LA INTERROGANTE
Nunca se lo habían preguntado así, en una forma tan directa, como ella lo había hecho en esa noche: “¿Me tocas?”.
En sus fantasías, Carmelo siempre había experimentado algo distinto. Él era quien tomaba la iniciativa, con una gran seguridad y aplomo que eran dignos de asombro. “Ahora te voy a tocar toda, mi amor”, le solía decir a la hembra que estuviese en los brazos de su imaginación.
Podría decirse hembras, en plural, porque Carmelo se alucinaba todo un play boy; y según su propia invención, eran varias las chicas que lo deseaban, sin hacerle ni una sola interrogante, como la que su amiga le había formulado en esa noche, en medio del vino y los poemas que ella le había estado leyendo.
Entonces, ya no era una cuestión de pura fantasía suya. Se trataba de una interrogante bien concreta; y frente a ella, él también se cuestionaba. ¿Pero estaba dispuesto a hacerlo? ¿No había en él algo de inseguridad? ¿Habría empezado a sudar Carmelo? ¿Le temblaría la voz, si dijera algo?
Cuando niño, movido por la curiosidad, Carmelito había entrado en varias ocasiones al cuarto donde dormían sus hermanas. Buscaba la oportunidad de coger una de las muñecas de plástico con las que ellas jugaban; pero, desafortunadamente, aquella oportunidad no siempre se le presentaba, ya que, si no era la mamá, era la tía, la abuela, o alguna de sus hermanas que, de un momento a otro, se aparecía, y le preguntaba:
--¿Qué quieres con esa muñeca?
--Eh, bueno, yo…. –él trataba de responder-. Es que yo...
Por supuesto que el niño no se atrevía a decir ni una sola palabra de lo que estaba planeando; y menos, de lo que estaba sintiendo. No, cómo iba a contar que en el interior de su cuerpo había una gran curiosidad, que le quemaba más de lo que hubiera podido quemar Roma, en la época del incendiario Nerón.
Pero, Carmelo seguía buscando el momento, el cual debía ser el más adecuado, para ingresar, y realizar lo que tenía pensado: “Tengo que tocar esa muñeca, porque quiero saber”.
Sus primos podían verla mediante fotos, películas pornográficas, o a través de la ventanita del baño mientras ella se estaba duchando. No tenían la peculiar necesidad de preguntarle a nadie cómo era la vagina de una mujer, o si esta tenía pelos, para aunque sea así imaginársela lo más cercanamente posible a la realidad.
Carmelo, en cambio, tenía que preguntar; pero, como sus interrogantes en ciertas ocasiones eran motivo de risa, y hasta de burlas por parte de sus primos, o conocidos del barrio, él prefería quedarse sumergido en un silencio lleno de curiosidad: “¡Claro que la vagina tiene pelos pues huevón!”, le decían. “Los tiene ensortijados, como un arbusto negro que cubre una fuente húmeda”.
Una mañana, se le ocurrió llamar a los diferentes miembros de su familia, para ver si le podían ayudar a encontrar algo que se le había caído; pero; no obtuvo respuesta. “Ah, parece que no hubiese nadie”, se dijo, y abrió sus oídos lo más que pudo, para cerciorarse que estaba solo en el segundo piso de su casa. “No, no se oye nada”, afirmó.
Según la hora, sus hermanas ya se habían ido al colegio, su mamá había salido de compras, y su abuela estaba en la mesa del comedor de diario, tomando su desayuno. Después de ello, la señora iba a leer su periódico en la sala, como lo hacía cada mañana, por costumbre, así que no iba a subir.
Con todas esas seguridades, y luego de quitarse los zapatos para que sus pasos no suenen, Carmelo ingresó al cuarto de sus hermanas. “Ahora es cuando”, pensó. “No tengo tiempo que perder. No vaya a ser que mi abuela quiera... No, no, tengo que actuar rápido; sí, bien, ¡pero bien rápido!”.
Se dirigió al closet que estaba al lado derecho de la puerta, frente a la ventana; y aunque casi se golpea la nariz con una de las maderas que había en el interior, cogió la primera muñeca que encontró. “Aquí estás”, le dijo en una voz baja, pero emocionada, y la sacó. “Ven conmigo, vamos, ven. Mi abuela está tosiendo, pero no va a subir así que ni te preocupes”.
Impulsado por una gran curiosidad, la tomó entre sus brazos. En su intento por empezar a convertir en realidad más de una de sus fantasías, la besó, como se besa a una amante, aunque la boca de ella era de plástico.
Para besarla, él procedió en la forma que su intuición le dictaba. Según su imaginación, darle un beso consistía en poner sus labios sobre los de ella, y hacer un sonido, como el que escuchaba en las novelas que su mamá veía, en el televisor que estaba en el comedor. No le habían explicado que, al momento de besar, los labios de ambos habrían de formar una cruz llena de una húmeda y ardiente pasión que, muchas veces, deja sin habla, como cuando el lector de pantalla se alborota, y no da ni los buenos días.
Ya en su cuarto, cerró la puerta, la puso en su cama, y le quitó la ropa. La muñeca no andaba buscando ninguna respuesta, ni le hizo pregunta alguna al momento de estar a solas con él. Pero, Carmelo sí se preguntaba; y lamentablemente, ella no le iba a poder responder.
Pensó por dónde empezar; y luego de un buen rato, se decidió por la cabeza. Puso su mano sobre esta, pero descubrió que, a fin de cuentas, allí no había nada extraordinario. Los pelos de esa parte se parecían a los que habían en la cabeza de su mamá, o en la de sus hermanas.
Le tocó la boca, pero no se la iba a poder abrir, como lo hacía con una perrita de dos meses, que no tenía dientes, y que, con su lengüita, le lamía un dedo, aquel con el que leía en Braille, succionándoselo en una forma tal que lo llegaba a excitar. Qué rico sentía él, cuando aquella perrita le chupaba aunque fuera el dedo.
Continuó, bajando con sus manos; y de repente, se encontró con un par de cosas de plástico que, definitivamente, no le iban a dar una verdadera noción de lo que pudiera ser un buen par de tetas. Para conocer cómo eran estas, las tendría que tocar, en tiempo real, y él había tratado de hacerlo en su colegio pero, solamente, por encima de la ropa de una amiguita, cuando esta se le acercó, y entonces él aprovechó la falta de vista de ella, para rozarla.
Por unos instantes, su tendencia a la fantasía lo distrajo. Se puso a viajar mentalmente; pero, al rato volvió, y la muñeca estaba allí, como esperándolo, como esperando que el cigarrillo de la incertidumbre, y la curiosidad, se consuma por sí mismo.
De los senos, él pasó a tocarle los pies. Pero, estos no eran iguales a los de sus tías, ni a los de su mamá que Él conocía porque, ante la falta de vista, para tocarlos no había tenido que cometer ninguna falta. Solamente había tenido que hacer de curioso, y estirar la mano, cuando estos estaban accesibles, sobre una cama, o sobre una toalla en la arena de la playa.
Los pies de ellas tenían la capacidad de despertar en él una atracción muy peculiar, mediante el tacto. Carmelo se excitaba con solo sentir el calor, y la suavidad de la piel de estos, y mayor era el placer que experimentaba, si nadie le decía nada, mientras los recorría con sus dedos, desde los talones hasta las uñas, pasando por las plantas. Por eso, dejó de lado los pequeños pies de plástico de la muñeca, y decidió empezar a subir. “A ver qué hay por aquí”, se dijo.
En las piernas de esta, no encontró nada de nada, más que plástico; y en aquella vagina, bueno, bueno, en aquella vagina lo único que halló fue un tremendo desencanto. ¿Dónde estaban los pelos? ¿Y donde se encontraba el hueco? ¿No estarían entre las piernas de su amiga?
Se lo hubiera podido preguntar; pero, en vez de ello, prefirió responder a la interrogante que ella le había formulado, luego de haberle estado leyendo poemas, que habían sido sazonados con un delicioso vino tinto.
