domingo 14 de junio de 2009

Capítulo 9 de Las Anécdotas de Carmelo

9

La noche anterior, la tía de Carmelo soñaba que lo había ido a esperar al aeropuerto del DF. Sus nervios eran tales, que no resistía la idea de aguardar su llegada en Hermosillo, y por eso, había tomado el primer avión que pudo con rumbo a la capital.
Muchas veces había estado en el Aeropuerto Internacional Benito Juárez, en condición de pasajera de una primera clase, que podía darse el lujo de viajar a donde le diera su regalada gana, cuando le provocase, como había ocurrido hacía tan solo unos meses. Partió con destino a Madrid, pero a los tres días, decidió volver a Méjico para estar en el matrimonio de la hija de una prima, y tan pronto como la boda terminó, la doña retomó su periplo por Europa.
Sin embargo, en aquel sueño llegó al terminal aéreo nerviosa, llena de angustia, y no esperó que le abran la puerta del automóvil, ni dio tiempo para que le hagan las una y mil atenciones, que en otras oportunidades había recibido, por parte del personal de tierra y sus jefes. Su obsesión era darle el encuentro a Carmelo, tan pronto como descienda del avión que lo traía de Lima, Perú, y no le importaba nada más.
Los empleados la vieron correr hacia la aduana, regresar a la puerta, subir al segundo piso, buscando por aquí y por allá, y no faltó un par de curiosos, que comentaron:
--Oye, mira a esa doña.
--Sí, qué andará buscando.
La altura del DF empezó a producir estragos en la señora Paula. De tanto correr, ir y venir se agitó.
Cansada, se dirigió al primer restaurante que encontró. Era un lugar tranquilo, bien decorado, que olía a una mezcla de café, tabaco, perfume fino y aire acondicionado, en una atmósfera acompañada por una música de piano, que sonaba suavemente, a un volumen suficiente como para acariciar los oídos de quienes allí estaban.
La señora Paula necesitaba tranquilizarse, y recobrar fuerzas, para seguir buscando a alguien que le pudiera informar acerca de la hora de arribo del vuelo, y sobre todo, que pudiese ayudar a Carmelo cuando llegue. “Cómo hago? ¿Con quién podría hablar?”, se preguntaba incesantemente.
Tomó asiento, y un mesero se le acercó, saludándola:
--Buen día, y bienvenida. ¿Qué le podemos ofrecer, señora?
--Ay, un café, por favor.
--Muy bien, como usted mande –le dijo el mesero, y se retiró.
La señora sintió que le venía a la cabeza la idea de tomarse aunque sea una copa de licor. “Ay, si por mí fuera, me pediría un traguito”, pensó.
Pero, descubrió que las ganas de buscar a Carmelo hasta encontrarlo eran mucho más grandes que sus deseos de tomar. Ya quería tenerlo a su lado para abrazarlo, besarlo y respirar aliviada, sabiendo que había llegado sano y salvo.
Terminó el café que había pedido, y luego de pagar con su tarjeta de crédito, decidió levantarse para seguir andando. Estaba más que inquieta, y se decía a sí misma: “¡Ay, Jesús mío! ¡Dios y Señor! Te pido que cuides a mi Carmelito. San Martincito de Porres, tú que eres su paisano, y que tanta influencia tienes en el cielo, ¡a ti te lo encomiendo!”.
Caminaba por un largo pasillo, y alguien se le acercó, interrumpiendo sus ruegos y súplicas, diciéndole:
--Buenos días, señora. Disculpe usted, pero creo que la conozco.
--Ay, encantada. ¿Con quién tengo el gusto?
-- Mi nombre es Carlos.
--¡Hay, encantada! Yo soy la señora Paula.
El joven que se dirigía a ella se apresuró en decir:
--¿Paula Cerruti?
--Sí, para servirle.
--Señora -dijo Carlos emocionado-. ¡El que está para ponerse a sus órdenes soy yo! Para mí es más que un honor poder atender en todo lo que esté a mi alcance, a la hermana de doña Josefina Cerruti, la dueña de esa tremenda y fabulosa cadena hotelera que ha sido capaz de ir mucho más allá del estado de Sonora, y cuyo prestigio es motivo de orgullo para todos.
La señora Paula sonrió, y dijo:
--Ay, qué amable que es usted. Gracias por tener tan bien conceptuada a mi hermana.
Y Carlos no perdió la oportunidad de agregar:
--Eh, salúdela de mi parte por favor. Pero, por supuesto, primero cuénteme qué se le ofrece. ¿Qué la trae a visitarnos, señora Paulita?
--Verá usted, joven. Ay, ¿te puedo llamar Carlos, no?
--Ah, ¡pos claro!
--Bueno -continuó diciendo la señora-. Te contaré que vengo a recibir a un sobrino mío, que está llegando desde el Perú.
--Pos, si, doña Paulita, entonces, le haremos todas las atenciones que se merece, tratándose de usted y de su hermana –dijo Carlos.
--Muchas gracias, pero -trató de seguir explicando la señora-. Es que pasa algo que.
Y al verla un tanto nerviosa, Carlos le comentó:
--Dígamelo con toda confianza, señora.
--Es que, bueno –siguió explicando doña Paula-. Mi sobrino es cieguito.
--Ah, pero no hay ningún problema –Carlos afirmó en forma categórica-. En este instante voy a ordenar que le den todas las facilidades del caso, y para su tranquilidad, pos yo mismo me voy a encargar de ir a recibirlo hasta el avión, para entregárselo.
Al oír eso, la señora exclamó:
--Ay, hijito, ¡qué amable que eres! Desde ya, gracias por la ayuda que vas a brindarle a mi sobrino, y por supuesto que le transmitiré tus saludos a mi hermana.
