LA ESPUMA Y TÚ
No fue casualidad que ayer, en medio del invierno, sintiera un tierno calor. No, no fue casualidad, pues descubrí por qué había estado esperando tanto, pero tanto tiempo, frente al mar, frente a ese mar que tanto nos gusta. ¡Cuánta estética hay en su sonido! ¡Y qué rico huele, cuando uno está a su lado!
Hace tiempo –ya ni me preocupa acordarme de cuanto- yo tocaba teclado en un restaurante que está ubicado frente a la playa. Mientras que la gente escuchaba mis interpretaciones, el solo percibir la brisa de la tarde era para mí algo emocionante, fascinante, mejor dicho: delicioso. Pero, más delicioso aún me resultaba sentir cómo mis melodías eran decoradas, por el lejano sonido del vaivén de las olas que me acompañaban sin cesar. Al acercarse a mis oídos, a mi gusto, aquellas olas mojaban mi imaginación, y ponían en una fantasiosa gota de sal la más grande de las dulzuras que, en esos instantes, mi boca hubiera querido saborear.
Cuando daban las nueve de la noche –ya había terminado de tocar- debía partir de vuelta a mi casa. Sin embargo, en mí había un gran deseo por quedarme cerca de la playa. No sabía por qué, pero me daban ganas de no irme, y no me marchaba. ¿No estaba cansado? Sí, pero quería que mi cuerpo y mi mente estén allí, como haciéndole compañía a la luna, a las estrellas, al viento que me despeinaba, y que sacudía mis fantasías e ilusiones, hasta excitarlas, excitándome a mí también, al tiempo que yo esperaba.
Ayer, te volví a encontrar, y mientras charlábamos, me fui dando cuenta, poco a poco, que tú te parecías a la espumita del mar. Me refiero a esa espumita con la que mis manos jugaban, cuando yo era niño. Entonces, me pasaban las horas enteras chapoteando en el agua. ¡Qué días aquellos! Las mañanas me olían a pescado, y algunas veces, las tardes me sonaban a los remos de aquellos hombres rudos, que empujaban sus lanchas por las piedras de la playa, y que se hacían a la mar, para sumergir sus redes, y así ver de encontrar el pan cotidiano.
Tu llegada, aunque no me lo creas, produjo en mí una gran emoción. Por eso, me quedé conversando contigo tanto rato, bajo las estrellas de tus palabras, y en medio del calor de aquella agua con la que calentabas el café, que daba aroma a la brisa del bohemio aire de tu voz. ¿De cuántas cosas no habremos hablado, no? Sí, sí, pero, el tiempo se pasó volando, como el viento de esas noches, en las que yo me quedaba esperando, y bueno, como te acordarás, nos tuvimos que despedir.
Aunque me hubiera querido quedar, yo me fui, y cuando me dormí empecé a soñar con aquella espumita. Ya no recuerdo cómo empezó aquel sueño, pero sí tengo muy presente la escena. Ella estaba a mi lado, y me hablaba de cosas tiernas, de cosas que no siempre me han dicho con tanta dulzura. Tenía forma de mujer madura. Pero, al mismo tiempo, en su interior llevaba a una niña cálida, juguetona.
Yo sentí ganas de abrazarla, y ella me permitió hacerlo. Mis dedos empezaron a jugar con su pelo, y en un gesto muy suyo, la espumita acomodó su cabeza, sobre mi hombro, como para que mis dedos pudiesen jugar mejor, al tiempo que ella gorgojeaba.
Después de ello, mis manos descubrieron su cara, y recorrieron las húmedas curvas de sus labios. ¡Qué sueño aquel! Sin embargo, te voy a volver a esperar, y cuando vuelvas con las olas, te seguiré contando.
Allí te espero.LA ESPUMA Y TÚ
No fue casualidad que ayer, en medio del invierno, sintiera un tierno calor. No, no fue casualidad, pues descubrí por qué había estado esperando tanto, pero tanto tiempo, frente al mar, frente a ese mar que tanto nos gusta. ¡Cuánta estética hay en su sonido! ¡Y qué rico huele, cuando uno está a su lado!
Hace tiempo –ya ni me preocupa acordarme de cuanto- yo tocaba teclado en un restaurante que está ubicado frente a la playa. Mientras que la gente escuchaba mis interpretaciones, el solo percibir la brisa de la tarde era para mí algo emocionante, fascinante, mejor dicho: delicioso. Pero, más delicioso aún me resultaba sentir cómo mis melodías eran decoradas, por el lejano sonido del vaivén de las olas que me acompañaban sin cesar. Al acercarse a mis oídos, a mi gusto, aquellas olas mojaban mi imaginación, y ponían en una fantasiosa gota de sal la más grande de las dulzuras que, en esos instantes, mi boca hubiera querido saborear.
Cuando daban las nueve de la noche –ya había terminado de tocar- debía partir de vuelta a mi casa. Sin embargo, en mí había un gran deseo por quedarme cerca de la playa. No sabía por qué, pero me daban ganas de no irme, y no me marchaba. ¿No estaba cansado? Sí, pero quería que mi cuerpo y mi mente estén allí, como haciéndole compañía a la luna, a las estrellas, al viento que me despeinaba, y que sacudía mis fantasías e ilusiones, hasta excitarlas, excitándome a mí también, al tiempo que yo esperaba.
Ayer, te volví a encontrar, y mientras charlábamos, me fui dando cuenta, poco a poco, que tú te parecías a la espumita del mar. Me refiero a esa espumita con la que mis manos jugaban, cuando yo era niño. Entonces, me pasaban las horas enteras chapoteando en el agua. ¡Qué días aquellos! Las mañanas me olían a pescado, y algunas veces, las tardes me sonaban a los remos de aquellos hombres rudos, que empujaban sus lanchas por las piedras de la playa, y que se hacían a la mar, para sumergir sus redes, y así ver de encontrar el pan cotidiano.
Tu llegada, aunque no me lo creas, produjo en mí una gran emoción. Por eso, me quedé conversando contigo tanto rato, bajo las estrellas de tus palabras, y en medio del calor de aquella agua con la que calentabas el café, que daba aroma a la brisa del bohemio aire de tu voz. ¿De cuántas cosas no habremos hablado, no? Sí, sí, pero, el tiempo se pasó volando, como el viento de esas noches, en las que yo me quedaba esperando, y bueno, como te acordarás, nos tuvimos que despedir.
Aunque me hubiera querido quedar, yo me fui, y cuando me dormí empecé a soñar con aquella espumita. Ya no recuerdo cómo empezó aquel sueño, pero sí tengo muy presente la escena. Ella estaba a mi lado, y me hablaba de cosas tiernas, de cosas que no siempre me han dicho con tanta dulzura. Tenía forma de mujer madura. Pero, al mismo tiempo, en su interior llevaba a una niña cálida, juguetona.
Yo sentí ganas de abrazarla, y ella me permitió hacerlo. Mis dedos empezaron a jugar con su pelo, y en un gesto muy suyo, la espumita acomodó su cabeza, sobre mi hombro, como para que mis dedos pudiesen jugar mejor, al tiempo que ella gorgojeaba.
Después de ello, mis manos descubrieron su cara, y recorrieron las húmedas curvas de sus labios. ¡Qué sueño aquel! Sin embargo, te voy a volver a esperar, y cuando vuelvas con las olas, te seguiré contando.
Allí te espero.
domingo 18 de mayo de 2008
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada