Volver
Mientras estoy sentado frente a mi computadora, giro el dial del pequeño receptor de radio que tengo a mi lado, y empiezo a escuchar aquella canción que tanto te gusta. Me la pedías, cuando nos reuníamos para hacer algo de música, y hoy que la vuelvo a oír, revive en mí un deseo de aquellos que por algo de tiempo anduvo adormecido. Ah, cómo quisiera que esa canción no termine nunca, para no tener que dejar de imaginarme que estás aquí acompañándome. ¡Que no termine nunca!
Pero de pronto la emisora que la está transmitiendo se queda en silencio, y entonces, lo único que percibo es un profundo vacío que, de pronto, es llenado por la presencia sinfónica de la soledad. Esta se deja sentir, como diciendo: “Aquí me tienes”.
¡Cuántas veces queremos huir de la soledad y del silencio! ¡Cuánta angustia nos pueden causar su fría solemnidad, o su solemne crudeza! ¿Pero no es acaso también cierto que en algún momento echáramos de menos a ese solitario silencio, o a aquella silenciosa soledad, cuando queremos evocar? Sí, por mi parte sí. Yo lo voy a hacer más tarde, al momento de estar caminando por las calles de la ciudad, especialmente por los sectores más concurridos y transitados, en esas horas en las que el tráfico está a todo dar.
En Lima no ocurre lo mismo que en otras grandes metrópolis. Aquí, los conductores tocan el claxon porque sí y porque sí no más, y no necesito dármelas de brujo o adivino, para decir que, cuando salga de mi casa, Voy a oír un solo de ruidos infernales. Quizás, mediante esos ruidos, la gente busque desahogar una agresividad, una bronca interior, contenida, que se debe a un universo de frustraciones, producidas por las carestías típicas de un medio como el nuestro, donde lo que reina desde hace tiempo es la pobreza, acompañada de toda una corte de círculos viciosos, íntimamente ligados a ella, con una gran fidelidad. Yo entiendo todo aquello, pero en lo que a mi se refiere, tales ruidos me podrían ser tan incómodos, como lo puede ser la niebla de una mañana londinense para quienes ven. En ciertos casos, los videntes de aquella ciudad no pueden dar ni un paso, debido a lo nublado que está el ambiente, y entonces, según me contaba una amiga británica, los invidentes tienen chamba porque, como ellos sí se pueden mover en esas circunstancias, bien pueden hacer de guías. ¡Vámonos pa Londres familia!
Cuando hay una gran bulla, no logro orientarme; me resulta complicado darme cuenta de a dónde estoy, ¡y ya me lo imagino! Me voy a encontrar con la mezcla del ruido, producido por el volumen a todo dar del equipo de música de un vendedor de discos piratas. Este está chillando al lado del motor de un camión viejo, que se ha detenido en una esquina, donde al mismo tiempo se produce el estruendo de una de esas máquinas que andan rompiendo las pistas, sobre todo cuando se acercan las elecciones, para que la gente diga: “¡Ay, cómo trabaja mi alcalde!”.
La bulla me resultará insoportable en ciertos momentos. Sentiré que mis tímpanos no van a dar más y que el cerebro me va a estallar, y tendré ganas de haberme quedado en mi casa. Me hubiera evitado regresar con un dolor de cabeza más grande que el estadio Maracaná, pero no habrá nada que hacer. ¿No crees que entonces me hará falta un poquito de silencio? Claro que sí, y al hablarte de esto viene a mi mente el eco de aquella canción de Simon y Garfunckel.
Las madrugadas como esta son ideales para mí. Me permiten contemplar el sonido del silencio en todo su esplendor, con todos sus matices, con todo lo trémulo de su apasionante belleza, y puedo disfrutar de lo dulce de un deseo que hoy me ha venido a visitar. La jungla de fierro y cemento en la que vivo todavía no empieza ha rugir, como más tarde lo hará, y por ahora, solo se escucha el tejlejlej de un quiosco que rueda, vibra y salta, al ser empujado por algún vendedor ambulante. Pasó algún avión, y se hizo presente el motor de un automóvil que, aparentemente, no decían nada, pero que, desde lo alto, o a lo lejos, podrían estar invitándome a tener presente que como dice un viejo tango: “El mundo sigue andando”. O que, como también afirmaba otro: “Gira, gira”, pese a que algunos están durmiendo.