--Órale pues, y el agradecido soy yo, señora –dijo Carlos.
Cuando la señora Paula despertó de aquel sueño, mil ideas daban vueltas en su cabeza, y no pocas fueron las preguntas que se hizo: “¿Debía haber ido a darle el encuentro en el DF? ¿Encontrará allá alguien que lo ayude? ¿Llegará bien Carmelito a Hermosillo?".
Encendió su televisor, con el control remoto que se había quedado sobre su cama desde anoche, y empezó a hacer zapping, para informarse acerca de las condiciones del tiempo. Ya eran las siete de la mañana.
Salió de su cama, sin esperar que suene el intercomunicador que conectaba a su habitación con la cocina. Una de sus empleadas domésticas, llamada Cuquita, estaba autorizada a timbrarle a eso de las siete y media, y lo hacía usualmente, para anunciarle que su desayuno ya estaba listo, y que los periódicos del día ya se encontraban a su disposición para que los lea en la sala de estar, o en su mismo dormitorio si quería.
Puso sus delicados pies sobre una mullida alfombra, tejida con una fina lana, que parecía estar acariciándole sus plantas, y luego, los introdujo en un par de elegantes pantuflas de ceda, de color verde agua, que hacía juego con una bata del mismo color. Las había comprado hacía dos semanas en uno de esos viajecitos que solía darse, ya sea a Huston, o Los Ángeles si le provocaba.
Tomó el fono del intercomunicador con su mano izquierda, y ahora, fue la señora la que se adelantó en timbrar. Primero marcó el número tres, pero ese no era el adecuado, porque le correspondía al cuarto de huéspedes, Donde ya todo estaba preparado para Carmelo.
“¡Ay, santo cielo! ¡Virgencita linda de Guadalupe! A ti también te encomiendo a Carmelito para que llegue bien, sin ningún contratiempo”,, dijo la señora, y volvió a intentar la comunicación.
Marcó el número 1. “Ojala que esta vez no me equivoque”, pensó.
En la cocina, Cuquita escuchó la timbrada, pero no se sorprendió. Sabía que doña Paula estaba nerviosa por la llegada de su sobrino, y por eso, se apresuró en contestar:
--¡Buenos días! Mande, señora.
--Buenos días, Cuquita. Por favor, sírveme un desayuno muy ligero, porque no tengo nada de hambre.
--Bueno, señora -Cuquita respondió-. Como usted diga.
La señora Paula hizo un breve silencio, pero luego continuó dando instrucciones:
--Y otra cosa: Dale también desayuno a Fito con tiempo suficiente, como para que prepare el auto, y para que podamos salir a buena hora hacia el aeropuerto. Recuérdale que tenemos que pasar por la casa de la profesora Amanda, quien también va con nosotros.
--Ah, Bueno, horita preparo el desayuno, y le digo al Fito, señora -contestó Cuquita, y agregó:
--El mozo ya está poniendo la mesa, para que usted se acerque cuando quiera.
--Gracias –la señora concluyó.
Colgó el fono del intercomunicador en su base que estaba sobre su mesita de noche, y se puso de pie. Su dormitorio era amplio, y tenía un gran ventanal que daba a un lindo jardín.
Se dirigió hacia el ventanal para distraerse contemplando el paisaje. Era temprano, pero ya se veía a una que otra persona caminando por la calle, y no faltaban los automóviles que rodaban, quizás hacia el norte de la ciudad, yendo por el Bulevar Solidaridad, o hacia el oeste, llegando a lo mejor al aeropuerto por el Bulevar García Morales.
La señora Paula vivía en la zona residencial de nombre Montecarlo. Su lujoso departamento estaba en el segundo piso de un edificio muy bonito, de propiedad de la familia Cerruti.
Inquieta, súper nerviosa, dejó de mirar por la ventana, y se puso a caminar de un lado a otro dentro de la habitación, sin saber qué hacer. Le parecía que la hora no avanzaba, y eso la intranquilizaba más, porque como bien dice ese viejo refrán: “El que espera desespera”.
Volvió a tomar el control remoto de su televisor en sus manos, para ver qué estaban presentando los diversos canales del cable, qué la podía entretener. La CNN estaba transmitiendo sus acostumbrados informes.
En una de esas, entre que pasaba de canal en canal, vio un documental acerca de los perros guías, y entonces la señora Paula pensó: “¿Ay, me encantaría comprarle un perrito así a mi Carmelo, pero no sé si pueda usarlo en Lima”.
En la ciudad de Hermosillo hay una mentalidad bastante abierta, o digamos que más progresista que otras ciudades, debido a la influencia que ejerce el hecho de estar en la frontera con Los Estados Unidos. El vecino está allí nomás, y la gente que a lo mejor va a visitarlo un fin de semana, bien puede darse cuenta en qué onda anda ese vecino en cuanto al uso de los perros guía.
Cuando el documental terminó, la señora Paula apagó el televisor de 29 pulgadas, y se dirigió al espejo que estaba sobre el tocador de su dormitorio. Quería ver si el cirujano plástico, al que visitaba cada cinco años, había logrado en su más reciente intervención que las huellas del paso de los años desaparezcan de su rostro.
Un automóvil pasó con la radio a todo volumen, y por la ventana de su dormitorio se escuchó lo que estaban tocando. Era la canción La Chula, de Maná.
El espejo le confirmó que no tenía arrugas, pero al mismo tiempo le permitió ver lo mismo que descubría cada día. La señora Paula ya no lucía como aquella jovencita que alguna vez había hecho babear a los muchachos de su generación.
