¿DE QUÉ COLOR SERÍAN AQUELLOS AÑOS?
Me conecté en Skype, como para ver si me encontraba con alguien. Había llegado de trabajar, y quería disipar mi mente antes de irme a la cama. Para mí, la conversación es una forma de relajación, y es que lo primero que quiero hacer, cuando llego a mi casa, es desintoxicarme, quitarme de encima todo ese fastidio que se puede generar en el ambiente donde uno labora.
En mi caso, como creo ya haberte contado, me desempeño como músico. La verdad es que, como arte, la música es maravillosa. Sin embargo, en los hechos, lo maravilloso del arte musical difiere mucho de lo ideal, cuando hay que tocar canción tras canción, en forma rutinaria, para que no siempre te reconozcan, y para que, por el contrario, te manden bajar el volumen, cortándote así toda inspiración posible. Eso, por decirlo de alguna manera suave, ¡cómo friega!
Ya en el Skype, me di cuenta que algunos de mis contactos estaban ocupados. Sin embargo, me propuse esperar antes que cerrar la sesión, y empecé a revisar mis correos, como para esperar a ver si en ese laxo alguno me llamaba. Los mensajes que iba recibiendo no eran pocos, y yo escogía, pues no todo lo que llega merece ser leído. No me gustan para nada esas cadenitas, esos mensajitos que te dicen: “Si no le reenvías esto a diez personas, te puede pasar algo”. O: “Si pasas este mensaje, verás un cambio muy profundo en tu vida, en estas 48 horas”, jajaja. La risa es mía.
De pronto, recibí una llamada que no esperaba. Era un amigo del colegio que hoy se encuentra lejos. Yo había hablado con él hacía unos días, y le había contado que, una de esas noches, en el restaurante, mientras tocaba se me había acercado alguien que había estudiado con nosotros, y que, sabía del paradero de algunos de los amigos de entonces. Ni bien se lo conté, mi amigo se puso a buscar por Internet, y al tomar su llamada, me dijo: “ya tengo noticias”.
Nosotros terminamos la secundaria en 1976, y resultaba emocionante enterarse de cómo le había ido a tanta gente que, por esas cosas de la vida, uno ya no se encuentra desde esos tiempos. Más de uno, lamentablemente, ya no está en este mundo. Fulanita vive en Texas. Menganito en Los Ángeles. Sultanito es un gran gastroenterólogo. “¡No te lo puedo creer!”, le dije. “Sí –mi amigo respondió- no tienes más que poner su nombre en Internet, y lo encontrarás”. Yo no podía salir de una sorprendente alegría, que a su vez era una alegre gran sorpresa.
Dejé entonces de revisar mis correos, y nos pusimos a hablar de todos esos amigos. Nos empezamos a acordar de esas palomilladas que entonces hacíamos en el salón de clase, y fuera de él también. Vino a nuestra mente aquella profesora de inglés que solo nos enseñó por unos cuantos días. Sabía tanto, pero tanto, Acerca de la lengua de Shackespeare, Que iba a la clase con un diccionario bajo el brazo. Oh, my God! Pero, había otra maestra de la que nunca me olvidaré, por la descripción visual que una vez me hicieron de ella. A mí me gustaba su voz, pero uno de los chicos me dijo: “Parece que tuviese la cara al revés, como si la parte de adentro de la boca se la hubieran puesto sobre los pómulos. ¡Ya te imaginarás qué fea que es!”. Sin embargo, yo nunca la olvidaré.
Cuánto habría por traer a colación de esa época. Ah, ¡esos años 70! La ciudad era algo distinta. En las estaciones de radio se oían otras voces, otras canciones que, de vez en cuando, vuelven a sonar. En el colegio, nuestro recordado colegio, teníamos una bandita de música, pero sin instrumentos. Usábamos las carpetas, y hasta los tachos de basura –estos eran limpiados por su puesto- para tocar la percusión.
Pero, yo tengo una curiosidad visual, porque en el terreno auditivo lógicamente conservo sonidos de entonces grabados en el cerebro. ¿De qué colores eran los años 70? En todo caso, ¿cuáles eran los colores que entonces predominaban? Lo que sí sé es que nuestros sueños de juventud eran color esperanza. Pero, por lo demás, cuando vuelva a conversar con mi amigo, el que hoy está lejos, se lo voy a preguntar.
domingo 25 de mayo de 2008
domingo 18 de mayo de 2008
Relatos Domingueros
LA ESPUMA Y TÚ
No fue casualidad que ayer, en medio del invierno, sintiera un tierno calor. No, no fue casualidad, pues descubrí por qué había estado esperando tanto, pero tanto tiempo, frente al mar, frente a ese mar que tanto nos gusta. ¡Cuánta estética hay en su sonido! ¡Y qué rico huele, cuando uno está a su lado!
Hace tiempo –ya ni me preocupa acordarme de cuanto- yo tocaba teclado en un restaurante que está ubicado frente a la playa. Mientras que la gente escuchaba mis interpretaciones, el solo percibir la brisa de la tarde era para mí algo emocionante, fascinante, mejor dicho: delicioso. Pero, más delicioso aún me resultaba sentir cómo mis melodías eran decoradas, por el lejano sonido del vaivén de las olas que me acompañaban sin cesar. Al acercarse a mis oídos, a mi gusto, aquellas olas mojaban mi imaginación, y ponían en una fantasiosa gota de sal la más grande de las dulzuras que, en esos instantes, mi boca hubiera querido saborear.
Cuando daban las nueve de la noche –ya había terminado de tocar- debía partir de vuelta a mi casa. Sin embargo, en mí había un gran deseo por quedarme cerca de la playa. No sabía por qué, pero me daban ganas de no irme, y no me marchaba. ¿No estaba cansado? Sí, pero quería que mi cuerpo y mi mente estén allí, como haciéndole compañía a la luna, a las estrellas, al viento que me despeinaba, y que sacudía mis fantasías e ilusiones, hasta excitarlas, excitándome a mí también, al tiempo que yo esperaba.
Ayer, te volví a encontrar, y mientras charlábamos, me fui dando cuenta, poco a poco, que tú te parecías a la espumita del mar. Me refiero a esa espumita con la que mis manos jugaban, cuando yo era niño. Entonces, me pasaban las horas enteras chapoteando en el agua. ¡Qué días aquellos! Las mañanas me olían a pescado, y algunas veces, las tardes me sonaban a los remos de aquellos hombres rudos, que empujaban sus lanchas por las piedras de la playa, y que se hacían a la mar, para sumergir sus redes, y así ver de encontrar el pan cotidiano.
Tu llegada, aunque no me lo creas, produjo en mí una gran emoción. Por eso, me quedé conversando contigo tanto rato, bajo las estrellas de tus palabras, y en medio del calor de aquella agua con la que calentabas el café, que daba aroma a la brisa del bohemio aire de tu voz. ¿De cuántas cosas no habremos hablado, no? Sí, sí, pero, el tiempo se pasó volando, como el viento de esas noches, en las que yo me quedaba esperando, y bueno, como te acordarás, nos tuvimos que despedir.
Aunque me hubiera querido quedar, yo me fui, y cuando me dormí empecé a soñar con aquella espumita. Ya no recuerdo cómo empezó aquel sueño, pero sí tengo muy presente la escena. Ella estaba a mi lado, y me hablaba de cosas tiernas, de cosas que no siempre me han dicho con tanta dulzura. Tenía forma de mujer madura. Pero, al mismo tiempo, en su interior llevaba a una niña cálida, juguetona.
Yo sentí ganas de abrazarla, y ella me permitió hacerlo. Mis dedos empezaron a jugar con su pelo, y en un gesto muy suyo, la espumita acomodó su cabeza, sobre mi hombro, como para que mis dedos pudiesen jugar mejor, al tiempo que ella gorgojeaba.
Después de ello, mis manos descubrieron su cara, y recorrieron las húmedas curvas de sus labios. ¡Qué sueño aquel! Sin embargo, te voy a volver a esperar, y cuando vuelvas con las olas, te seguiré contando.
Allí te espero.LA ESPUMA Y TÚ
No fue casualidad que ayer, en medio del invierno, sintiera un tierno calor. No, no fue casualidad, pues descubrí por qué había estado esperando tanto, pero tanto tiempo, frente al mar, frente a ese mar que tanto nos gusta. ¡Cuánta estética hay en su sonido! ¡Y qué rico huele, cuando uno está a su lado!
Hace tiempo –ya ni me preocupa acordarme de cuanto- yo tocaba teclado en un restaurante que está ubicado frente a la playa. Mientras que la gente escuchaba mis interpretaciones, el solo percibir la brisa de la tarde era para mí algo emocionante, fascinante, mejor dicho: delicioso. Pero, más delicioso aún me resultaba sentir cómo mis melodías eran decoradas, por el lejano sonido del vaivén de las olas que me acompañaban sin cesar. Al acercarse a mis oídos, a mi gusto, aquellas olas mojaban mi imaginación, y ponían en una fantasiosa gota de sal la más grande de las dulzuras que, en esos instantes, mi boca hubiera querido saborear.
Cuando daban las nueve de la noche –ya había terminado de tocar- debía partir de vuelta a mi casa. Sin embargo, en mí había un gran deseo por quedarme cerca de la playa. No sabía por qué, pero me daban ganas de no irme, y no me marchaba. ¿No estaba cansado? Sí, pero quería que mi cuerpo y mi mente estén allí, como haciéndole compañía a la luna, a las estrellas, al viento que me despeinaba, y que sacudía mis fantasías e ilusiones, hasta excitarlas, excitándome a mí también, al tiempo que yo esperaba.
Ayer, te volví a encontrar, y mientras charlábamos, me fui dando cuenta, poco a poco, que tú te parecías a la espumita del mar. Me refiero a esa espumita con la que mis manos jugaban, cuando yo era niño. Entonces, me pasaban las horas enteras chapoteando en el agua. ¡Qué días aquellos! Las mañanas me olían a pescado, y algunas veces, las tardes me sonaban a los remos de aquellos hombres rudos, que empujaban sus lanchas por las piedras de la playa, y que se hacían a la mar, para sumergir sus redes, y así ver de encontrar el pan cotidiano.
Tu llegada, aunque no me lo creas, produjo en mí una gran emoción. Por eso, me quedé conversando contigo tanto rato, bajo las estrellas de tus palabras, y en medio del calor de aquella agua con la que calentabas el café, que daba aroma a la brisa del bohemio aire de tu voz. ¿De cuántas cosas no habremos hablado, no? Sí, sí, pero, el tiempo se pasó volando, como el viento de esas noches, en las que yo me quedaba esperando, y bueno, como te acordarás, nos tuvimos que despedir.
Aunque me hubiera querido quedar, yo me fui, y cuando me dormí empecé a soñar con aquella espumita. Ya no recuerdo cómo empezó aquel sueño, pero sí tengo muy presente la escena. Ella estaba a mi lado, y me hablaba de cosas tiernas, de cosas que no siempre me han dicho con tanta dulzura. Tenía forma de mujer madura. Pero, al mismo tiempo, en su interior llevaba a una niña cálida, juguetona.
Yo sentí ganas de abrazarla, y ella me permitió hacerlo. Mis dedos empezaron a jugar con su pelo, y en un gesto muy suyo, la espumita acomodó su cabeza, sobre mi hombro, como para que mis dedos pudiesen jugar mejor, al tiempo que ella gorgojeaba.
Después de ello, mis manos descubrieron su cara, y recorrieron las húmedas curvas de sus labios. ¡Qué sueño aquel! Sin embargo, te voy a volver a esperar, y cuando vuelvas con las olas, te seguiré contando.
Allí te espero.
No fue casualidad que ayer, en medio del invierno, sintiera un tierno calor. No, no fue casualidad, pues descubrí por qué había estado esperando tanto, pero tanto tiempo, frente al mar, frente a ese mar que tanto nos gusta. ¡Cuánta estética hay en su sonido! ¡Y qué rico huele, cuando uno está a su lado!
Hace tiempo –ya ni me preocupa acordarme de cuanto- yo tocaba teclado en un restaurante que está ubicado frente a la playa. Mientras que la gente escuchaba mis interpretaciones, el solo percibir la brisa de la tarde era para mí algo emocionante, fascinante, mejor dicho: delicioso. Pero, más delicioso aún me resultaba sentir cómo mis melodías eran decoradas, por el lejano sonido del vaivén de las olas que me acompañaban sin cesar. Al acercarse a mis oídos, a mi gusto, aquellas olas mojaban mi imaginación, y ponían en una fantasiosa gota de sal la más grande de las dulzuras que, en esos instantes, mi boca hubiera querido saborear.
Cuando daban las nueve de la noche –ya había terminado de tocar- debía partir de vuelta a mi casa. Sin embargo, en mí había un gran deseo por quedarme cerca de la playa. No sabía por qué, pero me daban ganas de no irme, y no me marchaba. ¿No estaba cansado? Sí, pero quería que mi cuerpo y mi mente estén allí, como haciéndole compañía a la luna, a las estrellas, al viento que me despeinaba, y que sacudía mis fantasías e ilusiones, hasta excitarlas, excitándome a mí también, al tiempo que yo esperaba.
Ayer, te volví a encontrar, y mientras charlábamos, me fui dando cuenta, poco a poco, que tú te parecías a la espumita del mar. Me refiero a esa espumita con la que mis manos jugaban, cuando yo era niño. Entonces, me pasaban las horas enteras chapoteando en el agua. ¡Qué días aquellos! Las mañanas me olían a pescado, y algunas veces, las tardes me sonaban a los remos de aquellos hombres rudos, que empujaban sus lanchas por las piedras de la playa, y que se hacían a la mar, para sumergir sus redes, y así ver de encontrar el pan cotidiano.
Tu llegada, aunque no me lo creas, produjo en mí una gran emoción. Por eso, me quedé conversando contigo tanto rato, bajo las estrellas de tus palabras, y en medio del calor de aquella agua con la que calentabas el café, que daba aroma a la brisa del bohemio aire de tu voz. ¿De cuántas cosas no habremos hablado, no? Sí, sí, pero, el tiempo se pasó volando, como el viento de esas noches, en las que yo me quedaba esperando, y bueno, como te acordarás, nos tuvimos que despedir.
Aunque me hubiera querido quedar, yo me fui, y cuando me dormí empecé a soñar con aquella espumita. Ya no recuerdo cómo empezó aquel sueño, pero sí tengo muy presente la escena. Ella estaba a mi lado, y me hablaba de cosas tiernas, de cosas que no siempre me han dicho con tanta dulzura. Tenía forma de mujer madura. Pero, al mismo tiempo, en su interior llevaba a una niña cálida, juguetona.
Yo sentí ganas de abrazarla, y ella me permitió hacerlo. Mis dedos empezaron a jugar con su pelo, y en un gesto muy suyo, la espumita acomodó su cabeza, sobre mi hombro, como para que mis dedos pudiesen jugar mejor, al tiempo que ella gorgojeaba.
Después de ello, mis manos descubrieron su cara, y recorrieron las húmedas curvas de sus labios. ¡Qué sueño aquel! Sin embargo, te voy a volver a esperar, y cuando vuelvas con las olas, te seguiré contando.
Allí te espero.LA ESPUMA Y TÚ
No fue casualidad que ayer, en medio del invierno, sintiera un tierno calor. No, no fue casualidad, pues descubrí por qué había estado esperando tanto, pero tanto tiempo, frente al mar, frente a ese mar que tanto nos gusta. ¡Cuánta estética hay en su sonido! ¡Y qué rico huele, cuando uno está a su lado!
Hace tiempo –ya ni me preocupa acordarme de cuanto- yo tocaba teclado en un restaurante que está ubicado frente a la playa. Mientras que la gente escuchaba mis interpretaciones, el solo percibir la brisa de la tarde era para mí algo emocionante, fascinante, mejor dicho: delicioso. Pero, más delicioso aún me resultaba sentir cómo mis melodías eran decoradas, por el lejano sonido del vaivén de las olas que me acompañaban sin cesar. Al acercarse a mis oídos, a mi gusto, aquellas olas mojaban mi imaginación, y ponían en una fantasiosa gota de sal la más grande de las dulzuras que, en esos instantes, mi boca hubiera querido saborear.
Cuando daban las nueve de la noche –ya había terminado de tocar- debía partir de vuelta a mi casa. Sin embargo, en mí había un gran deseo por quedarme cerca de la playa. No sabía por qué, pero me daban ganas de no irme, y no me marchaba. ¿No estaba cansado? Sí, pero quería que mi cuerpo y mi mente estén allí, como haciéndole compañía a la luna, a las estrellas, al viento que me despeinaba, y que sacudía mis fantasías e ilusiones, hasta excitarlas, excitándome a mí también, al tiempo que yo esperaba.
Ayer, te volví a encontrar, y mientras charlábamos, me fui dando cuenta, poco a poco, que tú te parecías a la espumita del mar. Me refiero a esa espumita con la que mis manos jugaban, cuando yo era niño. Entonces, me pasaban las horas enteras chapoteando en el agua. ¡Qué días aquellos! Las mañanas me olían a pescado, y algunas veces, las tardes me sonaban a los remos de aquellos hombres rudos, que empujaban sus lanchas por las piedras de la playa, y que se hacían a la mar, para sumergir sus redes, y así ver de encontrar el pan cotidiano.
Tu llegada, aunque no me lo creas, produjo en mí una gran emoción. Por eso, me quedé conversando contigo tanto rato, bajo las estrellas de tus palabras, y en medio del calor de aquella agua con la que calentabas el café, que daba aroma a la brisa del bohemio aire de tu voz. ¿De cuántas cosas no habremos hablado, no? Sí, sí, pero, el tiempo se pasó volando, como el viento de esas noches, en las que yo me quedaba esperando, y bueno, como te acordarás, nos tuvimos que despedir.
Aunque me hubiera querido quedar, yo me fui, y cuando me dormí empecé a soñar con aquella espumita. Ya no recuerdo cómo empezó aquel sueño, pero sí tengo muy presente la escena. Ella estaba a mi lado, y me hablaba de cosas tiernas, de cosas que no siempre me han dicho con tanta dulzura. Tenía forma de mujer madura. Pero, al mismo tiempo, en su interior llevaba a una niña cálida, juguetona.
Yo sentí ganas de abrazarla, y ella me permitió hacerlo. Mis dedos empezaron a jugar con su pelo, y en un gesto muy suyo, la espumita acomodó su cabeza, sobre mi hombro, como para que mis dedos pudiesen jugar mejor, al tiempo que ella gorgojeaba.
Después de ello, mis manos descubrieron su cara, y recorrieron las húmedas curvas de sus labios. ¡Qué sueño aquel! Sin embargo, te voy a volver a esperar, y cuando vuelvas con las olas, te seguiré contando.
Allí te espero.
domingo 11 de mayo de 2008
Un Domingo Especial
¡FELIZ DÍA!
¿Hoy es domingo no? Bueno, y más específicamente, se trata del segundo domingo del mes de Mayo. Voy a encontrarme con mi mamá, y con mis hermanos, para pasar un momento agradable, comiendo un asadito a eso de las dos de la tarde y algo más. Lógicamente, no faltarán los cuentos, las anécdotas, que irán apareciendo alrededor de la sobre mesa, o quizás desde antes de esta, cuando empecemos a brindar por los que están, por los que llamaron, por los que han de llamar, por los que se están demorando, etc.
Ayer, mientras chateaba con algunos amigos, les contaba que una de aquellas cosas de mi infancia, que más recuerdo hasta ahora, eran mis cumpleaños. Para mí –dicho sea de paso nací en Mayo- se trataba de un día muy emocionante, no tanto por los regalos que recibía. Me encantaba el solo pensar que me iban a preparar de comer mi plato favorito; me gustaba mucho sentir que en la casa había un movimiento fuera de lo común. Por la tarde, me iban a visitar mis tías con mis primos, algunos amigos, que inclusive vendrían con sus mamás, y que se quedarían hasta las siete u ocho de la noche, después de cantarme mi Happy Birthday.
Desde las cuatro y media de la tarde, más o menos, el comedor olía riquísimo. Ya a esa hora, la mesa estaba llena de bocaditos que, de solo estar allí, ¡me hacían agüita la boca! Y por su puesto, yo no esperaba que lleguen los invitados para comenzar a darle curso a los sanguchitos, a los canapés y a todo lo que hubiera. El solo hecho de ir a la mesa, y coger uno y otro manjar, creyendo que quizás no me estaban viendo mientras lo hacía, era parte de la emoción que yo experimentaba en el día de mi cumpleaños. “No se han dado cuenta, ¡qué rico!”, me decía yo.
Pero, si hay algo que me trajo una gran nostalgia, al contarles a mis amigos de todo esto, fue el momento en el que todos nos poníamos alrededor de la torta de cumpleaños. Me cantaban el Happy Birthday, y luego yo soplaba las velitas. Como entonces yo percibía la luz, gozaba viendo cómo, en medio de la oscuridad del comedor, al yo soplar las velitas, estas dejaban de alumbrar.
No necesito decir que la promotora, la organizadora, la encargada, la responsable de todas aquellas emociones mías, en el día de mi cumpleaños, era mi mamá. ¡Por las que habrá pasado! Y dicho sea de paso: ¿Qué habrá sentido como madre de un niño ciego? Pero, hoy no quiero hacer ensayo, ni drama, ni filosofía al respecto. Solamente, estoy pensando.
Cuando niño, mi mamá era mi cómplice –tendría que rectificarme y decir que lo sigue siendo- en muchas cosas que únicamente los mejores amigos comparten. Cuántas veces, a medio camino, en el auto, le dije que no quería ir a estudiar, y nos íbamos a pasar la mañana a la casa de alguna de mis tías. A veces nos quedábamos hasta la tarde, para recoger a mis hermanos de su colegio. Recuerdo que nos íbamos a comprar esos discos de 45 revoluciones por minuto, que contenían las canciones que nos gustaban, y que, entonces, empezaban a sonar en mi casa sin cesar. Y cuántas cosas más, ¡que quizás hoy se me olvidan!
Más tarde, cuando esté con ella en la mesa, le voy a contar que, muy temprano, me puse a escribir sobre todo aquello, y seguramente, mis recuerdos se convertirán en motivo de conversación para la sobre mesa. Estoy contento, porque siento que voy a pasar un día agradable, ameno, feliz, y a Dios, gracias le doy por eso. Pero, hay algo que me estoy preguntando: ¿No podría ser hoy miércoles, en vez de domingo?
Para mí, la madre es alguien muy especial todos los días, y cada uno de los días de nuestras vidas. ¡No sé qué más decir!
¿Hoy es domingo no? Bueno, y más específicamente, se trata del segundo domingo del mes de Mayo. Voy a encontrarme con mi mamá, y con mis hermanos, para pasar un momento agradable, comiendo un asadito a eso de las dos de la tarde y algo más. Lógicamente, no faltarán los cuentos, las anécdotas, que irán apareciendo alrededor de la sobre mesa, o quizás desde antes de esta, cuando empecemos a brindar por los que están, por los que llamaron, por los que han de llamar, por los que se están demorando, etc.
