decidí regresar a mi casa. Yo me sentía relajado, contento, con ánimos, pero no faltó un inconveniente:
Pasaba por un parque, y había una señora con un perro pequeño, pero juguetón. Si bien el animalito no me hizo nada, al acercárseme, me sacó del placer que hasta esos instantes había estado experimentando. Yo sentí cólera, y le di un palazo. Pero creo que no se trata de eso, el asunto es que las personas que tienen perros no deben sacarlos sueltos. Habemos personas con discapacidad, que no podemos defendernos, en el caso de un ataque.
Cómo me gustaría poder pasearme, sabiendo que en mi barrio no corro peligro por la irresponsabilidad, o la falta de criterio de algunas personas.
lunes 7 de enero de 2008
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