LA CARTA
Su relación con las personas ciegas venía desde cuando él era muy joven. Mientras estaba en la escuela, colaboraba leyendo en voz alta. Hasta aprendió el sistema Braille, porque deseaba que sus amigos le contasen sus experiencias, cómo podían sentirse en medio de la ceguera, qué significaba el hecho de no ver.
Los acompañaba al teatro, a oír música. En ciertas ocasiones, él iba con ellos a comer. Como era un gran observador, muy intuitivo, se daba cuenta que, en torno a las personas ciegas, había características muy singulares, y quería conocer más a fondo tales características. No deseaba quedarse en el plan del simple lector que años después sería remplazado por el Jaws.
Para José, dichas personas permanecían en medio de algo nada fácil de poder descifrar. “¿Qué será eso?”, se preguntaba sin cesar. Las ganas de conocer más y más al respecto se lo comían.
El desánimo de su amiga Blanquita no lo amilanaba. Por el contrario, era como un estímulo; lo impulsaba a buscar que sus otros amigos ciegos le hablen más, sobre lo que él percibía. Les daba la posibilidad de que le escriban, si así lo preferían. ¿Había algún tipo de obsesión en ello? A veces sus amigos no lo entendían. “Trata de explicarnos mejor, qué es lo que deseas saber”.
Y leía las cartas que sus amigos le enviaban, creyendo poder encontrar alguna pista. Al repasarlas notaba que, algunas de ellas, estaban llenas de un verbalismo ilimitado, decorado al máximo de inseguridades y complejos, tanto de inferioridad como de superioridad.
En una ocasión alguien le escribió diciendo: “Yo no veo, pero veo más que los que ven, porque los que ven no ven como sí vemos los que no vemos...”.
Cuando les contestaba les pedía presiciones. De paso, aprovechaba para hacerles preguntas de diferentes tipos que algunos le respondían, con lujo de detalles, por la confianza que le tenían. “Si quieres te puedo seguir contando más”, se leía en varias de las misivas que le llegavan.
Debido a lo fluido de las comunicaciones, empezó a fomentarse una especie de club de correspondencia que, por un buen tiempo, se mantuvo. Sus amigos le siguieron escribiendo, incluso cuando él entró a la Dominican University que está en el Condado de Marin, porque lo echaban de menos, y porque no querían dejar de contar con alguien que estuviese dispuesto a escucharlos, como José lo hacía. Querían contar con él, para compartirle sus vivencias cotidianas, esas vivencias que las personas ciegas no siempre tienen a quién volcarle.
Una mañana, le llegó una carta en Braille; no tenía nombre ni apellido en el sobre. Era la primera vez que sucedía algo así. Usualmente, las cartas le llegavan firmadas por el remitente. “¿Quién será, quién será?”, se preguntaba mientras abría el sobre, y sintió entonces una gran curiosidad. Ávido por desentrañar aquel misterio empezó a leer Con sus dedos:
“Querido amigo. Te ofresco mis disculpas por molestarte. Yo no sé cómo empezar... Bueno, espero que...”, decía la misiva, reflejando ya en esas primeras palabras una gran inseguridad, complejos, una bajísima autoestima. “Me siento.... Bueno, me da cosa decir... Y, otra vez discúlpame por quitarte tu tiempo, pero es que ehmm”.
José continuó leyendo, con una curiosidad cada vez mayor. “Eh bien, quiero contarte que yo soy... Bueno, que yo me siento... muy sola, que aunque la gente me rodea en la iglesia, en mi barrio, y me dan ánimos, me siento muy, pero, muy sola. Eh, no quisiera incomodarte pero, sí, me siento como si estuviese fuera de este mundo de luz, de color, en el que todos hablan de luz, de color”.
“¿Quién será?”, seguía preguntándose José mientras que, con gran vehemencia, deslizaba sus dedos, sobre aquel papel tan intensamente perforado por las emociones de la persona que lo había escrito. En un momento, debió detenerse para secárse los dedos. No se explicaba por qué, de pronto, le estaban sudando, y cuando los secó, los volvió a deslizar: “Sí, y para no vivir en el vacío, en la nada, como si me hubiera quedado al costado de la vida, al margen de lo humano, sin tener derecho a disfrutar del placer, sin tener quien me haga el amor, me veo en la necesidad de hacer de arquitecta, para construirme un mundo yeno de fantasías, para ver si al menos en él yo pudiese ser feliz”.
“¿Qué? ¿Pero que quiere decir esto?”, empezó a preguntarse a sí mismo, sin poder salir de su asombro. Era la primera vez que José tiraba una carta. No lo hacía en un gesto de rechazo. La tiraba de emoción frente a lo que había leído. “¿Un mundo? ¿Todo un mundo? ¿Es eso lo que yo percibía en cada uno de mis amigos? ¿Es eso lo que yo hasta ahora no me había podido explicar? ¿Será que cada uno de ellos hace lo mismo, construirse su mundo? ¿De qué color será ese mundo?”.
domingo 30 de marzo de 2008
domingo 23 de marzo de 2008
Relatos Domingueros
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Mientras estoy sentado frente a mi computadora, giro el dial del pequeño receptor de radio que tengo a mi lado, y empiezo a escuchar aquella canción que tanto te gusta. Me la pedías, cuando nos reuníamos para hacer algo de música, y hoy que la vuelvo a oír, revive en mí un deseo de aquellos que por algo de tiempo anduvo adormecido. Ah, cómo quisiera que esa canción no termine nunca, para no tener que dejar de imaginarme que estás aquí acompañándome. ¡Que no termine nunca!
Pero de pronto la emisora que la está transmitiendo se queda en silencio, y entonces, lo único que percibo es un profundo vacío que, de pronto, es llenado por la presencia sinfónica de la soledad. Esta se deja sentir, como diciendo: “Aquí me tienes”.
¡Cuántas veces queremos huir de la soledad y del silencio! ¡Cuánta angustia nos pueden causar su fría solemnidad, o su solemne crudeza! ¿Pero no es acaso también cierto que en algún momento echáramos de menos a ese solitario silencio, o a aquella silenciosa soledad, cuando queremos evocar? Sí, por mi parte sí. Yo lo voy a hacer más tarde, al momento de estar caminando por las calles de la ciudad, especialmente por los sectores más concurridos y transitados, en esas horas en las que el tráfico está a todo dar.
En Lima no ocurre lo mismo que en otras grandes metrópolis. Aquí, los conductores tocan el claxon porque sí y porque sí no más, y no necesito dármelas de brujo o adivino, para decir que, cuando salga de mi casa, Voy a oír un solo de ruidos infernales. Quizás, mediante esos ruidos, la gente busque desahogar una agresividad, una bronca interior, contenida, que se debe a un universo de frustraciones, producidas por las carestías típicas de un medio como el nuestro, donde lo que reina desde hace tiempo es la pobreza, acompañada de toda una corte de círculos viciosos, íntimamente ligados a ella, con una gran fidelidad. Yo entiendo todo aquello, pero en lo que a mi se refiere, tales ruidos me podrían ser tan incómodos, como lo puede ser la niebla de una mañana londinense para quienes ven. En ciertos casos, los videntes de aquella ciudad no pueden dar ni un paso, debido a lo nublado que está el ambiente, y entonces, según me contaba una amiga británica, los invidentes tienen chamba porque, como ellos sí se pueden mover en esas circunstancias, bien pueden hacer de guías. ¡Vámonos pa Londres familia!
Cuando hay una gran bulla, no logro orientarme; me resulta complicado darme cuenta de a dónde estoy, ¡y ya me lo imagino! Me voy a encontrar con la mezcla del ruido, producido por el volumen a todo dar del equipo de música de un vendedor de discos piratas. Este está chillando al lado del motor de un camión viejo, que se ha detenido en una esquina, donde al mismo tiempo se produce el estruendo de una de esas máquinas que andan rompiendo las pistas, sobre todo cuando se acercan las elecciones, para que la gente diga: “¡Ay, cómo trabaja mi alcalde!”.
La bulla me resultará insoportable en ciertos momentos. Sentiré que mis tímpanos no van a dar más y que el cerebro me va a estallar, y tendré ganas de haberme quedado en mi casa. Me hubiera evitado regresar con un dolor de cabeza más grande que el estadio Maracaná, pero no habrá nada que hacer. ¿No crees que entonces me hará falta un poquito de silencio? Claro que sí, y al hablarte de esto viene a mi mente el eco de aquella canción de Simon y Garfunckel.
Las madrugadas como esta son ideales para mí. Me permiten contemplar el sonido del silencio en todo su esplendor, con todos sus matices, con todo lo trémulo de su apasionante belleza, y puedo disfrutar de lo dulce de un deseo que hoy me ha venido a visitar. La jungla de fierro y cemento en la que vivo todavía no empieza ha rugir, como más tarde lo hará, y por ahora, solo se escucha el tejlejlej de un quiosco que rueda, vibra y salta, al ser empujado por algún vendedor ambulante. Pasó algún avión, y se hizo presente el motor de un automóvil que, aparentemente, no decían nada, pero que, desde lo alto, o a lo lejos, podrían estar invitándome a tener presente que como dice un viejo tango: “El mundo sigue andando”. O que, como también afirmaba otro: “Gira, gira”, pese a que algunos están durmiendo.
Entonces, Tengo la posibilidad de dar rienda suelta a mis calladas fantasías, a mis proyectos, anhelos, ilusiones y porqué no, también a un mar de emociones, que me vienen con un sinnúmero de recuerdos que llevo muy adentro, pero que en ciertos casos despiertan conmigo en una forma inusitada, como ocurrió hoy muy temprano, a eso de las tres, hora en que me desvelé y encendí mi pequeño radito.
