Educación Inclusiva.
La educación en sí misma ha sido, es y será un apasionante motivo de reflexión y debate. Ligada íntimamente a lo más profundo de la naturaleza humana, es la clave para nuestro desarrollo tanto en lo personal, como en lo colectivo. Por eso está consagrada como un derecho natural de ellas, de ellos, de aquella, de aquel, tuyo y mío; de todos los que pertenecemos a la especie humana. Sin embargo, el reflexionar acerca de la educación no puede ni debe convertirse en un pretexto, o tentación, para sacar los pies de la realidad. Debe darse a partir de esta, para no perder la perspectiva de lo que son las cosas, en el terreno de los hechos. Recordemos que nuestras ideas deben estar al servicio de la educación, y no la educación al servicio de nuestras ideas. No podemos subordinar a la educación a lo que nosotros creemos acerca de ella, y menos aún podemos parametrarla en paradigmas de corrientes de ideas que van apareciendo cíclicamente, pero que así como vienen, con la ola se van. Necesitamos pisar tierra.
Hoy se plantea que la educación debe ser inclusiva, y en términos ideales todos tendríamos que estar de acuerdo con ello. Claro, qué menos pedir, que nos pudiésemos integrar mediante el proceso educativo. Sería lo máximo que ninguno fuese excluido, porque cada uno tiene diferentes capacidades por desarrollar, y de allí, dicho sea de paso, mi rechazo al término o etiqueta de discapacitados, o personas con discapacidad que unos le ponen a otros, que entre nosotros nos ponemos, y al final no hace más que convertirnos en un grupo muy singular de etiquetados, pese a que hablamos de inclusión. Como venía diciendo, todos tendríamos que estar de acuerdo. Sin embargo, y frente a ello, la experiencia –podría agregar la mía como invidente- dice que debemos ir por partes.
A mi entender, no podemos dejarnos encandilar por los llamativos efectos producidos a primera vista, por la combinación o mezcla de luces provenientes de dos conceptos: Educación y inclusión. Y es a partir de este último que me gustaría hacer algunas observaciones. Desde ya, hablar de inclusión resulta algo muy amplio, porque recordemos que las personas con limitaciones físicas, sensoriales y mentales, no somos las únicas que quisiéramos ser incluidas. Comprende a los múltiples factores que interactúan en la relación natural, así como permanente, que se da entre el individuo y su entorno biológico, físico, socio económico y psicológico. El enfoque de dicho concepto tiene que ser hecho en sentido integral y no por partes, porque téngase presente que el ser humano es la síntesis material y espiritual de un todo universalmente organizado, que a su vez guarda relación con un todo orgánicamente universal, expresado en forma muy concreta, en este mundo, mediante relaciones sociales de clases bien definidas.
Una primera cuestión es que inclusión no es sinónimo de accesibilidad. Por ejemplo, el hecho que un niño en silla de ruedas concurra a un aula, para estudiar con otros chicos que no tienen problemas de motricidad, no necesariamente significa que haya sido incluido por parte del resto de estudiantes en sus planes, proyectos, diversiones, etc. Está allí, pero a lo mejor eso se debe a que sus padres, a buena hora, tuvieron la capacidad financiera como para generar las condiciones que hagan posible su acceso. Lo que en nuestro medio se da no es pues la inclusión, si no un proceso de accesibilidad a las aulas por parte de niños provenientes de clases medias y altas, mientras que los pobres no tienen acceso a la accesibilidad.
Hay otro aspecto que tomar muy en cuenta y que se refiere a lo tecnológico. Podría pensarse que con la ayuda de la tecnología aplicada, que efectivamente ha desarrollado en forma impresionante, la inclusión es algo posible. El ideal en ese caso sería darle dinero a todo aquel que no lo tenga, confiando que con este se va a comprar todos los instrumentos necesarios. Cada invidente, por ejemplo, debería contar con una computadora, dotada de programas como el Jaws o el Home Page Reader, para escuchar aunque sea mediante una voz metálica la lectura de los textos que aparecen en la pantalla, porque con ello la inclusión se convertiría en una realidad. Pero, “ojo” que en la práctica no es así. Al igual que en el caso de los recursos financieros, los recursos tecnológicos hacen posible una accesibilidad que también tiene un costo. No todos pueden comprarse una computadora, los programas necesarios y sus respectivas licencias de uso.
