Las Anécdotas de Carmelo
1.
Aunque Carmelo intentó incorporarla a su grupo de amigos, no logró su cometido porque Carlota prefería pasarse el tiempo leyendo, o haciendo apuntes que mantenía en reserva. Los conservaba en un cuaderno que ella siempre llevaba consigo, y ni el mismo Carmelo sabía de qué se trataba. Cuando en una ocasión él le preguntó qué había en esas páginas, Carlota se limitó a responderle: “Ya te las voy a leer” y no le dijo nada más.
Antonio, uno de los chicos, le decía a Carmelo en una oportunidad mientras conversaban:
--Oye, tu amiga es media rara.
Sorprendido, Carmelo le preguntó:
--¿A qué te refieres?
Pero, en esos momentos Carlota entró al salón, y Antonio tuvo que darle un pequeño codazo a Carmelo, como si le hiciera una seña para decirle en voz baja: “Después hablamos”.
Carlota saludó a los dos amigos –lo hizo con una voz que a Carmelo le sonó algo triste- y fue a sentarse para retomar la lectura de un libro que había estado ojeando el día anterior por la tarde. Era un tomo grueso que al parecer contenía largas historias de ciencia ficción.
Aquella mañana del trece de julio de 1976 corría un viento muy frío, y no daba ganas de salir al recreo, pese a que en la clase no había mucho por hacer, pues ya era el último año de estudios. Pero, esa misma tarde el sol empezó a brillar, y como el ambiente estuvo algo caluroso, Carlota y Carmelo decidieron volver a salir después del colegio.
Comenzaron a caminar, y luego de dar incontables vueltas alrededor de la manzana del colegio, entraron en la bodega de un chico llamado César.
--Hola, ¿qué los trae por aquí?
--Ah, queremos tomar una bebida –respondieron los dos, casi a coro.
César les dio la botella con dos vasos para que se sirvan, y mientras tomaban de pie, al lado del mostrador, los dos amigos seguían conversando de diversos temas, como el de la política que tanto entusiasmaba a Carlota. Le encantaba hacer análisis sobre la realidad, y podía pasarse un buen número de horas, comentando sobre los cambios sociales que se daban en esos años 70.
Cuando terminaron de consumir aquella bebida ya eran como las cinco y media de la tarde, así que Carlota y Carmelo se despidieron de César:
--Gracias Cesitar. Ya en cualquier momento regresamos.
--Chau, chicos. Vuelvan por aquí, para seguir conversando.
César despachaba en la bodega de su padre como una forma de castigo, porque no había querido finalizar sus estudios en el colegio. Su papá, Don César, le había dicho: “Si no vas a estudiar, me trabajas a tiempo completo”.
Carmelo se ponía a conversarle cuando iba a comprar cigarrillos, y César siempre tenía algún tema entretenido, porque se conocía las historias de varios de los chicos del barrio. Se las escuchaba cuando estos faltaban a sus colegios y se iban a pasar la mañana en su bodega.
Además de atender a sus clientes que le pedían desde una aguja e hilo para cocer, un cuarto de aceite, medio kilo de tomates, azúcar, arroz, galletas, fósforos, cigarrillos, alguna bebida, César también hacía de consejero en asuntos del corazón. En más de una vez fue paño de lágrimas de alguna chica, que le contaba sus cuitas y llorando le decía: “Ay, qué mal me siento, Cesitar”.
Carlota y Carmelo reiniciaron su camino por la Calle Arica, cruzando la Avenida Angamos, y siguieron en línea recta, atravesando la Calle Piura, así como Enrique Palacios hasta llegar a la Avenida José Pardo de aquel viejo distrito de Miraflores. Luego de cruzar Pardo, siguieron por la Calle Bolognesi, que es la prolongación de Arica, hasta encontrarse con el malecón.
En medio de una amena conversación, pasaron por el Parque Salazar de aquellos años, y continuaron por el Puente de Armendáriz, dejando atrás a Miraflores, para internarse en Barranco, aquel lugar de ensueño donde está el Puente de Los Suspiros que alguna vez inspiró a Chabuca Granda.
La hora también fue avanzando, y al igual que ellos, se fue embriagando del toque mágico de la atmósfera romántica que envolvía sus pasos, mientras caminaban por la Calle Pedro de Osma, que estaba adornada por una infinidad de árboles Ya serían algo así como las siete y treinta de la noche, y pensar que el paseo recién empezaba.
