EL PUENTE QUE NOS FALTA.
¡Ah, la infancia! Yo recuerdo aquella época –corrían los últimos años de la década de los 60- en medio de una mezcla de alegrías que atrás quedaron, y penas que, sin embargo, no han logrado silenciar los ecos de un mundo de ilusiones ¿visuales? que en mi niñez yo abrigaba con todas mis fuerzas, para darles todo mi calor, suponiendo en mi inocencia de niño que a mayor calor menor sería el trecho entre mi realidad y aquellas ilusiones. Desde ese entonces, llegan hoy hacia mí, como transportados por el mágico toque de un instante de nostalgia, la frescura de la pradera donde yo jugaba, la intensidad de momentos imborrables como los que viví tanto en los días previos a mi viaje, en las horas de mi graduación, cuando tuve el micrófono de una grabadora en mis manos por primera vez, y cuando, ya de adolescente, besé también por primera vez a Alejandra.
Miguel -hace poco me lo encontré- también era un niño por aquel entonces; estudiaba en mi escuela, compartíamos el mismo salón, hablábamos de football -por esa época se jugaba el mundial de Méjico 70- y también comentábamos acerca de otros deportes. Ahora -¡fíjate cuanto tiempo ha pasado!- él es el director de un centro de educación especial, y seguro que no se acostumbra a tener que ponerle fin a los partidos cuando la hora de estudiar llega, como lo hacían los profesores nuestros. Cuánto me alegra ver los progresos de aquel (director) amigo, y cuánto hay por rescatar de su esfuerzo. Cuando niño su condición era de las más humildes. Mientras yo vivía en mi casa, con mis padres y mis hermanos, él tuvo que vivir interno en nuestra escuela, y sin embargo, jamás se rindió pese a la dureza de los golpes que le dio la vida. Con ello, él daba, quizás sin saberlo, una lección de fortaleza para quien la pueda necesitar, y años más tarde se convertiría en una fuente de consideración y respeto, para mí.
El reencuentro con él se produjo en un taller sobre ceguera. Cuando le tocó el turno al tema de educación, Miguel (el señor director) pidió la palabra y me enteré que estaba allí al escuchar su voz. Ello me llenó de una gran satisfacción, que pude exteriorizar al momento que nos saludamos, en el refrigerio. Los recuerdos se hicieron presentes en nuestra conversación. Estos no podían esperar más después de tanto tiempo.
--Yo he pasado una de penurias—me decía él al evocar aquellos días de nuestra infancia.. Pero, aquí estoy, dándole y dándole.
--¿A la pelota?—le pregunté, recordando esos partidos de antaño; y una a una, las anécdotas, los cuentos, las situaciones entonces vividas, brotaban entre risas, que no tenían cuando cesar.
Hoy todo es distinto. Nuestro centro de educación –su nombre es Santa Lucía- ya no queda en el mismo lugar. Lógicamente, en cuanto a cada uno de nosotros, los años –yo ya estoy a punto de entrar a los ¡sin cuenta!- nos han dejado sus huellas al pasar, y se han encargado de enseñarnos lecciones que a lo mejor ni pensábamos aprender, por esos días, mientras andábamos repitiendo toda una hilera de refranes, para aprobar el examen, sin sospechar la vigencia de estos.
Cuando niño, Miguel era bueno con la pelota. Ahora no sé qué tan bueno será. Entonces, ya en el juego se le notaba empeñoso; era un tipo de carácter, que difícilmente se doblegaba –pensar que algunos se caen como trapos viejos- a la hora de perder el balón. Él persistía, hasta que lo recuperaba.
--¿Te acuerdas de Eric y Juan Carlos ?—le pregunté.
--¡Pero, cómo me voy a olvidar de ellos!—me respondió emocionado, el ahora Director.. ¡Esa gente! ¡Esos tiempos! ¡Cuánto por recordar!