Sin embargo, hay otro aspecto que también me gustaría abordar, porque lo considero importante, y es que la accesibilidad tecnológica, en si misma, aún es limitada. Es cierto que yo puedo viajar por internet, para buscar información y conocimientos, recurriendo a la ayuda de programas como los que ya he mencionado. Pero, definitivamente hay momentos en los que encuentro que me hace falta la asistencia de alguien que vea lo que por mi mismo ya no logro ubicar. Digo esto, porque deseo dejar en claro que tecnología e inclusión tampoco son sinónimos. No debemos ilusionarnos al respecto, y en todo caso lo que nos toca hacer es volver los ojos a la educación especializada, para no dejar a tantos niños en la ignorancia. Es necesario reconocerle a dicho tipo de educación el valor que tiene y debe dársele la importancia que merece. No vasta con verla como una herramienta de apoyo para los que pueden acceder a las escuelas regulares. La educación especial tiene su propia dimensión y no hay porqué negársela.
Por otra parte, pongámonos por un momento en los zapatos de los educadores regulares. No soy uno de ellos, pues lo mío es la sociología, pero no me es tan difícil comprender que no a de resultar nada sencillo, ni pedagógico, que un profesor de aula tenga que vérselas con varios niños con diferentes tipos de limitaciones, al mismo tiempo. Me imagino que debe ser estresante, porque ese profesor no es de palo, y no creo que lo que al final se consiga en cuanto a inclusión sea gran cosa. ¿Queremos hacer de nuestros niños y nuestros maestros simples instrumentos de experimentación en nombre de lo que hoy se da en llamar educación inclusiva?
La inclusión, que en todo caso no tiene porqué ser dejada de lado como un ideal, o como una utopía de tipo indicativa –me gustaría dejar en claro ello- debería intentarse por otra vía: La de talleres vivenciales. Ah, tales talleres podrían ser mucho más efectivos en cuanto al propósito de que los niños que no tienen ninguna limitación física, sensorial o mental, aprendan a compartir hasta compenetrarse con las inquietudes e intereses de otros niños que no ven, no oyen, no pueden caminar, etc, pero que también son niños, y como tales también desean alternar. Digo esto luego de haber conversado con personas vinculadas al tema, y también por lo que toca en cuanto a mi propia experiencia de vida. Pensar que ya han pasado treinta años desde que salí del colegio donde estudié mi secundaria con chicos y chicas que sí veían. Sin embargo, nunca tuve la ocasión de compartirles mis ideas, mis dudas, mis deseos, lo que yo sentía. Mis amigos tampoco tuvieron la ocasión de hacerme preguntas, salir de sus dudas, plantearme los temores que yo les pudiese inspirar. Lógicamente, entonces no había los talleres vivenciales. y debe ser por eso que al final del quinto de media, mis amigos no habían terminado de desterrar varios de los prejuicios que tuvieron en sus mentes desde el primer día que me vieron en la clase. De allí la importancia que le encuentro a los talleres antes mencionados, los cuales deben potenciarse al máximo. Pueden servir para que poco a poco los miembros de la sociedad vayan evolucionando en el campo de la tolerancia y el conocimiento, mediante un descubrir práctico, natural, y espontáneo de lo que implica el ser ciego por ejemplo.
Si creemos que la sociedad va a cambiar la percepción que tiene en cuanto a nosotros como invidentes, porque de pronto aparece una etiqueta espectacular como la de educación inclusiva, que en su momento se llamó integración me temo que estamos equivocados. La sociedad sí cambia su forma de pensar y sus actitudes, pero a partir de experiencias concretas que se puedan dar en el marco de los múltiples tipos de relaciones características de este mundo. En cuanto a nosotros, creo que la clave consiste en que les demos a los miembros de la comunidad el mayor número de posibilidades de tener experiencias a nuestro lado, compartiendo lo que somos. Debemos dejar de lado esa actitud de rechazo que algunos ciegos pudiesen tener para con los que ven y que al final, a todos nos hacen daño. Tenemos que encontrar la fórmula que nos permita romper cualquier barrera, para ganarnos a la gente. No es fácil y de hecho a de tomar un buen tiempo. Pero, en la práctica, si lo conseguimos, veremos que las puertas de las oportunidades, que hoy están cerradas para nosotros, se abrirán. De nosotros depende, así que a poner manos a la obra. Pensemos en nuestros niños y en su futuro.
