domingo 9 de marzo de 2008

Relatos Domingueros

Este es el primero de una serie de relatos que deseo compartir contigo cada domingo. Espero tu acogida.

Un Breve Encuentro

El tráfico estaba terrible por la hora; no faltaban quienes ignoraban olímpicamente las luces de los semáforos. En esas circunstancias, cualquier accidente podía suceder.
El tiempo se me pasaba, y comenzaba a impacientarme. Yo sentía que no iba a poder llegar a tiempo a la sita que ya tenía pactada, y no sabía qué hacer. “¿Podría ayudarme a pasar la calle por favor”, pregunté sin saber si alguien me iba a prestar atención. NO obtuve respuesta, y me quedé callado, pero sin resignarme a seguir esperando por sécula seculórum.
Iba a volver a pedir que me ayuden, aunque no hubiese nadie: “Por favor...”, pero de repente sentí que alguien se detuvo a mi lado.
--Hola –me dijo con un amable tono de voz-. ¿Puedo ayudarlo?
--Sí por favor –le respondí-. Y muchas gracias.
--No, de nada –me dijo ella-. Y ni que se le ocurra agradecerme, pues es un placer el darle una mano.
Era una chica alta, delgada, súper delgadita, y lucía esbelta. Me di cuenta de ello, cuando tomé su brazo para cruzar la calzada.
--No tiene de qué agradecerme –me repitió-. Me encanta ayudar a los demás. Para mí, la solidaridad es un valor muy importante.
Tenía una voz muy bonita. Al hablarme, me invitaba a imaginar que estaba oyendo la melodía de un violín trémulo, ¡que vibraba al máximo! De otra parte, usaba un perfume riquísimo, y llevaba un pelo larguito, tan larguito, que acariciaba mi cara de vez en cuando, gracias al soplido del viento. Yo no me atreví a preguntarle por el color de su pelo, aunque quizás ella sí me hubiese respondido.
Irradiaba simpatía a más no poder; andaba alegre, y pensar que, tan pronto como terminase de ayudarme se habría de ir caminando, sobre unos zapatos que por el sonido eran de taco alto. Hasta hoy me pregunto: ¿A dónde se iría con esa voz, con tanta música?
Si ella se hubiera quedado, me hubiera pasado las horas de las horas conversándole; no me hubiera importado el ruido de los automóviles, ni le hubiera hecho caso al barullo de la gente que en esos momentos transitaba por allí; hubiera puesto toda mi atención en su presencia. Sin embargo, yo no supe cómo abordarla, y fue ella la que tomó la iniciativa, dándome la posibilidad de deleitarme aunque sea con el timbre de su voz.
--¿Hacia dónde va? –me preguntó, y cómo me hubiera gustado decirle hacia donde tú quieras, pero tenía una cita así que debí darle otra respuesta:
--Voy de frente -empecé a decirle tratando de poner una voz que pudiera impresionarla-. De frente, unas cinco cuadras.
--Ay, si quiere vamos juntos –me susurró con un tono encantador-. Y así nos acompañamos, pues también voy en esa dirección.
Los tacos de sus zapatos repicaban sobre la acera; marcaban el ritmo de una música dulce y aromática que me envolvía, invitándome a sumergirme en algo así como un pie de miel, que sin haberlo probado me emocionaba.
Yo le hubiera podido hablar de lo cadencioso de su paso, pero en cambio le volví a decir: “Gracias por ofrecerme su ayuda, y entonces metí la pata, ¡me pasé de pelotudo! Debí ser más entrador y hablarle de tú, en vez de ser tan formal. ¿Me olvidé de los consejos del tío Willy? Sí, me faltó.
--¿Por qué me insiste en agradecerme tanto -ella me preguntó, y noté que ya en ese momento su interrogante reflejaba un raro tipo de asombro que era lógico, ¡lógico! porque la gente no anda diciendo gracias, gracias, gracias en una forma exagerada, por cualquier cosa.
Para ella, quizás mi actitud no era más que un signo de complejo, de baja autoestima antes que un gesto de cortesía, de mi parte, frente a la necesidad de recibir ayuda. En palabras bien simples –para decirlo a calzón quitado- el andar agradeciendo no es más que un cieguismo, muy parecido al de andar disculpándose, pidiendo perdón, dando explicaciones, por esto, lo otro, ¡o por las huevas!
--Ay, ¡no me agradezca tanto! -me dijo sonriendo la chica-. Más bien, gracias a usted, por darme la oportunidad de ayudarlo.
Mi tendencia a la fantasía, esa fantasía tan típicamente cieguna, ya se había activado. De un momento a otro, sentí como si estuviéramos sobre un escenario giratorio, redondo, muy grande, tan grande como el mundo mismo. Me empecé a imaginar que aquel encuentro que empezó cuando ella se acercó para ayudarme a cruzar, podía ser la representación de una de las escenas, ¡quién sabe si a lo mejor una de esas escenas románticas! de una obra cotidiana llamada actualidad. En dicha obra, según mi propia invención, yo tenía la capacidad de despertar los celos de los que nos veían caminando juntos. La miraban y le gritaban: “¡Mamacita!”.
Pero, como siempre, la realidad termina por imponerse a lo fantasioso, y entonces tuve que aceptar o tratar de ignorar que, finalmente, mi papel en el reparto de aquella obra no era muy diferente del que le toca a otros tantos ciegos. En la práctica, cuando estos deben callar hablan más de lo que deben, y por el contrario cuando deben hablar se quedan simplemente apendejados, calladitos, fantaseando, como si supieran que su verbalismo no siempre les funciona frente a las chicas videntes. Así me quedé yo. A veces, no sé cuántas veces, aquellas chicas terminan mirándonos con un toque de piedad –mejor hay que decirlo de frente- con lástima en sus ojos. ¿Cómo me habrá mirado ella?
Tratamos de evitar algunos automóviles que ocupaban casi toda la vereda, y mientras ella me ayudaba: “Cuidado, que por aquí el camino está muy angostito”, le empecé a hablar un poco acerca de lo que pensaba –cuando no, el cieguito dándose aires de filósofo interesante- y resulta que mi acompañante también tenía una idea parecida:
--Sí, efectivamente –ella comentó-. Cada uno tiene un papel que es imposible dejar de cumplir en el reparto de la vida, y necesitamos aprender a ser conscientes de aquello para estar a la altura de nuestras circunstancias. Todos tenemos responsabilidades personales, así como sociales, y no las podemos evadir.
Llegamos a la puerta de un banco, y ella se despidió:
--Bueno, bueno pues, aquí me quedo, ¡qué pena no poder continuar con tan simpática charla! Vaya con cuidado, por favor, y no cruce solo.
Hasta ahora, me acuerdo de su voz, y en el momento que partió, ¡qué pena me dio el constatar que volvía a quedarme solo!