5
Sus padres se habían separado, y su mamá se la había llevado con ella. La señora tenía un carácter tan fuerte, pero tan fuerte, que los chicos del barrio la veían como al cuco, y temblaban de solo pensar que los iba a devorar con la mirada, diciéndose unos a otros “Cuidado que allí viene la tía bruja”, a penas la observaban desde lejos.
Carlota trataba de ser amigable con todos, pero tenía que enfrentarse a varias cosas: al miedo que sus amigos sentían ante la presencia de su mamá y a los castigos que recibía por jugar pelota en plena calle, o por haberse metido en un campeonato de box infantil. Por eso, muchas veces los chicos la saludaban, pero desde lejitos, preguntándole en voz muy baja: “¿Vas a jugar por nuestro equipo este sábado? ¿Vas a participar en la pelea a cinco rounds con Ricardo, quien te retó el martes pasado?”.
La madre se enteraría de las preferencias de Carlota por el box, porque una chica que también vivía por la zona lo contó una tarde. Al principio, la señora no lo podía creer:
--¿No me estarás truqueando? ¿Estás diciéndome la verdad?
--Claro señora; claro.
La chica empezó a sentir un miedo que crecía y crecía, cada vez que la mirada de la señora se le clavaba con más y más intensidad.
--Cuéntame todo, y dime con quienes para mi hija, para darle el castigo que se merece.
--Pero señora, es que yo no veo nada malo en que…
--Te he dicho que me cuentes todo, carajo, así que habla porque si no a ti también te cae.
La voz de la temible señora había cambiado. Su rostro se había transformado, y la chica comprendió que por bocona no le quedaba otra más que soltar todo.
--Vamos hijita, desembucha lo que sabes, rapidito nomás.
Carlota volvió a su casa esa noche sin la más mínima sospecha. Su madre la recibió, no con guantes, pero sí con golpes; con unos golpes tan profundos, que aquella jovencita jamás pudo asimilar.
Carmelo la escuchaba hablar de todo esto, y notaba la tristeza que brotaba sin cesar de la voz de su amiga. Ya eran las doce de la noche, pero quería seguirla escuchando, y le preguntó:
--¿Te golpeó muy fuerte tu mamá?
Carlota tragó saliva, y haciendo un gran esfuerzo le respondió:
--Sí, me dio hasta en el alma, con todo lo que me dijo.
Carmelo sintió que el nudo de una profunda emoción empezaba a ahogarlo, y tuvo que carraspear para aclarar su garganta, antes de decirle:
--Ya me imagino cómo te habrás sentido.
--Hasta ahora me siento –dijo Carlota, y agregó:
--Hasta ahora me duele, y yo sé que tú si puedes ver la profundidad de las heridas que llevo en mi interior.
Carmelo se quedó en silencio por unos instantes. No supo que decir, y fue Carlota la que retomó el diálogo:
--Yo hubiera querido que mi mamá me comprenda y me ayude, pero me pasó todo lo contrario.
La voz empezaba a quebrársele:
--Desde esa noche, no me habló por dos semanas. Yo no sabía si me habían servido la comida, y cuando veía mi plato en la mesa ya todo estaba frío. A las dos semanas recién empezó…
--¿Empezó a hablarte?
--No, a insultarme.
Al sentir que la voz terminó por quebrársele, Carmelo buscó la forma de abrazarla. Si algo trataba de hacer en esos instantes era consolar a esa amiga tan querida, diciéndole:
--No te sientas mal, porque para mí tú significas mucho. Me acompañas, me lees en voz alta las asignaturas que les mandaban en el colegio, y si no contara contigo no sé qué haría.
--Ay, Carmelo.
Carlota rompió en llanto como una niña, a la que algo le dolía en lo más íntimo, y en un momento dado Carmelo se puso nervioso, porque nunca había estado ante un cuadro tan impresionante. Aquella amiga tan conversadora, culta, intelectual, con la que hacía solo unas horas había estado tomándose unas cervezas, de pronto aparecía como una pequeña ave que necesitaba recostarse en su hombro para llorar de tanto frío y dolor.
Carmelo se llevó las manos a su propio rostro, y al notar cierta humedad, no supo si era por las lágrimas de su amiga, a la que había acariciado, o por las suyas propias.
Carlota, que en esos momentos permanecía en silencio, de pronto le preguntó con asombro:
--¿Tus ojos también pueden derramar lágrimas? Yo sé que soy una estúpida por preguntártelo, ¿pero es que también tú puedes llorar?
Carmelo no tuvo voz para responderle, pese a que tosió para ver si algo podía decirle. Se palmoteó las piernas, y mentalmente le dijo: “No, no eres ninguna estúpida. Algunas veces a mí también me duele el alma.
Luego de unos instantes, ya más tranquila, Carlota siguió diciendo:
--Tú me agradeces por la ayuda que te doy al leerte, por ejemplo. Sin embargo, no sabes la ayuda que me das al permitirme desahogarme contigo, porque yo no creo que haya mucha gente que me quiera escuchar hablando de mis sufrimientos, de mis frustraciones y de tantas cosas, que a los demás poco o nada le interesan.