Luis Hernández.
enfoque21_lhp@yahoo.es
jueves 28 de febrero de 2008
jueves 14 de febrero de 2008
Una Fantasía
Una Fantasía
En el día de la amistad, quiero regalarles algo de mi fantasía que va en el siguiente relato.
Entramos; descubro que se trata de un hotel de cinco estrellas. En el interior percibo un delicioso aire acondicionado que me refresca como no tienes idea –con este calor que hace- y aunque no me lo creas me imagino que estoy conversando contigo:
--¿para qué has venido? –me parece que me estuvieses preguntando.
--Ah –te cuento-. Mi visita se debe a que voy a darle una sesión de reflexología a una señora.
--¿Pero tú estudiaste en la universidad no? –me estarás preguntando.
--sí, claro –te respondo-. Y me gradué como profesional en medio de una gran ilusión.
--¿Y entonces? –me interrogas.
--Lo que pasa es que en la actualidad no encuentro la oportunidad de trabajar como profesional, pese a que busco y busco. Yo no me quejo del trabajo que realizo -este me gusta- pero me pregunto si habrá valido la pena el esforzarme para obtener un título como el que tengo. Porque yo siento que a lo largo de los años, he desperdiciado recursos y un precioso tiempo; creo que de haber sabido que la masoterapia iba a ser una de esas pocas alternativas laborales que yo iba a tener, me hubiera dedicado a ella, desde joven, sin que eso signifique que la materia relacionada con mi profesión no me guste.
Yo me presento aquí y allá, con mi hoja de vida, para ver si consigo algún empleo como profesional, y por su puesto, no faltan las palmaditas en el ombro, así como las felicitaciones.
--¿Y qué te dicen entonces?: -tú me preguntarás.
Empiezan por llenarme de elogios: “Ah, caray, qué gran mérito el suyo. No, es que resulta admirable que alguien como usted haya obtenido el grado de licenciado en su carrera”.
Pero, luego agregan: “Sin embargo, y muy lamentablemente, creo que usted no puede hacer este tipo de labor”.
Al final, mis más grandes satisfacciones las consigo mediante mis manos, cuando descubro que mis pacientes se sienten bien. Eso me alegra; me hace sentir mucho más gratificado de cuando me llaman Licenciado.
Mientras te converso, un delicioso aroma a café empieza a provocarme; lo que es yo, me voy por una tacita. ¿No quieres tú otra? Vamos, anímate, y así te sigo contando acerca de todo esto. Por lo pronto, están viniendo a mi mente los recuerdos de todas aquellas ilusiones que yo me hacía en mi época de universitario, allá por los años ochenta. Entonces no habían las facilidades que en la actualidad existen; ni pensar en hacer uso de computadoras sin ver. Hoy continúo ilusionado, abrigando planes y proyectos. Pero también soy consciente de cuánto es lo que falta hasta ahora, para que la inclusión de los ciegos se haga realidad.
Empiezo a caminar por un pasadizo, hasta llegar a donde están las puertas de los ascensores; a mi lado hay dos personas que hablan en Inglés:
--¿Puede yo ayudar usted? May I help you? -me pregunta una de ellas a media lengua.
--¡Oh, thanks! -le respondo.
Un timbre me indica que la puerta del ascensor se ha abierto.
--Come on -me dice uno de los gringuitos.
Entrando, descubro que se trata de un recinto alfombrado; lógicamente, tiene aire acondicionado y hasta música incorporada. Están tocando una versión para piano del tema Yesterday de Lennon y Mak.Carney.
Los que van conmigo, me cuentan que en el interior hay espejos; también me refieren que este ascensor tiene dos puertas: una a cada lado. Dicen que los botones del panel que uno debe presionar para ir a tal o cual piso están iluminados; me siguen dando detalles tras detalles acerca de lo que hay en el ambiente; pero por ejemplo, no se percatan del hecho que esos botones iluminados no tienen señalización en Braille, y solo reparan en aquello, cuando yo les pregunto al respecto.
--Oh, no, there is no indication in Braille –me dice uno de ellos.
Cuán útil, pero cuán útil sería que en ese ascensor hubiera señalización en Braille, porque podría darse el caso que yo no estuviese acompañado, y entonces, no podría subir.