Sin darse cuenta, llegaron hasta el distrito playero de Chorrillos, que está hacia el sur de Lima. Los esperaba una brisa marina muy rica, que refrescaba las ganas que los dos tenían de seguir hablando, y vaya que si no habría tema para rato.
Carmelo andaba buscando la ocasión más adecuada para preguntarle a su amiga, qué era eso que ella andaba escribiendo en el cuaderno que siempre llevaba consigo. ¿Qué te imaginabas, Carmelito? ¿Qué te incitaban a pensar tus fantasías? ¿Te habías puesto a soñar con Carlota?
Por su parte, ella sentía la necesidad de hablarle de algo que desde hacía tiempo venía dándole vueltas en la cabeza. Sentía que debía decírselo de una buena vez para tratar de estar tranquila. ¿Estabas segura que Carmelo te iba a escuchar, Carlota? ¿No te estabas exponiendo demasiado a la posibilidad que él se porte en forma indiferente contigo?
Decidieron sentarse en un pequeño restaurancito para tomarse un vaso de jugo, pero Carlota dijo:
--Ay, es que no sé si tú me acusarías en el colegio si te cuento algo.
--Qué, ¿estás promoviendo algún levantamiento juvenil en contra de la dictadura militar que nos agobia? –le preguntó Carmelo, con cierta ironía.
--No, nada de eso –Carlota le respondió.
Carmelo escuchó que su amiga se rascó la cabeza, y luego de hacer una pausa le dijo:
--Entonces, ¡cuéntame!
2
Le podrían haber puesto algún nombre en español. De ese modo, hubiese sonado más a su tipo, a los rasgos mestizos de su piel.
Su padre era de la parte norte de la costa –había nacido en el departamento de Tumbes- y su madre era del departamento de Puno que está en la cierra sur del Perú, haciendo frontera con Bolivia. Se habían conocido en Lima, y mientras trabajaban –él como vendedor de artefactos eléctricos y ella como vendedora de comida callejera- decidieron juntarse.
Quizás tendría que haberse llamado Juan, pero le pusieron John, como si fuese un gringo. No pocos niños de su generación tenían nombres extranjerizantes, pero la explicación que él daba en cuanto a su caso personal era que su papá era más que admirador de Lennon, y que por eso lo había inscrito con ese nombre cuando fue a los registros públicos.
--¿Está seguro que su hijo se va a llamar así, señor? –preguntó el funcionario.
--Sí, póngale John Liverpool Ponce Mamani.
Pero, aquello del nombre podía pasar por alto. Los problemas de John eran de otro tipo, y lo ponían en condiciones mucho más serias, que a veces lo llevaban al aislamiento.
Salió de su casa aquella tarde, con el firme propósito de ir a visitar a Carlota. Había estado pensando en ella toda la semana, y hasta le había compuesto unos tres poemas que deseaba podérselos declamar.
John vivía en el Jirón Trujillo del populoso y a la vez tradicional distrito del Rimac, y Carlota en la Calle Garzón Jesús María. Por tanto, él debía tomar dos ómnibus para dirigirse hacia donde suponía que en esos momentos estaba la musa de sus poemas.
Empezó a caminar lento, mirando hacia todas partes. En la esquina de su casa había una tienda donde se vendía cerveza, y dos hombres, que ya estaban más que borrachos por todo lo que habían bebido, le pasaron la voz:
--Oye, hermano, ¿no tendrás alguito en el bolsillo como para hacer un salud con nosotros?
John no les respondió, y en cambio, aceleró el paso. Los borrachos estaban en una situación tal que no lo hubiesen podido alcanzar, y al ver que se les iba, se limitaron a insultarlo.
En su barrio lo llamaban Darwin, por el tipo de cara que tenía. Se parecía a la de un mono que no había terminado de evolucionar, y que si hablaba, lo hacía de puro milagro porque a veces ni se le entendía.
Los borrachos le siguieron gritando: “Así que no quieres chupar con nosotros, ¿ah Darwin?” pero él los ignoró, y siguió su camino. Eran como las tres y media de la tarde, y no había mucha gente por el barrio.