¿Qué había sido de aquella chula? ¿Había desaparecido como el auto, cuya radio tocaba la canción de Maná?
La señora Paula lo sabía, y vivía invadida por una profunda tristeza, que con nada se había podido quitar. Hay casos en los que la tristeza no sede, ni si quiera ante el dinero, por mucho que fuese aquel dinero, y tal parecía ser el caso suyo.
No pudo evitar acordarse de tantas anécdotas que le habían ocurrido a lo largo de sus viajes, y de momentos inolvidables como cuando conoció a su esposo. Ocurrió en un crucero, allá por 1965, en pleno mar Caribe.
Cuando aquella joven alta, delgada, de una hermosa cabellera rubia, de finas facciones, de una carita simpática, graciosa, entró al bar del barco, un chico de nacionalidad peruana la vio. Era tan bella, que de la impresión el chico dejó caer su copa, y hasta casi se desmaya.
Le hizo ojitos, y se le acercó:
--Hola. Mi nombre es Antonio, ¿Y el tuyo?
--Paula –respondió tímidamente la joven.
--Eh, Paula, no te molestes por lo que te voy a decir, pero es que en verdad luces hermosa. ¿De qué país eres?
--De Méjico.
--Ah, entonces, podría decirte, ¡qué chula que estás!
--Pos, muchas gracias –dijo aquella joven, poniéndose roja.
Pero, no poca agua había corrido bajo el puente desde entonces, y el espejo no hacía más que confirmárselo. Doña Paula no lo podía ocultar.
Tenía los párpados hinchados y la nariz roja, ¿pero se lo contaría a Carmelo? ¿Le diría por qué? ¿Esperaría a que él mismo lo descubra? Los ojos de aquella chula, a la que el pequeño Carmelito le llamaba Pau sin mirarla, se llenaron de lágrimas.
La idea de tomarse una copita de vino, vodca, o whiskey, le volvió por un instante a la cabeza. Pero, al igual que en el sueño que había tenido la noche anterior, la rechazó, y trató de pensar en otras cosas. "Mi Carmelo es primero", se dijo, y apartó la mirada del espejo.
Caminó hacia la puerta de su dormitorio. En su departamento, todo estaba en silencio, porque Cuquita empezaba con sus labores de limpieza a eso de las diez de la mañana, para no hacer algún ruido que pudiera despertar a la doña en caso que hubiese decidido seguir durmiendo.
Abrió la puerta, pero antes de salir, volvió a timbrar el intercomunicador. En su garganta había un gran nudo que trató de pasar, tragando saliva y tosiendo.
Cuquita le contestó desde la cocina:
--Mande, señora.
--Ya voy a la mesa –se limitó a decir doña Paula.
--Ándele pues. Su desayuno ya está.
Colgó, y salió de su dormitorio, dirigiéndose hacia la mesa del comedor, donde encontró un provocador jugo de naranja. También había pan tostado, que podía untar con mantequilla o mermelada, y una deliciosa ensalada de frutas bañada en yogur.
Tomó una campanita con su mano derecha, y llamó. Quería pedir algo.
El mozo que estaba en la cocina ingresó al comedor, y la saludó:
--Buen día, señora.
--Buenos días, Julio.
En un tono calmado y respetuoso, el mozo interrogó:
--Mande usted. ¿Se le ofrece algo?
--Quisiera que me alcances el teléfono inalámbrico, por favor, y dile a Cuquita que venga.
--Correcto, señora –el mozo respondió.
El teléfono empezó a sonar justo en esos instantes, y mientras se lo traía, Cuquita contestó: “Bueno. Ah, ¿cómo está señora? Sí, aquí le paso con su hermana”.
La señora Paula agarró el inalámbrico, y escuchó:
--Aló, hermanita, te llamo para que sepas que ya todo está coordinado en el aeropuerto.
--Ay, gracias, Fina. Pero, dime, ¿no tendrá ningún problema mi Carmelo?
--No, ninguno -le contestó la hermana, y agregó:
--Te dejo, Pauli, porque ya me estoy yendo a la oficina. Hoy tengo directorio desde muy temprano, pero ya en la noche nos hablamos, porque yo también tengo que conocer a Carmelo.
--Órale pues. Gracias y chau.
Luego de colgar, doña Paula se tomó todo su jugo, y se comió las tostadas, pero no terminó la rica ensalada de frutas. En otras oportunidades se devoraba el plato, y hasta pedía que le echen más yogur, pero ahora estaba sin apetito por los nervios.
Volvió a tomar el teléfono, y marcó el número de la casa de Amanda. Por lo general, hacía que su asistente la comunique con tal o cual persona, pero como todavía aquella empleada no había llegado, la misma señora se comunicó:
--Hola, muy buenos días –dijo tan pronto como oyó que contestaron.
--Sí, ¿señora Paulita?
--Sí, soy yo misma.
Amanda sonrió, y le preguntó:
--¿cómo está usted, señora?
--Ay, Amandita, ¡Ya te imaginarás lo nerviosa que estoy! No veo las horas que Carmelo ya esté aquí. Se lo he encomendado a San Martín de Porres que es su compatriota, y a nuestra Virgencita de Guadalupe para que lo cuiden en el viaje.
--Ah -comentó Amanda-. Verá usted cómo el tiempo se pasa rapidísimo, y cómo cuando menos lo pensemos ya estará con nosotros.
--Ay, jesús mío. Ojala hijita -dijo la señora, y luego preguntó:
--¿Ya estás lista?
--¡Sí, claro! -Amanda respondió.
--¡Perfecto! Entonces, en unos minutos pasaremos por ti –afirmó la señora.
