domingo 14 de junio de 2009

Capítulo 9 de Las Anécdotas de Carmelo

9

La noche anterior, la tía de Carmelo soñaba que lo había ido a esperar al aeropuerto del DF. Sus nervios eran tales, que no resistía la idea de aguardar su llegada en Hermosillo, y por eso, había tomado el primer avión que pudo con rumbo a la capital.
Muchas veces había estado en el Aeropuerto Internacional Benito Juárez, en condición de pasajera de una primera clase, que podía darse el lujo de viajar a donde le diera su regalada gana, cuando le provocase, como había ocurrido hacía tan solo unos meses. Partió con destino a Madrid, pero a los tres días, decidió volver a Méjico para estar en el matrimonio de la hija de una prima, y tan pronto como la boda terminó, la doña retomó su periplo por Europa.
Sin embargo, en aquel sueño llegó al terminal aéreo nerviosa, llena de angustia, y no esperó que le abran la puerta del automóvil, ni dio tiempo para que le hagan las una y mil atenciones, que en otras oportunidades había recibido, por parte del personal de tierra y sus jefes. Su obsesión era darle el encuentro a Carmelo, tan pronto como descienda del avión que lo traía de Lima, Perú, y no le importaba nada más.
Los empleados la vieron correr hacia la aduana, regresar a la puerta, subir al segundo piso, buscando por aquí y por allá, y no faltó un par de curiosos, que comentaron:
--Oye, mira a esa doña.
--Sí, qué andará buscando.
La altura del DF empezó a producir estragos en la señora Paula. De tanto correr, ir y venir se agitó.
Cansada, se dirigió al primer restaurante que encontró. Era un lugar tranquilo, bien decorado, que olía a una mezcla de café, tabaco, perfume fino y aire acondicionado, en una atmósfera acompañada por una música de piano, que sonaba suavemente, a un volumen suficiente como para acariciar los oídos de quienes allí estaban.
La señora Paula necesitaba tranquilizarse, y recobrar fuerzas, para seguir buscando a alguien que le pudiera informar acerca de la hora de arribo del vuelo, y sobre todo, que pudiese ayudar a Carmelo cuando llegue. “Cómo hago? ¿Con quién podría hablar?”, se preguntaba incesantemente.
Tomó asiento, y un mesero se le acercó, saludándola:
--Buen día, y bienvenida. ¿Qué le podemos ofrecer, señora?
--Ay, un café, por favor.
--Muy bien, como usted mande –le dijo el mesero, y se retiró.
La señora sintió que le venía a la cabeza la idea de tomarse aunque sea una copa de licor. “Ay, si por mí fuera, me pediría un traguito”, pensó.
Pero, descubrió que las ganas de buscar a Carmelo hasta encontrarlo eran mucho más grandes que sus deseos de tomar. Ya quería tenerlo a su lado para abrazarlo, besarlo y respirar aliviada, sabiendo que había llegado sano y salvo.
Terminó el café que había pedido, y luego de pagar con su tarjeta de crédito, decidió levantarse para seguir andando. Estaba más que inquieta, y se decía a sí misma: “¡Ay, Jesús mío! ¡Dios y Señor! Te pido que cuides a mi Carmelito. San Martincito de Porres, tú que eres su paisano, y que tanta influencia tienes en el cielo, ¡a ti te lo encomiendo!”.
Caminaba por un largo pasillo, y alguien se le acercó, interrumpiendo sus ruegos y súplicas, diciéndole:
--Buenos días, señora. Disculpe usted, pero creo que la conozco.
--Ay, encantada. ¿Con quién tengo el gusto?
-- Mi nombre es Carlos.
--¡Hay, encantada! Yo soy la señora Paula.
El joven que se dirigía a ella se apresuró en decir:
--¿Paula Cerruti?
--Sí, para servirle.
--Señora -dijo Carlos emocionado-. ¡El que está para ponerse a sus órdenes soy yo! Para mí es más que un honor poder atender en todo lo que esté a mi alcance, a la hermana de doña Josefina Cerruti, la dueña de esa tremenda y fabulosa cadena hotelera que ha sido capaz de ir mucho más allá del estado de Sonora, y cuyo prestigio es motivo de orgullo para todos.
La señora Paula sonrió, y dijo:
--Ay, qué amable que es usted. Gracias por tener tan bien conceptuada a mi hermana.
