jueves 26 de marzo de 2009

Ceguera y Afectividad

CEGUERA Y AFECTIVIDAD

1

Unas cuantas consideraciones introductorias:

En el entorno de nuestra vida se dan diferentes circunstancias, que son motivadas por la influencia de diversos factores. Aquellas circunstancias van condicionando nuestra afectividad desde su origen.
Entre los factores antes mencionados podríamos hacer una distinción. Por una parte, están los endógenos, es decir los que operan en el organismo de los seres, y por otro lado, los exógenos, o sea los que actúan desde afuera del ser humano hacia él.
¿Existirá alguna relación entre esos dos tipos de factores?
Por supuesto que sí, y para demostrarlo un solo botón es suficiente. Veamos el maridaje entre la pobreza y la ceguera:
La pobreza se puede casi respirar en el ambiente externo. La ceguera por su parte daría la impresión de limitarse a los aspectos sensoriales de quienes la padecen, pero ambas se conectan, como resultado de la interrelación que se da entre ciertas deficiencias condicionadas en el ámbito orgánico del cuerpo humano, y algunos componentes negativos del entorno exterior, que en concreto tienen que ver con lo económico.
Algunas veces he oído decir cosas como que ser ciego no sería muy diferente de estar gordo o flaco, de ser alto o bajo. También he escuchado afirmar a los amantes de la autoayuda, con una gran emoción, que uno mismo se pone condiciones negativas en su vida, y que por tanto esas condiciones pueden ser superadas por uno mismo. ¡Y realmente qué lindo sería que así fuera!
De ser tal el caso, también yo empezaría a hablar, cantar, gritar, gemir, llorar, transpirar de tanta emoción y entusiasmo junto. Repetiría a los cuatro vientos aquello de que la inclusión está en mi capacidad de decidirme a ser incluido.
Pero, por experiencia propia podemos constatar día a día, paso a paso, que simplemente nada de eso se ajusta a la realidad, y digo esto, porque quiero dejar constancia que tengo amigas y amigos ciegos, que al igual que yo no están dispuestos a pasarse la vida engañándose a ellos mismos, sumergidos en mitos y leyendas. El camino hacia nuestra superación no va por el lado del autoengaño.
La ceguera va mucho más allá de ser un simple motivo de ciertos problemitas que habrían de manifestarse en una forma suave, simple, casi imperceptible. No, absolutamente no. No, porque no conforme con haber causado estragos y trastornos incluso orgánicos en nuestro interior, la ceguera extiende su ámbito de influencia negativa desde adentro hacia afuera de nosotros, y en su propósito de poner más obstáculos en nuestro ya complicado camino, opera en las diversas esferas en las que los ciegos tratamos de entablar relaciones con la gente, con el propósito de encontrar satisfacción a nuestras necesidades.
Cuando hablo de esferas, me estoy refiriendo a la económica, a la social, a la tecnológica, a la informativa, siguiendo la idea que Alvin Toffler plantea en su libro La Tercera Ola. La ceguera actúa en todas esas esferas, sin dar un solo instante de tregua.

2

Retrocediendo en el tiempo:

Viene a mi mente la conversación que hace algún tiempo sostuve con otro amigo que tampoco ve. Empezamos a tocar el tema de lo referente a nuestra ubicación en el marco de la civilización presente, con todo lo que ello implica, y él me planteó que según su opinión los ciegos de hoy estaríamos en una condición algo parecida a la de aquellas mujeres, que en el siglo XIX luchaban por la consagración y reconocimiento de sus derechos.
La conversación con mi amigo podría pasar por algo anecdótico, pero la cito porque más allá de su opinión sí es importante que nos ubiquemos en el contexto actual, desde una perspectiva histórica. Así podremos entender nuestra situación como colectivo.
En el primer capítulo de su Manifiesto Comunista, al hablar del proletariado ante el desarrollo de la tecnología, Marx se refería a las mujeres y de paso a los niños como la fuerza de trabajo sin fuerza. Claro; podría decirse que eso fue escrito hace dos siglos, y sin embargo, hoy se me ocurre una pequeña interrogante:
¿Cuál será la situación de los ciegos telefonistas, que ante el avance tecnológico, poco a poco van siendo remplazados en sus puestos por las centrales telefónicas, cada vez más sofisticadas, las cuales le permiten a uno marcar el anexo deseado desde la casa?
Cuando se desencadenó el proceso de industrialización, La Burguesía se constituyó en la clase dominante de las nuevas fuerzas productivas, y una gran cantidad de habitantes del campo se volcó a las ciudades. Las instalaciones y facilidades de estas fueron desbordadas, y de ese modo fueron apareciendo los tugurios, así como las barreadas.
La ceguera no se opuso, ni fue un obstáculo frente a las olas migratorias. Sin embargo, ya en las ciudades sometió a los ciegos a nuevas formas de exclusión.
Los ciegos no lograron liberarse ni del estigma, ni de la postergación. Estas migraron del campo con ellos.
En el marco de las nuevas relaciones burguesas, los ciegos no hubieran podido convertirse, y de hecho no se convirtieron en propietarios de medios de producción, pero tampoco lograron engrosar las filas del proletariado, y al respecto podría ensayarse dos explicaciones:
Una primera, está relacionada con la necesidad de contar con la vista, para poder desempeñar el tipo de trabajos que entonces se requería.
Una segunda, basada en que por encima de los cambios producidos tanto en la base económica, como en la superestructura de la sociedad, los ciegos han sido y siguen siendo vistos, como una colectividad capaz de producir solamente pena, lástima, antes que valor de uso y cambio.
El desarrollo de la esfera tecnológica, que correspondía a la civilización industrial, fue dando lugar a la aparición de medios y artefactos realmente maravillosos, como el radio a transistores y la grabadora de cassette. Me refiero a tales artefactos, por lo que estos han significado para mí y para los ciegos en general, pero también los menciono para aprovechar de plantear la siguiente pregunta:
¿Acaso se pensó en nosotros al momento de inventar aquellos artefactos?
Simplemente, no. En la medida en la que la ceguera no nos permitió ocupar un lugar natural en la esfera económica, porque no fuimos capaces de producir al igual que cualquier obrero u obrera, los ciegos históricamente no logramos significar mucho para la civilización industrial.
Permanecimos flotando en la esfera social. Entre nosotros, algunos contaron con la suerte o el privilegio de gozar del apoyo estatal; otros fueron sobreprotegidos por la solvencia de sus familias, pero no pocos se quedaron viviendo en el abandono, en la mendicidad, y hasta hoy la situación de los ciegos sigue siendo casi la misma.
No fueron pocos los que siguieron aferrados a la música, y a propósito de aquello, sería muy interesante estudiar la relación entre el mencionado arte y la ceguera. Sin embargo, al hablar de esto, es indispensable aclarar que dicha relación no se produce porque todos los ciegos fuésemos unos tremendos músicos, porque todos tuviésemos un oído maravilloso, puro, mágico, limpio, o porque en nuestro interior habría la capacidad de transmitir energías positivas, energías de luz, traídas por nosotros desde otras dimensiones en las que no habría que ver con los ojos. No, lo que entonces ocurría, y sigue ocurriendo, es que para nosotros la música ha sido y continúa siendo uno de esos pocos aliados con los que contamos, cuando queremos ser tomados en cuenta por la gente para ganarnos la vida.