En esos momentos, Rita, su asistente, llegó al departamento, y luego de tomar desayuno con Cuquita y doña Remedios quien se encargaba de la cocina, se presentó en el comedor, diciendo:
--Buenos días, señora. Aquí me tiene más temprano, para lo que necesite.
Doña Paula respondió aquel saludo:
--Gracias, Rita, y por favor, prepara mi baño y la ropa que me voy a poner. Ah, también checa que el auto esté ya listo.
--Al instante, señora –Rita contestó.
Era una mañana de noviembre. Había salido el sol, pero ya no hacía aquel calorzazo de más de 40 grados bajo sombra, que se siente en hermosillo durante el verano tal como Amanda le había contado a Carmelo, en sus largas conversaciones que sostenían por el Skype.
La señora Paula entró a la ducha. Su baño era amplio; tenía un piso de mármol, y estaba equipado con una sauna, y un jacuzzi, al que a ella le encantaba meterse por las noches, para relajarse antes de irse a la cama.
Entre tanto, Rita veía qué ropa escogerle a la señora. En el closet del dormitorio había tal cantidad de prendas, que no sabía por dónde empezar a elegir.
Cuando doña Paula terminó de bañarse, salió hacia su dormitorio, y sobre su cama encontró un fino conjunto. Había una falda y saco gris y una blusa celeste, que se puso con unas medias de nailon y unos elegantes zapatos negros.
Ya vestida, maquillada, perfumada, y luciendo un lindo collar, además de aretes se dirigió a la sala para repasar los periódicos, especialmente el que pertenecía a su familia, como lo hacía todas las mañanas. Le gustaba leer las páginas dedicadas a las actividades sociales, como cócteles, cenas y fiestas, a las que ella y sus amigas solían concurrir.
Su asistente, Rita, ingresó discretamente a la sala, diciéndole:
--Señora, ya todo está listo. Usted nomás diga cuando nos vamos. .
--Ay, gracias -respondió la señora, y agregó:
--Entonces vamos.
Salieron juntas, hacia el ascensor que las llevaría a la zona de parqueo del edificio. Allí las esperaba Fito, el chofer.
Rita le indicó por el Nextel, "Ya estamos bajando", y de inmediato, Fito encendió el motor del auto. Era un Volvo color plateado, del año, que por orden de su hermana había sido adquirido para la señora Paula, como regalo de cumpleaños.
Al ver a la doña, el chofer le abrió la puerta:
--Muy buenos días.
--Buenos días, Fito.
La señora ocupó el asiento posterior con su asistente, y el chofer tomó su lugar.
--¿Hacia donde vamos? -Fito preguntó.
La asistente le indicó:
--Vamos a la casa de la profesora Amanda, y de allí, nos dirigimos al aeropuerto.
--Correcto -el chofer respondió, y dando marcha atrás empezó a rodar el automóvil.
La señora Paula seguía nerviosa:
--Ay, Rita, no veo las horas que Carmelito llegue. ¿Saldrá todo bien? ¿Le darán la ayuda que necesita?
--Por supuesto, señora -Rita respondió-. Hace un rato hablé con la secretaria de su hermana, y me dijo que ya se había contactado con el personal del aeropuerto, por encargo especial de ella, para que le den todo el apoyo que Carmelo pudiera requerir.
--Qué bueno, y cómo me tranquiliza saber eso. Ay, pero igual, ¡qué nervios!
El auto se detuvo. Ya estaban en la casa de la profesora, y al verla parada en la puerta, esperando, la señora Paula dijo:
--Ay, Fito, por favor, tráigase a la cieguita.
--Claro, señora –Fito respondió.
Descendió del auto, y caminó hacia donde la profesora, diciéndole:
--Buenos días; soy Fito.
--Ah, Fito, ¿cómo está?
--Bien, y ya listo para irnos al aeropuerto. Vengo con la señora Paulita y con su asistente.
--Órale pues -dijo Amanda, mientras doblaba su bastón para subir al auto, y luego saludó:
--Buenos días a todos.
--Buenos días, profesora -le dijo Rita.
La señora Paula fue más efusiva:
--Hola Amandita preciosa, ¿cómo estás? ¡Por fin llegó el día que tanto esperábamos! ¿Qué te parece?
--¡Ay, ¡Que padre! -Amanda respondió.
--Claro -dijo la señora-. Ya todo está arreglado, y lo único que falta es que el avión que trae a Carmelito toque tierra. Fíjate que todas mis amigas del grupo de oración me han ofrecido pedir para que llegue bien.
El auto avanzó por el Bulevar Solidaridad. En el cruce con el Bulevar García Morales doblaron para enrumbar hacia el Aeropuerto Internacional General Ignacio Pesqueira García de Hermosillo.

domingo 7 de junio de 2009

Mas de Carmelo

6

A esa hora, la calle era poco transitada por automóviles. Solo de vez en cuando alguien pasaba frente a la puerta de la casa, ya sea caminando, en bicicleta, o montando un triciclo.
Un heladero ambulante, que venía haciendo sonar una pequeña corneta desde lejos, anunciando así sus productos, vio a Carmelo y le preguntó:
--¿Necesitas ayuda, amigo?
Carmelo le dijo que no, y le dio las gracias, para luego volver a tocar el timbre. Era la cuarta vez que tocaba.
Otra voz se dejó escuchar, pero ya no desde la calle. Era la de una mujer que repetía con insistencia” ya voy; un ratito”.
Carmelo percibió que esa voz venía desde arriba, pero lógicamente no podía saber de dónde.