Mis oídos ya están resignados a resistir esos -puns, puns, puns- que retumban en el lugar y el momento menos esperado y que, algunas veces, hasta se meten a la casa, por la ventana, cuando pasa uno de esos automóviles que... Su conductor pone la radio a un volumen tal como para decir: “Miren ese equipazo que me manejo”. ¡Eso es cosa de todos los días! Tengo que soportar el reguetón de por aquí, el perreo de más allá, los gritos de aquellos que, antes que animadores de programas, más parecerían vendedores de tomates: “Llamen, llamen, llamen, llamen, ¡pero qué esperan! Llamen por los premios”. Sin embargo, encontré una estación en la cual había un programa con música que, hacía tiempo, no escuchaba. ¡Y qué diferencia! Tuve la sensación de estarme transportando a través de ese tiempo que, aunque parezca mentira, a veces daría la sensación de regresar, y que, en este caso, estaría retornando para llevarme, tal vez, por un instante cargado de indescriptible emoción, a lugares que, a lo mejor, ni esperaba visitar, y a donde muchas veces dan ganas de volver. ¿Se podrá?
Empecé a viajar a mi infancia, como en un imaginario vuelo que hizo escala en mi adolescencia. Ocurrió al momento de escuchar todas aquellas baladas que, mientras yo terminaba mi primaria, marcaron época. Fue en 1970, cuando Radio Panamericana ponía música de Los Iracundos, Palito Ortega, Los Ángeles Negros, Los Galos, Roberto Carlos, La Fórmula Quinta, etc.
Qué de sorpresas no habría de encontrar si volviese a recorrer los jirones y recovecos de mis recuerdos, como lo hice esta mañana con la compañía de aquellas canciones. No serían pocas las emociones que me volverían a embargar, más de lo que ya lo han hecho. Escuché los pasos y voces de personas que marcaron mi vida, y que, de pronto, se me acercaron para invitarme a pasear por el patio, el jardín, por la bodeguita de la esquina, por la sala o la cocina de la casa, o por donde quiera que los hubiese dejado, y el deseo, ese deseo que usualmente duerme, volvió a revivir en mí.
En el silencio de una madrugada como esta, ¡cuantas cosas hubiera querido decir! ¡Cuánta razón tenías! Y siento una melancolía que se hace más profunda cuando, en mi computadora, me encuentro con el texto de uno de aquellos mensajes tan tuyos que, cual espuma, brota de la pantalla y me invade sin límite. Cuánto quisiera andar nuevamente por aquellos lugares que recorrimos juntos. ¿No sientes tú lo mismo? Iría a donde no quise ir, y quizás, ahora hablaría de cosas que entonces callé. Te daría ese abrazo que tú esperabas y que te negué, sin querer y sin imaginar que aquello te afectaría. ¿Estás allí todavía? ¿Sigues inquieta, atenta al anuncio del arribo de mi vuelo? ¿Ah, y esperas que te abrace fuerte, bien fuerte? Sí, esta vez sí lo haría; no te dejaría esperando, como si a mí no me importase tu espera, porque tu espera sí me importa.
Cuando me acuerdo de lo que ocurrió a mi llegada, una callada pena me aborda. Aguardabas el calor de mis brazos esa mañana, y te fallé, ¿no? Sí, yo sé que sí, ¿pero sabes porqué? Pues había cometido el error de vivir reprimiéndome por mucho tiempo, quizás, desde niño, y lamentablemente, lo único que había conseguido era bloquearme. NO abrazaba, no era cálido con los demás, ni expresaba lo que llevaba por dentro. Ahora puedo contártelo. He tenido que aprender a ser efusivo. Yo pensaba que exteriorizar lo que sentía era como hacer el ridículo. ¡Qué tonto que fui! ¿Me comprendes?
Siento una nostalgia que me invade hasta abrumarme, y que, definitivamente, me va a acompañar hasta más tarde, sin que lo pueda evitar, pese a que intento distraerme y disipar mi mente. Pienso en cosas relacionadas con una realidad tan peculiar como la actual. En ella, cada vez más lo cuerdo parece algo marginal, y la locura daría la impresión de haberse apoderado de los comandantes de la nave global. Ese tipo de temas me atrae mucho, pero pensando en ello no voy a conseguir que esa nostalgia abrumadora me deje de envolver, como tampoco lo voy a lograr, por el hecho de entretenerme, reflexionando acerca del significado de aquella década de los 60, en la que yo era un pequeño.
Se iniciaría toda una nueva era. El hombre pisaba la luna por primera vez, y se ponía de relieve lo impresionante de los saltos que la ciencia y la tecnología iban dando, al ritmo de Los Beatles. ¿Escucharás música esta mañana? Oh, ¡esos Beatles hacían delirar a los jóvenes con canciones cuya repercusión quizás ni ellos mismos se la esperaban! Algunos de mis tíos estaban entre los 15 y 20 años, y eran sus fanáticos incondicionales, mientras que yo, en mi mundo de fantasías, era partícipe de las grabaciones del grupo, y acompañaba, tocando la percusión sobre el aparador que había en la sala de mi casa.
Pensar que hoy ya he pasado a ser miembro de ese club de tíos que, fuera de vainas, han hecho de la canción Yesterday su himno institucional, y que, en algunos casos, ya son abuelos. ¡Let it be, muchachos! Qué rápido se habrían de esfumar aquellos años, aquellos días que volaron sin retorno. Algunos amigos también ya han partido, y los que nos hemos quedado, ya no somos aquellos jovencitos que, ahora que me acuerdo, dejamos de ir al colegio la mañana del 25 de Julio del 69, porque la noche anterior –había sido un domingo- nos habíamos quedado despiertos, para ver cómo el hombre caminaba por la luna, luego de haber leído un salmo bíblico, en un gesto de reconocimiento al creador que no tuvo todo el rebote, la resonancia que debiera haber tenido en la prensa mundial. Seríamos testigos de una hazaña sin precedentes, y nos tocó vivir lo profundamente intenso de momentos que jamás se borrarán, pese a todo el tiempo que desde entonces ha transcurrido.
Sin embargo no es nada de eso lo que me produce la nostalgia y el deseo que hoy siento y que me invita a escribir. Te contaré que, conforme avanza la mañana, el dulce canto de los pajaritos ya no es lo único que percibo, a través de mi ventana. Cual anuncio del fin de la quietud, que hasta hace un rato había, han empezado a circular los vehículos con mayor intensidad, y ya se escuchan voces de personas que pasan mientras que algún perro se pone a ladrar. Hablan entre ellas o por celular. “Se me ha hecho tarde, pero ahí voy”, le dice una a la otra, y me hace volver en mí. Si no se me hubiese ocurrido ponerme el reloj en la muñeca del brazo izquierdo cuando me desperté, no me hubiera enterado que efectivamente ya son las 9 y media de la mañana.
Me tengo que arreglar, porque dentro de un rato, quizás más rápido de lo que yo me imagino, va a llegar mi amigo Jesé, para intercambiar algunas ideas acerca de la presentación radial que estamos preparando. Cuando mi reunión con él termine, iré a la casa de mi amiga Lucía, quien me ha invitado para almorzar y que, dicho sea de paso, hace cada plato que es de chuparse los dedos. Le voy a llevar unas empanadas, algún postrecito, de esos que le gustan, y por la tarde me dirigiré al restaurante donde laboro, tocando teclado. ¡Qué día el mío!
Pero, no logro salir de la nostalgia que me embarga. ¿Qué estarás haciendo tú? Todavía ni he tomado desayuno, por estar pensando en aquellos años 60, para ver si de esa forma me dejo de preguntar. Atravesábamos por una compleja situación que no me era tan ajena, porque oía los comentarios de mis mayores. Se referían a la violencia, entonces también promovida por sectores izquierdistas. Comentaban sobre una corrupción tal, que generaba un profundo malestar y rechazo en la opinión pública. La oposición parlamentaria, alias Coalición del Pueblo, le hacía la vida imposible al gobierno democrático, y recuerdo que algunos sugerían que el país necesitaba una nueva dictadura. “Ay sí, ¡nos hace falta un militarote!”, decía una tía, casi gritando con la boca llena, en una oportunidad, y alguien respondió: “No hay nada que hacer, son las mujeres las que amamantan a los dictadores y los defienden mejor que nadie, con un grado de fidelidad realmente sorprendente”. Todo eso era tema de discusiones que no tenían cuando terminar. Se suscitaban en los almuerzos domingueros, que tenían lugar en la casa de mi abuelo.
Seguramente, tú también tendrás recuerdos de las reuniones que, cuando eras pequeña, tu familia organizaba. Los mayores hablaban y yo solo podía escucharlos. Me hubiese gustado hacerles preguntas, como las que formulaba a mis entrevistados cuando estaba frente al micrófono, en un programa radial que conduje en 1994, pero me decían que cuando los mayores estaban conversando la gente menuda no hablaba, ¡y qué error! Como para preguntarnos si la falta de diálogo, en la familia, es algo solamente actual. Luego de haber saboreado unos ricos tallarines con asado, Empezaban a sonar las opiniones de mis tíos. Los más grandes se dividían según sus pareceres, y tomaban partido ya sea a favor o en contra del pelo largo de los Beatles, de la vigencia de la música criolla, de la importancia del sistema democrático, de las supuestas ventajas que nos traería un nuevo régimen militarista. Había los que defendían a morir al sistema soviético; también, los que eran hinchas acérrimos de los norteamericanos, y qué emoción la que le ponían a cada una de sus intervenciones, réplicas, etc. Lo curioso de todo esto es que hasta hoy se sigue discutiendo sobre casi los mismos temas de los que yo escuchaba hablar en aquellos almuerzos.
Al tiempo que recuerdo -no te imaginas- se me ocurre que podría comparar aquellas discusiones, con las que se producen entre los seguidores de dos equipos que, uno de esos domingos por la tarde, están a punto de saltar a la cancha para jugarse un partido clásico, sin percatarse que las estructuras del estadio, donde ese partido se habría de realizar, estaban, y siguen estando, en peligro de venirse abajo. Aquellos fanáticos, provenían de las clases medias a las que habría que dedicarles todo un capítulo y más, si es que este fuese un estudio riguroso sobre la cuestión social e histórica de los años 60. Estaban sumergidos en la pobreza económica típica de un sector burocratizado, y por si eso fuera poco, permanecían atados a un peculiar tipo de ignorancia, que les impedía comprender las causas de todo lo que nos ocurría, en un contexto mundial del cual nuestro país no podía ser ajeno, ni vivir aislado. Los domingos por las tardes, mis tíos terminaban roncos, como si hubiesen vuelto del estadio, de tanto gritar las bondades de sus respectivos equipos, el Atlético Washington y el Deportivo Moscú, porque no contaban con una información y orientación realista, sobre lo que en el fondo significaban los movimientos, como la conducta en sí, de Los Estados Unidos y la Unión Soviética: dos protagonistas de una guerra fría, que en el fondo era un asunto mucho más complejo de lo que podría uno pensar, pero que, por el nivel intelectual de nuestras clases medias, daba la impresión de ser tomado como una simple bronca, entre los dos rivales más guapos del torneo de box ínter barrios, a los que sus incondicionales les brindan su apoyo sin límites, hasta quedarse sin voz.
