sábado 15 de marzo de 2008

Relatos Domingueros

El Omnibus

Ella era una de esas mujeres modestas que, por esas cosas del centralismo, y por el olvido en el que siempre vivieron las provincias, salieron de sus pueblos. Vinieron con grandes ilusiones que, estando ya en la capital, jamás se cristalizaron, y por el contrario, las empujaron a tener que ganarse la vida, barriendo las calles, sin importar si hacía frío o calor:
--¿Podría indicarme si está viniendo algún ómnibus? –le pregunté, y al oírme, me dijo sin demora:
--Sí, yo le aviso cuando el ómnibus venga.
-Vamos a esperar –me repitió, mientras conversaba conmigo con su acento provinciano-. ¿Cómo así ti lo has puesto mal de tos ojos?
En esos momentos, un vehículo se acercaba:
--Ya lo vamos a parar –me dijo ella, y le hizo señas. “Deténgase por favor”.
El chofer bajó la velocidad, pero, no, no. Como vio que era un ciego el que iba a subir volvió a emprender su marcha. “Vamos, lleva”, gritó el cobrador, y de ese modo, se repetía así una vez más lo que varias veces me ha pasado.
Entonces, monté en cólera: “Perro, maldito, hijo de puta, desgraciado”, grité como si el chofer me fuera a oír, y no sé si con ello, lo único que logré fue asustar a la modesta barrendera porque, frente a un arranque de ira como el mío, cualquiera se hubiera podido aterrorizar. Ya de tan solo verme –sin que necesariamente yo reniegue- algunas personas se quedan paralizadas de temor –o sea que se cagan de miedo- porque creen que no soy capaz de andar con cuidado para no ir dando de palos. Piensan que, quizás, como no veo, camino sin detenerme, y suponen que, a mi paso, me llevo por delante todo lo que encuentro. En realidad, me cuesta, me duele reconocerlo, pero resulta que el hecho de aparecer por alguna calle, en una esquina, cuando nadie se lo espera, muchas veces saca a la gente de su propio cerebro; les descuadra todos sus parámetros mentales que, en principio y en esencia, son visuales.
En la vida práctica, es mediante la vista que el común de la gente se socializa; aprende cómo se debe sentar uno a la mesa, cómo se come, cómo se gesticula, cómo se camina, cómo se orienta la cara, y cómo se hacen muchas cosas más, en una forma espontánea, natural. Por eso, hay quienes me miran como si yo fuese un bicho raro entre el común de la gente. Al aparecer, por alguna esquina, en algún establecimiento comercial, o donde se quiera, no faltan aquellos a los que, por increíble que parezca, les llamo la atención, más de lo que podría hacerlo un payaso en velorio, un cura en trapecio de circo, o un enano en un país de gigantes.
Yo he podido darme cuenta que, en más de una ocasión, mi presencia ha puesto ante los ojos de algunos todo un cuadro extraño, ajeno, distinto, quién sabe si hasta indeseable porque, en el fondo, está inspirado en un personaje como lo es el ciego, con todo lo que acerca de él se cree, se teme, y se piensa. “¡Ay, ahí viene un cieguito!”, dicen cuando me ven, sin saber cómo actuar. Y entonces, yo trato de hablarles para que se den cuenta que no soy ningún extraterrestre: “Permítanme pasar, por favor”, pero no consigo que se tranquilicen, y como están recontra nerviosos, me esquivan lo más rápido posible. Si están con sus criaturas, las apartan del camino, jalándolas hacia un costado, para que no les vaya a dar un bastonazo, ¡sabe Dios dónde! “Cuidado, salgan de allí, hijitos. ¡Hay Jesús y Dios mío!”.
En aquella oportunidad, me puse a gritar, al estilo de todo un loco que hace gestos, movimientos, abriendo y cerrando las manos, en una forma que ciertamente resulta rara para los que ven. Sin embargo, y ante mi arranque de ira, la modesta barrendera tomó una actitud comprensiva en vez de salir volando despavorida; me trató de calmar, quizás pensando: “Ay, ¡pobrecito!”:
--Así son pues –me dijo con una voz que reflejaba pena-. Son malos, no les importa, pero te quedas tranquilo que vamos a seguir esperando hasta que otro quiera parar.
--¿Porqué el hijo de puta ese se ha seguido de largo? –le pregunté con rabia, y me suponía que aquella modesta mujer no iba a saber darme una respuesta coherente, lúcida, como las que los teóricos estamos convencidos que damos. Sin embargo, para mi propia sorpresa, supuse mal, muy mal, y cuando escuché su respuesta calmada, no pude menos que constatarlo:
--Es que como usted no ves, él piensa que no vas pagarle so pasaje.
Llegó otro ómnibus que sí se detuvo.
--¿A dónde va el señor? –le preguntó a ella el cobrador, en vez de preguntármelo a mí directamente, como si yo hablara en ruso.