3

Yo me pregunto:

¿Cómo podría haber afectado el devenir histórico en nuestra afectividad?
¿Cómo nos sentimos en medio de la situación en la que estamos?
Cualquier persona que ve podría preguntarnos sobre nuestras sensaciones, y yo pienso que sería nuestro deber tratar de dar respuesta a tan legítima interrogante. En vez de quejarnos porque la gente no nos conoce, démosle a la gente todo el conocimiento que podamos acerca de nosotros, de nuestros sentimientos, sin esconder lo crudo de nuestra realidad, porque solo eso nos permitirá reforzar lo bueno y corregir lo malo que pudiese haber en nuestras relaciones con los habitantes del mundo visual.
Ya que estamos hablando de afectividad, me gustaría dejar muy claramente establecido que los problemas de tipo afectivo no se dan solamente y en forma exclusiva en las personas ciegas. En su libro Meditaciones Peruanas, Víctor Andrés Belaúnde hablaba de pobreza sentimental, como uno de los rasgos de la psicología nacional.
Las condiciones objetivas de la realidad son duras para con todos por supuesto, pero no podemos negar que la falta de vista hace que la dureza de tales condiciones cobre un carácter muy peculiar, muy singular en el entorno de los ciegos. El hecho de no ver nos cierra la posibilidad de desarrollar, de un modo natural, una energía afectiva de carácter positivo, capaz de empujarnos a enfrentarnos a nuestra problemática en una forma coherente.
La gente desarrolla aquella energía afectiva en forma espontánea, es decir viendo. Al respecto, pongamos un ejemplo, partiendo de dos escenas para ilustrar esta idea:
En la primera, una señora va caminando por el parque con su hijito de cinco años, y de pronto el niño ve que dos pajaritos están uniendo sus piquitos como si se estuvieran dando un romántico beso. Al ver eso con sus propios ojos, el niño experimenta la sensación de ternura, y entonces tiene un motivo de estimulación afectiva, que bien puede traducirse en un tema concreto de conversación, en el cual él puede volcar toda su emoción al momento de hablar acerca de algo que nadie le ha tenido que tratar de contar.
En cambio, en la segunda escena el niño ciego va al mismo parque, pero no está en contacto con su entorno, y al no ver escenas como la antes descrita no tiene como conseguir que su afectividad se desarrolle en una forma espontánea.
En el caso de quienes han perdido la vista ya de grandes, la cosa es distinta. Yo pienso que al respecto se podría hablar de un trauma afectivo, porque definitivamente, por reiterativo que parezca, la falta o pérdida de la visión no es cualquier cosa. No es tan simple como cuando a uno se le cae un botón de la camisa.
Por eso, sin pretender adelantar conclusiones, quisiera decir que los ciegos necesitamos que se nos someta a una especie de gimnasia afectiva, de manera urgente, para estar en forma emocional. En lo que se refiere a quienes nacieron sin ver, esa gimnasia que en el fondo se refiere a la estimulación debe comenzar desde la misma cuna, y en cuanto a los que pierden la vista, la rehabilitación y el apoyo afectivo deben darse de inmediato.
Observemos las consecuencias de aquella falta de afectividad, mediante algunas tendencias de conducta que a mí me parece poder notar en nuestro colectivo. Es cierto que cada ciego es un ser individual, irrepetible, pero también es verdad que por contradicción, entre nosotros hay no pocas cosas que nos identifican.

Nuestra inercia:

En términos colectivos, los ciegos andamos como el humo, sin un rumbo definitivo. No conseguimos organizarnos institucionalmente, en una forma ordenada, efectiva y eficiente, para alcanzar si quiera un objetivo concreto, por mínimo que este fuese, para beneficio de nosotros mismos.
Nos quejamos de nuestra realidad, de las condiciones en las que nos toca vivir, pero solo cuando se nos insita a quejarnos. Por lo demás, parecería que no contásemos con la capacidad de tener iniciativa propia de acción en forma positiva, para ir más allá de nuestras quejas y tomar al toro por las astas.
Cuando reaccionamos colectivamente frente a una situación –si es que reaccionamos- lo hacemos pero no necesariamente por nosotros mismos, sino porque otros (videntes) vienen, cual salvadores a los que me parece estar escuchando: “A ver, ¡que estos amigos míos ciegos me dan pena!”.
Debido a la falta de energía de tipo afectivo que padecemos, No tenemos la capacidad de movernos por impulsos propios de carácter positivo. Actuamos como consecuencia de impulsos externos, y en todo caso, nos dejamos llevar por nuestra conveniencia enfermiza y egoista.
Nos pasamos la vida sin haber transitado del dicho al hecho, y nos quedamos en el terreno verbal. Muchas veces, entre nosotros no hay más que palabras, palabras, palabras, y palabras huecas, que nos esforzamos por adornar, pero que al final se van con el viento, antes que hayamos resuelto aquel dilema de Hamlet: Ser o no ser.
Nos enredamos en conceptos vagos y en ideas inconclusas, que entonces escondemos en frases que repetimos una y otra vez. Creemos que así vamos a quedar verbalmente muy bien, ¡y vaya que si no seremos repetitivos!
En la práctica, no tenemos la suficiente fuerza afectiva como para ser verbo, fuente de acción. Nos reducimos a ser sujetos de reacción, y en ciertos casos, daríamos la impresión de no tener otra capacidad más que la de actuar por inercia, antes que por convicción, en contra de nosotros mismos frente a las circunstancias.
Es por eso que hay quienes se han especializado en utilizar a los cieguitos, porque saben muy bien que no hace tanta falta esperar algún indicio de iniciativa coherente de parte nuestra. Han descubierto que debido a nuestra inercia pueden hasta pensar por nosotros, antes que pensar con nosotros, en temas como el de la inclusión por ejemplo.
Estamos como un barco al garete, pero resulta que en medio del mar de implicancias de la ceguera, seguimos allí como si con nosotros no fuera. Nos va y nos viene la cosa, como si tales implicancias no nos fuesen duras, adversas, y quizás perversas, o como si frente a ellas no tuviéramos que reaccionar.
Las mentes de los ciegos lúcidos, que sí los hay, nos proponen conceptos, planes, proyectos. Sin embargo, todos esos planes y proyectos se estrellan finalmente en nuestro colectivo, con algo así como una masa que ante la propuesta se queda indiferente, o que en todo caso reacciona, pero para responder de una manera negativa, y luego vuelve a su estado permanente de inercia.
Podría ser por eso que entre nosotros a veces hay quienes sienten impotencia, desilusión, y no quieren saber nada de los asuntos gremiales, llegando a decir: “Las cosas del colectivo cieguno no me interesan”.
Antes que unidos, andamos revueltos, como en un laberinto en el cual el peor enemigo del ciego no parecería ser otro más que un ciego igual que él. La prueba de ello está en el sinnúmero de instituciones que entre nosotros aparecen porque aparecen, porque aparecen y porque aparecen.
Deberíamos ir hacia arriba, pero si la moda de los videntes es ir hacia abajo, allí vamos. Sí, vamos, ¡porque no es difícil que se nos maneje como a borregos! Y tendríamos que ir al sur, pero en nuestro deseo compulsivo por estar bien con Dios y con el diablo, vamos hacia el norte, sí, sí claro al norte, ¡aunque el norte no sea el paraíso! ¿Por qué? Por nuestra inercia.

Nuestra amargura:

Hay quienes piensan, y hasta nos afirman con gran seguridad, que nosotros no vemos con los ojos, pero que en cambio sí vemos con el corazón, con el alma, y al respecto, en más de una ocasión me han dicho: “Ah, ¡qué suerte la suya de no estar contaminado con las cochinadas de este mundo! Oiga, ¡usted no se está perdiendo de nada, ¡y por el contrario puede vivir en paz con su ceguera!”.
Sin embargo, cuando oigo algo así me sonrío, pero al mismo tiempo siento algo de pena y lástima por quien me lo dice porque, ah, si él o ella supiera cómo son las cosas entre nosotros, no sé qué impresión se llevaría. Quizás, ¡se llevaría el más grande de los desengaños! Y es que como bien dice el refrán: “Del dicho al hecho hay mucho trecho”.
La ausencia de energía afectiva deja en nosotros un profundo vacío. Este empieza a ser llenado muy pronto por una amargura que a su vez es estimulada por las condiciones negativas, generadas en nuestra realidad cotidiana por la ceguera.
Lo que quiero decir en cuanto a ello es que a cada paso que damos nos encontramos con uno y mil obstáculos, y que al no contar con una energía afectiva que sirva para amortiguar el impacto de tales obstáculos, se produce en nosotros una profunda amargura. Dicha amargura podría llegar a intoxicar el espíritu.
No es casual que los ciegos nos estemos enfrentando entre nosotros mismos. Lo hacemos, con una fuerza que debería ser utilizada para derrumbar el muro con el que la ceguera nos separa de los que ven, convirtiéndonos en algo así como prisioneros de un régimen totalitario.
¡Cuántas cortinas y muros se han caído a lo largo de la historia! Al respecto, estoy pensando en las murallas chinas, y entre otros en aquel muro de Berlín, que increíblemente hasta mediados de los años 80 del siglo pasado no se sospechaba que se pudiese caer, pero que ya no existe.
Sin embargo, el muro construido por la ceguera hasta ahora permanece en pie. ¿Por qué? En parte se debe a nosotros mismos, a nuestros enfrentamientos.
Las campañas de sensibilización, las charlitas, las conferencias ya sea a favor de la integración, o de la inclusión –lo mismo da Juana que Chana- no le han hecho ni el más mínimo rasguño al muro imperial que circunda al régimen dictatorial de la ceguera. Aquel muro sigue igual que siempre, y permanece bien custodiado por todo un ejército de mitos, prejuicios y leyendas que trabajan sin desmayo, cual esvirros fieles a la ceguera, que muchas veces nosotros alimentamos mediante nuestras conductas.
Ante cualquier intento por cruzar hacia el exterior, el mencionado ejército nos cierra las puertas. “Alto”. Los ciegos vivimos bajo un régimen plagado de contradicciones complejas, que nos obligan a vivir en este mundo, y al mismo tiempo alejados de él.
Nosotros podríamos intentar suabizar la dureza del tipo de condiciones en las que nos toca vivir. Deberíamos dejar de lado nuestras cuestiones individuales para trabajar por el bien común nuestro, pero es preciso reiterar que para eso necesitaríamos una urgente estimulación afectiva que contrarreste nuestras frustraciones y la amargura que nos asfixia.
Si fuésemos gitanos, podríamos decir que entre nosotros no haría falta leernos las manos. ¿Por qué? Es que para nadie es un cecreto la de broncas, bronquitas, y broncasas que se arman en nuestro colectivo, ¡por mírame y no me toques! “Dime a qué institución perteneces, y dependiendo de eso, te diré si puedes entrar a la mía”. “¿y a quién representas tú?”. “Ah, bueno, yo a los honestos, a los desentes, a los legales, a los que realmente representan a…..”.
Cuando estamos entre los videntes, los cieguitos –así nos suelen llamar- los ciegos nos portamos como niños buenos, para ver si de ese modo nos aceptan, nos integran, nos dan la carta de ciudadanía. Hacemos todo lo que está a nuestro alcance, para ver si así dejamos de ser exilados en este mundo visual.
Cuando de otra parte los videntes cruzan el muro imperial, y en un tur curioso, emocional, visitan lo que yo llamaría el Baradero de la ceguera, es decir la parte tecnológica de nuestro mundo, nosotros nos esforzamos por dar lo mejor de cada uno. Les mostramos cómo manejamos el Jaws, cómo enviamos correos electrónicos, cómo podemos leer este o aquel periódico, y hacemos que los turistas se vayan diciendo: “Ay, ¡los cieguitos sí que son maravillosos! Sobre ellos, ¡debería filmarse un Buena Vista Tiflo Club!”.
Sin embargo, cuando estamos a solas, entre nosotros se desatan las luchas intestinas. Los niños modositos, los cieguitos puros, buenos y hasta casi angelicales nos transformamos en sujetos que de pronto somos invadidos por una ira, una amargura interior de la que no logramos liberarnos. ¡Qué tal transformación la nuestra!

Nuestra escasez de realidad:

Hay algunos ciegos excepcionales que tienen la capacidad de tomar consciencia de su situación, y que pese a todas sus limitaciones, sienten un profundo deseo por informarse, por enterarse de todo lo más que puedan para así tratar de interiorizar la realidad. Se encuentran con uno y mil obstáculos, debido a la falta de vista, pero cuentan con una suficiente energía afectiva que los empuja a seguir, a seguir, y a seguir sin desmayo.
Sin embargo, en muchos de nosotros la amargura ahoga cualquier impulso sano por tratar de entrar en un contacto esencial con la realidad, más aún si ese contacto demanda esfuerzo. Nos mantiene atascados en una curiosidad ociosa, morbosa y enfermiza, que nos insita a averiguar acerca de detalles, y cosas intrascendentes, que nos sirven de entretenimiento, porque nos permiten jugar con nuestras fantasías, haciendo una y mil historias de lo más alucinantes.
Es por eso que padecemos de una escasez de realidad muy peculiar y agresiva. Esta puede llevarnos a adoptar una actitud de negación de ella, en una forma mentirosa y violenta.
Nos aferramos a mitos y leyendas que, como creo ya haber dicho, muchas veces son alimentados por nosotros mismos. Uno de esos mitos tiene que ver con nuestro gran, ¡con nuestro tremendo nivel cultural!
En efecto, en la actualidad habemos un buen número de ciegos que hemos pasado por la universidad. Nos hemos graduado, y luego de sustentar nuestras tesis, hemos recibido nuestros títulos, en medio de grandes felicitaciones, palmaditas en el hombro, besos, abrazos y frases, tales como aquella de: “Ah, realmente el esfuerzo de ustedes es digno de toda admiración”.
¿Pero es que aquellos títulos le han puesto fin a nuestra escasez de realidad?
No creamos que sí, por el hecho de tener grabados en el cerebro unos veinte poemas de Machado, de Lope Vega, De Bequer, para declamarlos en alguna reunión, y para que así la gente diga: “Ay, mira al cieguito, ¡cómo recita!”.
Tampoco creamos que sí por habernos aprendido de memoria lo que sucedió el día que maría Antonieta fue guillotinada, y porque tenemos la habilidad de repetir textualmente, como loros, más de una de las proclamas hechas en la asamblea nacional de la Francia revolucionaria.
Ante lo que son las cosas frente a nuestra escasez de realidad, me parece estar escuchando pretextos tales como el siguiente: “Ah, yo no veo, pero me sé todas las capitales del mundo, y por si eso fuese poco, te puedo decir qué hora es en Buenos Aires, en Toronto, en Tokio, Sin mirar el reloj”.
Imaginemos al cieguito que trata de esconder su falta de realidad, a la hora de responder un cuestionario, uno de esos cuestionarios bien simples, que a lo mejor podrían aplicarse en alguna esquina, en algún paradero, o en alguno de esos puestos de comida callejera, mientras nos vamos saboreando un rico salchipapas.
¿Qué sabes acerca de la situación de los ciegos en tu país?
“Eh, bueno, en este momento… No me acuerdo de las leyes que existen, como para sustentar el diagnóstico que pudiese darte, pero lo que sí tengo para contarte es algo de la vida de Hellen Keller”.
¿Has tenido la ocasión de leer los materiales que se refieren a Los objetivos del Milenio?
“No, porque la computadora se me colgó, en el momento que empezaba a leer la biografía del cantante de los Rolling Stones”.
¿Podrías decir cuándo se inició el movimiento tiflológico en tu país?
“No me acuerdo muy bien, pero sí te puedo decir que tengo muy presente aquel campeonato mundial de Football que se realizó en Méjico, en 1970. El campeón fue Brasil, y hasta ahora recuerdo que Pelé fue el que anotó uno de los cuatro goles con los que le ganaron a Italia en la final. En todo caso, te podría contar alguito sobre la historia de los ciegos españoles, y si quieres, te hago unas cinco citas, de memoria, de la obra de ese gran ciego llamado Homero”.