Ayer, mientras chateaba con algunos amigos, les contaba que una de aquellas cosas de mi infancia, que más recuerdo hasta ahora, eran mis cumpleaños. Para mí –dicho sea de paso nací en Mayo- se trataba de un día muy emocionante, no tanto por los regalos que recibía. Me encantaba el solo pensar que me iban a preparar de comer mi plato favorito; me gustaba mucho sentir que en la casa había un movimiento fuera de lo común. Por la tarde, me iban a visitar mis tías con mis primos, algunos amigos, que inclusive vendrían con sus mamás, y que se quedarían hasta las siete u ocho de la noche, después de cantarme mi Happy Birthday.
Desde las cuatro y media de la tarde, más o menos, el comedor olía riquísimo. Ya a esa hora, la mesa estaba llena de bocaditos que, de solo estar allí, ¡me hacían agüita la boca! Y por su puesto, yo no esperaba que lleguen los invitados para comenzar a darle curso a los sanguchitos, a los canapés y a todo lo que hubiera. El solo hecho de ir a la mesa, y coger uno y otro manjar, creyendo que quizás no me estaban viendo mientras lo hacía, era parte de la emoción que yo experimentaba en el día de mi cumpleaños. “No se han dado cuenta, ¡qué rico!”, me decía yo.
Pero, si hay algo que me trajo una gran nostalgia, al contarles a mis amigos de todo esto, fue el momento en el que todos nos poníamos alrededor de la torta de cumpleaños. Me cantaban el Happy Birthday, y luego yo soplaba las velitas. Como entonces yo percibía la luz, gozaba viendo cómo, en medio de la oscuridad del comedor, al yo soplar las velitas, estas dejaban de alumbrar.
No necesito decir que la promotora, la organizadora, la encargada, la responsable de todas aquellas emociones mías, en el día de mi cumpleaños, era mi mamá. ¡Por las que habrá pasado! Y dicho sea de paso: ¿Qué habrá sentido como madre de un niño ciego? Pero, hoy no quiero hacer ensayo, ni drama, ni filosofía al respecto. Solamente, estoy pensando.
Cuando niño, mi mamá era mi cómplice –tendría que rectificarme y decir que lo sigue siendo- en muchas cosas que únicamente los mejores amigos comparten. Cuántas veces, a medio camino, en el auto, le dije que no quería ir a estudiar, y nos íbamos a pasar la mañana a la casa de alguna de mis tías. A veces nos quedábamos hasta la tarde, para recoger a mis hermanos de su colegio. Recuerdo que nos íbamos a comprar esos discos de 45 revoluciones por minuto, que contenían las canciones que nos gustaban, y que, entonces, empezaban a sonar en mi casa sin cesar. Y cuántas cosas más, ¡que quizás hoy se me olvidan!
Más tarde, cuando esté con ella en la mesa, le voy a contar que, muy temprano, me puse a escribir sobre todo aquello, y seguramente, mis recuerdos se convertirán en motivo de conversación para la sobre mesa. Estoy contento, porque siento que voy a pasar un día agradable, ameno, feliz, y a Dios, gracias le doy por eso. Pero, hay algo que me estoy preguntando: ¿No podría ser hoy miércoles, en vez de domingo?
Para mí, la madre es alguien muy especial todos los días, y cada uno de los días de nuestras vidas. ¡No sé qué más decir!
miércoles 7 de mayo de 2008
Colaboración
Esta es una colaboración de nuestra amiga Lupita Vessi de Monterrey, México
Carta de un ciego a un vidente.
Soy un ser humano como tú, pero perdí la vista. Te doy una serie de sugerencias que harán todo más fácil para mí:
Sé de lo más natural conmigo, compórtate sin morbo o lástima.
Cuando estemos en el mismo cuarto, di tu nombre para que yo sepa quien eres tú.
Si estoy con un grupo de personas y te diriges a mí, di mi nombre.
Puedes usar, sin que te cause problemas, palabras como "ciego". "ver", "mirar", etc.
Para caminar no me tomes del brazo, permite que yo te tome a ti de tu brazo.
Cuando estemos frente a escaleras, piedras sueltas o cualquier obstáculo, indícamelo.
Si voy a sentarme, dirige mi mano hacia el respaldo de la silla.
Si hay un pasamanos, dirige mi mano hacia la dirección correcta.
Dime algo acerca de los lugares en donde estamos, como son las cosas y que es lo que sucede.
No uses el claxon del coche para indicarme que puedo pasar, pues me asustas.
Si me ves en un cruce de calle, me daría mucho gusto que me ofrecieras tu ayuda.
Si camino frente a ti, muévete hacia un lado para evitar chocar.
Si usas bicicleta, toca el timbre, para que yo sepa que vienes.
Si estoy en alguna parada de autobús, puedes ayudarme a tomar mi ruta.
Si observas que en medio de un tumulto corro peligro, Ayúdame por favor.
Si hay mucho tráfico de gente, ruido y desorden, agradeceré si me ofreces tu ayuda.
Si en una reunión hay comida difícil de partir, agradeceré tu ayuda.
No dejes puertas abiertas, podría lastimarme.
Si hablas conmigo no mires a mi acompañante, sino a mí.
Háblame con el mismo tono de voz que empleas habitualmente.
Carta de un ciego a un vidente.
Soy un ser humano como tú, pero perdí la vista. Te doy una serie de sugerencias que harán todo más fácil para mí:
Sé de lo más natural conmigo, compórtate sin morbo o lástima.
Cuando estemos en el mismo cuarto, di tu nombre para que yo sepa quien eres tú.
Si estoy con un grupo de personas y te diriges a mí, di mi nombre.
Puedes usar, sin que te cause problemas, palabras como "ciego". "ver", "mirar", etc.
Para caminar no me tomes del brazo, permite que yo te tome a ti de tu brazo.
Cuando estemos frente a escaleras, piedras sueltas o cualquier obstáculo, indícamelo.
Si voy a sentarme, dirige mi mano hacia el respaldo de la silla.
Si hay un pasamanos, dirige mi mano hacia la dirección correcta.
Dime algo acerca de los lugares en donde estamos, como son las cosas y que es lo que sucede.
No uses el claxon del coche para indicarme que puedo pasar, pues me asustas.
Si me ves en un cruce de calle, me daría mucho gusto que me ofrecieras tu ayuda.
Si camino frente a ti, muévete hacia un lado para evitar chocar.
Si usas bicicleta, toca el timbre, para que yo sepa que vienes.
Si estoy en alguna parada de autobús, puedes ayudarme a tomar mi ruta.
Si observas que en medio de un tumulto corro peligro, Ayúdame por favor.
Si hay mucho tráfico de gente, ruido y desorden, agradeceré si me ofreces tu ayuda.
Si en una reunión hay comida difícil de partir, agradeceré tu ayuda.
No dejes puertas abiertas, podría lastimarme.
Si hablas conmigo no mires a mi acompañante, sino a mí.
Háblame con el mismo tono de voz que empleas habitualmente.
sábado 3 de mayo de 2008
Relatos Domingueros
EL PUENTE QUE NOS FALTA.
¡Ah, la infancia! Yo recuerdo aquella época –corrían los últimos años de la década de los 60- en medio de una mezcla de alegrías que atrás quedaron, y penas que, sin embargo, no han logrado silenciar los ecos de un mundo de ilusiones ¿visuales? que en mi niñez yo abrigaba con todas mis fuerzas, para darles todo mi calor, suponiendo en mi inocencia de niño que a mayor calor menor sería el trecho entre mi realidad y aquellas ilusiones. Desde ese entonces, llegan hoy hacia mí, como transportados por el mágico toque de un instante de nostalgia, la frescura de la pradera donde yo jugaba, la intensidad de momentos imborrables como los que viví tanto en los días previos a mi viaje, en las horas de mi graduación, cuando tuve el micrófono de una grabadora en mis manos por primera vez, y cuando, ya de adolescente, besé también por primera vez a Alejandra.
