domingo 22 de marzo de 2009

Más Anécdotas de Carmelo

Sin saber por qué, Carmelo fue invadido por una profunda pena al escuchar la confeción de Carlota. Podría haber tomado la cosa en una forma más tranquila pero no, y entonces se preguntó si no habría un sentimiento de tipo resíproco entre los dos, si aquella pena sería como la que tal vez Carlota pudiera sentir por él, al verlo ciego.
Las palabras de su amiga, dichas en una voz muy baja, pausada, eran como la expresión de un lacerante grito de angustiosa necesidad de ser escuchada, de no estar sola, de no seguir siendo incomprendida. Era, de una u otra forma, una necesidad muy parecida a la de Carmelo.
Carlota lo miró intensamente, como queriendo llegar hasta el fondo de su alma. Lo miró con unos ojos llenos de lágrimas, que empezaban a rodar por sus megíllas, pero que Carmelo jamás percibiría, a menos que las fuese a tocar.
Huvo un silencio muy profundo. Parecía que en esos momentos los dos amigos hubieran perdido la facultad de hablar, pero Carlota se encargó de ponerle fin a aquel silencio preguntando:
--¿Y ahora qué sientes tú por mí, al oírme hablar de esto?
Carmelo tomó otro sorbo más de cerveza, y luego de poner el vaso sobre la mesa le respondió:
--Primero que todo, siento que soy tu amigo, que puedes contarme lo que creas que debes contarme.
Carlota insistió en preguntar:
--¿Y no te daré asco?
Pero, ante esa interrogante, Carmelo respondió:
--Simplemente, no quiero volverte a oír eso. ¿Cómo se te ocurre que voy a sentir asco por alguien que para mí es tan especial?
Carmelo sintió que las manos de Carlota buscaban las suyas. Se las tomó suavemente, y mientras se las acariciaba le dijo con la voz quebrada:
--Yo sabía que me ibas a comprender – Gracias, porque a tu lado siento que podría seguirme desahogando.
Carmelo la escuchó y le dijo:
--Ah, cuando quieras. Para ti, soy todo oídos.
La radio del restaurante continuaba sonando. La música que en esos instantes se escuchaba era de lo más romántica, y le daba al ambiente un toque especial.
Carlota encendió un cigarrillo más, y le ofreció otro a Carmelo:
--¿Quieres uno tú?
--Bueno, gracias.
Pero, cuando buscó en su cartera se dio con la sorpresa que ya no le quedaba ni un solo pucho, así que hizo una seña, y uno de los mozos del restaurante se acercó:
--Diga usted, señorita.
--Ay, un paquete de cigarrillos, y también dos heladas más, ¡que estén como las anteriores!
--Correcto –dijo el mozo, y se retiró.
Los dos se quedaron en silencio, y Carmelo pudo escuchar cómo en el mostrador un mozo destapaba las botellas que le habían pedido, diciendo: “¡Ah, estas sí están bien al polo!”.
Carlota suspiró, y se rascó la cabeza una vez más, mientras exclamaba:
--¡Gracias por ayudarme a desahogarme!
El pedido llegó, pero Carmelo se dio cuenta de ello cuando sintió el ruido que el mozo hizo, al poner las botellas sobre la mesa, diciendo:
--Listo, y ahí también están los cigarrillos.
--Ya, gracias –Carlota le respondió, mientras guardaba el dinero que le habían dado de vuelto en su cartera.
Alguien se acercó a la radio del restaurante, y fue cambiando el dial, hasta que encontró una emisora que transmitía música en Inglés. Estaban tocando aquella canción de los Carpenters Close to you, y Carmelo se puso a tararear un pedacito de la primera estrofa.
Hizo una breve pausa, y retomando la conversación, se dirigió a Carlota:
--¿Me permites una pregunta?
--Sí, todas las que quieras –respondió ella, luego de dar una bocanada de humo.
--¿Qué te va a decir tu mamá cuando vuelvas a tu casa, por llegar tan tarde?
Carlota respiró hondo, y dijo:
--Nada. Nada, porque a mi madre no le importo. Has de cuenta que para ella yo no existo.
Carmelo le preguntó:
--¿No te quiere?
Y la respuesta de Carlota sonó enfática, contundente, desgarradora:
--No, no, no me quiere, pero eso no es todo. Se avergüenza de mí, de haber parido alguien...
En ese momento, un pequeño se acercó a la mesa, y dirigiéndose a Carmelo le ofreció:
--Señor, aquí le traigo flores para que le regale a su amiga.
--No gracias –le dijo Carmelo.
El niño se fue a otra mesa, y Carlota retomó el tema, preguntando con un tono de voz lleno de inquietud:
--¿Te acuerdas del primer día que llegué al colegio?
Carmelo le respondió:
--Por supuesto.
Los amigos la miraban, y le iban dando todos los detalles que podían acerca de ella. Carmelo los escuchaba, y por supuesto que les hacía una y mil preguntas.
