<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-988950490781206605</id><updated>2011-10-12T08:35:27.882-07:00</updated><title type='text'>Enfoque 21</title><subtitle type='html'></subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://enfoque21.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://enfoque21.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Luis Hernandez Patiño</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14367307307930688700</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>66</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-988950490781206605.post-2155682297918265051</id><published>2010-12-15T08:00:00.000-08:00</published><updated>2010-12-15T08:03:20.684-08:00</updated><title type='text'>Sensaciones de un Limeño</title><content type='html'>&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/988950490781206605-2155682297918265051?l=enfoque21.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://enfoque21.blogspot.com/feeds/2155682297918265051/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=988950490781206605&amp;postID=2155682297918265051' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/2155682297918265051'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/2155682297918265051'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://enfoque21.blogspot.com/2010/12/sensaciones-de-un-limeno.html' title='Sensaciones de un Limeño'/><author><name>Luis Hernandez Patiño</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14367307307930688700</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-988950490781206605.post-2597526021947171442</id><published>2010-03-13T09:48:00.000-08:00</published><updated>2010-03-13T09:49:15.265-08:00</updated><title type='text'>Visita de Carmelo. Capítulo 5</title><content type='html'>5&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿ÉL ES MI TÍO?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Voy a abrir bien la ventana –dijo la mamá de Carmelo.  Se levantó, y dio media vuelta-.  Hace mucho calor –comentó, y ya se iba a sentar nuevamente.&lt;br /&gt;Pero, en esos momentos, se escuchó la bocina de un automóvil que se detenía, haciendo ruido con las llantas, mientras parqueaba.  Al mismo tiempo, el timbre de la casa empezaba a sonar.  Pasaron unos segundos, y Zoila, la empleada, gritó en forma efusiva, exclamando desde la cocina:&lt;br /&gt;– ¡Ahí llegan la señora Claudia y la bebe!&lt;br /&gt;–Ábreles, por favor –dijo la mamá de Carmelo.&lt;br /&gt;–Yuju, yuju, ya llegamos –anunció Claudia, en forma juguetona, al tiempo que entraba por la puerta de la cocina.&lt;br /&gt;Carmelo se puso de pie, para saludar.&lt;br /&gt;– ¿Has traído a mi muñeca? –preguntó su mamá.&lt;br /&gt;–Sí, porque felizmente ya no tiene fiebre –le respondió Claudia.&lt;br /&gt;Carmelo escuchó unos pasitos que se aproximaban raudamente hacia él, y abrió sus brazos.&lt;br /&gt;–Sí, aquí estoy con mi... -la pequeña quiso hablar, pero enmudeció cuando se encontró con Carmelo.&lt;br /&gt;Nunca había visto a alguien que no la miraba, que tenía un bastón en la mano, y creyó que con ese palo, él le iba a pegar.  La pequeña se quedó sorprendida.&lt;br /&gt;–Hola, preciosa –le dijo Carmelo, tratando de romper el hielo.&lt;br /&gt;Estiró sus manos, como para encontrarla, abrazarla, y hacerle cariño, en forma efusiva.  Pero, en su intento, él casi le mete el dedo a un ojito, y la bebe se asustó más, arrimándose hacia donde estaba su mamá.&lt;br /&gt;–Ven para acá, hijita de mi amor –le dijo Claudia-.  Hay algo que quiero contarte –añadió, algo nerviosa.&lt;br /&gt;La hermana de Carmelo se había pasado horas, días y noches enteras, sin saber cómo explicarle a su pequeña que su tío era ciego.  Se ponía a pensar en todas las preguntas que la niña le iba a hacer, y el solo hecho de imaginarse ante tales interrogantes, la ponía súper nerviosa.&lt;br /&gt;–Ya sé –la interrumpió la pequeña, y dijo-: Ya sé que mi tío va a venir de viaje.&lt;br /&gt;–No, el tío ya está aquí, junto a la mamama –le dijo Claudia, mirando fijamente a su mamá, como queriéndole decir déjame que le explique.&lt;br /&gt;–Mami, pero entonces él...  –balbuceó la pequeña.&lt;br /&gt;–Así es, mi amor, él no puede... –Claudia le iba a decir, pero su hija la volvió a interrumpir.&lt;br /&gt;– ¿Él es mi tío? –preguntó la pequeña.&lt;br /&gt;–Sí, mi amor –le contestó Claudia-.  Es el tío del que te he contado tantas anécdotas, y lo que pasa es que no puede ver.&lt;br /&gt;– ¿Y cómo hago para saludarlo? –interrogó la niña, en una forma totalmente inocente, espontánea, cristalina, carente o desposeída de cualquier prejuicio.&lt;br /&gt;–Ven, ven -Claudia cargó a su hija, y la acercó a donde Carmelo-.  Le das un besito en su mejilla, así, y le dices que tú también te llamas Claudia –le indicó.&lt;br /&gt;–Hola, Claudita –le dijo Carmelo.&lt;br /&gt;–Hola –lo saludó la niña, y sin pensarlo mucho, le preguntó directamente-: ¿Tú eres mi tío?&lt;br /&gt;–Sí, claro -Carmelo se rió, y la pequeña, Claudita, también.&lt;br /&gt;–Yo quería mostrarte una muñeca que he traído –le dijo ella, y de un modo natural, en un tono de lo más amigable, lejos de cualquier tipo de reparo, con la soltura que tienen los niños, le siguió diciendo-: Pero tú no la vas a poder conocer, tío.&lt;br /&gt;–Por supuesto que sí –le contestó Carmelo-.  Si me la dejas tocar, te diré cómo está.  Si es gorda, flaca, grande o chica.&lt;br /&gt;–Ah, entonces ya sé –la pequeña empezó a reírse, y exclamó-: ¡Te la voy a hacer tocar!  Ya vengo –agregó, mientras corría hacia el carro.&lt;br /&gt;– ¿A dónde vas? –le preguntó Zoila, por la ventana de la cocina.&lt;br /&gt;–Voy a traer mi muñequita –le gritó Claudita, mientras abría la puerta del carro-.  MI tío la va a tocar –añadió, con gran entusiasmo y a grandes voces.&lt;br /&gt;Pero, en esos instantes, Carmelo estaba pensando en otro tipo de muñeca; en una, que lo tenía absorto, sumergido en sus fantasías, creando historias.  Desde hacía mucho tiempo, ella le había dicho que no, que entre los dos no podía haber nada, pero él le insistía, e imaginariamente, la tenía a su lado.&lt;br /&gt;–Ponte cómoda –le dijo mentalmente, y le preguntó-: ¿Quisieras que toque la guitarra?&lt;br /&gt;–Claro que sí, mi amor -Carmelo vibró de solo imaginar la respuesta de ella, y le hizo otra pregunta más-.  ¿Qué canción deseas oír?&lt;br /&gt;–La que prefieras –le escuchó decir a ella en sus fantasías, y le dio la impresión que añadía-: Pero te pediría ese Bésame con Frenesí, que como sabes me aloca.&lt;br /&gt;Carmelo se sonrió, e imaginariamente empezó a tocar la guitarra.&lt;br /&gt;–Aquí vengo con unas deliciosas empanadas –dijo Claudia, su hermana, que había ido a la cocina a sacar unos platos-.  Son de tipo argentino, y se las he comprado a una señora que me recomendaron el otro día –comentó, con la boca medio llena, y añadió-: Están buenísimas, aquí te doy una.&lt;br /&gt;–Gracias –Carmelo recibió la empanada-.  Gracias –reiteró.&lt;br /&gt;Pero, en su mente, seguía pensando en ella, y le propuso ir más tarde a visitar a un primo, que también había regresado.&lt;br /&gt;– ¿Cómo así ha vuelto? –le pareció que ella le preguntaba.&lt;br /&gt;–Viene de vacaciones –masculló Carmelo-.  Ha estado trabajando durante todo un año en un crucero como bar tender, y muy pronto ha de partir.  Ya verás qué simpático que es.&lt;br /&gt;– ¿Con quién hablas, hijito? –le preguntó su mamá, al escuchar que Carmelo mascullaba.&lt;br /&gt;–Yo haría otra pregunta –dijo Claudia-.  ¿En quién estás pensando?  Parece como si estuvieras en otra parte, con alguien muy especial –insistió su hermana.&lt;br /&gt;– ¿A quién le tocas la guitarra, le cantas y le conversas en una forma tan entretenida y con tanto esmero, que ya quisiera que lo hagas así conmigo? –le siguió preguntando su mamá.&lt;br /&gt;–Se trata del personaje principal de una de mis anécdotas –respondió Carmelo, tratando de ensayar alguna explicación.&lt;br /&gt;– ¿Pero esa anécdota que parece ardientemente romántica también incluye música? –le preguntó su mamá.&lt;br /&gt;–Por supuesto –afirmó Carmelo-: Música de la buena, como algunos de esos boleritos que a ti y a tus amigas tanto les gustan.&lt;br /&gt;–entonces, podrías hacer una obra de teatro a partir de esa anécdota, hijito -su mamá se llenó de entusiasmo.&lt;br /&gt;–Sí, y he pensado enseñársela a Carlota, porque me interesa su opinión –contestó Carmelo.&lt;br /&gt;–Carlota está feliz, y no sabes cómo me ha estado llamando estos días –le dijo su mamá-  No sabes cuánto anhela que llegue la hora de verte.&lt;br /&gt;Carmelo prefirió cambiar de tema, y empezó a contar sobre una amiga que le enviaba correos electrónicos de voz.  Ella le escribió en una ocasión, luego de leer uno de sus artículos, y desde ese momento, se inició una correspondencia muy agradable.  Los mensajes de voz se fueron sucediendo, y entre ambos, se desarrolló una relación muy simpática.  Cuando ella se enteró que Carmelo vendría a Lima, para exponer en el seminario sobre periodismo e inclusión, se inscribió, como participante, cosa que así, tendría la ocasión de conocerlo.&lt;br /&gt;– ¿Y cómo se llama esa chica? –le preguntó su mamá.&lt;br /&gt;–Miranda –contestó Carmelo, y siguió contando-: Ella también es periodista.  ¡Escribe muy bien!  En el avión vine leyendo uno de sus más recientes artículos.  Se lo dedicó al tango, que a ella le fascina.  Cuando pequeña soñaba con ser cantante, pero no tenía una voz tan buena que digamos.  Sin embargo, jamás se desligó del género musical ya mencionado, y de vez en cuando, se da tiempo para escribir alguito al respecto, dejando de lado el tema de la inclusión, por unos instantes.&lt;br /&gt;– ¿Y qué me cuentas de Amanda? –Le preguntó su mamá-.  En tus correos me decías que habías hecho muy buenas migas con ella.&lt;br /&gt;–Ah, bueno –le respondió Carmelo-: Es una chica muy inteligente.  Trabaja como profesora de niños ciegos, y hay que ver el nivel de preparación que sus alumnos alcanzan.&lt;br /&gt;–Pero qué maravilla –comentó su mamá-.  Es de no creerlo.&lt;br /&gt;En esos instantes, Zoila ingresó a la sala.&lt;br /&gt;–Ya está el almuerzo –dijo.&lt;br /&gt;Carmelo, su hermana Claudia y su mamá, se pusieron de pie, y caminaron hacia la mesa del comedor.&lt;br /&gt;–Sí, verdaderamente, la admiro –afirmó Carmelo, mientras tomaba asiento, cuando llegaron a la mesa-.  La admiro –siguió diciendo-: Porque ha sabido salir adelante, pese a todos los inconvenientes que a lo largo de su vida se le han ido presentando.&lt;br /&gt;–Entonces, se trata de una chica que tiene un gran mérito –dijo Claudia.&lt;br /&gt;–Por supuesto –respondió Carmelo.&lt;br /&gt;Todo estaba listo para empezar a comer.  En el comedor se percibía un aroma delicioso, y hacía hambre.&lt;br /&gt;–Sírvanse –dijo la mamá de Carmelo.&lt;br /&gt;Pero la hijita de Claudia vino de la cocina.&lt;br /&gt;–Aquí está mi muñequita, tío –dijo la pequeña, y dándosela a Carmelo, añadió-: Tócala, para que sepas cómo es.&lt;br /&gt;–Deja la muñeca para después –recriminó Claudia a su niña.&lt;br /&gt;–No, no le quites la iniciativa de compartir conmigo –le dijo Carmelo, y dirigiéndose a la niña, le indicó-: Tráeme a esa belleza, que yo la quiero conocer.&lt;br /&gt;La pequeña aplaudió, y acercándose a él, le dio un beso, diciéndole con gran entusiasmo:&lt;br /&gt;–Fíjate, fíjate, tío.  Tócale su pelito.  Ah, y funciona con pilas.  Le puedes escuchar su voz.  Seguro que ella habla distinto que tus enamoradas –siguió diciendo la pequeña.&lt;br /&gt;Claudia y su mamá trataron de llamar la atención de la niña con la mirada, pero ella tenía los ojos clavados en los dedos de Carmelo, que iba recorriendo a su muñeca.&lt;br /&gt;–Yo quiero aprender a tocar como tú, tío –le dijo la pequeña.&lt;br /&gt;–Sí, pero ahora déjalo almorzar –le respondió su mamá.&lt;br /&gt;–Ya, entonces me voy a la cocina –dijo Claudita-.  Pero después que coman su postre, regreso.&lt;br /&gt;–Sírvanse, por favor –reiteró la mamá de Carmelo, para añadir luego-: Zoila nos ha preparado unos Tamalitos Verdes de entrada, y de segundo plato nos tiene un delicioso Arroz con Pollo.&lt;br /&gt;– ¡Qué rico! –Carmelo exclamó-.  Zoila ni se imagina cómo he extrañado el sabor que le pone a sus comidas.  En New York no es difícil encontrar platos peruanos, pero nada como algo preparado aquí mismo.&lt;br /&gt;– ¿Y esta noche, piensas encontrarte con alguien? –le preguntó su hermana.&lt;br /&gt;–Creo que voy a descansar –dijo Carmelo-.  Me quedaré en mi hotel.  Ya habrá tiempo para hacer otras cosas y visitar a algunos amigos.&lt;br /&gt;– ¿No vas a llamar a tu prima? –le interrogó su mamá.&lt;br /&gt;–No sé, madre –respondió Carmelo, en forma enfática-.  Ya veré qué hago.&lt;br /&gt;–Delante tienes una copa de vino –le indicó su hermana.&lt;br /&gt;–Gracias -Carmelo la agarró con su mano derecha.  Se la llevó a la boca, iba a dar un sorbo, pero antes se imaginó que el borde de aquella copa había sido rozado por los labios de la musa de sus sueños, y le dio un beso.&lt;br /&gt;– ¿Piensas invitar a cenar a Miranda? –le preguntó Claudia.&lt;br /&gt;–Sí, le respondió Carmelo-.  Me gustaría llevarla a un restaurante especializado en pescados y mariscos, porque me ha contado que le encantan.&lt;br /&gt;–Oye, Carmelo –siguió hablando su hermana-: ¿Y Carlota sabe acerca de Miranda?&lt;br /&gt;–Lógico, claro que sí –afirmó él-.  Yo le cuento muchas de mis cosas  –añadió, mientras volvía a alzar la copa, pensando invitarla a cenar, en algún restaurante que tenga vista al mar.&lt;br /&gt;– ¿Quieres más tamalitos? –le preguntó su mamá.&lt;br /&gt;–Sí, gracias –respondió Carmelo-.  Están deliciosos.&lt;br /&gt;Mientras el almuerzo se desarrollaba en una atmósfera muy agradable, la hijita de Claudia seguía en la cocina, conversando con Zoila.&lt;br /&gt;–Yo no voy a jugar con ningún palito, para que no me pase como a mi tío –dijo la pequeña.&lt;br /&gt;–Sí, pues –le contestó Zoila-.  Tienes que cuidar tus ojitos.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/988950490781206605-2597526021947171442?l=enfoque21.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://enfoque21.blogspot.com/feeds/2597526021947171442/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=988950490781206605&amp;postID=2597526021947171442' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/2597526021947171442'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/2597526021947171442'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://enfoque21.blogspot.com/2010/03/visita-de-carmelo-capitulo-5.html' title='Visita de Carmelo. Capítulo 5'/><author><name>Luis Hernandez Patiño</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14367307307930688700</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-988950490781206605.post-8072010692335170704</id><published>2010-03-07T20:28:00.000-08:00</published><updated>2010-03-07T20:29:20.162-08:00</updated><title type='text'>La Visita de Carmelo.  Cuarto Capìtulo</title><content type='html'>4&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EN LA CASA&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Aquí está Carmelo –dijo John, por el intercomunicador-.  Por fin, llegamos del aeropuerto –añadió, con entusiasmo.&lt;br /&gt;–Ya, ya voy –se apresuró a responder Zoila, y desde la cocina, empezó a gritar-: Señora, ahora sí, ahí está Carmelito, y no lo puedo creer.  Hizo una breve pausa, y con los ojos llenos de lágrimas, ella misma exclamó-: ¡Qué emoción!&lt;br /&gt;–Vamos, vamos a recibirlo –afirmó su mamá.&lt;br /&gt;Mientras Zoila, la empleada, salía corriendo por el garaje, la mamá de Carmelo se levantó de su asiento, de un brinco, y también quiso correr, como lo hacía cuando era muchacha.  Salía todas las mañanas, y trotaba de ida y vuelta, desde Magdalena donde estaba su casa, por la costanera, hasta Miraflores.&lt;br /&gt;–Claudia, tu hermano –le dio la voz a su otra hija, quien estaba hablando por su celular, haciendo unas coordinaciones con su jefa, sobre el trabajo del día.&lt;br /&gt;–Bacán, gracias -respondió Claudia-.  Entonces, ya en la tarde te hago llegar el reporte correspondiente, pues.  Nos vemos, bye.&lt;br /&gt;–Es que no lo puedo creer -insistió su mamá, luego que Claudia colgó el teléfono-.  Me parece mentira de solo pensar que mi hijo está de regreso –agregó, con un nudo que le ahogaba la garganta.&lt;br /&gt;– ¿Te acuerdas cuando se fue? -preguntó Claudia, y añadió-: De hecho que ha cambiado.&lt;br /&gt;–No, no –negó su mamá, en forma rotunda, con la cabeza-.  &lt;a name="OLE_LINK2"&gt;&lt;/a&gt;&lt;a name="OLE_LINK1"&gt;Para mí sigue siendo el mismo.&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;La señora se resistía a reconocer que durante estos años, su hijo pudiera haber dejado de ser aquel niño, al que ella sobreprotegía hasta que ya no ya.&lt;br /&gt;–Para mí sigue siendo el mismo –reiteró, con énfasis, y en su afán, por salir rápido, se golpeó la rodilla con la mesa de centro-.  Au, carajo -dijo, pero nada la detuvo, y muy pronto ganó la calle, sin poder creer lo que sus ojos veían.  -¿Carmelo? –preguntó.&lt;br /&gt;–Sí, señora –le respondió John, antes de saludarla-.  Él es.&lt;br /&gt;Sin perder un solo instante, su mamá se acercó al carro.  Abrió la puerta, adelantándose al taxista, y preguntó:&lt;br /&gt;– ¿Eres tú, hijito mío?  ¿Eres tú?  ¿Es verdad que has vuelto?&lt;br /&gt;–Si, yo mismo soy -Carmelo bajó del auto, y se abrazó de su mamá, como lo hacía cuando, por las tardes, la señora Emma, que le hacía la movilidad, lo traía en su camioneta.&lt;br /&gt;–Hasta mañana, Carmelito –le decía la señora.&lt;br /&gt;Ni bien llegaba, él se le abrazaba, y sacaba de su bolsillo un chocolate o un caramelo, que le había comprado a la hora del recreo, porque sabía que a su mamá le gustaba el tipo de dulces que vendían en el patio del colegio.&lt;br /&gt;–Gracias, hijito, gracias –intentó decir su mamá, pese a que el nudo que tenía en la garganta se lo impedía.&lt;br /&gt;Junto a ella estaba Zoila, la empleada, que de pronto exclamó:&lt;br /&gt;– ¡Carmelito!&lt;br /&gt;Entonces, él también abrazó a Zoila, le dio un beso, y se acordó de lo que sucedió aquella vez.  Su mamá había salido, y Carmelo dirigió sus pasos hacia el cuarto de planchar, donde la empleada doblaba unas cuantas camisas suyas.&lt;br /&gt;–Hola –le dijo, y la empezó a acariciar.&lt;br /&gt;–Bienvenido, mi amor -Zoila le retribuyó el saludo con gran ternura y un inusitado afecto.&lt;br /&gt;Carmelo la besó una vez en los labios, en ese cuarto de planchar, y como ella le pidió: -Sigue, bésame una vez más, más, pasaron juntos un largo rato.&lt;br /&gt;Carmelo tenía muy presente la lista de canciones que Zoila entonaba, mientras planchaba su ropa de colegio.  Eran baladas y boleros que aprendía, escuchando la radio portátil que sonaba, todo el día, en la cocina de la casa.&lt;br /&gt;– ¿Todavía sigues cantando esas canciones? –le preguntó, sin dejar de abrazarla.&lt;br /&gt;– ¡Claro que sí! –Zoila exclamó, mirando al periodista que ahora venía a dar un seminario, sobre un tema que ella ni conocía.  Era el mismo que cuando niño le abrió la puerta, al momento de presentarse por un aviso en el que se pedía empleada doméstica-.  No sabes cómo te he extrañado –añadió esa misma empleada.&lt;br /&gt;–También yo te he echado de menos –le contestó Carmelo.&lt;br /&gt;–Aráñame, muérdeme, para ver si de ese modo vuelvo a la realidad –le dijo su mamá.&lt;br /&gt;Algunos peatones, que pasaban frente a la puerta de la casa, se detenían atraídos por aquella escena.&lt;br /&gt;–Mira, esa señora, cómo llora –comentó un inocente niño.&lt;br /&gt;–Sí –le dijo su papá, y en medio de un gran temor, le advirtió-: Ven, cuidado con el bastón de ese señor, hijito.&lt;br /&gt;– ¿no será todo esto nada más que pura ilusión? –preguntó la mamá de Carmelo.&lt;br /&gt;–No, mami, no –afirmó Claudia, y haciendo fuerzas para que la emoción no termine por quebrarla, agregó-: Me acuerdo que la abuelita decía que Carmelo iba a volver.  Aquí lo tienes, así que despierta, y disfruta de este momento.&lt;br /&gt;Al oír esas palabras, la madre sollozó.  Cuánto había hecho su viejita por consolarla, y darle fuerzas.  Cuánto la había ayudado, en los momentos más difíciles, cuando escuchó decir al doctor: –Su hijo va a ser ciego.  Y cuánto disfrutaría ahora, aquella abuela, si viera a su nieto.  Ya no era ese pequeño, por el cual los demás niños preguntaban: – ¿Por qué sus ojitos?  Ya no era aquel adolescente solitario, necesitado de experiencias, para salir adelante.  Ahora era todo un hombre, al que aquella abuela había alentado siempre, haciéndose su cómplice en algunas ocasiones, celebrando y apoyando sus decisiones.&lt;br /&gt;Carmelo no podía olvidarse que la primera en festejar la noticia de su viaje a Méjico, la más entusiasmada con aquel proyecto, era su abuela precisamente.&lt;br /&gt;–Así es la vida –le decía la viejita a la mamá de Carmelo, que no dejaba de llorar de solo pensar que su niño se le iba-.  Así es –le insistía, y agregaba-: Tenemos que alentarlo, y darle nuestro apoyo.  Yo le voy a organizar una despedida.&lt;br /&gt;Claudia se le acercó.  Sus mejillas también estaban humedecidas.  Lo abrazó con todas sus fuerzas.&lt;br /&gt;–Hermanito –le dijo-: Ven y entra conmigo.&lt;br /&gt;–Sí, entremos –le respondió Carmelo.&lt;br /&gt;En la casa todo seguía igual, como  Cuando él se fue.  Los muebles de la sala tenían la misma ubicación.  El sofá de tres cuerpos iba en paralelo a la ventana, de pared a pared, y dos sillones más pequeños estaban a la derecha e izquierda del sofá, respectivamente.  Uno tenía dos cuerpos y otro solo uno.  Había una mesa de centro, que ahí permanecía, y también un equipo de música, en el que se podía oír esos discos de antaño, de 33 revoluciones por minuto.  Lo único que ya no existía era un viejo jarrón, que la hijita de Claudia rompió una tarde.  Se había puesto a jugar en la sala con una pelota, y pundungún, jarrón destrozado.&lt;br /&gt;Su dormitorio también estaba igualito, como si anoche se hubiese acostado para dormir después de llegar de la universidad, o como si hoy, tempranito, se hubiese levantado para ir a estudiar o a hacer su programa de radio.  Tenía una cama, una mesita de noche a cada lado, una lamparita en la cabecera, un escritorio con una computadora que estaba al frente de la cama, un pequeño equipo de música, y todo se encontraba en el mismo lugar.&lt;br /&gt;Pero Carmelo iba a tener que readaptarse a la atmósfera, al ambiente, a la forma de hablar, a los modismos que su mamá y su hermana usaban.&lt;br /&gt;–Qué bacán que estés con nosotros –le dijo Claudia.&lt;br /&gt;Así hablaba él también con sus amigos del colegio, de la universidad, con la gente que se encontraba a diario, por donde fuese.  Algunos le interrogaban: -¿Cómo computas?, en vez de: -¿Cómo sabes?  También podían preguntarle: -¿Oe, cómo manyas por dónde estás?&lt;br /&gt;Cuando viajó, poco a poco, fue asimilando aquel órale, ándale pues.&lt;br /&gt;– ¿No que me quieres mucho? –le preguntaba su tía, Paula.&lt;br /&gt;Claudia sugirió tomar asiento en la sala.&lt;br /&gt;–Todavía tengo alguito de tiempo para conversar –dijo ella.&lt;br /&gt;– ¿Y cómo está mi sobrina? –le preguntó Carmelo.&lt;br /&gt;–Anoche estuvo con un poquito de fiebre –contestó Claudia-.  Me hubiera encantado traerla, pero me dio miedo.  En todo caso, si al medio día está mejor, me vengo con ella para que te conozca.&lt;br /&gt;– ¡Claro! –Carmelo exclamó, mientras tomaba asiento en el mueble de dos cuerpos.&lt;br /&gt;– ¿Estás cómodo, hijito de mi alma? –le preguntó su mamá, que andaba preocupada del más mínimo detalle.&lt;br /&gt;–Pos, sí –le respondió Carmelo, y añadió-: Estoy bien padre.&lt;br /&gt;– ¡Órale! –Claudia exclamó, y a modo de tomarle el pelo, agregó-: A poco nos cantas una ranchera.  La misma claudia se rió, y como haciendo chacota, preguntó-: Oyes, Carmelo: ¿Y qué tal si le enseñas a Zoila cómo se preparan los tacos?&lt;br /&gt;–Claro –dijo la empleada-: Al toque nomás aprendo.  Enséñame –agregó, mientras cargaba el equipaje-.  Enséñame, Carmelito.&lt;br /&gt;Sonriendo, Carmelo prefirió pensar en Verónica, una portorriqueña que vivía en el segundo piso de su edificio.  La conoció en el ascensor, una noche, cuando llegaba de su trabajo como de costumbre.&lt;br /&gt;– ¿A qué piso tú va’, mi hijo? –le escuchó preguntar, con su acento tropical y una voz algo raspada por el tabaco y el alcohol.&lt;br /&gt;–Al cuarto –le indicó él.&lt;br /&gt;Carmelo no sentía interés por Verónica, porque la que lo atraía era otra chica, una periodista que le enviaba correos de voz.&lt;br /&gt;Su relación con la portera se limitaba a algunas aventuras, ciertamente fogosas, a un simple mete y saca.  Todo comenzó una mañana, cuando sintió que le tocaban la puerta.  Era un sábado, y Carmelo ni se había vestido.&lt;br /&gt;– ¿Quién? –preguntó él.&lt;br /&gt;–Soy Verónica.&lt;br /&gt;–Hola, bienvenida, pasa –le dijo Carmelo, y le preguntó-: ¿Qué se te ofrece?&lt;br /&gt;–Me he quedado sin agua caliente –le respondió Verónica, y agregó-: Quisiera saber si me permitirías usar tu ducha.&lt;br /&gt;–Come on, baby –le dijo él, sin dudarlo ni por un instante, y la ducha duró como hasta las dos de la tarde.&lt;br /&gt;En la sala había un cuadro hermoso, pintado por la hermana de Carmelo quien siempre mostró dotes de artista.  Le encantaba hacer retratos, y en la época del colegio, disfrutaba burlándose de los profesores que la desaprobaban, mediante caricaturas sarcásticas, que les dedicaba, con todo cariño.