Cruzó el puente del río que también se identifica con el vocablo quechua de Rimac, y que pasa por el costado del palacio de gobierno. El arrullo de las aguas de aquel río borró de su mente el eco de las voces de quienes lo habían estado insultando, y le permitió seguir tranquilo, imaginando que Carlota vibraría de emoción con sus pequeños poemas.
Se había puesto unos pantalones de boca ancha de color celeste, y como le quedaban un poco cortos, se le podía ver unas medias rojas que tenían puntos azules, verdes, rosados, etc. Sus zapatos eran de charol y su camisa multicolores.
Una vez cruzado el puente, bajó por unas escaleras hacia una especie de sótano. Allí estaba el paradero inicial de la línea 1 que llegaba hasta Chorrillos, conocida también como la línea Tacna Trípoli, y se puso a esperar el ómnibus.
Algunas veces hablaba solo, o se ponía a cantar en voz baja si había gente alrededor. Los demás volteaban a mirarlo, porque además, cuando cantaba o hablaba se ponía a dar brinquitos.
Mientras el ómnibus venía, se puso a repasar los poemas que le había dedicado a Carlota. En esos instantes no había nadie en el sótano, así que se puso a declamar en voz bien alta, como para escuchar su propio eco, pero cosa rara en él, se había olvidado de algunas estrofas.
Tenía una memoria prodigiosa. Su capacidad de retención era algo fuera de lo normal, y tal vez mostraba ciertos indicios patológicos.
Al ver que el ómnibus ya venía, se tranquilizó diciéndose: “Felizmente he traído escritos los poemas de aquella musa que el sueño me quita”.
El vehículo se detuvo, y el chofer apagó el motor por unos minutos. La gente empezó a llegar, y poco a poco fue subiendo, al tiempo que el mismo chofer decía:”Por favor, señores, paguen con sencillo”.
John tomó asiento, y luego de unos cinco minutos, el motor del ómnibus se volvió a encender. Ya había subido una buena cantidad de gente, sobre todo de escolares, que a esa hora –las cuatro y cuarenta y cinco minutos de la tarde- regresaban a sus casas cansados y con hambre.
El tráfico estaba algo cargado en la Avenida Tacna. El ómnibus iba a paso de tortuga, o quizás más lento aún, y no se hicieron esperar los comentarios de los pasajeros y una que otra protesta: “Ay, qué barbaridad. Vamos por otra ruta. Apúrese, ¡que quiero ir al baño!”.
John aprovechó la ocasión para meterle letra al señor que estaba sentado a su lado. Con frases de lo más rebuscadas, le dijo:
--Permítame usted, distinguido caballero, que con todo respeto le formule una interrogante de tipo reflexivo.
--Diga usted, joven.
La gente volteó a mirar a John, pero no por su forma de hablar sino por la cantidad de tics nerviosos que tenía. Sus ojos, su nariz, y tal vez hasta sus orejas, parecían estar ejecutando un concierto de muecas que no tenía cuando parar.
John hizo una pausa, y dirigiéndose al señor de su lado, le preguntó:
--¿Diría usted que los problemas con el tráfico empezaron, cuando las mujeres decidieron ponerse a manejar?
El señor, que hasta ese instante había pasado desapercibido, respondió casi gritando de la emoción:
--Efectivamente, joven. Usted debe ser muy inteligente, porque con su pregunta ha dado indudablemente en la punta del clavo. Las mujeres deberían estar prohibidas de conducir, porque hasta manejando bicicleta son un peligro.
Esa sola afirmación generó una tremenda discusión en el ómnibus: “¡Ay qué lisura! ¿Qué se ha creído usted, oiga? ¿Y qué no podríamos decir nosotras de algunos hombres que manejan como bestias? Ah, seguro que tú eres uno de ellos, así que arráncate para tu casa nomás, viejito”.
John empezó a dar pequeños saltitos de emoción sobre su asiento, al ver que había sido capaz de promover todo un tema. Sus manos empezaron a sudarle, y no pudo evitar ser víctima de un ataque de risa nerviosa, que por ser tan rara atrajo la atención de los que venían discutiendo.
Quienes lo conocían, y sobre todo quienes le tenían confianza como en el caso de Carlota, le solían decir que aprenda a controlar sus reacciones. Sin embargo, John no le daba oídos a los consejos de sus amigos.
Miró por la ventana, y se dio cuenta que el ómnibus recién iba a cruzar la Avenida Uruguay. Ya había dejado atrás la Avenida Tacna, pero todavía no había salido del centro de Lima.