Nuestro decoratismo:

Nos encontramos ante la imperiosa necesidad de disfrazar nuestra falta de energía afectiva y aquella amargura, que tanto daño nos hace a nosotros como también a quienes nos rodean. En la práctica, los ciegos somos como actores que andamos buscando la mejor máscara posible para ponérnosla, y ver si aunque sea de ese modo se nos da algún papel; se nos integra, se nos incluye, o lo que sea, en el reparto social de la vida.
Lógicamente, entre nosotros no faltan quienes están obsesionados, enfermizamente obsesionados, con la idea de decorarse lo más que puedan, para ver si de ese modo logran dar su gatazo ante la gente. Tal es el caso de aquel sujeto que inspiró mi artículo al que irónicamente titulé: El Súper Ciego.
Podrá sonar irónico, pero los ciegos somos unos grandes decoradores. ¿Y cómo se manifiesta nuestro decoratismo? En un verbalismo que entre nosotros puede llegar a niveles increíbles.
Ante la incapacidad de recurrir a los colores, hacemos un abuso sin límites del lenguage hablado. Sufrimos de una tremenda verborrea.
No nos preocupamos por el fondo de lo que decimos porque, por último, para nosotros no importa que lo que decimos no tenga fondo. Lo que nos preocupa es la forma en que vamos a decir lo que decimos, y de ese modo, recargamos nuestras palabras.
Tegemos fraces rebuscadas, y armamos oraciones lo más enrredadas que podamos, para según nosotros mismos quedar muy bien. Por si acaso, no pueden faltar los adjetivos, y cuanto más exuberantes sean estos, mejor.
Donde hay una exclamación, nos gustaría poner dos, y para expresarnos mejor aún, si fuese posible, colocaríamos tres. ¡Una no es ninguna!
Nos prodigamos en los detalles que nosotros creemos espectaculares, con el propósito de adornar nuestra oratoria lo más que podamos. Si tenemos a nuestra mano la posibilidad de citar nombres extranjeros, si sabemos proverbios en Latín, frases en Francés o refranes en Italiano, no dudamos en llenarnos la boca con todo eso. ¿Y para qué? Para conseguir que el auditorio diga: “Ay, pero qué cieguito para más preparado”.
Al momento de empezar nuestra intervención frente a la gente, respiramos para sugerir que estamos pensando, y luego, ponemos toda una voz que según nosotros tiene un sonido señorial. Entonces mis queridos amigos, y tal como les venía diciendo...”.
Me gustaría ilustrar nuestro decoratismo, valiéndome de un modelo imaginario de perorata. Desde ya, ofrezco las disculpas necesarias por los errores de sintaxis, y por cualquier salvajada que a continuación se pudiese percibir. Lo que ocurre es que estas van adrede, como un homenaje a nuestros tiflotas.
Escuchemos: “Estimados amigos y hermanos con discapacidad visual de la ceguera, que en esta noche nos hemos reunido juntos con lo cual celebramos pues el gran ¡gran nacimiento! de nuestra institución con gran felicidad. Nos hemos reunido y tal parece pues en esta noche por tanto que hubiera salido el sol por debajo de las tinieblas, que alumbra el nombre victorioso, vibrante, progresista, reivindicativo, combativo, que por tanto se refleja el carácter auténtico, diáfano, que como la luz de las estrellas alumbra todas, pero todas las buenas intenciones de nuestros henchidos corazones con discapacidad”.
Luego de ello, y dicho en buen mejicano como se lo escuché a mi amiga María Auxiliadora Durán, los ciegos nos preocupamos por decorar nuestro verbalismo lo suficiente, como para calentar el lonche, ¡pero nada más! Creemos que haciendo aquello vamos a conquistar el mundo, ¿pero cuánto lonche hemos calentado? ¿Y cuánto hemos conseguido con eso? Simplemente, nada de nada.
Sin embargo, nuestro decoratismo no termina en lo verbal. Decoramos nuestras actitudes; decoramos nuestros supuestos modales, y estos últimos los exageramos frente a los videntes, poniéndoles un acento que por la falta de vista no es natural, ni espontáneo.
Frente a los que ven, creemos que pasamos por educaditos y finos. Sin embargo, en el terreno visual, la gente nos descubre por encima de la ropa, cuando por ejemplo nos empezamos a mecer sin control, cuando miramos hacia arriba, cuando nos metemos los dedos a los ojos o a las narices, y cuando hablamos sin dominar el volumen de nuestra voz.
De otra parte, los profesionales, aquellos ciegos que tenemos el privilegio de haber sido educados, nos preocupamos por mencionar y lucir nuestros títulos cada vez que podemos. No pueden dejar de llamarnos: doctor, licenciado –ha, ¡eso no puede ser!- y nos preocupa cómo le vamos a llamar a la asociación que también habría que fundar para decorar el ambiente por todo lo alto, recurriendo al mayor número de bombos y platillos, como para producir la más grande de todas las bullas que alguna vez se haya podido oír. Lo del ideario institucional ya se verá, pero lo de la etiqueta, lo del nombre, no puede postergarse, y por el contrario debe ser singular, inconfundible, más llamativo de lo que podrían ser los nombres de otras instituciones.
En nuestra mentalidad decoratista, si no hay una denominación espectacular no hay institución, y si en la institución el nombre, el rótulo, la etiqueta son motivo de debate, no es de extrañar que algunos se aparten, aduciendo que la denominación finalmente adoptada no llena las expectativas suyas, ni las de las bases, esas bases populares que, en el fondo, como tales, no son más que un elemento también decorativo de nuestros incoherentes discursos.

Conclusión:

Frente a lo expuesto, sé que podría ser tomado por un tremendo pesimista, pero al respecto me gustaría decir lo siguiente:
Yo no considero que los ciegos seamos un caso perdido y sin vuelta que darle. Si voy al fondo de nuestra problemática, por crítica que esta sea, es porque deseo contribuir a remover nuestras conciencias. ¿Y por qué? Porque, aunque parezca lo contrario, tengo la esperanza que puedan darse formas y medios que nos permitan ayudarnos a enfrentar la situación en la que nos encontramos.
Estamos frente a un gran desafío: unirnos para luchar contra la ceguera. Sin embargo, para ello hay un requisito fundamental, y es que si no somos capaces de ser protagonistas de nuestra propia emancipación, nada hará que las cosas cambien por nosotros.
No sé si antes he planteado la siguiente pregunta:
¿Qué estamos esperando para reaccionar en forma civilizada?
Trabajemos por estimular en nosotros una energía afectiva que permita transformar nuestro interior.