Entonces, Tengo la posibilidad de dar rienda suelta a mis calladas fantasías, a mis proyectos, anhelos, ilusiones y porqué no, también a un mar de emociones, que me vienen con un sinnúmero de recuerdos que llevo muy adentro, pero que en ciertos casos despiertan conmigo en una forma inusitada, como ocurrió hoy muy temprano, a eso de las tres, hora en que me desvelé y encendí mi pequeño radito.
Mis oídos ya están resignados a resistir esos -puns, puns, puns- que retumban en el lugar y el momento menos esperado y que, algunas veces, hasta se meten a la casa, por la ventana, cuando pasa uno de esos automóviles que... Su conductor pone la radio a un volumen tal como para decir: “Miren ese equipazo que me manejo”. ¡Eso es cosa de todos los días! Tengo que soportar el reguetón de por aquí, el perreo de más allá, los gritos de aquellos que, antes que animadores de programas, más parecerían vendedores de tomates: “Llamen, llamen, llamen, llamen, ¡pero qué esperan! Llamen por los premios”. Sin embargo, encontré una estación en la cual había un programa con música que, hacía tiempo, no escuchaba. ¡Y qué diferencia! Tuve la sensación de estarme transportando a través de ese tiempo que, aunque parezca mentira, a veces daría la sensación de regresar, y que, en este caso, estaría retornando para llevarme, tal vez, por un instante cargado de indescriptible emoción, a lugares que, a lo mejor, ni esperaba visitar, y a donde muchas veces dan ganas de volver. ¿Se podrá?
Empecé a viajar a mi infancia, como en un imaginario vuelo que hizo escala en mi adolescencia. Ocurrió al momento de escuchar todas aquellas baladas que, mientras yo terminaba mi primaria, marcaron época. Fue en 1970, cuando Radio Panamericana ponía música de Los Iracundos, Palito Ortega, Los Ángeles Negros, Los Galos, Roberto Carlos, La Fórmula Quinta, etc.
Qué de sorpresas no habría de encontrar si volviese a recorrer los jirones y recovecos de mis recuerdos, como lo hice esta mañana con la compañía de aquellas canciones. No serían pocas las emociones que me volverían a embargar, más de lo que ya lo han hecho. Escuché los pasos y voces de personas que marcaron mi vida, y que, de pronto, se me acercaron para invitarme a pasear por el patio, el jardín, por la bodeguita de la esquina, por la sala o la cocina de la casa, o por donde quiera que los hubiese dejado, y el deseo, ese deseo que usualmente duerme, volvió a revivir en mí.
En el silencio de una madrugada como esta, ¡cuantas cosas hubiera querido decir! ¡Cuánta razón tenías! Y siento una melancolía que se hace más profunda cuando, en mi computadora, me encuentro con el texto de uno de aquellos mensajes tan tuyos que, cual espuma, brota de la pantalla y me invade sin límite. Cuánto quisiera andar nuevamente por aquellos lugares que recorrimos juntos. ¿No sientes tú lo mismo? Iría a donde no quise ir, y quizás, ahora hablaría de cosas que entonces callé. Te daría ese abrazo que tú esperabas y que te negué, sin querer y sin imaginar que aquello te afectaría. ¿Estás allí todavía? ¿Sigues inquieta, atenta al anuncio del arribo de mi vuelo? ¿Ah, y esperas que te abrace fuerte, bien fuerte? Sí, esta vez sí lo haría; no te dejaría esperando, como si a mí no me importase tu espera, porque tu espera sí me importa.
Cuando me acuerdo de lo que ocurrió a mi llegada, una callada pena me aborda. Aguardabas el calor de mis brazos esa mañana, y te fallé, ¿no? Sí, yo sé que sí, ¿pero sabes porqué? Pues había cometido el error de vivir reprimiéndome por mucho tiempo, quizás, desde niño, y lamentablemente, lo único que había conseguido era bloquearme. NO abrazaba, no era cálido con los demás, ni expresaba lo que llevaba por dentro. Ahora puedo contártelo. He tenido que aprender a ser efusivo. Yo pensaba que exteriorizar lo que sentía era como hacer el ridículo. ¡Qué tonto que fui! ¿Me comprendes?