Para colmo de males había un carro malogrado en el medio de la pista, y eso hacía más lento aún al tráfico. El que manejaba aquel carro era un hombre, y ello motivó más de un comentario en las mujeres que iban como pasajeras en el ómnibus: “¿Y ahora, qué nos dices de esto tú que tanto nos criticas, ah, viejito?”.
John bostezó, y poco a poco fue siendo invadido por un sueño que terminó por apoderarse de él. El ómnibus continuó su marcha y aunque lentamente, ya había dejado al centro de la ciudad bien lejos, luego de seguir por la Avenida Wilson, para cruzar la 28 de Julio y entrar a la Avenida Arequipa.
Todos los pasajeros tenían que hacer con los ronquidos de John. Desde la parte posterior del ómnibus, un chiquillo gritó: “Hasta aquí se escucha cómo rebuzna ese burro” y las risas no se hicieron esperar.
Cuando John se despertó miró nuevamente por la ventana, y descubrió que por haber estado roncando se había pasado largamente. Estaba en el paradero final de la línea de ómnibus en Chorrillos, cuando él tenía que haberse bajado en la cuadra diez de Arequipa, en la intersección con Cuba.
La hora avanzaba, y el sol empezaba ya a guardarse, al igual que los niños. La noche estaba casi lista para entrar en escena y cumplir su papel de cómplice de los mayores.
Como no le quedó otra, John empezó a regresar a pie, porque no tenía mucho dinero. La gente volteaba, sorprendida por los colorinches de su vestimenta, y no faltó quien le gritó desde un automóvil: “Oye, ¡porqué caminas como escaldado? Te pareces a una vieja con almorranas”.
Hay seres que parecen haber venido a este mundo con la misión de ser el blanco de todo aquel que quiera fastidiarlos, o tomarlos de punto, y John daba la sensación de ser uno de ellos. Había que ver cómo lo batían en el salón de clase. Le ponían un chicle en el asiento, y cuando él se paraba para ir a la pizarra los demás le decían: “Darwin, te ha salido una cola por atrás”.
Divisó un pequeño restaurante, y decidió entrar. Sin embargo, se llevó la sorpresa de su vida, cuando observó que su amiga Carlota, la que supuestamente iba a esperarlo en su casa, estaba conversando con Carmelo en una de las mesas.
3
Carlota jamás hubiera sospechado que John se iba a aparecer, y que a lo mejor se le iba a acercar para intentar hablarle, para declamarle alguno de sus poemas. Creía que la estaba esperando en la puerta de su casa tal como habían quedado, y eso le daba la tranquilidad de sentir que se había liberado de él.
Tan pronto como lo descubrió, parado en la puerta del restaurante, le dirigió una mirada fulminante. Cómo sería aquella mirada, que el pobre John no tuvo otra que darse la vuelta y desaparecer del mapa.
En esos instantes no había mucha gente en el lugar. Quienes allí estaban hablaban bajito, y podía oírse el ruido de la licuadora con la que se hacía los jugos de diferentes tipos de fruta.
Carmelo estaba como en otro mundo, jugando con sus fantasías. No tenía ni la menor idea acerca de lo que ocurría a su alrededor, y sin sospechar por qué Carlota se había quedado en silencio, decidió retomar la conversación que venían sosteniendo, diciéndole:
--Bueno, soy todo oído, así que cuéntame lo que me tengas que contar.
Luego de unos segundos, con una voz algo nerviosa, Carlota le empezó a hablar:
--Es que, en vez de un jugo me provocaría tomarme una cerveza.
Carmelo respondió:
--Ah, pues que sean dos, ¡Y espero que tú tampoco me acuses!
--Ay, ¡pero cómo se te ocurre, amigo!
Las mesas del restaurante eran de una madera rústica, y las sillas no resultaban tan cómodas que digamos. Eran duras, y sus patas andaban medio tembleques, pero el ambiente resultaba simpático.
--Ay, no vaya a haber un clavo en el asiento –dijo Carlota.
Los dos amigos se rieron, y uno de los mozos que escuchó el comentario se aproximó, diciendo:
--No, señorita. No hay ningún clavo, así que siéntese nomás.
Carlota se puso a toser de la risa, y Carmelo le preguntó:
--¿Tú conocías este lugarcito? ¿Y ya te has hincado al sentarte?