Lic. Luis R. Hernández Patiño

domingo 22 de marzo de 2009

Más Anécdotas de Carmelo

Sin saber por qué, Carmelo fue invadido por una profunda pena al escuchar la confeción de Carlota. Podría haber tomado la cosa en una forma más tranquila pero no, y entonces se preguntó si no habría un sentimiento de tipo resíproco entre los dos, si aquella pena sería como la que tal vez Carlota pudiera sentir por él, al verlo ciego.
Las palabras de su amiga, dichas en una voz muy baja, pausada, eran como la expresión de un lacerante grito de angustiosa necesidad de ser escuchada, de no estar sola, de no seguir siendo incomprendida. Era, de una u otra forma, una necesidad muy parecida a la de Carmelo.
Carlota lo miró intensamente, como queriendo llegar hasta el fondo de su alma. Lo miró con unos ojos llenos de lágrimas, que empezaban a rodar por sus megíllas, pero que Carmelo jamás percibiría, a menos que las fuese a tocar.
Huvo un silencio muy profundo. Parecía que en esos momentos los dos amigos hubieran perdido la facultad de hablar, pero Carlota se encargó de ponerle fin a aquel silencio preguntando:
--¿Y ahora qué sientes tú por mí, al oírme hablar de esto?
Carmelo tomó otro sorbo más de cerveza, y luego de poner el vaso sobre la mesa le respondió:
--Primero que todo, siento que soy tu amigo, que puedes contarme lo que creas que debes contarme.
Carlota insistió en preguntar:
--¿Y no te daré asco?
Pero, ante esa interrogante, Carmelo respondió:
--Simplemente, no quiero volverte a oír eso. ¿Cómo se te ocurre que voy a sentir asco por alguien que para mí es tan especial?
Carmelo sintió que las manos de Carlota buscaban las suyas. Se las tomó suavemente, y mientras se las acariciaba le dijo con la voz quebrada:
--Yo sabía que me ibas a comprender – Gracias, porque a tu lado siento que podría seguirme desahogando.
Carmelo la escuchó y le dijo:
--Ah, cuando quieras. Para ti, soy todo oídos.
La radio del restaurante continuaba sonando. La música que en esos instantes se escuchaba era de lo más romántica, y le daba al ambiente un toque especial.
Carlota encendió un cigarrillo más, y le ofreció otro a Carmelo:
--¿Quieres uno tú?
--Bueno, gracias.
Pero, cuando buscó en su cartera se dio con la sorpresa que ya no le quedaba ni un solo pucho, así que hizo una seña, y uno de los mozos del restaurante se acercó:
--Diga usted, señorita.
--Ay, un paquete de cigarrillos, y también dos heladas más, ¡que estén como las anteriores!
--Correcto –dijo el mozo, y se retiró.
Los dos se quedaron en silencio, y Carmelo pudo escuchar cómo en el mostrador un mozo destapaba las botellas que le habían pedido, diciendo: “¡Ah, estas sí están bien al polo!”.
Carlota suspiró, y se rascó la cabeza una vez más, mientras exclamaba:
--¡Gracias por ayudarme a desahogarme!
El pedido llegó, pero Carmelo se dio cuenta de ello cuando sintió el ruido que el mozo hizo, al poner las botellas sobre la mesa, diciendo:
--Listo, y ahí también están los cigarrillos.
--Ya, gracias –Carlota le respondió, mientras guardaba el dinero que le habían dado de vuelto en su cartera.
Alguien se acercó a la radio del restaurante, y fue cambiando el dial, hasta que encontró una emisora que transmitía música en Inglés. Estaban tocando aquella canción de los Carpenters Close to you, y Carmelo se puso a tararear un pedacito de la primera estrofa.
Hizo una breve pausa, y retomando la conversación, se dirigió a Carlota:
--¿Me permites una pregunta?
--Sí, todas las que quieras –respondió ella, luego de dar una bocanada de humo.
--¿Qué te va a decir tu mamá cuando vuelvas a tu casa, por llegar tan tarde?
Carlota respiró hondo, y dijo:
--Nada. Nada, porque a mi madre no le importo. Has de cuenta que para ella yo no existo.
Carmelo le preguntó:
--¿No te quiere?
Y la respuesta de Carlota sonó enfática, contundente, desgarradora:
--No, no, no me quiere, pero eso no es todo. Se avergüenza de mí, de haber parido alguien...
En ese momento, un pequeño se acercó a la mesa, y dirigiéndose a Carmelo le ofreció:
--Señor, aquí le traigo flores para que le regale a su amiga.
--No gracias –le dijo Carmelo.
El niño se fue a otra mesa, y Carlota retomó el tema, preguntando con un tono de voz lleno de inquietud:
--¿Te acuerdas del primer día que llegué al colegio?
Carmelo le respondió:
--Por supuesto.
Los amigos la miraban, y le iban dando todos los detalles que podían acerca de ella. Carmelo los escuchaba, y por supuesto que les hacía una y mil preguntas.
Carlota continuó diciendo:
--Tus amigos me empezaron a estudiar de pies a cabeza. Me observaban, y te decían que esto, que lo otro, ¿no es cierto?
--Sí –Carmelo le respondió-. Siempre les pregunto acerca de cómo es tal o cual chica, ¡y más aún si se trata de alguien nueva!
--¿Y en mi caso qué te decían? –Carlota le interrogó-. Cuéntame, cuéntame. Ahora soy yo quien te lo pide. Necesito que me lo cuentes.
Los vasos estaban vacíos, así que Carlota sirvió más cerveza,. Carmelo dio un nuevo sorbo, y a insistencia de ella le empezó a contar:
--Bueno, me hablaron de tu color de piel. Me dijeron que no eras ninguna rubia.
--Ah, es que soy bien morena, casi negra –comentó Carlota.
Carmelo le respondió:
--Yo no te siento voz de negra. Tienes un timbre, un color de voz que a mí me gusta.
Carlota lo escuchó, y luego de darle una pitada a su cigarrillo, le volvió a preguntar:
--¿Y no te comentaron nada de mi cara, de mis facciones?
Se volvió a llevar el cigarrillo a la boca, y, luego de fumar, continuó:
--Quizás, te dijeron que yo no luzco muy femenina, y no te engañaron, porque ya tú sabes.
--Sí, claro –se limitó a decir Carmelo.
Carlota no esperó que él termine de hablar, y le siguió diciendo:
--Pero lo que no te hubieran podido explicar es el drama que llevo en mi interior.
Hablaba con la voz casi quebrada, y repitió una vez más:
--No te imaginas cuánto sufro.
--No, pero me gustaría saberlo –dijo Carmelo.
El restaurante fue invadido por el ruido que hacía un tremendo grupo de chicas y chicos, quizás de nuestra misma edad. Entraron y pidieron: “Hey, flaco: somos unos ocho o nueve, así que ponte las chelas más heladas que existan, y prepárate unos anticuchos con el ají más maldito que tengas, para que pique de veras”.
Carmelo dijo entonces:
--Uy, aquí no podemos seguir charlando; vámonos a otra parte donde no haya tanta bulla.
Carlota preguntó:
--¿Quisieras seguirme oyendo? ¿No te aburren mis cosas?
--No digas eso –le respondió Carmelo en forma enfática-. Alguien como tú no puede aburrirme, y además, comprendo que tú necesitas hablar de tu sufrimiento.
Pagaron la cuenta, y salieron de aquel lugar. La bulla que hacían los jóvenes se fue quedando atrás, y conforme iban caminando, la voz de Carlota se fue adueñando de la noche.
Eran más o menos las once y media, y a esa hora ya no había ómnibus que los lleve desde Chorrillos hasta Miraflores. Las calles casi bacías se convertían en mudos testigos de sus pasos y de su conversación.
A paso lento, llegaron al parque principal del distrito de Barranco. Allí había una que otra pareja, algún pintor que ofrecía sus cuadros, y alguien que declamaba a viva voz sus propios poemas a quienes lo quisieran escuchar, a cambio de unas cuantas monedas.
La noche se presentaba acogedora. Ya no faltaba mucho para que llegue el verano, y en el ambiente flotaba una brisa deliciosa.
Iban a tomar asiento en una de las bancas del parque, pero los dos tenían un gran problema. Querían ir al baño, así que se dirigieron a uno de los bares que hay por allí.
El bar estaba casi vacío. Habría unas tres mesas con clientes que estaban tomando cerveza.
Carmelo entró al baño de varones, y como no aguantaba las ganas de orinar apuntó a donde sea. Terminó mojando un tacho de basura, y también humedeció sus propios pantalones.
Carlota no tuvo ningún problema. Salió del baño tan pronto como pudo, y los dos volvieron al parque.
No había bulla que los interrumpa. En todo caso el barullo que percibían era muy breve.
El declamador ambulante se les acercó, diciendo:
--A ver, a ver, un pequeño poema para tan linda pareja.
Lo escucharon, y cuando el pobre terminó de recitar un mamotreto que no tenía ni pies ni cabeza, le dieron algo de propina. Lógicamente, para él todo trigo era limosna, sin que importe la cantidad, así que les dio las una y mil gracias.
Con las monedas en la mano, se retiró, y cuando ya estuvieron solos, Carlota comentó:
--Dirás que estás aquí por mi culpa, por haberte pedido que me ayudes a desahogarme.
--No -Carmelo le respondió-. Pues fui yo quien decidió escucharte, así que la culpa en todo caso es mutua y yo la celebro.
Carlota se quedó callada por un instante, y luego dijo:
--Sabes una cosa, cómo me gustaría que este encuentro no se termine nunca, o que por lo menos, se vuelva a repetir.
Carmelo le respondió:
--Ah, de ti depende. Quiero que sientas la capacidad de contarme lo tuyo desde el principio.
El tiempo dio la impresión de haberse detenido para volver a tras, y Carlota regresó al laberinto existencial en el que se encontró cuando tenía doce años. Por esa época, vivía en Lince.