Mientras ella esperaba, él respiró hondo; y aunque algo nervioso, le dijo:
--Sí claro, te voy a tocar.
sábado 19 de julio de 2008
sábado 12 de julio de 2008
Relatos Domingueros
LA RESPUESTA
Le quedaba mucho por conocer. Para Carmelo, la realidad era algo lejano. La había explorado a medias, escuchando, y quería tocar. En ella tenía que haber algo más que una simple voz, más que un olor a esmalte de uñas o fragancia de perfume. Debía haber mucho más que un cuerpo que, al pasar por su lado, le seguía quedando lejos, y por eso, con gran curiosidad, él se preguntaba: “¿Cómo será una mujer?”.
Sus tías, su abuela, jamás le hubieran respondido. “Ay, ¡pero cómo te atreves! No preguntes sobre eso”. Ellas habían crecido sumergidas en profundos tabúes, y temores, que les impedían si quiera ponerse a pensar –menos se hubieran atrevido a hablar- acerca de cómo eran sus cuerpos, acerca de lo que en ellos había. No, no, ¡de eso ni qué decir! “¡Cómo se te ocurre…..”, le hubiesen dicho, y antes de terminar la frase, ya lo hubiesen castigado: “¡Qué mente para más sucia tienes, Carmelito!”.
Entonces, recurría a los comentarios de sus amigos hombres. Les preguntaba todo lo que podía, cuando se los encontraba por el parque, y ellos trataban de explicarle. “Ah, bueno, fíjate que las hembritas tienen tetas. Si están bien formaditas, tienen una cinturita quebrada, y…..”.
--Sí, claro –comentaba él-. Las tetas, es decir, esas cosas que al tocarlas se parecen a dos peras de carne.
En una ocasión, Carmelo se las había rosado con sus manos a una prima. “Discúlpame”, le dijo, fingiendo algo de timidez. Lo había hecho en una forma accidental, pero hubiera querido hacerlo en serio, mientras ella se cambiaba de ropa. “¿Pero eso es todo lo que hay en una mujer?”, se interrogaba a sí mismo. “¿Cómo será lo que tiene entre sus piernas? ¿Se lo podría, se lo debería preguntar? ¿Podré alguna vez tocar eso?”, y su curiosidad se convertía en una angustia, que se ahogaba entre la penumbra de un mundo que gira, en medio de permanentes sombras.
Aquella noche, salió de su clase -era un verano bastante más caluroso que lo usual- y pregunta en mente, empezó a caminar, en medio de un mar de voces –algunas de esas voces estaban dotadas de tetas- que iban y venían, en distintas direcciones, haciendo sonar sus zapatos. Los zapatos de él también hacían ruido, pero dejaron de hacerlo, cuando alguien que lo vio se le acercó, y deteniéndolo, le dijo. “Hola, quiero que me hagas un favor”.
--¿Yo a ti?
--Sí, así es –ella respondió.
--¿Y de qué se trata?” –preguntó Carmelo.
--Necesito que me ayudes a encontrar una respuesta.
--Ah, ¡si tú supieras que yo también ando buscando! –él comentó.
Empezaron a caminar, y atraído por el timbre de la voz de ella, Carmelo le conversaba entusiasmado. Le iba contando acerca de sus estudios, de cómo hacía para movilizarse. En el fondo, le hubiese querido hablar de otra cosa, pero…. “¿Por qué no me atrevo? ¿Acaso ella es una de mis tías?”, se preguntaba, aunque esa no era la interrogante que el deseaba formular.
La respuesta que andaba buscando habría de provenir de otro tipo de pregunta, pero para eso era necesario que él se decida. Al verlo tímido, inseguro, ella decidió ir al grano, y preguntar: “¿Conoces el cuerpo de una mujer?”.
Ninguna amiga se lo había preguntado en una forma tan directa. ¿Y su prima? ¡No, de ninguna manera! Tampoco se lo habían preguntado a ellas mismas, pues de eso no había ni qué hablar, y menos aún, con un chico. ¿Aunque este no vea? No, ni por eso.