Pero, sigo nostálgico sin poderlo evitar, y más allá de pensar en aquellas cosas de los años 60, lo que me atrae es la sola idea fantasiosa de pensar en hacerte una visita por la noche. Me imagino allí, en la terracita donde tienes tu parrilla, y donde también hay una hamaca, en la que tanto te gustaba mecerte cuando era verano. Daban las 6 de la tarde, y salíamos del interior de la casa, para disfrutar de la brisa que llegaba con el viento. Lo tengo muy presente, y el solo imaginarme que estoy allí, me emociona. Si te parece yo me encargo de servir los tragos, y tú preparas ese Gumbo que tanto me gusta mientras yo toco un poco de piano, o guitarra para hacerte sentir bien. Luego de cenar podríamos sentarnos en la salita donde escuchábamos música. ¿Todavía tienes aquel equipo estereo? Pon alguna de esas canciones que te gustan; te sugiero Wind Benith My Wings, para empezar a conversar, después de tanto tiempo.
Te contaré sobre tantas cosas, acerca de… Pero, solo quisiera hacerte una pregunta:
¿Vas a estar esta noche?
Mientras estoy sentado frente a mi computadora, giro el dial del pequeño receptor de radio que tengo a mi lado, y empiezo a escuchar aquella canción que tanto te gusta. Me la pedías, cuando nos reuníamos para hacer algo de música, y hoy que la vuelvo a oír, revive en mí un deseo de aquellos que por algo de tiempo anduvo adormecido. Ah, cómo quisiera que esa canción no termine nunca, para no tener que dejar de imaginarme que estás aquí acompañándome. ¡Que no termine nunca!
Pero de pronto la emisora que la está transmitiendo se queda en silencio, y entonces, lo único que percibo es un profundo vacío que, de pronto, es llenado por la presencia sinfónica de la soledad. Esta se deja sentir, como diciendo: “Aquí me tienes”.
¡Cuántas veces queremos huir de la soledad y del silencio! ¡Cuánta angustia nos pueden causar su fría solemnidad, o su solemne crudeza! ¿Pero no es acaso también cierto que en algún momento echáramos de menos a ese solitario silencio, o a aquella silenciosa soledad, cuando queremos evocar? Sí, por mi parte sí. Yo lo voy a hacer más tarde, al momento de estar caminando por las calles de la ciudad, especialmente por los sectores más concurridos y transitados, en esas horas en las que el tráfico está a todo dar.
En Lima no ocurre lo mismo que en otras grandes metrópolis. Aquí, los conductores tocan el claxon porque sí y porque sí no más, y no necesito dármelas de brujo o adivino, para decir que, cuando salga de mi casa, Voy a oír un solo de ruidos infernales. Quizás, mediante esos ruidos, la gente busque desahogar una agresividad, una bronca interior, contenida, que se debe a un universo de frustraciones, producidas por las carestías típicas de un medio como el nuestro, donde lo que reina desde hace tiempo es la pobreza, acompañada de toda una corte de círculos viciosos, íntimamente ligados a ella, con una gran fidelidad. Yo entiendo todo aquello, pero en lo que a mi se refiere, tales ruidos me podrían ser tan incómodos, como lo puede ser la niebla de una mañana londinense para quienes ven. En ciertos casos, los videntes de aquella ciudad no pueden dar ni un paso, debido a lo nublado que está el ambiente, y entonces, según me contaba una amiga británica, los invidentes tienen chamba porque, como ellos sí se pueden mover en esas circunstancias, bien pueden hacer de guías. ¡Vámonos pa Londres familia!
Cuando hay una gran bulla, no logro orientarme; me resulta complicado darme cuenta de a dónde estoy, ¡y ya me lo imagino! Me voy a encontrar con la mezcla del ruido, producido por el volumen a todo dar del equipo de música de un vendedor de discos piratas. Este está chillando al lado del motor de un camión viejo, que se ha detenido en una esquina, donde al mismo tiempo se produce el estruendo de una de esas máquinas que andan rompiendo las pistas, sobre todo cuando se acercan las elecciones, para que la gente diga: “¡Ay, cómo trabaja mi alcalde!”.
La bulla me resultará insoportable en ciertos momentos. Sentiré que mis tímpanos no van a dar más y que el cerebro me va a estallar, y tendré ganas de haberme quedado en mi casa. Me hubiera evitado regresar con un dolor de cabeza más grande que el estadio Maracaná, pero no habrá nada que hacer. ¿No crees que entonces me hará falta un poquito de silencio? Claro que sí, y al hablarte de esto viene a mi mente el eco de aquella canción de Simon y Garfunckel.
Las madrugadas como esta son ideales para mí. Me permiten contemplar el sonido del silencio en todo su esplendor, con todos sus matices, con todo lo trémulo de su apasionante belleza, y puedo disfrutar de lo dulce de un deseo que hoy me ha venido a visitar. La jungla de fierro y cemento en la que vivo todavía no empieza ha rugir, como más tarde lo hará, y por ahora, solo se escucha el tejlejlej de un quiosco que rueda, vibra y salta, al ser empujado por algún vendedor ambulante. Pasó algún avión, y se hizo presente el motor de un automóvil que, aparentemente, no decían nada, pero que, desde lo alto, o a lo lejos, podrían estar invitándome a tener presente que como dice un viejo tango: “El mundo sigue andando”. O que, como también afirmaba otro: “Gira, gira”, pese a que algunos están durmiendo.
Entonces, Tengo la posibilidad de dar rienda suelta a mis calladas fantasías, a mis proyectos, anhelos, ilusiones y porqué no, también a un mar de emociones, que me vienen con un sinnúmero de recuerdos que llevo muy adentro, pero que en ciertos casos despiertan conmigo en una forma inusitada, como ocurrió hoy muy temprano, a eso de las tres, hora en que me desvelé y encendí mi pequeño radito.
Mis oídos ya están resignados a resistir esos -puns, puns, puns- que retumban en el lugar y el momento menos esperado y que, algunas veces, hasta se meten a la casa, por la ventana, cuando pasa uno de esos automóviles que... Su conductor pone la radio a un volumen tal como para decir: “Miren ese equipazo que me manejo”. ¡Eso es cosa de todos los días! Tengo que soportar el reguetón de por aquí, el perreo de más allá, los gritos de aquellos que, antes que animadores de programas, más parecerían vendedores de tomates: “Llamen, llamen, llamen, llamen, ¡pero qué esperan! Llamen por los premios”. Sin embargo, encontré una estación en la cual había un programa con música que, hacía tiempo, no escuchaba. ¡Y qué diferencia! Tuve la sensación de estarme transportando a través de ese tiempo que, aunque parezca mentira, a veces daría la sensación de regresar, y que, en este caso, estaría retornando para llevarme, tal vez, por un instante cargado de indescriptible emoción, a lugares que, a lo mejor, ni esperaba visitar, y a donde muchas veces dan ganas de volver. ¿Se podrá?
Empecé a viajar a mi infancia, como en un imaginario vuelo que hizo escala en mi adolescencia. Ocurrió al momento de escuchar todas aquellas baladas que, mientras yo terminaba mi primaria, marcaron época. Fue en 1970, cuando Radio Panamericana ponía música de Los Iracundos, Palito Ortega, Los Ángeles Negros, Los Galos, Roberto Carlos, La Fórmula Quinta, etc.
Qué de sorpresas no habría de encontrar si volviese a recorrer los jirones y recovecos de mis recuerdos, como lo hice esta mañana con la compañía de aquellas canciones. No serían pocas las emociones que me volverían a embargar, más de lo que ya lo han hecho. Escuché los pasos y voces de personas que marcaron mi vida, y que, de pronto, se me acercaron para invitarme a pasear por el patio, el jardín, por la bodeguita de la esquina, por la sala o la cocina de la casa, o por donde quiera que los hubiese dejado, y el deseo, ese deseo que usualmente duerme, volvió a revivir en mí.
En el silencio de una madrugada como esta, ¡cuantas cosas hubiera querido decir! ¡Cuánta razón tenías! Y siento una melancolía que se hace más profunda cuando, en mi computadora, me encuentro con el texto de uno de aquellos mensajes tan tuyos que, cual espuma, brota de la pantalla y me invade sin límite. Cuánto quisiera andar nuevamente por aquellos lugares que recorrimos juntos. ¿No sientes tú lo mismo? Iría a donde no quise ir, y quizás, ahora hablaría de cosas que entonces callé. Te daría ese abrazo que tú esperabas y que te negué, sin querer y sin imaginar que aquello te afectaría. ¿Estás allí todavía? ¿Sigues inquieta, atenta al anuncio del arribo de mi vuelo? ¿Ah, y esperas que te abrace fuerte, bien fuerte? Sí, esta vez sí lo haría; no te dejaría esperando, como si a mí no me importase tu espera, porque tu espera sí me importa.
Cuando me acuerdo de lo que ocurrió a mi llegada, una callada pena me aborda. Aguardabas el calor de mis brazos esa mañana, y te fallé, ¿no? Sí, yo sé que sí, ¿pero sabes porqué? Pues había cometido el error de vivir reprimiéndome por mucho tiempo, quizás, desde niño, y lamentablemente, lo único que había conseguido era bloquearme. NO abrazaba, no era cálido con los demás, ni expresaba lo que llevaba por dentro. Ahora puedo contártelo. He tenido que aprender a ser efusivo. Yo pensaba que exteriorizar lo que sentía era como hacer el ridículo. ¡Qué tonto que fui! ¿Me comprendes?
