domingo 11 de mayo de 2008

Un Domingo Especial

¡FELIZ DÍA!

¿Hoy es domingo no? Bueno, y más específicamente, se trata del segundo domingo del mes de Mayo. Voy a encontrarme con mi mamá, y con mis hermanos, para pasar un momento agradable, comiendo un asadito a eso de las dos de la tarde y algo más. Lógicamente, no faltarán los cuentos, las anécdotas, que irán apareciendo alrededor de la sobre mesa, o quizás desde antes de esta, cuando empecemos a brindar por los que están, por los que llamaron, por los que han de llamar, por los que se están demorando, etc.
Ayer, mientras chateaba con algunos amigos, les contaba que una de aquellas cosas de mi infancia, que más recuerdo hasta ahora, eran mis cumpleaños. Para mí –dicho sea de paso nací en Mayo- se trataba de un día muy emocionante, no tanto por los regalos que recibía. Me encantaba el solo pensar que me iban a preparar de comer mi plato favorito; me gustaba mucho sentir que en la casa había un movimiento fuera de lo común. Por la tarde, me iban a visitar mis tías con mis primos, algunos amigos, que inclusive vendrían con sus mamás, y que se quedarían hasta las siete u ocho de la noche, después de cantarme mi Happy Birthday.
Desde las cuatro y media de la tarde, más o menos, el comedor olía riquísimo. Ya a esa hora, la mesa estaba llena de bocaditos que, de solo estar allí, ¡me hacían agüita la boca! Y por su puesto, yo no esperaba que lleguen los invitados para comenzar a darle curso a los sanguchitos, a los canapés y a todo lo que hubiera. El solo hecho de ir a la mesa, y coger uno y otro manjar, creyendo que quizás no me estaban viendo mientras lo hacía, era parte de la emoción que yo experimentaba en el día de mi cumpleaños. “No se han dado cuenta, ¡qué rico!”, me decía yo.
Pero, si hay algo que me trajo una gran nostalgia, al contarles a mis amigos de todo esto, fue el momento en el que todos nos poníamos alrededor de la torta de cumpleaños. Me cantaban el Happy Birthday, y luego yo soplaba las velitas. Como entonces yo percibía la luz, gozaba viendo cómo, en medio de la oscuridad del comedor, al yo soplar las velitas, estas dejaban de alumbrar.
No necesito decir que la promotora, la organizadora, la encargada, la responsable de todas aquellas emociones mías, en el día de mi cumpleaños, era mi mamá. ¡Por las que habrá pasado! Y dicho sea de paso: ¿Qué habrá sentido como madre de un niño ciego? Pero, hoy no quiero hacer ensayo, ni drama, ni filosofía al respecto. Solamente, estoy pensando.
Cuando niño, mi mamá era mi cómplice –tendría que rectificarme y decir que lo sigue siendo- en muchas cosas que únicamente los mejores amigos comparten. Cuántas veces, a medio camino, en el auto, le dije que no quería ir a estudiar, y nos íbamos a pasar la mañana a la casa de alguna de mis tías. A veces nos quedábamos hasta la tarde, para recoger a mis hermanos de su colegio. Recuerdo que nos íbamos a comprar esos discos de 45 revoluciones por minuto, que contenían las canciones que nos gustaban, y que, entonces, empezaban a sonar en mi casa sin cesar. Y cuántas cosas más, ¡que quizás hoy se me olvidan!
Más tarde, cuando esté con ella en la mesa, le voy a contar que, muy temprano, me puse a escribir sobre todo aquello, y seguramente, mis recuerdos se convertirán en motivo de conversación para la sobre mesa. Estoy contento, porque siento que voy a pasar un día agradable, ameno, feliz, y a Dios, gracias le doy por eso. Pero, hay algo que me estoy preguntando: ¿No podría ser hoy miércoles, en vez de domingo?
Para mí, la madre es alguien muy especial todos los días, y cada uno de los días de nuestras vidas. ¡No sé qué más decir!