Al elevarse, este ascensor no cruje como aquellos elevadores viejos, que rechinaban cualquier cantidad; se sacudían, hasta darle a uno la impresión de estar dentro de una coctelera, o si quieres dentro de una licuadora malograda, de cantina baratieri, y entonces, la tembladera era tal, que mientras subías o bajabas, te parecía que en cualquier momento te venías a pique. Uno se la pasaba nervioso, con el estómago subiéndose hasta la boca, y terminaba medio borrachito, sin haberse tomado un solo trago.
Sin darme cuenta, ya he subido al piso donde está la habitación de la señora que me espera; felizmente a mi lado hay alguien que me indica:
--Este es su piso.
Y se empieza a abrir la puerta de la habitación; la señora aparece amable como siempre, y me saluda con el mismo cariño y efusividad con que me había saludado hacía un año y medio. Entonces le di varias sesiones de reflexología que le habían ayudado a relajarse.
--¡Hola, qué gusto de verte nuevamente! -me dice.
En el tono de su voz noto que hay algo de cansancio; quizás algo de aquella depresión que es tan actual. Su entusiasmo no suena natural, más bien me parece forzado.
Fíjate que quienes hacemos masajes terminamos siendo medio psicólogos; vamos aprendiendo en el camino. Los pacientes no solo esperan que uno vaya a tocarlos, buscan que los escuchemos hablar de cosas que a veces uno ni se imagina, y por eso llega un momento en el que basta con oír el tono de sus voces. Ya uno descubre el estado en el que se encuentran; a buen entendedor pocas palabras.
--¿Estás algo estresada no? -le pregunto luego de esperar un rato prudencial.
--Ay sí; por eso te pedí que me des tus masajes –me responde-. Necesito que me ayudes a sacar de mí todo lo que me intranquiliza.
Yo voy buscando en mi maletín la crema que suelo utilizar; me quito el reloj, el anillo de matrimonio, y me froto las manos para calentarlas.
--Vamos a empezar –le digo.
Ella se ha echado en su cama; respira hondo. Yo supongo que va a empezar a desahogarse; espero que me hable de las mismas cosas de las que ya me había charlado en la anterior oportunidad. Pero, de pronto su conversación gira en torno a un tema que yo no me hubiera esperado, pese a que algunos pacientes me hablan de las cosas más inimaginables:
--Siempre me acuerdo de ti –me dice-. En varias oportunidades pensé que cuando te volviese a encontrar te iba a hacer algunas preguntas.
--Ah, bueno –le respondo yo-. Por mí, pregunta lo que quieras.
--Es que no quiero incomodarte –me responde ella-. Pero, ay, es que no sé como empezar; siento una gran curiosidad por saber, y sé que puedo hablarte.
--¿Sobre qué? –le pregunto con una curiosidad cada vez más grande.
--Es sobre tu ceguera –me responde.
Y de pronto me interroga, en forma ansiosa:
--¿Cómo haces para vivir sin ver, en un mundo como el actual?
Entonces yo trato de responderle; parto de mis propias experiencias cotidianas para que me entienda en forma concreta, y ella me dice:
--Si las personas que vemos supiésemos más sobre lo que me cuentas podríamos relacionarnos mejor con los invidentes; entonces, la integración se haría mucho más factible. Por ejemplo, yo pensaba que estar ciega era como estar media muerta; pero ahora, al enterarme que sí se puede vivir sin ver, comienzo a pensar en cuán importante y necesario es que el mundo cambie su mentalidad y su actitud para con los invidentes. Quisiera conocer más al respecto; pero espero que por favor no te incomodes por eso.
--No, qué me vas a incomodar –le digo yo-. Todo lo contrario; al hablarme de eso me estás dando en la yema del gusto. Si algo anhelo es que la gente sepa cada vez más; habría tanto por contarte sobre la ceguera y sus implicancias.
Tomo sus pies entre mis manos para relajarlos, y ella me sigue hablando:
--Definitivamente, ¡cuán útil es la comunicación! Por lo que veo me ha valido ser curiosa, jaja; al final me voy a quedar relajada, y mejor informada. Ya sé que a los invidentes no hay por qué mirarlos como pobrecitos; descubro que no hay por qué tenerles lástima, y cómo me gustaría que los medios de difusión me orientasen más sobre todo esto. Realmente tengo tanto por conocer, y qué poco sé.