Siento una nostalgia que me invade hasta abrumarme, y que, definitivamente, me va a acompañar hasta más tarde, sin que lo pueda evitar, pese a que intento distraerme y disipar mi mente. Pienso en cosas relacionadas con una realidad tan peculiar como la actual. En ella, cada vez más lo cuerdo parece algo marginal, y la locura daría la impresión de haberse apoderado de los comandantes de la nave global. Ese tipo de temas me atrae mucho, pero pensando en ello no voy a conseguir que esa nostalgia abrumadora me deje de envolver, como tampoco lo voy a lograr, por el hecho de entretenerme, reflexionando acerca del significado de aquella década de los 60, en la que yo era un pequeño.
Se iniciaría toda una nueva era. El hombre pisaba la luna por primera vez, y se ponía de relieve lo impresionante de los saltos que la ciencia y la tecnología iban dando, al ritmo de Los Beatles. ¿Escucharás música esta mañana? Oh, ¡esos Beatles hacían delirar a los jóvenes con canciones cuya repercusión quizás ni ellos mismos se la esperaban! Algunos de mis tíos estaban entre los 15 y 20 años, y eran sus fanáticos incondicionales, mientras que yo, en mi mundo de fantasías, era partícipe de las grabaciones del grupo, y acompañaba, tocando la percusión sobre el aparador que había en la sala de mi casa.
Pensar que hoy ya he pasado a ser miembro de ese club de tíos que, fuera de vainas, han hecho de la canción Yesterday su himno institucional, y que, en algunos casos, ya son abuelos. ¡Let it be, muchachos! Qué rápido se habrían de esfumar aquellos años, aquellos días que volaron sin retorno. Algunos amigos también ya han partido, y los que nos hemos quedado, ya no somos aquellos jovencitos que, ahora que me acuerdo, dejamos de ir al colegio la mañana del 25 de Julio del 69, porque la noche anterior –había sido un domingo- nos habíamos quedado despiertos, para ver cómo el hombre caminaba por la luna, luego de haber leído un salmo bíblico, en un gesto de reconocimiento al creador que no tuvo todo el rebote, la resonancia que debiera haber tenido en la prensa mundial. Seríamos testigos de una hazaña sin precedentes, y nos tocó vivir lo profundamente intenso de momentos que jamás se borrarán, pese a todo el tiempo que desde entonces ha transcurrido.
Sin embargo no es nada de eso lo que me produce la nostalgia y el deseo que hoy siento y que me invita a escribir. Te contaré que, conforme avanza la mañana, el dulce canto de los pajaritos ya no es lo único que percibo, a través de mi ventana. Cual anuncio del fin de la quietud, que hasta hace un rato había, han empezado a circular los vehículos con mayor intensidad, y ya se escuchan voces de personas que pasan mientras que algún perro se pone a ladrar. Hablan entre ellas o por celular. “Se me ha hecho tarde, pero ahí voy”, le dice una a la otra, y me hace volver en mí. Si no se me hubiese ocurrido ponerme el reloj en la muñeca del brazo izquierdo cuando me desperté, no me hubiera enterado que efectivamente ya son las 9 y media de la mañana.
Me tengo que arreglar, porque dentro de un rato, quizás más rápido de lo que yo me imagino, va a llegar mi amigo Jesé, para intercambiar algunas ideas acerca de la presentación radial que estamos preparando. Cuando mi reunión con él termine, iré a la casa de mi amiga Lucía, quien me ha invitado para almorzar y que, dicho sea de paso, hace cada plato que es de chuparse los dedos. Le voy a llevar unas empanadas, algún postrecito, de esos que le gustan, y por la tarde me dirigiré al restaurante donde laboro, tocando teclado. ¡Qué día el mío!
Pero, no logro salir de la nostalgia que me embarga. ¿Qué estarás haciendo tú? Todavía ni he tomado desayuno, por estar pensando en aquellos años 60, para ver si de esa forma me dejo de preguntar. Atravesábamos por una compleja situación que no me era tan ajena, porque oía los comentarios de mis mayores. Se referían a la violencia, entonces también promovida por sectores izquierdistas. Comentaban sobre una corrupción tal, que generaba un profundo malestar y rechazo en la opinión pública. La oposición parlamentaria, alias Coalición del Pueblo, le hacía la vida imposible al gobierno democrático, y recuerdo que algunos sugerían que el país necesitaba una nueva dictadura. “Ay sí, ¡nos hace falta un militarote!”, decía una tía, casi gritando con la boca llena, en una oportunidad, y alguien respondió: “No hay nada que hacer, son las mujeres las que amamantan a los dictadores y los defienden mejor que nadie, con un grado de fidelidad realmente sorprendente”. Todo eso era tema de discusiones que no tenían cuando terminar. Se suscitaban en los almuerzos domingueros, que tenían lugar en la casa de mi abuelo.
Seguramente, tú también tendrás recuerdos de las reuniones que, cuando eras pequeña, tu familia organizaba. Los mayores hablaban y yo solo podía escucharlos. Me hubiese gustado hacerles preguntas, como las que formulaba a mis entrevistados cuando estaba frente al micrófono, en un programa radial que conduje en 1994, pero me decían que cuando los mayores estaban conversando la gente menuda no hablaba, ¡y qué error! Como para preguntarnos si la falta de diálogo, en la familia, es algo solamente actual. Luego de haber saboreado unos ricos tallarines con asado, Empezaban a sonar las opiniones de mis tíos. Los más grandes se dividían según sus pareceres, y tomaban partido ya sea a favor o en contra del pelo largo de los Beatles, de la vigencia de la música criolla, de la importancia del sistema democrático, de las supuestas ventajas que nos traería un nuevo régimen militarista. Había los que defendían a morir al sistema soviético; también, los que eran hinchas acérrimos de los norteamericanos, y qué emoción la que le ponían a cada una de sus intervenciones, réplicas, etc. Lo curioso de todo esto es que hasta hoy se sigue discutiendo sobre casi los mismos temas de los que yo escuchaba hablar en aquellos almuerzos.
Al tiempo que recuerdo -no te imaginas- se me ocurre que podría comparar aquellas discusiones, con las que se producen entre los seguidores de dos equipos que, uno de esos domingos por la tarde, están a punto de saltar a la cancha para jugarse un partido clásico, sin percatarse que las estructuras del estadio, donde ese partido se habría de realizar, estaban, y siguen estando, en peligro de venirse abajo. Aquellos fanáticos, provenían de las clases medias a las que habría que dedicarles todo un capítulo y más, si es que este fuese un estudio riguroso sobre la cuestión social e histórica de los años 60. Estaban sumergidos en la pobreza económica típica de un sector burocratizado, y por si eso fuera poco, permanecían atados a un peculiar tipo de ignorancia, que les impedía comprender las causas de todo lo que nos ocurría, en un contexto mundial del cual nuestro país no podía ser ajeno, ni vivir aislado. Los domingos por las tardes, mis tíos terminaban roncos, como si hubiesen vuelto del estadio, de tanto gritar las bondades de sus respectivos equipos, el Atlético Washington y el Deportivo Moscú, porque no contaban con una información y orientación realista, sobre lo que en el fondo significaban los movimientos, como la conducta en sí, de Los Estados Unidos y la Unión Soviética: dos protagonistas de una guerra fría, que en el fondo era un asunto mucho más complejo de lo que podría uno pensar, pero que, por el nivel intelectual de nuestras clases medias, daba la impresión de ser tomado como una simple bronca, entre los dos rivales más guapos del torneo de box ínter barrios, a los que sus incondicionales les brindan su apoyo sin límites, hasta quedarse sin voz.
Pero, sigo nostálgico sin poderlo evitar, y más allá de pensar en aquellas cosas de los años 60, lo que me atrae es la sola idea fantasiosa de pensar en hacerte una visita por la noche. Me imagino allí, en la terracita donde tienes tu parrilla, y donde también hay una hamaca, en la que tanto te gustaba mecerte cuando era verano. Daban las 6 de la tarde, y salíamos del interior de la casa, para disfrutar de la brisa que llegaba con el viento. Lo tengo muy presente, y el solo imaginarme que estoy allí, me emociona. Si te parece yo me encargo de servir los tragos, y tú preparas ese Gumbo que tanto me gusta mientras yo toco un poco de piano, o guitarra para hacerte sentir bien. Luego de cenar podríamos sentarnos en la salita donde escuchábamos música. ¿Todavía tienes aquel equipo estereo? Pon alguna de esas canciones que te gustan; te sugiero Wind Benith My Wings, para empezar a conversar, después de tanto tiempo.
Te contaré sobre tantas cosas, acerca de… Pero, solo quisiera hacerte una pregunta:
¿Vas a estar esta noche?
sábado 15 de marzo de 2008
Relatos Domingueros
El Omnibus
Ella era una de esas mujeres modestas que, por esas cosas del centralismo, y por el olvido en el que siempre vivieron las provincias, salieron de sus pueblos. Vinieron con grandes ilusiones que, estando ya en la capital, jamás se cristalizaron, y por el contrario, las empujaron a tener que ganarse la vida, barriendo las calles, sin importar si hacía frío o calor:
--¿Podría indicarme si está viniendo algún ómnibus? –le pregunté, y al oírme, me dijo sin demora:
--Sí, yo le aviso cuando el ómnibus venga.
-Vamos a esperar –me repitió, mientras conversaba conmigo con su acento provinciano-. ¿Cómo así ti lo has puesto mal de tos ojos?
En esos momentos, un vehículo se acercaba:
--Ya lo vamos a parar –me dijo ella, y le hizo señas. “Deténgase por favor”.
El chofer bajó la velocidad, pero, no, no. Como vio que era un ciego el que iba a subir volvió a emprender su marcha. “Vamos, lleva”, gritó el cobrador, y de ese modo, se repetía así una vez más lo que varias veces me ha pasado.