sábado 14 de marzo de 2009

Las Anécdotas de Carmelo

Las Anécdotas de Carmelo
1.
Aunque Carmelo intentó incorporarla a su grupo de amigos, no logró su cometido porque Carlota prefería pasarse el tiempo leyendo, o haciendo apuntes que mantenía en reserva. Los conservaba en un cuaderno que ella siempre llevaba consigo, y ni el mismo Carmelo sabía de qué se trataba. Cuando en una ocasión él le preguntó qué había en esas páginas, Carlota se limitó a responderle: “Ya te las voy a leer” y no le dijo nada más.
Antonio, uno de los chicos, le decía a Carmelo en una oportunidad mientras conversaban:
--Oye, tu amiga es media rara.
Sorprendido, Carmelo le preguntó:
--¿A qué te refieres?
Pero, en esos momentos Carlota entró al salón, y Antonio tuvo que darle un pequeño codazo a Carmelo, como si le hiciera una seña para decirle en voz baja: “Después hablamos”.
Carlota saludó a los dos amigos –lo hizo con una voz que a Carmelo le sonó algo triste- y fue a sentarse para retomar la lectura de un libro que había estado ojeando el día anterior por la tarde. Era un tomo grueso que al parecer contenía largas historias de ciencia ficción.
Aquella mañana del trece de julio de 1976 corría un viento muy frío, y no daba ganas de salir al recreo, pese a que en la clase no había mucho por hacer, pues ya era el último año de estudios. Pero, esa misma tarde el sol empezó a brillar, y como el ambiente estuvo algo caluroso, Carlota y Carmelo decidieron volver a salir después del colegio.
Comenzaron a caminar, y luego de dar incontables vueltas alrededor de la manzana del colegio, entraron en la bodega de un chico llamado César.
--Hola, ¿qué los trae por aquí?
--Ah, queremos tomar una bebida –respondieron los dos, casi a coro.
César les dio la botella con dos vasos para que se sirvan, y mientras tomaban de pie, al lado del mostrador, los dos amigos seguían conversando de diversos temas, como el de la política que tanto entusiasmaba a Carlota. Le encantaba hacer análisis sobre la realidad, y podía pasarse un buen número de horas, comentando sobre los cambios sociales que se daban en esos años 70.
Cuando terminaron de consumir aquella bebida ya eran como las cinco y media de la tarde, así que Carlota y Carmelo se despidieron de César:
--Gracias Cesitar. Ya en cualquier momento regresamos.
--Chau, chicos. Vuelvan por aquí, para seguir conversando.
César despachaba en la bodega de su padre como una forma de castigo, porque no había querido finalizar sus estudios en el colegio. Su papá, Don César, le había dicho: “Si no vas a estudiar, me trabajas a tiempo completo”.
Carmelo se ponía a conversarle cuando iba a comprar cigarrillos, y César siempre tenía algún tema entretenido, porque se conocía las historias de varios de los chicos del barrio. Se las escuchaba cuando estos faltaban a sus colegios y se iban a pasar la mañana en su bodega.
Además de atender a sus clientes que le pedían desde una aguja e hilo para cocer, un cuarto de aceite, medio kilo de tomates, azúcar, arroz, galletas, fósforos, cigarrillos, alguna bebida, César también hacía de consejero en asuntos del corazón. En más de una vez fue paño de lágrimas de alguna chica, que le contaba sus cuitas y llorando le decía: “Ay, qué mal me siento, Cesitar”.
Carlota y Carmelo reiniciaron su camino por la Calle Arica, cruzando la Avenida Angamos, y siguieron en línea recta, atravesando la Calle Piura, así como Enrique Palacios hasta llegar a la Avenida José Pardo de aquel viejo distrito de Miraflores. Luego de cruzar Pardo, siguieron por la Calle Bolognesi, que es la prolongación de Arica, hasta encontrarse con el malecón.
En medio de una amena conversación, pasaron por el Parque Salazar de aquellos años, y continuaron por el Puente de Armendáriz, dejando atrás a Miraflores, para internarse en Barranco, aquel lugar de ensueño donde está el Puente de Los Suspiros que alguna vez inspiró a Chabuca Granda.
La hora también fue avanzando, y al igual que ellos, se fue embriagando del toque mágico de la atmósfera romántica que envolvía sus pasos, mientras caminaban por la Calle Pedro de Osma, que estaba adornada por una infinidad de árboles Ya serían algo así como las siete y treinta de la noche, y pensar que el paseo recién empezaba.
Sin darse cuenta, llegaron hasta el distrito playero de Chorrillos, que está hacia el sur de Lima. Los esperaba una brisa marina muy rica, que refrescaba las ganas que los dos tenían de seguir hablando, y vaya que si no habría tema para rato.
Carmelo andaba buscando la ocasión más adecuada para preguntarle a su amiga, qué era eso que ella andaba escribiendo en el cuaderno que siempre llevaba consigo. ¿Qué te imaginabas, Carmelito? ¿Qué te incitaban a pensar tus fantasías? ¿Te habías puesto a soñar con Carlota?
Por su parte, ella sentía la necesidad de hablarle de algo que desde hacía tiempo venía dándole vueltas en la cabeza. Sentía que debía decírselo de una buena vez para tratar de estar tranquila. ¿Estabas segura que Carmelo te iba a escuchar, Carlota? ¿No te estabas exponiendo demasiado a la posibilidad que él se porte en forma indiferente contigo?
Decidieron sentarse en un pequeño restaurancito para tomarse un vaso de jugo, pero Carlota dijo:
--Ay, es que no sé si tú me acusarías en el colegio si te cuento algo.
--Qué, ¿estás promoviendo algún levantamiento juvenil en contra de la dictadura militar que nos agobia? –le preguntó Carmelo, con cierta ironía.
--No, nada de eso –Carlota le respondió.
Carmelo escuchó que su amiga se rascó la cabeza, y luego de hacer una pausa le dijo:
--Entonces, ¡cuéntame!