Por mi parte no puedo menos que decirle:
--Sabes una cosa, te agradezco por ser curiosa –le comento y ella sonríe.
--Ignorante, jaja –agrega.
Mis dedos se deslizan por sus plantas; van desde sus talones hacia la parte superior, y la estética de mi tacto se entretiene con lo suave de su piel.
Juego un poco con sus deditos, y me pide que lo siga haciendo.
--No sabes cómo me relaja eso -me dice, y me sigue preguntando:
--Ay dime, cómo haces para movilizarte; también cuéntame, cómo te las arreglabas para estudiar en la universidad.
Yo le voy explicando, y ella me interrumpe:
--Lo que no puedo creer es que tú puedas entrar a la página web de tal o cual periódico, como lo podría hacer yo; no se me ocurre cómo podrías leer un correo si yo te escribiera. ¿Es verdad que la computadora te habla?
--Sí; no lo hace con una voz tan dulce como la tuya pero sí me habla –le digo, y ella sonríe.
Seguimos conversando, y yo siento que no puedo dejar de decirle:
--Cómo quisiera que mucha más gente fuese tan curiosa como tú; gracias por ser así. Hasta hoy existen inmensas barreras entre los invidentes y los que ven, parece como si hubiera una pared de por medio. Solamente el diálogo (el contacto entre unos y otros) hará posible que esa pared se derrumbe, y entonces el ir bastoneando será más fácil.
Unos minutos después de la hora, la sesión llega a su culminación; pero ella me pide que vuelva pasado mañana para hacerle una nueva terapia. También me invita para conversar un rato; le gusta hablar de distintos temas, y le encanta la música. Yo le he ofrecido traerle un CD con temas de relajación que hace un tiempo gravé con mi teclado, y eso la ha entusiasmado.
La puerta del ascensor ya se está cerrando; pero ella no se queda sin preguntarme:
--¿Ay, y podremos seguir hablando de la ceguera?
Ella se queda en las alturas de su habitación; yo voy descendiendo lentamente hasta el primer piso. Vuelvo a la calle; pasan las horas. Estoy en otra parte; no dejo de constatar cuánta información le hace falta a la gente. Descubro a cada paso cuán importante es entonces la tarea de sensibilización, y entonces le vuelvo a responder: “Claro que sí, todo el tiempo que tú quieras”.
En el día de la amistad, quiero regalarles algo de mi fantasía que va en el siguiente relato.
Entramos; descubro que se trata de un hotel de cinco estrellas. En el interior percibo un delicioso aire acondicionado que me refresca como no tienes idea –con este calor que hace- y aunque no me lo creas me imagino que estoy conversando contigo:
--¿para qué has venido? –me parece que me estuvieses preguntando.
--Ah –te cuento-. Mi visita se debe a que voy a darle una sesión de reflexología a una señora.
--¿Pero tú estudiaste en la universidad no? –me estarás preguntando.
--sí, claro –te respondo-. Y me gradué como profesional en medio de una gran ilusión.
--¿Y entonces? –me interrogas.
--Lo que pasa es que en la actualidad no encuentro la oportunidad de trabajar como profesional, pese a que busco y busco. Yo no me quejo del trabajo que realizo -este me gusta- pero me pregunto si habrá valido la pena el esforzarme para obtener un título como el que tengo. Porque yo siento que a lo largo de los años, he desperdiciado recursos y un precioso tiempo; creo que de haber sabido que la masoterapia iba a ser una de esas pocas alternativas laborales que yo iba a tener, me hubiera dedicado a ella, desde joven, sin que eso signifique que la materia relacionada con mi profesión no me guste.
Yo me presento aquí y allá, con mi hoja de vida, para ver si consigo algún empleo como profesional, y por su puesto, no faltan las palmaditas en el ombro, así como las felicitaciones.
--¿Y qué te dicen entonces?: -tú me preguntarás.
Empiezan por llenarme de elogios: “Ah, caray, qué gran mérito el suyo. No, es que resulta admirable que alguien como usted haya obtenido el grado de licenciado en su carrera”.
Pero, luego agregan: “Sin embargo, y muy lamentablemente, creo que usted no puede hacer este tipo de labor”.
Al final, mis más grandes satisfacciones las consigo mediante mis manos, cuando descubro que mis pacientes se sienten bien. Eso me alegra; me hace sentir mucho más gratificado de cuando me llaman Licenciado.