Cristina, la empleada doméstica de la señorita Blanca, no le estaba hablando desde el cielo, sino desde la azotea de la casa. Lo miró con pena, diciéndose a ella misma: “Ay, pobrecito”, y volvió a gritar fuerte desde las alturas, como para que Carmelo la escuche: “Ya voy, joven, ya voy”.
Carmelo esperó unos instantes, y de pronto escuchó que unos pasos se acercaban desde adentro hacia la puerta principal. También oyó el sonido de unas llaves que se agitaban, y percibió que entonces la voz decía: “Ya, aquí estoy”.
La puerta se abrió:
--Buenas tardes, joven.
--Hola Cristina.
Aquella empleada doméstica trabajaba con la señorita Blanca desde hacía muchos años. Había llegado a la casa de sus padres cuando era una adolescente, y se quedaría luego de la muerte de los señores, por pedido de la misma señorita, quien le había dicho:
--Ay, no me vayas a dejar, porque tú conoces mis gustos y hasta mis engreimientos, mejor que ninguna otra persona.
Cristina sabía cuáles eran las preferencias de Blanca. Por la mañana, le gustaba que la espere hasta que se despierte, para ofrecerle el desayuno en su cama.
--¿Qué te provoca desayunar hoy, princesa?
--Ay, quiero comer dos sánguches de huevo con bastante tocino, y mi tazón de café con leche. De lo contrario, podría ser algo de lo que sobró del almuerzo de ayer.
Sin embargo, los caprichos y antojos de aquella señorita, a la que en confianza Cristina le hablaba de tú, iban mucho más allá del desayuno. Luego de no terminar de llenar su estómago, Blanca se echaba en su cama, para pedirle a su empleada que le haga masajes, que le arregle las uñas, que le pinte el pelo, y la mañana se les pasaba a las dos entre el dormitorio y el baño.
Cuando daban la una de la tarde, Blanca estaba sentada a la mesa de su comedor, para seguir engullendo. Comía por dos, y luego, mientras saboreaba un humeante café, acompañado de un cigarrillo tan fuerte que casi parecía un habano, llamaba por teléfono a sus amigas, con las que solía reunirse para jugar cartas y tomar el té.
Podían pasársele una, o dos y hasta tres horas en el teléfono. Algunas veces, ya no se le ocurría de qué hablarles en sus conversaciones, porque lo único que esas viejas sabían hacer era chismear sobre el vestido de Juanita, sobre lo que dijo Pepita, de los amoríos locos de Rosita, o acerca de la calidad de las flores que habían en la sala de la casa de Julita, pero Blanca insistía en llamarlas, para no sentirse sola.
Aquella vida de tipo casi rutinario se rompía los días miércoles cuando, a eso de las 4 de la tarde, después de una siesta, Blanca partía hacia un centro de apoyo, donde se desempeñaba como voluntaria. Leía en voz alta para estudiantes ciegos, quienes solían llamarla: Señorita Blanquita.
Esa mañana, mientras su empleada le hacía la pedicure, blanca le dijo:
--Hoy va a venir mi amigo Carmelo; el chico al que yo le leo en voz alta.
--¿O sea que no vas a ir tú al centro?
--No; voy a hacer unos pagos al banco, y con las mismas me regreso. Si viene, dile que me espere.
Cristina ya había recibido a Carmelo antes. Sabía que cuando él llegue debía ofrecerle su codo para guiarlo hasta la sala.
Lo hizo sentarse en un confortable, y le dijo:
--La señorita ya vuelve, así que espérela joven, por favor.
Carmelo se puso a pensar en el tema que iba a ser motivo de la lectura de aquella tarde. Empezó a repasar en su mente la situación de las relaciones internacionales, pero de repente, y sin poderlo evitar, se acordó de la conversación que tan solo ayer había tenido con su amigo Walter, quien era primo de John.
--Sí, te prometo que te voy a llevar a un burdel para que debutes –le dijo su amigo.
--¿Pero cuando? –Carmelo preguntó.
--Ah, antes de tu viaje. Si quieres mañana –respondió Walter.
--Eh, bueno…
Carmelo titubeó, y luego siguió diciendo:
--Es que mañana tengo una sesión de lectura.
--Ah, tú y tus cosas de intelectual –le dijo Walter casi riéndose, y luego agregó:
--entonces, vamos el sábado, y de paso le decimos a John que nos acompañe. ¡Te voy a presentar a una hembra bien chévere! ¡Se trata de una mamacita!
--¿Le gustará leer? –preguntó Carmelo.
--Olvídate de lo intelectual, baboso –respondió enfático Walter-. Lo que a esa amiguita le gusta es que la penetren, y no creo que por el hecho de ser ciego tú no la puedas satisfacer. ¿Acaso el bastón de carne a ti no se te para?
Carmelo empezó a reírse de solo recordar esa parte del diálogo con su amigo, pero de un momento a otro la puerta se abrió. Era su amiga, la señorita Blanca, que en esos instantes llegaba, impregnando la sala con el aroma de un delicioso perfume.
--¡Ay, quien solo se ríe de sus maldades se acuerda! –exclamó Blanca al verlo, y soltó una carcajada que terminó en una tremenda tos de fumadora empedernida.
Carmelo se quiso poner de pie para saludarla mientras Blanca tosía, pero el libro que tenía a su lado se le calló, y al ver eso, ella se acercó. Le ayudó a recoger el libro, y lo saludó antes que su amigo termine de pararse.
--Hola; aquí tienes tu libro, y no te preocupes. Quédate sentadito, que ahorita nos ponemos a conversar.
--Gracias –Carmelo respondió, un tanto mortificado consigo mismo, por no haber podido fungir de un joven educado, que se hubiese parado para saludar a la dueña de casa, como hubiera sido lo correcto.