Yo en cambio, no era nada bueno con la pelota, contrariamente a lo que pudiese creer, y jugaba en los ratos de recreo; hacía mis cositas porque la pelota tenía tapas de botellas en el interior, lo cual me permitía escuchar por dónde esta iba rodando, para perseguirla. Pero, definitivamente, lo mío –la verdad sea dicha- era la música, que empezó siendo un pasatiempo y que años más tarde se convertiría en mi medio de vida. Antes tocaba el piano para las tías que llegaban a mi casa a tomar el te con mi mamá.
Hoy, como profesionales –él es educador y yo sociólogo- los dos tendríamos mucho que conversar. Eso quedó en evidencia desde el primer momento, en aquel pequeño, pero, gratísimo reencuentro. De hecho que no son pocas las experiencias, que en el curso de los años han ido nutriendo los puntos de vista, que en la actualidad los dos pudiésemos haber acumulado –él tiene baja visión- acerca de la problemática de la ceguera y visión subnormal; y por ello quedamos en volvernos a encontrar, para seguir la conversa.
Ayer, precisamente ayer por la mañana, revisaba mis correos electrónicos, y de pronto recibí la llamada de Miguel, para coordinar el día y fecha de nuestro próximo encuentro. Yo estoy seguro que, también en este, lo primero que a de aflorar serán los nombres de fulanito, menganito y perencejo; y no me cabe la menor duda que volveremos a hablar del señor que una vez nos vino a visitar desde el Brasil, o de aquella tarde en la que perdimos el tapón de la colchoneta de la alemana, en el fondo de la piscina. Pero, a todo esto, también sé que, llegado el momento, aprovecharemos –será necesario aprovechar la oportunidad- para hablar de nuestra realidad, así como del significado y las múltiples implicancias que el hecho de ver poco o simplemente de no ver tienen en ella.
Quizás, en un principio, hablemos de cosas que ya todos sabemos.
--Esta realidad ya me tiene harto—
--¡Qué me vas a decir a mí de eso! Ser ciego en este país es una... m.—-
--Seguro. ¿No te revienta que te tomen como ciudadano de segundilla, por el hecho de no ver?—
--¡Ah, es que no te he contado! Resulta que hace poco, me creyeron mendigo—
Ya te contaré.
Desde hace un tiempo, yo tengo una idea –a veces pienso que es una sensación- que en el próximo encuentro pienso compartir con Miguel, y es que ya debemos terminar con el festival del diagnóstico en el que nos hemos quedado atracados. Yo creo que ya se criticó lo suficiente a la realidad de las personas ciegas y que ahora hay que encontrar la forma de cambiar esa realidad tan criticada, para reemplazarla por otra que sea inclusiva y en la que todos tengamos un lugar. Pero también creo firmemente que para cambiar nuestra realidad – y eso quiero remarcarlo – los primeros que tenemos que cambiar somos los ciegos mismos.
Al ver la situación en la que estamos, y sobre todo al experimentar en carne propia lo profundo de nuestra problemática, me resulta muy difícil creer que no podamos ser capaces de dejar de lado nuestros egoísmos, nuestros apetitos individuales. “¿Qué tiene que ver la falta de vista con nuestra incapacidad de unirnos?”, me pregunto sin cesar, y me vuelvo a interrogar: “¿No debería la ceguera ser más bien un motivo de unión de todos, considerando las implicancias de esta?”
En todos los campos de la actividad humana, y en todos los terrenos –el de la discapacidad no es el único- la experiencia es la misma; sin la unión de quienes están interesados en lograr algo nada es posible. En nuestro caso, se supone que anhelamos llegar a otro nivel de vida dejando atrás de una vez por todas el fango de la postergación, marginalidad, falta de oportunidades e indiferencia en el que hasta hoy se hunden nuestros bastones. Alcanzar ello, aún cuando es difícil no tendría porque ser imposible si es que empezamos nosotros por cambiar de actitud. Hacerlo nos permitirá construir un puente que mucha falta nos hace para pasar sobre la ignorancia y la falta de solidaridad y comprensión y para acabar con aquel viejo refrán que reza: “Del dicho al hecho hay mucho trecho”. Si no construimos ese puente nos quedaremos sin poderlo cruzar.
Lic. Luis Hernández Patiño
Sociólogo
Lima- Perú
EL PUENTE QUE NOS FALTA.
