LA INTERROGANTE
Nunca se lo habían preguntado así, en una forma tan directa, como ella lo había hecho en esa noche: “¿Me tocas?”.
En sus fantasías, Carmelo siempre había experimentado algo distinto. Él era quien tomaba la iniciativa, con una gran seguridad y aplomo que eran dignos de asombro. “Ahora te voy a tocar toda, mi amor”, le solía decir a la hembra que estuviese en los brazos de su imaginación.
Podría decirse hembras, en plural, porque Carmelo se alucinaba todo un play boy; y según su propia invención, eran varias las chicas que lo deseaban, sin hacerle ni una sola interrogante, como la que su amiga le había formulado en esa noche, en medio del vino y los poemas que ella le había estado leyendo.
Entonces, ya no era una cuestión de pura fantasía suya. Se trataba de una interrogante bien concreta; y frente a ella, él también se cuestionaba. ¿Pero estaba dispuesto a hacerlo? ¿No había en él algo de inseguridad? ¿Habría empezado a sudar Carmelo? ¿Le temblaría la voz, si dijera algo?
Cuando niño, movido por la curiosidad, Carmelito había entrado en varias ocasiones al cuarto donde dormían sus hermanas. Buscaba la oportunidad de coger una de las muñecas de plástico con las que ellas jugaban; pero, desafortunadamente, aquella oportunidad no siempre se le presentaba, ya que, si no era la mamá, era la tía, la abuela, o alguna de sus hermanas que, de un momento a otro, se aparecía, y le preguntaba:
--¿Qué quieres con esa muñeca?
--Eh, bueno, yo…. –él trataba de responder-. Es que yo...
Por supuesto que el niño no se atrevía a decir ni una sola palabra de lo que estaba planeando; y menos, de lo que estaba sintiendo. No, cómo iba a contar que en el interior de su cuerpo había una gran curiosidad, que le quemaba más de lo que hubiera podido quemar Roma, en la época del incendiario Nerón.
Pero, Carmelo seguía buscando el momento, el cual debía ser el más adecuado, para ingresar, y realizar lo que tenía pensado: “Tengo que tocar esa muñeca, porque quiero saber”.
Sus primos podían verla mediante fotos, películas pornográficas, o a través de la ventanita del baño mientras ella se estaba duchando. No tenían la peculiar necesidad de preguntarle a nadie cómo era la vagina de una mujer, o si esta tenía pelos, para aunque sea así imaginársela lo más cercanamente posible a la realidad.
Carmelo, en cambio, tenía que preguntar; pero, como sus interrogantes en ciertas ocasiones eran motivo de risa, y hasta de burlas por parte de sus primos, o conocidos del barrio, él prefería quedarse sumergido en un silencio lleno de curiosidad: “¡Claro que la vagina tiene pelos pues huevón!”, le decían. “Los tiene ensortijados, como un arbusto negro que cubre una fuente húmeda”.
Una mañana, se le ocurrió llamar a los diferentes miembros de su familia, para ver si le podían ayudar a encontrar algo que se le había caído; pero; no obtuvo respuesta. “Ah, parece que no hubiese nadie”, se dijo, y abrió sus oídos lo más que pudo, para cerciorarse que estaba solo en el segundo piso de su casa. “No, no se oye nada”, afirmó.
Según la hora, sus hermanas ya se habían ido al colegio, su mamá había salido de compras, y su abuela estaba en la mesa del comedor de diario, tomando su desayuno. Después de ello, la señora iba a leer su periódico en la sala, como lo hacía cada mañana, por costumbre, así que no iba a subir.
Con todas esas seguridades, y luego de quitarse los zapatos para que sus pasos no suenen, Carmelo ingresó al cuarto de sus hermanas. “Ahora es cuando”, pensó. “No tengo tiempo que perder. No vaya a ser que mi abuela quiera... No, no, tengo que actuar rápido; sí, bien, ¡pero bien rápido!”.
Se dirigió al closet que estaba al lado derecho de la puerta, frente a la ventana; y aunque casi se golpea la nariz con una de las maderas que había en el interior, cogió la primera muñeca que encontró. “Aquí estás”, le dijo en una voz baja, pero emocionada, y la sacó. “Ven conmigo, vamos, ven. Mi abuela está tosiendo, pero no va a subir así que ni te preocupes”.
