domingo 30 de marzo de 2008

Relatos Domingueros

LA CARTA

Su relación con las personas ciegas venía desde cuando él era muy joven. Mientras estaba en la escuela, colaboraba leyendo en voz alta. Hasta aprendió el sistema Braille, porque deseaba que sus amigos le contasen sus experiencias, cómo podían sentirse en medio de la ceguera, qué significaba el hecho de no ver.
Los acompañaba al teatro, a oír música. En ciertas ocasiones, él iba con ellos a comer. Como era un gran observador, muy intuitivo, se daba cuenta que, en torno a las personas ciegas, había características muy singulares, y quería conocer más a fondo tales características. No deseaba quedarse en el plan del simple lector que años después sería remplazado por el Jaws.
Para José, dichas personas permanecían en medio de algo nada fácil de poder descifrar. “¿Qué será eso?”, se preguntaba sin cesar. Las ganas de conocer más y más al respecto se lo comían.
El desánimo de su amiga Blanquita no lo amilanaba. Por el contrario, era como un estímulo; lo impulsaba a buscar que sus otros amigos ciegos le hablen más, sobre lo que él percibía. Les daba la posibilidad de que le escriban, si así lo preferían. ¿Había algún tipo de obsesión en ello? A veces sus amigos no lo entendían. “Trata de explicarnos mejor, qué es lo que deseas saber”.
Y leía las cartas que sus amigos le enviaban, creyendo poder encontrar alguna pista. Al repasarlas notaba que, algunas de ellas, estaban llenas de un verbalismo ilimitado, decorado al máximo de inseguridades y complejos, tanto de inferioridad como de superioridad.
En una ocasión alguien le escribió diciendo: “Yo no veo, pero veo más que los que ven, porque los que ven no ven como sí vemos los que no vemos...”.
Cuando les contestaba les pedía presiciones. De paso, aprovechaba para hacerles preguntas de diferentes tipos que algunos le respondían, con lujo de detalles, por la confianza que le tenían. “Si quieres te puedo seguir contando más”, se leía en varias de las misivas que le llegavan.
Debido a lo fluido de las comunicaciones, empezó a fomentarse una especie de club de correspondencia que, por un buen tiempo, se mantuvo. Sus amigos le siguieron escribiendo, incluso cuando él entró a la Dominican University que está en el Condado de Marin, porque lo echaban de menos, y porque no querían dejar de contar con alguien que estuviese dispuesto a escucharlos, como José lo hacía. Querían contar con él, para compartirle sus vivencias cotidianas, esas vivencias que las personas ciegas no siempre tienen a quién volcarle.
Una mañana, le llegó una carta en Braille; no tenía nombre ni apellido en el sobre. Era la primera vez que sucedía algo así. Usualmente, las cartas le llegavan firmadas por el remitente. “¿Quién será, quién será?”, se preguntaba mientras abría el sobre, y sintió entonces una gran curiosidad. Ávido por desentrañar aquel misterio empezó a leer Con sus dedos:
“Querido amigo. Te ofresco mis disculpas por molestarte. Yo no sé cómo empezar... Bueno, espero que...”, decía la misiva, reflejando ya en esas primeras palabras una gran inseguridad, complejos, una bajísima autoestima. “Me siento.... Bueno, me da cosa decir... Y, otra vez discúlpame por quitarte tu tiempo, pero es que ehmm”.
José continuó leyendo, con una curiosidad cada vez mayor. “Eh bien, quiero contarte que yo soy... Bueno, que yo me siento... muy sola, que aunque la gente me rodea en la iglesia, en mi barrio, y me dan ánimos, me siento muy, pero, muy sola. Eh, no quisiera incomodarte pero, sí, me siento como si estuviese fuera de este mundo de luz, de color, en el que todos hablan de luz, de color”.
“¿Quién será?”, seguía preguntándose José mientras que, con gran vehemencia, deslizaba sus dedos, sobre aquel papel tan intensamente perforado por las emociones de la persona que lo había escrito. En un momento, debió detenerse para secárse los dedos. No se explicaba por qué, de pronto, le estaban sudando, y cuando los secó, los volvió a deslizar: “Sí, y para no vivir en el vacío, en la nada, como si me hubiera quedado al costado de la vida, al margen de lo humano, sin tener derecho a disfrutar del placer, sin tener quien me haga el amor, me veo en la necesidad de hacer de arquitecta, para construirme un mundo yeno de fantasías, para ver si al menos en él yo pudiese ser feliz”.
“¿Qué? ¿Pero que quiere decir esto?”, empezó a preguntarse a sí mismo, sin poder salir de su asombro. Era la primera vez que José tiraba una carta. No lo hacía en un gesto de rechazo. La tiraba de emoción frente a lo que había leído. “¿Un mundo? ¿Todo un mundo? ¿Es eso lo que yo percibía en cada uno de mis amigos? ¿Es eso lo que yo hasta ahora no me había podido explicar? ¿Será que cada uno de ellos hace lo mismo, construirse su mundo? ¿De qué color será ese mundo?”.