&lt;br /&gt;–Cuéntame sobre ese cuadro –le dijo Carmelo a su mamá-.  Ya me habías hablado algo al respecto en algún correo, pero cuéntame.&lt;br /&gt;–Está inspirado en una foto de tu abuela –le explicó la señora, y después de suspirar, prosiguió-: Tu tía Clara conserva esa foto, hasta el día de hoy.&lt;br /&gt;Carmelo hubiera querido saber de qué color era la ropa que su abuela lucía, en esa foto, pero decidió averiguarlo luego.  En esos instantes, el sentimiento que lo abordaba era mucho más intenso que un rojo, un verde, o bastante más profundo que el azul que nunca vio, y pensó: «Te quiero, tal como te conocí, mamama; con tu voz alegre, con tu risa pícara, con tu forma de entender la vida, con tu disposición a ser mi cómplice, cuando te necesité para que escuches mis anécdotas, a veces tristes, a veces jocosas».&lt;br /&gt;Se acordó de la llamada que recibió aquella mañana, unos días antes de partir.&lt;br /&gt;–Aló –Carmelo escuchó que el teléfono timbraba, y contestó.&lt;br /&gt;–Carmelito –su abuela lo estaba llamando-.  Vente, que te estoy organizando una pequeña despedida.&lt;br /&gt;Carmelo solo tenía una abuela, porque la madre de su papá ya había fallecido.  Era una señora muy alegre, que siempre estaba dispuesta a recibir a los nietos en su casa de Magdalena.&lt;br /&gt;–Gracias, mamama –le respondió Carmelo-.  Estaré a eso de las seis en tu casa.&lt;br /&gt;–Me parece regio, hijito –le dijo la viejita-.  Aquí te espero.&lt;br /&gt;El solo evocarla lo dejó en silencio, sin poder evitar los recuerdos que se habían encargado de perseguirlo durante todo el viaje, desde que tomó el avión.  Su mamá también se quedó callada.  Solo se escuchó el equipo de música, que sonaba bajito, y la voz de una lora, que un buen día llegó al patio de la casa, sin que nadie sepa cómo.  De vez en cuando, la lora llamaba a alguien, pronunciando un nombre: Miranda.&lt;br /&gt;– ¿Qué? -preguntó Carmelo, cuando la escuchó.&lt;br /&gt;–Ya viene Miranda –le dijo Claudia a la lora, en son de broma, y luego se despidió de su mamá y de Carmelo-.  Bueno –les comentó-: Me voy.&lt;br /&gt;– ¿Por qué, hijita? –le preguntó su mamá.&lt;br /&gt;–Porque me toca visitar a unos médicos de la zona de Lima norte, que están interesados en probar los productos del laboratorio –respondió Claudia, y acotó-: También tengo que llevarle unas medicinas a la bebe.  Si ya no tiene fiebre, me la traigo.&lt;br /&gt;Carmelo se puso de pie para despedirse.  Cuando se fue de viaje, Claudia estaba soltera.  Pero ahora, ya se ha casado, y tiene una buena situación económica.  No es ninguna milloneti, pero vive cómodamente, gracias a su propio esfuerzo.  Si bien su esposo es un exitoso ingeniero de sistemas, ella es una gran propagandista médica que poco a poco va haciendo una brillante carrera.&lt;br /&gt;–Bueno, pues, chau,  chau.  Ya vengo, para almorzar con ustedes –repitió Claudia, y dirigiéndose a la empleada, antes de subirse a su carro, le pidió-: Por favor, ábreme el garaje.&lt;br /&gt;–Ahí voy –Zoila respondió.&lt;br /&gt;Carmelo quiso ayudar a la empleada, porque notó que se había cansado luego de cargar su equipaje.&lt;br /&gt;–Espérate, que yo voy –le dijo, y trató de ponerse de pie, para caminar hacia el garaje.&lt;br /&gt;Pero su mamá se opuso.&lt;br /&gt;–No, no, quédate tranquilito, hijito -le dijo-.  Debes estar cansadito, luego del viaje, y creo que lo mejor sería que te lleve a tu cuarto para que duermas un ratito, antes que tu hermana regrese.&lt;br /&gt;–No, no es necesario, mamá; no es necesario.&lt;br /&gt;Carmelo se agradeció por haber tomado una habitación de hotel que su secretaria le separó, con anticipación.&lt;br /&gt;–Es la mejor suite que he podido encontrar –le dijo Lupita-.  Ahí vas a tener todas las comodidades.&lt;br /&gt;Si Carmelo estaba en la casa de su madre, era por una cuestión de lógica.  Antes de partir, la llamó por teléfono, y le contó que ni bien llegaba iba a darle un beso.  Pero, más tarde, después de almorzar con ella, con su hermana, y luego de conocer a su sobrina, si es que venía, se iría al hotel.&lt;br /&gt;–Qué pena me da que no te quedes en la casa –le dijo su mamá.&lt;br /&gt;–Lo que pasa es que el hotel no me cuesta –trató de explicarle Carmelo-.  Está incluido en la invitación que me han hecho, y si algo he aprendido de la vida, es que a las cosas hay que sacarles el mejor provecho posible.&lt;br /&gt;–Pero qué pena me da –le insistió su mamá.&lt;br /&gt;Lo que Carmelo quería era explotar su viaje al máximo.  Mientras no tenía experiencia sobre lo que significaba el ser independiente, pedía consentimiento para esto o lo otro.  Toleraba que su mamita le pregunte: ¿A dónde vas?  ¿Con quién estás?  ¿Y qué te dijo?  ¿Cuándo vuelves?  Pero, ahora que sabía lo que significaba el ser autónomo, estaba decidido a no renunciar a su libertad.  Claro que deseaba estar con su madre, con su familia.  Pero también tenía ganas de ir a otros lugares; ganas de entrar y salir de su habitación, a la hora que le provoque y con quien se le antoje.  Ya no concebía hacer el papel de nene resignado a dar respuestas y explicaciones, hasta por el más mínimo detalle.  No, no.  ¡Ya no ya!&lt;br /&gt;–Tu prima Yolanda te manda muchos saludos –le dijo su mamá.  Sacó de su bolsillo una libretita, y agregó-: Te voy a dar su número telefónico, para que la llames.&lt;br /&gt;–La prima –masculló Carmelo.&lt;br /&gt;–Ella siempre se acuerda de ti –comentó su mamá.&lt;br /&gt;–Sí, y yo también –afirmó él, mientras  volvían a su mente las anécdotas de aquella tarde, días antes de su partida, en el té que su abuela le organizó.&lt;br /&gt;Carmelo se había puesto unos jeans de color azul, unas zapatillas blancas y una camisa verde.  La ropa se la solía combinar su mamá, o si no estaba, se la escogía Zoila, su empleada que también tenía un buen gusto.&lt;br /&gt;Salió de su casa en San Borja, y cuando estuvo en la avenida Aviación, pensó tomar un microbús.  Pero cambió de opinión, porque el tráfico estaba terrible, y paró un taxi, para ir más rápido a Magdalena, a la casa de su abuela.&lt;br /&gt;Cuando llegó, se encontró con casi todas las tías que se habían reunido.  La que lo recibió fue Clara, una de las hermanas de su mamá, quien había salido unos instantes a vigilar su carro.&lt;br /&gt;– ¡Miren al viajero! –Clara exclamó, mientras Carmelo ingresaba a la Casa.&lt;br /&gt;–Pero qué guapo que está –afirmó la abuelita, desde la sala, sentada en su silla de ruedas-.  Ya verán, mi nieto va a dar la hora en Méjico.&lt;br /&gt;–De repente se enamora de una chula –intervino su tía Teresa, la otra hermana de su mamá, que venía del comedor-.  De repente, quién te dice.&lt;br /&gt;–Ni digas eso –comentó la abuela, mientras le daba un beso a Carmelo, y añadió-: Si te escucha su mamá, se muere, porque es de lo más sobre protectora.  ¡Ay, pobrecita mi hija!  La otra noche me llamó, llorando a mares, diciendo qué voy a hacer, mi Carmelito se me va.  Yo le dije que, así como se iba, volvería, pero esta muchacha no tenía cuando dejar de llorar.&lt;br /&gt;–Siéntate por aquí, Carmelito –le dijo una de las primas que se le acercó.&lt;br /&gt;Se llamaba Yolanda, y ya había pasado los cuarenta y cinco años.  Era una gorda de trato súper alegre, y se llevaba muy bien con Carmelo.  En las reuniones familiares, se le arrimaba, le hacía conversación, y lo atendía.&lt;br /&gt;Mientras buscaba entre las páginas, su mamá iba mascullando:&lt;br /&gt;–A ver, donde estás, Yola.  Y de pronto, encontró el número que había refundido entre tantos otros-.  Acá está –dijo, contenta-.  No sabes el gusto que le va a dar, cuando se entere que has vuelto, porque siempre, siempre me pregunta por ti –la mamá de Carmelo añadió, mientras le ponía en su mano un papelito con el número.&lt;br /&gt;–Gracias -Carmelo guardó el papelito.  Estaba pensando en su amiga, la periodista que le enviaba los correos electrónicos, pero no descartó la posibilidad de invitar a comer a su prima-.  Gracias, la voy a llamar –reiteró él.&lt;br /&gt;–Tu prima siempre ha sido muy atenta contigo –le dijo su mamá.&lt;br /&gt;–Sí, por supuesto –afirmó Carmelo, sin poder evitar los recuerdos.&lt;br /&gt;Aquella tarde, Yolanda empezó a caminar con él por en medio de la gente, y luego de esquivar los pies de algunas de las tías, para no pisarle los callos, llegaron a un sofá donde, finalmente, los dos tomaron asiento.&lt;br /&gt;–Estás bien deportivo -le dijo Yolanda-.  Sí, bien deportivo estás –insistió, y en un tono entusiasta, exclamó-: ¡Las mejicanas van a decir el Carmelo está como quiere!&lt;br /&gt;– ¿Cómo tú sabe’ que así dicen?  ¿Tú ’tuvi’te ahí, chica? –le preguntó Carmelo, imitando a Tres Patines.&lt;br /&gt;–No –le respondió Yolanda-: No he estado en Méjico, pero si tú quieres me voy contigo.&lt;br /&gt;– ¿Te atreverías? –le preguntó Carmelo, con cierto aire de picardía.&lt;br /&gt;– ¡Claro! –Yolanda exclamó-.  Estoy solita y sin compromiso, así que de ti depende, pues, querido primo.&lt;br /&gt;–Así que te escaparías conmigo –le dijo Carmelo.&lt;br /&gt;– ¡Claro! –Yolanda exclamó con la boca un poco llena, porque se estaba comiendo un sánduche triple, y cuando terminó de masticar agregó-: Espérate que voy por más bebida y más bocaditos.&lt;br /&gt;–La señorita Yolanda me da mucha pena –comentó Zoila, la empleada, que entró a la sala con unos vasos de limonada.&lt;br /&gt;– ¿Y habrá adelgazado? –Preguntó Carmelo-.&lt;br /&gt;–Fíjate que no se cuida –le respondió su mamá, con una voz de tragedia, y entre exclamaciones, comentó-: ¡Es que come hasta más no poder!  El otro día, que yo me encontraba de pasadita en su casa, llegó, diciendo que estaba muerta de hambre, y se sirvió dos platazos de ravioles que para qué te cuento.&lt;br /&gt;– ¿Y tú quisieras comerte alguito? –le preguntó Zoila.&lt;br /&gt;–No sería mala idea, porque estoy hambriento –contestó Carmelo, y se sonrió-.  No vendría mal un -la risa no lo dejaba hablar-.  No vendría mal un santuchito –dijo.&lt;br /&gt;–Quien solo se ríe, de sus maldades se acuerda –afirmó su mamá-.  Aunque no creo que tu hayas hecho maldad alguna, hijito.  Tal vez, has sido travieso pero nada más –siguió  comentando la señora, y le preguntó: ¿Solo has sido travieso, no hijito?&lt;br /&gt;–Sí, madre -respondió Carmelo-.  Travieso nomás he sido –quiso seguir diciendo, pero la risa lo traicionó mientras seguía acordándose.&lt;br /&gt;Se había quedado sentado, en la sala de la casa de su abuela.  Esperaba que su prima vuelva, con algo de comer y tomar, y escuchaba las conversaciones y risas de las tías.  Luego de unos instantes, sintió el sonido de unos zapatos de taco.&lt;br /&gt;–Ya volví –dijo Yolanda, tomando asiento a su lado-.  Me he traído una fuente de sanduchitos para nosotros, solo para nosotros –puntualizó, hablando con la boca llena.&lt;br /&gt;– ¡Cómo se ve que estás con hambre! –Carmelo exclamó, agregando luego-: Te diré que yo también estoy hambriento.&lt;br /&gt;– ¿Hambriento de qué? –Yolanda le preguntó, y le siguió hablando más bajo-.  Vamos, ya, pues, Carmelito.  Cuéntame, y no te preocupes que las viejas de nuestras tías no nos escuchan.  Más es lo que están prestando su atención a los boleros que suenan en el equipo, y en todo caso, siguen los relatos de la abuela, con una tierna curiosidad.&lt;br /&gt;Carmelo sintió su respiración en el oído, y por un instante, quiso voltear la cara para besarle la boca, aunque la tuviera repleta de mayonesa.&lt;br /&gt;–Tú, cuéntame nomás –le insistió Yolanda, y le preguntó-: ¿Ya te has comido a alguna mujer?&lt;br /&gt;Zoila se le acercó, trayéndole un nuevo vaso con limonada, bien heladita, que recién había preparado.&lt;br /&gt;–Aquí tienes para que te refresques –le dijo-.  Ya te voy a traer algo de comer, porque me imagino que no has probado ningún alimento desde que estuviste en el avión.&lt;br /&gt;Cuando Carmelo llegaba del colegio, Zoila lo recibía con un refresco, para que vaya tomando mientras le preparaba su almuerzo.  Por las noches, no se acostaba si su Carmelito no había vuelto de la universidad, y no le había dado de comer.&lt;br /&gt;–Tú siempre tan buena gente, preocupándote por atenderme -comentó Carmelo, y Zoila se sonrió.&lt;br /&gt;–Cuéntame nomás –le volvió a decir Yolanda, y le preguntó-: ¿Ya te has comido a alguna mujer?&lt;br /&gt;Carmelo se acordó de lo que había sucedido, hacía dos días, con una francesa que colaboraba como voluntaria, enseñando su idioma a los invidentes.  Ella le había pedido que le de unas lecciones de guitarra, y cuando él llegó a su casa, no había nadie.  La clase musical se llevó a cabo, y terminó, pero la alumna le propuso que la pachanga  no se detenga, y comenzó la rumba.&lt;br /&gt;–No solo tengo ganas de tocar, sino de ser tocada –balbuceó la francesita, con su tan singular acento, y sin más trámite, lo puso en fa, dándole un beso, mientras le llevaba la mano de la guitarra a su pelvis-.  Ya tú sabes qué es lo que más me gusta –le musitó ella, al oído.&lt;br /&gt;Carmelo no perdió tiempo, y arrancó con la introducción, dispuesto a subir a sol, a la, y hasta donde fuese necesario.  Su amiga empezó a vibrar, misma guitarra, trémula de pación.&lt;br /&gt;–Cuéntame más –le insistió Yolanda-.  Vamos, cuéntame, que las demás viejas ni escuchan.&lt;br /&gt;–Ya, ya, no te angusties que ahí voy –le dijo Carmelo.  Se acomodó en su asiento, se llevó a la boca un pedazo de sánduche, y luego de masticar, le empezó a hacer un breve resumen de los hechos-.  Desde que llegué –dijo-: La francesita estaba en una ropita bien ligera.  Si siempre olía rico, en esa ocasión se había puesto un perfume delicioso.  Me hizo pasar a su sala, y había un silencio total.  Desde su jardín, se oía el canto de unos pajaritos y el aleteo de alguna paloma.  Le pedí que saque su guitarra, porque así ella seguiría las posiciones que yo hacía con la mía.  Pero me dijo que no la tenía, y yo pensé, bueno, no importa.  Entonces, se ubicó bien junto a mí –según dijo ella, para ver mis dedos más de cerca- y pude sentir el roce de una de sus piernas.  Yo estaba en shorts, así que percibí el contacto entre su piel y la mía.  ¡Ya te imaginarás, pues!&lt;br /&gt;–Eres bien peludo –le dijo la francesita, sonriendo, mientras Carmelo le trataba de explicar lo que significaba el relativo de sol mayor.&lt;br /&gt;–Sí –le respondió él, respirando ya un tanto agitado por la excitación-.  Tengo bastante pelo.&lt;br /&gt;Carmelo trataba de colocarle los dedos de su mano izquierda en la posición de do menor, pero a su alumna eso le era difícil.  Más fácil le resultaba mover un pié, y jugar, poniéndolo sobre el empeine del profesor.  Lo hacía una y otra vez, para que él sienta el roce de su piel, para ver si así lo excitaba, aduciendo que estaba cansada de practicar, que deseaba hacer un alto en la lección.&lt;br /&gt;– ¿Y qué pasó? –preguntó Yolanda, con gran entusiasmo.&lt;br /&gt;Carmelo le iba a seguir contando, con lujo de detalles.  Pero, en esos momentos, una tía que regresaba del baño pasó por ahí, y al ver a los dos, se detuvo.&lt;br /&gt;–Mira, qué lindo –dijo la tía, y exclamó-: ¡Cómo conversa el Carmelito!  Se quedó callada por un instante, y orientando sus ojos hacia Yolanda, agregó-: Dale todo lo que te pida, por favor.&lt;br /&gt;Otra de las tías tomó asiento al lado de los dos, y también se metió en la conversación.&lt;br /&gt;–Aquí estoy, para que me cuenten sus secretos –dijo la tía metiche-.  A ver, a ver, también yo quiero estar enterada.&lt;br /&gt;–Fíjate –le respondió Carmelo-: Mañana me van a dar un almuerzo de despedida.&lt;br /&gt;–Pero aquí tienes, para que vayas comiendo por ahora -Yolanda le dio otro sánduche más.&lt;br /&gt;–Ponle el vaso en su manito –le indicó la mamá de Carmelo a Zoila-.&lt;br /&gt;–Sí, por supuesto –Zoila asintió.&lt;br /&gt;– ¿Y qué tal si yo hubiera ido por ese vasito a la cocina? –Carmelo preguntó, mientras estiraba su mano-.  No me he olvidado de dónde están las cosas, y no creo que la refrigeradora ahora esté en el baño –agregó, consiguiendo que Zoila le festeje la ocurrencia.&lt;br /&gt;– ¿Pero cómo se te puede ocurrir que tú vas a tener que traerte un vaso con limonada? -su mamá lo increpó-.  Para eso está la Zoila e inclusive yo misma –afirmó la señora, con una voz que sonaba algo mortificada, y en ese mismo tono, le siguió diciendo-: Estamos dispuestas a servirte lo que te provoque, lo que pidas.  ¿No es cierto, Zoila?&lt;br /&gt;–Claro, señora –Zoila respondió.&lt;br /&gt;– ¿No ves, hijito? –Le preguntó su mamá-.  Todos estamos aquí para ayudarte, lo que no quiere decir fastidiarte –agregó, y en forma enfática, insistió en interrogarle-: ¿Cómo se te puede ocurrir semejante barbaridad?&lt;br /&gt;«Se me ocurre eso y mucho más», pensó Carmelo, y experimentó un cierto fastidio, al comprobar que su madre no había cambiado, que seguía siendo la doña sobre protectora, que hasta ahora no permitiría que su hijito mueva ni un dedo, porque no ve.  «No puede ser», continuó pensando él, mientras su mamá lo contemplaba, y sintió cólera de solo recordar lo que sucedió, cuando estaba en la universidad.  Sus amigos habían organizado un viaje, a la playa de Huanchaco, en Trujillo, donde uno de ellos tenía casa, y se divirtieron tanto, que siguieron hablando del viaje durante un buen tiempo.  Pero no, el niño no fue, porque su mami pensaba que no podía, que se iba a golpear, que seguro se iba a caer.&lt;br /&gt;Si la señora supiera la de cosas que su hijito Carmelo hacía, incluso desde antes de irse de viaje, sufriría de un infarto estomacal, y de la impresión, de solo enterarse, le daría una diarrea cerebral.  Según ella, en la tarde del té de despedida, Carmelito departía alegremente, como todo un chico bueno, con su prima.  ¡Pero si supiera!&lt;br /&gt;La tía tuvo un acceso de tos.  El pecho lo tenía bien cargado y le silbaba, pero cuando se calmó siguió hablando.&lt;br /&gt;–Qué bueno que vas a estar con los amigos de tu universidad –dijo, y volvió a toser, un tanto agitada-.  Qué tos para más chinchosa –intentó comentar, pero se ahogó.&lt;br /&gt;–Ellos son los organizadores del almuerzo –afirmó Carmelo.&lt;br /&gt;– ¿Y Yolandita va a estar presente? –Preguntó la agitada tía-.  ¿La has invitado?&lt;br /&gt;–Me gustaría que esté –contestó Carmelo.&lt;br /&gt;–Me encantaría, pero no puedo –señaló Yolanda.  Tomó otro sorbo de bebida, y poniendo el vaso sobre una mesita que estaba al frente, repitió-: No puedo.&lt;br /&gt;–Qué pena –comentó la tía, entre toses-.  Qué penita.&lt;br /&gt;–Es que mañana tengo mucho trabajo –siguió diciendo Yolanda, y luego de terminar de pasar un trozo de pan, añadió-: Sin embargo, no te preocupes tía.  Antes que Carmelo se vaya de viaje, lo voy a invitar a comer.&lt;br /&gt;–Qué linda que eres, hijita –comentó la veterana.&lt;br /&gt;–Pero tú si podrías ir al almuerzo –Yolanda añadió, carraspeando.&lt;br /&gt;–No, cómo se te ocurre –dijo la tía-.  No, ni hablar, porque esa es una reunión de jóvenes, y si me aparezco por ahí, más de un chico es capaz de desmayarse.&lt;br /&gt;–Pero tú también eres joven, tía -Carmelo la interrumpió.&lt;br /&gt;–Eso, bravo, anímate, tía -Yolanda aplaudió la respuesta.  Volteó la cara hacia Carmelo, y le preguntó-: ¿Habrá que dar una cuota, no?&lt;br /&gt;–Me da vergüenza hablar de eso –respondió Carmelo.&lt;br /&gt;–No seas tonto, primo –afirmó Yolanda, y exclamó-: ¡Por qué te vas a sentir mal!  Es lo más natural que tus amigos recolecten una cantidad, para organizarte una cosa simpática, una reunión de camaradería –continuó diciendo-.  No creo que entre ellos haya algún millonariazo, un milloneti de esos, que diga yo corro con todos los gastos.&lt;br /&gt;–Lógico, hijito –coincidió la tía-.  Estoy totalmente de acuerdo con una chica tan inteligente como tu prima.&lt;br /&gt;–Mira, Dime cuanto es, y yo te pago por la tía –dijo Yolanda, hablando desde adentro de su vaso, mientras sorbía un poco más de bebida.&lt;br /&gt;–No, qué ocurrencia –intervino la doña-.  Por mí, ni te preocupes.&lt;br /&gt;–Sí, sí –insistió Yolanda-.  Y también voy a pagar por mí, aunque no vaya.  En todo caso, Carmelo y yo nos podríamos encontrar ya en la nochecita.&lt;br /&gt;–Ah, entonces, dijo la tía-.  Si me invitan para salir en la noche con ustedes, sí acepto.&lt;br /&gt;–No, eso si que no te puedo ofrecer –Carmelo se apresuró a responderle-.  De repente, mañana termino cansado después del almuerzo.  Lo siento por ti, tía.&lt;br /&gt;–sí, pues, qué lástima, pero Qué lástima –dijo Yolanda, con voz fingida, al tiempo que le apretaba la rodilla  izquierda a Carmelo, como festejando su respuesta.&lt;br /&gt;–Si es así, ni te preocupes, hijito –la tía afirmó-.  Diviértete todo lo que puedas mañana en tu almuerzo.&lt;br /&gt;–Y también por la noche –masculló Carmelo, en la oreja de Yolanda.&lt;br /&gt;Su presencia le empezaba a producir una picazón, que no podía evitar.  En medio del barullo de las tías viejas, que se reían, y aplaudían las ocurrencias, cuentos y salidas de la abuela, Carmelo empezó a sentir cierta erección.&lt;br /&gt;–Cualquier cosa, me pides –le reiteró Zoila, al tiempo que caminaba hacia la cocina-.  Tengo que vigilar que mi arroz no se vaya a quemar de tanta emoción –le siguió diciendo-.  Ya tú sabes, me pides.&lt;br /&gt;–Gracias.&lt;br /&gt;Antes, quizás Carmelo le hubiese respondido que no.  Se hubiera sentido corto, como cuando iba a visitar a las voluntarias de lectura en voz alta.  Él les hablaba de geografía, historia, y mil tonterías más, mientras que alguna de aquellas señoritas, tal vez, quería hacer otro tipo de voluntariado.&lt;br /&gt;Pero, gracias a Blanquita, ya había aprendido a ser el dueño de sus circunstancias, y con toda naturalidad, le pidió a su prima que lo lleve al baño.&lt;br /&gt;–Llévalo, hijita –dijo la tía metiche, que seguía ahí, tosiendo.&lt;br /&gt;–Vamos -Yolanda lo tomó del brazo.  Le fue indicando el camino, y de paso, le comentó acerca de la respuesta que Carmelo le había dado a la tía-.  Qué buena estuvo tu salida –le dijo, y exclamó-: ¡Ya quería colarse entre nosotros la vieja esa!&lt;br /&gt;–Quién sabrá de sus intenciones o ganas -dijo Carmelo, riéndose.&lt;br /&gt;–Quizás, le gusta jugar al triangulito –sugirió Yolanda, en un tono bien pícaro-.  Te imaginas a la vieja en medio de...&lt;br /&gt;Tuvo que  callarse, porque en esos instantes, otra tía salía del baño.  El encuentro con Carmelo, cara a cara, en la puerta, en una forma inesperada, impresionó a la tía más de lo que le hubiese podido impactar lo dicho por Yolanda.&lt;br /&gt;–Perdón, pasa nomás, hijito, con mucho cuidado –le dijo la tía a Carmelo, toda nerviosa, y hablándole a Yolanda agregó-: Tú ayúdalo, muñeca preciosa.  Te lo pido, por favor, encarecidamente.  Ayúdalo, porque yo ya no puedo.&lt;br /&gt;–Claro, tía –Yolanda le respondió-.  Claro que lo voy a ayudar.  Por eso, ni te preocupes.&lt;br /&gt;–Eres un amor de gente, Yolita –le dijo la tía, al tiempo que se alejaba, apoyándose en su bastón.&lt;br /&gt;–Gracias por lo que me toca –afirmó Yolanda, y capitalizando la situación a su favor, se acercó a la puerta, diciendo en voz alta-: Voy a entrar, para darle una mano.&lt;br /&gt;Carmelo se emocionó de pensar que ya no tendría que esperar hasta mañana, por la noche, para irse de plan con su prima, y sin querer perder el tiempo en hacer filosofía, reconoció que esta era una de aquellas circunstancias en las que él debía estarle agradecido a la ceguera, por ciertas ventajas y privilegios que esta acostumbra a dar.  ¿Qué chico vidente iba a contar con la tolerancia de sus tías para entrar acompañado al baño?&lt;br /&gt;–Pobrecito –se fue diciendo la anciana, que le había pedido a Yolanda-: Ayúdalo, por lo que más quieras.&lt;br /&gt;Yolanda cruzó el marco, cerró la puerta, y esperó que Carmelo termine de abrirse la bragueta.&lt;br /&gt;–Listo –dijo él, en voz baja, luego de tomar algunas precauciones.  Le puso tranca a la puerta, y afirmó-: Si viene alguna vieja, que crea que el baño está malogrado, que se vaya al baño del cuarto de la abuela.&lt;br /&gt;–Tengo ganas –susurró Yolanda-.  Hacía mucho, esperaba un momento como este.  No me importa nada, lo quiero todo.&lt;br /&gt;–No hace falta esperar hasta mañana –le dijo Carmelo, mientras la empezaba a acariciar-.  Ahora, sí, ahora es cuando te voy a hacer sentir mi otro bastón.&lt;br /&gt;–Ya.  ¿Pero cuál de ellos? –Yolanda le preguntó, jadeando.&lt;br /&gt;–El de carne –le respondió Carmelo.&lt;br /&gt;En eso, alguien tocó la puerta.  Era una vieja que a gritos pedía que le abran, porque se le salía la pichi y no había traído pañal.  Carmelo le indicó a su prima que no hable, y al no escuchar nada, la vieja dijo:&lt;br /&gt;–Ay, este baño está cerrado.  Me voy al otro, a ver si llego antes de mearme.&lt;br /&gt;Dueño de la situación, Carmelo jaló a su prima hacia el lavatorio, y le pidió que tome asiento enzima.  La fiebre de los dos, la pasión era tal, que a ninguno se le ocurrió pensar que aquel lavatorio podía romperse, y venirse abajo.  Felizmente, no sucedió nada de eso, y muy pronto ella estuvo instalada con las piernas abiertas.&lt;br /&gt;–Ayúdalo, hijita –le había dicho una de las tías, y al recordar aquello, Carmelo se reía.&lt;br /&gt;Parado, con el miembro bien parado, él le hizo unos pequeños juegos con los dedos en el clítoris, para que lubrique.  De paso, le recomendó que aunque no era fácil, no vaya a jadear muy fuerte, porque si alguien pasaba por la puerta del baño podía escuchar algo.