--A mí sí –dijo Carmelo.
--Es que tú… -quiso decir Carlota, y aunque dudó, siguió hablando:
--Es que tú me quieres, y eso me produce una profunda pena.
--¿Pena? –preguntó Carmelo.
--Sí.
--¿Porqué?
--Porque quizás te has hecho ilusiones conmigo, y tú ya sabes.
Carmelo se quedó callado. Comprendió que la relación que había fabricado en sus fantasías con Carlota no se haría realidad, y ello también fue un duro golpe para él, pero después de unos instantes dijo:
--¡Podemos ser dos buenos amigos!
--Ay, pero por supuesto –Carlota respondió, y agregó.
--Eso ni lo dudes. Más aún, me daría mucha pena perder tu amistad, pero no quisiera hacerte daño ilusionándote.
Con una voz algo plana, como para esconder una no muy secreta tristeza, Carmelo afirmó:
--Está bien; no te preocupes amiga.
La noche continuaba su curso, haciendo de oscuro testigo de este y de tantos otros encuentros. Ya a esa hora no iba a haber algún colectivo o microbús que lleve a Carmelo hasta su casa, pero aquello lo tenía sin cuidado.
Carlota le seguía contando. En medio de su relato, respondía a las preguntas que su amigo no tenía cuando dejar de hacerle, y constantemente le decía:
--Ay, Carmelo, no sabes qué bien me hace hablar de esto contigo. Tú deberías estudiar para psicoanalista.
Carmelo se sonrió, diciéndose para sus adentros: “Lo que debo encontrar es la forma de ponerle fin a mi soledad”.
Carmelo no siempre tenía con quién conversar, con quién estar, y por eso, se agarraba con uñas y dientes de personas como Carlota. Muy pocas eran las chicas que lo aceptaban, y que estaban dispuestas a sentarse a conversar con él, en vez de irse de paseo, o a una fiesta, con chicos a los que no había que estar llevando y trayendo del brazo.
Pero Carmelo se resistía a reconocer aquello. De la boca para afuera era un chico más, que se había integrado, pero se ponía muy mal en ocasiones como aquella, en la que por la confianza que le tenía la misma Carlota le preguntó.
--Bueno, déjate de vainas amigo mío. Está muy bien que tú seas un magnífico acompañante, un gran conversador. ¿Pero cuándo te voy a ver con una hembra de esas?
Carmelo se quedó callado, y aunque hubiese querido no pudo ocultar su cara de fastidio. Prefirió tamborillarse las piernas, como si estuviera tocando batería, pero Carlota que ya lo conocía insistió:
--¡Ah, evades mi pregunta!
Carmelo se quedó callado. No tuvo el valor de ser franco con su amiga, como ella sí lo había sido, y no le contó que en más de una oportunidad le tocó sufrir el rechazo de parte de las adolescentes a las que él se les insinuaba, incluyendo a las de su colegio.
La misma Carlota había visto cómo cuando Carmelo se acercaba a las muchachas, en la clase, ellas se miraban, unas a otras, como diciendo: ¡Y ahora qué hacemos! ¡Ay, pero qué nervios!
Comprendió el malestar de su amigo, y decidió cambiar en algo el tema hablándole de doña Blanca. Era una señorita que ya había entrado en años y en carnes, y que le había ofrecido recibirlo en su casa para leerle algunos libros en voz alta, diciéndole: “Ay, cuando quieras me llamas por teléfono para comunicarme que quieres venir, y encantada yo te espero”.
Carmelo respiró al oír su nombre, y sintió que por fin iba a poder hablar de una mujer, aunque ya no sea una chiquilla. Aquella señorita le había tomado mucho cariño, y en las sesiones de lectura hablada le había permitido palpar algo más que las hojas de tal o cual libro.
La casa de la señorita tenía dos pisos, y cuando Carmelo llegaba, por lo general, empezaban a leer en la sala, donde ella lo esperaba con un baso de refresco bien helado, si estaban en verano, además de unas galletitas o algún pastelillo que en ciertas ocasiones Carmelo comía con algo de dificultad.
Doña Blanca lo miraba comer, y con un aire de sobre protección maternal le acercaba una servilleta, diciéndole:
--No te preocupes mi vida, que estamos en confianza. Come tranquilo, y después que te limpies la boquita y tus manitos, comenzamos a leer.
Ya Carmelo le había contado algo de eso a Carlota, quien esa noche aprovechó para preguntarle por curiosidad:
--Ay, me vas a matar pero es que soy muy chismosa, jajaja. No puedo resistir la tentación de preguntarte: ¿Cómo te diste cuenta, cómo descubriste que la blanquita era gorda?
Carmelo le iba a empezar a responder, pero antes Carlota le hizo una indicación:
--Cuando me hables, voltea la cara hacia mí.
Carmelo aceptó aquello, porque sabía que su amiga le decía las cosas en muy buena onda, por su bien, y ya volteada la cara hacia ella le empezó a contar:
--Llegué a eso de las cinco de la tarde, y se demoraron en abrir la puerta. Ya era la tercera vez que iba.
martes 19 de mayo de 2009
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