--Ehm, bueno, tienes una voz muy bonita -le dijo él.
--Pero mi voz no es todo. Yo no soy solo eso - Clelia comentó-. Y aunque no me lo creas, yo también quisiera descubrir qué hay en mí.
--¿Pero tú que sí ves, no te conoces?
--No, créeme que no, porque mis tías y abuelas, bueno…. ya tú sabes.
--En mi caso también…. tú ya sabes –él comentó-. Jamás me hubiera atrevido a preguntarles. ¿Qué hubieran dicho de mí, te imaginas?
--Sí, por su puesto –dijo ella-. Pero dime, ¿qué es lo que tú quisieras conocer?
--Bueno, qué es lo que hay en una mujer, y cómo es aquello; cómo es aquello que los que sí ven descubren, mediante las fotografías, mediante las películas.
Entraron en un pequeño bar, y disfrutaron de momentos muy agradables, escuchando algo de música, ejecutada al piano por un escocés, quien les tocaba las canciones que le pedían, en medio de unos cuantos tragos. Esos tragos los fueron desinhibiendo, y ella le empezó a contar acerca del lugar. Era un bar inglés, que había estado de moda en los años 70, pero que todavía conservaba sus encantos. En el techo había vigas de madera que iban en forma paralela. El cuero con el que estaban forrados los asientos era marrón.
Mientras la amiga le daba detalles acerca del lugar, él iba jugueteando con sus dedos. Tocaba los botoncitos que decoraban los asientos, y se imaginaba que le estaba peñiscando los pezones a ella. “¿Serán así? ¿Se parecerán?”, se preguntaba, y sus fantasías empezaban a llevarlo lejos; lo acercaban a boca de túneles que nunca antes había visitado, al borde de volcanes que ardían en su imaginación, y en ese bar inglés, él sentía que se quemaba.
La primera vez que el mesero se acercó, la amiga leyó la lista en voz alta para que Carmelo se entere de lo que había, y conforme avanzaba la noche, fueron pidiendo uno y otro whisky en las rocas. Él seguía ardiendo por dentro. ¿Y ella? ¿Es que solo pensaba en lo visual que había en el ambiente? ¿No había una respuesta que ella también quería encontrar?
Al poco rato, Clelia le propuso: “Vamos a mi casa”, y volvieron a caminar por una avenida amplia que el muy pronto identificó.
--Ah, estamos en la avenida Pardo.
--¿Cómo puedes darte cuenta sin ver? -ella le preguntó.
--Por las vueltas que hemos dado, y por el aire que se siente –le respondió él-.
Ella vivía por ahí, así que no caminaron mucho para llegar. Su departamento era muy pequeño, pero muy acogedor. Cuando llegaron, ella puso algo de música, trajo una fuente de bocaditos, y algo de tomar. La imaginación empezó a volar. Ella quiso encontrar un libro de poesías para leerle. “Quiero que escuches algunos versos”, le dijo, pero no se acordaba dónde lo había puesto, y andaba de aquí para allá. “¡Dónde estás, librito!”.
--Busquemos juntos –le sugirió él a modo de broma.
--Sí –ella respondió-. Tienes razón; busquemos juntos.
--¿Hasta encontrar el libro? –preguntó él.
--No, hasta encontrar la respuesta que tú y yo deseamos.
--Ah, la respuesta.
--Sí, dijo Clelia y luego preguntó:
--¿Me tocas?
Le quedaba mucho por conocer. Para Carmelo, la realidad era algo lejano. La había explorado a medias, escuchando, y quería tocar. En ella tenía que haber algo más que una simple voz, más que un olor a esmalte de uñas o fragancia de perfume. Debía haber mucho más que un cuerpo que, al pasar por su lado, le seguía quedando lejos, y por eso, con gran curiosidad, él se preguntaba: “¿Cómo será una mujer?”.