Entonces, monté en cólera: “Perro, maldito, hijo de puta, desgraciado”, grité como si el chofer me fuera a oír, y no sé si con ello, lo único que logré fue asustar a la modesta barrendera porque, frente a un arranque de ira como el mío, cualquiera se hubiera podido aterrorizar. Ya de tan solo verme –sin que necesariamente yo reniegue- algunas personas se quedan paralizadas de temor –o sea que se cagan de miedo- porque creen que no soy capaz de andar con cuidado para no ir dando de palos. Piensan que, quizás, como no veo, camino sin detenerme, y suponen que, a mi paso, me llevo por delante todo lo que encuentro. En realidad, me cuesta, me duele reconocerlo, pero resulta que el hecho de aparecer por alguna calle, en una esquina, cuando nadie se lo espera, muchas veces saca a la gente de su propio cerebro; les descuadra todos sus parámetros mentales que, en principio y en esencia, son visuales.
En la vida práctica, es mediante la vista que el común de la gente se socializa; aprende cómo se debe sentar uno a la mesa, cómo se come, cómo se gesticula, cómo se camina, cómo se orienta la cara, y cómo se hacen muchas cosas más, en una forma espontánea, natural. Por eso, hay quienes me miran como si yo fuese un bicho raro entre el común de la gente. Al aparecer, por alguna esquina, en algún establecimiento comercial, o donde se quiera, no faltan aquellos a los que, por increíble que parezca, les llamo la atención, más de lo que podría hacerlo un payaso en velorio, un cura en trapecio de circo, o un enano en un país de gigantes.
Yo he podido darme cuenta que, en más de una ocasión, mi presencia ha puesto ante los ojos de algunos todo un cuadro extraño, ajeno, distinto, quién sabe si hasta indeseable porque, en el fondo, está inspirado en un personaje como lo es el ciego, con todo lo que acerca de él se cree, se teme, y se piensa. “¡Ay, ahí viene un cieguito!”, dicen cuando me ven, sin saber cómo actuar. Y entonces, yo trato de hablarles para que se den cuenta que no soy ningún extraterrestre: “Permítanme pasar, por favor”, pero no consigo que se tranquilicen, y como están recontra nerviosos, me esquivan lo más rápido posible. Si están con sus criaturas, las apartan del camino, jalándolas hacia un costado, para que no les vaya a dar un bastonazo, ¡sabe Dios dónde! “Cuidado, salgan de allí, hijitos. ¡Hay Jesús y Dios mío!”.
En aquella oportunidad, me puse a gritar, al estilo de todo un loco que hace gestos, movimientos, abriendo y cerrando las manos, en una forma que ciertamente resulta rara para los que ven. Sin embargo, y ante mi arranque de ira, la modesta barrendera tomó una actitud comprensiva en vez de salir volando despavorida; me trató de calmar, quizás pensando: “Ay, ¡pobrecito!”:
--Así son pues –me dijo con una voz que reflejaba pena-. Son malos, no les importa, pero te quedas tranquilo que vamos a seguir esperando hasta que otro quiera parar.
--¿Porqué el hijo de puta ese se ha seguido de largo? –le pregunté con rabia, y me suponía que aquella modesta mujer no iba a saber darme una respuesta coherente, lúcida, como las que los teóricos estamos convencidos que damos. Sin embargo, para mi propia sorpresa, supuse mal, muy mal, y cuando escuché su respuesta calmada, no pude menos que constatarlo:
--Es que como usted no ves, él piensa que no vas pagarle so pasaje.
Llegó otro ómnibus que sí se detuvo.
--¿A dónde va el señor? –le preguntó a ella el cobrador, en vez de preguntármelo a mí directamente, como si yo hablara en ruso.
--él va a pagarte –la modesta barrendera se limitó a responder, y con eso, le dijo todo.
--Arranca, lleva –le dijo al chofer el cobrador que, como el ómnibus estaba lleno, iba colgado de la puerta con medio cuerpo afuera, a riesgo de caerse.
Entonces, partimos a gran velocidad, pero no pude dejar de pensar en la explicación que la modesta barrendera me había dado: “Es que como usted no ves, él piensa que no vas pagarle so pasaje”.
--A ver, asiento reservado para el señor, por favor -dijo el cobrador-. A ver esos caballeros.
Traté de agarrarme de uno de los tubos que van por el techo del ómnibus, para mantener el equilibrio, y otra señorita insistió:
--Asiento reservado, por favor, señores.
Pero, ante aquel pedido, no faltó algún fulano que se hizo el dormido para no ponerse de pie, y fue una dama la que se levantó:
--Tome asiento.
¡Qué vergüenza! Porque no es que una mujer no pueda tener gestos de cortesía. ¿A qué se deberá que algunos hombres se porten como caballos, en vez de actuar como caballeros? No necesariamente lo digo por el hecho de que no me den el asiento a mí. Lo digo, por las señoras que están embarazadas, y que, sin duda alguna, no pueden mantenerse en pie. Las están viendo paradas, con todo el peso que llevan, pero, algunas bestias, ¿hombres? ¡Mierdas! actúan con una displicencia tal como si con ellos no fuera, y siguen supuestamente roncando, o se niegan a pararse, recurriendo a un argumento que alguna vez escuché: “¡Cómo voy a dar mi asiento, si yo estoy pagando mi pasaje!”. ¡Que malparido!
A mi lado, muy entretenidos, iban sentados dos chicos que conversaban de la política, de las piernas de la actriz que salió en el reportaje de anoche, del football, y en cada uno de los temas que abordaban, se enfrascaban en un debate en el que cada cual aseguraba tener la última palabra. Yo los oía cuando, de pronto, sentí que alguien me ponía una mano en el hombro, como para captar mi atención:
--Señor, discúlpeme, dígame: ¿Usted sabe a dónde va?
Se trataba de una señora que estaba en el asiento de atrás.
--Sí, ya he hecho esta ruta antes –le respondí.
--Ah, qué bueno, y dígame: ¿Para usted, ehmmm, me refiero…..?
--Pregúnteme con toda libertad –le indiqué.
--Ay, es que deseaba saber si para usted, eh, resulta difícil andar sin ver.
--Bueno, es complicado, a veces cansa, pero debo decir que no todo es color de hormiga a lo largo del camino –le dije.
--Ay, ¡no le puedo creer! –dijo la señora mientras se pasaba a mi asiento, al ver que la persona que estaba a mi lado ya se había parado para bajarse.
--De lo que entiendo, para usted no todo es tan desagradable al momento de ir…. –me decía pero se quedó callada.
--¿De ir, bastoneando? –le completé la frase.
--Ay sí. ¡Y eso de bastoneando, uhf me encanta! –Respondió al tiempo que tomaba más confianza-. Ay, es que no sé; pero cuénteme porfis.
--Lo que quiera, señora –le indiqué.
Le pagó al cobrador. “No se olvide de mi cambio”, y luego continuó conversándome:
--¿Cuando un invidente anda bastoneando, le pueden ocurrir cosas agradables?
--Sí, claro que sí –le respondí-. En medio de las limitaciones de la ceguera, también paso por pequeñísimas grandes satisfacciones.
--Ay, ¿como cuáles por ejemplo? –la señora me interrogó.
--Como aquellas que se producen cuando puedo ayudar a alguien –le expliqué.
--¿y cuál es esa ayuda que usted puede dar? –me siguió preguntando.
--Bueno, por decirle algo que en estos momentos se me viene a la mente, puedo dar orientación, porque conozco bien gran parte de la ciudad. Desde que tomé el bastón en mis manos por primera vez, empecé a ir por diferentes lugares, y entonces, tuve la ocasión de aprender qué ómnibus coger para dirigirme hacia aquí o hacia allá.
--¡Ah, no le creo! –ella afirmó-. ¿Y podría hablarme de alguna experiencia al respecto? Es que, como ya le he dicho, soy bien curiosa, me encanta preguntar, y mi mamá me dice que yo debía ser periodista.
Claro –le dije yo-. Le voy a contar. Caminaba yo en una oportunidad por la avenida Larco. Al llegar a un cruce donde hay un hotel, frente al mar, encontré a una turista que yo no sé cómo así se me acercó. Cuando le hablé, me di cuenta que no sabía Español, y me pude percatar que la pobre estaba más perdida que un chipibo en la punta del Empare State.
--How can I help you? –le pregunté.
Le ofrecí orientarla, y sin pensarlo, se pasó toda la tarde yendo a diferentes sitios conmigo, hasta que nos sentamos a tomar un café, que luego dio lugar a un segundo y un tercero.
Como quiera que nos pusiéramos a conversar, le fui explicando:
--Darle una mano a quien la pudiera necesitar me alegra el día mucho más, pero muchísimo más de lo que podrían alegrarme los halagos de los que dicen: “Mira como anda sólo, cómo se guía con su bastoncito. ¡Y cómo conoce por donde va! Ah, seguro que tiene un sexto sentido”.
--¿y cómo explicarías aquel tipo de satisfacción? –me preguntó la amiga turista.
--Es que el comprobar que tengo algo que ofrecer me hace sentir útil, y hasta te diría que es una especie de ayuda terapéutica, que me doy a mí mismo.
--Pero entonces, ¿quiere decir que tú no necesitas de los psicólogos? –me volvió a interrogar.
--Sí, claro –le respondí, sin sospechar cuál era su carrera, y tuve entonces la oportunidad de explayarme al respecto de algo que considero muy importante-. En el fondo, aquella terapia de autoayuda es muy interesante; pero podría no ser lo suficiente, como para darme las fuerzas que necesito.
--Oh, ¿por qué? –me interrogó con gran interés.
--Porque cada día debo enfrentarme a situaciones muy peculiares, a veces muy complejas. Por ejemplo, voy caminando por la acera, y de repente, me choco. Entonces, ofrezco mis excusas porque quiero quedar bien. “Perdóneme usted, por favor”, ¿pero qué descubro? Ah, que el receptor de mis respetuosas consideraciones no es otra cosa más que un maldito poste o un carro mal estacionado que, luego de haberme puesto y dejado en el ridículo, parecería estar riéndose de mí, en silencio. ”¡Qué educado que es este cieguito, jaja!”. ¡Maldito seas, poste del demonio!
De otra parte, hay ocasiones en los que subo a un vehículo de transporte, sin ninguna intención de hacerle daño a nadie -lo hago, simplemente para ir a donde quiero, o a donde necesito- pero cuando menos lo espero, sin más ni más, solo porque sí, me golpeo la cabeza con el techo, y como comprenderás, además de dolerme, eso tiene que alterarme.