&lt;br /&gt;Pensó en su pañuelo, como recurso silenciador.  Se llevó una mano al bolsillo trasero, rápido, como para no perder el vuelo.  Le dio el pañuelo a Yolanda, y le indicó:&lt;br /&gt;–Tápate la boca.&lt;br /&gt;Unos instantes después, Carmelo sintió que se introducía en un inmenso volcán que hervía de pasión.&lt;br /&gt;–Te voy a levantar, por los aires –le dijo él.&lt;br /&gt;–Sí, ahora –jadeó Yolanda.&lt;br /&gt;–Eres más rica, mucho más rica que todos los sánduches que me has invitado esta tarde -Carmelo empezaba a delirar.&lt;br /&gt;–Quiero ser tu sánduche –jimió Yolanda-.  Sí, eso, tu sánduche –dijo-.  No, no me sueltes, ahora menos que nunca –añadió, y exclamó-: ¡No me sueltes!  ¡Cómeme, enterita!&lt;br /&gt;Carmelo sintió que ella lo subsionaba, como queriéndolo atrapar en una pequeña guarida, que cada vez estaba más caliente y más jugosa, más jugosa y ardiente.&lt;br /&gt;–Elévate hacia lo más alto, sin que el techo interrumpa tu camino –balbuceó Carmelo.&lt;br /&gt;–Claro, mi amor –ella le susurró-.  Por ti, ya estoy volando, y siento que me estoy yendo mucho más lejos de lo que me hubiese podido imaginar.  Ya sé que tú te vas, pero quiero que sepas que, cuando vuelvas, te estaré esperando.&lt;br /&gt;–Te veo contento –le comentó su mamá, cuando lo escuchó canturrear, sin imaginarse lo que Carmelo estaba recordando.&lt;br /&gt;–Ah, pero cómo no voy a estarlo, si me encuentro con mi familia –respondió Carmelo-.  Me he pasado contando los días, las horas, los minutos y los segundos que me faltaban para llegar.&lt;br /&gt;Su mamá suspiró, en forma profunda, y se acomodó en el asiento.  En el patio, la lora seguía gritando, llamando una y otra vez: – ¡Miranda!&lt;br /&gt;– ¿Quién le enseñó ese nombre? –preguntó Carmelo.&lt;br /&gt;–No tengo ni la menor idea –le respondió su mamá, y agregó-: Pero hablando de chicas guapas, con nombres como el que la lora menciona, no te imaginas a quién me encontré el otro día.&lt;br /&gt;– ¿Quién era? –preguntó Carmelo.&lt;br /&gt;–Consuelito –respondió su mamá-.  Me preguntó por ti, con mucho cariño.  Me la encontré en el mercado, más específicamente por la parte donde están las verduras.  No sé cómo me reconoció, se me acercó, y nos pusimos a conversar un buen rato.  Le comenté de lo linda que está la hija de tu hermana –la mamá de Carmelo hablaba de lo más animadamente-.  Tu amiga me contó que tiene un negocio de chocolates, me pidió que te mandara muchos saludos, y  a penas le informé que tú estabas por venir, se puso muy contenta.  Me dijo que los chicos de la promoción se encuentran periódicamente, y estarían encantados de verte.  El Carmelo se nos ha perdido, dígale que cuando venga se contacte con nosotros, me reclamó tu compañerita.&lt;br /&gt;Consuelito es una de las amigas del colegio que más estima.  Luego de la noche de la graduación, desde que terminaron la secundaria, solo se la encontró en dos oportunidades, y de hecho que le dio gusto saber de ella.  Sin embargo, Carmelo estaba pensando en alguien diferente, y al mismo tiempo, no lograba sacudirse de la gran preocupación que sentía por Paula, su querida tía.&lt;br /&gt;Zoila entró a la sala, diciendo:&lt;br /&gt;–Disculpe, señora, pero la están llamando por teléfono.&lt;br /&gt;–Gracias, ahí voy –dijo la mamá de Carmelo-.  Voy, voy –siguió diciendo, y caminó hacia el comedor para contestar desde el teléfono fijo, porque el inalámbrico se había quedado sin batería-.  No puede ser que me haya olvidado de ponerlo a cargar, no.  Ahorita lo pongo -agregó, y levantó el teléfono.&lt;br /&gt;–Aló –dijo.&lt;br /&gt;–Soy Clara –le respondió su hermana, quien la había estado escuchando hablar mientras llegaba al teléfono.&lt;br /&gt;–Ay, por fin -la mamá de Carmelo le contestó, con la voz quebrada-.  Ya te imaginarás lo feliz que estoy al lado de mi bebé, le dijo.&lt;br /&gt;–Sí, me imagino –le comentó su hermana-.  Cuando la Claudita me llamó a decirme que Carmelito había llegado bien, mi primera reacción fue ponerme a llorar de alegría.  Yo estaba haciendo mis compras, y una chica me preguntó si me pasaba algo.  No, nada, le dije, y después pensé, esta muchacha va a creer que estoy loca.&lt;br /&gt;–Estoy echa una castañuela, que repica sin cesar de felicidad –afirmó la mamá de Carmelo.&lt;br /&gt;– ¡Tenemos que festejar! –Clara exclamó-.  En un ratito, luego de lo que tengo pendiente, me doy un salto por tu casa –dijo, y de paso, preguntó: ¿Quieres que te lleve unas empanadas?&lt;br /&gt;–Regio, hermana –le contestó la mamá de Carmelo-.  Vente” que te esperamos -le insistió.&lt;br /&gt;–Ahí nos vemos –Clara concluyó-.  Bye.&lt;br /&gt;Carmelo esperó que su mamá vuelva a la sala, mientras que desde la cocina empezaba a salir un delicioso aroma.  La señora tomó asiento nuevamente, y la conversación prosiguió.&lt;br /&gt;–Así que estás de abuela –le dijo Carmelo, tocándose el bolsillo, creyendo que su celular había estado vibrando.&lt;br /&gt;–Sí, sí, soy abuela de una belleza de muñeca –le respondió su mamá-.  Estoy tan chocha, que hasta se me cae la baba.&lt;br /&gt;–Se te nota, por el tono de tu voz –comentó Carmelo, al descubrir que su mamá se emocionaba hasta las lágrimas.&lt;br /&gt;–Mi nieta es un regalo del cielo –siguió diciendo su mamá, luego de sonarse la nariz-.  Es un regalo tan hermoso, como en su momento lo fuiste tú.&lt;br /&gt;Cuando escuchó aquello, Carmelo también se emocionó, y pensó: «Eres jodida, pero a la vez buena, madre».&lt;br /&gt;Los años, el haber viajado, el hecho de haber tenido que vérselas por si mismo le habían enseñado a comprenderla.  Le habían permitido darse cuenta que de nada servía estar confrontándola permanentemente, porque la doña era como era y no iba a cambiar.&lt;br /&gt;–Eres jodida, sobre protectora, pero a la vez buena, tierna, maravillosa como matadora con la pelota, y como madre, en la cancha de la vida -siguió pensando Carmelo, pero ahora lo dijo en voz alta.&lt;br /&gt;–No puedo creer lo que estoy escuchando –su mamá empezó a llorar-.  Pensé que nunca me comprenderías, que nunca dejarías de juzgarme, por mi forma de proceder contigo.  Llegué a temer que tu afecto hacia mí pudiese disminuir, por haberte sobreprotegido –afirmó la señora, entre sollozos.&lt;br /&gt;– ¿Y recién me lo dices? –le preguntó Carmelo, en un tono tierno.&lt;br /&gt;–Es que ahora te siento maduro –le contestó su mamá entre la risa y el llanto-.  Ya no eres ese Carmelo que un día partió de viaje, dándose ínfulas de seguridad, mientras que por dentro andaba todo inseguro.  Ya no eres ese chico que confundía las cosas, y creía que para demostrar aplomo tenía que ser seco como un tronco, duro como una roca, uraño con los demás, y conmigo.&lt;br /&gt;–Lo que pasa, madre, es que nunca nos dimos un tiempito para sentarnos a conversar –Carmelo respiró hondo, para luego agregar-: Y si por algo he venido, además de otras cosas, es para que ahora nos demos ese tiempo.&lt;br /&gt;Por la ventana de la sala, como parte del ambiente, en esa calurosa mañana, entraba un sonido que hacía tiempo Carmelo no escuchaba.  Era el de aquella corneta que los vendedores de helados van tocando, para anunciar su presencia, mientras recorren las calles de Lima.&lt;br /&gt;Carmelo sintió que su mamá lo abrazaba más fuerte que nunca, y lo besaba, mojándole el hombro de la camisa con sus lágrimas.  Cuántos sentimientos acumulados habría tenido aquella madre, y cuánta necesidad de poderse desahogar.&lt;br /&gt;La acarició, y descubrió en ella una ternura que le hizo evocar los días de su infancia, cuando su mami buena lo esperaba en la puerta del colegio, y le compraba helados, si se había portado bien.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/988950490781206605-8072010692335170704?l=enfoque21.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://enfoque21.blogspot.com/feeds/8072010692335170704/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=988950490781206605&amp;postID=8072010692335170704' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/8072010692335170704'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/8072010692335170704'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://enfoque21.blogspot.com/2010/03/la-visita-de-carmelo-cuarto-capitulo.html' title='La Visita de Carmelo.  Cuarto Capìtulo'/><author><name>Luis Hernandez Patiño</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14367307307930688700</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-988950490781206605.post-941030784516029891</id><published>2010-02-28T15:41:00.000-08:00</published><updated>2010-02-28T15:42:39.978-08:00</updated><title type='text'>La Visita de Carmelo.  Tercer Capìtulo</title><content type='html'>3&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL ARRIBO&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Tripulantes, tomen asiento para iniciar el descenso –dijo el capitán-.  Abróchense los cinturones.&lt;br /&gt;No pasó mucho tiempo, y Carmelo empezó a sentir el movimiento, así como el clásico ruido que las llantas del avión hacen cuando empiezan a salir.  La nave había comenzado a descolgarse de las alturas, traspasando una gran capa de nubes, para muy pronto sumergirse en el gris cielo de Lima, y tocar tierra.&lt;br /&gt;Al agitarse, aquel inmenso pájaro metálico movía todo lo que había en su interior, revolvía estómagos, y tapaba los oídos de más de un pasajero.&lt;br /&gt;–Por fin, ya llegamos –Carmelo masculló, para ver si él mismo se oía.&lt;br /&gt;–Sí, joven –le dijo una señora que hacía unos minutos se había cambiado de asiento, y que ahora estaba a su lado-.  Feliz mente, ya estamos de vuelta en casa –la misma señora comentó, sonriente, y le preguntó-: ¿Hace cuánto que usted no regresa?&lt;br /&gt;–Ah, ya hace unos años –le dijo Carmelo.&lt;br /&gt;–Entonces –le señaló la señora-: Usted va a encontrarse con una Lima bastante cambiada.&lt;br /&gt;–Sí, lo sé –afirmó Carmelo-.  Hoy, Lima   se extiende a lo largo de la costa, desde Ancón en el norte, hasta Asia en el sur, donde veranean las clases altas de la sociedad.&lt;br /&gt;Mientras Carmelo hacía estos comentarios, el descenso continuaba:&lt;br /&gt;–Podría decirse –agregó Carmelo-: Que Lima es la síntesis testimonial de toda una obra multirracial y pluricultural, protagonizada por miles y miles de seres humanos.  Me refiero a los provincianos que dejaron sus lugares de origen, y se vinieron a la capital.&lt;br /&gt;– ¿Pero para qué se vinieron? –preguntó la señora, que al conversar disipaba los nervios que el descenso le producían.&lt;br /&gt;–Bueno –le respondió Carmelo-: Lo hicieron movidos por diversos factores.  Por una parte, esos provincianos tenían sueños de progreso, ilusiones y expectativas infundidas por el amago de industrialización que empezó en los años cincuenta.  Pero de otro lado –siguió diciendo él-: También estaban las injustas condiciones de vida impuestas hacia el interior de la república por el centralismo.  La historia resulta arto conocida, pero no deja de ser apasionante.&lt;br /&gt;–Sí pues –afirmó la señora.&lt;br /&gt;–Ni bien se instalaron en los arenales –continuó explicando Carmelo-: Esos miles y miles de emigrantes fueron sacudidos por la necesidad, y fue la necesidad la que los hizo constituirse en un inmenso empresariado de corte popular.  Dicho empresariado se forjó muy lejos de la formalidad, de las clásicas instalaciones de las oficinas que están equipadas con ventiladores, o aire acondicionado, para cuando llegue el calor del verano.  Su universidad y su ámbito de trabajo estuvieron en las calles y plazas, donde la vida misma se encargó de enseñarles en qué consistía la oferta de servicios y la venta ambulatoria de comida al paso, de dulces, sánduches, helados, juguetes en época de navidad, discos y hasta ropa.  Ese empresariado se hizo adolescente, bailando al son de la música Chicha, y fue construyendo su identidad propia, en medio de un mestizaje, que se alimenta con su clásico cuarto de pollo, papas y ensalada, sin dejar de lado las hamburguesas, ni las pizzas.&lt;br /&gt;Carmelo le hablaba, y la señora lo miraba con asombro.&lt;br /&gt;–El estado mercantilista, que siempre estuvo al servicio de unos cuantos privilegiados, nunca le dio apoyo –siguió diciendo Carmelo-.  ¿Recurrió a sus integrantes?  Claro que sí, cuando los necesitó como masa, para usarlos con fines políticos.  Pero después, nada que ver.&lt;br /&gt;La señora comentó:&lt;br /&gt;–Lima ha cambiado, como usted no tiene idea.&lt;br /&gt;–Claro que ha cambiado –afirmó Carmelo-.  Ha cambiado, porque aquel empresariado popular generó toda una fuerza económica, que tuvo la capacidad de desarrollar un conjunto de grandes subcentros de nuevo poder: Lima Norte, Sur, Este, Noreste y Oeste.  La Lima de hoy es la consecuencia de una gesta popular-empresarial, no teórica sino objetiva, que abrió todo un espacio económico-social, identificado con una  cultura informal, chichera, achorada, que resulta siendo aceptada por todos aquellos, incluyendo los conservadores, que hoy bailan la tecno-cumbia, sin el más mínimo prejuicio, o qué dirán.&lt;br /&gt;–Ah, pero usted ni se imagina cómo le encanta esa Tecno-cumbia a mis nietos –afirmó la señora, que luego agregó-: Continúe joven, porque al escucharlo se me calman los nervios que siento al momento de aterrizar.&lt;br /&gt;Carmelo se sonrió, y le continuó diciendo:&lt;br /&gt;–Antes, la modernidad, el entretenimiento, la diversión, se ubicaban en zonas tradicionales y exclusivas, como San Isidro y Miraflores, donde se encontraba afincado el viejo poder económico con su correspondiente cultura.&lt;br /&gt;–Sí, así mismo era –dijo la señora riéndose, y con algo de nostalgia, exclamó-: ¡Así era!&lt;br /&gt;–Y Barranco también podría decirse que daba su gatazo, porque no dejaba de ser un distrito tradicional –agregó Carmelo.&lt;br /&gt;–Lógicamente pues –la señora asintió-.  Recuerde que ahí nació ese balse de Chabuca Granda, que habla del Puente de los Suspiros, y que de ahí partió José Antonio, montado en su caballo, para ir a ver la Flor de amancaes.&lt;br /&gt;Unos cuantos minutos después, mientras la conversación continuaba, la nave tocó tierra, y empezó a saltar levemente, estremeciéndose.&lt;br /&gt;–Ay, me muero de nervios –dijo la señora.&lt;br /&gt;Las turbinas rugían, y una voz anunció por los parlantes:&lt;br /&gt;–Señores pasajeros, sean todos ustedes bienvenidos a la ciudad de Lima.  Por favor, permanezcan en sus asientos hasta que la nave se detenga.  Queremos agradecerles por habernos elegido como su aerolínea de confianza, deseamos que el viaje les haya resultado placentero, y esperamos que vuelvan a contar con nosotros en una próxima oportunidad.&lt;br /&gt;Una vez que el avión se detuvo, Carmelo se puso de pie, cojió sus pertenencias personales, y empezó a caminar poco a poco, lentamente, porque había un buen número de pasajeros que hacía lo mismo.&lt;br /&gt;–Pásela de lo lindo con su familia, y mucho gusto –le dijo la señora que había estado a su lado-.  Si hubiera sabido que usted era un joven tan simpático, le hubiera conversado, todo el viaje, en vez de venir durmiendo.&lt;br /&gt;–Gracias por lo que me toca –le respondió Carmelo, mientras avanzaba hacia la salida.&lt;br /&gt;–Hasta una próxima, señor –le dijo una aeromoza que lo despidió en la puerta.&lt;br /&gt;Aquella señorita tenía un timbre de voz educado, fino.  Daba la sensación de ser de ese tipo de chicas, que no necesitan esforzarse, hasta llegar a la exageración, para ser amables.  Hablaba en forma risueña, con una simpatía que le brotaba de un modo natural, no profesional, menos aún fingido.&lt;br /&gt;–Gracias por volar con nosotros –le siguió diciendo ella, y añadió-: Lo voy a dejar con otra compañera que lo va a ayudar con sus trámites.&lt;br /&gt;–Gracias –le dijo Carmelo.&lt;br /&gt;–Buenos días –se le acercó la otra aeromoza, quien también lucía muy simpática, y tenía un cuerpo, que sin verlo se notaba esbelto-.  Vamos por aquí, para hacer todo el papeleo correspondiente, le indicó ella, añadiendo luego-: Cójase de mi brazo.&lt;br /&gt;Ingresaron a los ambientes del aeropuerto, y al instante, Carmelo se sintió invadido por ese acento que hacía tiempo no llegaba a sus oídos.&lt;br /&gt;–Aguanta un cinco, que ya regreso –escuchó que alguien decía.&lt;br /&gt;Y también oyó la forma en que la otra persona respondió:&lt;br /&gt;–No seas pendejo.  Yo sé que si te vas ya no vuelves.&lt;br /&gt;Y al toque, ahí nomás, Carmelo se acordó que en el Perú el significado de aquella palabra es totalmente lo contrario de lo que quiere decir en otros países.  Aquí, no seas pendejo  significa no te la des de vivo.  ¿Qué cosa?  Sí, sí.&lt;br /&gt;–Ya estamos frente al mostrador –la aeromoza se detuvo luego que caminaron por un pasillo ancho, y agregó-: Aquí está una señorita que va a ver sus papeles.&lt;br /&gt;–Buenos días –lo saludó la otra señorita, en una forma muy amable.&lt;br /&gt;–Muy buenos días: ¿Cómo está? –Carmelo le correspondió el saludo, mientras le entregaba su pasaporte.&lt;br /&gt;–Bien, gracias –la señorita puso el sello, y con voz alegre comentó-: Listo, señor, todo está en regla.  ¡Bienvenido a casa!&lt;br /&gt;– ¡órale! –Carmelo exclamó, movido por la costumbre.&lt;br /&gt;– ¿Es usted mejicano? -le preguntó la señorita.&lt;br /&gt;–No –le respondió Carmelo, riéndose-.  Soy de aquí, pero hace unos años que me fui, y no me creerá si le digo que me parece mentira haber vuelto.  Tal vez, me tome tiempo acostumbrarme a mi propia realidad.&lt;br /&gt;–Ah, no, pues –alegó la señorita, que también se rió-.  Usted ya está en nuestra tierra, así que póngase las pilas, que lo espera nuestra deliciosa comida, con nuestro incomparable Pisco Souwer, nuestra música y nuestra propia gente.&lt;br /&gt;Un chico que pasaba por ahí, metió su cuchara en la conversación, y haciéndose el gracioso dijo:&lt;br /&gt;–Ponte las pilas, causa -.&lt;br /&gt;Se oyeron risas entre los que estaban en el mostrador, y un viejo entusiasta, que también había llegado en el vuelo de Carmelo, empezó a cantar el balse de César Miró que a la letra dice: «Todos vuelven a la tierra en que nacieron».  Uno de los ahí presentes, empezó a llevar el ritmo, haciendo palmas.&lt;br /&gt;–Buena, maestro –la señorita del mostrador celebró la ocurrencia, y haciendo palmas también, exclamó-: ¡Se armó la jarana!&lt;br /&gt;–Ayayai, así es –gritó el entusiasta viejo que fungía de cantante, mientras abría una de sus maletas para que la revisen.&lt;br /&gt;–Disculpe, señor –un empleado de la aerolínea se le acercó a Carmelo.  Le tocó el hombro con algo de inseguridad, y le dijo-: Tengo el encargo de brindarle toda la atención que usted pudiera necesitar.&lt;br /&gt;–Le agradezco –respondió Carmelo, estirándole la mano, a modo de saludo.&lt;br /&gt;En el ambiente, se escuchaba la bulla que hacían las rueditas de las maletas de los pasajeros, se podía percibir conversaciones en distintos idiomas, y Carmelo sintió que por su lado pasaba un chino que no se había echado desodorante.&lt;br /&gt;–Estoy a sus órdenes –le dijo el empleado-.  Aquí está su equipaje.&lt;br /&gt;Carmelo tocó sus maletas, para ver si en cada una de ellas estaba el círculo de lija que les había puesto, como identificación.&lt;br /&gt;–Sí son –dijo, luego que las reconoció.&lt;br /&gt;–Correcto –afirmó el empleado-.  Ahora lo voy a llevar al carro de un taxista que ya lo está esperando.&lt;br /&gt;–Perfecto -Carmelo llevó su mano hacia el brazo de la persona que lo ayudaba, y le dijo-: Permítame que me coja de su codo, porque esa es la manera más adecuada en la que usted me puede conducir.&lt;br /&gt;–Por supuesto -accedió el empleado-.  He oído que esa es la forma de llevar a un invidente, y le cuento que hace unos días, al personal de tierra le estuvieron hablando acerca de ello en una charla que resultó de lo más interesante.&lt;br /&gt;– ¡Eso está fabuloso! –Carmelo exclamó, y agregó luego-: Me parece muy bueno que estén haciendo campañas de sensibilización, porque quiere decir que se le está poniendo ganas al trabajo por la inclusión.&lt;br /&gt;Tomado del codo del empleado, Carmelo empezó a caminar, y continuó escuchando los ruidos que se producían por donde pasaba.&lt;br /&gt;– ¿Hay bastantes pasajeros, no? –preguntó él.&lt;br /&gt;–Sí, efectivamente –le respondió el empleado-.  Por estos días, un buen número de turistas están visitando nuestro país.&lt;br /&gt;Cuando llegaron a la zona de parqueo, Carmelo sintió que el sol quemaba sobre su cara, como lo había hecho el día que partió.  Aquella mañana, el sol también estaba presente, y en todo caso, había una gran ausente: Carlota.  Ya la llamaría más tarde, para hablarle de tantas cosas, y de hecho que acordarían para encontrarse.&lt;br /&gt;¿Le hubiese gustado a Carmelo que ella lo vaya a recibir?  Claro que sí.  ¿Hubiese querido que esté a su lado?  Por supuesto.  Quién sabe si de ese modo, aunque sea así, Carmelo podría dejar de extrañar a Paula.&lt;br /&gt;Se escuchaba el abrir y cerrar de las maleteras y las puertas de los carros.  Había todo un festival de saludos, entre besos, abrazos, exclamaciones de bienvenida y una que otra lágrima.&lt;br /&gt;Un niño le preguntaba a su papá:&lt;br /&gt;– ¿Me trajiste lo que te pedí?&lt;br /&gt;Y el padre le decía:&lt;br /&gt;–Sí, pero ya lo vamos a ver en la casa.&lt;br /&gt;Carmelo permanecía de pie, en silencio, al lado del empleado que había estado con él en todo momento.  Pero alguien más se le acercó, y como lo vio con la cabeza hacia arriba, pensativo, le habló en voz alta, como tratando de llamar su atención.&lt;br /&gt;–Disculpe, señor –le dijo.  Puso una mano sobre su hombro, y añadió-: Yo soy el taxista que le va a hacer el servicio.&lt;br /&gt;–Ah, bien –dijo Carmelo, quien de pronto descubrió que esa voz le sonaba conocida.&lt;br /&gt;El taxista esperó que se despida del empleado, y luego, en un tono muy amable, le siguió diciendo:&lt;br /&gt;–Vamos a poner sus maletas en la parte posterior del carro.&lt;br /&gt;Pero la sorpresa de Carmelo sería mayor, porque resulta que a la hora de conducirlo, el taxista mismo, de propia iniciativa, le dijo:&lt;br /&gt;–Aquí tiene mi brazo.&lt;br /&gt;No esperó que el pasajero le de ninguna indicación, ni que le haga explicación, acerca de cómo debía conducirlo.  ¿Pero, entonces, quién era?  La curiosidad de Carmelo iba en un incontenible y obsesivo aumento.&lt;br /&gt;El taxista permaneció serio, tratando de hacer su trabajo lo mejor posible.  Pero cuando Carmelo le preguntó su nombre, ya no pudo esconder la sorpresa, y antes que una respuesta formal, lo que se escuchó fue la ruidosa risa de su amigo John.  Sí, era ese mismo John que lo había acompañado en tantas oportunidades, el mismo que había estado a su lado en su último programa de radio.  Cuánto tiempo había pasado, desde aquel día que Carmelo lo conoció en la esquina, cuando esperaba que alguien lo ayude a cruzar, para llegar al centro de informática de Lucho Chávez, donde se iba a matricular con el propósito de estudiar computación aplicada para invidentes.&lt;br /&gt;–Vamos –le dijo su amigo.&lt;br /&gt;En medio de una gran emoción, y luego de interminables abrazos, John, que ahora estaba de taxista, casi se olvida de hablar con su base.&lt;br /&gt;–Tienes que reportarte –le recordó Carmelo.&lt;br /&gt;–        ¡Ah, verdad! –John exclamó, sin poder dejar de reírse.  Se comunicó por radio, y luego, ya en confianza, hablando  en la misma forma que solía hacerlo, dijo-: Ahora sí, nos vamos a tu casa, pe.&lt;br /&gt;–        Eran las ocho de la mañana, y a esa hora, la ciudad estaba atiborrada de carros, ómnibus, microbuses.  Había gente de todas las edades, de las diferentes capas sociales, que iba del norte al sur, o del este al oeste de la ciudad.  El traslado desde el aeropuerto a la casa de Carmelo se haría un poco largo, y eso tenía desesperada a su mamá.&lt;br /&gt;En su comedor, la señora ya se había tomado unas cuatro tazas de café, y no sabía qué hacer para controlar sus nervios, sus ganas de ver llegar a su hijo de una vez por todas.&lt;br /&gt;Claudia, su otra hija, trataba de calmarla.  Zoila, su fiel empleada, hacía lo mismo, aunque ya no tenía respuesta para la una y mil preguntas que la mamá de Carmelo le hacía:&lt;br /&gt;– ¿Estará aquí en diez minutos?  ¿Ya habrá dejado atrás la avenida La Marina? –interrogaba la señora sin cesar.&lt;br /&gt;–Sí, señora.  Claro, señora.  En cualquier momento, señora –decía Zoila, la empleada, sin saber qué más inventar.&lt;br /&gt;En cambio, en el carro, Carmelo iba de lo más entretenido con su amigo.  Su mamá trataba de llamar a John, pero nada de nada, porque él había apagado su celular, para no ser interrumpido, mientras ambos conversaban, y hacían recuerdos de anécdotas, como las que ocurrieron el día del almuerzo que Carlota organizó.&lt;br /&gt;Aquella mañana, cuando dieron las diez, sonó el timbre de la casa.  Era su inolvidable amiga, que atendía a la invitación de Carmelo para tomar desayuno.  Se había levantado muy temprano, y había ido a visitar a una señora que vendía tamales de chancho y pollo, en un puesto del mercado de Jesús María.&lt;br /&gt;–Déme cuatro –le pidió Carlota.&lt;br /&gt;Luego, caminó hacia la Avenida Arequipa, tratando de hacer tiempo.  En la radio de un quiosco de periódicos escuchó que ya eran las nueve y cuarenta minutos, y tomó un microbús que la transportó a San Borja.