Mientras te converso, un delicioso aroma a café empieza a provocarme; lo que es yo, me voy por una tacita. ¿No quieres tú otra? Vamos, anímate, y así te sigo contando acerca de todo esto. Por lo pronto, están viniendo a mi mente los recuerdos de todas aquellas ilusiones que yo me hacía en mi época de universitario, allá por los años ochenta. Entonces no habían las facilidades que en la actualidad existen; ni pensar en hacer uso de computadoras sin ver. Hoy continúo ilusionado, abrigando planes y proyectos. Pero también soy consciente de cuánto es lo que falta hasta ahora, para que la inclusión de los ciegos se haga realidad.
Empiezo a caminar por un pasadizo, hasta llegar a donde están las puertas de los ascensores; a mi lado hay dos personas que hablan en Inglés:
--¿Puede yo ayudar usted? May I help you? -me pregunta una de ellas a media lengua.
--¡Oh, thanks! -le respondo.
Un timbre me indica que la puerta del ascensor se ha abierto.
--Come on -me dice uno de los gringuitos.
Entrando, descubro que se trata de un recinto alfombrado; lógicamente, tiene aire acondicionado y hasta música incorporada. Están tocando una versión para piano del tema Yesterday de Lennon y Mak.Carney.
Los que van conmigo, me cuentan que en el interior hay espejos; también me refieren que este ascensor tiene dos puertas: una a cada lado. Dicen que los botones del panel que uno debe presionar para ir a tal o cual piso están iluminados; me siguen dando detalles tras detalles acerca de lo que hay en el ambiente; pero por ejemplo, no se percatan del hecho que esos botones iluminados no tienen señalización en Braille, y solo reparan en aquello, cuando yo les pregunto al respecto.
--Oh, no, there is no indication in Braille –me dice uno de ellos.
Cuán útil, pero cuán útil sería que en ese ascensor hubiera señalización en Braille, porque podría darse el caso que yo no estuviese acompañado, y entonces, no podría subir.
Al elevarse, este ascensor no cruje como aquellos elevadores viejos, que rechinaban cualquier cantidad; se sacudían, hasta darle a uno la impresión de estar dentro de una coctelera, o si quieres dentro de una licuadora malograda, de cantina baratieri, y entonces, la tembladera era tal, que mientras subías o bajabas, te parecía que en cualquier momento te venías a pique. Uno se la pasaba nervioso, con el estómago subiéndose hasta la boca, y terminaba medio borrachito, sin haberse tomado un solo trago.
Sin darme cuenta, ya he subido al piso donde está la habitación de la señora que me espera; felizmente a mi lado hay alguien que me indica:
--Este es su piso.
Y se empieza a abrir la puerta de la habitación; la señora aparece amable como siempre, y me saluda con el mismo cariño y efusividad con que me había saludado hacía un año y medio. Entonces le di varias sesiones de reflexología que le habían ayudado a relajarse.
--¡Hola, qué gusto de verte nuevamente! -me dice.
En el tono de su voz noto que hay algo de cansancio; quizás algo de aquella depresión que es tan actual. Su entusiasmo no suena natural, más bien me parece forzado.
Fíjate que quienes hacemos masajes terminamos siendo medio psicólogos; vamos aprendiendo en el camino. Los pacientes no solo esperan que uno vaya a tocarlos, buscan que los escuchemos hablar de cosas que a veces uno ni se imagina, y por eso llega un momento en el que basta con oír el tono de sus voces. Ya uno descubre el estado en el que se encuentran; a buen entendedor pocas palabras.
--¿Estás algo estresada no? -le pregunto luego de esperar un rato prudencial.
--Ay sí; por eso te pedí que me des tus masajes –me responde-. Necesito que me ayudes a sacar de mí todo lo que me intranquiliza.
Yo voy buscando en mi maletín la crema que suelo utilizar; me quito el reloj, el anillo de matrimonio, y me froto las manos para calentarlas.
--Vamos a empezar –le digo.
Ella se ha echado en su cama; respira hondo. Yo supongo que va a empezar a desahogarse; espero que me hable de las mismas cosas de las que ya me había charlado en la anterior oportunidad. Pero, de pronto su conversación gira en torno a un tema que yo no me hubiera esperado, pese a que algunos pacientes me hablan de las cosas más inimaginables:
--Siempre me acuerdo de ti –me dice-. En varias oportunidades pensé que cuando te volviese a encontrar te iba a hacer algunas preguntas.