Y Carlos no perdió la oportunidad de agregar:
--Eh, salúdela de mi parte por favor. Pero, por supuesto, primero cuénteme qué se le ofrece. ¿Qué la trae a visitarnos, señora Paulita?
--Verá usted, joven. Ay, ¿te puedo llamar Carlos, no?
--Ah, ¡pos claro!
--Bueno -continuó diciendo la señora-. Te contaré que vengo a recibir a un sobrino mío, que está llegando desde el Perú.
--Pos, si, doña Paulita, entonces, le haremos todas las atenciones que se merece, tratándose de usted y de su hermana –dijo Carlos.
--Muchas gracias, pero -trató de seguir explicando la señora-. Es que pasa algo que.
Y al verla un tanto nerviosa, Carlos le comentó:
--Dígamelo con toda confianza, señora.
--Es que, bueno –siguió explicando doña Paula-. Mi sobrino es cieguito.
--Ah, pero no hay ningún problema –Carlos afirmó en forma categórica-. En este instante voy a ordenar que le den todas las facilidades del caso, y para su tranquilidad, pos yo mismo me voy a encargar de ir a recibirlo hasta el avión, para entregárselo.
Al oír eso, la señora exclamó:
--Ay, hijito, ¡qué amable que eres! Desde ya, gracias por la ayuda que vas a brindarle a mi sobrino, y por supuesto que le transmitiré tus saludos a mi hermana.
--Órale pues, y el agradecido soy yo, señora –dijo Carlos.
Cuando la señora Paula despertó de aquel sueño, mil ideas daban vueltas en su cabeza, y no pocas fueron las preguntas que se hizo: “¿Debía haber ido a darle el encuentro en el DF? ¿Encontrará allá alguien que lo ayude? ¿Llegará bien Carmelito a Hermosillo?".
Encendió su televisor, con el control remoto que se había quedado sobre su cama desde anoche, y empezó a hacer zapping, para informarse acerca de las condiciones del tiempo. Ya eran las siete de la mañana.
Salió de su cama, sin esperar que suene el intercomunicador que conectaba a su habitación con la cocina. Una de sus empleadas domésticas, llamada Cuquita, estaba autorizada a timbrarle a eso de las siete y media, y lo hacía usualmente, para anunciarle que su desayuno ya estaba listo, y que los periódicos del día ya se encontraban a su disposición para que los lea en la sala de estar, o en su mismo dormitorio si quería.
Puso sus delicados pies sobre una mullida alfombra, tejida con una fina lana, que parecía estar acariciándole sus plantas, y luego, los introdujo en un par de elegantes pantuflas de ceda, de color verde agua, que hacía juego con una bata del mismo color. Las había comprado hacía dos semanas en uno de esos viajecitos que solía darse, ya sea a Huston, o Los Ángeles si le provocaba.
Tomó el fono del intercomunicador con su mano izquierda, y ahora, fue la señora la que se adelantó en timbrar. Primero marcó el número tres, pero ese no era el adecuado, porque le correspondía al cuarto de huéspedes, Donde ya todo estaba preparado para Carmelo.
“¡Ay, santo cielo! ¡Virgencita linda de Guadalupe! A ti también te encomiendo a Carmelito para que llegue bien, sin ningún contratiempo”,, dijo la señora, y volvió a intentar la comunicación.
Marcó el número 1. “Ojala que esta vez no me equivoque”, pensó.
En la cocina, Cuquita escuchó la timbrada, pero no se sorprendió. Sabía que doña Paula estaba nerviosa por la llegada de su sobrino, y por eso, se apresuró en contestar:
--¡Buenos días! Mande, señora.
--Buenos días, Cuquita. Por favor, sírveme un desayuno muy ligero, porque no tengo nada de hambre.
--Bueno, señora -Cuquita respondió-. Como usted diga.
La señora Paula hizo un breve silencio, pero luego continuó dando instrucciones:
--Y otra cosa: Dale también desayuno a Fito con tiempo suficiente, como para que prepare el auto, y para que podamos salir a buena hora hacia el aeropuerto. Recuérdale que tenemos que pasar por la casa de la profesora Amanda, quien también va con nosotros.
--Ah, Bueno, horita preparo el desayuno, y le digo al Fito, señora -contestó Cuquita, y agregó:
--El mozo ya está poniendo la mesa, para que usted se acerque cuando quiera.