¡Ah, la infancia! Yo recuerdo aquella época –corrían los últimos años de la década de los 60- en medio de una mezcla de alegrías que atrás quedaron, y penas que, sin embargo, no han logrado silenciar los ecos de un mundo de ilusiones ¿visuales? que en mi niñez yo abrigaba con todas mis fuerzas, para darles todo mi calor, suponiendo en mi inocencia de niño que a mayor calor menor sería el trecho entre mi realidad y aquellas ilusiones. Desde ese entonces, llegan hoy hacia mí, como transportados por el mágico toque de un instante de nostalgia, la frescura de la pradera donde yo jugaba, la intensidad de momentos imborrables como los que viví tanto en los días previos a mi viaje, en las horas de mi graduación, cuando tuve el micrófono de una grabadora en mis manos por primera vez, y cuando, ya de adolescente, besé también por primera vez a Alejandra.
Miguel -hace poco me lo encontré- también era un niño por aquel entonces; estudiaba en mi escuela, compartíamos el mismo salón, hablábamos de football -por esa época se jugaba el mundial de Méjico 70- y también comentábamos acerca de otros deportes. Ahora -¡fíjate cuanto tiempo ha pasado!- él es el director de un centro de educación especial, y seguro que no se acostumbra a tener que ponerle fin a los partidos cuando la hora de estudiar llega, como lo hacían los profesores nuestros. Cuánto me alegra ver los progresos de aquel (director) amigo, y cuánto hay por rescatar de su esfuerzo. Cuando niño su condición era de las más humildes. Mientras yo vivía en mi casa, con mis padres y mis hermanos, él tuvo que vivir interno en nuestra escuela, y sin embargo, jamás se rindió pese a la dureza de los golpes que le dio la vida. Con ello, él daba, quizás sin saberlo, una lección de fortaleza para quien la pueda necesitar, y años más tarde se convertiría en una fuente de consideración y respeto, para mí.
El reencuentro con él se produjo en un taller sobre ceguera. Cuando le tocó el turno al tema de educación, Miguel (el señor director) pidió la palabra y me enteré que estaba allí al escuchar su voz. Ello me llenó de una gran satisfacción, que pude exteriorizar al momento que nos saludamos, en el refrigerio. Los recuerdos se hicieron presentes en nuestra conversación. Estos no podían esperar más después de tanto tiempo.
--Yo he pasado una de penurias—me decía él al evocar aquellos días de nuestra infancia.. Pero, aquí estoy, dándole y dándole.
--¿A la pelota?—le pregunté, recordando esos partidos de antaño; y una a una, las anécdotas, los cuentos, las situaciones entonces vividas, brotaban entre risas, que no tenían cuando cesar.
Hoy todo es distinto. Nuestro centro de educación –su nombre es Santa Lucía- ya no queda en el mismo lugar. Lógicamente, en cuanto a cada uno de nosotros, los años –yo ya estoy a punto de entrar a los ¡sin cuenta!- nos han dejado sus huellas al pasar, y se han encargado de enseñarnos lecciones que a lo mejor ni pensábamos aprender, por esos días, mientras andábamos repitiendo toda una hilera de refranes, para aprobar el examen, sin sospechar la vigencia de estos.
Cuando niño, Miguel era bueno con la pelota. Ahora no sé qué tan bueno será. Entonces, ya en el juego se le notaba empeñoso; era un tipo de carácter, que difícilmente se doblegaba –pensar que algunos se caen como trapos viejos- a la hora de perder el balón. Él persistía, hasta que lo recuperaba.
--¿Te acuerdas de Eric y Juan Carlos ?—le pregunté.
--¡Pero, cómo me voy a olvidar de ellos!—me respondió emocionado, el ahora Director.. ¡Esa gente! ¡Esos tiempos! ¡Cuánto por recordar!