La señorita Blanca le echó una mirada. En sus ojos había un toque de pena, mezclada con una dosis de maternal comprensión y una resignada tolerancia.
Carmelo no se hubiera podido imaginar lo que aquellos ojos marrones proyectaban, en esos momentos, al estarlo mirando. Permaneció quieto, inexpresivo, hasta que la señorita volvió a dirigirle la palabra, diciéndole:
--voy a cambiarme de zapatos, porque estos me resultan muy incómodos, y luego vuelvo. ¿Te parece?
Carmelo volvió en sí, y algo nervioso le respondió:
--Eh, sí, claro.
Para remplazar los finos zapatos de taco que llevaba por otros más chatos, la señorita debía subir a su dormitorio. Era una habitación amplia, decorada de rosado, gris y blanco, alfombrada de pared a pared, con una cama de dos plazas y una mesita de noche con su respectiva lámpara a cada lado, un tocador con su espejo, un chaislone para reposar, así como un amplio closet en el que había toda una colección de calzado, y no pocos vestidos.
Carmelo ya había hecho de aquella señorita un motivo de sus fantasías nocturnas. Ya había mojado sus sábanas de solo imaginarse que la estaba besando, luego de haber tirado con ella en una mullida cama, y en esos momentos, empezó a excitarse.
Con una voz juguetona, casi cantando, Blanca volvió a decir:
--¡No me demoro! ¡Ya regreso!
Y en medio de su excitación, Carmelo se dijo: “Debería cambiarse aquí”. Pensó que aquella podía ser una oportunidad para ir más allá de sus fantasías.
Le hubiera encantado tocar aunque sea sus pies, como lo había hecho desde niño con sus tías, ya que por una parte aquellos pies eran lo más accesible a sus curiosas manos, y por otro lado, eran lo que menos podía incomodarle a una mujer, al momento de ser tocados. “¡Qué rico sería podérselos conocer!”, afirmó mentalmente.
Sin embargo, la empleada apareció con unos cómodos zapatos de taco bien chatito, que ella misma se encargó de ponerle a la señorita, luego de unos breves masajes en sus plantas, evitándole así el tener que subir a su dormitorio, y quitándole a Carmelo la oportunidad de dar rienda suelta a su curiosidad táctil.
--Ay, gracias, Cristinita.
--De nada princesa; póngase cómoda.
Carmelo se quedó en silencio, y mientras su ropa interior empezaba a humedecerse, sintió que la fuente de sus eyaculaciones nocturnas tomaba asiento a su lado diciendo:
--Ay, qué bueno que ya no tengo que subir. Si tú quieres, Carmelito, podemos empezar a leer, pero no sé si te parece que primero nos pongamos a conversar. Esta ha sido una tarde algo tensa para mí, y quisiera distraerme, hablando de cosas no tan profundas, con alguien que tiene un interior tan cultivado como tú.
Carmelo tuvo que tragar saliva, y luego de carraspear un poquito para aclarar su garganta, le respondió:
--Ah, por supuesto. Yo no me atrevía a decírselo, señorita, pero…
--No –ella lo interrumpió-. No quiero que me sigas llamando señorita.
--Eh, sí, bueno –quiso decir Carmelo, pero ella prosiguió:
--Quiero ser tú amiga, Blanca, y ahora cuéntame.
--Bueno, en realidad mi examen de historia es para el próximo jueves. No tengo tanta prisa en leer, y hay otras cosas que me gustaría hablar contigo.
--Ah, tú dirás, Carmelo.
--Hay una noticia en el periódico, sobre política, que yo…
Blanca volvió a interrumpirlo:
--Ay, amigo, hoy quisiera conversar de otras cosas. No me tortures hablándome de la espantosa política, ni me des una cátedra sobre la historia de tal o cual músico, o de este o aquel cantante, que tú tanto conoces. Sabes qué, preferiría que me hables de ti; de cómo es el vivir sin tener vista. ¿Qué hay en tu mente? ¿Se te ocurren cosas? ¿Te inventas historias?
La empleada ingresó a la sala, pero sin hacer bulla. Carmelo solo sintió el ruido que se produjo, cuando la bandeja fue puesta sobre la mesa de centro.
Blanca empezó a explicarle:
--Cristina nos ha traído unas galletitas con sardinas y una limonada, pero no te preocupes que eso es solo una entradita, porque luego pasaremos a la mesa del comedor. Ah, y a propósito, ¿te gustan los ravioles?
--Sí, me encantan –respondió Carmelo, casi sin poder hablar, luego de haberse metido a la boca toda una galleta, que hizo que los cachetes se le inflaran como un hámster.
La empleada se disponía a retirarse, pero se quedó sin poder sustraerse de la sorpresa que le causaba ver el espectáculo que Carmelo producía al momento de comer. Cruzó miradas con Blanca, y luego dijo:
--Estoy en la cocina, para lo que necesiten.
--Ay, gracias, Cris –dijo Blanca, y agregó:
No te olvides de traernos una limonadita bien heladita.
--No, no –Cristina respondió ya desde lejos.
Eran como las cinco y treinta de la tarde. Por la ventana de la sala ingresaba el canto de algunos pajaritos y la voz de uno que otro niño, que pasaba por la acera, de la mano de su mamá, reclamándole porque no le había comprado un caramelo: “Yo estudio, estudio, estudio y tú no me compras nada. Ya no te quiero, mala”.
Blanca sonrió. Volvió los ojos hacia Carmelo, y le dirigió una mirada, como si con ella deseara interrogarlo: “¿Tú también eres un niño?”.