Miguel -hace poco me lo encontré- también era un niño por aquel entonces; estudiaba en mi escuela, compartíamos el mismo salón, hablábamos de football -por esa época se jugaba el mundial de Méjico 70- y también comentábamos acerca de otros deportes. Ahora -¡fíjate cuanto tiempo ha pasado!- él es el director de un centro de educación especial, y seguro que no se acostumbra a tener que ponerle fin a los partidos cuando la hora de estudiar llega, como lo hacían los profesores nuestros. Cuánto me alegra ver los progresos de aquel (director) amigo, y cuánto hay por rescatar de su esfuerzo. Cuando niño su condición era de las más humildes. Mientras yo vivía en mi casa, con mis padres y mis hermanos, él tuvo que vivir interno en nuestra escuela, y sin embargo, jamás se rindió pese a la dureza de los golpes que le dio la vida. Con ello, él daba, quizás sin saberlo, una lección de fortaleza para quien la pueda necesitar, y años más tarde se convertiría en una fuente de consideración y respeto, para mí.
El reencuentro con él se produjo en un taller sobre ceguera. Cuando le tocó el turno al tema de educación, Miguel (el señor director) pidió la palabra y me enteré que estaba allí al escuchar su voz. Ello me llenó de una gran satisfacción, que pude exteriorizar al momento que nos saludamos, en el refrigerio. Los recuerdos se hicieron presentes en nuestra conversación. Estos no podían esperar más después de tanto tiempo.
--Yo he pasado una de penurias—me decía él al evocar aquellos días de nuestra infancia.. Pero, aquí estoy, dándole y dándole.
--¿A la pelota?—le pregunté, recordando esos partidos de antaño; y una a una, las anécdotas, los cuentos, las situaciones entonces vividas, brotaban entre risas, que no tenían cuando cesar.
Hoy todo es distinto. Nuestro centro de educación –su nombre es Santa Lucía- ya no queda en el mismo lugar. Lógicamente, en cuanto a cada uno de nosotros, los años –yo ya estoy a punto de entrar a los ¡sin cuenta!- nos han dejado sus huellas al pasar, y se han encargado de enseñarnos lecciones que a lo mejor ni pensábamos aprender, por esos días, mientras andábamos repitiendo toda una hilera de refranes, para aprobar el examen, sin sospechar la vigencia de estos.
Cuando niño, Miguel era bueno con la pelota. Ahora no sé qué tan bueno será. Entonces, ya en el juego se le notaba empeñoso; era un tipo de carácter, que difícilmente se doblegaba –pensar que algunos se caen como trapos viejos- a la hora de perder el balón. Él persistía, hasta que lo recuperaba.
--¿Te acuerdas de Eric y Juan Carlos ?—le pregunté.
--¡Pero, cómo me voy a olvidar de ellos!—me respondió emocionado, el ahora Director.. ¡Esa gente! ¡Esos tiempos! ¡Cuánto por recordar!
Yo en cambio, no era nada bueno con la pelota, contrariamente a lo que pudiese creer, y jugaba en los ratos de recreo; hacía mis cositas porque la pelota tenía tapas de botellas en el interior, lo cual me permitía escuchar por dónde esta iba rodando, para perseguirla. Pero, definitivamente, lo mío –la verdad sea dicha- era la música, que empezó siendo un pasatiempo y que años más tarde se convertiría en mi medio de vida. Antes tocaba el piano para las tías que llegaban a mi casa a tomar el te con mi mamá.
Hoy, como profesionales –él es educador y yo sociólogo- los dos tendríamos mucho que conversar. Eso quedó en evidencia desde el primer momento, en aquel pequeño, pero, gratísimo reencuentro. De hecho que no son pocas las experiencias, que en el curso de los años han ido nutriendo los puntos de vista, que en la actualidad los dos pudiésemos haber acumulado –él tiene baja visión- acerca de la problemática de la ceguera y visión subnormal; y por ello quedamos en volvernos a encontrar, para seguir la conversa.
Ayer, precisamente ayer por la mañana, revisaba mis correos electrónicos, y de pronto recibí la llamada de Miguel, para coordinar el día y fecha de nuestro próximo encuentro. Yo estoy seguro que, también en este, lo primero que a de aflorar serán los nombres de fulanito, menganito y perencejo; y no me cabe la menor duda que volveremos a hablar del señor que una vez nos vino a visitar desde el Brasil, o de aquella tarde en la que perdimos el tapón de la colchoneta de la alemana, en el fondo de la piscina. Pero, a todo esto, también sé que, llegado el momento, aprovecharemos –será necesario aprovechar la oportunidad- para hablar de nuestra realidad, así como del significado y las múltiples implicancias que el hecho de ver poco o simplemente de no ver tienen en ella.
Quizás, en un principio, hablemos de cosas que ya todos sabemos.
--Esta realidad ya me tiene harto—
--¡Qué me vas a decir a mí de eso! Ser ciego en este país es una... m.—-
--Seguro. ¿No te revienta que te tomen como ciudadano de segundilla, por el hecho de no ver?—
--¡Ah, es que no te he contado! Resulta que hace poco, me creyeron mendigo—
Ya te contaré.
Desde hace un tiempo, yo tengo una idea –a veces pienso que es una sensación- que en el próximo encuentro pienso compartir con Miguel, y es que ya debemos terminar con el festival del diagnóstico en el que nos hemos quedado atracados. Yo creo que ya se criticó lo suficiente a la realidad de las personas ciegas y que ahora hay que encontrar la forma de cambiar esa realidad tan criticada, para reemplazarla por otra que sea inclusiva y en la que todos tengamos un lugar. Pero también creo firmemente que para cambiar nuestra realidad – y eso quiero remarcarlo – los primeros que tenemos que cambiar somos los ciegos mismos.
Al ver la situación en la que estamos, y sobre todo al experimentar en carne propia lo profundo de nuestra problemática, me resulta muy difícil creer que no podamos ser capaces de dejar de lado nuestros egoísmos, nuestros apetitos individuales. “¿Qué tiene que ver la falta de vista con nuestra incapacidad de unirnos?”, me pregunto sin cesar, y me vuelvo a interrogar: “¿No debería la ceguera ser más bien un motivo de unión de todos, considerando las implicancias de esta?”
En todos los campos de la actividad humana, y en todos los terrenos –el de la discapacidad no es el único- la experiencia es la misma; sin la unión de quienes están interesados en lograr algo nada es posible. En nuestro caso, se supone que anhelamos llegar a otro nivel de vida dejando atrás de una vez por todas el fango de la postergación, marginalidad, falta de oportunidades e indiferencia en el que hasta hoy se hunden nuestros bastones. Alcanzar ello, aún cuando es difícil no tendría porque ser imposible si es que empezamos nosotros por cambiar de actitud. Hacerlo nos permitirá construir un puente que mucha falta nos hace para pasar sobre la ignorancia y la falta de solidaridad y comprensión y para acabar con aquel viejo refrán que reza: “Del dicho al hecho hay mucho trecho”. Si no construimos ese puente nos quedaremos sin poderlo cruzar.
Lic. Luis Hernández Patiño
Sociólogo
Lima- Perú
EL PUENTE QUE NOS FALTA.
¡Ah, la infancia! Yo recuerdo aquella época –corrían los últimos años de la década de los 60- en medio de una mezcla de alegrías que atrás quedaron, y penas que, sin embargo, no han logrado silenciar los ecos de un mundo de ilusiones ¿visuales? que en mi niñez yo abrigaba con todas mis fuerzas, para darles todo mi calor, suponiendo en mi inocencia de niño que a mayor calor menor sería el trecho entre mi realidad y aquellas ilusiones. Desde ese entonces, llegan hoy hacia mí, como transportados por el mágico toque de un instante de nostalgia, la frescura de la pradera donde yo jugaba, la intensidad de momentos imborrables como los que viví tanto en los días previos a mi viaje, en las horas de mi graduación, cuando tuve el micrófono de una grabadora en mis manos por primera vez, y cuando, ya de adolescente, besé también por primera vez a Alejandra.
