jueves 14 de febrero de 2008

Una Fantasía

Una Fantasía

En el día de la amistad, quiero regalarles algo de mi fantasía que va en el siguiente relato.

Entramos; descubro que se trata de un hotel de cinco estrellas. En el interior percibo un delicioso aire acondicionado que me refresca como no tienes idea –con este calor que hace- y aunque no me lo creas me imagino que estoy conversando contigo:
--¿para qué has venido? –me parece que me estuvieses preguntando.
--Ah –te cuento-. Mi visita se debe a que voy a darle una sesión de reflexología a una señora.
--¿Pero tú estudiaste en la universidad no? –me estarás preguntando.
--sí, claro –te respondo-. Y me gradué como profesional en medio de una gran ilusión.
--¿Y entonces? –me interrogas.
--Lo que pasa es que en la actualidad no encuentro la oportunidad de trabajar como profesional, pese a que busco y busco. Yo no me quejo del trabajo que realizo -este me gusta- pero me pregunto si habrá valido la pena el esforzarme para obtener un título como el que tengo. Porque yo siento que a lo largo de los años, he desperdiciado recursos y un precioso tiempo; creo que de haber sabido que la masoterapia iba a ser una de esas pocas alternativas laborales que yo iba a tener, me hubiera dedicado a ella, desde joven, sin que eso signifique que la materia relacionada con mi profesión no me guste.
Yo me presento aquí y allá, con mi hoja de vida, para ver si consigo algún empleo como profesional, y por su puesto, no faltan las palmaditas en el ombro, así como las felicitaciones.
--¿Y qué te dicen entonces?: -tú me preguntarás.
Empiezan por llenarme de elogios: “Ah, caray, qué gran mérito el suyo. No, es que resulta admirable que alguien como usted haya obtenido el grado de licenciado en su carrera”.
Pero, luego agregan: “Sin embargo, y muy lamentablemente, creo que usted no puede hacer este tipo de labor”.
Al final, mis más grandes satisfacciones las consigo mediante mis manos, cuando descubro que mis pacientes se sienten bien. Eso me alegra; me hace sentir mucho más gratificado de cuando me llaman Licenciado.
Mientras te converso, un delicioso aroma a café empieza a provocarme; lo que es yo, me voy por una tacita. ¿No quieres tú otra? Vamos, anímate, y así te sigo contando acerca de todo esto. Por lo pronto, están viniendo a mi mente los recuerdos de todas aquellas ilusiones que yo me hacía en mi época de universitario, allá por los años ochenta. Entonces no habían las facilidades que en la actualidad existen; ni pensar en hacer uso de computadoras sin ver. Hoy continúo ilusionado, abrigando planes y proyectos. Pero también soy consciente de cuánto es lo que falta hasta ahora, para que la inclusión de los ciegos se haga realidad.
Empiezo a caminar por un pasadizo, hasta llegar a donde están las puertas de los ascensores; a mi lado hay dos personas que hablan en Inglés:
--¿Puede yo ayudar usted? May I help you? -me pregunta una de ellas a media lengua.
--¡Oh, thanks! -le respondo.
Un timbre me indica que la puerta del ascensor se ha abierto.
--Come on -me dice uno de los gringuitos.
Entrando, descubro que se trata de un recinto alfombrado; lógicamente, tiene aire acondicionado y hasta música incorporada. Están tocando una versión para piano del tema Yesterday de Lennon y Mak.Carney.
Los que van conmigo, me cuentan que en el interior hay espejos; también me refieren que este ascensor tiene dos puertas: una a cada lado. Dicen que los botones del panel que uno debe presionar para ir a tal o cual piso están iluminados; me siguen dando detalles tras detalles acerca de lo que hay en el ambiente; pero por ejemplo, no se percatan del hecho que esos botones iluminados no tienen señalización en Braille, y solo reparan en aquello, cuando yo les pregunto al respecto.
--Oh, no, there is no indication in Braille –me dice uno de ellos.
Cuán útil, pero cuán útil sería que en ese ascensor hubiera señalización en Braille, porque podría darse el caso que yo no estuviese acompañado, y entonces, no podría subir.
Al elevarse, este ascensor no cruje como aquellos elevadores viejos, que rechinaban cualquier cantidad; se sacudían, hasta darle a uno la impresión de estar dentro de una coctelera, o si quieres dentro de una licuadora malograda, de cantina baratieri, y entonces, la tembladera era tal, que mientras subías o bajabas, te parecía que en cualquier momento te venías a pique. Uno se la pasaba nervioso, con el estómago subiéndose hasta la boca, y terminaba medio borrachito, sin haberse tomado un solo trago.
Sin darme cuenta, ya he subido al piso donde está la habitación de la señora que me espera; felizmente a mi lado hay alguien que me indica:
--Este es su piso.
Y se empieza a abrir la puerta de la habitación; la señora aparece amable como siempre, y me saluda con el mismo cariño y efusividad con que me había saludado hacía un año y medio. Entonces le di varias sesiones de reflexología que le habían ayudado a relajarse.
--¡Hola, qué gusto de verte nuevamente! -me dice.
En el tono de su voz noto que hay algo de cansancio; quizás algo de aquella depresión que es tan actual. Su entusiasmo no suena natural, más bien me parece forzado.