&lt;br /&gt;–Buenos días, señorita –la mamá de Carmelo le abrió la puerta, y mientras Carlota entraba le preguntó-: ¿Así que hoy es el almuerzo de despedida, no?&lt;br /&gt;–Sí, señora –le contestó Carlota.&lt;br /&gt;– ¿Y esos deliciosos tamales? –preguntó la mamá de Carmelo.&lt;br /&gt;–Es que mi amigo me invitó a tomar desayuno, y no quise llegar con las manos vacías –contestó Carlota.&lt;br /&gt;–Pero qué ocurrencia, hijita –la señora recibió el paquete.  Le dio un beso, y exclamó-: ¡Cómo me gustan esos detalles tuyos!  Sin poder resistirse al aroma de aquellos tamalitos, le preguntó-: ¿Podré probar, aunque sea un pedacito?&lt;br /&gt;Y la respuesta de Carlota no se hizo esperar:&lt;br /&gt;–Ay, seño –le dijo-: Los he traído para que todos comamos.&lt;br /&gt;Tomaron asiento alrededor de la mesa, y al poco rato, Carmelo se presentó en el comedor.  Los tamales ya estaban calentitos, oliendo riquísimo.&lt;br /&gt;–Hola –Carlota se acercó, y luego de darle un beso, le dijo-: Te veo como si estuvieses con la mente en otra parte.  ¿En qué o en quién estás pensando? –le preguntó, y medio entre broma, añadió-: No me digas que en estos últimos días te has empezado a enamorar.&lt;br /&gt;–Qué bueno fuera –dijo la Mamá de Carmelo, carraspeando, luego que casi se atora, porque el tamal estaba bien picante, y agregó-: Para mí sería una maravilla que mi hijo se enamore y se olvide del viajecito aquel.&lt;br /&gt;–Bueno, es que todo llega a su tiempo –afirmó Carlota-.  Bien dice el refrán que velo y mortaja del cielo baja.  Pero mi amigo se lo tiene bien guardadito, y no quiere contarnos –agregó.  Hizo un silencio, y le preguntó-: ¿Quién es la musa que te anda desvelando y te pone a soñar despierto?&lt;br /&gt;Carmelo sonrió, porque ni Yolandita, ni Blanquita habían logrado borrar a Carlota de su pensamiento.  Prefirió cambiar de tema, pero en eso, el celular de John empezó a timbrar.&lt;br /&gt;–Si, sí, ya llegamos –le dijo él a Zoila, la empleada-.  Explícale a la señora que el tráfico está muy cargado.&lt;br /&gt;John colgó, y continuó haciendo recuerdos con su entrañable amigo.&lt;br /&gt;–Ya están cerca –dijo Zoila, a viva voz, desde la cocina.&lt;br /&gt;Luego del desayuno, Carmelo terminó de alistarse.  Su mamá estaba ahí, pendiente de su ropa, del perfume que se iba a echar, de su pañuelo, de sus zapatos.  Lo peinó, lo miró de pies a cabeza una y mil veces, y sin poderlo evitar, aunque hubiera querido ir pegadita a él, lo tuvo que dejar partir con su amiga.&lt;br /&gt;–Hasta luego, señora –le dijo Carlota, ya en la puerta-.  Gracias por el cafecito.&lt;br /&gt;–De nada, Carlotita, y gracias a ti por esos tamalitos –la señora le respondió, y aunque dudó un poco, no pudo dejar de hacerle un pedido muy, pero muy especial-: Por favor, cuídame a mi Carmelito.&lt;br /&gt;En el restaurante, ya casi todo estaba ordenado para cuando empiece el almuerzo.  La prima de Carlota que trabajaba ahí había puesto todo su empeño, para que la atención sea de lo mejor.&lt;br /&gt;–Hola, chicos –la prima salió corriendo, al verlos llegar-.  Casi me tropiezo con una mesa, pero no importa –dijo, mientras se les acercaba, y dirigiéndose a Carmelo, entre exclamaciones, agregó-: ¡Qué gusto conocerte!  Ya vas a ver que aquí la pasarás de lo lindo, recontra chévere, súper bacán, con tus amigos.  ¡Bienvenido!&lt;br /&gt;Entraron, y lo primero que llamó la atención de Carmelo fue que estaban probando el equipo de sonido.&lt;br /&gt;–Uno, dos, tres, siii, siii -Alguien empezaba a graduar el volumen de los micrófonos, y preguntaba-: ¿Me escuchan?  A ver, uno, dos, sii, siii, síi.  ¡Dale más agudos a este!  Hola, siii, hola.  Hola morena –dijo la misma voz por el micro.&lt;br /&gt;–Ese es mi primo –dijo Carlota-.  El primo del que te he contado.&lt;br /&gt;–Hola Carmelo –dijo también la voz, y en medio de un ruido, producido por un cable que estaba haciendo tierra, exclamó-: ¡Qué buena está la zamba que te has conseguido!  ¡Ya quisiera yo una novia así!  A ver si más tarde le das permiso, para que cante una canción con nosotros.&lt;br /&gt;–Ja, ja, gracioso –dijo Carlota, y agregó-: Guárdate tus chistes para cuando empiece el espectáculo.&lt;br /&gt;–Ah, eso quiere decir que sí vas a cantar –le dijo su primo-.  Uy, la cosa se va a poner buena –acotó, y hablándole a Carmelo le pidió-: Pero dale permiso, y cuando la escuches, te vas a enamorar más de ella.&lt;br /&gt;Tomaron asiento en una de las mesas, mientras que los músicos seguían calibrando el sonido, conforme iban llegando, y desde la cocina empezaba a salir el olor de los platos que formaban parte del menú.&lt;br /&gt;– ¿Quieren ir tomándose alguito? –Les preguntó la prima de Carlota-.  Yo les invito.&lt;br /&gt;–Traite un par de cervecitas –dijo Carmelo.&lt;br /&gt;–Las más heladas que tengas –gritó Carlota, en medio de la bulla que hacían los músicos.&lt;br /&gt;Luego de unos instantes, la prima volvió:&lt;br /&gt;–Aquí están las chelas –dijo, y tomando asiento con ellos, agregó-: Me he traído una para mí también, así que salud.&lt;br /&gt;Pasaría una media hora, y la gente de la universidad empezó a llegar.  Poniéndose de pie, la prima de Carlota dijo:&lt;br /&gt;–Los dejo, porque ahora sí que empieza mi trabajo.&lt;br /&gt;Los amigos ingresaron, y se apareció Juan José, el chico del colegio al que le decían Loco.  Junto a él estaba César, el mismo de la bodega, quien entró saludando desde lejos, con su clásico:&lt;br /&gt;–Hola, chocherita.&lt;br /&gt;Muy pronto, la mesa de Carmelo estuvo totalmente llena, y uno de los chicos sugirió:&lt;br /&gt;–Podrían ir trayéndonos algún aperitivo.&lt;br /&gt;–Pero Claro –dijo otro-: Ya es hora de empezar a hacer salud con el viajero.&lt;br /&gt;No faltaba mucho para que la alegría se apodere del ambiente, y el Loco exclamó:&lt;br /&gt;–Que empiece la música, maestro.&lt;br /&gt;Se oyó un golpe de Cajón, instrumento de percusión que los negros de la costa peruana tocan para ponerle ritmo a su arte, y el Loco empezó a aplaudir.&lt;br /&gt;–Vamos, eso –gritó.&lt;br /&gt;Raúl y Pedrito, que también estaban en la mesa, estimaban mucho a Carmelo.  En el aula de la universidad, en el patio, o donde sea, se gastaban bromas con él.  Le hacían las una y mil pasadas, y todo en la forma más sana posible, como amigos que eran.&lt;br /&gt;En esa ocasión, los dos se habían propuesto darle de tomar hasta verlo bien mamado.  La consigna entre ellos era que Carmelo chupe hasta que ya no ya, y a penas les trajeron la primera ronda de Pisco Souer le ofrecieron:&lt;br /&gt;–Uno no es suficiente, amigo –le dijo Raúl-.  Aquí tienes otro.&lt;br /&gt;Cada uno le fue cediendo el suyo, y como a Carmelo le gustaba el aroma de aquel trago, no dijo que no.  Al poco rato, llegaron una, dos, tres  cervezas.  Carmelo tampoco se opuso.&lt;br /&gt;–Salud contigo, hermano –brindó Pedrito-.  Sécate ese vaso de un solo golpe.&lt;br /&gt;Y mientras le iban poniendo vaso tras vaso, en su mano, entre los amigos comenzaron las maquinitas, las arengas, entre exclamaciones:&lt;br /&gt;– ¡Arriba!  ¡Abajo!  ¡Al centro!  ¡Y adentro!&lt;br /&gt;La cara empezaba a cambiarle a Carmelo.  Así porque sí, se ponía a reír, tamborillava sobre la mesa, aplaudía y hablaba más fuerte.&lt;br /&gt;–Salud contigo, Carmelo -alguien chocó su vaso con el suyo, y agregó-: Te estoy sirviendo más.&lt;br /&gt;–Gracias –gritó Carmelo, sin saber que la oreja del chico estaba ahí nomás.&lt;br /&gt;–Te veo contento, amigo –le dijo Carlota.&lt;br /&gt;–Sí –le respondió Carmelo-: La verdad es que estoy muy a gusto.  Gracias, realmente gracias.  No sabes cómo valoro todo lo que tú haces por mí.&lt;br /&gt;–No, no me agradezcas tanto –afirmó Carlota-.  Si continúas agradeciéndome, me vas a hacer llorar.  En vez de eso, quisiera que hagas algo por mí.&lt;br /&gt;– ¿Qué cosa? –le preguntó Carmelo.&lt;br /&gt;–Quiero que te propongas a ti mismo dejar de lado tanto floro, tanto bla, bla, bla, y que te conviertas en un hombre de acción.  Amigo, las mujeres no te van a apreciar por el hecho que tú les andes diciendo cómo valoro, cuánto aprecio lo que haces por mí.  Lo que ellas esperan de ti es un hombre seguro, decidido; un caballero, de finos modales, pero también bromista, y por qué no, un poco jodido como mi primo.  ¿Acaso él está con eso de gracias, gracias por venir?  No; ni hablar.  Él se puso a vacilarte, y tú mudo.  Yo esperaba que le sigas la corriente.&lt;br /&gt;–Voy a tomar muy en cuenta lo que me dices –asintió Carmelo.&lt;br /&gt;–Pero claro –afirmó Carlota, y agregó luego-: Si quieres ayudarme a divertirme, a olvidar mis problemas, mis penas, deja de agradecerme.  No me hables en forma rebuscada, con términos supuestamente cultos.  Sé tú mismo.  Me encantaría verte con cara alegre, sin que te la pases mirando hacia arriba, pensando en no sé qué.&lt;br /&gt;En medio del diálogo, la música comenzó a sonar.  El barullo de los ahí presentes subió de volumen, y la comunicación empezó a hacérsele más difícil a Carmelo.  Las voces, las guitarras, el cajón, las risas, le impedían notar quién o quiénes podrían estar sentados a su lado.  Los chicos y las chicas se paraban, y se acercaban a otras mesas para saludar a sus amigos.  Iban y venían, y solo se quedaron quietos, en sus asientos, cuando empezaron a pasar los platos con una deliciosa entrada.  Era una extraordinaria Papa a la Huancaína, que invitaba a chuparse los dedos.&lt;br /&gt;Carmelo se enteró que ya estaban sirviendo, por el aroma que percibió, mientras que su mente andaba en otra cosa, y solo regresó a la realidad, cuando sintió que alguien lo tocaba.&lt;br /&gt;–Aquí está tu plato –Carlota le palmoteó la espalda, y una vez que Carmelo reaccionó, le indicó-: Coje tus cubiertos para que comas.&lt;br /&gt;– ¿Y tú ya estás comiendo? –le preguntó Carmelo.&lt;br /&gt;–Sí, ya todos hemos empezado –le dijo ella-.  Lo que pasa es que yo me había ido un ratito de la mesa.&lt;br /&gt;Vino el segundo plato, que consistía en un Seco de cabrito con frijoles.  Carmelo pensó que tendría que cortar su carne, pero la prima de Carlota ya lo había hecho en la cocina.&lt;br /&gt;–A comer -dijo el animador del conjunto musical por el micrófono.  Se oyó un nuevo ruido que lo interrumpió, pero luego siguió hablando-.  Sí –dijo-: Y después de comer, van a escuchar cantar a una estrella traída de Chincha, ¡Cuna de campeones!  Adivinen quién será, y el que acierte, podrá bailar el Alcatraz con ella.&lt;br /&gt;Se oyeron risas, y mientras la gente festejaba las muecas, los gestos del animador, Carmelo estaba con su mente en otra parte.  El alcohol empezaba a hacer más efecto en su interior, aunque no quisiera admitirlo.  De un momento a otro, sus fantasías se tornaban nostálgicas, y aunque la algarabía reinaba a su alrededor, porque la reunión se había organizado para él, Carmelo no dejaba de pensar en ella.  Pero, de pronto, se despojaba de la nostalgia y se ponía eufórico.  En sus fantasías, él era el centro del espectáculo, le daban ganas de cantar, y volvía a hacer ritmo sobre la mesa.  En su cara, la sonrisa se dibujaba nuevamente, y entonces, sus amigos, Raúl y Pedrito, aprovechaban para seguirle dando:&lt;br /&gt;–Salud, Carmelo –le decían-.  Esperamos que nos escribas desde Méjico.&lt;br /&gt;–Y de paso –dijo el animador por el micro-: Mientras adivinan quién podrá ser esa tremenda bailarina, vamos a darle un fuerte aplauso de despedida a nuestro gran amigo Carmelo, que muy pronto... –hubo una ovación tal, que la voz del animador ya no pudo escucharse.&lt;br /&gt;Carlota rompió en llanto, pero hizo todo lo posible para que Carmelo no se diera cuenta.&lt;br /&gt;–Ahí está la bailarina –señaló uno de los amigos, mientras ella se paraba, y una emoción muy peculiar empezó a invadir al agasajado.&lt;br /&gt;–Carmelo; Carmelo; Carmelo -empezaron a corear todos, golpeando una y otra vez sobre las mesas.&lt;br /&gt;Más de uno se le acercó, diciéndole, en forma efusiva:&lt;br /&gt;–Yo también quiero brindar contigo.&lt;br /&gt;Y no faltaron quienes se atrevieron a tomar el micrófono, para intentar decir algunas palabritas, sin poder terminar de expresarse.&lt;br /&gt;–Querido Carmelo –empezó a decir una chica-: En verdad, pucha, tú eres un ejemplo para todos los que aquí...  Tú nos das una lección de vida a cada, bueno...  –la chica se ahogó en llanto.  Se hizo un tierno silencio, y luego hubo palmas.&lt;br /&gt;Carmelo empezó a sentir algo raro en la boca del estómago, pero no le hizo caso.  ¿Serían los estragos de la mezcla de pisco y cerveza?  «No creo», pensó.&lt;br /&gt;–Tengo algo de malestar, pero me siento bien -masculló, como dándose ánimos.&lt;br /&gt;La chica que no había podido terminar de hablar frente al micro se le acercó llorando, se le abrazó, y le dio un beso, diciéndole:&lt;br /&gt;-Me has enseñado a ver con el alma.&lt;br /&gt;–Sigamos con la alegría -dijo el animador, y agregó-: Y ahora, quisiera hacer algo muy especial.  Tengo una prima que canta precioso, y me gustaría que la escuchen.&lt;br /&gt;–A ver, silencio -gritó uno de los chicos, y sin más floro de por medio, el mismo animador continuó:&lt;br /&gt;–Dejo con ustedes a Carlota.&lt;br /&gt;El estar frente al público no era algo nuevo para ella, porque había participado desde niña en las actuaciones del colegio.  Sin embargo, ahora la emoción la desbordaba.  Aunque se encontraba entre amigos, le costaba tragar saliva y pasar el nudo que se le había formado en la garganta.&lt;br /&gt;–Bueno -dijo, y carraspeó, como para aclarar la voz.&lt;br /&gt;–Arráncate –se escuchó a alguien, que desde una de las mesas, con voz animosa, exclamó como guapeando-: ¡Vamos con uno de esos valsecitos jaraneros!&lt;br /&gt;–Sí, claro que vamos a hacer una gran jarana -afirmó Carlota, tratando de sobreponerse-.  Y quiero que me acompañen con esas palmas.&lt;br /&gt;Una suave armonía de guitarra empezó a decorar su voz, y ella siguió diciendo:&lt;br /&gt;–Pero, antes, deseo empezar con –la emoción casi la traiciona-: Con una canción  que va especialmente dedicada a... -sin esperar que termine de pronunciar el nombre, se hicieron presentes los aplausos, y nuevamente estalló una gran ovación-.  Para mi amigo Carmelo, a quien tanto quiero, con todo mi corazón le dedico el tema de la señora Chabuca Granda, titulado: El Gallo Camarón –fue diciendo, mientras el marco musical hacía la introducción.&lt;br /&gt;Los traguitos iban entonando cada vez más a la gente.  Carlota interpretaba una canción de tras de otra, y todos la acompañaban a coro.  Luego, se puso a bailar con su primo, el que tocaba el cajón en el conjunto criollo, y la algarabía fue total.&lt;br /&gt;– ¡Buena, ahí, negra! -se oía-.  Vamos, quémalo, sí, quémalo.&lt;br /&gt;El Alcatraz es una de aquellas danzas costumbristas, de los negros de la costa peruana, que consiste en una competencia de pareja.  Ella y él se cuelgan un pequeño pañuelo en el trasero, y tienen una vela encendida en su mano.  La idea es que uno trate de quemarle al otro, y que con el movimiento de caderas, la pareja no se deje quemar, mientras los dos bailan sensualmente.&lt;br /&gt;–Negrita ven, préndeme la vela -le dice él, a modo de desafío.  El morocho confía en la capacidad de poder mover sus caderas lo suficientemente rápido, a la manera de una batidora, como para que ella no logre quemarlo, y agrega-: Pa ver si tú me quema, si tú me quema el alcatraz.&lt;br /&gt;En su sitio, Carmelo volvió a sentir un malestar.  No quiso hacerle caso, pese a que era más intenso.  Se propuso distraerse, escuchando con atención el estilo de tocar del cajoneador, y trató de imitarlo, toqueteando sobre la mesa, hasta que casi voltea un vaso lleno de cerveza.&lt;br /&gt;–Salud, salud -le dijo alguien, en vez de indicarle-: Cuidado”, y le puso el vaso en la mano.&lt;br /&gt;Carmelo se lo tomó de un solo viaje, y no pudo evitar reconocer que a esas alturas la cabeza ya le daba vueltas.&lt;br /&gt;– ¿Te sientes bien, Carmelo? –escuchó que le preguntó el infaltable John, quien también había concurrido-.  Se te ve pálido –le siguió diciendo, y agregó-: Si quieres vamos al baño.&lt;br /&gt;–Bueno, bueno –Le respondió Carmelo, mientras empezaba a sentir una sensación de frío, y masculló-: A qué buena hora has venido felizmente, John.&lt;br /&gt;–Ya, toma mi brazo –le indicó su amigo, y le siguió diciendo-: Por aquí, por aquí, cuidado con esa simpática señorita.  ¡No la vayas a chocar!&lt;br /&gt;– ¿Falta mucho para el baño? –preguntó Carmelo, haciendo esfuerzos por hablar claro, en medio de un malestar que iba en aumento.&lt;br /&gt;–No, ya llegamos –le contestó John.&lt;br /&gt;Se abrió la puerta, y alguien que salía del baño los saludó:&lt;br /&gt;–Adelante, caballeros –dijo, y dirigiéndose a Carmelo, añadió-: Caramba, usted es una persona verdaderamente admirable.  Lo felicito, amigo, y déjeme decirle que a su lado, yo me siento realmente un discapacitado.&lt;br /&gt;Ya adentro, John llevó a Carmelo a donde estaba el inodoro, y le quiso indicar:&lt;br /&gt;–Espérate, espérate, que la tapa...&lt;br /&gt;Pero Carmelo no pudo aguantar más, y empezó a vomitar sin saber a dónde.  La tapa del inodoro, las paredes que la rodeaban, el piso, muy pronto se vieron embarrados, y del asco o de los nervios, John se puso a reír.&lt;br /&gt;En esos instantes, Carmelo no tenía que ver con nadie.  Luego de arrojar, experimentó una sensación de alivio, y siguiendo las instrucciones de su estómago, se bajó el pantalón.  Creyendo que estaba apuntando bien hacia el excusado, soltó un terrible chorro de diarrea, pero muy pronto esta se mezcló con el vómito que había desperdigado.  Hecho eso, empezó a sentirse cada vez mejor, y mientras se echaba agua a la cara, John intentaba limpiar la inmundicia.&lt;br /&gt;–Voy a llamar a alguien que me ayude -dijo, pero no tuvo éxito, porque finalmente John también terminó vomitando.&lt;br /&gt;–Este baño ha quedado inutilizable –dijo uno de los empleados del restaurante que en esos momentos entraba.  Se quedó callado por unos segundos,  y de mala gana, chasqueando la lengua, añadió mirando a John-: Lleva a tu amigo a su sitio, que ya nosotros vamos a limpiar.&lt;br /&gt;El carro dio una curva, y John le indicó a Carmelo.&lt;br /&gt;–Ya estamos en la avenida Aviación, y vamos a entrar por Gozzoli.  Estamos llegando a tu casa.&lt;br /&gt;Unos instantes después, el carro se detenía, y John se bajó, para tocar el intercomunicador.&lt;br /&gt;– ¿Quién es? –preguntó una voz desde el interior.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/988950490781206605-941030784516029891?l=enfoque21.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://enfoque21.blogspot.com/feeds/941030784516029891/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=988950490781206605&amp;postID=941030784516029891' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/941030784516029891'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/941030784516029891'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://enfoque21.blogspot.com/2010/02/la-visita-de-carmelo-tercer-capitulo.html' title='La Visita de Carmelo.  Tercer Capìtulo'/><author><name>Luis Hernandez Patiño</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14367307307930688700</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-988950490781206605.post-6285419455377962665</id><published>2010-02-19T12:03:00.000-08:00</published><updated>2010-02-19T12:04:54.622-08:00</updated><title type='text'>Carmelo, Segundo Capítulo</title><content type='html'>2&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL VIAJE&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando Lupita se retiró del aeropuerto, Carmelo entró a la sala de embarque.&lt;br /&gt;–Lo voy a ubicar en un asiento –le dijo una señorita, que tenía un encantador acento colombiano, y agregó-: Ahí se espera un ratico pues, y cuando anuncien la salida de su vuelo yo lo llevo a la nave.&lt;br /&gt;Carmelo estuvo ahí una media hora, más o menos.  Durante ese tiempo, escuchó voces de personas que conversaban, algunos anuncios que se hacían por los parlantes, además de un documental que era transmitido por un televisor, que había sido puesto en esa zona, para entretener a los pasajeros.&lt;br /&gt;Al cabo de un rato, la simpática colombianita se le volvió a acercar.  Era alta, delgadita, y caminaba con una cadencia tan sabrosa como lo eran el son de su acento, el repique de sus palabras, el sabor caribeño de su voz.&lt;br /&gt;–Ahora sí, su vuelo parte –le dijo ella, y sonriendo le preguntó-: ¿Cómo le parece?&lt;br /&gt;Carmelo no pudo dejar de pensar en Paula, y algo de tristeza sintió.  ¿La hubiese querido llevar a Lima?  ¡Por supuesto!  Pero también pensó en Carlota, sin habérselo propuesto, y eso lo devolvió a su estado de ánimo.  Una profunda emoción, una indescriptible alegría lo embargaron, de solo pensar que faltaban horas, unas pocas horas para reencontrarse con los suyos.&lt;br /&gt;–Aquí está su bording pass –le dijo en el mostrador la señorita que lo ayudaba-.  Ahora ingresemos a la nave, para ubicar el asiento que le corresponde.&lt;br /&gt;–Good evening, buenas noches –Carmelo escuchó que unas aeromozas saludaban en la puerta del avión, tanto en inglés como en español, dándole la bienvenida a los pasajeros.&lt;br /&gt;La colombianita que con tanta amabilidad lo ayudaba seguía a su lado.  Al conducirlo por el pasillo, debía hacer ciertos movimientos para esquivar a otras personas, que también se abrían paso entre las filas de los asientos, y aquello le permitía a Carmelo la suerte de poder rozarle algo de tan provocativo cuerpito, a partir del hecho de estarse agarrando de su codito.  Pero el deleite táctil llegó a su fin, porque se encontró el asiento correspondiente, y Carmelo debió conformarse con usar sus manos para abrocharse el cinturón de seguridad.&lt;br /&gt;–Aquí lo voy a ubicar –le indicó ella, y a modo de despedida exclamó-: ¡Buen viaje!&lt;br /&gt;–Gracias –le respondió Carmelo, mientras sentía que ella le palmoteaba el hombro en un gesto de cordialidad.&lt;br /&gt;En el ambiente del avión se podía percibir el olor de un aromatizador, que las aeromozas habían echado.  El aire acondicionado refrescaba la atmósfera, y una suave música que sonaba por los parlantes por lo menos trataba de relajar cualquier tipo de tención o nervios, como los que se producen antes del inicio de un vuelo.&lt;br /&gt;–Tripulantes, por favor, cerrar las puertas –el piloto indicó, hablando desde su cabina por los parlantes, y la música continuó.&lt;br /&gt;Los pasajeros seguían acomodando sus cosas.  Carmelo traía un maletín de mano, y una laptop.&lt;br /&gt;Minutos más tarde, la voz del piloto se dejó volver a oír.&lt;br /&gt;–Preparen la partida –les dijo a los tripulantes.&lt;br /&gt;Una aeromoza empezó a arrullar los oídos de los pasajeros, dándole a su voz una peculiar entonación, al momento de saludar e impartir las instrucciones de siempre.  Mientras hablaba, la nave iba marcha atrás para tomar la pista.&lt;br /&gt;–El vuelo tendrá una duración de nueve horas aproximadamente –dijo la aeromoza-.  Gracias por habernos elegido, y esperamos que el viaje con nosotros les resulte placentero.&lt;br /&gt;Las turbinas comenzaron a rugir cada vez más fuerte, y la nave se estremeció.&lt;br /&gt;–Estamos a punto de despegar –anunció el piloto, y el avión salió hecho una bala.&lt;br /&gt;Carmelo, aquel Carmelo que regresaba, ya no era el mismo que un día partió con rumbo a Hermosillo, Sonora, Méjico.  ¡Cuánta agua había corrido bajo el puente!  Entonces, cursaba el cuarto año de ciencias de la comunicación, y con la ayuda de algunos estudiantes y profesores, había editado una revista.  En ella había artículos de diversos colaboradores y suyos, sobre temas políticos que tanto le interesaban.  Lógicamente, su entrañable amiga Carlota también publicaba, bajo el seudónimo de La Gata.  Sus trabajos resultaban de lo más interesantes y a veces polémicos.&lt;br /&gt;Las reuniones para ver lo que se iba a publicar, para coordinar lo relacionado con las entrevistas, con la redacción, se hacían cada quince días en las casas de los chicos y chicas que participaban.  El encargado de la diagramación era el Chino López, y la responsable de las fotos era Gabriela, una chica  alegre, que a la vez de ser bonita, muy bonita, era muy hábil.  En ella, la belleza y la inteligencia no entraban en contradicción.&lt;br /&gt;¡Pero la pación más grande de Carmelo era la radio!  En una ocasión, se propuso lanzar una emisora digital que muy pronto tuvo éxito, traspasando el ámbito de la universidad.&lt;br /&gt;Una de las profesoras le dijo:&lt;br /&gt;–Le voy a hablar de ti a una amiga, que es la dueña de una estación.  Creo que ahí podrías tener la oportunidad de comenzar a desarrollarte en lo que tanto te gusta.&lt;br /&gt;–Gracias –le dijo Carmelo-.  Siento que se va a cumplir mi más caro sueño, que es estar frente a los micrófonos de verdad.&lt;br /&gt;–No me agradezcas todavía –le respondió la profesora.  Dejó unos papeles que tenía en la mano, cojió un teléfono que estaba en su escritorio, y mientras digitaba un número, agregó-: En estos momentos voy a llamar por teléfono, y si todo sale bien, recién me das las gracias y me invitas a almorzar, jaja.&lt;br /&gt;Un rato después, la dueña de la emisora le devolvía la llamada a su amiga, la profesora, y al enterarse de lo que se trataba le dijo:&lt;br /&gt;–Sí, que venga mañana mismo.&lt;br /&gt;La primera en enterarse de la noticia fue Carlota.&lt;br /&gt;–Me han aceptado –le contó Carmelo.