Voy por algún lugar, y no faltan chicos o incluso grandes que, porque se les ocurre, insultan o hacen bromas pesadas, y en lo particular, eso a mí me revienta, me produce una gran bronca. ¿Por qué cosas no habré pasado yo?
--¡Qué difícil se me hace creer lo que me cuentas! –mi amiga comentó.
--Bueno, pero así es –le respondí-. Yo no sé pero, a veces, pienso que podría llegar a desbordarme, porque como comprenderás no soy de palo, y por eso, considero que la asistencia psicológica es necesaria, frente a las cosas que ocurren.
Una noche, me reuní con mi amigo Jesse para conversar acerca de la clase que, al día siguiente, íbamos a dar a los alumnos de un curso de radio. Entre café y café, nos pusimos a escuchar las grabaciones de cada uno de los chicos, y cuando la reunión terminó, retomé el camino de vuelta a mi casa. Andaba por una de esas calles, y de repente, se me acercó alguien que, de un momento a otro, sin que yo me lo espere, me cerró el paso lo cual, lógicamente, me sorprendió. Yo no podía saber de qué se trataba.
--A ver, a ver, ¿quién soy yo? –me preguntó cambiando el timbre de su voz.
Lo reconocí al tiro, desde el primer momento. Hablando en términos deportivos, me di cuenta de quién era desde el saque, pues lo recordaba perfectamente. Pero, al mismo tiempo, me fregó que me tome de estúpido, o que se quiera poner a jugar a la adivinanza conmigo, y por eso, por eso que para mí no era poca cosa, no le respondí.
--Qué, ¡no puede ser que ya no me reconozcas! Tú tienes un oído extraordinario. Vamos, ¡inténtalo! –me dijo, y me insistió tanto que, al final, lo que consiguió fue sacarme de mis cacillas:
--No me jodas, ándate a la mierda, ¡déjame tranquilo! -le grité, y me fui.
Entonces, más de uno volteó los ojos y murmuró: “¿Oye, qué pasó? Ah, el cieguito, fíjate, se ha molestado, le han querido hacer algo. ¡Oh, no! Sí, pobrecito. Dígame, ¿necesita algo, señor?”, y, en medio de mi cólera, yo me tuve que controlar, calmar, para ver si haciendo de educado, de cortés, iba a recibir ayuda, en vez de asustar a los demás.
Cuánto quisiera yo no tener que reaccionar como a veces lo hago. La verdad es que me da hasta pena tratar mal a la gente, pero es que todo tiene su límite, y hay personas que se pasan de la raya. Por mi parte, sería incapaz de gastarme la más mínima broma con las discapacidades de otra persona, ¿pero por qué entonces tendría que soportar que otros lo hagan conmigo? Según algunos, por el simple hecho de ser ciego. ¿No es así? ¡Carajo!
Ella era una de esas mujeres modestas que, por esas cosas del centralismo, y por el olvido en el que siempre vivieron las provincias, salieron de sus pueblos. Vinieron con grandes ilusiones que, estando ya en la capital, jamás se cristalizaron, y por el contrario, las empujaron a tener que ganarse la vida, barriendo las calles, sin importar si hacía frío o calor:
--¿Podría indicarme si está viniendo algún ómnibus? –le pregunté, y al oírme, me dijo sin demora:
--Sí, yo le aviso cuando el ómnibus venga.
-Vamos a esperar –me repitió, mientras conversaba conmigo con su acento provinciano-. ¿Cómo así ti lo has puesto mal de tos ojos?
En esos momentos, un vehículo se acercaba:
--Ya lo vamos a parar –me dijo ella, y le hizo señas. “Deténgase por favor”.
El chofer bajó la velocidad, pero, no, no. Como vio que era un ciego el que iba a subir volvió a emprender su marcha. “Vamos, lleva”, gritó el cobrador, y de ese modo, se repetía así una vez más lo que varias veces me ha pasado.
Entonces, monté en cólera: “Perro, maldito, hijo de puta, desgraciado”, grité como si el chofer me fuera a oír, y no sé si con ello, lo único que logré fue asustar a la modesta barrendera porque, frente a un arranque de ira como el mío, cualquiera se hubiera podido aterrorizar. Ya de tan solo verme –sin que necesariamente yo reniegue- algunas personas se quedan paralizadas de temor –o sea que se cagan de miedo- porque creen que no soy capaz de andar con cuidado para no ir dando de palos. Piensan que, quizás, como no veo, camino sin detenerme, y suponen que, a mi paso, me llevo por delante todo lo que encuentro. En realidad, me cuesta, me duele reconocerlo, pero resulta que el hecho de aparecer por alguna calle, en una esquina, cuando nadie se lo espera, muchas veces saca a la gente de su propio cerebro; les descuadra todos sus parámetros mentales que, en principio y en esencia, son visuales.
En la vida práctica, es mediante la vista que el común de la gente se socializa; aprende cómo se debe sentar uno a la mesa, cómo se come, cómo se gesticula, cómo se camina, cómo se orienta la cara, y cómo se hacen muchas cosas más, en una forma espontánea, natural. Por eso, hay quienes me miran como si yo fuese un bicho raro entre el común de la gente. Al aparecer, por alguna esquina, en algún establecimiento comercial, o donde se quiera, no faltan aquellos a los que, por increíble que parezca, les llamo la atención, más de lo que podría hacerlo un payaso en velorio, un cura en trapecio de circo, o un enano en un país de gigantes.
Yo he podido darme cuenta que, en más de una ocasión, mi presencia ha puesto ante los ojos de algunos todo un cuadro extraño, ajeno, distinto, quién sabe si hasta indeseable porque, en el fondo, está inspirado en un personaje como lo es el ciego, con todo lo que acerca de él se cree, se teme, y se piensa. “¡Ay, ahí viene un cieguito!”, dicen cuando me ven, sin saber cómo actuar. Y entonces, yo trato de hablarles para que se den cuenta que no soy ningún extraterrestre: “Permítanme pasar, por favor”, pero no consigo que se tranquilicen, y como están recontra nerviosos, me esquivan lo más rápido posible. Si están con sus criaturas, las apartan del camino, jalándolas hacia un costado, para que no les vaya a dar un bastonazo, ¡sabe Dios dónde! “Cuidado, salgan de allí, hijitos. ¡Hay Jesús y Dios mío!”.
En aquella oportunidad, me puse a gritar, al estilo de todo un loco que hace gestos, movimientos, abriendo y cerrando las manos, en una forma que ciertamente resulta rara para los que ven. Sin embargo, y ante mi arranque de ira, la modesta barrendera tomó una actitud comprensiva en vez de salir volando despavorida; me trató de calmar, quizás pensando: “Ay, ¡pobrecito!”:
--Así son pues –me dijo con una voz que reflejaba pena-. Son malos, no les importa, pero te quedas tranquilo que vamos a seguir esperando hasta que otro quiera parar.
--¿Porqué el hijo de puta ese se ha seguido de largo? –le pregunté con rabia, y me suponía que aquella modesta mujer no iba a saber darme una respuesta coherente, lúcida, como las que los teóricos estamos convencidos que damos. Sin embargo, para mi propia sorpresa, supuse mal, muy mal, y cuando escuché su respuesta calmada, no pude menos que constatarlo:
--Es que como usted no ves, él piensa que no vas pagarle so pasaje.
Llegó otro ómnibus que sí se detuvo.
--¿A dónde va el señor? –le preguntó a ella el cobrador, en vez de preguntármelo a mí directamente, como si yo hablara en ruso.
--él va a pagarte –la modesta barrendera se limitó a responder, y con eso, le dijo todo.
--Arranca, lleva –le dijo al chofer el cobrador que, como el ómnibus estaba lleno, iba colgado de la puerta con medio cuerpo afuera, a riesgo de caerse.
Entonces, partimos a gran velocidad, pero no pude dejar de pensar en la explicación que la modesta barrendera me había dado: “Es que como usted no ves, él piensa que no vas pagarle so pasaje”.
--A ver, asiento reservado para el señor, por favor -dijo el cobrador-. A ver esos caballeros.
Traté de agarrarme de uno de los tubos que van por el techo del ómnibus, para mantener el equilibrio, y otra señorita insistió:
--Asiento reservado, por favor, señores.
Pero, ante aquel pedido, no faltó algún fulano que se hizo el dormido para no ponerse de pie, y fue una dama la que se levantó:
--Tome asiento.
¡Qué vergüenza! Porque no es que una mujer no pueda tener gestos de cortesía. ¿A qué se deberá que algunos hombres se porten como caballos, en vez de actuar como caballeros? No necesariamente lo digo por el hecho de que no me den el asiento a mí. Lo digo, por las señoras que están embarazadas, y que, sin duda alguna, no pueden mantenerse en pie. Las están viendo paradas, con todo el peso que llevan, pero, algunas bestias, ¿hombres? ¡Mierdas! actúan con una displicencia tal como si con ellos no fuera, y siguen supuestamente roncando, o se niegan a pararse, recurriendo a un argumento que alguna vez escuché: “¡Cómo voy a dar mi asiento, si yo estoy pagando mi pasaje!”. ¡Que malparido!
A mi lado, muy entretenidos, iban sentados dos chicos que conversaban de la política, de las piernas de la actriz que salió en el reportaje de anoche, del football, y en cada uno de los temas que abordaban, se enfrascaban en un debate en el que cada cual aseguraba tener la última palabra. Yo los oía cuando, de pronto, sentí que alguien me ponía una mano en el hombro, como para captar mi atención:
--Señor, discúlpeme, dígame: ¿Usted sabe a dónde va?
Se trataba de una señora que estaba en el asiento de atrás.
--Sí, ya he hecho esta ruta antes –le respondí.
--Ah, qué bueno, y dígame: ¿Para usted, ehmmm, me refiero…..?
--Pregúnteme con toda libertad –le indiqué.
--Ay, es que deseaba saber si para usted, eh, resulta difícil andar sin ver.
--Bueno, es complicado, a veces cansa, pero debo decir que no todo es color de hormiga a lo largo del camino –le dije.
--Ay, ¡no le puedo creer! –dijo la señora mientras se pasaba a mi asiento, al ver que la persona que estaba a mi lado ya se había parado para bajarse.