--Gracias –la señora concluyó.
Colgó el fono del intercomunicador en su base que estaba sobre su mesita de noche, y se puso de pie. Su dormitorio era amplio, y tenía un gran ventanal que daba a un lindo jardín.
Se dirigió hacia el ventanal para distraerse contemplando el paisaje. Era temprano, pero ya se veía a una que otra persona caminando por la calle, y no faltaban los automóviles que rodaban, quizás hacia el norte de la ciudad, yendo por el Bulevar Solidaridad, o hacia el oeste, llegando a lo mejor al aeropuerto por el Bulevar García Morales.
La señora Paula vivía en la zona residencial de nombre Montecarlo. Su lujoso departamento estaba en el segundo piso de un edificio muy bonito, de propiedad de la familia Cerruti.
Inquieta, súper nerviosa, dejó de mirar por la ventana, y se puso a caminar de un lado a otro dentro de la habitación, sin saber qué hacer. Le parecía que la hora no avanzaba, y eso la intranquilizaba más, porque como bien dice ese viejo refrán: “El que espera desespera”.
Volvió a tomar el control remoto de su televisor en sus manos, para ver qué estaban presentando los diversos canales del cable, qué la podía entretener. La CNN estaba transmitiendo sus acostumbrados informes.
En una de esas, entre que pasaba de canal en canal, vio un documental acerca de los perros guías, y entonces la señora Paula pensó: “¿Ay, me encantaría comprarle un perrito así a mi Carmelo, pero no sé si pueda usarlo en Lima”.
En la ciudad de Hermosillo hay una mentalidad bastante abierta, o digamos que más progresista que otras ciudades, debido a la influencia que ejerce el hecho de estar en la frontera con Los Estados Unidos. El vecino está allí nomás, y la gente que a lo mejor va a visitarlo un fin de semana, bien puede darse cuenta en qué onda anda ese vecino en cuanto al uso de los perros guía.
Cuando el documental terminó, la señora Paula apagó el televisor de 29 pulgadas, y se dirigió al espejo que estaba sobre el tocador de su dormitorio. Quería ver si el cirujano plástico, al que visitaba cada cinco años, había logrado en su más reciente intervención que las huellas del paso de los años desaparezcan de su rostro.
Un automóvil pasó con la radio a todo volumen, y por la ventana de su dormitorio se escuchó lo que estaban tocando. Era la canción La Chula, de Maná.
El espejo le confirmó que no tenía arrugas, pero al mismo tiempo le permitió ver lo mismo que descubría cada día. La señora Paula ya no lucía como aquella jovencita que alguna vez había hecho babear a los muchachos de su generación.
¿Qué había sido de aquella chula? ¿Había desaparecido como el auto, cuya radio tocaba la canción de Maná?
La señora Paula lo sabía, y vivía invadida por una profunda tristeza, que con nada se había podido quitar. Hay casos en los que la tristeza no sede, ni si quiera ante el dinero, por mucho que fuese aquel dinero, y tal parecía ser el caso suyo.
No pudo evitar acordarse de tantas anécdotas que le habían ocurrido a lo largo de sus viajes, y de momentos inolvidables como cuando conoció a su esposo. Ocurrió en un crucero, allá por 1965, en pleno mar Caribe.
Cuando aquella joven alta, delgada, de una hermosa cabellera rubia, de finas facciones, de una carita simpática, graciosa, entró al bar del barco, un chico de nacionalidad peruana la vio. Era tan bella, que de la impresión el chico dejó caer su copa, y hasta casi se desmaya.
Le hizo ojitos, y se le acercó:
--Hola. Mi nombre es Antonio, ¿Y el tuyo?
--Paula –respondió tímidamente la joven.
--Eh, Paula, no te molestes por lo que te voy a decir, pero es que en verdad luces hermosa. ¿De qué país eres?
--De Méjico.
--Ah, entonces, podría decirte, ¡qué chula que estás!
--Pos, muchas gracias –dijo aquella joven, poniéndose roja.
Pero, no poca agua había corrido bajo el puente desde entonces, y el espejo no hacía más que confirmárselo. Doña Paula no lo podía ocultar.