Sus tías, su abuela, jamás le hubieran respondido. “Ay, ¡pero cómo te atreves! No preguntes sobre eso”. Ellas habían crecido sumergidas en profundos tabúes, y temores, que les impedían si quiera ponerse a pensar –menos se hubieran atrevido a hablar- acerca de cómo eran sus cuerpos, acerca de lo que en ellos había. No, no, ¡de eso ni qué decir! “¡Cómo se te ocurre…..”, le hubiesen dicho, y antes de terminar la frase, ya lo hubiesen castigado: “¡Qué mente para más sucia tienes, Carmelito!”.
Entonces, recurría a los comentarios de sus amigos hombres. Les preguntaba todo lo que podía, cuando se los encontraba por el parque, y ellos trataban de explicarle. “Ah, bueno, fíjate que las hembritas tienen tetas. Si están bien formaditas, tienen una cinturita quebrada, y…..”.
--Sí, claro –comentaba él-. Las tetas, es decir, esas cosas que al tocarlas se parecen a dos peras de carne.
En una ocasión, Carmelo se las había rosado con sus manos a una prima. “Discúlpame”, le dijo, fingiendo algo de timidez. Lo había hecho en una forma accidental, pero hubiera querido hacerlo en serio, mientras ella se cambiaba de ropa. “¿Pero eso es todo lo que hay en una mujer?”, se interrogaba a sí mismo. “¿Cómo será lo que tiene entre sus piernas? ¿Se lo podría, se lo debería preguntar? ¿Podré alguna vez tocar eso?”, y su curiosidad se convertía en una angustia, que se ahogaba entre la penumbra de un mundo que gira, en medio de permanentes sombras.
Aquella noche, salió de su clase -era un verano bastante más caluroso que lo usual- y pregunta en mente, empezó a caminar, en medio de un mar de voces –algunas de esas voces estaban dotadas de tetas- que iban y venían, en distintas direcciones, haciendo sonar sus zapatos. Los zapatos de él también hacían ruido, pero dejaron de hacerlo, cuando alguien que lo vio se le acercó, y deteniéndolo, le dijo. “Hola, quiero que me hagas un favor”.
--¿Yo a ti?
--Sí, así es –ella respondió.
--¿Y de qué se trata?” –preguntó Carmelo.
--Necesito que me ayudes a encontrar una respuesta.
--Ah, ¡si tú supieras que yo también ando buscando! –él comentó.
Empezaron a caminar, y atraído por el timbre de la voz de ella, Carmelo le conversaba entusiasmado. Le iba contando acerca de sus estudios, de cómo hacía para movilizarse. En el fondo, le hubiese querido hablar de otra cosa, pero…. “¿Por qué no me atrevo? ¿Acaso ella es una de mis tías?”, se preguntaba, aunque esa no era la interrogante que el deseaba formular.
La respuesta que andaba buscando habría de provenir de otro tipo de pregunta, pero para eso era necesario que él se decida. Al verlo tímido, inseguro, ella decidió ir al grano, y preguntar: “¿Conoces el cuerpo de una mujer?”.
Ninguna amiga se lo había preguntado en una forma tan directa. ¿Y su prima? ¡No, de ninguna manera! Tampoco se lo habían preguntado a ellas mismas, pues de eso no había ni qué hablar, y menos aún, con un chico. ¿Aunque este no vea? No, ni por eso.
--Ehm, bueno, tienes una voz muy bonita -le dijo él.
--Pero mi voz no es todo. Yo no soy solo eso - Clelia comentó-. Y aunque no me lo creas, yo también quisiera descubrir qué hay en mí.
--¿Pero tú que sí ves, no te conoces?
--No, créeme que no, porque mis tías y abuelas, bueno…. ya tú sabes.
--En mi caso también…. tú ya sabes –él comentó-. Jamás me hubiera atrevido a preguntarles. ¿Qué hubieran dicho de mí, te imaginas?
--Sí, por su puesto –dijo ella-. Pero dime, ¿qué es lo que tú quisieras conocer?
--Bueno, qué es lo que hay en una mujer, y cómo es aquello; cómo es aquello que los que sí ven descubren, mediante las fotografías, mediante las películas.
