jueves 28 de febrero de 2008

Educación Inclusiva

Educación Inclusiva.

La educación en sí misma ha sido, es y será un apasionante motivo de reflexión y debate. Ligada íntimamente a lo más profundo de la naturaleza humana, es la clave para nuestro desarrollo tanto en lo personal, como en lo colectivo. Por eso está consagrada como un derecho natural de ellas, de ellos, de aquella, de aquel, tuyo y mío; de todos los que pertenecemos a la especie humana. Sin embargo, el reflexionar acerca de la educación no puede ni debe convertirse en un pretexto, o tentación, para sacar los pies de la realidad. Debe darse a partir de esta, para no perder la perspectiva de lo que son las cosas, en el terreno de los hechos. Recordemos que nuestras ideas deben estar al servicio de la educación, y no la educación al servicio de nuestras ideas. No podemos subordinar a la educación a lo que nosotros creemos acerca de ella, y menos aún podemos parametrarla en paradigmas de corrientes de ideas que van apareciendo cíclicamente, pero que así como vienen, con la ola se van. Necesitamos pisar tierra.
Hoy se plantea que la educación debe ser inclusiva, y en términos ideales todos tendríamos que estar de acuerdo con ello. Claro, qué menos pedir, que nos pudiésemos integrar mediante el proceso educativo. Sería lo máximo que ninguno fuese excluido, porque cada uno tiene diferentes capacidades por desarrollar, y de allí, dicho sea de paso, mi rechazo al término o etiqueta de discapacitados, o personas con discapacidad que unos le ponen a otros, que entre nosotros nos ponemos, y al final no hace más que convertirnos en un grupo muy singular de etiquetados, pese a que hablamos de inclusión. Como venía diciendo, todos tendríamos que estar de acuerdo. Sin embargo, y frente a ello, la experiencia –podría agregar la mía como invidente- dice que debemos ir por partes.
A mi entender, no podemos dejarnos encandilar por los llamativos efectos producidos a primera vista, por la combinación o mezcla de luces provenientes de dos conceptos: Educación y inclusión. Y es a partir de este último que me gustaría hacer algunas observaciones. Desde ya, hablar de inclusión resulta algo muy amplio, porque recordemos que las personas con limitaciones físicas, sensoriales y mentales, no somos las únicas que quisiéramos ser incluidas. Comprende a los múltiples factores que interactúan en la relación natural, así como permanente, que se da entre el individuo y su entorno biológico, físico, socio económico y psicológico. El enfoque de dicho concepto tiene que ser hecho en sentido integral y no por partes, porque téngase presente que el ser humano es la síntesis material y espiritual de un todo universalmente organizado, que a su vez guarda relación con un todo orgánicamente universal, expresado en forma muy concreta, en este mundo, mediante relaciones sociales de clases bien definidas.
Una primera cuestión es que inclusión no es sinónimo de accesibilidad. Por ejemplo, el hecho que un niño en silla de ruedas concurra a un aula, para estudiar con otros chicos que no tienen problemas de motricidad, no necesariamente significa que haya sido incluido por parte del resto de estudiantes en sus planes, proyectos, diversiones, etc. Está allí, pero a lo mejor eso se debe a que sus padres, a buena hora, tuvieron la capacidad financiera como para generar las condiciones que hagan posible su acceso. Lo que en nuestro medio se da no es pues la inclusión, si no un proceso de accesibilidad a las aulas por parte de niños provenientes de clases medias y altas, mientras que los pobres no tienen acceso a la accesibilidad.
Hay otro aspecto que tomar muy en cuenta y que se refiere a lo tecnológico. Podría pensarse que con la ayuda de la tecnología aplicada, que efectivamente ha desarrollado en forma impresionante, la inclusión es algo posible. El ideal en ese caso sería darle dinero a todo aquel que no lo tenga, confiando que con este se va a comprar todos los instrumentos necesarios. Cada invidente, por ejemplo, debería contar con una computadora, dotada de programas como el Jaws o el Home Page Reader, para escuchar aunque sea mediante una voz metálica la lectura de los textos que aparecen en la pantalla, porque con ello la inclusión se convertiría en una realidad. Pero, “ojo” que en la práctica no es así. Al igual que en el caso de los recursos financieros, los recursos tecnológicos hacen posible una accesibilidad que también tiene un costo. No todos pueden comprarse una computadora, los programas necesarios y sus respectivas licencias de uso.