Tenía los párpados hinchados y la nariz roja, ¿pero se lo contaría a Carmelo? ¿Le diría por qué? ¿Esperaría a que él mismo lo descubra? Los ojos de aquella chula, a la que el pequeño Carmelito le llamaba Pau sin mirarla, se llenaron de lágrimas.
La idea de tomarse una copita de vino, vodca, o whiskey, le volvió por un instante a la cabeza. Pero, al igual que en el sueño que había tenido la noche anterior, la rechazó, y trató de pensar en otras cosas. "Mi Carmelo es primero", se dijo, y apartó la mirada del espejo.
Caminó hacia la puerta de su dormitorio. En su departamento, todo estaba en silencio, porque Cuquita empezaba con sus labores de limpieza a eso de las diez de la mañana, para no hacer algún ruido que pudiera despertar a la doña en caso que hubiese decidido seguir durmiendo.
Abrió la puerta, pero antes de salir, volvió a timbrar el intercomunicador. En su garganta había un gran nudo que trató de pasar, tragando saliva y tosiendo.
Cuquita le contestó desde la cocina:
--Mande, señora.
--Ya voy a la mesa –se limitó a decir doña Paula.
--Ándele pues. Su desayuno ya está.
Colgó, y salió de su dormitorio, dirigiéndose hacia la mesa del comedor, donde encontró un provocador jugo de naranja. También había pan tostado, que podía untar con mantequilla o mermelada, y una deliciosa ensalada de frutas bañada en yogur.
Tomó una campanita con su mano derecha, y llamó. Quería pedir algo.
El mozo que estaba en la cocina ingresó al comedor, y la saludó:
--Buen día, señora.
--Buenos días, Julio.
En un tono calmado y respetuoso, el mozo interrogó:
--Mande usted. ¿Se le ofrece algo?
--Quisiera que me alcances el teléfono inalámbrico, por favor, y dile a Cuquita que venga.
--Correcto, señora –el mozo respondió.
El teléfono empezó a sonar justo en esos instantes, y mientras se lo traía, Cuquita contestó: “Bueno. Ah, ¿cómo está señora? Sí, aquí le paso con su hermana”.
La señora Paula agarró el inalámbrico, y escuchó:
--Aló, hermanita, te llamo para que sepas que ya todo está coordinado en el aeropuerto.
--Ay, gracias, Fina. Pero, dime, ¿no tendrá ningún problema mi Carmelo?
--No, ninguno -le contestó la hermana, y agregó:
--Te dejo, Pauli, porque ya me estoy yendo a la oficina. Hoy tengo directorio desde muy temprano, pero ya en la noche nos hablamos, porque yo también tengo que conocer a Carmelo.
--Órale pues. Gracias y chau.
Luego de colgar, doña Paula se tomó todo su jugo, y se comió las tostadas, pero no terminó la rica ensalada de frutas. En otras oportunidades se devoraba el plato, y hasta pedía que le echen más yogur, pero ahora estaba sin apetito por los nervios.
Volvió a tomar el teléfono, y marcó el número de la casa de Amanda. Por lo general, hacía que su asistente la comunique con tal o cual persona, pero como todavía aquella empleada no había llegado, la misma señora se comunicó:
--Hola, muy buenos días –dijo tan pronto como oyó que contestaron.
--Sí, ¿señora Paulita?
--Sí, soy yo misma.
Amanda sonrió, y le preguntó:
--¿cómo está usted, señora?
--Ay, Amandita, ¡Ya te imaginarás lo nerviosa que estoy! No veo las horas que Carmelo ya esté aquí. Se lo he encomendado a San Martín de Porres que es su compatriota, y a nuestra Virgencita de Guadalupe para que lo cuiden en el viaje.
--Ah -comentó Amanda-. Verá usted cómo el tiempo se pasa rapidísimo, y cómo cuando menos lo pensemos ya estará con nosotros.
--Ay, jesús mío. Ojala hijita -dijo la señora, y luego preguntó:
--¿Ya estás lista?
--¡Sí, claro! -Amanda respondió.
--¡Perfecto! Entonces, en unos minutos pasaremos por ti –afirmó la señora.
En esos momentos, Rita, su asistente, llegó al departamento, y luego de tomar desayuno con Cuquita y doña Remedios quien se encargaba de la cocina, se presentó en el comedor, diciendo:
--Buenos días, señora. Aquí me tiene más temprano, para lo que necesite.
Doña Paula respondió aquel saludo:
--Gracias, Rita, y por favor, prepara mi baño y la ropa que me voy a poner. Ah, también checa que el auto esté ya listo.
--Al instante, señora –Rita contestó.
Era una mañana de noviembre. Había salido el sol, pero ya no hacía aquel calorzazo de más de 40 grados bajo sombra, que se siente en hermosillo durante el verano tal como Amanda le había contado a Carmelo, en sus largas conversaciones que sostenían por el Skype.
La señora Paula entró a la ducha. Su baño era amplio; tenía un piso de mármol, y estaba equipado con una sauna, y un jacuzzi, al que a ella le encantaba meterse por las noches, para relajarse antes de irse a la cama.
Entre tanto, Rita veía qué ropa escogerle a la señora. En el closet del dormitorio había tal cantidad de prendas, que no sabía por dónde empezar a elegir.
Cuando doña Paula terminó de bañarse, salió hacia su dormitorio, y sobre su cama encontró un fino conjunto. Había una falda y saco gris y una blusa celeste, que se puso con unas medias de nailon y unos elegantes zapatos negros.
Ya vestida, maquillada, perfumada, y luciendo un lindo collar, además de aretes se dirigió a la sala para repasar los periódicos, especialmente el que pertenecía a su familia, como lo hacía todas las mañanas. Le gustaba leer las páginas dedicadas a las actividades sociales, como cócteles, cenas y fiestas, a las que ella y sus amigas solían concurrir.
Su asistente, Rita, ingresó discretamente a la sala, diciéndole:
--Señora, ya todo está listo. Usted nomás diga cuando nos vamos. .
--Ay, gracias -respondió la señora, y agregó:
--Entonces vamos.
Salieron juntas, hacia el ascensor que las llevaría a la zona de parqueo del edificio. Allí las esperaba Fito, el chofer.
Rita le indicó por el Nextel, "Ya estamos bajando", y de inmediato, Fito encendió el motor del auto. Era un Volvo color plateado, del año, que por orden de su hermana había sido adquirido para la señora Paula, como regalo de cumpleaños.
Al ver a la doña, el chofer le abrió la puerta:
--Muy buenos días.
--Buenos días, Fito.
La señora ocupó el asiento posterior con su asistente, y el chofer tomó su lugar.
--¿Hacia donde vamos? -Fito preguntó.
La asistente le indicó:
--Vamos a la casa de la profesora Amanda, y de allí, nos dirigimos al aeropuerto.
--Correcto -el chofer respondió, y dando marcha atrás empezó a rodar el automóvil.
La señora Paula seguía nerviosa:
--Ay, Rita, no veo las horas que Carmelito llegue. ¿Saldrá todo bien? ¿Le darán la ayuda que necesita?
--Por supuesto, señora -Rita respondió-. Hace un rato hablé con la secretaria de su hermana, y me dijo que ya se había contactado con el personal del aeropuerto, por encargo especial de ella, para que le den todo el apoyo que Carmelo pudiera requerir.
--Qué bueno, y cómo me tranquiliza saber eso. Ay, pero igual, ¡qué nervios!
El auto se detuvo. Ya estaban en la casa de la profesora, y al verla parada en la puerta, esperando, la señora Paula dijo:
--Ay, Fito, por favor, tráigase a la cieguita.
--Claro, señora –Fito respondió.
Descendió del auto, y caminó hacia donde la profesora, diciéndole:
--Buenos días; soy Fito.
--Ah, Fito, ¿cómo está?
--Bien, y ya listo para irnos al aeropuerto. Vengo con la señora Paulita y con su asistente.
--Órale pues -dijo Amanda, mientras doblaba su bastón para subir al auto, y luego saludó:
--Buenos días a todos.
--Buenos días, profesora -le dijo Rita.
La señora Paula fue más efusiva:
--Hola Amandita preciosa, ¿cómo estás? ¡Por fin llegó el día que tanto esperábamos! ¿Qué te parece?
--¡Ay, ¡Que padre! -Amanda respondió.
--Claro -dijo la señora-. Ya todo está arreglado, y lo único que falta es que el avión que trae a Carmelito toque tierra. Fíjate que todas mis amigas del grupo de oración me han ofrecido pedir para que llegue bien.
El auto avanzó por el Bulevar Solidaridad. En el cruce con el Bulevar García Morales doblaron para enrumbar hacia el Aeropuerto Internacional General Ignacio Pesqueira García de Hermosillo.