Miguel -hace poco me lo encontré- también era un niño por aquel entonces; estudiaba en mi escuela, compartíamos el mismo salón, hablábamos de football -por esa época se jugaba el mundial de Méjico 70- y también comentábamos acerca de otros deportes. Ahora -¡fíjate cuanto tiempo ha pasado!- él es el director de un centro de educación especial, y seguro que no se acostumbra a tener que ponerle fin a los partidos cuando la hora de estudiar llega, como lo hacían los profesores nuestros. Cuánto me alegra ver los progresos de aquel (director) amigo, y cuánto hay por rescatar de su esfuerzo. Cuando niño su condición era de las más humildes. Mientras yo vivía en mi casa, con mis padres y mis hermanos, él tuvo que vivir interno en nuestra escuela, y sin embargo, jamás se rindió pese a la dureza de los golpes que le dio la vida. Con ello, él daba, quizás sin saberlo, una lección de fortaleza para quien la pueda necesitar, y años más tarde se convertiría en una fuente de consideración y respeto, para mí.
El reencuentro con él se produjo en un taller sobre ceguera. Cuando le tocó el turno al tema de educación, Miguel (el señor director) pidió la palabra y me enteré que estaba allí al escuchar su voz. Ello me llenó de una gran satisfacción, que pude exteriorizar al momento que nos saludamos, en el refrigerio. Los recuerdos se hicieron presentes en nuestra conversación. Estos no podían esperar más después de tanto tiempo.
--Yo he pasado una de penurias—me decía él al evocar aquellos días de nuestra infancia.. Pero, aquí estoy, dándole y dándole.
--¿A la pelota?—le pregunté, recordando esos partidos de antaño; y una a una, las anécdotas, los cuentos, las situaciones entonces vividas, brotaban entre risas, que no tenían cuando cesar.
Hoy todo es distinto. Nuestro centro de educación –su nombre es Santa Lucía- ya no queda en el mismo lugar. Lógicamente, en cuanto a cada uno de nosotros, los años –yo ya estoy a punto de entrar a los ¡sin cuenta!- nos han dejado sus huellas al pasar, y se han encargado de enseñarnos lecciones que a lo mejor ni pensábamos aprender, por esos días, mientras andábamos repitiendo toda una hilera de refranes, para aprobar el examen, sin sospechar la vigencia de estos.
Cuando niño, Miguel era bueno con la pelota. Ahora no sé qué tan bueno será. Entonces, ya en el juego se le notaba empeñoso; era un tipo de carácter, que difícilmente se doblegaba –pensar que algunos se caen como trapos viejos- a la hora de perder el balón. Él persistía, hasta que lo recuperaba.
--¿Te acuerdas de Eric y Juan Carlos ?—le pregunté.
--¡Pero, cómo me voy a olvidar de ellos!—me respondió emocionado, el ahora Director.. ¡Esa gente! ¡Esos tiempos! ¡Cuánto por recordar!
Yo en cambio, no era nada bueno con la pelota, contrariamente a lo que pudiese creer, y jugaba en los ratos de recreo; hacía mis cositas porque la pelota tenía tapas de botellas en el interior, lo cual me permitía escuchar por dónde esta iba rodando, para perseguirla. Pero, definitivamente, lo mío –la verdad sea dicha- era la música, que empezó siendo un pasatiempo y que años más tarde se convertiría en mi medio de vida. Antes tocaba el piano para las tías que llegaban a mi casa a tomar el te con mi mamá.
Hoy, como profesionales –él es educador y yo sociólogo- los dos tendríamos mucho que conversar. Eso quedó en evidencia desde el primer momento, en aquel pequeño, pero, gratísimo reencuentro. De hecho que no son pocas las experiencias, que en el curso de los años han ido nutriendo los puntos de vista, que en la actualidad los dos pudiésemos haber acumulado –él tiene baja visión- acerca de la problemática de la ceguera y visión subnormal; y por ello quedamos en volvernos a encontrar, para seguir la conversa.
Ayer, precisamente ayer por la mañana, revisaba mis correos electrónicos, y de pronto recibí la llamada de Miguel, para coordinar el día y fecha de nuestro próximo encuentro. Yo estoy seguro que, también en este, lo primero que a de aflorar serán los nombres de fulanito, menganito y perencejo; y no me cabe la menor duda que volveremos a hablar del señor que una vez nos vino a visitar desde el Brasil, o de aquella tarde en la que perdimos el tapón de la colchoneta de la alemana, en el fondo de la piscina. Pero, a todo esto, también sé que, llegado el momento, aprovecharemos –será necesario aprovechar la oportunidad- para hablar de nuestra realidad, así como del significado y las múltiples implicancias que el hecho de ver poco o simplemente de no ver tienen en ella.
Quizás, en un principio, hablemos de cosas que ya todos sabemos.
--Esta realidad ya me tiene harto—
--¡Qué me vas a decir a mí de eso! Ser ciego en este país es una... m.—-
--Seguro. ¿No te revienta que te tomen como ciudadano de segundilla, por el hecho de no ver?—
--¡Ah, es que no te he contado! Resulta que hace poco, me creyeron mendigo—
Ya te contaré.
Desde hace un tiempo, yo tengo una idea –a veces pienso que es una sensación- que en el próximo encuentro pienso compartir con Miguel, y es que ya debemos terminar con el festival del diagnóstico en el que nos hemos quedado atracados. Yo creo que ya se criticó lo suficiente a la realidad de las personas ciegas y que ahora hay que encontrar la forma de cambiar esa realidad tan criticada, para reemplazarla por otra que sea inclusiva y en la que todos tengamos un lugar. Pero también creo firmemente que para cambiar nuestra realidad – y eso quiero remarcarlo – los primeros que tenemos que cambiar somos los ciegos mismos.
Al ver la situación en la que estamos, y sobre todo al experimentar en carne propia lo profundo de nuestra problemática, me resulta muy difícil creer que no podamos ser capaces de dejar de lado nuestros egoísmos, nuestros apetitos individuales. “¿Qué tiene que ver la falta de vista con nuestra incapacidad de unirnos?”, me pregunto sin cesar, y me vuelvo a interrogar: “¿No debería la ceguera ser más bien un motivo de unión de todos, considerando las implicancias de esta?”
En todos los campos de la actividad humana, y en todos los terrenos –el de la discapacidad no es el único- la experiencia es la misma; sin la unión de quienes están interesados en lograr algo nada es posible. En nuestro caso, se supone que anhelamos llegar a otro nivel de vida dejando atrás de una vez por todas el fango de la postergación, marginalidad, falta de oportunidades e indiferencia en el que hasta hoy se hunden nuestros bastones. Alcanzar ello, aún cuando es difícil no tendría porque ser imposible si es que empezamos nosotros por cambiar de actitud. Hacerlo nos permitirá construir un puente que mucha falta nos hace para pasar sobre la ignorancia y la falta de solidaridad y comprensión y para acabar con aquel viejo refrán que reza: “Del dicho al hecho hay mucho trecho”. Si no construimos ese puente nos quedaremos sin poderlo cruzar.