--Sí conocía este sitio, y nunca me he hincado al sentarme. Me encanta venir, pero no siempre tengo con quién hacerlo.
--Ah, si quieres otro día podemos regresar –Carmelo comentó, y Carlota exclamó:
--Ay, ¡claro que sí!
Sobre la mesa estaba aquel cuaderno que siempre llevaba. También había un lapicero, por si le provocaba anotar algo que pudiese llamar su atención o que se le pudiera ocurrir, mientras conversaba con su amigo.
Se puso a repasar sus páginas, y ubicó algún acróstico, algún refrán que no le dijeron mucho, así que los pasó de largo. Sin embargo, en una de aquellas hojas encontró el poema que hacía años le había compuesto a una tía, y se sintió como atrapada, sin poder desenredarse fácilmente de lo que había en sus líneas.
Uno de los mozos se acercó para preguntar:
--¿Qué desean para tomar?
Carlota tomó la iniciativa, y pidió:
--Dos cervecitas, o sea dos chelas, bien heladitas, que parezcan traídas del polo norte.
--Correcto –dijo el mozo, y se retiró.
El calor de esa tarde estaba algo bastante fuerte, y la verdad era que en esos momentos aquellas chelitas iban a caer muy bien. Felizmente, no se tardaron más de dos minutos en llegar a la mesa, y al toque, Carlota sirvió los dos vasos.
Dio el primer sorbo, y dijo:
--Uhmm, qué rico. Salud, pues.
--Sí, salud –respondió Carmelo-. Alguito así hacía falta, ¿no? Salud, amiga. Brindemos por este encuentro.
El cuaderno seguía abierto, en la misma página donde estaba aquel poema, y Carlota decidió mirar hacia el mar que en esos momentos se preparaba para refrescar al sol. Eran las siete de la noche, y el astro rey estaba rojo de las ganas que sentía por ocultarse, sumergiéndose en las aguas del océano.
Los dos chocaron sus vasos para brindar una vez más, y Carmelo sintió que Carlota empezaba a buscar algo en su cartera. No había traído su encendedor para prender el cigarrillo que tenía en la boca, así que le hizo una seña al mozo:
--Sí, señorita, diga usted, ¿qué desea?
El mozo se acercó a la mesa.
--Una caja de fósforos, por favor –Carlota le pidió.
Aprovechó para pedir también unos anticuchos con bastante ají, para picar mientras conversaban, y en medio de las bromas que se venían haciendo Carmelo dijo:
--Si me pido otra chela más tú no me acusas, ¿no?
Carlota sonrió y le respondió:
--Ah, ¡te acuso si no pides otra para mí también!
Al día siguiente había una reunión bien temprano en el colegio, pero los dos amigos estaban lo suficientemente entretenidos como para despedirse así porque sí. Mañana sería otro día, y no había por qué darle más importancia de la que en esos instantes tenía.
--Mañana hay que estar temprano en la clase -Carmelo comentó, y al oír aquello, Carlota le respondió:
--Ay, sí, pero no hablemos de eso ahora.
El viento que había estado acariciando la tarde empezó a soplar un poco más fuerte de un momento a otro. Las hojas del cuaderno se estremecieron, y salió volando una hoja suelta, en la que había un pequeño intento de poema compuesto por John.
Carlota puso su mano derecha sobre la de Carmelo, permitiéndole de ese modo descubrir que tenía uñas cortas, bien cuidadas pero cortas. Su mano izquierda sostenía el vaso, y mientras sorbía le dijo:
--Si lo hubiese sabido hubiéramos venido más temprano, ¡porque me estoy sintiendo muy bien!
--¿Mejor que en la bodega de César? –Carmelo preguntó.
--Ay, claro, y más aún con tu compañía.
En esos momentos llegaron los anticuchos a la mesa. Realmente olían delicioso.
--Provecho –dijo el mozo.
Carmelo sintió que su amiga apretó su mano, y se animó a decirle:
--En realidad, eso que dices en cuanto a mi compañía me halaga.
Carlota respondió:
--Ay, pero a ti la gente siempre te halaga de verdad. Te dicen cosas que son realmente muy significativas, y en cambio yo solo te digo que me siento bien con tu compañía.