--De lo que entiendo, para usted no todo es tan desagradable al momento de ir…. –me decía pero se quedó callada.
--¿De ir, bastoneando? –le completé la frase.
--Ay sí. ¡Y eso de bastoneando, uhf me encanta! –Respondió al tiempo que tomaba más confianza-. Ay, es que no sé; pero cuénteme porfis.
--Lo que quiera, señora –le indiqué.
Le pagó al cobrador. “No se olvide de mi cambio”, y luego continuó conversándome:
--¿Cuando un invidente anda bastoneando, le pueden ocurrir cosas agradables?
--Sí, claro que sí –le respondí-. En medio de las limitaciones de la ceguera, también paso por pequeñísimas grandes satisfacciones.
--Ay, ¿como cuáles por ejemplo? –la señora me interrogó.
--Como aquellas que se producen cuando puedo ayudar a alguien –le expliqué.
--¿y cuál es esa ayuda que usted puede dar? –me siguió preguntando.
--Bueno, por decirle algo que en estos momentos se me viene a la mente, puedo dar orientación, porque conozco bien gran parte de la ciudad. Desde que tomé el bastón en mis manos por primera vez, empecé a ir por diferentes lugares, y entonces, tuve la ocasión de aprender qué ómnibus coger para dirigirme hacia aquí o hacia allá.
--¡Ah, no le creo! –ella afirmó-. ¿Y podría hablarme de alguna experiencia al respecto? Es que, como ya le he dicho, soy bien curiosa, me encanta preguntar, y mi mamá me dice que yo debía ser periodista.
Claro –le dije yo-. Le voy a contar. Caminaba yo en una oportunidad por la avenida Larco. Al llegar a un cruce donde hay un hotel, frente al mar, encontré a una turista que yo no sé cómo así se me acercó. Cuando le hablé, me di cuenta que no sabía Español, y me pude percatar que la pobre estaba más perdida que un chipibo en la punta del Empare State.
--How can I help you? –le pregunté.
Le ofrecí orientarla, y sin pensarlo, se pasó toda la tarde yendo a diferentes sitios conmigo, hasta que nos sentamos a tomar un café, que luego dio lugar a un segundo y un tercero.
Como quiera que nos pusiéramos a conversar, le fui explicando:
--Darle una mano a quien la pudiera necesitar me alegra el día mucho más, pero muchísimo más de lo que podrían alegrarme los halagos de los que dicen: “Mira como anda sólo, cómo se guía con su bastoncito. ¡Y cómo conoce por donde va! Ah, seguro que tiene un sexto sentido”.
--¿y cómo explicarías aquel tipo de satisfacción? –me preguntó la amiga turista.
--Es que el comprobar que tengo algo que ofrecer me hace sentir útil, y hasta te diría que es una especie de ayuda terapéutica, que me doy a mí mismo.
--Pero entonces, ¿quiere decir que tú no necesitas de los psicólogos? –me volvió a interrogar.
--Sí, claro –le respondí, sin sospechar cuál era su carrera, y tuve entonces la oportunidad de explayarme al respecto de algo que considero muy importante-. En el fondo, aquella terapia de autoayuda es muy interesante; pero podría no ser lo suficiente, como para darme las fuerzas que necesito.
--Oh, ¿por qué? –me interrogó con gran interés.
--Porque cada día debo enfrentarme a situaciones muy peculiares, a veces muy complejas. Por ejemplo, voy caminando por la acera, y de repente, me choco. Entonces, ofrezco mis excusas porque quiero quedar bien. “Perdóneme usted, por favor”, ¿pero qué descubro? Ah, que el receptor de mis respetuosas consideraciones no es otra cosa más que un maldito poste o un carro mal estacionado que, luego de haberme puesto y dejado en el ridículo, parecería estar riéndose de mí, en silencio. ”¡Qué educado que es este cieguito, jaja!”. ¡Maldito seas, poste del demonio!
De otra parte, hay ocasiones en los que subo a un vehículo de transporte, sin ninguna intención de hacerle daño a nadie -lo hago, simplemente para ir a donde quiero, o a donde necesito- pero cuando menos lo espero, sin más ni más, solo porque sí, me golpeo la cabeza con el techo, y como comprenderás, además de dolerme, eso tiene que alterarme.
Voy por algún lugar, y no faltan chicos o incluso grandes que, porque se les ocurre, insultan o hacen bromas pesadas, y en lo particular, eso a mí me revienta, me produce una gran bronca. ¿Por qué cosas no habré pasado yo?
--¡Qué difícil se me hace creer lo que me cuentas! –mi amiga comentó.
--Bueno, pero así es –le respondí-. Yo no sé pero, a veces, pienso que podría llegar a desbordarme, porque como comprenderás no soy de palo, y por eso, considero que la asistencia psicológica es necesaria, frente a las cosas que ocurren.
Una noche, me reuní con mi amigo Jesse para conversar acerca de la clase que, al día siguiente, íbamos a dar a los alumnos de un curso de radio. Entre café y café, nos pusimos a escuchar las grabaciones de cada uno de los chicos, y cuando la reunión terminó, retomé el camino de vuelta a mi casa. Andaba por una de esas calles, y de repente, se me acercó alguien que, de un momento a otro, sin que yo me lo espere, me cerró el paso lo cual, lógicamente, me sorprendió. Yo no podía saber de qué se trataba.
--A ver, a ver, ¿quién soy yo? –me preguntó cambiando el timbre de su voz.
Lo reconocí al tiro, desde el primer momento. Hablando en términos deportivos, me di cuenta de quién era desde el saque, pues lo recordaba perfectamente. Pero, al mismo tiempo, me fregó que me tome de estúpido, o que se quiera poner a jugar a la adivinanza conmigo, y por eso, por eso que para mí no era poca cosa, no le respondí.
--Qué, ¡no puede ser que ya no me reconozcas! Tú tienes un oído extraordinario. Vamos, ¡inténtalo! –me dijo, y me insistió tanto que, al final, lo que consiguió fue sacarme de mis cacillas:
--No me jodas, ándate a la mierda, ¡déjame tranquilo! -le grité, y me fui.
Entonces, más de uno volteó los ojos y murmuró: “¿Oye, qué pasó? Ah, el cieguito, fíjate, se ha molestado, le han querido hacer algo. ¡Oh, no! Sí, pobrecito. Dígame, ¿necesita algo, señor?”, y, en medio de mi cólera, yo me tuve que controlar, calmar, para ver si haciendo de educado, de cortés, iba a recibir ayuda, en vez de asustar a los demás.
Cuánto quisiera yo no tener que reaccionar como a veces lo hago. La verdad es que me da hasta pena tratar mal a la gente, pero es que todo tiene su límite, y hay personas que se pasan de la raya. Por mi parte, sería incapaz de gastarme la más mínima broma con las discapacidades de otra persona, ¿pero por qué entonces tendría que soportar que otros lo hagan conmigo? Según algunos, por el simple hecho de ser ciego. ¿No es así? ¡Carajo!
domingo 9 de marzo de 2008
Relatos Domingueros
Este es el primero de una serie de relatos que deseo compartir contigo cada domingo. Espero tu acogida.
Un Breve Encuentro
El tráfico estaba terrible por la hora; no faltaban quienes ignoraban olímpicamente las luces de los semáforos. En esas circunstancias, cualquier accidente podía suceder.
El tiempo se me pasaba, y comenzaba a impacientarme. Yo sentía que no iba a poder llegar a tiempo a la sita que ya tenía pactada, y no sabía qué hacer. “¿Podría ayudarme a pasar la calle por favor”, pregunté sin saber si alguien me iba a prestar atención. NO obtuve respuesta, y me quedé callado, pero sin resignarme a seguir esperando por sécula seculórum.
Iba a volver a pedir que me ayuden, aunque no hubiese nadie: “Por favor...”, pero de repente sentí que alguien se detuvo a mi lado.
--Hola –me dijo con un amable tono de voz-. ¿Puedo ayudarlo?
--Sí por favor –le respondí-. Y muchas gracias.
--No, de nada –me dijo ella-. Y ni que se le ocurra agradecerme, pues es un placer el darle una mano.
Era una chica alta, delgada, súper delgadita, y lucía esbelta. Me di cuenta de ello, cuando tomé su brazo para cruzar la calzada.
--No tiene de qué agradecerme –me repitió-. Me encanta ayudar a los demás. Para mí, la solidaridad es un valor muy importante.
Tenía una voz muy bonita. Al hablarme, me invitaba a imaginar que estaba oyendo la melodía de un violín trémulo, ¡que vibraba al máximo! De otra parte, usaba un perfume riquísimo, y llevaba un pelo larguito, tan larguito, que acariciaba mi cara de vez en cuando, gracias al soplido del viento. Yo no me atreví a preguntarle por el color de su pelo, aunque quizás ella sí me hubiese respondido.
Irradiaba simpatía a más no poder; andaba alegre, y pensar que, tan pronto como terminase de ayudarme se habría de ir caminando, sobre unos zapatos que por el sonido eran de taco alto. Hasta hoy me pregunto: ¿A dónde se iría con esa voz, con tanta música?
Si ella se hubiera quedado, me hubiera pasado las horas de las horas conversándole; no me hubiera importado el ruido de los automóviles, ni le hubiera hecho caso al barullo de la gente que en esos momentos transitaba por allí; hubiera puesto toda mi atención en su presencia. Sin embargo, yo no supe cómo abordarla, y fue ella la que tomó la iniciativa, dándome la posibilidad de deleitarme aunque sea con el timbre de su voz.
--¿Hacia dónde va? –me preguntó, y cómo me hubiera gustado decirle hacia donde tú quieras, pero tenía una cita así que debí darle otra respuesta:
--Voy de frente -empecé a decirle tratando de poner una voz que pudiera impresionarla-. De frente, unas cinco cuadras.
--Ay, si quiere vamos juntos –me susurró con un tono encantador-. Y así nos acompañamos, pues también voy en esa dirección.
Los tacos de sus zapatos repicaban sobre la acera; marcaban el ritmo de una música dulce y aromática que me envolvía, invitándome a sumergirme en algo así como un pie de miel, que sin haberlo probado me emocionaba.