Sin embargo, hay otro aspecto que también me gustaría abordar, porque lo considero importante, y es que la accesibilidad tecnológica, en si misma, aún es limitada. Es cierto que yo puedo viajar por internet, para buscar información y conocimientos, recurriendo a la ayuda de programas como los que ya he mencionado. Pero, definitivamente hay momentos en los que encuentro que me hace falta la asistencia de alguien que vea lo que por mi mismo ya no logro ubicar. Digo esto, porque deseo dejar en claro que tecnología e inclusión tampoco son sinónimos. No debemos ilusionarnos al respecto, y en todo caso lo que nos toca hacer es volver los ojos a la educación especializada, para no dejar a tantos niños en la ignorancia. Es necesario reconocerle a dicho tipo de educación el valor que tiene y debe dársele la importancia que merece. No vasta con verla como una herramienta de apoyo para los que pueden acceder a las escuelas regulares. La educación especial tiene su propia dimensión y no hay porqué negársela.
Por otra parte, pongámonos por un momento en los zapatos de los educadores regulares. No soy uno de ellos, pues lo mío es la sociología, pero no me es tan difícil comprender que no a de resultar nada sencillo, ni pedagógico, que un profesor de aula tenga que vérselas con varios niños con diferentes tipos de limitaciones, al mismo tiempo. Me imagino que debe ser estresante, porque ese profesor no es de palo, y no creo que lo que al final se consiga en cuanto a inclusión sea gran cosa. ¿Queremos hacer de nuestros niños y nuestros maestros simples instrumentos de experimentación en nombre de lo que hoy se da en llamar educación inclusiva?
La inclusión, que en todo caso no tiene porqué ser dejada de lado como un ideal, o como una utopía de tipo indicativa –me gustaría dejar en claro ello- debería intentarse por otra vía: La de talleres vivenciales. Ah, tales talleres podrían ser mucho más efectivos en cuanto al propósito de que los niños que no tienen ninguna limitación física, sensorial o mental, aprendan a compartir hasta compenetrarse con las inquietudes e intereses de otros niños que no ven, no oyen, no pueden caminar, etc, pero que también son niños, y como tales también desean alternar. Digo esto luego de haber conversado con personas vinculadas al tema, y también por lo que toca en cuanto a mi propia experiencia de vida. Pensar que ya han pasado treinta años desde que salí del colegio donde estudié mi secundaria con chicos y chicas que sí veían. Sin embargo, nunca tuve la ocasión de compartirles mis ideas, mis dudas, mis deseos, lo que yo sentía. Mis amigos tampoco tuvieron la ocasión de hacerme preguntas, salir de sus dudas, plantearme los temores que yo les pudiese inspirar. Lógicamente, entonces no había los talleres vivenciales. y debe ser por eso que al final del quinto de media, mis amigos no habían terminado de desterrar varios de los prejuicios que tuvieron en sus mentes desde el primer día que me vieron en la clase. De allí la importancia que le encuentro a los talleres antes mencionados, los cuales deben potenciarse al máximo. Pueden servir para que poco a poco los miembros de la sociedad vayan evolucionando en el campo de la tolerancia y el conocimiento, mediante un descubrir práctico, natural, y espontáneo de lo que implica el ser ciego por ejemplo.
Si creemos que la sociedad va a cambiar la percepción que tiene en cuanto a nosotros como invidentes, porque de pronto aparece una etiqueta espectacular como la de educación inclusiva, que en su momento se llamó integración me temo que estamos equivocados. La sociedad sí cambia su forma de pensar y sus actitudes, pero a partir de experiencias concretas que se puedan dar en el marco de los múltiples tipos de relaciones características de este mundo. En cuanto a nosotros, creo que la clave consiste en que les demos a los miembros de la comunidad el mayor número de posibilidades de tener experiencias a nuestro lado, compartiendo lo que somos. Debemos dejar de lado esa actitud de rechazo que algunos ciegos pudiesen tener para con los que ven y que al final, a todos nos hacen daño. Tenemos que encontrar la fórmula que nos permita romper cualquier barrera, para ganarnos a la gente. No es fácil y de hecho a de tomar un buen tiempo. Pero, en la práctica, si lo conseguimos, veremos que las puertas de las oportunidades, que hoy están cerradas para nosotros, se abrirán. De nosotros depende, así que a poner manos a la obra. Pensemos en nuestros niños y en su futuro.

Luis Hernández.

enfoque21_lhp@yahoo.es