Carmelo volvió a intervenir:
--Es que los halagos tuyos no son de la boca para afuera. No son como los de aquellos que me llenan de frases muy bien decoradas, pero que tan pronto como pueden se apartan, dejándome solo.
Carlota volvió a hacer una pequeña pausa, y prendió un nuevo cigarrillo.
--Ah, cómo fumas –le dijo Carmelo.
--Ay, sí, pero no me controles pues –Carlota le reclamó.
La radio del restaurante tocaba un viejo tema del grupo español Los Pazos. Al comienzo, la letra de aquella canción decía: “Ayer tuve un sueño, que poco duró”.
Carmelo se puso a soñar con la posibilidad de tener una enamorada. Ya estaba a punto de conquistarla, y a lo mejor, hasta le iba a romper el corazón, sin tener que esforzarse tanto como John quien se la pasaba haciendo proyectos de poemas llenos de palabras huecas y frases rebuscadas, que como mucho eran motivo de grandes carcajadas por parte de las chicas que los leían.
Carlota estaba delante de Carmelo, mirándolo. Sin embargo, él volaba y volaba en medio de sus fantasías, como si estuviese en otro mundo.
Pasarían unos segundos, y luego de suspirar Carlota dijo:
--Bueno, no sé cómo empezar a decírtelo, pero Necesito, realmente necesito hablar contigo, y quisiera poder aprovechar esta ocasión. No tengo con quién hacerlo, y por lo demás, no creo que haya alguien que pueda oírme como tú.
Carmelo dio un sorbo a su vaso, y sin terminar de pasar la cerveza le respondió:
--Te escucho.
Carlota le sirvió más cerveza en su vaso porque ya se le estaba secando, y le siguió diciendo:
--Sabes, yo me siento marginada, muy marginada a todo nivel, y por eso me identifico contigo. Yo sufro mucho.
Carmelo le hubiera querido decir que él también sentía lo mismo, pero prefirió darle la oportunidad de hablar a ella, y le interrogó:
--Ah, ¿sufres mucho?
Carlota le respondió:
--Sí, y no te imaginas cuánto.
Su tono de voz había cambiado, y al escucharla Carmelo le preguntó:
--¿Pero cómo puede ser posible que una chica con vista sufra?
--Es que en este mundo yo no necesito ser ciega para también sentirme rechazada.
--¿Te refieres al tercer mundo? –Carmelo le preguntó.
--No, no –respondió ella-. Me refiero a todo un mundo de luces y colores, de ojos y miradas que se clavan permanentemente en nosotros, que nos andan espulgando a ver qué nos encuentran, y que si nos encuentran algo no nos van a perdonar. Por el contrario, nos van a señalar en una forma permanente, por donde vayamos.
Carlota se detuvo por un instante, como para tomar aire, y luego continuó:
--No te imaginas cómo nos miran cuando vamos caminando por las calles, como si fuésemos seres raros, existencialmente extranjeros.
Carmelo jamás había escuchado algo parecido, pero aquello llamó su atención, así que le preguntó:
--¿dirías tú que nos miran como tipos de naturaleza rara, ajena a la del común de la gente? ¿Será que nos miran como anormales?
--Sí, sí –insistió Carlota, y luego agregó:
--Ay, ¡sabía que me ibas a entender! Eso es lo que trato de decir.
La radio del restaurante seguía tocando canciones agradables. Se oían baladas de la época de los 60, cuando la televisión a colores todavía no había llegado a nosotros.
Carmelo se quedó callado escuchando la música, pero luego de unos instantes reaccionó, y tomando la palabra dijo:
--Déjame insistir en hacerte esta pregunta: Yo entiendo que a mí me miren raro, ¿pero por qué habrían de hacer lo mismo contigo?
Carlota se quedó como paralizada ante tal pregunta, pese a que sabía que en algún momento de la conversación podía brotar, pero luego de unos segundos se dio valor para responder:
--Me miran raro por algo que no sé si te cause rechazo. He pensado tanto antes de decidirme a hablarte de esto, ¡y me aterra el que tú pudieras dejarme por lo que te pudiese contar!
--Vamos, amiga, ¡qué falta de confianza!
--Es que no resulta tan simple.
Los dos hicieron un breve silencio, y en medio de una gran angustia, luego de suspirar Carlota dijo:
--Yo soy lesbiana. ¿Quieres que te cuente más?
Lic. Luis Hernández Patiño
sábado 14 de marzo de 2009
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