Lic. Luis Hernández Patiño
Sociólogo
Lima- Perú
¡Ah, la infancia! Yo recuerdo aquella época –corrían los últimos años de la década de los 60- en medio de una mezcla de alegrías que atrás quedaron, y penas que, sin embargo, no han logrado silenciar los ecos de un mundo de ilusiones ¿visuales? que en mi niñez yo abrigaba con todas mis fuerzas, para darles todo mi calor, suponiendo en mi inocencia de niño que a mayor calor menor sería el trecho entre mi realidad y aquellas ilusiones. Desde ese entonces, llegan hoy hacia mí, como transportados por el mágico toque de un instante de nostalgia, la frescura de la pradera donde yo jugaba, la intensidad de momentos imborrables como los que viví tanto en los días previos a mi viaje, en las horas de mi graduación, cuando tuve el micrófono de una grabadora en mis manos por primera vez, y cuando, ya de adolescente, besé también por primera vez a Alejandra.
Miguel -hace poco me lo encontré- también era un niño por aquel entonces; estudiaba en mi escuela, compartíamos el mismo salón, hablábamos de football -por esa época se jugaba el mundial de Méjico 70- y también comentábamos acerca de otros deportes. Ahora -¡fíjate cuanto tiempo ha pasado!- él es el director de un centro de educación especial, y seguro que no se acostumbra a tener que ponerle fin a los partidos cuando la hora de estudiar llega, como lo hacían los profesores nuestros. Cuánto me alegra ver los progresos de aquel (director) amigo, y cuánto hay por rescatar de su esfuerzo. Cuando niño su condición era de las más humildes. Mientras yo vivía en mi casa, con mis padres y mis hermanos, él tuvo que vivir interno en nuestra escuela, y sin embargo, jamás se rindió pese a la dureza de los golpes que le dio la vida. Con ello, él daba, quizás sin saberlo, una lección de fortaleza para quien la pueda necesitar, y años más tarde se convertiría en una fuente de consideración y respeto, para mí.
El reencuentro con él se produjo en un taller sobre ceguera. Cuando le tocó el turno al tema de educación, Miguel (el señor director) pidió la palabra y me enteré que estaba allí al escuchar su voz. Ello me llenó de una gran satisfacción, que pude exteriorizar al momento que nos saludamos, en el refrigerio. Los recuerdos se hicieron presentes en nuestra conversación. Estos no podían esperar más después de tanto tiempo.
--Yo he pasado una de penurias—me decía él al evocar aquellos días de nuestra infancia.. Pero, aquí estoy, dándole y dándole.
--¿A la pelota?—le pregunté, recordando esos partidos de antaño; y una a una, las anécdotas, los cuentos, las situaciones entonces vividas, brotaban entre risas, que no tenían cuando cesar.
Hoy todo es distinto. Nuestro centro de educación –su nombre es Santa Lucía- ya no queda en el mismo lugar. Lógicamente, en cuanto a cada uno de nosotros, los años –yo ya estoy a punto de entrar a los ¡sin cuenta!- nos han dejado sus huellas al pasar, y se han encargado de enseñarnos lecciones que a lo mejor ni pensábamos aprender, por esos días, mientras andábamos repitiendo toda una hilera de refranes, para aprobar el examen, sin sospechar la vigencia de estos.
Cuando niño, Miguel era bueno con la pelota. Ahora no sé qué tan bueno será. Entonces, ya en el juego se le notaba empeñoso; era un tipo de carácter, que difícilmente se doblegaba –pensar que algunos se caen como trapos viejos- a la hora de perder el balón. Él persistía, hasta que lo recuperaba.
--¿Te acuerdas de Eric y Juan Carlos ?—le pregunté.
--¡Pero, cómo me voy a olvidar de ellos!—me respondió emocionado, el ahora Director.. ¡Esa gente! ¡Esos tiempos! ¡Cuánto por recordar!
Yo en cambio, no era nada bueno con la pelota, contrariamente a lo que pudiese creer, y jugaba en los ratos de recreo; hacía mis cositas porque la pelota tenía tapas de botellas en el interior, lo cual me permitía escuchar por dónde esta iba rodando, para perseguirla. Pero, definitivamente, lo mío –la verdad sea dicha- era la música, que empezó siendo un pasatiempo y que años más tarde se convertiría en mi medio de vida. Antes tocaba el piano para las tías que llegaban a mi casa a tomar el te con mi mamá.
Hoy, como profesionales –él es educador y yo sociólogo- los dos tendríamos mucho que conversar. Eso quedó en evidencia desde el primer momento, en aquel pequeño, pero, gratísimo reencuentro. De hecho que no son pocas las experiencias, que en el curso de los años han ido nutriendo los puntos de vista, que en la actualidad los dos pudiésemos haber acumulado –él tiene baja visión- acerca de la problemática de la ceguera y visión subnormal; y por ello quedamos en volvernos a encontrar, para seguir la conversa.
Ayer, precisamente ayer por la mañana, revisaba mis correos electrónicos, y de pronto recibí la llamada de Miguel, para coordinar el día y fecha de nuestro próximo encuentro. Yo estoy seguro que, también en este, lo primero que a de aflorar serán los nombres de fulanito, menganito y perencejo; y no me cabe la menor duda que volveremos a hablar del señor que una vez nos vino a visitar desde el Brasil, o de aquella tarde en la que perdimos el tapón de la colchoneta de la alemana, en el fondo de la piscina. Pero, a todo esto, también sé que, llegado el momento, aprovecharemos –será necesario aprovechar la oportunidad- para hablar de nuestra realidad, así como del significado y las múltiples implicancias que el hecho de ver poco o simplemente de no ver tienen en ella.
Quizás, en un principio, hablemos de cosas que ya todos sabemos.
--Esta realidad ya me tiene harto—
--¡Qué me vas a decir a mí de eso! Ser ciego en este país es una... m.—-
--Seguro. ¿No te revienta que te tomen como ciudadano de segundilla, por el hecho de no ver?—
--¡Ah, es que no te he contado! Resulta que hace poco, me creyeron mendigo—
Ya te contaré.
Desde hace un tiempo, yo tengo una idea –a veces pienso que es una sensación- que en el próximo encuentro pienso compartir con Miguel, y es que ya debemos terminar con el festival del diagnóstico en el que nos hemos quedado atracados. Yo creo que ya se criticó lo suficiente a la realidad de las personas ciegas y que ahora hay que encontrar la forma de cambiar esa realidad tan criticada, para reemplazarla por otra que sea inclusiva y en la que todos tengamos un lugar. Pero también creo firmemente que para cambiar nuestra realidad – y eso quiero remarcarlo – los primeros que tenemos que cambiar somos los ciegos mismos.
Al ver la situación en la que estamos, y sobre todo al experimentar en carne propia lo profundo de nuestra problemática, me resulta muy difícil creer que no podamos ser capaces de dejar de lado nuestros egoísmos, nuestros apetitos individuales. “¿Qué tiene que ver la falta de vista con nuestra incapacidad de unirnos?”, me pregunto sin cesar, y me vuelvo a interrogar: “¿No debería la ceguera ser más bien un motivo de unión de todos, considerando las implicancias de esta?”
En todos los campos de la actividad humana, y en todos los terrenos –el de la discapacidad no es el único- la experiencia es la misma; sin la unión de quienes están interesados en lograr algo nada es posible. En nuestro caso, se supone que anhelamos llegar a otro nivel de vida dejando atrás de una vez por todas el fango de la postergación, marginalidad, falta de oportunidades e indiferencia en el que hasta hoy se hunden nuestros bastones. Alcanzar ello, aún cuando es difícil no tendría porque ser imposible si es que empezamos nosotros por cambiar de actitud. Hacerlo nos permitirá construir un puente que mucha falta nos hace para pasar sobre la ignorancia y la falta de solidaridad y comprensión y para acabar con aquel viejo refrán que reza: “Del dicho al hecho hay mucho trecho”. Si no construimos ese puente nos quedaremos sin poderlo cruzar.
Lic. Luis Hernández Patiño
Sociólogo
Lima- Perú
EL PUENTE QUE NOS FALTA.