--él va a pagarte –la modesta barrendera se limitó a responder, y con eso, le dijo todo.
--Arranca, lleva –le dijo al chofer el cobrador que, como el ómnibus estaba lleno, iba colgado de la puerta con medio cuerpo afuera, a riesgo de caerse.
Entonces, partimos a gran velocidad, pero no pude dejar de pensar en la explicación que la modesta barrendera me había dado: “Es que como usted no ves, él piensa que no vas pagarle so pasaje”.
--A ver, asiento reservado para el señor, por favor -dijo el cobrador-. A ver esos caballeros.
Traté de agarrarme de uno de los tubos que van por el techo del ómnibus, para mantener el equilibrio, y otra señorita insistió:
--Asiento reservado, por favor, señores.
Pero, ante aquel pedido, no faltó algún fulano que se hizo el dormido para no ponerse de pie, y fue una dama la que se levantó:
--Tome asiento.
¡Qué vergüenza! Porque no es que una mujer no pueda tener gestos de cortesía. ¿A qué se deberá que algunos hombres se porten como caballos, en vez de actuar como caballeros? No necesariamente lo digo por el hecho de que no me den el asiento a mí. Lo digo, por las señoras que están embarazadas, y que, sin duda alguna, no pueden mantenerse en pie. Las están viendo paradas, con todo el peso que llevan, pero, algunas bestias, ¿hombres? ¡Mierdas! actúan con una displicencia tal como si con ellos no fuera, y siguen supuestamente roncando, o se niegan a pararse, recurriendo a un argumento que alguna vez escuché: “¡Cómo voy a dar mi asiento, si yo estoy pagando mi pasaje!”. ¡Que malparido!
A mi lado, muy entretenidos, iban sentados dos chicos que conversaban de la política, de las piernas de la actriz que salió en el reportaje de anoche, del football, y en cada uno de los temas que abordaban, se enfrascaban en un debate en el que cada cual aseguraba tener la última palabra. Yo los oía cuando, de pronto, sentí que alguien me ponía una mano en el hombro, como para captar mi atención:
--Señor, discúlpeme, dígame: ¿Usted sabe a dónde va?
Se trataba de una señora que estaba en el asiento de atrás.
--Sí, ya he hecho esta ruta antes –le respondí.
--Ah, qué bueno, y dígame: ¿Para usted, ehmmm, me refiero…..?
--Pregúnteme con toda libertad –le indiqué.
--Ay, es que deseaba saber si para usted, eh, resulta difícil andar sin ver.
--Bueno, es complicado, a veces cansa, pero debo decir que no todo es color de hormiga a lo largo del camino –le dije.
--Ay, ¡no le puedo creer! –dijo la señora mientras se pasaba a mi asiento, al ver que la persona que estaba a mi lado ya se había parado para bajarse.
--De lo que entiendo, para usted no todo es tan desagradable al momento de ir…. –me decía pero se quedó callada.
--¿De ir, bastoneando? –le completé la frase.
--Ay sí. ¡Y eso de bastoneando, uhf me encanta! –Respondió al tiempo que tomaba más confianza-. Ay, es que no sé; pero cuénteme porfis.
--Lo que quiera, señora –le indiqué.
Le pagó al cobrador. “No se olvide de mi cambio”, y luego continuó conversándome:
--¿Cuando un invidente anda bastoneando, le pueden ocurrir cosas agradables?
--Sí, claro que sí –le respondí-. En medio de las limitaciones de la ceguera, también paso por pequeñísimas grandes satisfacciones.
--Ay, ¿como cuáles por ejemplo? –la señora me interrogó.
--Como aquellas que se producen cuando puedo ayudar a alguien –le expliqué.
--¿y cuál es esa ayuda que usted puede dar? –me siguió preguntando.
--Bueno, por decirle algo que en estos momentos se me viene a la mente, puedo dar orientación, porque conozco bien gran parte de la ciudad. Desde que tomé el bastón en mis manos por primera vez, empecé a ir por diferentes lugares, y entonces, tuve la ocasión de aprender qué ómnibus coger para dirigirme hacia aquí o hacia allá.
--¡Ah, no le creo! –ella afirmó-. ¿Y podría hablarme de alguna experiencia al respecto? Es que, como ya le he dicho, soy bien curiosa, me encanta preguntar, y mi mamá me dice que yo debía ser periodista.
Claro –le dije yo-. Le voy a contar. Caminaba yo en una oportunidad por la avenida Larco. Al llegar a un cruce donde hay un hotel, frente al mar, encontré a una turista que yo no sé cómo así se me acercó. Cuando le hablé, me di cuenta que no sabía Español, y me pude percatar que la pobre estaba más perdida que un chipibo en la punta del Empare State.
--How can I help you? –le pregunté.
Le ofrecí orientarla, y sin pensarlo, se pasó toda la tarde yendo a diferentes sitios conmigo, hasta que nos sentamos a tomar un café, que luego dio lugar a un segundo y un tercero.