&lt;br /&gt;– ¡Pero, qué chévere! –Carlota exclamó, y agregó-: No sabes qué feliz me hace que te den la oportunidad de hacer lo que te gusta, y fundamentalmente, que te permitan demostrar tus capacidades.  Ya sabes, para lo que necesites, cuenta conmigo.&lt;br /&gt;Al día siguiente, Carmelo se dirigió a la avenida Sucre, en Pueblo Libre, y llegó a la dirección que su profesora le había indicado.  Era una casa de dos pisos, donde funcionaban los estudios de la emisora.&lt;br /&gt;Tocó el timbre, pero no le abrían, y solo después de unos minutos que parecieron horas, se apareció un guardián.&lt;br /&gt;– ¿A quién busca?  ¿Qué desea? –le preguntó, hablando nervioso, un tanto desconcertado.&lt;br /&gt;–Vengo para una sita con la dueña de la radio –le contestó Carmelo.&lt;br /&gt;–Pero no sé...  La señora...  ¿Qué se llama usted? –preguntó el guardián, medio aturdido, mareado, ante la inesperada presencia de Carmelo.&lt;br /&gt;Al ver eso, desde la ventana de su oficina, la secretaria salió, diciendo a viva voz:&lt;br /&gt;–Sí, lo estamos esperando al joven.&lt;br /&gt;–Ah, ya -el guardián abrió la puerta,  y se puso a un costado.&lt;br /&gt;–Buenos días –la secretaria saludó-.  Mi nombre es Berta.&lt;br /&gt;–Hola, mucho gusto –respondió Carmelo.&lt;br /&gt;Berta le dio su brazo, ajustándolo contra su pecho, permitiendo así que la manito de Carmelo le roce un seno.&lt;br /&gt;–Vea usted, qué bien maneja su bastoncito el maestro –comentó el guardián, en medio de una risita nerviosa, mientras Carmelo empezaba a caminar.&lt;br /&gt;Cruzaron el marco de la puerta principal, y entraron a una pequeña salita de recibo donde había unos sillones, una pequeña mesita de centro, además del escritorio de Berta.&lt;br /&gt;–Cójete fuerte –Berta giró hacia la derecha-.  Por aquí, vamos a subir las escaleras –le indicó.&lt;br /&gt;–Ah, estamos subiendo al segundo piso –masculló Carmelo, como haciéndose el sonso, cuando en realidad bien que ya se estaba banqueteando con el toca y toca, porque de rozarle el seno a Berta, había pasado a explorarle la fina piel de su axila, y se hacía la idea de seguir subiendo más-.  Piano, piano, se va lontano –el mismo Carmelo agregó.&lt;br /&gt;–Eso, sigue, sigue, así, así, y ahora a la derecha –le dijo Berta-. Estamos en un pasadizo, y al fondo queda la oficina.&lt;br /&gt;–Claro, al fondo hay sitio –le dijo Carmelo, en son de broma.&lt;br /&gt;Pero Berta seguía tensa, nerviosa, temerosa de que él se pudiese caer, golpear, o vaya uno a saber qué, y no se hizo eco de la ocurrencia.&lt;br /&gt;–A ver, vamos, vamos, así, derechito, derechito hasta el final, que estás muy bien –le siguió repitiendo ella, hasta que se detuvo.&lt;br /&gt;–Hojalá que todo salga bien -dijo Carmelo.&lt;br /&gt;–Sí, ya llegamos –afirmó Berta-.  Espérate un ratito, que voy a tocar la puerta.&lt;br /&gt;Carmelo le siguió rozando esa axila tan bien afeitadita, tan excitante, mientras Berta continuaba apretándole la mano con su brazo, como para que no la suelte, para que según ella: «Carmelito no se vaya a caer al piso».&lt;br /&gt;–Gracias –le dijo Carmelo.&lt;br /&gt;–Nada de qué agradecer -Berta tocó la puerta de la oficina con la mano del otro brazo que tenía libre.  Giró hacia Carmelo, y se le acercó más, juntando pechito con pechito, haciendo que el muchacho vibre cada vez más, con mayor intensidad-.  La dueña no está, ha salido –le murmuró ella.&lt;br /&gt;«Entonces, uy, esta es mi oportunidad», pensó Carmelo.  No se hubiera imaginado que le iba a pasar algo así aquella mañana, y se exitó, más aún, cuando sintió que la respiración de Berta penetraba por sus narices; creyó que los labios de ambos se iban a rozar, y alucinó besándola.&lt;br /&gt;Pero ese instante se interrumpió, porque Desde el interior de la oficina se oyó la voz del hijo de la dueña de la radio, quien había recibido el encargo de atender a Carmelo.&lt;br /&gt;– ¿Sí, quién? –preguntó Rafael, con una voz de estar deprimido, fastidiado.&lt;br /&gt;–Ya llegó el joven –le dijo Berta, separándose de Carmelo.&lt;br /&gt;–Pasa –respondió Rafael.&lt;br /&gt;Entraron a una pequeña habitación, donde había un closet y un tocador frente a un espejo.  Por la ventana, que estaba medio abierta, se escuchaba el ruido de los carros que pasaban por la avenida Sucre.  El escritorio de Rafael estaba pegado a la ventana, y no era muy grande.&lt;br /&gt;–Hola; aquí está... –intentó decir Berta, pero al verle la cara a Rafael no pudo terminar de hablar.&lt;br /&gt;–Ah, sí.  Ven, toma asiento –Rafael se le acercó a Carmelo, y haciendo grandes esfuerzos por ser cortés, le dio la mano.&lt;br /&gt;Carmelo hizo lo mismo, luego de doblar su bastón y poner su maletín sobre el escritorio.&lt;br /&gt;¿Tú quieres hacer radio, no? –le preguntó Rafael.&lt;br /&gt;–        sí, efectivamente –le contestó Carmelo.  Se acomodó en su silla, y le siguió diciendo-: La radio es mi pación.  Me gustó, o mejor diré que me encantó desde muy pequeño.  Dormido y despierto sueño con la radio, y gran parte de mis fantasías giran en torno a ella.&lt;br /&gt;–        Mientras Rafael oía a Carmelo, movía unos papeles, se ponía y se quitaba los lentes una y otra vez.  No sabía qué hacer, y sentía que lo invadía una feroz rabia de solo pensar en lo que le había pasado la noche anterior.&lt;br /&gt;–        Carmelo le continuaba hablando, contándole acerca de sus ideas en cuanto a la radio.  No quería perder ni un solo segundo, ya que se había hecho el propósito de demostrar que sí tenía qué ofrecer.&lt;br /&gt;–Me invento historias en las que yo soy un oyente –le dijo-.  También creo relatos sobre situaciones o casos en los que yo participo, no necesariamente como el personaje principal.  Hace un tiempo se me ocurrió que ya estábamos en el 2014, que ya se habían cumplido las profecías de los mayas, y que me habían enviado a los Estados Unidos a transmitir por radio en una misión solidaria, porque gran parte de ese país había sido destruida por un tremendo cataclismo.&lt;br /&gt;–Ya, ya, claro -Rafael medio que lo interrumpió, como si ni le interesara lo que escuchaba, y miró a Carmelo de pies a cabeza una y otra vez.&lt;br /&gt;Pero eso no detuvo a Carmelo, quien estaba decidido a incursionar en la radio, demostrando que lo único que necesitaba era una oportunidad para abrirse campo por él mismo.&lt;br /&gt;–Mi mamá me comentó de ti –le dijo Rafael, en un tono algo seco, desganado, indiferentón, parco-.  Me contó que eras un chico muy hábil –agregó, para luego preguntarle-: ¿Te llamas Carmelo, no es cierto?&lt;br /&gt;–Sí, mucho gusto –Carmelo respondió.&lt;br /&gt;–Bueno, mira –le dijo Rafael, pero al instante reaccionó, y le pidió disculpas por usar el término mira.&lt;br /&gt;Carmelo ni le dio importancia a ese asunto, porque cuántas veces había oído peores cosas.  Cuántas veces lo habían agredido, y agredido de verdad a lo largo de su vida.&lt;br /&gt;– ¿Ay, te has ofendido? –le preguntó Rafael.&lt;br /&gt;–Realmente, no –dijo Carmelo-.  No tendría por qué ofenderme, por el hecho que tú utilices el término mira.&lt;br /&gt;–Es que soy un estúpido -Rafael gruñó, y en medio de un fastidio muy grande, dio un suspiro, preguntando nuevamente-: ¿Te has ofendido?&lt;br /&gt;–Ya te he dicho que no -Carmelo se rió.&lt;br /&gt;–No, no, es que soy un estúpido –reiteró Rafael, reflejando en su voz una gran dosis de intolerancia para consigo mismo.  Se llevó las manos a la cara, y hubiera querido destrozar sus lentes de la ira que sentía.  Pero se contuvo, prefirió apretar los dientes hasta hacerlos rechinar, y volvió a decir-: Soy un estúpido, un tarado.&lt;br /&gt;Carmelo permanecía tranquilo, pero sí se daba cuenta del fastidio de Rafael.  Escuchaba cómo se movía inquieto sobre su silla, cómo respiraba con furia.&lt;br /&gt;Ya eran más de las diez, y el artista de teatro debía llamar como todos los días.  Pero nada de nada, y para no sentirse peor, Rafael prefirió ir al punto con Carmelo.&lt;br /&gt;–En fin –le dijo-: Lo que quiero manifestarte es que hacer radio no es tan simple.&lt;br /&gt;–Claro que lo sé –afirmó Carmelo, con gran seguridad-.  Ya he tenido algo de experiencia, animando programas en una emisora de la universidad.&lt;br /&gt;– ¿Tú estudias? –Le preguntó Rafael, con asombro, y exclamó-: ¡No te lo puedo creer!&lt;br /&gt;–Sí -Carmelo abrió  su maletín, y sacó unos documentos, estirando la mano para dárselos-. Aquí está mi curriculum vital –le fue diciendo-: Y de paso, también traigo una carta de presentación de la universidad dirigida a tu mamá.&lt;br /&gt;–Entonces, ehm -Rafael balbuceó, al tiempo que recibía los documentos.&lt;br /&gt;Carmelo escuchó cómo pasaba las hojas, una tras otra, y supuso que los estaba leyendo.&lt;br /&gt;–Eso significa que sí sabes en lo que te estás metiendo –afirmó Rafael, luego de unos instantes-.  Bueno pues –prosiguió después de suspirar-: No hay tiempo que perder, y dime: ¿Qué tipo de programa piensas hacer?&lt;br /&gt;–Tengo elaborado ya un proyecto -Carmelo extrajo un documento más de su maletín, y al tiempo que se lo pasaba, le explicó-: Se trata de una revista hablada.  En ella, se tocará una gran variedad de temas, desde un enfoque de tipo ciudadano.&lt;br /&gt;– ¡La idea me fascina! –Rafael exclamó, dejando caer sobre su escritorio un lápiz que tenía entre sus dedos.&lt;br /&gt;–Yo le tengo mucha fe a ese proyecto –afirmó Carmelo.&lt;br /&gt;–Sí, pero lo que no sé es Cómo harías si algún oyente te envía una carta –dijo Rafael-.  Eh ahí un gran problema –remarcó, y luego agregó-: Tú sabes que los oyentes quieren comunicarse con los conductores.&lt;br /&gt;–Cartas –Carmelo sacó un fajo de sobres de su maletín, y lo puso enzima del escritorio-.  Me las envían a diario, fíjate bien, a diario –le dijo, mientras palmoteaba sobre ellas, y exclamó-: ¡Aquí están!  No son pocas como verás, y es que la radio de la universidad es escuchada a través del Internet, por mucha gente que comparte sus inquietudes con nosotros.&lt;br /&gt;– ¿Pero cómo haces para leer esas cartas? –preguntó Rafael, un tanto desconcertado, medio incrédulo.&lt;br /&gt;–Ah, bueno –le respondió Carmelo-.  Utilizo un programa, que me permite escuchar ese texto que tú ves en la pantalla, mediante una voz sintetizada.&lt;br /&gt;– ¿Y yo lo podría escuchar también? –interrogó Rafael.&lt;br /&gt;–Si quieres, ahorita -Carmelo sacó un USB de su bolsillo, antes incluso de haber terminado de contestar.&lt;br /&gt;– ¿Ahí tienes el programa? –Rafael no dejaba de preguntar.&lt;br /&gt;–Sí, exactamente –le dijo Carmelo-.  He traído una versión portable, y podríamos instalarla en tu computadora, ahorita, para que escuches.&lt;br /&gt;–Bueno, ya lo vamos a ver -Rafael se movió en su silla, y respiró  nuevamente en forma profunda para ver si se relajaba.&lt;br /&gt;Se hizo un breve silencio, y Carmelo pudo oír que en otra habitación una voz femenina estaba grabando una promoción.  Se trataba de un programa sobre salud, y el texto que la chica repasaba una y otra vez decía: «No dejes de escuchar los consejos y recetas más efectivas que te puedas imaginar, aquí, en tu espacio Háblale a tu Doctor.  ¡De lunes a viernes, a las diez y treinta de la mañana!  ¡No te lo pierdas!».&lt;br /&gt;– ¿Y cuándo quisieras comenzar? –preguntó Rafael, rompiendo la pausa.&lt;br /&gt;–Por mí, ayer –le contestó Carmelo, sonriendo.&lt;br /&gt;– ¿Te parece mañana, a la una de la tarde? –volvió a interrogar Rafael.&lt;br /&gt;–Perfecto, mañana empiezo –asintió Carmelo.&lt;br /&gt;Rafael se puso de pie, y permaneció pensativo al lado de su escritorio.  Pero reaccionó, y dio unos pasos hacia delante.&lt;br /&gt;–Entonces vamos para presentarte al que va a ser tu operador –dijo mientras avanzaba hacia la puerta-.  Se llama Víctor, y es un chico maravilloso, muy bueno.&lt;br /&gt;–Vamos -Carmelo también se paró, y cuando estuvo junto a Rafael, le tomó el brazo para seguirlo.  Con la otra mano se las arregló, para llevar su bastón y su maletín.&lt;br /&gt;–Por aquí -le dijo Rafael-.  Ven, ven, ven, por aquí.&lt;br /&gt;Ni bien salió de la oficina, Carmelo percibió que en el ambiente flotaba ese inconfundible sonido a estudios de radio, que tanto le encantaba, que lo emocionaba, que le ponía al máximo la adrenalina.  Se oía cómo colocaban un tema, cómo lo cuadraban exactamente antes de salir al aire, para que no se escuche el gato, o la fritura de pescado que algunos discos viejos producen.  Parecía que dos perros se estaban peleando, pero era una cinta que estaba retrocediendo, y olía a ese líquido con el que limpiaban los discos antiguos.&lt;br /&gt;– ¡Qué rico estar aquí! –Carmelo exclamó.&lt;br /&gt;En el suelo había unas cajas llenas de cintas viejas, y el pasadizo por el que caminaban se hacía cada vez más angosto.&lt;br /&gt;– ¡Qué horror tantas cajas!  ¡Pero qué horror! –Rafael exclamó.&lt;br /&gt;Llegaron, y tocando el marco de la puerta con los nudillos de sus dedos, Rafael llamó:&lt;br /&gt;–Víctor.&lt;br /&gt;–Buenas tardes.  ¿Cómo está, señor? -el operador se puso de pie, y se escuchó el crujir de una vieja silla giratoria.&lt;br /&gt;–Bien, gracias –le dijo Rafael, dándole la mano.&lt;br /&gt;–Usted dirá, jefe –habló Víctor.&lt;br /&gt;–Fíjate –le explicó Rafael-: Aquí te presento a Carmelo, quien va a conducir un programa desde mañana.  Conversa con él para que se pongan de acuerdo.&lt;br /&gt;–Mucho gusto, y bienvenido, -Víctor saludó a Carmelo-.  Pasa adelante, para conversar.&lt;br /&gt;Por falta de conocimiento, Víctor cojió el bastón, pensando que así debía jalar a Carmelo, para llevarlo hacia una silla.  Pero Carmelo le explicó, en buena forma, que ese no era el modo de conducirlo, y dobló su bastón.&lt;br /&gt;– ¿Ah, ese bastoncito es plegadizo, no? –preguntó Víctor.&lt;br /&gt;–Sí –se limitó a responder Carmelo.&lt;br /&gt;Rafael permanecía ahí, de pie.  Miró a Víctor, y dio dos pasitos que produjeron un sonido parecido al que harían los tacos de los zapatos de una mujer.&lt;br /&gt;–Bueno, chicos –dijo el mismo Rafael-: Hagan todo lo que puedan, para que el programa salga regio.  ¡Súper regio!&lt;br /&gt;–Correcto, jefe –asintió Víctor.&lt;br /&gt;Desde el arranque, que fue un martes por la tarde, Carmelo puso un gran empeño.  Su amigo John estuvo a su lado, a veces sentado, por ratos yendo a la cabina, para ver qué hacía falta.  Carlota hubiese querido estar, pero se había resfriado, y desde la noche anterior, había tenido treinta y ocho y medio de fiebre.&lt;br /&gt;–Preparado –le dijo Víctor-.  Nos vamos al aire: tres, dos, uno, al aire.&lt;br /&gt;Carmelo sintió ganas de toser de los nervios, pero se contuvo y arrancó:&lt;br /&gt;–Hola: ¿Cómo están? -se escuchó el mismo por los audífonos, y sintió una gran emoción-.  ¡Bienvenidos!  Aquí se inicia una nueva experiencia radial, un nuevo programa que se llama Frente a los Micrófonos.  Esperamos contar con su sintonía, con su participación telefónica.  Los invitamos a que nos acompañen todos los días, de lunes a viernes, de una a tres de la tarde.&lt;br /&gt;Desde un principio, Carmelo y Víctor se hicieron muy buenos amigos, se acostumbraron a trabajar juntos en muy poco tiempo.  Cuando estaban al aire coordinaban por los audífonos, y en algunos momentos, parecían ser capaces de leerse el pensamiento.  En una ocasión, movida por una gran curiosidad, la misma dueña de la radio se apareció en la cabina.  Quería ver cómo trabajaba Carmelo, y se quedó asombrada.&lt;br /&gt;–Tienes tres minutos antes de la pausa –le indicó Víctor.&lt;br /&gt;–Ya, perfecto –Carmelo le contestó, sin sospechar que la dueña lo estaba observando.&lt;br /&gt;– ¿Entonces, ponemos un tema musical? –le preguntó Víctor.&lt;br /&gt;–Sí, claro –Carmelo le respondió con seguridad, y luego indicó-: Si hay una llamada, bajamos la música para que entre la voz.&lt;br /&gt;–Bueno, sale –asintió Víctor-.  No te olvides de dar la hora, y tú mismo manda a pausa.  Atento: tres, dos, uno, aire.&lt;br /&gt;Al comienzo había que perseguir a los posibles invitados, llamarlos y volverlos a llamar, para confirmar su presencia en la cabina.  Algunos ni se molestaban en contestar, ni se disculpaban por no asistir, y otros evadían la invitación.  ¡No faltó algún congresista que tuvo la insolencia de maltratar a la productora!&lt;br /&gt;–Oiga usted, de cuando acá yo tendría que concederle una entrevista a un discapacitado –gritó el tipejo ese por el teléfono, y no conforme, con una voz prepotente, intolerante, nada democrática, preguntó-: ¿Usted cree que yo voy a perder mi tiempo, ah?&lt;br /&gt;Sin embargo, aparecieron las notas y comentarios periodísticos sobre el programa.  Se hizo más de un reportaje televisivo que se difundió en los magacines de los domingos por la noche, y por supuesto que entonces los políticos sí empezaron a morirse por ser entrevistados.  No tardó en presentarse alguien, que le insinuó a Carmelo, para hacerle un buen regalo.  ¿Quién fue ese?  El mismo que había tenido el desparpajo de afirmar que por qué él tendría que concederle una entrevista.&lt;br /&gt;Carmelo estaba en la oficina de la secretaria de la radio, y cuando escuchó timbrar el teléfono, estiró la mano hacia el aparato para contestar.&lt;br /&gt;–Aló –al toque, luego de unos instantes, reconoció de quién era la voz que le hablaba.&lt;br /&gt;–Distinguido y brillante periodista –le dijo el congresista ese-.  Ante todo, mis respetos, y mis más sinceras felicitaciones, por lo encomiable de su tarea como gran comunicador social.  Permítame expresarle las consideraciones de mi más alta estima, y aprovecho para ponerme a sus órdenes, para lo que usted crea conveniente.&lt;br /&gt;« ¡Qué saludo para más formal, para más solemne!», pensó Carmelo, riéndose.&lt;br /&gt;–Usted puede estar cien por ciento seguro, y de por medio está mi palabra de caballero –el congresista tosió, y siguió diciendo-: Que en el congreso de la república tiene en mí a su más decidido servidor.&lt;br /&gt;Carmelo lo dejó que hable, no lo cortó, hasta que el tipo ese ya no supo qué otro piropo más echarle.&lt;br /&gt;–Voy a presentar una moción para que... -el tan honorable, respetuoso y caballeroso congresista quiso seguir hablando, pero le vino un acceso de tos, y tapó el teléfono.&lt;br /&gt;Carmelo escuchaba cómo el sujeto ese carraspeaba y tosía hasta cansarse, y no le faltaban ganas de reírse a carcajadas.&lt;br /&gt;–Disculpe usted –intentó decir el congresista, casi ahogándose, con una voz de gordo agitado-.   Le decía que voy a presentar una moción, para que el parlamento le rinda un muy merecido homenaje a su digno programa.&lt;br /&gt;Al final de toda una tremenda perorata, luego de oír toses, disculpas y carraspeos asquerosos, Carmelo decidió que ya era hora de intervenir, y tomó el uso de la palabra:&lt;br /&gt;–Amiguito –empezó diciendo-: Le voy a pedir solo una cosa; una de esas cosas que usted sí está en capacidad de hacer.&lt;br /&gt;–Cómo no, ilustrísimo ciudadano y ejemplar periodista –afirmó el congresista, y luego de una flatulencia que solo pudo evitar a medias, añadió-: Ya usted sabe que me tiene a sus órdenes, como su más fiel y seguro servidor en el parlamento de la república.&lt;br /&gt;–Muy bien, entonces, hágame el favor de irse a la mierda, clic, clic -Carmelo colgó, y la secretaria que estaba a su lado empezó a aplaudirlo.&lt;br /&gt;La gente lo empezó a sintonizar, atraída por los temas y por la calidad de los invitados.  Con el pasar de los meses, el programa de Carmelo llegó a ser escuchado por amas de casa, taxistas, bodegueros, y fue identificado como: «El programa de la Una de la tarde», por la gente misma.  Se convirtió en el acompañante invisible en los consultorios médicos, en los mercados, y hasta en la esquina del barrio, porque los ambulantes también lo oían.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La cantidad de llamadas telefónicas iba en ascenso, y del número de correos electrónicos ni qué decir.  Carmelo le dedicaba más de una hora diaria a la correspondencia, leyendo invitaciones, denuncias, pedidos.  Alguna vez le enviaron un oficio de un club deportivo, solicitándole que acepte ser padrino de un equipo de football, y que como padrino sea bueno y regale las camisetas.  ¡Pero eso no era todo!  Una tarde abrió un mensaje que para él era uno más, y el Jaws le empezó a leer: «Hola: Quiero que sepas que desde el primer día que escuché tu voz, muero por ti, y no hago más que soñar contigo.  Seré muy breve, pues no quiero cansarte, y solo voy a hacerte una pregunta: ¿Podrías darme una cita?  Siempre tuya: Miranda ».&lt;br /&gt;Los lunes hablaba un médico, que podía ser un cardiólogo, un neurocirujano, un pediatra.  Los martes: un psicólogo, un sacerdote, un consejero familiar.  Los miércoles: un experto en asuntos tributarios, un conocedor de procedimientos bancarios, un orientador en el movimiento de la bolsa.  Los jueves: un mecánico automotriz, un técnico en computadoras, un maestro pintor, un ebanista y otros, para aconsejar a los  oyentes en cuanto al cuidado, mantenimiento y uso preventivo de los diversos artefactos  caseros.  Pero, como para cerrar la semana en forma diferente, los viernes la cosa era ya más relajada.  Se hablaba de música, tradición, de cocina.&lt;br /&gt;Cuando el programa terminaba, Carmelo se reunía con su productora.  También conversaba con Víctor, el operador cuya opinión era para él muy importante.  NO hablaba mucho con Rafael, porque el hijito de la dueña de la radio se la pasaba viviendo bien, de los canjes de publicidad, comiendo, tomando e invitando a sus amigotes.&lt;br /&gt;Pero un buen día Rafael estaba tan acelerado, que él mismo fue a buscar a Carmelo.  Empujado por una gran inquietud, lleno de ansias, como desesperado, irrumpió en la sala de sonido.&lt;br /&gt;– ¿Has visto a Carmelo? -le preguntó a Víctor, sin saludarlo, y sin darle tiempo a responder, le siguió interrogando-: ¿Dónde estará?&lt;br /&gt;–Carmelo ya se fue, jefe –le respondió Víctor.&lt;br /&gt;–Ay, no –dijo Rafael-.  Me Quiero morir, porque me urge encontrarlo.  Tengo que hablar con él y pedirle un tremendo favor, para mañana.&lt;br /&gt;Víctor sabía de qué se trataba, porque el asunto iba más allá del simple rumor.  El niño Rafi se había amistado con su amado artista de teatro, que ahora andaba de político.  Se habían ido a comer a un lujoso restaurante de Larco Mar, pero antes habían estado en las instalaciones de la emisora, conversando.&lt;br /&gt;–No sabes cuánto te he extrañado –le dijo el artista.&lt;br /&gt;–Yo también, papi» -Rafael le respondió, entre interminables suspiros y jadeos.&lt;br /&gt;El artista hizo una pausa, y luego afirmó:&lt;br /&gt;–Ah, pero demuéstramelo.&lt;br /&gt;– ¿Y cómo quieres que te lo demuestre? -le preguntó Rafael, nervioso, con las manos que le sudaban.&lt;br /&gt;–Es bien simple –le explicó el artista-.  Ya tú sabes que voy a postular al congreso, y quiero que Carmelo me entreviste en su programa.&lt;br /&gt;Pero Carmelo ya se había enterado de los antecedentes del susodicho, porque Pamela, la hermana de Rafael, lo había puesto en autos.  Hacía unos días le había pasado la voz para que se acerque a su oficina, y él la visitó luego del programa, para conversar.&lt;br /&gt;–El problema de ese tipo no es que sea maricón –dijo Pamela-.  No, lo que ocurre es que tiene una pésima reputación, entre otras cosas, como empresario de teatro que dice ser.  Contrata a otros artistas y no les paga, aduciendo que él mismo ha perdido dinero por falta de público, cuando se ha podido comprobar que eso no es cierto.&lt;br /&gt;–Entonces –intervino Carmelo-: Si se trata de un sujeto inmoral, no hay por qué darle apoyo.&lt;br /&gt;–Exacto -Pamela asintió, mientras echaba el humo de un cigarrillo que acababa de encender, y resoplando añadió-: Un tipo que no es derecho en lo poco, cómo será cuando tenga poder en sus manos.&lt;br /&gt;–No necesito que me lo digas, ni Tampoco necesito que me pidas algo que yo mismo te voy a comunicar –afirmó Carmelo, enfático-.  No pienso entrevistarlo.&lt;br /&gt;–Gracias por la actitud que has tomado -Pamela se le acercó para darle un beso, y le dijo-: Con eso ya me quedo tranquila.&lt;br /&gt;Entre tanto, Rafael permanecía en la sala de audio, inquieto, impaciente, sin saber qué hacer.&lt;br /&gt;–Ubícame a Carmelo –le insistía a Víctor-.  Ubícalo, y dile que pasado mañana tiene que entrevistar a mi amigo».&lt;br /&gt;– ¿Tiene? -Víctor preguntó medio carraspeando, y dudó sobre si continuar hablando-.  Lo que pasa, jefe, es que, es que...».&lt;br /&gt;–Sí, sí, sí -Rafael lo interrumpió, abruptamente-.  Tiene que entrevistar a mi amigo, y dile que es una orden mía.  Búscalo hasta encontrarlo, y comunícale mi decisión.  Cualquier cosa, me informas.&lt;br /&gt;–Bien, jefe –Víctor dijo mientras Rafael se retiraba histérico.&lt;br /&gt;«Qué hago», pensó Víctor, y levantó el teléfono.&lt;br /&gt;Carmelo ya estaba en su clase, sentado al lado de Carlota, y cuando escuchó timbrar su celular, contestó:&lt;br /&gt;–Habla, Víctor.  ¿Qué novelas?&lt;br /&gt;– ¡Puta! –Víctor exclamó-.  Se ha presentado un problema, que no sé cómo vas a resolver.&lt;br /&gt;– ¿qué ocurre? –le preguntó Carmelo, en voz bajita, para no interrumpir al profesor que estaba dictando.&lt;br /&gt;–Es que nuestro jefe me indica que pasado mañana tienes que entrevistar a su monta –le contestó Víctor, medio preocupado.&lt;br /&gt;–Ah, pasado mañana –masculló Carmelo, y le preguntó-: ¿Te dijo que tengo, no?&lt;br /&gt;–Sí, que es una decisión de él -Víctor le respondió.  Empalmó  otro tema musical, y agregó-: No sé qué vas a hacer, loco, y lo peor es que yo tengo que darle una respuesta.