Entraron en un pequeño bar, y disfrutaron de momentos muy agradables, escuchando algo de música, ejecutada al piano por un escocés, quien les tocaba las canciones que le pedían, en medio de unos cuantos tragos. Esos tragos los fueron desinhibiendo, y ella le empezó a contar acerca del lugar. Era un bar inglés, que había estado de moda en los años 70, pero que todavía conservaba sus encantos. En el techo había vigas de madera que iban en forma paralela. El cuero con el que estaban forrados los asientos era marrón.
Mientras la amiga le daba detalles acerca del lugar, él iba jugueteando con sus dedos. Tocaba los botoncitos que decoraban los asientos, y se imaginaba que le estaba peñiscando los pezones a ella. “¿Serán así? ¿Se parecerán?”, se preguntaba, y sus fantasías empezaban a llevarlo lejos; lo acercaban a boca de túneles que nunca antes había visitado, al borde de volcanes que ardían en su imaginación, y en ese bar inglés, él sentía que se quemaba.
La primera vez que el mesero se acercó, la amiga leyó la lista en voz alta para que Carmelo se entere de lo que había, y conforme avanzaba la noche, fueron pidiendo uno y otro whisky en las rocas. Él seguía ardiendo por dentro. ¿Y ella? ¿Es que solo pensaba en lo visual que había en el ambiente? ¿No había una respuesta que ella también quería encontrar?
Al poco rato, Clelia le propuso: “Vamos a mi casa”, y volvieron a caminar por una avenida amplia que el muy pronto identificó.
--Ah, estamos en la avenida Pardo.
--¿Cómo puedes darte cuenta sin ver? -ella le preguntó.
--Por las vueltas que hemos dado, y por el aire que se siente –le respondió él-.
Ella vivía por ahí, así que no caminaron mucho para llegar. Su departamento era muy pequeño, pero muy acogedor. Cuando llegaron, ella puso algo de música, trajo una fuente de bocaditos, y algo de tomar. La imaginación empezó a volar. Ella quiso encontrar un libro de poesías para leerle. “Quiero que escuches algunos versos”, le dijo, pero no se acordaba dónde lo había puesto, y andaba de aquí para allá. “¡Dónde estás, librito!”.
--Busquemos juntos –le sugirió él a modo de broma.
--Sí –ella respondió-. Tienes razón; busquemos juntos.
--¿Hasta encontrar el libro? –preguntó él.
--No, hasta encontrar la respuesta que tú y yo deseamos.
--Ah, la respuesta.
--Sí, dijo Clelia y luego preguntó:
--¿Me tocas?
domingo 6 de julio de 2008
Una Reflexión
EL SIGNIFICADO DE SER CIUDADANO
Siempre se me dijo que yo era un ciudadano de mi país. Me lo repitieron hasta la saciedad en la escuela, y yo me lo aprendí de memoria.
¿Pero realmente comprendí lo que el ser un ciudadano significaba? ¿Tomé una real conciencia del lugar que yo tenía frente a las autoridades? ¿Y las autoridades me dieron ese lugar? Mi respuesta a todas estas interrogantes es que lamentablemente no.
Desafortunadamente, yo había asimilado la idea de que como parte de la población no era sino un miembro más, uno más entre los miles y miles de miembros de la comunidad, que al igual que yo también son llamados ciudadanos, pero tampoco tienen conciencia de serlo, y por eso, permiten –mejor diré que permitimos- que se haga lo que sea con nosotros.
Nunca me enseñaron que como ciudadano tengo derechos inalienables, pero también una gran responsabilidad frente a tales derechos que adquirí desde el momento de mi concepción. Ya de grande, y como para quedar bien conmigo, algunos me han llegado a decir que yo soy el dueño hasta de mi cuerpo. Pero por dar un ejemplo, no me terminaron de decir que frente a lo inviolable de mis derechos, también tengo deberes, y entonces me incitaron a ser un militante de ese espantoso egoísmo que hoy ahoga los diversos tipos de relaciones que contraemos, ya sea en lo económico, en lo cultural, en lo social, y por qué no también en lo afectivo.