Como quiera que nos pusiéramos a conversar, le fui explicando:
--Darle una mano a quien la pudiera necesitar me alegra el día mucho más, pero muchísimo más de lo que podrían alegrarme los halagos de los que dicen: “Mira como anda sólo, cómo se guía con su bastoncito. ¡Y cómo conoce por donde va! Ah, seguro que tiene un sexto sentido”.
--¿y cómo explicarías aquel tipo de satisfacción? –me preguntó la amiga turista.
--Es que el comprobar que tengo algo que ofrecer me hace sentir útil, y hasta te diría que es una especie de ayuda terapéutica, que me doy a mí mismo.
--Pero entonces, ¿quiere decir que tú no necesitas de los psicólogos? –me volvió a interrogar.
--Sí, claro –le respondí, sin sospechar cuál era su carrera, y tuve entonces la oportunidad de explayarme al respecto de algo que considero muy importante-. En el fondo, aquella terapia de autoayuda es muy interesante; pero podría no ser lo suficiente, como para darme las fuerzas que necesito.
--Oh, ¿por qué? –me interrogó con gran interés.
--Porque cada día debo enfrentarme a situaciones muy peculiares, a veces muy complejas. Por ejemplo, voy caminando por la acera, y de repente, me choco. Entonces, ofrezco mis excusas porque quiero quedar bien. “Perdóneme usted, por favor”, ¿pero qué descubro? Ah, que el receptor de mis respetuosas consideraciones no es otra cosa más que un maldito poste o un carro mal estacionado que, luego de haberme puesto y dejado en el ridículo, parecería estar riéndose de mí, en silencio. ”¡Qué educado que es este cieguito, jaja!”. ¡Maldito seas, poste del demonio!
De otra parte, hay ocasiones en los que subo a un vehículo de transporte, sin ninguna intención de hacerle daño a nadie -lo hago, simplemente para ir a donde quiero, o a donde necesito- pero cuando menos lo espero, sin más ni más, solo porque sí, me golpeo la cabeza con el techo, y como comprenderás, además de dolerme, eso tiene que alterarme.
Voy por algún lugar, y no faltan chicos o incluso grandes que, porque se les ocurre, insultan o hacen bromas pesadas, y en lo particular, eso a mí me revienta, me produce una gran bronca. ¿Por qué cosas no habré pasado yo?
--¡Qué difícil se me hace creer lo que me cuentas! –mi amiga comentó.
--Bueno, pero así es –le respondí-. Yo no sé pero, a veces, pienso que podría llegar a desbordarme, porque como comprenderás no soy de palo, y por eso, considero que la asistencia psicológica es necesaria, frente a las cosas que ocurren.
Una noche, me reuní con mi amigo Jesse para conversar acerca de la clase que, al día siguiente, íbamos a dar a los alumnos de un curso de radio. Entre café y café, nos pusimos a escuchar las grabaciones de cada uno de los chicos, y cuando la reunión terminó, retomé el camino de vuelta a mi casa. Andaba por una de esas calles, y de repente, se me acercó alguien que, de un momento a otro, sin que yo me lo espere, me cerró el paso lo cual, lógicamente, me sorprendió. Yo no podía saber de qué se trataba.
--A ver, a ver, ¿quién soy yo? –me preguntó cambiando el timbre de su voz.
Lo reconocí al tiro, desde el primer momento. Hablando en términos deportivos, me di cuenta de quién era desde el saque, pues lo recordaba perfectamente. Pero, al mismo tiempo, me fregó que me tome de estúpido, o que se quiera poner a jugar a la adivinanza conmigo, y por eso, por eso que para mí no era poca cosa, no le respondí.
--Qué, ¡no puede ser que ya no me reconozcas! Tú tienes un oído extraordinario. Vamos, ¡inténtalo! –me dijo, y me insistió tanto que, al final, lo que consiguió fue sacarme de mis cacillas:
--No me jodas, ándate a la mierda, ¡déjame tranquilo! -le grité, y me fui.
Entonces, más de uno volteó los ojos y murmuró: “¿Oye, qué pasó? Ah, el cieguito, fíjate, se ha molestado, le han querido hacer algo. ¡Oh, no! Sí, pobrecito. Dígame, ¿necesita algo, señor?”, y, en medio de mi cólera, yo me tuve que controlar, calmar, para ver si haciendo de educado, de cortés, iba a recibir ayuda, en vez de asustar a los demás.
Cuánto quisiera yo no tener que reaccionar como a veces lo hago. La verdad es que me da hasta pena tratar mal a la gente, pero es que todo tiene su límite, y hay personas que se pasan de la raya. Por mi parte, sería incapaz de gastarme la más mínima broma con las discapacidades de otra persona, ¿pero por qué entonces tendría que soportar que otros lo hagan conmigo? Según algunos, por el simple hecho de ser ciego. ¿No es así? ¡Carajo!