¿DE QUÉ COLOR SERÍAN AQUELLOS AÑOS?
Me conecté en Skype, como para ver si me encontraba con alguien. Había llegado de trabajar, y quería disipar mi mente antes de irme a la cama. Para mí, la conversación es una forma de relajación, y es que lo primero que quiero hacer, cuando llego a mi casa, es desintoxicarme, quitarme de encima todo ese fastidio que se puede generar en el ambiente donde uno labora.
En mi caso, como creo ya haberte contado, me desempeño como músico. La verdad es que, como arte, la música es maravillosa. Sin embargo, en los hechos, lo maravilloso del arte musical difiere mucho de lo ideal, cuando hay que tocar canción tras canción, en forma rutinaria, para que no siempre te reconozcan, y para que, por el contrario, te manden bajar el volumen, cortándote así toda inspiración posible. Eso, por decirlo de alguna manera suave, ¡cómo friega!
Ya en el Skype, me di cuenta que algunos de mis contactos estaban ocupados. Sin embargo, me propuse esperar antes que cerrar la sesión, y empecé a revisar mis correos, como para esperar a ver si en ese laxo alguno me llamaba. Los mensajes que iba recibiendo no eran pocos, y yo escogía, pues no todo lo que llega merece ser leído. No me gustan para nada esas cadenitas, esos mensajitos que te dicen: “Si no le reenvías esto a diez personas, te puede pasar algo”. O: “Si pasas este mensaje, verás un cambio muy profundo en tu vida, en estas 48 horas”, jajaja. La risa es mía.
De pronto, recibí una llamada que no esperaba. Era un amigo del colegio que hoy se encuentra lejos. Yo había hablado con él hacía unos días, y le había contado que, una de esas noches, en el restaurante, mientras tocaba se me había acercado alguien que había estudiado con nosotros, y que, sabía del paradero de algunos de los amigos de entonces. Ni bien se lo conté, mi amigo se puso a buscar por Internet, y al tomar su llamada, me dijo: “ya tengo noticias”.
Nosotros terminamos la secundaria en 1976, y resultaba emocionante enterarse de cómo le había ido a tanta gente que, por esas cosas de la vida, uno ya no se encuentra desde esos tiempos. Más de uno, lamentablemente, ya no está en este mundo. Fulanita vive en Texas. Menganito en Los Ángeles. Sultanito es un gran gastroenterólogo. “¡No te lo puedo creer!”, le dije. “Sí –mi amigo respondió- no tienes más que poner su nombre en Internet, y lo encontrarás”. Yo no podía salir de una sorprendente alegría, que a su vez era una alegre gran sorpresa.
Dejé entonces de revisar mis correos, y nos pusimos a hablar de todos esos amigos. Nos empezamos a acordar de esas palomilladas que entonces hacíamos en el salón de clase, y fuera de él también. Vino a nuestra mente aquella profesora de inglés que solo nos enseñó por unos cuantos días. Sabía tanto, pero tanto, Acerca de la lengua de Shackespeare, Que iba a la clase con un diccionario bajo el brazo. Oh, my God! Pero, había otra maestra de la que nunca me olvidaré, por la descripción visual que una vez me hicieron de ella. A mí me gustaba su voz, pero uno de los chicos me dijo: “Parece que tuviese la cara al revés, como si la parte de adentro de la boca se la hubieran puesto sobre los pómulos. ¡Ya te imaginarás qué fea que es!”. Sin embargo, yo nunca la olvidaré.
Cuánto habría por traer a colación de esa época. Ah, ¡esos años 70! La ciudad era algo distinta. En las estaciones de radio se oían otras voces, otras canciones que, de vez en cuando, vuelven a sonar. En el colegio, nuestro recordado colegio, teníamos una bandita de música, pero sin instrumentos. Usábamos las carpetas, y hasta los tachos de basura –estos eran limpiados por su puesto- para tocar la percusión.
Pero, yo tengo una curiosidad visual, porque en el terreno auditivo lógicamente conservo sonidos de entonces grabados en el cerebro. ¿De qué colores eran los años 70? En todo caso, ¿cuáles eran los colores que entonces predominaban? Lo que sí sé es que nuestros sueños de juventud eran color esperanza. Pero, por lo demás, cuando vuelva a conversar con mi amigo, el que hoy está lejos, se lo voy a preguntar.
domingo 25 de mayo de 2008
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