Pero, por supuesto que Carmelo no se enteraría de aquello, y Blanca se dio cuenta muy pronto. Descubrió que sus gestos –esos gestos que ella estaba acostumbrada a hacer como algo natural- así como cualquier mirada suya le iban a servir de muy poco, a la hora de intentar comunicarse con el joven al que solía leerle libros de historia, de política, de filosofía, y prefirió retomar el uso de la palabra, para volver a insistir en el tema que le había planteado:
--Ay, cuéntame cómo es aquello de vivir sin ver, Carmelito. ¿Te resulta complicado?
Carmelo, ajeno a cualquier cuestión de tipo visual seguía comiendo con la boca abierta, y blanca que no le quitaba la mirada agregó:
--Come tranquilito, y después me contestas.
Carmelo se tragó a medio masticar lo que tenía en la boca, y le empezó a explicar que ya se había acostumbrado a vivir estando ciego, y que nada lo iba a hacer renunciar a sus sueños de ir muy lejos en la vida.
Blanca lo interrumpió, diciéndole:
--Es que tú eres maravilloso. Dentro de ti hay una fuerza increíble. Si yo me quedara ciega por un solo instante, pero así, por un solo instante, no sé que haría. ¡Empezaría a llamarte a gritos! ¡Carmelo! ¡Carmelo, ven por favor!
Se oyeron unos pasos, y la empleada volvió a hacer su aparición en la sala, trayendo la limonada:
--Espero no haberme demorado mucho –dijo-. También les he traído más galletitas con sardinas.
Blanca la miró, como diciéndole: “Está muy bien que hagas esa explicación en voz alta, para que mi amigo se entere de lo que hay a su alrededor”.
Cristina se acercó, y dirigiéndose a Carmelo le dijo:
--Traiga su manito, joven, para darle otra galletita. Ah, y también le voy a dar su vaso.
Blanca sonrió, y dirigiéndose a Carmelo le dijo:
--Ay, pero qué buena anfitriona es nuestra amiga Cristina, ¿no?
--Ah, sí –respondió Carmelo, mientras se sobaba las manos, luego de poner el vaso al borde de la mesa.
La empleada se acercó para poner el vaso más adentro, diciendo: “Ay, ¡no se vaya a caer!”, y luego le dio una servilleta, para que Carmelo se limpie esas manos que estaban con un poco de mayonesa:
--Aquí tiene, joven.
Blanca le hizo una seña a la empleada, quien entonces se retiró, diciendo:
--Bueno, cualquier cosa, si necesitan algo yo regreso.
--Gracias –Blanca le respondió.
Ya a solas, se le acercó a Carmelo. Tomó la servilleta, y le dijo:
--Yo te voy a ayudar para que estés limpiecito, y no quiero que te sientas mal por lo que estoy haciendo. Un chico tan guapo como tú tiene que andar hecho un dije.
Le pasó la servilleta por las manos. Luego, lo hizo por la cara, y más precisamente, por el lado derecho, entre la nariz y la boca, donde también había quedado un poco de mayonesa.
Si Carmelo hubiese tenido que pasar por una situación de ese tipo en otras circunstancias, se hubiese sentido mal, y no se hubiera perdonado a él mismo, por haber hecho semejante papelón. Quizás hubiese montado en cólera como lo hizo una noche, en un restaurante de Miraflores, cuando sin darse cuenta volteó un vaso de cerveza sobre las faldas de Carlota, obligando a aquella amiga a tener que soportar la broma de alguien que desde un carro le gritó: “¡Te faltaron los pañales!”.
Sin embargo, en esa ocasión no sentía vergüenza, ni malestar alguno por el hecho de que Blanca lo estuviese limpiando, y por el contrario, hubiese querido que lo limpie más, para ver si así tenía la posibilidad de rozarle alguito. Para empezar, hubiera podido ser un senito, y ya no solo el codito.
--Muy bien, pues –afirmó Blanca, y continuó diciendo:
--Ahora sí que usted ya está impecable, así que a contarme. Hay algo que me gustaría preguntar.
Carmelo empezó a sentir una curiosidad casi enfermiza. Experimentó un impulso incontrolable, que lo hizo interrogar:
--¿Sobre qué quisieras saber? ¿Acerca de qué quieres que te cuente?
Blanca esperó por unos instantes, y luego procedió a responderle:
--Me gustaría saber sobre tu amiga Carlota.
--¿Por qué, ah? –se limitó a preguntar Carmelo.
--Bueno –dijo Blanca-. Es que yo siempre te he visto con ella, y llegué a pensar que era tu enamorada. Sé que han salido juntos, y tú mismo me has contado que ella te habla de sus cosas.
Carmelo sintió ganas de estirarse, pero se contuvo. Tenía a Blanca cerca, y la hubiese podido golpear.
Respiró, y luego de hacer un breve silencio le respondió.
--No, no. Carlota no es, y en el fondo, jamás podría ser mi enamorada, por más que yo lo quisiera.
--¿Por qué? –Blanca preguntó-. ¿Es que ella se opone a la posibilidad de estar con un chico ciego?
Carmelo le respondió:
--No; el motivo es otro.
--¿Pero cuál podría ser entonces? –insistió Blanca en preguntar, y luego agregó:
--Bueno, comprendo que para ti sea difícil hablar de tu amiga, pero creo que puedo hallar alguna explicación acerca de su negativa a estar contigo.
Carmelo comprendía que Blanca y cualquier otra persona podía darse cuenta de la situación de Carlota con solo verla. No lucía nada femenina, y eso invitaba a pensar todo lo demás acerca de ella.
Volvió a respirar, y comentó:
--Es que en realidad el caso de Carlota me da pena, y hablar de ella me cuesta, por no decir que me duele.