Influido por los malos ejemplos de actitudes y conductas que están a vista y paciencia de todo el mundo, yo podría pensar que ser ciudadano significa que primero soy yo, segundo también soy yo, y tercero yo mismo. Ojo, ¡ojito! Que esa es la típica forma en la que piensan los que abrigan proyectos totalitarios, y recurren al pueblo, al mismo estilo en el que el lobo echó mano de la caperucita, con el propósito de someterla a sus garras.
Pero frente a ello, hoy tengo las cosas bien claras, gracias a la perspectiva que me da el haberme imbuido en el enfoque inspirado en el ideal humanista cristiano. Lejos de lo que sostiene el pragmatismo perverso, ser ciudadano no es cualquier cosa. El que yo lo sea –digamos que mi condición de tal- comienza por mi respeto a un deber fundamental: estar a la altura de mi dignidad. ¿Y cómo es eso? Ah, bien simple como lo vamos a ver:
Si yo soy persona humana, y como tal soy el fin supremo de la sociedad y el estado, es porque he sido dotado por la naturaleza con una dignidad muy peculiar. Entonces, no puedo rebajar, vender, ni traicionar aquella dignidad, renunciando a mis derechos por interés o conveniencia. No me puedo hipotecar, con tal de ganarme alguito, ni puedo imponerle al resto de miembros de la sociedad, también personas, que lo hagan. Eso es indigno de mi condición de ciudadano.
Por mi propia dignidad –yo diría que por el orgullo de ser el ciudadano que soy- estoy frente al deber principal de respetar al resto en sus derechos, así como yo espero, y exijo, que el resto respete los derechos míos. Y no puedo tomarme la atribución de hacer que la comunidad se convierta en mi servidumbre, por dos motivos:
Primero, porque cada uno de los miembros de la comunidad tiene su dignidad propia.
Y segundo, porque en lo que a mí se refiere, por dignidad yo tampoco debo esclavitud a ningún otro ser humano.
Me he propuesto hablar aquí de lo que significa el ser ciudadano, y me gustaría seguirlo haciendo, porque ya es hora de hacer entender a las autoridades de nuestras diferentes instituciones políticas, sociales, culturales, que no pueden hacer lo que quieran con ninguno de los miembros de nuestra sociedad, ni con la sociedad misma. Pero también toco el tema, porque nosotros por nuestro lado tenemos que aprender a darnos el lugar que merecemos. No hace falta que nos apellidemos: a, b, o c; no hace falta que no tengamos ninguna discapacidad; no hace falta que seamos de tal o cual raza; no hace falta que seamos de este o aquel credo, para que cada uno de los miembros de la comunidad sea respetado, y tratado con lealtad –quiero insistir en lo del término lealtad- por parte de quienes reciben el beneficio del voto popular, a la hora de postular al servicio de regular el funcionamiento de los grupos intermedios de los diversos niveles de la organización social.
Hay un viejo refrán que dice: “Respetos guardan respetos”. ¿Creemos nosotros en eso? Si la respuesta es positiva, convirtamos aquel adagio en regla de oro para nuestra convivencia, y hagamos todo lo que esté a nuestro alcance, para que nuestros dirigentes no se olviden que nosotros tenemos aquel dicho muy, pero muy presente.
Siempre se me dijo que yo era un ciudadano de mi país. Me lo repitieron hasta la saciedad en la escuela, y yo me lo aprendí de memoria.
¿Pero realmente comprendí lo que el ser un ciudadano significaba? ¿Tomé una real conciencia del lugar que yo tenía frente a las autoridades? ¿Y las autoridades me dieron ese lugar? Mi respuesta a todas estas interrogantes es que lamentablemente no.
Desafortunadamente, yo había asimilado la idea de que como parte de la población no era sino un miembro más, uno más entre los miles y miles de miembros de la comunidad, que al igual que yo también son llamados ciudadanos, pero tampoco tienen conciencia de serlo, y por eso, permiten –mejor diré que permitimos- que se haga lo que sea con nosotros.