2

Le podrían haber puesto algún nombre en español. De ese modo, hubiese sonado más a su tipo, a los rasgos mestizos de su piel.
Su padre era de la parte norte de la costa –había nacido en el departamento de Tumbes- y su madre era del departamento de Puno que está en la cierra sur del Perú, haciendo frontera con Bolivia. Se habían conocido en Lima, y mientras trabajaban –él como vendedor de artefactos eléctricos y ella como vendedora de comida callejera- decidieron juntarse.
Quizás tendría que haberse llamado Juan, pero le pusieron John, como si fuese un gringo. No pocos niños de su generación tenían nombres extranjerizantes, pero la explicación que él daba en cuanto a su caso personal era que su papá era más que admirador de Lennon, y que por eso lo había inscrito con ese nombre cuando fue a los registros públicos.
--¿Está seguro que su hijo se va a llamar así, señor? –preguntó el funcionario.
--Sí, póngale John Liverpool Ponce Mamani.
Pero, aquello del nombre podía pasar por alto. Los problemas de John eran de otro tipo, y lo ponían en condiciones mucho más serias, que a veces lo llevaban al aislamiento.
Salió de su casa aquella tarde, con el firme propósito de ir a visitar a Carlota. Había estado pensando en ella toda la semana, y hasta le había compuesto unos tres poemas que deseaba podérselos declamar.
John vivía en el Jirón Trujillo del populoso y a la vez tradicional distrito del Rimac, y Carlota en la Calle Garzón Jesús María. Por tanto, él debía tomar dos ómnibus para dirigirse hacia donde suponía que en esos momentos estaba la musa de sus poemas.
Empezó a caminar lento, mirando hacia todas partes. En la esquina de su casa había una tienda donde se vendía cerveza, y dos hombres, que ya estaban más que borrachos por todo lo que habían bebido, le pasaron la voz:
--Oye, hermano, ¿no tendrás alguito en el bolsillo como para hacer un salud con nosotros?
John no les respondió, y en cambio, aceleró el paso. Los borrachos estaban en una situación tal que no lo hubiesen podido alcanzar, y al ver que se les iba, se limitaron a insultarlo.
En su barrio lo llamaban Darwin, por el tipo de cara que tenía. Se parecía a la de un mono que no había terminado de evolucionar, y que si hablaba, lo hacía de puro milagro porque a veces ni se le entendía.
Los borrachos le siguieron gritando: “Así que no quieres chupar con nosotros, ¿ah Darwin?” pero él los ignoró, y siguió su camino. Eran como las tres y media de la tarde, y no había mucha gente por el barrio.
Cruzó el puente del río que también se identifica con el vocablo quechua de Rimac, y que pasa por el costado del palacio de gobierno. El arrullo de las aguas de aquel río borró de su mente el eco de las voces de quienes lo habían estado insultando, y le permitió seguir tranquilo, imaginando que Carlota vibraría de emoción con sus pequeños poemas.
Se había puesto unos pantalones de boca ancha de color celeste, y como le quedaban un poco cortos, se le podía ver unas medias rojas que tenían puntos azules, verdes, rosados, etc. Sus zapatos eran de charol y su camisa multicolores.
Una vez cruzado el puente, bajó por unas escaleras hacia una especie de sótano. Allí estaba el paradero inicial de la línea 1 que llegaba hasta Chorrillos, conocida también como la línea Tacna Trípoli, y se puso a esperar el ómnibus.
Algunas veces hablaba solo, o se ponía a cantar en voz baja si había gente alrededor. Los demás volteaban a mirarlo, porque además, cuando cantaba o hablaba se ponía a dar brinquitos.
Mientras el ómnibus venía, se puso a repasar los poemas que le había dedicado a Carlota. En esos instantes no había nadie en el sótano, así que se puso a declamar en voz bien alta, como para escuchar su propio eco, pero cosa rara en él, se había olvidado de algunas estrofas.
Tenía una memoria prodigiosa. Su capacidad de retención era algo fuera de lo normal, y tal vez mostraba ciertos indicios patológicos.
Al ver que el ómnibus ya venía, se tranquilizó diciéndose: “Felizmente he traído escritos los poemas de aquella musa que el sueño me quita”.
El vehículo se detuvo, y el chofer apagó el motor por unos minutos. La gente empezó a llegar, y poco a poco fue subiendo, al tiempo que el mismo chofer decía:”Por favor, señores, paguen con sencillo”.
John tomó asiento, y luego de unos cinco minutos, el motor del ómnibus se volvió a encender. Ya había subido una buena cantidad de gente, sobre todo de escolares, que a esa hora –las cuatro y cuarenta y cinco minutos de la tarde- regresaban a sus casas cansados y con hambre.
El tráfico estaba algo cargado en la Avenida Tacna. El ómnibus iba a paso de tortuga, o quizás más lento aún, y no se hicieron esperar los comentarios de los pasajeros y una que otra protesta: “Ay, qué barbaridad. Vamos por otra ruta. Apúrese, ¡que quiero ir al baño!”.
John aprovechó la ocasión para meterle letra al señor que estaba sentado a su lado. Con frases de lo más rebuscadas, le dijo:
--Permítame usted, distinguido caballero, que con todo respeto le formule una interrogante de tipo reflexivo.
--Diga usted, joven.
La gente volteó a mirar a John, pero no por su forma de hablar sino por la cantidad de tics nerviosos que tenía. Sus ojos, su nariz, y tal vez hasta sus orejas, parecían estar ejecutando un concierto de muecas que no tenía cuando parar.
John hizo una pausa, y dirigiéndose al señor de su lado, le preguntó:
--¿Diría usted que los problemas con el tráfico empezaron, cuando las mujeres decidieron ponerse a manejar?
El señor, que hasta ese instante había pasado desapercibido, respondió casi gritando de la emoción:
--Efectivamente, joven. Usted debe ser muy inteligente, porque con su pregunta ha dado indudablemente en la punta del clavo. Las mujeres deberían estar prohibidas de conducir, porque hasta manejando bicicleta son un peligro.
Esa sola afirmación generó una tremenda discusión en el ómnibus: “¡Ay qué lisura! ¿Qué se ha creído usted, oiga? ¿Y qué no podríamos decir nosotras de algunos hombres que manejan como bestias? Ah, seguro que tú eres uno de ellos, así que arráncate para tu casa nomás, viejito”.
John empezó a dar pequeños saltitos de emoción sobre su asiento, al ver que había sido capaz de promover todo un tema. Sus manos empezaron a sudarle, y no pudo evitar ser víctima de un ataque de risa nerviosa, que por ser tan rara atrajo la atención de los que venían discutiendo.
Quienes lo conocían, y sobre todo quienes le tenían confianza como en el caso de Carlota, le solían decir que aprenda a controlar sus reacciones. Sin embargo, John no le daba oídos a los consejos de sus amigos.
Miró por la ventana, y se dio cuenta que el ómnibus recién iba a cruzar la Avenida Uruguay. Ya había dejado atrás la Avenida Tacna, pero todavía no había salido del centro de Lima.
Para colmo de males había un carro malogrado en el medio de la pista, y eso hacía más lento aún al tráfico. El que manejaba aquel carro era un hombre, y ello motivó más de un comentario en las mujeres que iban como pasajeras en el ómnibus: “¿Y ahora, qué nos dices de esto tú que tanto nos criticas, ah, viejito?”.
John bostezó, y poco a poco fue siendo invadido por un sueño que terminó por apoderarse de él. El ómnibus continuó su marcha y aunque lentamente, ya había dejado al centro de la ciudad bien lejos, luego de seguir por la Avenida Wilson, para cruzar la 28 de Julio y entrar a la Avenida Arequipa.
Todos los pasajeros tenían que hacer con los ronquidos de John. Desde la parte posterior del ómnibus, un chiquillo gritó: “Hasta aquí se escucha cómo rebuzna ese burro” y las risas no se hicieron esperar.
Cuando John se despertó miró nuevamente por la ventana, y descubrió que por haber estado roncando se había pasado largamente. Estaba en el paradero final de la línea de ómnibus en Chorrillos, cuando él tenía que haberse bajado en la cuadra diez de Arequipa, en la intersección con Cuba.
La hora avanzaba, y el sol empezaba ya a guardarse, al igual que los niños. La noche estaba casi lista para entrar en escena y cumplir su papel de cómplice de los mayores.
Como no le quedó otra, John empezó a regresar a pie, porque no tenía mucho dinero. La gente volteaba, sorprendida por los colorinches de su vestimenta, y no faltó quien le gritó desde un automóvil: “Oye, ¡porqué caminas como escaldado? Te pareces a una vieja con almorranas”.
Hay seres que parecen haber venido a este mundo con la misión de ser el blanco de todo aquel que quiera fastidiarlos, o tomarlos de punto, y John daba la sensación de ser uno de ellos. Había que ver cómo lo batían en el salón de clase. Le ponían un chicle en el asiento, y cuando él se paraba para ir a la pizarra los demás le decían: “Darwin, te ha salido una cola por atrás”.
Divisó un pequeño restaurante, y decidió entrar. Sin embargo, se llevó la sorpresa de su vida, cuando observó que su amiga Carlota, la que supuestamente iba a esperarlo en su casa, estaba conversando con Carmelo en una de las mesas.