--Ah, bueno –le respondo yo-. Por mí, pregunta lo que quieras.
--Es que no quiero incomodarte –me responde ella-. Pero, ay, es que no sé como empezar; siento una gran curiosidad por saber, y sé que puedo hablarte.
--¿Sobre qué? –le pregunto con una curiosidad cada vez más grande.
--Es sobre tu ceguera –me responde.
Y de pronto me interroga, en forma ansiosa:
--¿Cómo haces para vivir sin ver, en un mundo como el actual?
Entonces yo trato de responderle; parto de mis propias experiencias cotidianas para que me entienda en forma concreta, y ella me dice:
--Si las personas que vemos supiésemos más sobre lo que me cuentas podríamos relacionarnos mejor con los invidentes; entonces, la integración se haría mucho más factible. Por ejemplo, yo pensaba que estar ciega era como estar media muerta; pero ahora, al enterarme que sí se puede vivir sin ver, comienzo a pensar en cuán importante y necesario es que el mundo cambie su mentalidad y su actitud para con los invidentes. Quisiera conocer más al respecto; pero espero que por favor no te incomodes por eso.
--No, qué me vas a incomodar –le digo yo-. Todo lo contrario; al hablarme de eso me estás dando en la yema del gusto. Si algo anhelo es que la gente sepa cada vez más; habría tanto por contarte sobre la ceguera y sus implicancias.
Tomo sus pies entre mis manos para relajarlos, y ella me sigue hablando:
--Definitivamente, ¡cuán útil es la comunicación! Por lo que veo me ha valido ser curiosa, jaja; al final me voy a quedar relajada, y mejor informada. Ya sé que a los invidentes no hay por qué mirarlos como pobrecitos; descubro que no hay por qué tenerles lástima, y cómo me gustaría que los medios de difusión me orientasen más sobre todo esto. Realmente tengo tanto por conocer, y qué poco sé.
Por mi parte no puedo menos que decirle:
--Sabes una cosa, te agradezco por ser curiosa –le comento y ella sonríe.
--Ignorante, jaja –agrega.
Mis dedos se deslizan por sus plantas; van desde sus talones hacia la parte superior, y la estética de mi tacto se entretiene con lo suave de su piel.
Juego un poco con sus deditos, y me pide que lo siga haciendo.
--No sabes cómo me relaja eso -me dice, y me sigue preguntando:
--Ay dime, cómo haces para movilizarte; también cuéntame, cómo te las arreglabas para estudiar en la universidad.
Yo le voy explicando, y ella me interrumpe:
--Lo que no puedo creer es que tú puedas entrar a la página web de tal o cual periódico, como lo podría hacer yo; no se me ocurre cómo podrías leer un correo si yo te escribiera. ¿Es verdad que la computadora te habla?
--Sí; no lo hace con una voz tan dulce como la tuya pero sí me habla –le digo, y ella sonríe.
Seguimos conversando, y yo siento que no puedo dejar de decirle:
--Cómo quisiera que mucha más gente fuese tan curiosa como tú; gracias por ser así. Hasta hoy existen inmensas barreras entre los invidentes y los que ven, parece como si hubiera una pared de por medio. Solamente el diálogo (el contacto entre unos y otros) hará posible que esa pared se derrumbe, y entonces el ir bastoneando será más fácil.
Unos minutos después de la hora, la sesión llega a su culminación; pero ella me pide que vuelva pasado mañana para hacerle una nueva terapia. También me invita para conversar un rato; le gusta hablar de distintos temas, y le encanta la música. Yo le he ofrecido traerle un CD con temas de relajación que hace un tiempo gravé con mi teclado, y eso la ha entusiasmado.
La puerta del ascensor ya se está cerrando; pero ella no se queda sin preguntarme:
--¿Ay, y podremos seguir hablando de la ceguera?