¡Ah, la infancia! Yo recuerdo aquella época –corrían los últimos años de la década de los 60- en medio de una mezcla de alegrías que atrás quedaron, y penas que, sin embargo, no han logrado silenciar los ecos de un mundo de ilusiones ¿visuales? que en mi niñez yo abrigaba con todas mis fuerzas, para darles todo mi calor, suponiendo en mi inocencia de niño que a mayor calor menor sería el trecho entre mi realidad y aquellas ilusiones. Desde ese entonces, llegan hoy hacia mí, como transportados por el mágico toque de un instante de nostalgia, la frescura de la pradera donde yo jugaba, la intensidad de momentos imborrables como los que viví tanto en los días previos a mi viaje, en las horas de mi graduación, cuando tuve el micrófono de una grabadora en mis manos por primera vez, y cuando, ya de adolescente, besé también por primera vez a Alejandra.
Miguel -hace poco me lo encontré- también era un niño por aquel entonces; estudiaba en mi escuela, compartíamos el mismo salón, hablábamos de football -por esa época se jugaba el mundial de Méjico 70- y también comentábamos acerca de otros deportes. Ahora -¡fíjate cuanto tiempo ha pasado!- él es el director de un centro de educación especial, y seguro que no se acostumbra a tener que ponerle fin a los partidos cuando la hora de estudiar llega, como lo hacían los profesores nuestros. Cuánto me alegra ver los progresos de aquel (director) amigo, y cuánto hay por rescatar de su esfuerzo. Cuando niño su condición era de las más humildes. Mientras yo vivía en mi casa, con mis padres y mis hermanos, él tuvo que vivir interno en nuestra escuela, y sin embargo, jamás se rindió pese a la dureza de los golpes que le dio la vida. Con ello, él daba, quizás sin saberlo, una lección de fortaleza para quien la pueda necesitar, y años más tarde se convertiría en una fuente de consideración y respeto, para mí.
El reencuentro con él se produjo en un taller sobre ceguera. Cuando le tocó el turno al tema de educación, Miguel (el señor director) pidió la palabra y me enteré que estaba allí al escuchar su voz. Ello me llenó de una gran satisfacción, que pude exteriorizar al momento que nos saludamos, en el refrigerio. Los recuerdos se hicieron presentes en nuestra conversación. Estos no podían esperar más después de tanto tiempo.
--Yo he pasado una de penurias—me decía él al evocar aquellos días de nuestra infancia.. Pero, aquí estoy, dándole y dándole.
--¿A la pelota?—le pregunté, recordando esos partidos de antaño; y una a una, las anécdotas, los cuentos, las situaciones entonces vividas, brotaban entre risas, que no tenían cuando cesar.
Hoy todo es distinto. Nuestro centro de educación –su nombre es Santa Lucía- ya no queda en el mismo lugar. Lógicamente, en cuanto a cada uno de nosotros, los años –yo ya estoy a punto de entrar a los ¡sin cuenta!- nos han dejado sus huellas al pasar, y se han encargado de enseñarnos lecciones que a lo mejor ni pensábamos aprender, por esos días, mientras andábamos repitiendo toda una hilera de refranes, para aprobar el examen, sin sospechar la vigencia de estos.
Cuando niño, Miguel era bueno con la pelota. Ahora no sé qué tan bueno será. Entonces, ya en el juego se le notaba empeñoso; era un tipo de carácter, que difícilmente se doblegaba –pensar que algunos se caen como trapos viejos- a la hora de perder el balón. Él persistía, hasta que lo recuperaba.
--¿Te acuerdas de Eric y Juan Carlos ?—le pregunté.
--¡Pero, cómo me voy a olvidar de ellos!—me respondió emocionado, el ahora Director.. ¡Esa gente! ¡Esos tiempos! ¡Cuánto por recordar!
Yo en cambio, no era nada bueno con la pelota, contrariamente a lo que pudiese creer, y jugaba en los ratos de recreo; hacía mis cositas porque la pelota tenía tapas de botellas en el interior, lo cual me permitía escuchar por dónde esta iba rodando, para perseguirla. Pero, definitivamente, lo mío –la verdad sea dicha- era la música, que empezó siendo un pasatiempo y que años más tarde se convertiría en mi medio de vida. Antes tocaba el piano para las tías que llegaban a mi casa a tomar el te con mi mamá.
Hoy, como profesionales –él es educador y yo sociólogo- los dos tendríamos mucho que conversar. Eso quedó en evidencia desde el primer momento, en aquel pequeño, pero, gratísimo reencuentro. De hecho que no son pocas las experiencias, que en el curso de los años han ido nutriendo los puntos de vista, que en la actualidad los dos pudiésemos haber acumulado –él tiene baja visión- acerca de la problemática de la ceguera y visión subnormal; y por ello quedamos en volvernos a encontrar, para seguir la conversa.
Ayer, precisamente ayer por la mañana, revisaba mis correos electrónicos, y de pronto recibí la llamada de Miguel, para coordinar el día y fecha de nuestro próximo encuentro. Yo estoy seguro que, también en este, lo primero que a de aflorar serán los nombres de fulanito, menganito y perencejo; y no me cabe la menor duda que volveremos a hablar del señor que una vez nos vino a visitar desde el Brasil, o de aquella tarde en la que perdimos el tapón de la colchoneta de la alemana, en el fondo de la piscina. Pero, a todo esto, también sé que, llegado el momento, aprovecharemos –será necesario aprovechar la oportunidad- para hablar de nuestra realidad, así como del significado y las múltiples implicancias que el hecho de ver poco o simplemente de no ver tienen en ella.
Quizás, en un principio, hablemos de cosas que ya todos sabemos.
--Esta realidad ya me tiene harto—
--¡Qué me vas a decir a mí de eso! Ser ciego en este país es una... m.—-
--Seguro. ¿No te revienta que te tomen como ciudadano de segundilla, por el hecho de no ver?—
--¡Ah, es que no te he contado! Resulta que hace poco, me creyeron mendigo—
Ya te contaré.
Desde hace un tiempo, yo tengo una idea –a veces pienso que es una sensación- que en el próximo encuentro pienso compartir con Miguel, y es que ya debemos terminar con el festival del diagnóstico en el que nos hemos quedado atracados. Yo creo que ya se criticó lo suficiente a la realidad de las personas ciegas y que ahora hay que encontrar la forma de cambiar esa realidad tan criticada, para reemplazarla por otra que sea inclusiva y en la que todos tengamos un lugar. Pero también creo firmemente que para cambiar nuestra realidad – y eso quiero remarcarlo – los primeros que tenemos que cambiar somos los ciegos mismos.
Al ver la situación en la que estamos, y sobre todo al experimentar en carne propia lo profundo de nuestra problemática, me resulta muy difícil creer que no podamos ser capaces de dejar de lado nuestros egoísmos, nuestros apetitos individuales. “¿Qué tiene que ver la falta de vista con nuestra incapacidad de unirnos?”, me pregunto sin cesar, y me vuelvo a interrogar: “¿No debería la ceguera ser más bien un motivo de unión de todos, considerando las implicancias de esta?”
En todos los campos de la actividad humana, y en todos los terrenos –el de la discapacidad no es el único- la experiencia es la misma; sin la unión de quienes están interesados en lograr algo nada es posible. En nuestro caso, se supone que anhelamos llegar a otro nivel de vida dejando atrás de una vez por todas el fango de la postergación, marginalidad, falta de oportunidades e indiferencia en el que hasta hoy se hunden nuestros bastones. Alcanzar ello, aún cuando es difícil no tendría porque ser imposible si es que empezamos nosotros por cambiar de actitud. Hacerlo nos permitirá construir un puente que mucha falta nos hace para pasar sobre la ignorancia y la falta de solidaridad y comprensión y para acabar con aquel viejo refrán que reza: “Del dicho al hecho hay mucho trecho”. Si no construimos ese puente nos quedaremos sin poderlo cruzar.
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