Fíjate que quienes hacemos masajes terminamos siendo medio psicólogos; vamos aprendiendo en el camino. Los pacientes no solo esperan que uno vaya a tocarlos, buscan que los escuchemos hablar de cosas que a veces uno ni se imagina, y por eso llega un momento en el que basta con oír el tono de sus voces. Ya uno descubre el estado en el que se encuentran; a buen entendedor pocas palabras.
--¿Estás algo estresada no? -le pregunto luego de esperar un rato prudencial.
--Ay sí; por eso te pedí que me des tus masajes –me responde-. Necesito que me ayudes a sacar de mí todo lo que me intranquiliza.
Yo voy buscando en mi maletín la crema que suelo utilizar; me quito el reloj, el anillo de matrimonio, y me froto las manos para calentarlas.
--Vamos a empezar –le digo.
Ella se ha echado en su cama; respira hondo. Yo supongo que va a empezar a desahogarse; espero que me hable de las mismas cosas de las que ya me había charlado en la anterior oportunidad. Pero, de pronto su conversación gira en torno a un tema que yo no me hubiera esperado, pese a que algunos pacientes me hablan de las cosas más inimaginables:
--Siempre me acuerdo de ti –me dice-. En varias oportunidades pensé que cuando te volviese a encontrar te iba a hacer algunas preguntas.
--Ah, bueno –le respondo yo-. Por mí, pregunta lo que quieras.
--Es que no quiero incomodarte –me responde ella-. Pero, ay, es que no sé como empezar; siento una gran curiosidad por saber, y sé que puedo hablarte.
--¿Sobre qué? –le pregunto con una curiosidad cada vez más grande.
--Es sobre tu ceguera –me responde.
Y de pronto me interroga, en forma ansiosa:
--¿Cómo haces para vivir sin ver, en un mundo como el actual?
Entonces yo trato de responderle; parto de mis propias experiencias cotidianas para que me entienda en forma concreta, y ella me dice:
--Si las personas que vemos supiésemos más sobre lo que me cuentas podríamos relacionarnos mejor con los invidentes; entonces, la integración se haría mucho más factible. Por ejemplo, yo pensaba que estar ciega era como estar media muerta; pero ahora, al enterarme que sí se puede vivir sin ver, comienzo a pensar en cuán importante y necesario es que el mundo cambie su mentalidad y su actitud para con los invidentes. Quisiera conocer más al respecto; pero espero que por favor no te incomodes por eso.
--No, qué me vas a incomodar –le digo yo-. Todo lo contrario; al hablarme de eso me estás dando en la yema del gusto. Si algo anhelo es que la gente sepa cada vez más; habría tanto por contarte sobre la ceguera y sus implicancias.
Tomo sus pies entre mis manos para relajarlos, y ella me sigue hablando:
--Definitivamente, ¡cuán útil es la comunicación! Por lo que veo me ha valido ser curiosa, jaja; al final me voy a quedar relajada, y mejor informada. Ya sé que a los invidentes no hay por qué mirarlos como pobrecitos; descubro que no hay por qué tenerles lástima, y cómo me gustaría que los medios de difusión me orientasen más sobre todo esto. Realmente tengo tanto por conocer, y qué poco sé.
Por mi parte no puedo menos que decirle:
--Sabes una cosa, te agradezco por ser curiosa –le comento y ella sonríe.
--Ignorante, jaja –agrega.
Mis dedos se deslizan por sus plantas; van desde sus talones hacia la parte superior, y la estética de mi tacto se entretiene con lo suave de su piel.
Juego un poco con sus deditos, y me pide que lo siga haciendo.
--No sabes cómo me relaja eso -me dice, y me sigue preguntando:
--Ay dime, cómo haces para movilizarte; también cuéntame, cómo te las arreglabas para estudiar en la universidad.
Yo le voy explicando, y ella me interrumpe:
--Lo que no puedo creer es que tú puedas entrar a la página web de tal o cual periódico, como lo podría hacer yo; no se me ocurre cómo podrías leer un correo si yo te escribiera. ¿Es verdad que la computadora te habla?
--Sí; no lo hace con una voz tan dulce como la tuya pero sí me habla –le digo, y ella sonríe.
Seguimos conversando, y yo siento que no puedo dejar de decirle:
--Cómo quisiera que mucha más gente fuese tan curiosa como tú; gracias por ser así. Hasta hoy existen inmensas barreras entre los invidentes y los que ven, parece como si hubiera una pared de por medio. Solamente el diálogo (el contacto entre unos y otros) hará posible que esa pared se derrumbe, y entonces el ir bastoneando será más fácil.
Unos minutos después de la hora, la sesión llega a su culminación; pero ella me pide que vuelva pasado mañana para hacerle una nueva terapia. También me invita para conversar un rato; le gusta hablar de distintos temas, y le encanta la música. Yo le he ofrecido traerle un CD con temas de relajación que hace un tiempo gravé con mi teclado, y eso la ha entusiasmado.
La puerta del ascensor ya se está cerrando; pero ella no se queda sin preguntarme:
--¿Ay, y podremos seguir hablando de la ceguera?
Ella se queda en las alturas de su habitación; yo voy descendiendo lentamente hasta el primer piso. Vuelvo a la calle; pasan las horas. Estoy en otra parte; no dejo de constatar cuánta información le hace falta a la gente. Descubro a cada paso cuán importante es entonces la tarea de sensibilización, y entonces le vuelvo a responder: “Claro que sí, todo el tiempo que tú quieras”.