Siento una nostalgia que me invade hasta abrumarme, y que, definitivamente, me va a acompañar hasta más tarde, sin que lo pueda evitar, pese a que intento distraerme y disipar mi mente. Pienso en cosas relacionadas con una realidad tan peculiar como la actual. En ella, cada vez más lo cuerdo parece algo marginal, y la locura daría la impresión de haberse apoderado de los comandantes de la nave global. Ese tipo de temas me atrae mucho, pero pensando en ello no voy a conseguir que esa nostalgia abrumadora me deje de envolver, como tampoco lo voy a lograr, por el hecho de entretenerme, reflexionando acerca del significado de aquella década de los 60, en la que yo era un pequeño.
Se iniciaría toda una nueva era. El hombre pisaba la luna por primera vez, y se ponía de relieve lo impresionante de los saltos que la ciencia y la tecnología iban dando, al ritmo de Los Beatles. ¿Escucharás música esta mañana? Oh, ¡esos Beatles hacían delirar a los jóvenes con canciones cuya repercusión quizás ni ellos mismos se la esperaban! Algunos de mis tíos estaban entre los 15 y 20 años, y eran sus fanáticos incondicionales, mientras que yo, en mi mundo de fantasías, era partícipe de las grabaciones del grupo, y acompañaba, tocando la percusión sobre el aparador que había en la sala de mi casa.
Pensar que hoy ya he pasado a ser miembro de ese club de tíos que, fuera de vainas, han hecho de la canción Yesterday su himno institucional, y que, en algunos casos, ya son abuelos. ¡Let it be, muchachos! Qué rápido se habrían de esfumar aquellos años, aquellos días que volaron sin retorno. Algunos amigos también ya han partido, y los que nos hemos quedado, ya no somos aquellos jovencitos que, ahora que me acuerdo, dejamos de ir al colegio la mañana del 25 de Julio del 69, porque la noche anterior –había sido un domingo- nos habíamos quedado despiertos, para ver cómo el hombre caminaba por la luna, luego de haber leído un salmo bíblico, en un gesto de reconocimiento al creador que no tuvo todo el rebote, la resonancia que debiera haber tenido en la prensa mundial. Seríamos testigos de una hazaña sin precedentes, y nos tocó vivir lo profundamente intenso de momentos que jamás se borrarán, pese a todo el tiempo que desde entonces ha transcurrido.
Sin embargo no es nada de eso lo que me produce la nostalgia y el deseo que hoy siento y que me invita a escribir. Te contaré que, conforme avanza la mañana, el dulce canto de los pajaritos ya no es lo único que percibo, a través de mi ventana. Cual anuncio del fin de la quietud, que hasta hace un rato había, han empezado a circular los vehículos con mayor intensidad, y ya se escuchan voces de personas que pasan mientras que algún perro se pone a ladrar. Hablan entre ellas o por celular. “Se me ha hecho tarde, pero ahí voy”, le dice una a la otra, y me hace volver en mí. Si no se me hubiese ocurrido ponerme el reloj en la muñeca del brazo izquierdo cuando me desperté, no me hubiera enterado que efectivamente ya son las 9 y media de la mañana.
Me tengo que arreglar, porque dentro de un rato, quizás más rápido de lo que yo me imagino, va a llegar mi amigo Jesé, para intercambiar algunas ideas acerca de la presentación radial que estamos preparando. Cuando mi reunión con él termine, iré a la casa de mi amiga Lucía, quien me ha invitado para almorzar y que, dicho sea de paso, hace cada plato que es de chuparse los dedos. Le voy a llevar unas empanadas, algún postrecito, de esos que le gustan, y por la tarde me dirigiré al restaurante donde laboro, tocando teclado. ¡Qué día el mío!
Pero, no logro salir de la nostalgia que me embarga. ¿Qué estarás haciendo tú? Todavía ni he tomado desayuno, por estar pensando en aquellos años 60, para ver si de esa forma me dejo de preguntar. Atravesábamos por una compleja situación que no me era tan ajena, porque oía los comentarios de mis mayores. Se referían a la violencia, entonces también promovida por sectores izquierdistas. Comentaban sobre una corrupción tal, que generaba un profundo malestar y rechazo en la opinión pública. La oposición parlamentaria, alias Coalición del Pueblo, le hacía la vida imposible al gobierno democrático, y recuerdo que algunos sugerían que el país necesitaba una nueva dictadura. “Ay sí, ¡nos hace falta un militarote!”, decía una tía, casi gritando con la boca llena, en una oportunidad, y alguien respondió: “No hay nada que hacer, son las mujeres las que amamantan a los dictadores y los defienden mejor que nadie, con un grado de fidelidad realmente sorprendente”. Todo eso era tema de discusiones que no tenían cuando terminar. Se suscitaban en los almuerzos domingueros, que tenían lugar en la casa de mi abuelo.