&lt;br /&gt;–Ah, dile que sí –afirmó Carmelo.&lt;br /&gt;– ¿Lo vas a entrevistar? –le preguntó Víctor, asombrado-.  ¿Lo vas a entrevistar?  ¿Estás seguro?&lt;br /&gt;–Estoy seguro de lo que te estoy diciendo –afirmó Carmelo, con decisión-.  Cuéntale que sí lo voy a entrevistar.&lt;br /&gt;–Ah, ya, te comprendo –le dijo sonriendo Víctor-.  Ahora mismo se lo comunico, y te dejo, porque se me viene una tanda de avisos.  Tengo que darle micro a la locutora de turno.&lt;br /&gt;–Ya, sale, Víctor, ya nos hablamos -Carmelo colgó.&lt;br /&gt;Entonces pensó en la invitación que le habían hecho unos días atrás, gracias a los buenos oficios de su amiga, la profesora Amanda, que trabajaba para la fundación de la señora Paula Cerrutti.  ¿Debería aceptarla?  ¿Valdría la pena viajar?  ¿Tendría otra oportunidad igual?  Y fue ante la situación generada por los antojitos y caprichos del hijito de la dueña, que Carmelo decidió que tenía todo el derecho de optar por lo que más le convenía.&lt;br /&gt;–Si de decisiones se trata –se dijo-: Mañana mismo voy a comunicar la mía, y lo voy a hacer por el aire.  Sí, me voy, y esta noche, llamo a mi tía Paula, para hacérselo saber.&lt;br /&gt;Iba a guardar su celular, pero marcó un número:&lt;br /&gt;–Alo.&lt;br /&gt;–John, te habla Carmelo.&lt;br /&gt;–Ah, hola, choche –gritó John de la emoción-.  ¿En qué puedo servirte?&lt;br /&gt;–Quiero que me hagas un favor –le dijo Carmelo-.  ¿Puedes ir mañana a mi programa de radio?&lt;br /&gt;–Por supuesto, ahí estaré de cabeza –gritó más fuerte John, y preguntó-: ¿Me vas a entrevistar?&lt;br /&gt;–No –le respondió Carmelo, y le explicó-: Necesito que me des una manito.&lt;br /&gt;–Ya, pe, sale.  Yo llegaré a diez para la una.  ¿Está bien? –preguntó John.&lt;br /&gt;–Sí, muy bien –asintió Carmelo.&lt;br /&gt;–Oe, choche, una preguntita –dijo John-.  ¿Va a estar Carlota?&lt;br /&gt;–NO, cuña’o –le respondió Carmelo.&lt;br /&gt;Al día siguiente, John llegó a la estación a la hora acordada.  Casi ni saludó, y subió corriendo a la cabina.&lt;br /&gt;– ¿Qué tengo que hacer? –preguntó agitado, al tiempo que abría una botella de agua mineral helada, que se tomó casi de un solo sorbo.&lt;br /&gt;– ¿Estás con sed? –le preguntó Víctor, que lo observaba desde el otro lado de la luna.&lt;br /&gt;–Sí, pe –contestó John.&lt;br /&gt;–Ahora te explico qué tienes que hacer –le indicó Carmelo, en respuesta a su pregunta-.  Espérate que vamos a empezar.&lt;br /&gt;–Oe, déjame enviar un saludito desde aquí –dijo John, haciéndose el gracioso.&lt;br /&gt;Pero, en esos instantes, el operador dio la voz por los audífonos:&lt;br /&gt;–Tres, dos, uno, prevenido, aire.&lt;br /&gt;John se tuvo que quedar bien calladito, y después del saludo, Carmelo empezó a comentar algunas noticias, como siempre lo hacía, durante los diez primeros minutos del programa.  En el fondo se oía la canción mejicana de título La Negra, interpretada por el Mariachi Vargas.&lt;br /&gt;Entre tanto,  el hijito de la dueña de la radio escuchaba el programa en su oficina.  Nervioso, como si le estuviese picando la rabadilla, se paraba y volvía a sentarse.  Jugaba con los botones de su camisa rosada, y se preguntaba a qué hora se anunciaría la entrevista con su candidato.  Miraba su reloj, y cada vez que lo hacía descubría que la hora pasaba volando.  ¡Aquello lo exasperaba más!&lt;br /&gt;Carmelo estaba entrevistando a un médico, que había despertado un tremendo interés en los oyentes.  Las llamadas no dejaban de ingresar, y el programa estaba de lo más entretenido.&lt;br /&gt;Vino una pausa comercial, y John aprovechó para preguntar nuevamente:&lt;br /&gt;– ¿Qué tengo que hacer?&lt;br /&gt;–Cuando yo me ponga de pie –le dijo Carmelo lentamente, como remarcando las palabras-: Cuando me ponga de pie, salimos.&lt;br /&gt;En su oficina, Rafael intercambiaba mensajitos de texto con su pareja:&lt;br /&gt;–Gordi, please, no seas impaciente -le escribía.  Trataba de calmarlo, pero el mismo Rafi seguía inquieto.  Se paraba, se sentaba, escuchaba la radio, y hablando solo como un loco, exclamó-: ¡Qué horror!  ¡Cómo se demoran!  ¡Estoy con los nervios crispados!&lt;br /&gt;La entrevista con el médico terminó, y Víctor desconectó los teléfonos.  Lo hizo, por si acaso el Rafi quisiera salir al aire desde su oficina, aduciendo que a él había que obedecerlo.  Luego de un tiempo prudencial, marcó un número.  La que contestó fue la hermana de Carmelo, y por los audífonos, Víctor indicó:&lt;br /&gt;–Ya, estamos listos.&lt;br /&gt;–Ponte mosca, John –dijo Carmelo-.  Estate atento, para cuando llegue el momento.&lt;br /&gt;–Al aire –indicó Víctor.&lt;br /&gt;–Bueno –fue diciendo Carmelo, al tiempo que la cortina musical bajaba de volumen-: Me informa nuestro ingeniero de sonidos que tenemos una llamada.  Seguramente, se trata de alguien que desea hacer algún comentario, pese a que nuestro entrevistado ya se ha ido.&lt;br /&gt;–Aló –dijo una voz femenina.&lt;br /&gt;–Hola amiga –le contestó Carmelo.&lt;br /&gt;–Es la primera vez que participo en tu programa –afirmó ella.&lt;br /&gt;–Entonces, estarás emocionada –comentó Carmelo.&lt;br /&gt;–Sí, me voy a hacer la pila de los nervios –la oyente respondió en forma chistosa, y eso dio lugar a que Víctor ponga el efecto de risas, que contrastaban con los nervios de Rafael.&lt;br /&gt;–No te pongas nerviosa –le dijo Carmelo-.  Hablar por radio no es nada de otro mundo.&lt;br /&gt;–Oye, amigo –dijo la participante-.  Quiero preguntarte una cosa.&lt;br /&gt;–Lo que gustes –le dijo Carmelo.&lt;br /&gt;–Es verdad que mañana...&lt;br /&gt;Al oír eso, Rafael subió el volumen de su receptor.&lt;br /&gt;–Te escucho –afirmó Carmelo.&lt;br /&gt;–Ah, gracias –le dijo la participante-.  Te preguntaba si es verdad que mañana vas a tener que entrevistar a un tipo inmoral, corrupto, acusado de peculado, que ahora quiere postular al congreso.&lt;br /&gt;–Mira una cosa –la interrumpió Carmelo, con una voz un poco más fuerte, y le preguntó-: ¿Tú podrías demostrar que ese tipo es corrupto?&lt;br /&gt;–Por supuesto –ella enfatizó-.  En mis manos tengo un periódico donde hay una denuncia muy seria sobre él, y además, sale su foto.  ¡Si pudieses verlo!  Es un cerdo asqueroso, con una pinta de malandrín, que para qué te cuento.  ¿Y tú, vas a entrevistarlo?  ¿Vas a echar a la basura todo el prestigio de tu programa?  ¿Nos vas a defraudar a todos tus oyentes y seguidores?&lt;br /&gt;Carmelo hizo un breve silencio, que a Rafael le pareció eterno.&lt;br /&gt;– ¿Lo vas a entrevistar? –le volvió a preguntar la oyente.&lt;br /&gt;–Si es así, no –afirmó Carmelo, en forma rotunda.&lt;br /&gt;– ¿Y si te obligan? –le preguntó la oyente.&lt;br /&gt;–No, porque mañana ya no vengo -Carmelo respondió, poniéndose de pie y tomando a John del brazo, para salir de la cabina más rápido que un cohete.&lt;br /&gt;El hijito de la dueña abandonó su oficina, pateando todo lo que encontraba, golpeando puertas y ventanas, gritando:&lt;br /&gt;–No, no puede ser.&lt;br /&gt;No había quién lo calme, porque estaba histérico.  Corría de un lado a otro, y en una de esas, se rodó por la escalera, sin dejar de gritar:&lt;br /&gt;–Yo mismo lo voy a entrevistar mañana.&lt;br /&gt;Una vez que estuvieron en la calle, John le dijo a Carmelo:&lt;br /&gt;–Suerte, y buen viaje.&lt;br /&gt;Entonces, el avión empezó a zangolotearse, y se escuchó el timbre que suena cuando se va a hacer algún aviso.  Una de las aeromozas se le acercó a Carmelo, y con suave voz, le dijo:&lt;br /&gt;–Prepárese, porque ya vamos a aterrizar.  Le voy a abrochar el cinturón de seguridad.&lt;br /&gt;–Gracias, pero yo mismo lo puedo hacer -Carmelo le respondió, sin pretender ser desatento con la señorita, y le preguntó-: ¿Entre cuánto estaremos aterrizando?&lt;br /&gt;–En unos quince minutos –dijo la aeromoza, y añadió-: Vamos a comenzar el descenso.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/988950490781206605-6285419455377962665?l=enfoque21.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://enfoque21.blogspot.com/feeds/6285419455377962665/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=988950490781206605&amp;postID=6285419455377962665' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/6285419455377962665'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/6285419455377962665'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://enfoque21.blogspot.com/2010/02/carmelo-segundo-capitulo.html' title='Carmelo, Segundo Capítulo'/><author><name>Luis Hernandez Patiño</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14367307307930688700</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-988950490781206605.post-5099621953041223520</id><published>2010-02-17T07:28:00.000-08:00</published><updated>2010-02-17T07:30:22.296-08:00</updated><title type='text'>Carmelo, Primer Capítulo</title><content type='html'>1.&lt;br /&gt;LA INVITACIÓN&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Carmelo suele llegar bien temprano a su oficina.  Lo primero que hace es tomarse una taza de café con un sánduche de jamón y queso, que su secretaria le prepara a su gusto.  Luego de aquel café mañanero, convoca al personal, reparte las diferentes comisiones de servicio, y da indicaciones sobre las notas que se deben cubrir.&lt;br /&gt;Empieza una nueva jornada.  Los empleados van, vienen, entran y salen.  Se oye el leve ruido del tecleo en las computadoras y el sonido de las impresoras, en medio de un olor a tinta que se mezcla con el aroma del café y el aire acondicionado.&lt;br /&gt;–Aló –se escucha decir cuando suena el ring de algún teléfono.&lt;br /&gt;Carmelo es el encargado del área de comunicaciones de una organización no gubernamental que promueve una real toma de conciencia acerca de la inclusión, como requisito fundamental para el desarrollo.&lt;br /&gt;Su secretaria no deja de recibir llamadas, y tiene que emplear sus dos manos al mismo tiempo, para levantar este o aquel teléfono.  Necesita armarse de paciencia, porque hay casos en los que le toca hablar con dos personas a la vez:&lt;br /&gt;–¿Me espera tantito, por favor?  Sí, pero mi jefe...  Mande.  ¡Ahí le paso la llamada!&lt;br /&gt;–Aló -sentado frente a su escritorio, Carmelo estiró su mano y levantó el teléfono.  Esperó que le contesten, pero no escuchó nada y volvió a decir-: Alo.&lt;br /&gt;–Buenos días –le contestó una señorita que luego se presentó-.  Mi nombre es Rocío Pérez.  ¿Podría hablar con el señor Carmelo Lluxera?&lt;br /&gt;–Él habla, mucho gusto.  ¿Qué se le ofrece?&lt;br /&gt;–El motivo de mi llamada es el siguiente –le explicó la señorita-: Deseamos invitarlo a participar como expositor en un seminario, sobre periodismo e inclusión.  Este seminario se va a llevar a cabo en Lima.&lt;br /&gt;– ¡En mi ciudad! –Carmelo exclamó-.  ¡Qué emocionante!&lt;br /&gt;–Sí, en su ciudad –le respondió la señorita-.  Y lo estamos invitando como expositor, dados sus conocimientos acerca del papel que el periodismo puede cumplir, como instrumento en el proceso de formación de una conciencia inclusiva.&lt;br /&gt;–Bueno –dijo Carmelo: Cuente conmigo.&lt;br /&gt;–Gracias, señor Lluxera –le respondió la señorita en un tono emocionado-.  Su presencia, su sola presencia, le dará un realce increíble al seminario.  ¡Muchas gracias por aceptar la invitación!&lt;br /&gt;Carmelo no se esperaba una oportunidad así, tan de repente, tan grata, tan propicia como para volver luego de todo este tiempo.  ¿Se iba a oponer su tía Paula?  No, porque nunca le negaba nada.  ¿Le daría la sorpresa a su mamá?  ¿Le tocaría la puerta y le diría aquí estoy, madre?  No, pensó llamarla.&lt;br /&gt;Aquel medio día, su mamá se dirigió a la mesa del comedor, y al ver que su otra hija Claudia no llegaba, decidió empezar a almorzar.&lt;br /&gt;–El hambre me mata –se dijo la señora, y dirigiéndose a su empleada agregó-: Zoila, sírveme nomás.  El plato de Claudita ponlo en el microondas, y ya cuando llegue, se lo calientas.&lt;br /&gt;–Bien, seño -la empleada ingresó al comedor con una probocadora milanesa de carne que flotaba sobre un puré de papa y arroz.&lt;br /&gt;–Esto es mucho para mí –dijo la señora, y cuando vio la fuente de ensalada, exclamó-: ¡Quítame la mitad del plato, muchacha!&lt;br /&gt;La empleada caminaba hacia la cocina para hacer lo que la señora le había dicho, pero el teléfono empezó a sonar.  Entonces, dejó lo que tenía en sus manos y contestó:&lt;br /&gt;–Alo, sí...  ¿Eres tú?  Que mañana...  ¿Cuándo? –preguntó la empleada entre zollosos.&lt;br /&gt;Movida por la intuición, la señora se acercó al teléfono.&lt;br /&gt;–Soy yo, madre –reconoció la voz, y sintió que el corazón empezaba a galoparle-.  Te llamo para contarte... –le quiso decir Carmelo.&lt;br /&gt;–¿Por qué me engañas así, hijito? –le preguntó su mamá.  Un par de lágrimas rodaba por sus mejillas, y entre sollozos, le insistió-: ¿Por qué me engañas así?&lt;br /&gt;–No, madre –le respondió Carmelo.  Hizo una pausa y exclamó-: ¡Te estoy diciendo la verdad!  Me han invitado para exponer en un seminario, en Lima, y voy a dejar mi oficina por unos días en las manos de mi secretaria, Lupita.&lt;br /&gt;Carmelo la había conocido en Méjico, una noche, cenando en la casa de María Ausiliadora García.&lt;br /&gt;–Mucho gusto –se presentó-.  Me llamo Lupita Bravo.&lt;br /&gt;Era una señorita ya entrada en años, algo gordita, de genio fuerte, pero muy simpática de trato con sus amigos y eficiente en su trabajo.  Le encantaba conversar, pasarse las horas de las horas hablando de los asuntos más variados.  Pero lo que más le atraía, y si había algo que la hechizaba, era el tema de los relojes.  Sentía una especial predilección por ellos, y gozaba regalándolos.&lt;br /&gt;–Yo debo haber sido Suiza en alguna vida anterior –dijo Lupita con su voz risueña.&lt;br /&gt;–Suiza y relojera –agregó María Auxiliadora, y las risas no se hicieron esperar.&lt;br /&gt;Carmelo no sabía nada de ella, desde que partió con rumbo a Nueva York.  Pero una tarde, mientras Esperaba para tomar un vagón en una de las estaciones del metro, le pareció escuchar una voz conocida.&lt;br /&gt;– ¿Qué ondas, amigo mío? –sintió que alguien le preguntaba.&lt;br /&gt;En esos momentos sería las tres con quince minutos.  ¡Había cualquier cantidad de gente en la estación!  Se podía oír hablar en distintos idiomas al mismo tiempo.  Un niño lloraba en francés, y un poco más allá un viejo decía algo en árabe.  Había alguien que gritaba en italiano, y un par de chinas hablaban como si estuvieran maullando.  Para rematar la cosa, un grupo de músicos latinoamericanos se acompañaban con un bombo, una guitarra y un charango.&lt;br /&gt;Carmelo estaba un poco aburrido, porque esa tarde no tenía nada importante que hacer.  Pero aquella voz llamó su atención, y muy pronto le dio la sorpresa.&lt;br /&gt;–Ya, ya llegué –le dijo.&lt;br /&gt;– ¡Lupita! –Carmelo exclamó, tan pronto como la reconoció.&lt;br /&gt;–No me hubiera imaginado verte aquí –le dijo ella.&lt;br /&gt;–Ah –le respondió Carmelo-: Es que así son las cosas de la vida.  Acuérdate de la canción que dice la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida.&lt;br /&gt;–Órale, así es, amigo mío -Lupita tomó del brazo a Carmelo, y le sugirió salir de la estación.&lt;br /&gt;La gente seguía pasando a su lado, corriendo para no perder el vagón.  Algunos pedían permiso, pero otros pisaban y metían codazos, con tal de abrirse campo.&lt;br /&gt;–Vamos por aquí –dijo Lupita-.  Podríamos tomarnos una taza de café y conversar –sugirió mientras caminaban, y con entusiasmo preguntó-: ¿No te parece?&lt;br /&gt;–Muy buena idea –asintió Carmelo-.  Total, lo que tenía que hacer no era tan importante.  ¡Más importante resulta conversar contigo luego de tanto tiempo!&lt;br /&gt;–Lo mismo digo –afirmó Lupita.&lt;br /&gt;Se dirigieron a una cafetería, y la tarde entera se les pasó sin sentirlo.  Conversaron sobre una infinidad de temas.&lt;br /&gt;– ¿Y los relojes? –le preguntó Carmelo como haciendo chacota.&lt;br /&gt;–Ahí traigo uno para ti –le respondió Lupita, siguiéndole la corriente.&lt;br /&gt;Mencionaron a diversos amigos y conocidos, y se acordaron de una y mil anécdotas, incluso de algunas que Carmelo no había compartido mediante los correos que enviaba por las listas.&lt;br /&gt;Ya por la noche, mientras cenaban en un restaurante, Carmelo le propuso que trabaje con él.&lt;br /&gt;–Me gustaría que seas mi secretaria –le dijo.&lt;br /&gt;–Yo encantada –Lupita le respondió.&lt;br /&gt;Y Lupita fue la primera en enterarse de la invitación.  Sin esperar que ella ingrese a su oficina por algún motivo, Carmelo levantó el anexo que lo comunicaba directamente con ella, y le dijo entre exclamaciones:&lt;br /&gt;– ¡Me voy a Lima!&lt;br /&gt;–Qué bueno, amigo –Lupita festejó aquella noticia con un estruendo tal, que toda la oficina se enteró.  Se levantó de su silla, se dirigió al escritorio de Carmelo, y desde antes de llegar le preguntó a viva voz-: ¿Vas a encontrarte con John y con Carlota?  Aunque no los conozco, salúdalos de mi parte –añadió.&lt;br /&gt;–Sí, claro que lo haré –le respondió Carmelo-.  Ya cuando regrese, te cuento qué ha sido de ellos.&lt;br /&gt;Tres días después, Lupita acompañó a Carmelo al aeropuerto, y antes de despedirse, le dijo:&lt;br /&gt;–Mucha suerte, y no te olvides de llamarme tan pronto como llegues.&lt;br /&gt;–Lo haré –le respondió Carmelo, y luego de hacer un breve silencio, con algo de pena, agregó-: Cuídame a Paulita.&lt;br /&gt;–Por eso ni te preocupes –le dijo Lupita, y exclamó-: ¡A disfrutar del viaje!&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/988950490781206605-5099621953041223520?l=enfoque21.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://enfoque21.blogspot.com/feeds/5099621953041223520/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=988950490781206605&amp;postID=5099621953041223520' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/5099621953041223520'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/5099621953041223520'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://enfoque21.blogspot.com/2010/02/carmelo-primer-capitulo.html' title='Carmelo, Primer Capítulo'/><author><name>Luis Hernandez Patiño</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14367307307930688700</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-988950490781206605.post-717353485560879175</id><published>2010-02-13T08:31:00.000-08:00</published><updated>2010-02-13T08:32:02.801-08:00</updated><title type='text'>La Visita de Carmelo</title><content type='html'>Hola Amigos: Aquí retomo lo que anteriormente fueron Las Anécdotas de Carmelo.  En este caso la Saga tratará sobre la visita de Carmelo a Lima.  Les estoy adjuntando un prólogo a manera introducción.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;LA VISITA DE CARMELO&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Prólogo&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Había terminado de almorzar.  De entrada me habían servido una ensalada de lechuga, pepino, tomate y palta, y de segundo unos deliciosos tallarines con atún, que a mí tanto me gustan con un toque de queso parmesano.  El postre había consistido en unos heladitos de lúcuma, vainilla y chocolate.  Ya serían como las dos y media de la tarde.  Satisfecho, decidí darme una vuelta.  Por una parte, para bajar la comida.  Pero en mi decisión había algo más que alguna simple consideración de naturaleza biológica-digestiva.  Quería pensar al aire libre, sin tener que sentirme encajonado en las cuatro paredes de la pequeña habitación donde tengo mi computadora.  Deseaba que el viento llegue hacia mí, en forma libre, con nuevas ideas para un potcast que me había propuesto hacer para la radio.&lt;br /&gt;Pensé visitar la parte tradicional del distrito de Miraflores.  Yo le tengo mucho cariño a esa zona, porque hará unos treinta años el Centro de Rehabilitación de Ciegos de Lima quedaba en la cuadra seis de la avenida José Pardo, del mencionado distrito, y fue por sus calles que aprendí a usar el Bastón Blanco.&lt;br /&gt;Mi casa está a unas cinco cuadras de donde queda el paradero del ómnibus.  Crucé unas tres calles en las que no había mucho tránsito, pero también debía atravesar una avenida no muy sencilla, y en este punto me detuve.&lt;br /&gt;Me puse a esperar a que alguien pase para que me ayude.  La tarde estaba soleada.  Cerca de esa esquina hay un parque, y se escuchan los alegres gritos de los niños.&lt;br /&gt;Desde algún automóvil alguien me preguntó si deseaba tomar taxi.&lt;br /&gt;–No, gracias –le respondí-.  Estoy esperando para cruzar.&lt;br /&gt;–Ah, ya –me dijo el taxista y se fue.&lt;br /&gt;Ni bien partió aquel carro, se me acercó una señora que tenía una voz algo gruesa.  Su trato parecía amable.&lt;br /&gt;–Yo lo ayudo –me dijo-.  Sí, lo ayudo, porque esta avenida es muy peligrosa –insistió, y mientras cruzábamos me preguntó-: ¿Hacia donde va?&lt;br /&gt;–A la avenida Aviación.&lt;br /&gt;–Ah, entonces lo acompaño –me dijo-.  Yo también voy por ahí.&lt;br /&gt;Ya en el paradero, un aire fresco me soplaba en la cara.  Me tocaba la cabeza, revolviéndome el poco pelo que me queda.  Por si acaso me pasé la mano, como jugando a peinarme la calva.  Por lo demás, me entretuve escuchando los ruidos de la calle, las conversaciones de la gente que estaba alrededor mío, los chismes de algunas viejas, y me quedé tranquilo, esperando el ómnibus.&lt;br /&gt;–Ahí viene su carro –me indicó en un tono muy amable la misma señora que me había estado acompañando-.  Vamos a pararlo.  Yo lo ayudo –me reiteró, y me condujo a la puerta del ómnibus.&lt;br /&gt;–Gracias –le dije.&lt;br /&gt;Subí, y me dieron aquel asiento reservado que a veces me cuesta aceptar.  Sí, me cuesta, sobre todo cuando quien me lo ofrece es una dama.&lt;br /&gt;–Tome asiento, señor –me dijo una chica que tenía todo el aire de una colegiala-.  Eso sí –me pidió-: Lléveme mis libros, porfis.&lt;br /&gt;–Claro –le respondí-.  ¡No faltaba más!  Dámelos.&lt;br /&gt;El ómnibus partió.  Yo iba tranquilo, pensando en el podcast para la radio. Pero a medio camino me enteré que la señora que me había ayudado se había equivocada.&lt;br /&gt;–No –le decía reiterativamente el cobrador a otra persona que le discutía-.  Esta línea no va a Miraflores.  Si desea, puede bajarse.&lt;br /&gt;– ¿A dónde van entonces? –pregunté con algo de sorpresa.&lt;br /&gt;–A Barranco –me respondió el cobrador mientras me daba mi boleto-.&lt;br /&gt;–Yo también me voy a Barranco –le respondí sin pensarlo mucho, en forma automática-.  Sí, a Barranco.&lt;br /&gt;Aquel distrito me trae recuerdos de mi infancia, porque ahí quedaba el colegio especial para niños ciegos.  Debe ser por eso que disfruto mucho de su atmósfera.  Me gusta caminar por sus calles, o escuchar música en alguno de sus bares.&lt;br /&gt;Barranco, Además, se me figura como todo un escenario de historias que de pronto empiezo a elucubrar.  Se me ocurre que Los bohemios, tanto los del lugar como los visitantes, están departiendo en la intimidad de alguna de esas viejas casonas.  En medio de mis fantasías, están buscando ya sea en sus bolsillos, en sus abrigos, o en sus carteras.  Quieren ver si han traído  su último verso, el que habían compuesto esa misma tarde, para recitarlo ante sus amigos con cargo a escuchar los comentarios que estos pudieran suscitar.  Me voy imaginando, y resulta que imaginándome el tiempo se me vuela.  Me parece que entre el vino y la tenue luz de una velita que los alumbra, las tertulias de esos bohemios van a durar hasta que amanezca.  Se van a detener, pero solo hasta la noche.  El sol se volverá a zambullir en las olas del mar, y los bohemios volverán al escenario.&lt;br /&gt;–Muy bien –me respondió el cobrador-.  Aquí tiene su boleto.  Le aviso cuando lleguemos al Óvalo Bolognesi para que usted me indique dónde quiere bajar.&lt;br /&gt;–Yo también bajo ahí –gritó desde un asiento de más atrás, una señora que tenía una voz típica de gorda chillona.&lt;br /&gt;El ómnibus estaba lleno, pero la gente seguía subiendo.  El barullo que los pasajeros hacían era tremendo.  ¡Del volumen de la radio ni qué decir!  La bulla era tal, que en un momento dado quise pararme.  Tenía toda la intención de reclamarle al chofer y pedirle que baje ese volumen.&lt;br /&gt;–No –me gritó la gorda desde su asiento-.  No se pare que yo le aviso.  ¡Todavía falta para llegar!  Quédese sentadito y no se mueva que se puede caer –me insistió llena de nervios, con su voz chillona.&lt;br /&gt;–                   Pasamos por el Óvalo Higuereta, y la gente seguía subiendo.  Tomando por Ayacucho, entramos a lo que se conoce como el Viejo Pueblo de Surco.  Ahí,, dicho sea de paso, se produce vino, y se come muy rico.&lt;br /&gt;–        El ómnibus dio mil vueltas por aquí y por allá.  Me dio la sensación de haber hecho un viaje interminable.  En un momento dado, me quedé dormido, y solo desperté cuando oí la voz del cobrador.&lt;br /&gt;–        –Ya, llegamos –le escuché decir.&lt;br /&gt;Me bajé en el paradero correspondiente, y caminé hacia el Parque Butter.  Sentado en una de sus bancas, escuché el barullo que hacían algunos niños.  Aquellas aves, de pequeñas alas, corrían.  Quizás, sin proponérselo, intentaban volar, como lo hubiera querido hacer yo de niño.  Revoloteaban en medio de una inocente alegría, que me enterneció auditivamente.&lt;br /&gt;Percibí también los pasos de algunos turistas que hablaban en distintos idiomas.  