Carlota continuó diciendo:
--Tus amigos me empezaron a estudiar de pies a cabeza. Me observaban, y te decían que esto, que lo otro, ¿no es cierto?
--Sí –Carmelo le respondió-. Siempre les pregunto acerca de cómo es tal o cual chica, ¡y más aún si se trata de alguien nueva!
--¿Y en mi caso qué te decían? –Carlota le interrogó-. Cuéntame, cuéntame. Ahora soy yo quien te lo pide. Necesito que me lo cuentes.
Los vasos estaban vacíos, así que Carlota sirvió más cerveza,. Carmelo dio un nuevo sorbo, y a insistencia de ella le empezó a contar:
--Bueno, me hablaron de tu color de piel. Me dijeron que no eras ninguna rubia.
--Ah, es que soy bien morena, casi negra –comentó Carlota.
Carmelo le respondió:
--Yo no te siento voz de negra. Tienes un timbre, un color de voz que a mí me gusta.
Carlota lo escuchó, y luego de darle una pitada a su cigarrillo, le volvió a preguntar:
--¿Y no te comentaron nada de mi cara, de mis facciones?
Se volvió a llevar el cigarrillo a la boca, y, luego de fumar, continuó:
--Quizás, te dijeron que yo no luzco muy femenina, y no te engañaron, porque ya tú sabes.
--Sí, claro –se limitó a decir Carmelo.
Carlota no esperó que él termine de hablar, y le siguió diciendo:
--Pero lo que no te hubieran podido explicar es el drama que llevo en mi interior.
Hablaba con la voz casi quebrada, y repitió una vez más:
--No te imaginas cuánto sufro.
--No, pero me gustaría saberlo –dijo Carmelo.
El restaurante fue invadido por el ruido que hacía un tremendo grupo de chicas y chicos, quizás de nuestra misma edad. Entraron y pidieron: “Hey, flaco: somos unos ocho o nueve, así que ponte las chelas más heladas que existan, y prepárate unos anticuchos con el ají más maldito que tengas, para que pique de veras”.
Carmelo dijo entonces:
--Uy, aquí no podemos seguir charlando; vámonos a otra parte donde no haya tanta bulla.
Carlota preguntó:
--¿Quisieras seguirme oyendo? ¿No te aburren mis cosas?
--No digas eso –le respondió Carmelo en forma enfática-. Alguien como tú no puede aburrirme, y además, comprendo que tú necesitas hablar de tu sufrimiento.
Pagaron la cuenta, y salieron de aquel lugar. La bulla que hacían los jóvenes se fue quedando atrás, y conforme iban caminando, la voz de Carlota se fue adueñando de la noche.
Eran más o menos las once y media, y a esa hora ya no había ómnibus que los lleve desde Chorrillos hasta Miraflores. Las calles casi bacías se convertían en mudos testigos de sus pasos y de su conversación.
A paso lento, llegaron al parque principal del distrito de Barranco. Allí había una que otra pareja, algún pintor que ofrecía sus cuadros, y alguien que declamaba a viva voz sus propios poemas a quienes lo quisieran escuchar, a cambio de unas cuantas monedas.
La noche se presentaba acogedora. Ya no faltaba mucho para que llegue el verano, y en el ambiente flotaba una brisa deliciosa.
Iban a tomar asiento en una de las bancas del parque, pero los dos tenían un gran problema. Querían ir al baño, así que se dirigieron a uno de los bares que hay por allí.
El bar estaba casi vacío. Habría unas tres mesas con clientes que estaban tomando cerveza.
Carmelo entró al baño de varones, y como no aguantaba las ganas de orinar apuntó a donde sea. Terminó mojando un tacho de basura, y también humedeció sus propios pantalones.
Carlota no tuvo ningún problema. Salió del baño tan pronto como pudo, y los dos volvieron al parque.
No había bulla que los interrumpa. En todo caso el barullo que percibían era muy breve.
El declamador ambulante se les acercó, diciendo:
--A ver, a ver, un pequeño poema para tan linda pareja.
Lo escucharon, y cuando el pobre terminó de recitar un mamotreto que no tenía ni pies ni cabeza, le dieron algo de propina. Lógicamente, para él todo trigo era limosna, sin que importe la cantidad, así que les dio las una y mil gracias.
Con las monedas en la mano, se retiró, y cuando ya estuvieron solos, Carlota comentó:
--Dirás que estás aquí por mi culpa, por haberte pedido que me ayudes a desahogarme.
--No -Carmelo le respondió-. Pues fui yo quien decidió escucharte, así que la culpa en todo caso es mutua y yo la celebro.
Carlota se quedó callada por un instante, y luego dijo:
--Sabes una cosa, cómo me gustaría que este encuentro no se termine nunca, o que por lo menos, se vuelva a repetir.
Carmelo le respondió:
--Ah, de ti depende. Quiero que sientas la capacidad de contarme lo tuyo desde el principio.
El tiempo dio la impresión de haberse detenido para volver a tras, y Carlota regresó al laberinto existencial en el que se encontró cuando tenía doce años. Por esa época, vivía en Lince.