Nunca me enseñaron que como ciudadano tengo derechos inalienables, pero también una gran responsabilidad frente a tales derechos que adquirí desde el momento de mi concepción. Ya de grande, y como para quedar bien conmigo, algunos me han llegado a decir que yo soy el dueño hasta de mi cuerpo. Pero por dar un ejemplo, no me terminaron de decir que frente a lo inviolable de mis derechos, también tengo deberes, y entonces me incitaron a ser un militante de ese espantoso egoísmo que hoy ahoga los diversos tipos de relaciones que contraemos, ya sea en lo económico, en lo cultural, en lo social, y por qué no también en lo afectivo.
Influido por los malos ejemplos de actitudes y conductas que están a vista y paciencia de todo el mundo, yo podría pensar que ser ciudadano significa que primero soy yo, segundo también soy yo, y tercero yo mismo. Ojo, ¡ojito! Que esa es la típica forma en la que piensan los que abrigan proyectos totalitarios, y recurren al pueblo, al mismo estilo en el que el lobo echó mano de la caperucita, con el propósito de someterla a sus garras.
Pero frente a ello, hoy tengo las cosas bien claras, gracias a la perspectiva que me da el haberme imbuido en el enfoque inspirado en el ideal humanista cristiano. Lejos de lo que sostiene el pragmatismo perverso, ser ciudadano no es cualquier cosa. El que yo lo sea –digamos que mi condición de tal- comienza por mi respeto a un deber fundamental: estar a la altura de mi dignidad. ¿Y cómo es eso? Ah, bien simple como lo vamos a ver:
Si yo soy persona humana, y como tal soy el fin supremo de la sociedad y el estado, es porque he sido dotado por la naturaleza con una dignidad muy peculiar. Entonces, no puedo rebajar, vender, ni traicionar aquella dignidad, renunciando a mis derechos por interés o conveniencia. No me puedo hipotecar, con tal de ganarme alguito, ni puedo imponerle al resto de miembros de la sociedad, también personas, que lo hagan. Eso es indigno de mi condición de ciudadano.
Por mi propia dignidad –yo diría que por el orgullo de ser el ciudadano que soy- estoy frente al deber principal de respetar al resto en sus derechos, así como yo espero, y exijo, que el resto respete los derechos míos. Y no puedo tomarme la atribución de hacer que la comunidad se convierta en mi servidumbre, por dos motivos:
Primero, porque cada uno de los miembros de la comunidad tiene su dignidad propia.
Y segundo, porque en lo que a mí se refiere, por dignidad yo tampoco debo esclavitud a ningún otro ser humano.
Me he propuesto hablar aquí de lo que significa el ser ciudadano, y me gustaría seguirlo haciendo, porque ya es hora de hacer entender a las autoridades de nuestras diferentes instituciones políticas, sociales, culturales, que no pueden hacer lo que quieran con ninguno de los miembros de nuestra sociedad, ni con la sociedad misma. Pero también toco el tema, porque nosotros por nuestro lado tenemos que aprender a darnos el lugar que merecemos. No hace falta que nos apellidemos: a, b, o c; no hace falta que no tengamos ninguna discapacidad; no hace falta que seamos de tal o cual raza; no hace falta que seamos de este o aquel credo, para que cada uno de los miembros de la comunidad sea respetado, y tratado con lealtad –quiero insistir en lo del término lealtad- por parte de quienes reciben el beneficio del voto popular, a la hora de postular al servicio de regular el funcionamiento de los grupos intermedios de los diversos niveles de la organización social.
Hay un viejo refrán que dice: “Respetos guardan respetos”. ¿Creemos nosotros en eso? Si la respuesta es positiva, convirtamos aquel adagio en regla de oro para nuestra convivencia, y hagamos todo lo que esté a nuestro alcance, para que nuestros dirigentes no se olviden que nosotros tenemos aquel dicho muy, pero muy presente.
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