Yo en cambio, no era nada bueno con la pelota, contrariamente a lo que pudiese creer, y jugaba en los ratos de recreo; hacía mis cositas porque la pelota tenía tapas de botellas en el interior, lo cual me permitía escuchar por dónde esta iba rodando, para perseguirla. Pero, definitivamente, lo mío –la verdad sea dicha- era la música, que empezó siendo un pasatiempo y que años más tarde se convertiría en mi medio de vida. Antes tocaba el piano para las tías que llegaban a mi casa a tomar el te con mi mamá.
Hoy, como profesionales –él es educador y yo sociólogo- los dos tendríamos mucho que conversar. Eso quedó en evidencia desde el primer momento, en aquel pequeño, pero, gratísimo reencuentro. De hecho que no son pocas las experiencias, que en el curso de los años han ido nutriendo los puntos de vista, que en la actualidad los dos pudiésemos haber acumulado –él tiene baja visión- acerca de la problemática de la ceguera y visión subnormal; y por ello quedamos en volvernos a encontrar, para seguir la conversa.
Ayer, precisamente ayer por la mañana, revisaba mis correos electrónicos, y de pronto recibí la llamada de Miguel, para coordinar el día y fecha de nuestro próximo encuentro. Yo estoy seguro que, también en este, lo primero que a de aflorar serán los nombres de fulanito, menganito y perencejo; y no me cabe la menor duda que volveremos a hablar del señor que una vez nos vino a visitar desde el Brasil, o de aquella tarde en la que perdimos el tapón de la colchoneta de la alemana, en el fondo de la piscina. Pero, a todo esto, también sé que, llegado el momento, aprovecharemos –será necesario aprovechar la oportunidad- para hablar de nuestra realidad, así como del significado y las múltiples implicancias que el hecho de ver poco o simplemente de no ver tienen en ella.
Quizás, en un principio, hablemos de cosas que ya todos sabemos.
--Esta realidad ya me tiene harto—
--¡Qué me vas a decir a mí de eso! Ser ciego en este país es una... m.—-
--Seguro. ¿No te revienta que te tomen como ciudadano de segundilla, por el hecho de no ver?—
--¡Ah, es que no te he contado! Resulta que hace poco, me creyeron mendigo—
Ya te contaré.
Desde hace un tiempo, yo tengo una idea –a veces pienso que es una sensación- que en el próximo encuentro pienso compartir con Miguel, y es que ya debemos terminar con el festival del diagnóstico en el que nos hemos quedado atracados. Yo creo que ya se criticó lo suficiente a la realidad de las personas ciegas y que ahora hay que encontrar la forma de cambiar esa realidad tan criticada, para reemplazarla por otra que sea inclusiva y en la que todos tengamos un lugar. Pero también creo firmemente que para cambiar nuestra realidad – y eso quiero remarcarlo – los primeros que tenemos que cambiar somos los ciegos mismos.
Al ver la situación en la que estamos, y sobre todo al experimentar en carne propia lo profundo de nuestra problemática, me resulta muy difícil creer que no podamos ser capaces de dejar de lado nuestros egoísmos, nuestros apetitos individuales. “¿Qué tiene que ver la falta de vista con nuestra incapacidad de unirnos?”, me pregunto sin cesar, y me vuelvo a interrogar: “¿No debería la ceguera ser más bien un motivo de unión de todos, considerando las implicancias de esta?”
En todos los campos de la actividad humana, y en todos los terrenos –el de la discapacidad no es el único- la experiencia es la misma; sin la unión de quienes están interesados en lograr algo nada es posible. En nuestro caso, se supone que anhelamos llegar a otro nivel de vida dejando atrás de una vez por todas el fango de la postergación, marginalidad, falta de oportunidades e indiferencia en el que hasta hoy se hunden nuestros bastones. Alcanzar ello, aún cuando es difícil no tendría porque ser imposible si es que empezamos nosotros por cambiar de actitud. Hacerlo nos permitirá construir un puente que mucha falta nos hace para pasar sobre la ignorancia y la falta de solidaridad y comprensión y para acabar con aquel viejo refrán que reza: “Del dicho al hecho hay mucho trecho”. Si no construimos ese puente nos quedaremos sin poderlo cruzar.
Lic. Luis Hernández Patiño
Sociólogo
Lima- Perú
sábado 3 de mayo de 2008
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