Yo le hubiera podido hablar de lo cadencioso de su paso, pero en cambio le volví a decir: “Gracias por ofrecerme su ayuda, y entonces metí la pata, ¡me pasé de pelotudo! Debí ser más entrador y hablarle de tú, en vez de ser tan formal. ¿Me olvidé de los consejos del tío Willy? Sí, me faltó.
--¿Por qué me insiste en agradecerme tanto -ella me preguntó, y noté que ya en ese momento su interrogante reflejaba un raro tipo de asombro que era lógico, ¡lógico! porque la gente no anda diciendo gracias, gracias, gracias en una forma exagerada, por cualquier cosa.
Para ella, quizás mi actitud no era más que un signo de complejo, de baja autoestima antes que un gesto de cortesía, de mi parte, frente a la necesidad de recibir ayuda. En palabras bien simples –para decirlo a calzón quitado- el andar agradeciendo no es más que un cieguismo, muy parecido al de andar disculpándose, pidiendo perdón, dando explicaciones, por esto, lo otro, ¡o por las huevas!
--Ay, ¡no me agradezca tanto! -me dijo sonriendo la chica-. Más bien, gracias a usted, por darme la oportunidad de ayudarlo.
Mi tendencia a la fantasía, esa fantasía tan típicamente cieguna, ya se había activado. De un momento a otro, sentí como si estuviéramos sobre un escenario giratorio, redondo, muy grande, tan grande como el mundo mismo. Me empecé a imaginar que aquel encuentro que empezó cuando ella se acercó para ayudarme a cruzar, podía ser la representación de una de las escenas, ¡quién sabe si a lo mejor una de esas escenas románticas! de una obra cotidiana llamada actualidad. En dicha obra, según mi propia invención, yo tenía la capacidad de despertar los celos de los que nos veían caminando juntos. La miraban y le gritaban: “¡Mamacita!”.
Pero, como siempre, la realidad termina por imponerse a lo fantasioso, y entonces tuve que aceptar o tratar de ignorar que, finalmente, mi papel en el reparto de aquella obra no era muy diferente del que le toca a otros tantos ciegos. En la práctica, cuando estos deben callar hablan más de lo que deben, y por el contrario cuando deben hablar se quedan simplemente apendejados, calladitos, fantaseando, como si supieran que su verbalismo no siempre les funciona frente a las chicas videntes. Así me quedé yo. A veces, no sé cuántas veces, aquellas chicas terminan mirándonos con un toque de piedad –mejor hay que decirlo de frente- con lástima en sus ojos. ¿Cómo me habrá mirado ella?
Tratamos de evitar algunos automóviles que ocupaban casi toda la vereda, y mientras ella me ayudaba: “Cuidado, que por aquí el camino está muy angostito”, le empecé a hablar un poco acerca de lo que pensaba –cuando no, el cieguito dándose aires de filósofo interesante- y resulta que mi acompañante también tenía una idea parecida:
--Sí, efectivamente –ella comentó-. Cada uno tiene un papel que es imposible dejar de cumplir en el reparto de la vida, y necesitamos aprender a ser conscientes de aquello para estar a la altura de nuestras circunstancias. Todos tenemos responsabilidades personales, así como sociales, y no las podemos evadir.
Llegamos a la puerta de un banco, y ella se despidió:
--Bueno, bueno pues, aquí me quedo, ¡qué pena no poder continuar con tan simpática charla! Vaya con cuidado, por favor, y no cruce solo.
Hasta ahora, me acuerdo de su voz, y en el momento que partió, ¡qué pena me dio el constatar que volvía a quedarme solo!
Un Breve Encuentro
El tráfico estaba terrible por la hora; no faltaban quienes ignoraban olímpicamente las luces de los semáforos. En esas circunstancias, cualquier accidente podía suceder.
El tiempo se me pasaba, y comenzaba a impacientarme. Yo sentía que no iba a poder llegar a tiempo a la sita que ya tenía pactada, y no sabía qué hacer. “¿Podría ayudarme a pasar la calle por favor”, pregunté sin saber si alguien me iba a prestar atención. NO obtuve respuesta, y me quedé callado, pero sin resignarme a seguir esperando por sécula seculórum.
Iba a volver a pedir que me ayuden, aunque no hubiese nadie: “Por favor...”, pero de repente sentí que alguien se detuvo a mi lado.
--Hola –me dijo con un amable tono de voz-. ¿Puedo ayudarlo?
--Sí por favor –le respondí-. Y muchas gracias.
--No, de nada –me dijo ella-. Y ni que se le ocurra agradecerme, pues es un placer el darle una mano.
Era una chica alta, delgada, súper delgadita, y lucía esbelta. Me di cuenta de ello, cuando tomé su brazo para cruzar la calzada.
--No tiene de qué agradecerme –me repitió-. Me encanta ayudar a los demás. Para mí, la solidaridad es un valor muy importante.
Tenía una voz muy bonita. Al hablarme, me invitaba a imaginar que estaba oyendo la melodía de un violín trémulo, ¡que vibraba al máximo! De otra parte, usaba un perfume riquísimo, y llevaba un pelo larguito, tan larguito, que acariciaba mi cara de vez en cuando, gracias al soplido del viento. Yo no me atreví a preguntarle por el color de su pelo, aunque quizás ella sí me hubiese respondido.
Irradiaba simpatía a más no poder; andaba alegre, y pensar que, tan pronto como terminase de ayudarme se habría de ir caminando, sobre unos zapatos que por el sonido eran de taco alto. Hasta hoy me pregunto: ¿A dónde se iría con esa voz, con tanta música?
Si ella se hubiera quedado, me hubiera pasado las horas de las horas conversándole; no me hubiera importado el ruido de los automóviles, ni le hubiera hecho caso al barullo de la gente que en esos momentos transitaba por allí; hubiera puesto toda mi atención en su presencia. Sin embargo, yo no supe cómo abordarla, y fue ella la que tomó la iniciativa, dándome la posibilidad de deleitarme aunque sea con el timbre de su voz.
--¿Hacia dónde va? –me preguntó, y cómo me hubiera gustado decirle hacia donde tú quieras, pero tenía una cita así que debí darle otra respuesta:
--Voy de frente -empecé a decirle tratando de poner una voz que pudiera impresionarla-. De frente, unas cinco cuadras.
--Ay, si quiere vamos juntos –me susurró con un tono encantador-. Y así nos acompañamos, pues también voy en esa dirección.
Los tacos de sus zapatos repicaban sobre la acera; marcaban el ritmo de una música dulce y aromática que me envolvía, invitándome a sumergirme en algo así como un pie de miel, que sin haberlo probado me emocionaba.
Yo le hubiera podido hablar de lo cadencioso de su paso, pero en cambio le volví a decir: “Gracias por ofrecerme su ayuda, y entonces metí la pata, ¡me pasé de pelotudo! Debí ser más entrador y hablarle de tú, en vez de ser tan formal. ¿Me olvidé de los consejos del tío Willy? Sí, me faltó.
--¿Por qué me insiste en agradecerme tanto -ella me preguntó, y noté que ya en ese momento su interrogante reflejaba un raro tipo de asombro que era lógico, ¡lógico! porque la gente no anda diciendo gracias, gracias, gracias en una forma exagerada, por cualquier cosa.
Para ella, quizás mi actitud no era más que un signo de complejo, de baja autoestima antes que un gesto de cortesía, de mi parte, frente a la necesidad de recibir ayuda. En palabras bien simples –para decirlo a calzón quitado- el andar agradeciendo no es más que un cieguismo, muy parecido al de andar disculpándose, pidiendo perdón, dando explicaciones, por esto, lo otro, ¡o por las huevas!
--Ay, ¡no me agradezca tanto! -me dijo sonriendo la chica-. Más bien, gracias a usted, por darme la oportunidad de ayudarlo.
Mi tendencia a la fantasía, esa fantasía tan típicamente cieguna, ya se había activado. De un momento a otro, sentí como si estuviéramos sobre un escenario giratorio, redondo, muy grande, tan grande como el mundo mismo. Me empecé a imaginar que aquel encuentro que empezó cuando ella se acercó para ayudarme a cruzar, podía ser la representación de una de las escenas, ¡quién sabe si a lo mejor una de esas escenas románticas! de una obra cotidiana llamada actualidad. En dicha obra, según mi propia invención, yo tenía la capacidad de despertar los celos de los que nos veían caminando juntos. La miraban y le gritaban: “¡Mamacita!”.
Pero, como siempre, la realidad termina por imponerse a lo fantasioso, y entonces tuve que aceptar o tratar de ignorar que, finalmente, mi papel en el reparto de aquella obra no era muy diferente del que le toca a otros tantos ciegos. En la práctica, cuando estos deben callar hablan más de lo que deben, y por el contrario cuando deben hablar se quedan simplemente apendejados, calladitos, fantaseando, como si supieran que su verbalismo no siempre les funciona frente a las chicas videntes. Así me quedé yo. A veces, no sé cuántas veces, aquellas chicas terminan mirándonos con un toque de piedad –mejor hay que decirlo de frente- con lástima en sus ojos. ¿Cómo me habrá mirado ella?
Tratamos de evitar algunos automóviles que ocupaban casi toda la vereda, y mientras ella me ayudaba: “Cuidado, que por aquí el camino está muy angostito”, le empecé a hablar un poco acerca de lo que pensaba –cuando no, el cieguito dándose aires de filósofo interesante- y resulta que mi acompañante también tenía una idea parecida:
--Sí, efectivamente –ella comentó-. Cada uno tiene un papel que es imposible dejar de cumplir en el reparto de la vida, y necesitamos aprender a ser conscientes de aquello para estar a la altura de nuestras circunstancias. Todos tenemos responsabilidades personales, así como sociales, y no las podemos evadir.
Llegamos a la puerta de un banco, y ella se despidió:
--Bueno, bueno pues, aquí me quedo, ¡qué pena no poder continuar con tan simpática charla! Vaya con cuidado, por favor, y no cruce solo.
Hasta ahora, me acuerdo de su voz, y en el momento que partió, ¡qué pena me dio el constatar que volvía a quedarme solo!
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