3

Carlota jamás hubiera sospechado que John se iba a aparecer, y que a lo mejor se le iba a acercar para intentar hablarle, para declamarle alguno de sus poemas. Creía que la estaba esperando en la puerta de su casa tal como habían quedado, y eso le daba la tranquilidad de sentir que se había liberado de él.
Tan pronto como lo descubrió, parado en la puerta del restaurante, le dirigió una mirada fulminante. Cómo sería aquella mirada, que el pobre John no tuvo otra que darse la vuelta y desaparecer del mapa.
En esos instantes no había mucha gente en el lugar. Quienes allí estaban hablaban bajito, y podía oírse el ruido de la licuadora con la que se hacía los jugos de diferentes tipos de fruta.
Carmelo estaba como en otro mundo, jugando con sus fantasías. No tenía ni la menor idea acerca de lo que ocurría a su alrededor, y sin sospechar por qué Carlota se había quedado en silencio, decidió retomar la conversación que venían sosteniendo, diciéndole:
--Bueno, soy todo oído, así que cuéntame lo que me tengas que contar.
Luego de unos segundos, con una voz algo nerviosa, Carlota le empezó a hablar:
--Es que, en vez de un jugo me provocaría tomarme una cerveza.
Carmelo respondió:
--Ah, pues que sean dos, ¡Y espero que tú tampoco me acuses!
--Ay, ¡pero cómo se te ocurre, amigo!
Las mesas del restaurante eran de una madera rústica, y las sillas no resultaban tan cómodas que digamos. Eran duras, y sus patas andaban medio tembleques, pero el ambiente resultaba simpático.
--Ay, no vaya a haber un clavo en el asiento –dijo Carlota.
Los dos amigos se rieron, y uno de los mozos que escuchó el comentario se aproximó, diciendo:
--No, señorita. No hay ningún clavo, así que siéntese nomás.
Carlota se puso a toser de la risa, y Carmelo le preguntó:
--¿Tú conocías este lugarcito? ¿Y ya te has hincado al sentarte?
--Sí conocía este sitio, y nunca me he hincado al sentarme. Me encanta venir, pero no siempre tengo con quién hacerlo.
--Ah, si quieres otro día podemos regresar –Carmelo comentó, y Carlota exclamó:
--Ay, ¡claro que sí!
Sobre la mesa estaba aquel cuaderno que siempre llevaba. También había un lapicero, por si le provocaba anotar algo que pudiese llamar su atención o que se le pudiera ocurrir, mientras conversaba con su amigo.
Se puso a repasar sus páginas, y ubicó algún acróstico, algún refrán que no le dijeron mucho, así que los pasó de largo. Sin embargo, en una de aquellas hojas encontró el poema que hacía años le había compuesto a una tía, y se sintió como atrapada, sin poder desenredarse fácilmente de lo que había en sus líneas.
Uno de los mozos se acercó para preguntar:
--¿Qué desean para tomar?
Carlota tomó la iniciativa, y pidió:
--Dos cervecitas, o sea dos chelas, bien heladitas, que parezcan traídas del polo norte.
--Correcto –dijo el mozo, y se retiró.
El calor de esa tarde estaba algo bastante fuerte, y la verdad era que en esos momentos aquellas chelitas iban a caer muy bien. Felizmente, no se tardaron más de dos minutos en llegar a la mesa, y al toque, Carlota sirvió los dos vasos.
Dio el primer sorbo, y dijo:
--Uhmm, qué rico. Salud, pues.
--Sí, salud –respondió Carmelo-. Alguito así hacía falta, ¿no? Salud, amiga. Brindemos por este encuentro.
El cuaderno seguía abierto, en la misma página donde estaba aquel poema, y Carlota decidió mirar hacia el mar que en esos momentos se preparaba para refrescar al sol. Eran las siete de la noche, y el astro rey estaba rojo de las ganas que sentía por ocultarse, sumergiéndose en las aguas del océano.
Los dos chocaron sus vasos para brindar una vez más, y Carmelo sintió que Carlota empezaba a buscar algo en su cartera. No había traído su encendedor para prender el cigarrillo que tenía en la boca, así que le hizo una seña al mozo:
--Sí, señorita, diga usted, ¿qué desea?
El mozo se acercó a la mesa.
--Una caja de fósforos, por favor –Carlota le pidió.
Aprovechó para pedir también unos anticuchos con bastante ají, para picar mientras conversaban, y en medio de las bromas que se venían haciendo Carmelo dijo:
--Si me pido otra chela más tú no me acusas, ¿no?
Carlota sonrió y le respondió:
--Ah, ¡te acuso si no pides otra para mí también!
Al día siguiente había una reunión bien temprano en el colegio, pero los dos amigos estaban lo suficientemente entretenidos como para despedirse así porque sí. Mañana sería otro día, y no había por qué darle más importancia de la que en esos instantes tenía.
--Mañana hay que estar temprano en la clase -Carmelo comentó, y al oír aquello, Carlota le respondió:
--Ay, sí, pero no hablemos de eso ahora.
El viento que había estado acariciando la tarde empezó a soplar un poco más fuerte de un momento a otro. Las hojas del cuaderno se estremecieron, y salió volando una hoja suelta, en la que había un pequeño intento de poema compuesto por John.
Carlota puso su mano derecha sobre la de Carmelo, permitiéndole de ese modo descubrir que tenía uñas cortas, bien cuidadas pero cortas. Su mano izquierda sostenía el vaso, y mientras sorbía le dijo:
--Si lo hubiese sabido hubiéramos venido más temprano, ¡porque me estoy sintiendo muy bien!
--¿Mejor que en la bodega de César? –Carmelo preguntó.
--Ay, claro, y más aún con tu compañía.
En esos momentos llegaron los anticuchos a la mesa. Realmente olían delicioso.
--Provecho –dijo el mozo.
Carmelo sintió que su amiga apretó su mano, y se animó a decirle:
--En realidad, eso que dices en cuanto a mi compañía me halaga.
Carlota respondió:
--Ay, pero a ti la gente siempre te halaga de verdad. Te dicen cosas que son realmente muy significativas, y en cambio yo solo te digo que me siento bien con tu compañía.
Carmelo volvió a intervenir:
--Es que los halagos tuyos no son de la boca para afuera. No son como los de aquellos que me llenan de frases muy bien decoradas, pero que tan pronto como pueden se apartan, dejándome solo.
Carlota volvió a hacer una pequeña pausa, y prendió un nuevo cigarrillo.
--Ah, cómo fumas –le dijo Carmelo.
--Ay, sí, pero no me controles pues –Carlota le reclamó.
La radio del restaurante tocaba un viejo tema del grupo español Los Pazos. Al comienzo, la letra de aquella canción decía: “Ayer tuve un sueño, que poco duró”.
Carmelo se puso a soñar con la posibilidad de tener una enamorada. Ya estaba a punto de conquistarla, y a lo mejor, hasta le iba a romper el corazón, sin tener que esforzarse tanto como John quien se la pasaba haciendo proyectos de poemas llenos de palabras huecas y frases rebuscadas, que como mucho eran motivo de grandes carcajadas por parte de las chicas que los leían.
Carlota estaba delante de Carmelo, mirándolo. Sin embargo, él volaba y volaba en medio de sus fantasías, como si estuviese en otro mundo.
Pasarían unos segundos, y luego de suspirar Carlota dijo:
--Bueno, no sé cómo empezar a decírtelo, pero Necesito, realmente necesito hablar contigo, y quisiera poder aprovechar esta ocasión. No tengo con quién hacerlo, y por lo demás, no creo que haya alguien que pueda oírme como tú.
Carmelo dio un sorbo a su vaso, y sin terminar de pasar la cerveza le respondió:
--Te escucho.
Carlota le sirvió más cerveza en su vaso porque ya se le estaba secando, y le siguió diciendo:
--Sabes, yo me siento marginada, muy marginada a todo nivel, y por eso me identifico contigo. Yo sufro mucho.
Carmelo le hubiera querido decir que él también sentía lo mismo, pero prefirió darle la oportunidad de hablar a ella, y le interrogó:
--Ah, ¿sufres mucho?
Carlota le respondió:
--Sí, y no te imaginas cuánto.
Su tono de voz había cambiado, y al escucharla Carmelo le preguntó:
--¿Pero cómo puede ser posible que una chica con vista sufra?
--Es que en este mundo yo no necesito ser ciega para también sentirme rechazada.
--¿Te refieres al tercer mundo? –Carmelo le preguntó.
--No, no –respondió ella-. Me refiero a todo un mundo de luces y colores, de ojos y miradas que se clavan permanentemente en nosotros, que nos andan espulgando a ver qué nos encuentran, y que si nos encuentran algo no nos van a perdonar. Por el contrario, nos van a señalar en una forma permanente, por donde vayamos.
Carlota se detuvo por un instante, como para tomar aire, y luego continuó:
--No te imaginas cómo nos miran cuando vamos caminando por las calles, como si fuésemos seres raros, existencialmente extranjeros.
Carmelo jamás había escuchado algo parecido, pero aquello llamó su atención, así que le preguntó:
--¿dirías tú que nos miran como tipos de naturaleza rara, ajena a la del común de la gente? ¿Será que nos miran como anormales?
--Sí, sí –insistió Carlota, y luego agregó:
--Ay, ¡sabía que me ibas a entender! Eso es lo que trato de decir.
La radio del restaurante seguía tocando canciones agradables. Se oían baladas de la época de los 60, cuando la televisión a colores todavía no había llegado a nosotros.
Carmelo se quedó callado escuchando la música, pero luego de unos instantes reaccionó, y tomando la palabra dijo:
--Déjame insistir en hacerte esta pregunta: Yo entiendo que a mí me miren raro, ¿pero por qué habrían de hacer lo mismo contigo?
Carlota se quedó como paralizada ante tal pregunta, pese a que sabía que en algún momento de la conversación podía brotar, pero luego de unos segundos se dio valor para responder:
--Me miran raro por algo que no sé si te cause rechazo. He pensado tanto antes de decidirme a hablarte de esto, ¡y me aterra el que tú pudieras dejarme por lo que te pudiese contar!
--Vamos, amiga, ¡qué falta de confianza!
--Es que no resulta tan simple.
Los dos hicieron un breve silencio, y en medio de una gran angustia, luego de suspirar Carlota dijo:
--Yo soy lesbiana. ¿Quieres que te cuente más?

Lic. Luis Hernández Patiño