Ella se queda en las alturas de su habitación; yo voy descendiendo lentamente hasta el primer piso. Vuelvo a la calle; pasan las horas. Estoy en otra parte; no dejo de constatar cuánta información le hace falta a la gente. Descubro a cada paso cuán importante es entonces la tarea de sensibilización, y entonces le vuelvo a responder: “Claro que sí, todo el tiempo que tú quieras”.
domingo 3 de febrero de 2008
Por Encima de la Ropa
POR ENCIMA DE LA ROPA:
Me pongo a pensar en la actitud que la gente tiene frente a la moda. Hay que ver la competencia que se da, por “demostrar” quien es el que usa la mejor ropa. Según muchas personas, la camisa, el pantalón, y hasta los calzoncillos tienen que ser lo último de lo último, porque de lo contrario... “qué dirían de mi”.
Y el caso del vestido es tan solo una muestra del tipo de conducta que tenemos, frente a los diversos campos comerciales. Si nos ponemos a observar, en cuántos otros terrenos la gente actúa como verdaderos fetichistas. Son modernos, pero fetichistas de la mercancía y le atribuyen a los productos de uso la mágica potestad de agregarle valor a sus usuarios.
Sin embargo, al escribir estas líneas me viene a la mente aquel viejo dicho: “El hábito no hace al monje”. Y también me acuerdo de algo que en cierta ocasión escuché: “A la gente se le conoce, por encima de la ropa”. ¡Que cierto que resulta esto último! La mercancía no hace a las personas que la llevan, por mucho que estas se lo crean.
La vida está llena de situaciones muy paradójicas, y eso nos debería poner a pensar. Hay casos en los que el monje no necesariamente lleva hábito. Se dan algunas ocasiones en las cuales la gente decente no va con pantalones, ni camisa de marca, ni se traslada en automóvil del año; y debe ser por eso que los monjes verdaderos, así como los hombres y mujeres, que son realmente decentes y que tanta falta nos hacen, a veces parecen ser pocos, o pasan desapercibidos, mientras que bajo el sol, el estiércol se hincha aunque se esfuerce por ocultarlo, ocultándose en etiquetas.
Terminemos con tanta farsa, aunque no es fácil hacerlo. Promovamos una profunda reingeniería de nuestras actitudes como seres humanos. De lo contrario, no podremos proyectarnos hacia una sociedad inclusiva, en la cual discapacidad e incapacidad dejen de ser sinónimos. Seguiremos ahogándonos en mitos, prejuicios y leyendas, que no hacen otra cosa más que desintegrarnos. Cambiemos y seamos más comprensivos con nosotros mismos.
Me pongo a pensar en la actitud que la gente tiene frente a la moda. Hay que ver la competencia que se da, por “demostrar” quien es el que usa la mejor ropa. Según muchas personas, la camisa, el pantalón, y hasta los calzoncillos tienen que ser lo último de lo último, porque de lo contrario... “qué dirían de mi”.
Y el caso del vestido es tan solo una muestra del tipo de conducta que tenemos, frente a los diversos campos comerciales. Si nos ponemos a observar, en cuántos otros terrenos la gente actúa como verdaderos fetichistas. Son modernos, pero fetichistas de la mercancía y le atribuyen a los productos de uso la mágica potestad de agregarle valor a sus usuarios.
Sin embargo, al escribir estas líneas me viene a la mente aquel viejo dicho: “El hábito no hace al monje”. Y también me acuerdo de algo que en cierta ocasión escuché: “A la gente se le conoce, por encima de la ropa”. ¡Que cierto que resulta esto último! La mercancía no hace a las personas que la llevan, por mucho que estas se lo crean.
La vida está llena de situaciones muy paradójicas, y eso nos debería poner a pensar. Hay casos en los que el monje no necesariamente lleva hábito. Se dan algunas ocasiones en las cuales la gente decente no va con pantalones, ni camisa de marca, ni se traslada en automóvil del año; y debe ser por eso que los monjes verdaderos, así como los hombres y mujeres, que son realmente decentes y que tanta falta nos hacen, a veces parecen ser pocos, o pasan desapercibidos, mientras que bajo el sol, el estiércol se hincha aunque se esfuerce por ocultarlo, ocultándose en etiquetas.
Terminemos con tanta farsa, aunque no es fácil hacerlo. Promovamos una profunda reingeniería de nuestras actitudes como seres humanos. De lo contrario, no podremos proyectarnos hacia una sociedad inclusiva, en la cual discapacidad e incapacidad dejen de ser sinónimos. Seguiremos ahogándonos en mitos, prejuicios y leyendas, que no hacen otra cosa más que desintegrarnos. Cambiemos y seamos más comprensivos con nosotros mismos.
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