sábado 12 de julio de 2008

Relatos Domingueros

LA RESPUESTA
Le quedaba mucho por conocer. Para Carmelo, la realidad era algo lejano. La había explorado a medias, escuchando, y quería tocar. En ella tenía que haber algo más que una simple voz, más que un olor a esmalte de uñas o fragancia de perfume. Debía haber mucho más que un cuerpo que, al pasar por su lado, le seguía quedando lejos, y por eso, con gran curiosidad, él se preguntaba: “¿Cómo será una mujer?”.
Sus tías, su abuela, jamás le hubieran respondido. “Ay, ¡pero cómo te atreves! No preguntes sobre eso”. Ellas habían crecido sumergidas en profundos tabúes, y temores, que les impedían si quiera ponerse a pensar –menos se hubieran atrevido a hablar- acerca de cómo eran sus cuerpos, acerca de lo que en ellos había. No, no, ¡de eso ni qué decir! “¡Cómo se te ocurre…..”, le hubiesen dicho, y antes de terminar la frase, ya lo hubiesen castigado: “¡Qué mente para más sucia tienes, Carmelito!”.
Entonces, recurría a los comentarios de sus amigos hombres. Les preguntaba todo lo que podía, cuando se los encontraba por el parque, y ellos trataban de explicarle. “Ah, bueno, fíjate que las hembritas tienen tetas. Si están bien formaditas, tienen una cinturita quebrada, y…..”.
--Sí, claro –comentaba él-. Las tetas, es decir, esas cosas que al tocarlas se parecen a dos peras de carne.
En una ocasión, Carmelo se las había rosado con sus manos a una prima. “Discúlpame”, le dijo, fingiendo algo de timidez. Lo había hecho en una forma accidental, pero hubiera querido hacerlo en serio, mientras ella se cambiaba de ropa. “¿Pero eso es todo lo que hay en una mujer?”, se interrogaba a sí mismo. “¿Cómo será lo que tiene entre sus piernas? ¿Se lo podría, se lo debería preguntar? ¿Podré alguna vez tocar eso?”, y su curiosidad se convertía en una angustia, que se ahogaba entre la penumbra de un mundo que gira, en medio de permanentes sombras.
Aquella noche, salió de su clase -era un verano bastante más caluroso que lo usual- y pregunta en mente, empezó a caminar, en medio de un mar de voces –algunas de esas voces estaban dotadas de tetas- que iban y venían, en distintas direcciones, haciendo sonar sus zapatos. Los zapatos de él también hacían ruido, pero dejaron de hacerlo, cuando alguien que lo vio se le acercó, y deteniéndolo, le dijo. “Hola, quiero que me hagas un favor”.
--¿Yo a ti?
--Sí, así es –ella respondió.
--¿Y de qué se trata?” –preguntó Carmelo.
--Necesito que me ayudes a encontrar una respuesta.
--Ah, ¡si tú supieras que yo también ando buscando! –él comentó.
Empezaron a caminar, y atraído por el timbre de la voz de ella, Carmelo le conversaba entusiasmado. Le iba contando acerca de sus estudios, de cómo hacía para movilizarse. En el fondo, le hubiese querido hablar de otra cosa, pero…. “¿Por qué no me atrevo? ¿Acaso ella es una de mis tías?”, se preguntaba, aunque esa no era la interrogante que el deseaba formular.
La respuesta que andaba buscando habría de provenir de otro tipo de pregunta, pero para eso era necesario que él se decida. Al verlo tímido, inseguro, ella decidió ir al grano, y preguntar: “¿Conoces el cuerpo de una mujer?”.
Ninguna amiga se lo había preguntado en una forma tan directa. ¿Y su prima? ¡No, de ninguna manera! Tampoco se lo habían preguntado a ellas mismas, pues de eso no había ni qué hablar, y menos aún, con un chico. ¿Aunque este no vea? No, ni por eso.
--Ehm, bueno, tienes una voz muy bonita -le dijo él.
--Pero mi voz no es todo. Yo no soy solo eso - Clelia comentó-. Y aunque no me lo creas, yo también quisiera descubrir qué hay en mí.
--¿Pero tú que sí ves, no te conoces?
--No, créeme que no, porque mis tías y abuelas, bueno…. ya tú sabes.
--En mi caso también…. tú ya sabes –él comentó-. Jamás me hubiera atrevido a preguntarles. ¿Qué hubieran dicho de mí, te imaginas?
--Sí, por su puesto –dijo ella-. Pero dime, ¿qué es lo que tú quisieras conocer?
--Bueno, qué es lo que hay en una mujer, y cómo es aquello; cómo es aquello que los que sí ven descubren, mediante las fotografías, mediante las películas.
Entraron en un pequeño bar, y disfrutaron de momentos muy agradables, escuchando algo de música, ejecutada al piano por un escocés, quien les tocaba las canciones que le pedían, en medio de unos cuantos tragos. Esos tragos los fueron desinhibiendo, y ella le empezó a contar acerca del lugar. Era un bar inglés, que había estado de moda en los años 70, pero que todavía conservaba sus encantos. En el techo había vigas de madera que iban en forma paralela. El cuero con el que estaban forrados los asientos era marrón.
Mientras la amiga le daba detalles acerca del lugar, él iba jugueteando con sus dedos. Tocaba los botoncitos que decoraban los asientos, y se imaginaba que le estaba peñiscando los pezones a ella. “¿Serán así? ¿Se parecerán?”, se preguntaba, y sus fantasías empezaban a llevarlo lejos; lo acercaban a boca de túneles que nunca antes había visitado, al borde de volcanes que ardían en su imaginación, y en ese bar inglés, él sentía que se quemaba.
La primera vez que el mesero se acercó, la amiga leyó la lista en voz alta para que Carmelo se entere de lo que había, y conforme avanzaba la noche, fueron pidiendo uno y otro whisky en las rocas. Él seguía ardiendo por dentro. ¿Y ella? ¿Es que solo pensaba en lo visual que había en el ambiente? ¿No había una respuesta que ella también quería encontrar?
Al poco rato, Clelia le propuso: “Vamos a mi casa”, y volvieron a caminar por una avenida amplia que el muy pronto identificó.
--Ah, estamos en la avenida Pardo.
--¿Cómo puedes darte cuenta sin ver? -ella le preguntó.
--Por las vueltas que hemos dado, y por el aire que se siente –le respondió él-.
Ella vivía por ahí, así que no caminaron mucho para llegar. Su departamento era muy pequeño, pero muy acogedor. Cuando llegaron, ella puso algo de música, trajo una fuente de bocaditos, y algo de tomar. La imaginación empezó a volar. Ella quiso encontrar un libro de poesías para leerle. “Quiero que escuches algunos versos”, le dijo, pero no se acordaba dónde lo había puesto, y andaba de aquí para allá. “¡Dónde estás, librito!”.
--Busquemos juntos –le sugirió él a modo de broma.
--Sí –ella respondió-. Tienes razón; busquemos juntos.
--¿Hasta encontrar el libro? –preguntó él.
--No, hasta encontrar la respuesta que tú y yo deseamos.
--Ah, la respuesta.
--Sí, dijo Clelia y luego preguntó:
--¿Me tocas?