Seguramente, tú también tendrás recuerdos de las reuniones que, cuando eras pequeña, tu familia organizaba. Los mayores hablaban y yo solo podía escucharlos. Me hubiese gustado hacerles preguntas, como las que formulaba a mis entrevistados cuando estaba frente al micrófono, en un programa radial que conduje en 1994, pero me decían que cuando los mayores estaban conversando la gente menuda no hablaba, ¡y qué error! Como para preguntarnos si la falta de diálogo, en la familia, es algo solamente actual. Luego de haber saboreado unos ricos tallarines con asado, Empezaban a sonar las opiniones de mis tíos. Los más grandes se dividían según sus pareceres, y tomaban partido ya sea a favor o en contra del pelo largo de los Beatles, de la vigencia de la música criolla, de la importancia del sistema democrático, de las supuestas ventajas que nos traería un nuevo régimen militarista. Había los que defendían a morir al sistema soviético; también, los que eran hinchas acérrimos de los norteamericanos, y qué emoción la que le ponían a cada una de sus intervenciones, réplicas, etc. Lo curioso de todo esto es que hasta hoy se sigue discutiendo sobre casi los mismos temas de los que yo escuchaba hablar en aquellos almuerzos.
Al tiempo que recuerdo -no te imaginas- se me ocurre que podría comparar aquellas discusiones, con las que se producen entre los seguidores de dos equipos que, uno de esos domingos por la tarde, están a punto de saltar a la cancha para jugarse un partido clásico, sin percatarse que las estructuras del estadio, donde ese partido se habría de realizar, estaban, y siguen estando, en peligro de venirse abajo. Aquellos fanáticos, provenían de las clases medias a las que habría que dedicarles todo un capítulo y más, si es que este fuese un estudio riguroso sobre la cuestión social e histórica de los años 60. Estaban sumergidos en la pobreza económica típica de un sector burocratizado, y por si eso fuera poco, permanecían atados a un peculiar tipo de ignorancia, que les impedía comprender las causas de todo lo que nos ocurría, en un contexto mundial del cual nuestro país no podía ser ajeno, ni vivir aislado. Los domingos por las tardes, mis tíos terminaban roncos, como si hubiesen vuelto del estadio, de tanto gritar las bondades de sus respectivos equipos, el Atlético Washington y el Deportivo Moscú, porque no contaban con una información y orientación realista, sobre lo que en el fondo significaban los movimientos, como la conducta en sí, de Los Estados Unidos y la Unión Soviética: dos protagonistas de una guerra fría, que en el fondo era un asunto mucho más complejo de lo que podría uno pensar, pero que, por el nivel intelectual de nuestras clases medias, daba la impresión de ser tomado como una simple bronca, entre los dos rivales más guapos del torneo de box ínter barrios, a los que sus incondicionales les brindan su apoyo sin límites, hasta quedarse sin voz.
Pero, sigo nostálgico sin poderlo evitar, y más allá de pensar en aquellas cosas de los años 60, lo que me atrae es la sola idea fantasiosa de pensar en hacerte una visita por la noche. Me imagino allí, en la terracita donde tienes tu parrilla, y donde también hay una hamaca, en la que tanto te gustaba mecerte cuando era verano. Daban las 6 de la tarde, y salíamos del interior de la casa, para disfrutar de la brisa que llegaba con el viento. Lo tengo muy presente, y el solo imaginarme que estoy allí, me emociona. Si te parece yo me encargo de servir los tragos, y tú preparas ese Gumbo que tanto me gusta mientras yo toco un poco de piano, o guitarra para hacerte sentir bien. Luego de cenar podríamos sentarnos en la salita donde escuchábamos música. ¿Todavía tienes aquel equipo estereo? Pon alguna de esas canciones que te gustan; te sugiero Wind Benith My Wings, para empezar a conversar, después de tanto tiempo.
Te contaré sobre tantas cosas, acerca de… Pero, solo quisiera hacerte una pregunta:
¿Vas a estar esta noche?
domingo 23 de marzo de 2008
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