Impulsado por una gran curiosidad, la tomó entre sus brazos. En su intento por empezar a convertir en realidad más de una de sus fantasías, la besó, como se besa a una amante, aunque la boca de ella era de plástico.
Para besarla, él procedió en la forma que su intuición le dictaba. Según su imaginación, darle un beso consistía en poner sus labios sobre los de ella, y hacer un sonido, como el que escuchaba en las novelas que su mamá veía, en el televisor que estaba en el comedor. No le habían explicado que, al momento de besar, los labios de ambos habrían de formar una cruz llena de una húmeda y ardiente pasión que, muchas veces, deja sin habla, como cuando el lector de pantalla se alborota, y no da ni los buenos días.
Ya en su cuarto, cerró la puerta, la puso en su cama, y le quitó la ropa. La muñeca no andaba buscando ninguna respuesta, ni le hizo pregunta alguna al momento de estar a solas con él. Pero, Carmelo sí se preguntaba; y lamentablemente, ella no le iba a poder responder.
Pensó por dónde empezar; y luego de un buen rato, se decidió por la cabeza. Puso su mano sobre esta, pero descubrió que, a fin de cuentas, allí no había nada extraordinario. Los pelos de esa parte se parecían a los que habían en la cabeza de su mamá, o en la de sus hermanas.
Le tocó la boca, pero no se la iba a poder abrir, como lo hacía con una perrita de dos meses, que no tenía dientes, y que, con su lengüita, le lamía un dedo, aquel con el que leía en Braille, succionándoselo en una forma tal que lo llegaba a excitar. Qué rico sentía él, cuando aquella perrita le chupaba aunque fuera el dedo.
Continuó, bajando con sus manos; y de repente, se encontró con un par de cosas de plástico que, definitivamente, no le iban a dar una verdadera noción de lo que pudiera ser un buen par de tetas. Para conocer cómo eran estas, las tendría que tocar, en tiempo real, y él había tratado de hacerlo en su colegio pero, solamente, por encima de la ropa de una amiguita, cuando esta se le acercó, y entonces él aprovechó la falta de vista de ella, para rozarla.
Por unos instantes, su tendencia a la fantasía lo distrajo. Se puso a viajar mentalmente; pero, al rato volvió, y la muñeca estaba allí, como esperándolo, como esperando que el cigarrillo de la incertidumbre, y la curiosidad, se consuma por sí mismo.
De los senos, él pasó a tocarle los pies. Pero, estos no eran iguales a los de sus tías, ni a los de su mamá que Él conocía porque, ante la falta de vista, para tocarlos no había tenido que cometer ninguna falta. Solamente había tenido que hacer de curioso, y estirar la mano, cuando estos estaban accesibles, sobre una cama, o sobre una toalla en la arena de la playa.
Los pies de ellas tenían la capacidad de despertar en él una atracción muy peculiar, mediante el tacto. Carmelo se excitaba con solo sentir el calor, y la suavidad de la piel de estos, y mayor era el placer que experimentaba, si nadie le decía nada, mientras los recorría con sus dedos, desde los talones hasta las uñas, pasando por las plantas. Por eso, dejó de lado los pequeños pies de plástico de la muñeca, y decidió empezar a subir. “A ver qué hay por aquí”, se dijo.
En las piernas de esta, no encontró nada de nada, más que plástico; y en aquella vagina, bueno, bueno, en aquella vagina lo único que halló fue un tremendo desencanto. ¿Dónde estaban los pelos? ¿Y donde se encontraba el hueco? ¿No estarían entre las piernas de su amiga?
Se lo hubiera podido preguntar; pero, en vez de ello, prefirió responder a la interrogante que ella le había formulado, luego de haberle estado leyendo poemas, que habían sido sazonados con un delicioso vino tinto.
Mientras ella esperaba, él respiró hondo; y aunque algo nervioso, le dijo:
--Sí claro, te voy a tocar.
sábado 19 de julio de 2008
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1 comentarios:
Felicidades. Es bien difícil encontrar relatos sobre ciegos, escritos por ciegos. Ojalá no sea el último relato dominguero. En verdad los he disfrutado mucho. Saludos
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