Desde lo lejos, escuché una salsa que el fresco aire de la tarde traía hacia mis oídos.  Seguramente, en uno de los restaurantes, en algún bar o peña, estaban probando el equipo de sonido, aprovechando que todavía era temprano.&lt;br /&gt;Me quedé sentado un buen rato pensando.  Abrigaba la esperanza de encontrarme con Catia, una cubana que me había caído muy bien desde el día que la conocí.  Trabajaba en un restaurante que estaba junto al local donde yo tocaba mi teclado, por las tardes, durante el Happy Hour desdela primera vez que oí su voz, se me ocurrió que a partir de ella podía recrear toda una historia de penas, añoranzas, destierros, sazonados con repiques de bongó, timbales y congas que al sonar, en las noches de bohemia, hacían bailar a la indiferencia con el abandono, a la traición con el cinismo, al fetichismo de los totalitarios con la complicidad de los frívolos, en medio de una pachanga ideológica, una rumba colectivista, en la que no había tragedia que importe.&lt;br /&gt;Pasó un buen rato, y mi amiga no llegó.  Me disponía a caminar hacia algún lugarcito para tomarme una cerveza, pero en eso escuché una voz conocida.&lt;br /&gt;–Oye –me pasó la voz un muchacho, diciéndome-: Carmelo ha vuelto, y mañana hay una reunión con todos los amigos.&lt;br /&gt;Aquella voz venía desde un carro descuidado, que sonaba a viejo.  Me detuve, y volteé hacia donde venía la voz.  Quise acercarme, pero el carro partió.  Se fue echando humo, mientras el motor, las llantas, y ya ni sé qué más le chirreaban sin piedad por falta de mantenimiento.&lt;br /&gt;Al día siguiente tenía que trabajar por la noche, y no iba a poder asistir a la reunión de ninguna manera.  Me iba a ser imposible dejar de lado el compromiso ya adquirido, porque me habían contratado en un local en el que hacía tiempo yo había estado tratando de tocar.&lt;br /&gt;Entonces, pensé ir a visitar a Carmelo un día después.  ¡Conversaríamos largo y tendido!  Tenía preparada toda una batería de preguntas para hacerle.  Me intrigaba el por qué había dejado de contar sus anécdotas, como lo había estado haciendo, mediante correos electrónicos que todos sus amigos leíamos.  Le iba a preguntar por su tía Paula, por Laurita, por Amanda, por el loco ese que se puso a cantar en el restaurante.&lt;br /&gt;A una hora prudencial, llamé a su casa.  Supuse que ya estaba despierto después de aquella reunión con todos los amigos.  Pero la voz triste de su empleada me lo dijo todo, ni bien la escuché por el teléfono.&lt;br /&gt;–Hoy mismo –empezó a sollozar-: Hoy mismo por la mañana, mi Carmelito...  Mi carmelito ya...&lt;br /&gt;Comprendí que Carmelo ya se había ido.  Yo había llegado tarde, y ya no había nada que hacer.  Sentí una gran pena, porque me hubiera gustado estar en aquella reunión.  Pero se me ocurrió llamar a Miguel Ángel, pensando que tal vez él sí había asistido.&lt;br /&gt;–Sí –me confirmó él-.  Sí estuve.&lt;br /&gt;Quedamos en encontrarnos una noche, en un pequeño lugarcito que hay en la avenida Aviación, en San Borja.  Es un pequeño restaurante, que atiende las venticuatro horas del día.  Ahí, los taxistas se reúnen por la madrugada, para tomar caldo de gallina.&lt;br /&gt;Nos pusimos a conversar, ya ni sé hasta qué hora.  El tiempo se nos pasó, como a los bohemios, y cuando nos dimos cuenta ya eran como las tres de la mañana.&lt;br /&gt;–No sabes cómo me apena el no haber estado con Carmelo –le dije mientras esperábamos dos cervezas más-.  Me imagino la de cosas que debe haber contado.&lt;br /&gt;–Ah, bueno.  Pero podrías escribir sobre lo que le pasó durante su visita –Miguel Ángel sorbió lo que le quedaba en su vaso, y exclamó-: ¡Anímate!&lt;br /&gt;Esa sola idea me prendió el bombillo.  Puse toda mi atención a lo que mi amigo me contó esa noche, o mejor diré esa madrugada.  Con lo que él me dijo, y con algunas pinceladas de mi invención comencé a reconstruir lo que fue la visita de Carmelo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/988950490781206605-717353485560879175?l=enfoque21.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://enfoque21.blogspot.com/feeds/717353485560879175/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=988950490781206605&amp;postID=717353485560879175' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/717353485560879175'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/717353485560879175'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://enfoque21.blogspot.com/2010/02/la-visita-de-carmelo.html' title='La Visita de Carmelo'/><author><name>Luis Hernandez Patiño</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14367307307930688700</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-988950490781206605.post-5929904074730554980</id><published>2009-11-21T11:41:00.000-08:00</published><updated>2009-11-21T11:42:37.276-08:00</updated><title type='text'>Fantacías</title><content type='html'>FANTACÍAS&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sentado frente a mi computadora, giro el dial del pequeño receptor de radio que tengo a mi lado.  Empiezo a escuchar aquella canción, sí, esa que tanto te gustaba, y revive en mí uno de esos deseos que, desde hacía un tiempo, andaba adormecido: el deseo de volverte a ver.&lt;br /&gt;En medio de una tremenda nostalgia que me invade te echo de menos, creo escuchar tu voz, y cómo quisiera que esa canción no termine nunca, pero la emisora que la está transmitiendo se queda en silencio.  Ya no escucho nada, y no sé por qué pero siento pena.&lt;br /&gt;Muevo el dial nuevamente, y no dejo de pensar en ti.  Empiezo a imaginar que estoy conversando contigo de tantos temas que a tu lado no tenían cuando terminar.&lt;br /&gt;– ¿Te acuerdas?&lt;br /&gt;–Sí, claro –me parece estarte oyendo.&lt;br /&gt;Hablábamos del silencio, de cuántas veces queremos huir de él, de la angustia que este nos puede causar con su fría solemnidad o su solemne frialdad, pero también de la capacidad que este tiene para ayudarnos evocar.  Tú me decías que a veces echabas de menos al silencio, y fíjate que yo lo voy a hacer más tarde.&lt;br /&gt;– ¿A qué hora? –me preguntas.&lt;br /&gt;–Cuando vaya caminando por las calles de la ciudad, especialmente por los sectores más concurridos.&lt;br /&gt;– ¿Y por qué? –me vuelves a preguntar.&lt;br /&gt;–Ah, porque voy a escuchar ruidos que me resultan más que incómodos –te digo, y hablarte me hace bien-.  Me gustaría aprovechar para conversarte un poquito al respecto, y te propongo el siguiente paralelismo o comparación:&lt;br /&gt;La falta de vista me pone en la situación de tener que usar el oído en una forma muy singular, me obliga a ir escuchando por las calles para orientarme, y cuando me encuentro con un ruido muy fuerte me desconecto del ambiente.  Yo comparo aquel ruido con la niebla de una mañana londinense, porque dicha niebla es capaz de impedir que quienes usan sus ojos para ubicarse vean, y en mi caso los ruidos muy fuertes no me dejan saber dónde estoy.&lt;br /&gt;Volviendo al tema del silencio, te cuento que las madrugadas me resultan ideales, porque me permiten disfrutar del sonido de este en todo su esplendor, con todos sus matices y lo trémulo de su apasionante belleza.  Cuando se supone que nada está sonando, tengo la posibilidad de dar rienda suelta a mis calladas fantasías, mis proyectos, mis anhelos e ilusiones, y hay ocasiones en las que un mar de recuerdos me pone la piel de gallina, tal como hoy me sucedió.&lt;br /&gt;Me desvelé más o menos a las tres, encendí mi pequeño radito, y fui cambiando el dial.  Encontré un programa con música que hacía tiempo no oía, y a partir de ahí empecé a viajar de regreso hasta llegar a mi infancia.  Sentí que estaba en lugares que ni esperaba volver a visitar, luego de una pequeña parada que hice en mi adolescencia.  Esta se produjo cuando escuché todas aquellas canciones en español que eran populares mientras yo terminaba mi primaria, en 1970.  Me refiero a temas de Los Iracundos, Palito Ortega, Los Ángeles Negros, Los Galos, Roberto Carlos, La Fórmula Quinta, y tantos otros que harían de esta una lista interminable.&lt;br /&gt;Al andar por los jirones y recovecos de mis recuerdos, no fueron pocas las sensaciones que me embargaron.  Me pareció que llegaban a mis oídos los pasos y voces de personas que marcaron toda una época de mi vida, y me dio la impresión que se me acercaban para invitarme a pasear por el patio, por el jardín, por la sala o la cocina de la casa, o por la esquina del parque donde yo jugaba cuando niño.&lt;br /&gt;– ¿Y yo estaré en medio de tus recuerdos?&lt;br /&gt;–Sí, de hecho que sí –te digo-.  Y si mi melancolía es muy grande, crece más aún cuando en mi computadora me encuentro con un mensaje tuyo.  Dicho mensaje brota de la pantalla cual espuma, y me invade sin límite.&lt;br /&gt;Sé que hoy no te voy a encontrar por mi camino, pero cómo quisiera volver a recorrer contigo aquellos lugares que juntos andamos.  Hablaría de cosas que entonces callé, te daría ese abrazo que tú esperabas, y que te negué sin querer, sin imaginar que aquello te afectaría.&lt;br /&gt;Tal vez esté pecando de fantasioso, pero permíteme preguntarte: ¿Estás esperándome todavía?  ¿Sigues inquieta, atenta al anuncio del arribo de mi vuelo?  ¿Ah, y esperas que te abrace fuerte, bien fuerte?  No escucho tu respuesta, pero te digo que sí, esta vez sí te abrazaría, no te dejaría esperando como si a mí no me importases, porque sí me importas.&lt;br /&gt;– ¿De veras? –preguntas tú.&lt;br /&gt;–Claro, puedes estar segura –te digo-.  Y por eso, nunca me olvidaré de lo que ocurrió a mi llegada.  El solo pensar en ello me entristece, porque aguardabas el calor de mis brazos esa mañana, y te fallé, ¿no?  Sí, yo sé que sí.  ¿Pero quieres que te cuente por qué?  Ahora lo entiendo, y puedo explicártelo.  Había cometido el error de vivir reprimiéndome por mucho tiempo, quizás desde niño, y lamentablemente lo único que había conseguido era bloquearme, haciendo que los demás se sientan rechazados por mí.&lt;br /&gt;No abrazaba, no era cálido con los demás, no expresaba lo que llevaba por dentro, y pensaba que exteriorizar lo que sentía era como hacer el ridículo.  ¿Comprendes lo que te digo?  Quiero creer que sí.&lt;br /&gt;Aunque estoy lejos, me imagino que me encuentro a tu lado.  Vamos a sentarnos en tu sala, pongamos algo de música, y como antes, hablemos de lo que piensas, de lo que a mí me parece, de lo que son las cosas, esas cosas que tantas veces fueron motivo de nuestras largas y entretenidas conversaciones.&lt;br /&gt;Siéntate, ponte cómoda, y para empezar déjame contarte que, por ejemplo, últimamente he estado meditando sobre el sentido que pudiera tener nuestra realidad actual.&lt;br /&gt;–Yo sé que eso te inquieta –me dices tú.&lt;br /&gt;–Definitivamente, sí –te respondo.&lt;br /&gt;Si algo encuentro es que la vida está llena de paradojas.  La noche ha remplazado al día, y la oscuridad ha tomado el lugar de la luz.  Lo cuerdo parece algo marginal, y la locura daría la impresión de haberse apoderado de los comandantes de la “nave global”.&lt;br /&gt;Nos dicen que todo tiempo pasado fue mejor, y por ejemplo nos hablan de los años 60 como si se tratase de una década prodigiosa.&lt;br /&gt;–Claro que lo fue –afirmas tú.&lt;br /&gt;–Bueno, de acuerdo –te digo-.  Pero hagamos el intento de pensar un poquito al respecto.&lt;br /&gt;Claro que en esa década se iniciaba toda una nueva era, porque el hombre pisaba la luna por primera vez, y se ponía de relieve lo impresionante de los saltos que la ciencia y la tecnología iban dando al ritmo de Los Beatles.  Oh, esos Beatles hacían delirar a los jóvenes con canciones cuya repercusión quizás ni sus propios autores se esperaban.&lt;br /&gt;Sin embargo, hay un tango cuya letra no termina de impactarme por la forma en la que sintetiza la realidad de esos años y la actual.  No sé si lo has escuchado, se llama Cambalache, y su letra dice: “El mundo fue y será una porquería ya lo sé, en el 506 y en el 2000 también”.  Cómo quisiera que diga algo distinto.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/988950490781206605-5929904074730554980?l=enfoque21.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://enfoque21.blogspot.com/feeds/5929904074730554980/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=988950490781206605&amp;postID=5929904074730554980' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/5929904074730554980'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/5929904074730554980'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://enfoque21.blogspot.com/2009/11/fantacias.html' title='Fantacías'/><author><name>Luis Hernandez Patiño</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14367307307930688700</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-988950490781206605.post-5759604339794145982</id><published>2009-11-16T19:09:00.000-08:00</published><updated>2009-11-16T19:10:19.482-08:00</updated><title type='text'>Confío que Sí</title><content type='html'>Confío que Sí&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Salir de mi casa tiene un amplio significado, porque en principio me invita a pensar en el lugar al que voy.  “¿Será un edificio?”, me pregunto.  “¿Y estará frente a un parque?”.  Pero, cuando voy por las calles, hay muchas otras interrogantes que también me hago, y que son de diferentes tipos.  Abarcan una gran variedad de temas, y obedecen a mi necesidad, así como a mis inmensas ansias por encontrar las una y mil respuestas que a mis cincuenta y dos años sigo buscándole a la vida.&lt;br /&gt;Cuando niño, lógicamente mis cuestionamientos eran otros.  Quería saber de qué sabor eran las puertas de los garajes, y por increíble que parezca, a veces le pasaba la lengua a la madera, para tratar de averiguarlo por mi mismo.  De otra parte, y aunque hasta ahora me sucede, entonces me daba una gran curiosidad por enterarme qué sonaba así o asá en la calle, quién pasaba por mi lado tosiendo, silbando, hablando con alguien más.  Definitivamente, todo ello  tenía un carácter de origen auditivo.  No se me hubiera ocurrido indagar por asuntos de corte visual, como el de las facciones de las caras, o el de la forma de los árboles que pasaban por mi lado, dándome aire, agitando sus hojas, como diciéndome: “Aquí estamos”.  ¿Por qué?  Porque detalles como aquellos, no existían para mí, ni siquiera como una inquietud de tipo cerebral.&lt;br /&gt;La ceguera me impondría la condición de tener que crecer preguntando, oyendo, tocando y oliendo.  De ese modo he tenido que ir descubriendo qué había en el entorno de cada una de las etapas de mi vida, y de hecho que no me ha sido fácil.  ¿Cómo así?  Bueno, al respecto, me gustaría dar un breve ejemplo que podría parecer algo simplemente anecdótico:&lt;br /&gt;Cuando joven, no siempre podía tocar a las chicas, cuyas voces llamaban mi atención.  Quería informarme acerca de ellas, pero no tenía quién me pueda responder.  Claro que a veces me di el gusto de acariciarlas, pero me las tuve que ingeniar para hacerlo, valiéndome de medios y recursos que fui encontrando por el camino.&lt;br /&gt;Con el paso de los años, el carácter de mis inquietudes e interrogantesn ha ido cambiando.  Hoy, puedo decir que he encontrado respuesta a varias de ellas, y que incluso me he podido dar algunas satisfacciones, como hombre, esposo y padre.  A propósito, no tengo palabras, no me alcanza el verbo para agradecerle a la mujer que ha venido a llenar los días y las noches de mi vida, ni me resulta fácil poder expresar todo lo que siento por mi hijo.&lt;br /&gt;Parece que hubiese ocurrido hace tan solo unos días, o unas horas, pero su nacimiento se produjo en 1990, casi veinte años atrás.  Hoy es todo un joven, y si bien me hace sentir que ya estoy comenzando a envejecer, también me contagia sus ímpetus.  Con su energía, renueva mis ganas de vivir, y me trae ecos de lo que fue mi juventud.&lt;br /&gt;En mis años mozos, la guitarra era mi compañera, y algo bien curioso: tocaba canciones que hoy mi hijo ejecuta, en la banda en que participa como primer guitarrista.&lt;br /&gt;Pero, la vida sigue su marcha, y como si fuese una ley inexorable, debo continuar preguntando, oyendo, tocando, oliendo, porque aún me quedan respuestas por encontrar.  Sí, la vida continúa como el soplo de un viento que me saca de mi casa, que me lleva por jirones, calles y avenidas, y que en más de una ocasión me ha elevado como a un cometa, trasladándome a lugares donde soñaba con poder cumplir  mis expectativas.&lt;br /&gt;En mi adolescencia, tenía la idea de viajar.  Deseaba irme a algún país donde hubiese condiciones favorables para quienes tenemos alguna limitación, discapacidad, impedimento, ¡o como se le quiera llamar!  Me imaginaba que estando allá la cosa se me haría más fácil, que me integraría a la sociedad, y que podría realizarme como persona humana.  Estaba totalmente convencido que acá no iba a poder hacer nada, que me tendría que resignar a oír a los demás hablando de sus éxitos, de sus logros, lamentándome por no poder ser parte de ellos, por tener que permanecer como un simple escuchador, desde un costado del camino.&lt;br /&gt;Pasaban los años, pero no me era posible viajar.  Había aprendido el idioma inglés en el Instituto Cultural Peruano Norteamericano, y me había preparado lo más que podía, pero no contaba con ese requisito indispensable llamado dinero.  Sin embargo, no perdía las esperanzas.  No dejaba de soñar; no me rendía, y mentalmente ya estaba de viaje.  En mis fantasías, todos mis proyectos se hacían realidad.&lt;br /&gt;Ingresé a la universidad, y terminé mis estudios en 1982.  Obtuve mi título profesional en 1988, y aún hoy, recuerdo la alegría que experimenté, cuando sustenté mi tesis de grado.  Esa mañana me sentí feliz, primero, porque podía palpar la culminación de toda una etapa de esfuerzos como estudiante, y segundo, porque abrigaba la ilusión de contribuir a la tan anhelada inclusión de la persona con discapacidad a la sociedad.&lt;br /&gt;Debió transcurrir un buen tiempo, y tuvieron que irse varios años de mi vida como se van las hojas de los árboles, cuando se caen y el viento del otoño se las lleva, y recién pude viajar.  Ya lo había hecho de niño, pues me llevaron a Huston para que me operen de la vista.  Pero, entonces la cosa era distinta, porque me acompañaba mi madre, y en cambio, en esta ocasión me iría solo, confiando que me abriría campo, que vería cristalizados mis más caros anhelos  y que encontraría el lado sonriente de la cara de la vida.&lt;br /&gt;Sin embargo, y por esas cosas que tiene el destino, regresé.  Acá estoy, y sin perder ni las fuerzas ni las esperanzas sigo luchando, con todas mis energías y todos los recursos y talentos que gracias a Dios tengo.  Sé que la cosa en ninguna parte es fácil; en mi caso, por mi edad, y también, por la falta de conocimiento que tienen los miembros de la sociedad acerca de lo que una persona discapacitada puede hacer.  Pero… ahí le sigo dando.&lt;br /&gt;En el terreno profesional, como sociólogo, ¡cuánto no he buscado!  Cuántas puertas no he tocado, y cuántas llamadas telefónicas no habré efectuado.  Ya no me acuerdo de las innumerables veces en las que me han hecho ir y esperar por gusto, luego de haberme ilusionado.  Pero, no estoy dispuesto a dar mi brazo a torcer; no admito la idea de rendirme, y pese a todo ello, sigo tocando y llamando.&lt;br /&gt;Hay gente que me da palmaditas en el hombro, diciéndome:”Caramba, te felicito por tan brillante exposición”.  “Eres un extraordinario profesional”.  “Será un honor trabajar contigo”.  Pero, a la hora de los loros, y después de tanto bla, bla, bla, no me dan la oportunidad que busco.&lt;br /&gt;¿Debería entonces tirar la toalla? ¿Debería rendirme? ¿Debería sentirme frustrado?  No; definitivamente: No, porque siento que aún tengo qué ofrecer, qué darle a los demás.  Por ejemplo, cómo me gustaría conducir un programa de radio, igual o parecido al que alguna vez realicé, y en el que me sentía contento, compartiendo mis conocimientos, conversando con los oyentes que me daban sus opiniones, acerca de diversos temas.&lt;br /&gt;Una de las cosas que me reconforta y me alegra, es el haberme encontrado con la música.  La descubrí en mi infancia, mientras jugaba con las teclas del viejo piano que estaba en la sala de la casa de mi abuela.  Siempre me había acompañado como un motivo de entretenimiento, pero al cabo de los años se convertiría en mi aliada, y para decirlo en palabras bien simples, en mi fuente de ingresos.  Cuando no me quedaba otra alternativa, luego de perder mi empleo en una central telefónica, la música me dijo: Presente, “Cuenta conmigo”.&lt;br /&gt;El camino de la vida está lleno de obstáculos e inconvenientes, pero en él no falta un Dios viviente que me acompaña.  Asimismo, tengo la dicha de poder contar con gente que me alienta, como en el caso de mi familia, que siempre está conmigo, al igual que mis buenos amigos.  La presencia de quienes me quieren alimenta mis ganas de seguir, mis deseos de orientar a la gente, y me plantea el reto de no aflojar en mi intento por alcanzar mis metas.&lt;br /&gt;Quiero creer que llegará el momento en que una puerta se me abrirá, que se me dará la oportunidad que tanto busco, que podré sentir la satisfacción de no haber luchado en vano, esforzándome por alcanzar mis ideales, como lo he venido haciendo.  En lo más íntimo de mi ser, conservo una gran ilusión -la de alcanzar la inclusión- y espero verla algún día convertida en realidad.&lt;br /&gt;Al escribir estas líneas, pienso en aquellas personas sensibles que sí existen, y que sí tienen la predisposición para entender situaciones como la mía, y entonces, mis ánimos se renuevan.  Siento más y mayores deseos de continuar en mi búsqueda, hasta encontrar lo que me propongo, antes que el último tren parta, dejándome varado en el andén con mi equipaje lleno de inquietudes, proyectos, ideas y sobre todo ganas de vivir.&lt;br /&gt;He conocido a seres humanos comprensivos, tolerantes, deseosos de ayudarme y darme su tiempo, su afecto y amistad.  Cuando les pedí que me enseñen a pescar, me hicieron el favor de no ofrecerme el pescado ya frito, y con ello me brindaron más de una lección de vida que siempre agradeceré.&lt;br /&gt;¿Estarás tú entre ellos? &lt;br /&gt;Confío que sí.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/988950490781206605-5759604339794145982?l=enfoque21.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://enfoque21.blogspot.com/feeds/5759604339794145982/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=988950490781206605&amp;postID=5759604339794145982' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/5759604339794145982'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/5759604339794145982'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://enfoque21.blogspot.com/2009/11/confio-que-si.html' title='Confío que Sí'/><author><name>Luis Hernandez Patiño</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14367307307930688700</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-988950490781206605.post-7579113142979279853</id><published>2009-06-14T15:59:00.000-07:00</published><updated>2009-06-14T16:00:59.218-07:00</updated><title type='text'>Capítulo 9 de Las Anécdotas de Carmelo</title><content type='html'>9&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La noche anterior, la tía de Carmelo soñaba que lo había ido a esperar al aeropuerto del DF.  Sus nervios eran tales, que no resistía la idea de aguardar su llegada en Hermosillo, y por eso, había tomado el primer avión que pudo con rumbo a la capital.&lt;br /&gt;Muchas veces había estado en el Aeropuerto Internacional Benito Juárez, en condición de pasajera de una primera clase, que podía darse el lujo de viajar a donde le diera su regalada gana, cuando le provocase, como había ocurrido hacía tan solo unos meses.  Partió con destino a Madrid, pero a los tres días, decidió volver a Méjico para estar en el matrimonio de la hija de una prima, y tan pronto como la boda terminó, la doña retomó su periplo por Europa.&lt;br /&gt;Sin embargo, en aquel sueño llegó al terminal aéreo nerviosa, llena de angustia, y no esperó que le abran la puerta del automóvil, ni dio tiempo para que le hagan las una y mil atenciones, que en otras oportunidades había recibido, por parte del personal de tierra y sus jefes.  Su obsesión era darle el encuentro a Carmelo, tan pronto como descienda del avión que lo traía de Lima, Perú, y no le importaba nada más.&lt;br /&gt;Los empleados la vieron correr hacia la aduana, regresar a la puerta, subir al segundo piso, buscando por aquí y por allá, y no faltó un par de curiosos, que comentaron:&lt;br /&gt;--Oye, mira a esa doña.&lt;br /&gt;--Sí, qué andará buscando.&lt;br /&gt;La altura del DF empezó a producir estragos en la señora Paula.  De tanto correr, ir y venir se agitó.&lt;br /&gt;Cansada, se dirigió al primer restaurante que encontró.  Era un lugar tranquilo, bien decorado, que olía a una mezcla de café, tabaco, perfume fino y aire acondicionado, en una atmósfera acompañada por una música de piano, que sonaba suavemente, a un volumen suficiente como para acariciar los oídos de quienes allí estaban.&lt;br /&gt;La señora Paula necesitaba tranquilizarse, y recobrar fuerzas, para seguir buscando a alguien que le pudiera informar acerca de la hora de arribo del vuelo, y sobre todo, que pudiese ayudar a Carmelo cuando llegue.  “Cómo hago?  ¿Con quién podría hablar?”, se preguntaba incesantemente.