--Ah, claro, y yo te entiendo perfectamente –Blanca afirmó, y luego dijo:
--No sabes cómo me gusta que seas reservado, en cuanto a las cosas de tus amigas. Ya veo que yo también podría contarte algo de lo mío, y es que interiormente eres maravilloso. ¡Ay, si vieras serías distinto!
Al oír eso, Carmelo comentó:
--Carlota me dice lo mismo.
--Ah, es que ella es muy inteligente –agregó Blanca, y dicho eso preguntó:
--¿Dime, has encontrado alguna vez a chicas lesbianas entre las cieguitas?
Carmelo sonrió, y se limitó a responder:
--Ah, bueno, bueno, conozco a una.
--¿Ay, y por qué no se la presentas a Carlota? –interrogó Blanca, pero después dijo:
--No; dejemos ese tema, y mejor hablemos de otra cosa. Por ejemplo, hablemos de tu viaje a Méjico. ¡Órale!
Carmelo respiró nuevamente, pero por fin ya más aliviado, y empezó a contarle:
--Tengo una tía mejicana, que era esposa de un hermano de mi madrina. Vivía aquí, en Lima.
Enviudó en 1968, y se regresó a su país, pero desde entonces me decía que cuando sea grande me iba a invitar a visitarla, y bueno, ya llegó la oportunidad. Me voy, tan pronto como terminen las clases.
Blanca lo miró mientras lo escuchaba, y procedió a preguntarle:
--¿Y cuando estés allá, en Méjico, te acordarás de mí?
--Sí, claro –respondió Carmelo.
--¿Pero cómo? –preguntó Blanca con cierta inquietud.
--Ah, me acordaré de tu voz .dijo Carmelo.
--¿Y solo eso? –Blanca insistió.
--Bueno, me acordaré del olor del perfume que usas.
--¿Y del olor de mi pelo? Ven, acércate. ¿No quieres olerlo?
Carmelo empezó a temblar por adentro, y mientras le olía el pelo, Blanca le siguió diciendo:
--Ay, no. ¿Te vas a llevar de recuerdo solo esto?
--No, porque cuando esté allá también me voy a imaginar otras cosas –Carmelo respondió.
--¿Otras?
--Sí, otras.
--¿Y cómo te imaginas que soy yo? –preguntó Blanca.
--Ah, muy buena gente –respondió Carmelo.
--No me refiero a mi forma de ser, monguito –afirmó Blanca, y siguió diciendo:
--Mi pregunta se refiere a cómo te figuras que soy: ¿Alguna vez Carlota te hizo una descripción? ¿Tienes una idea de cómo es mi cuerpo? ¿Te han dicho que soy gorda? Sabes, me daría pena si no te han contado nada de mí, porque cuando estés en Méjico no me vas a poder recordar bien, y solo estarás en la capacidad de hacerte una vaga idea de mi existencia, de mi nombre, de mi voz.
Carmelo se quedó callado, pero Blanca le siguió preguntando:
--¿Te atreverías a tocarme algo?
Hubo un momentáneo silencio, pero ella no esperó respuesta, y tomando una de sus manos, se la puso sobre su pierna izquierda.
Sí, y aquella pierna era gorda, tal como Carmelo la había imaginado en medio de sus fantasías.
Blanca esbozó una sonrisa, y luego de rascarse el pelo dijo:
--Ahora, quisiera que conozcas mi rostro.
Le tomó las dos manos. Se las puso sobre su cara, y dejó que la recorra con las yemas de sus dedos.
Carmelo tocó aquellos labios que tantas noches había imaginado besando. Pudo constatar en tiempo real, que esos labios efectivamente eran carnosos, y que estaban húmedos de ansias por besar y ser besados.
Acarició aquella fina nariz de la musa a la que tantas veces había sentido respirar a su lado, y el solo aire que de esa nariz salía lo llevó más allá de la excitación, hasta convertirlo en un volcán.
--¿Tú haces masajes? –le preguntó Blanca con un tono de voz de tipo irresistible.
Y Carmelo le trató de responder:
--Eh, no, pero bueno… ¿Por qué?
--Porque me gusta la forma en la que me acaricias.
--Bueno –dijo Carmelo-. Estoy haciendo en la práctica lo que muchas veces hice en forma imaginaria mientras tú me leías.
--¿Ah, con razón varias veces te notaba distraído! –respondió Blanca.
Los dos se rieron, y ella volvió a tener un nuevo acceso de tos. Ya se había fumado unos siete cigarrillos desde que Carmelo había llegado para la sesión de lectura, pero encendió un nuevo cigarrillo, ¡y quien sabe cuántos más se iba a fumar!
El tenerla a su lado, botando humo por la boca, también había sido parte del imaginario de Carmelo. En su cama, la abrazaba y jugaba con su pelo, mientras que ella fumaba y le daba besos con sabor a un romántico tipo de singular tabaco.
¿Se la iba a llevar mentalmente a Méjico? Claro que sí, pero esa noche, muchos días antes de la partida, Carmelo habría de iniciar otro tipo de viaje, sin pensarlo, sin haberlo programado de esa manera.
¿Dónde había quedado el librito ese de historia? ¿Y qué hubo de los capitulitos esos que iban a leer sobre relaciones internacionales?
Luego de un nuevo y breve silencio, Carmelo preguntó:
--¿Mañana podremos leer?
Pero, ese silencio continuó, y más allá de sus fantasías, sintió que unos labios se posaban sobre los suyos para besarlos, mientras que una voz con sabor a tabaco le decía:
--Sí, vamos a leer mañana, y si quieres también cuando vuelvas de Méjico, pero esta noche, como dice la canción: “Me quedo contigo”.