7 comentarios:

maxi_lokura_18 dijo...

hola me encanta la novela q tas escriviendo en el block muy buena pero yo llegue a leer asta el noveno capitulo y algo del 11 me falta el 10 consegui tu blog en tiflolibro yo tmb soy siego pero yo kere asi a los 13 años ya a esa edad tuve q empesar con el braile y con el baston tuve jugando al torbol una epoca pero dspues dje xq la violaron a mi hna y bue dje xq lo defendian a s hdp! me encanta tu blog te dejo mi msn si keres mandame e-mail maxi_lokura_18@hotmail.com soy de bs as argentina fanatico de la kumbia! yo soy cumbiero! a vs q tipo d musika t gusta?

maxi_lokura_18 dijo...

piooola

maxi_lokura_18 dijo...

hola y el capitulo 13 para cuando?

maxi_lokura_18 dijo...

hola me enkantaria saver en donde puedo conseguir el capitulo 15 en adelante!ya q esta semana no lo escrivistes! x eso preguntaba!ay algun blogspot?

Luis Hernandez Patiño dijo...

Hola, por el momento no voy a postear más capítulos de Carmelo porque estoy editando todo el material para publicarlo como una novela. Gracias.

maxi_lokura_18 dijo...

vos de donde sos?si sos de bs as argentina como yo tengo algo para ofreserte me enkantaria poder actuar en esa novela te dejo mi e-mail para que me contactes y me digas maxi_lokura_18@hotmail.com estaria bueno q salga en la TV bue espero q me mandes un e-mail para ver si voy a poder actuar en esa novela tambien tengo ideas para meter en la novela q t puede servir tambien nos contactamos con e-mail ya que no puedo abrir el msn porque me anda muy lento internet espero tus mensajes saludos maxi

maxi_lokura_18 dijo...

vas a seguir con la novela de carmelo toy muy interesado en seguir mas sobre ella si es un si seguila en tiflolibro pero te aconsejo q empieses del 1ª capitulo en adelante ya que ay mucha gente nueva! bue espero mas sobre esta novela muy buena que kiero saver como continua