v¿CÓMO LE VA, DOÑA NOSTALGIA?
Hace unos días, recibí una agenda de actividades musicales. El que la envía es un amante del Jazz; siempre está muy bien informado sobre todo lo que ocurre en la ciudad con dicho género; se da el trabajito de armar toda una lista con las presentaciones de la semana, y en aquella ocasión, lo que más me llamó la atención fue que se ofrecía una clase maestra de guitarra. Ni bien me enteré de ello, le dije a mi hijo para ir juntos. Pensé que dicha clase le podía ser muy provechosa, pues él está estudiando para músico, y la guitarra es precisamente su instrumento.
La clase iba a darse en un teatro, cuya dirección no me era para nada desconocida. Teníamos que estar allí a eso de las once de la mañana, así que nos organizamos para llegar a tiempo, y tomamos un ómnibus que pasa a unas cinco cuadras de nuestra casa. Cuando arribamos, nos encontramos con un tremendo edificio. Había cualquier cantidad de gente –era un mar humano- que entraba y salía. La mayoría de ellos eran jóvenes que iban y venían de sus aulas, con el mismo ímpetu, con la misma energía, con la que yo lo hacía cuando era un adolescente como mi hijo.
A los catorce años, yo ya me movilizaba solo con mi bastón, y entonces, me matricularon en un instituto de Inglés. Este quedaba algo cerca del centro de rehabilitación de ciegos, donde yo me preparaba, así que, tan pronto como terminaba, me iba para el instituto. Estaba instalado en una casona vieja, que hacía esquina en el cruce de dos avenidas del distrito de Miraflores. ¡Qué ambiente para más acogedor, el que entonces había en aquel lugarcito!
Todos, estudiantes y profesores, nos conocíamos, y lo que no puedo olvidar es el calor humano que yo encontraba allí. Lo percibí desde mi primer día de clases. ¡Cómo se desvivían los teachers por darme todas las facilidades! Me tomaban los exámenes en forma oral, pues entonces no había nada de tecnología adaptada para ciegos. ¡Y ni pensar en el señor Jaws!
Yo me pasaba las horas de las horas en la academia. Mis clases terminaban, pero yo me quedaba, pues quería encontrar la oportunidad de practicar Inglés, y también, porque allí me sentía muy a gusto. Ya me había aprendido de memoria dónde estaba la biblioteca, la administración, la escalera para el segundo piso, la cafetería, las mesas en las que nos reuníamos varios amigos, y en buena cuenta, me movía por el instituto, como Pedro por su casa. Recuerdo que se organizó un club de conversación.
Quienes nos quedábamos para hablar en Inglés, nos encontrábamos con una amiga norteamericana, de avanzada edad. Era una de esas gringuitas, ¡que son recontra buena gente! Un buen día, decidió dejar su país para conocer el mundo, y terminó afincándose en el Perú.
Yo conversaba mucho con ella, y hasta hoy, llevo en mi mente todo lo que me enseñó acerca de lo que es la vida. En una ocasión –me parecería que hubiera sido ayer- ninguno de los amigos fue al club de conversación. Sin embargo, la amiga sí estaba, y entonces, nos pusimos a hablar, sin preocuparnos del tiempo, ni el espacio. ¿”Si tuvieras un hijo, y quisiera estudiar música, lo dejarías?”, me preguntó, cuando menos me lo esperaba. Yo le hice otra pregunta: “¿Por qué me lo planteas?”, y entonces, me empezó a contar. Casi entre sollozos, me relató cómo su padre le había prohibido que toque el piano. “Tú tienes que estudiar química”, le repetía sin piedad.
En la cafetería donde estábamos –la vida tiene una de coincidencias increíbles- había un piano, que estaba volteado. Sus teclas daban hacia la pared, y eso le recordaba la forma en la que su papá había puesto el piano de su casa, para que ella no lo toque. ¿Pero conseguiría el señor su objetivo?
Resulta que en un momento dado -no había mucha gente- ella se paró, se dirigió al instrumento, y luego de unos instantes de silencio, empezó a hacer lo mismo que cuando era niña. Yo jamás había tenido la oportunidad de oír llorar a un piano, como en aquella noche, en la que mi amiga daba rienda suelta a sus emociones, sin evitar que la cafetería se llene de personas que venían a escucharla.
¡Dónde estará hoy mi amiga! ¿Tendrá correo electrónico? ¿Podría hablar con ella por Skype? Quizás, se quedó tocando en el tiempo, sin saber que existe la tecnología antes mencionada; sin voltear el piano; sin detenerse; sin darse cuenta de la cantidad de años que han pasado; sin sospechar que yo hasta hoy recuerdo esa noche.
Me parece estarla escuchando allí, en aquel lugar donde nos encontrábamos, en aquella casona vieja, acogedora, que hoy se ha convertido en ese tremendo edificio, al que entra cualquier cantidad de gente, y a cuyo teatro fui con mi hijo, para que escuche su clase magistral de guitarra.
¿Podré volverla a escuchar a ella?
domingo 27 de abril de 2008
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1 comentarios:
luís, es un gusto leerte. Sigue regalándonos así tus vivencias.
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