&lt;br /&gt;Tomó asiento, y un mesero se le acercó, saludándola:&lt;br /&gt;--Buen día, y bienvenida.  ¿Qué le podemos ofrecer, señora?&lt;br /&gt;--Ay, un café, por favor.&lt;br /&gt;--Muy bien, como usted mande –le dijo el mesero, y se retiró.&lt;br /&gt;La señora sintió que le venía a la cabeza la idea de tomarse aunque sea una copa de licor.  “Ay, si por mí fuera, me pediría un traguito”, pensó.&lt;br /&gt;Pero, descubrió que las ganas de buscar a Carmelo hasta encontrarlo eran mucho más grandes que sus deseos de tomar.  Ya quería tenerlo a su lado para abrazarlo, besarlo y respirar aliviada, sabiendo que había llegado sano y salvo.&lt;br /&gt;Terminó el café que había pedido, y luego de pagar con su tarjeta de crédito, decidió levantarse para seguir andando.  Estaba más que inquieta, y se decía a sí misma: “¡Ay, Jesús mío!  ¡Dios y Señor!  Te pido que cuides a mi Carmelito.  San Martincito de Porres, tú que eres su paisano, y que tanta influencia tienes en el cielo, ¡a ti te lo encomiendo!”.&lt;br /&gt;Caminaba por un largo pasillo, y alguien se le acercó, interrumpiendo sus ruegos y súplicas, diciéndole:&lt;br /&gt;--Buenos días, señora.  Disculpe usted, pero creo que la conozco.&lt;br /&gt;--Ay, encantada.  ¿Con quién tengo el gusto?&lt;br /&gt;-- Mi nombre es Carlos.&lt;br /&gt;--¡Hay, encantada!  Yo soy la señora Paula.&lt;br /&gt;El joven que se dirigía a ella se apresuró en decir:&lt;br /&gt;--¿Paula Cerruti?&lt;br /&gt;--Sí, para servirle.&lt;br /&gt;--Señora -dijo Carlos emocionado-.  ¡El que está para ponerse a sus órdenes soy yo!  Para mí es más que un honor poder atender en todo lo que esté a mi alcance, a la hermana de doña Josefina Cerruti, la dueña de esa tremenda y fabulosa cadena hotelera que ha sido capaz de ir mucho más allá del estado de Sonora, y cuyo prestigio es motivo de orgullo para todos.&lt;br /&gt;La señora Paula sonrió, y dijo:&lt;br /&gt;--Ay, qué amable que es usted.  Gracias por tener tan bien conceptuada a mi hermana.&lt;br /&gt;Y Carlos no perdió la oportunidad de agregar:&lt;br /&gt;--Eh, salúdela de mi parte por favor.  Pero, por supuesto, primero cuénteme qué se le ofrece.  ¿Qué la trae a visitarnos, señora Paulita?&lt;br /&gt;--Verá usted, joven.  Ay, ¿te puedo llamar Carlos, no?&lt;br /&gt;--Ah, ¡pos claro!&lt;br /&gt;--Bueno -continuó diciendo la señora-.  Te contaré que vengo a recibir a un sobrino mío, que está llegando desde el Perú.&lt;br /&gt;--Pos, si, doña Paulita,   entonces, le haremos todas las atenciones que se merece, tratándose de usted y de su hermana –dijo Carlos.&lt;br /&gt;--Muchas gracias, pero -trató de seguir explicando la señora-.  Es que pasa algo que.&lt;br /&gt;Y al verla un tanto nerviosa, Carlos le comentó:&lt;br /&gt;--Dígamelo con toda confianza, señora.&lt;br /&gt;--Es que, bueno –siguió explicando doña Paula-.  Mi sobrino es cieguito.&lt;br /&gt;--Ah, pero no hay ningún problema –Carlos afirmó en forma categórica-.  En este instante voy a ordenar que le den todas las facilidades del caso, y para su tranquilidad, pos yo mismo me voy a encargar de ir a recibirlo hasta el avión, para entregárselo.&lt;br /&gt;Al oír eso, la señora exclamó:&lt;br /&gt;--Ay, hijito, ¡qué amable que eres!  Desde ya, gracias por la ayuda que vas a brindarle a mi sobrino, y por supuesto que le transmitiré tus saludos a mi hermana.&lt;br /&gt;--Órale pues, y el agradecido soy yo, señora –dijo Carlos.&lt;br /&gt;Cuando la señora Paula despertó de aquel sueño, mil ideas daban vueltas en su cabeza, y no pocas fueron las preguntas que se hizo: “¿Debía haber ido a darle el encuentro en el DF?  ¿Encontrará allá alguien que lo ayude?  ¿Llegará bien Carmelito a Hermosillo?".&lt;br /&gt;Encendió su televisor, con el control remoto que se había quedado sobre su cama desde anoche, y empezó a hacer zapping, para informarse acerca de las condiciones del tiempo.  Ya eran las siete de la mañana.&lt;br /&gt;Salió de su cama, sin esperar que suene el intercomunicador que conectaba a su habitación con la cocina.  Una de sus empleadas domésticas, llamada Cuquita, estaba autorizada a timbrarle a eso de las siete y media, y lo hacía usualmente, para anunciarle que su desayuno ya estaba listo, y que los periódicos del día ya se encontraban a su disposición para que los lea en la sala de estar, o en su mismo dormitorio si quería.&lt;br /&gt;Puso sus delicados pies sobre una mullida alfombra, tejida con una fina lana, que parecía estar acariciándole sus plantas, y luego, los introdujo en un par de elegantes pantuflas de ceda, de color verde agua, que hacía juego con una bata del mismo color.  Las había comprado hacía dos semanas en uno de esos viajecitos que solía darse, ya sea a Huston, o Los Ángeles si le provocaba.&lt;br /&gt;Tomó el fono del intercomunicador con su mano izquierda, y ahora, fue la señora la que se adelantó en timbrar.  Primero marcó el número tres, pero ese no era el adecuado, porque le correspondía al cuarto de huéspedes, Donde ya todo estaba preparado para Carmelo.&lt;br /&gt;“¡Ay, santo cielo!  ¡Virgencita linda de Guadalupe!  A ti también te encomiendo a Carmelito para que llegue bien, sin ningún contratiempo”,, dijo la señora, y volvió a intentar la comunicación.&lt;br /&gt;Marcó el número 1.  “Ojala que esta vez no me equivoque”, pensó.&lt;br /&gt;En la cocina, Cuquita escuchó la timbrada, pero no se sorprendió.  Sabía que doña Paula estaba nerviosa por la llegada de su sobrino, y por eso, se apresuró en contestar:&lt;br /&gt;--¡Buenos días!  Mande, señora.&lt;br /&gt;--Buenos días, Cuquita.  Por favor, sírveme un desayuno muy ligero, porque no tengo nada de hambre.&lt;br /&gt;--Bueno, señora -Cuquita respondió-.  Como usted diga.&lt;br /&gt;La señora Paula hizo un breve silencio, pero luego continuó dando instrucciones:&lt;br /&gt;--Y otra cosa: Dale también desayuno a Fito con tiempo suficiente, como para que prepare el auto, y para que podamos salir a buena hora hacia el aeropuerto.  Recuérdale que tenemos que pasar por la casa de la profesora Amanda, quien también va con nosotros.&lt;br /&gt;--Ah, Bueno, horita preparo el desayuno, y le digo al Fito, señora -contestó Cuquita, y agregó:&lt;br /&gt;--El mozo ya está poniendo la mesa, para que usted se acerque cuando quiera.&lt;br /&gt;--Gracias –la señora concluyó.&lt;br /&gt;Colgó el fono del intercomunicador en su base que estaba sobre su mesita de noche, y se puso de pie.  Su dormitorio era amplio, y tenía un gran ventanal que daba a un lindo jardín.&lt;br /&gt;Se dirigió hacia el ventanal para distraerse contemplando el paisaje.  Era temprano, pero ya se veía a una que otra persona caminando por  la calle, y no faltaban los automóviles que rodaban, quizás hacia el norte de la ciudad, yendo por el Bulevar Solidaridad, o hacia el oeste, llegando a lo mejor al aeropuerto por el Bulevar García Morales.&lt;br /&gt;La señora Paula vivía en la zona residencial de nombre Montecarlo.  Su lujoso departamento estaba en el segundo piso de un edificio muy bonito, de propiedad de la familia Cerruti.&lt;br /&gt;Inquieta, súper nerviosa, dejó de mirar por la ventana, y se puso a caminar de un lado a otro dentro de la habitación, sin saber qué hacer.  Le parecía que la hora no avanzaba, y eso la intranquilizaba más, porque como bien dice ese viejo refrán: “El que espera desespera”.&lt;br /&gt;Volvió a tomar el control remoto de su televisor en sus manos, para ver qué estaban presentando los diversos canales del cable, qué la podía entretener.  La CNN estaba transmitiendo sus acostumbrados informes.&lt;br /&gt;En una de esas, entre que pasaba de canal en canal, vio un documental acerca de los perros guías, y entonces la señora Paula pensó: “¿Ay, me encantaría comprarle un perrito así a mi Carmelo, pero no sé si pueda usarlo en Lima”.&lt;br /&gt;En la ciudad de Hermosillo hay una mentalidad bastante abierta, o digamos que más progresista que otras ciudades, debido a la influencia que ejerce el hecho de estar en la frontera con Los Estados Unidos.  El vecino está allí nomás, y la gente que a lo mejor va a visitarlo un fin de semana, bien puede darse cuenta en qué onda anda ese vecino en cuanto al uso de los perros guía.&lt;br /&gt;Cuando el documental terminó, la señora Paula apagó el televisor de 29 pulgadas, y se dirigió al espejo que estaba sobre el tocador de su dormitorio.  Quería ver si el cirujano plástico, al que visitaba cada cinco años, había logrado en su más reciente intervención que las huellas del paso de los años desaparezcan de su rostro.&lt;br /&gt;Un automóvil pasó con la radio a todo volumen, y por la ventana de su dormitorio se escuchó lo que estaban tocando.  Era la canción La Chula, de Maná.&lt;br /&gt;El espejo le confirmó que no tenía arrugas, pero al mismo tiempo le permitió ver lo mismo que descubría cada día.  La señora Paula ya no lucía como aquella jovencita que alguna vez había hecho babear a los muchachos de su generación.&lt;br /&gt;¿Qué había sido de aquella chula?  ¿Había desaparecido como el auto, cuya radio tocaba la canción de Maná?&lt;br /&gt;La señora Paula lo sabía, y vivía invadida por una profunda tristeza, que con nada se había podido quitar.  Hay casos en los que la tristeza no sede, ni si quiera ante el dinero, por mucho que fuese aquel dinero, y tal parecía ser el caso suyo.&lt;br /&gt;No pudo evitar acordarse de tantas anécdotas que le habían ocurrido a lo largo de sus viajes, y de momentos inolvidables como cuando conoció a su esposo.  Ocurrió en un crucero, allá por 1965, en pleno mar Caribe.&lt;br /&gt;Cuando aquella joven alta, delgada, de una hermosa cabellera rubia, de finas facciones, de una carita simpática, graciosa, entró al bar del barco, un chico de nacionalidad peruana la vio.  Era tan bella, que de la impresión el chico dejó caer su copa, y hasta casi se desmaya.&lt;br /&gt;Le hizo ojitos, y se le acercó:&lt;br /&gt;--Hola.  Mi nombre es Antonio, ¿Y el tuyo?&lt;br /&gt;--Paula –respondió tímidamente la joven.&lt;br /&gt;--Eh, Paula, no te molestes por lo que te voy a decir, pero es que en verdad luces hermosa.  ¿De qué país eres?&lt;br /&gt;--De Méjico.&lt;br /&gt;--Ah, entonces, podría decirte, ¡qué chula que estás!&lt;br /&gt;--Pos, muchas gracias –dijo aquella joven, poniéndose roja.&lt;br /&gt;Pero, no poca agua había corrido bajo el puente desde entonces, y el espejo no hacía más que confirmárselo.  Doña Paula no lo podía ocultar.&lt;br /&gt;Tenía los párpados hinchados y la nariz roja, ¿pero se lo contaría a Carmelo?  ¿Le diría por qué?  ¿Esperaría a que él mismo lo descubra?  Los ojos de aquella chula, a la que el pequeño Carmelito le llamaba Pau sin mirarla, se llenaron de lágrimas.&lt;br /&gt;La idea de tomarse una copita de vino, vodca, o whiskey, le volvió por un instante a la cabeza.  Pero, al igual que en el sueño que había tenido la noche anterior, la rechazó, y trató de pensar en otras cosas.  "Mi Carmelo es primero", se dijo, y apartó la mirada del espejo.&lt;br /&gt;Caminó hacia la puerta de su dormitorio.  En su departamento, todo estaba en silencio, porque Cuquita empezaba con sus labores de limpieza a eso de las diez de la mañana, para no hacer algún ruido que pudiera despertar a la doña en caso que hubiese decidido seguir durmiendo.&lt;br /&gt;Abrió la puerta, pero antes de salir, volvió a timbrar el intercomunicador.  En su garganta había un gran nudo que trató de pasar, tragando saliva y tosiendo.&lt;br /&gt;Cuquita le contestó desde la cocina:&lt;br /&gt;--Mande, señora.&lt;br /&gt;--Ya voy a la mesa –se limitó a decir doña Paula.&lt;br /&gt;--Ándele pues.  Su desayuno ya está.&lt;br /&gt;Colgó, y salió de su dormitorio, dirigiéndose hacia la mesa del comedor, donde encontró un provocador jugo de naranja.  También había pan tostado, que podía untar con mantequilla o mermelada, y una deliciosa ensalada de frutas bañada en yogur.&lt;br /&gt;Tomó una campanita con su mano derecha, y llamó.  Quería pedir algo.&lt;br /&gt;El mozo que estaba en la cocina ingresó al comedor, y la saludó:&lt;br /&gt;--Buen día, señora.&lt;br /&gt;--Buenos días, Julio.&lt;br /&gt;En un tono calmado y respetuoso, el mozo interrogó:&lt;br /&gt;--Mande usted.  ¿Se le ofrece algo?&lt;br /&gt;--Quisiera que me alcances el teléfono inalámbrico, por favor, y dile a Cuquita que venga.&lt;br /&gt;--Correcto, señora –el mozo respondió.&lt;br /&gt;El teléfono empezó a sonar justo en esos instantes, y mientras se lo traía, Cuquita contestó:  “Bueno.  Ah, ¿cómo está señora?  Sí, aquí le paso con su hermana”.&lt;br /&gt;La señora Paula agarró el inalámbrico, y escuchó:&lt;br /&gt;--Aló, hermanita, te llamo para que sepas que ya todo está coordinado en el aeropuerto.&lt;br /&gt;--Ay, gracias, Fina.  Pero, dime, ¿no tendrá ningún problema mi Carmelo?&lt;br /&gt;--No, ninguno -le contestó la hermana, y agregó:&lt;br /&gt;--Te dejo, Pauli, porque ya me estoy yendo a la oficina.  Hoy tengo directorio desde muy temprano, pero ya en la noche nos hablamos, porque yo también tengo que conocer a Carmelo.&lt;br /&gt;--Órale pues.  Gracias y chau.&lt;br /&gt;Luego de colgar, doña Paula se tomó todo su jugo, y se comió las tostadas, pero no terminó la rica ensalada de frutas.  En otras oportunidades se devoraba el plato, y hasta pedía que le echen más yogur, pero ahora estaba sin apetito por los nervios.&lt;br /&gt;Volvió a tomar el teléfono, y marcó el número de la casa de Amanda.  Por lo general, hacía que su asistente la comunique con tal o cual persona, pero como todavía aquella empleada no había llegado, la misma señora se comunicó:&lt;br /&gt;--Hola, muy buenos días –dijo tan pronto como oyó que contestaron.&lt;br /&gt;--Sí, ¿señora Paulita?&lt;br /&gt;--Sí, soy yo misma.&lt;br /&gt;Amanda sonrió, y le preguntó:&lt;br /&gt;--¿cómo está usted, señora?&lt;br /&gt;--Ay, Amandita, ¡Ya te imaginarás lo nerviosa que estoy!  No veo las horas que Carmelo ya esté aquí.  Se lo he encomendado a San Martín de Porres que es su compatriota, y a nuestra Virgencita de Guadalupe para que lo cuiden en el viaje.&lt;br /&gt;--Ah -comentó Amanda-.  Verá usted cómo el tiempo se pasa rapidísimo, y cómo cuando menos lo pensemos ya estará con nosotros.&lt;br /&gt;--Ay, jesús mío.  Ojala hijita -dijo la señora, y luego preguntó:&lt;br /&gt;--¿Ya estás lista?&lt;br /&gt;--¡Sí, claro! -Amanda respondió.&lt;br /&gt;--¡Perfecto!  Entonces, en unos minutos pasaremos por ti –afirmó la señora.&lt;br /&gt;En esos momentos, Rita, su asistente, llegó al departamento, y luego de tomar desayuno con Cuquita y doña Remedios quien se encargaba de la cocina, se presentó en el comedor, diciendo:&lt;br /&gt;--Buenos días, señora.  Aquí me tiene más temprano,  para lo que necesite.&lt;br /&gt;Doña Paula respondió aquel saludo:&lt;br /&gt;--Gracias, Rita, y por favor, prepara mi baño y la ropa que me voy a poner.  Ah, también checa que el auto esté ya listo.&lt;br /&gt;--Al instante, señora –Rita contestó.&lt;br /&gt;Era una mañana de noviembre.  Había salido el sol, pero ya no hacía aquel calorzazo de más de 40 grados bajo sombra, que se siente en hermosillo durante el verano tal como Amanda le había contado a Carmelo, en sus largas conversaciones que sostenían por el Skype.&lt;br /&gt;La señora Paula entró a la ducha.  Su baño era amplio; tenía un piso de mármol, y estaba equipado con una sauna, y un jacuzzi, al que a ella le encantaba meterse por las noches, para relajarse antes de irse a la cama.&lt;br /&gt;Entre tanto, Rita veía qué ropa escogerle a la señora.  En el closet del dormitorio había tal cantidad de prendas, que no sabía por dónde empezar a elegir.&lt;br /&gt;Cuando doña Paula terminó de bañarse, salió hacia su dormitorio, y sobre su cama encontró un fino conjunto.  Había una falda y saco gris y una blusa celeste, que se puso con unas medias de nailon y unos elegantes zapatos negros.&lt;br /&gt;Ya vestida, maquillada, perfumada, y luciendo un lindo collar, además de aretes se dirigió a la sala para repasar los periódicos, especialmente el que pertenecía a su familia, como lo hacía todas las mañanas.  Le gustaba leer las páginas dedicadas a las actividades sociales, como cócteles, cenas y fiestas, a las que ella y sus amigas solían concurrir.&lt;br /&gt;Su asistente, Rita, ingresó discretamente a la sala, diciéndole:&lt;br /&gt;--Señora, ya todo está listo.  Usted nomás diga cuando nos vamos. .&lt;br /&gt;--Ay, gracias -respondió la señora, y agregó:&lt;br /&gt;--Entonces vamos.&lt;br /&gt;Salieron juntas, hacia el ascensor que las llevaría a la zona de parqueo del edificio.  Allí las esperaba Fito, el chofer.&lt;br /&gt;Rita le indicó por el Nextel, "Ya estamos bajando", y de inmediato, Fito encendió el motor del auto.  Era un Volvo color plateado, del año, que por orden de su hermana había sido adquirido para la señora Paula, como regalo de cumpleaños.&lt;br /&gt;Al ver a la doña, el chofer le abrió la puerta:&lt;br /&gt;--Muy buenos días.&lt;br /&gt;--Buenos días, Fito.&lt;br /&gt;La señora ocupó el asiento posterior con su asistente, y el chofer tomó su lugar.&lt;br /&gt;--¿Hacia donde vamos? -Fito preguntó.&lt;br /&gt;La asistente le indicó:&lt;br /&gt;--Vamos a la casa de la profesora Amanda, y de allí, nos dirigimos al aeropuerto.&lt;br /&gt;--Correcto -el chofer respondió, y dando marcha atrás empezó a rodar el automóvil.&lt;br /&gt;La señora Paula seguía nerviosa:&lt;br /&gt;--Ay, Rita, no veo las horas que Carmelito llegue.  ¿Saldrá todo bien?  ¿Le darán la ayuda que necesita?&lt;br /&gt;--Por supuesto, señora -Rita respondió-.  Hace un rato hablé con la secretaria de su hermana, y me dijo que ya se había contactado con el personal del aeropuerto, por encargo especial de ella, para que le den todo el apoyo que Carmelo pudiera requerir.&lt;br /&gt;--Qué bueno, y cómo me tranquiliza saber eso.  Ay, pero igual, ¡qué nervios!&lt;br /&gt;El auto se detuvo.  Ya estaban en la casa de la profesora, y al verla parada en la puerta, esperando, la señora Paula dijo:&lt;br /&gt;--Ay, Fito, por favor, tráigase  a la cieguita.&lt;br /&gt;--Claro, señora –Fito respondió.&lt;br /&gt;Descendió del auto, y caminó hacia donde la profesora, diciéndole:&lt;br /&gt;--Buenos días; soy Fito.&lt;br /&gt;--Ah, Fito, ¿cómo está?&lt;br /&gt;--Bien, y ya listo para irnos al aeropuerto.  Vengo con la señora Paulita y con su asistente.&lt;br /&gt;--Órale pues -dijo Amanda, mientras doblaba su bastón para subir al auto, y luego saludó:&lt;br /&gt;--Buenos días a todos.&lt;br /&gt;--Buenos días, profesora -le dijo Rita.&lt;br /&gt;La señora Paula fue más efusiva:&lt;br /&gt;--Hola Amandita preciosa, ¿cómo estás?  ¡Por fin llegó el día que tanto esperábamos!  ¿Qué te parece?&lt;br /&gt;--¡Ay, ¡Que padre! -Amanda respondió.&lt;br /&gt;--Claro -dijo la señora-.  Ya todo está arreglado, y lo único que falta es que el avión que trae a Carmelito toque tierra.  Fíjate que todas mis amigas del grupo de oración me han ofrecido pedir para  que llegue bien.&lt;br /&gt;El auto avanzó por el Bulevar Solidaridad.  En el cruce con el Bulevar García Morales doblaron para enrumbar hacia el Aeropuerto Internacional General Ignacio Pesqueira García de Hermosillo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/988950490781206605-7579113142979279853?l=enfoque21.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://enfoque21.blogspot.com/feeds/7579113142979279853/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=988950490781206605&amp;postID=7579113142979279853' title='7 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/7579113142979279853'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/7579113142979279853'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://enfoque21.blogspot.com/2009/06/capitulo-9-de-las-anecdotas-de-carmelo.html' title='Capítulo 9 de Las Anécdotas de Carmelo'/><author><name>Luis Hernandez Patiño</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14367307307930688700</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>7</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-988950490781206605.post-1200959571991859985</id><published>2009-06-07T15:09:00.000-07:00</published><updated>2009-06-07T15:10:18.201-07:00</updated><title type='text'>Mas de Carmelo</title><content type='html'>6&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A esa hora, la calle era poco transitada por automóviles.  Solo de vez en cuando alguien pasaba frente a la puerta de la casa, ya sea caminando, en bicicleta, o montando un triciclo.&lt;br /&gt;Un heladero ambulante, que venía haciendo sonar una pequeña corneta desde lejos, anunciando así sus productos, vio a Carmelo y le preguntó:&lt;br /&gt;--¿Necesitas ayuda, amigo?&lt;br /&gt;Carmelo le dijo que no, y le dio las gracias, para luego volver a tocar el timbre.  Era la cuarta vez que tocaba.&lt;br /&gt;Otra voz se dejó escuchar, pero ya no desde la calle.  Era la de una mujer que repetía con insistencia” ya  voy; un ratito”.&lt;br /&gt;Carmelo percibió que esa voz venía desde arriba, pero lógicamente no podía saber de dónde.&lt;br /&gt;Cristina, la empleada doméstica de la señorita Blanca, no le estaba hablando desde el cielo, sino desde la azotea de la casa.  Lo miró con pena, diciéndose a ella misma: “Ay, pobrecito”, y volvió a gritar fuerte desde las alturas, como para que Carmelo la escuche: “Ya voy, joven, ya voy”.&lt;br /&gt;Carmelo esperó unos instantes, y de pronto escuchó que unos pasos se acercaban desde adentro hacia la puerta principal.  También oyó el sonido de unas llaves que se agitaban, y percibió que entonces la voz decía: “Ya, aquí estoy”.&lt;br /&gt;La puerta se abrió:&lt;br /&gt;--Buenas tardes, joven.&lt;br /&gt;--Hola Cristina.&lt;br /&gt;Aquella empleada doméstica trabajaba con la señorita Blanca desde hacía muchos años.  Había llegado a la casa de sus padres cuando era una adolescente, y se quedaría luego de la muerte de los señores, por pedido de la misma señorita, quien le había dicho:&lt;br /&gt;--Ay, no me vayas a dejar, porque tú conoces mis gustos y hasta mis engreimientos, mejor que ninguna otra persona.&lt;br /&gt;Cristina sabía cuáles eran las preferencias de Blanca.  Por la mañana, le gustaba que la espere hasta que se despierte, para ofrecerle el desayuno en su cama.&lt;br /&gt;--¿Qué te provoca desayunar hoy, princesa?&lt;br /&gt;--Ay, quiero comer dos sánguches de huevo con bastante tocino, y mi tazón de café con leche.  De lo contrario, podría ser algo de lo que sobró del almuerzo de ayer.&lt;br /&gt;Sin embargo, los caprichos y antojos de aquella señorita, a la que en confianza Cristina le hablaba de tú, iban mucho más allá del desayuno.  Luego de no terminar de llenar su estómago, Blanca se echaba en su cama, para pedirle a su empleada que le haga masajes, que le arregle las uñas, que le pinte el pelo, y la mañana se les pasaba a las dos entre el dormitorio y el baño.&lt;br /&gt;Cuando daban la una de la tarde, Blanca estaba sentada a la mesa de su comedor, para seguir engullendo.  Comía por dos, y luego, mientras saboreaba un humeante café, acompañado de un cigarrillo tan fuerte que casi parecía un habano, llamaba por teléfono a sus amigas, con las que solía reunirse para jugar cartas y tomar el té.&lt;br /&gt;Podían pasársele una, o dos y hasta tres horas en el teléfono.  Algunas veces, ya no se le ocurría de qué hablarles en sus conversaciones, porque lo único que esas viejas sabían hacer era chismear sobre el vestido de Juanita, sobre lo que dijo Pepita, de los amoríos locos de Rosita, o acerca de la calidad de las flores que habían en la sala de la casa de Julita, pero Blanca insistía en llamarlas, para no sentirse sola.&lt;br /&gt;Aquella vida de tipo casi rutinario se rompía los días miércoles cuando, a eso de las 4 de la tarde, después de una siesta, Blanca partía hacia un centro de apoyo, donde se desempeñaba como voluntaria.  Leía en voz alta para estudiantes ciegos, quienes solían llamarla: Señorita Blanquita.&lt;br /&gt;Esa mañana, mientras su empleada le hacía la pedicure, blanca le dijo:&lt;br /&gt;--Hoy va a venir mi amigo Carmelo; el chico al que yo le leo en voz alta.&lt;br /&gt;--¿O sea que no vas a ir tú al centro?&lt;br /&gt;--No; voy a hacer unos pagos al banco, y con las mismas me regreso.  Si viene, dile que me espere.&lt;br /&gt;Cristina ya había recibido a Carmelo antes.  Sabía que cuando él llegue debía ofrecerle su codo para guiarlo hasta la sala.&lt;br /&gt;Lo hizo sentarse en un confortable, y le dijo:&lt;br /&gt;--La señorita ya vuelve, así que espérela joven, por favor.&lt;br /&gt;Carmelo se puso a pensar en el tema que iba a ser motivo de la lectura de aquella tarde.  Empezó a repasar en su mente la situación de las relaciones internacionales, pero de repente, y sin poderlo evitar, se acordó de la conversación que tan solo ayer había tenido con su amigo Walter, quien era primo de John.&lt;br /&gt;--Sí, te prometo que te voy a llevar a un burdel para que debutes –le dijo su amigo.&lt;br /&gt;--¿Pero cuando? –Carmelo preguntó.&lt;br /&gt;--Ah, antes de tu viaje.  Si quieres mañana –respondió Walter.&lt;br /&gt;--Eh, bueno…&lt;br /&gt;Carmelo titubeó, y luego siguió diciendo:&lt;br /&gt;--Es que mañana tengo una sesión de lectura.&lt;br /&gt;--Ah, tú y tus cosas de intelectual –le dijo Walter casi riéndose, y luego agregó:&lt;br /&gt;--entonces, vamos el sábado, y de paso le decimos a John que nos acompañe.  ¡Te voy a presentar a una hembra bien chévere!  ¡Se trata de una mamacita!&lt;br /&gt;--¿Le gustará leer? –preguntó Carmelo.&lt;br /&gt;--Olvídate de lo intelectual, baboso –respondió enfático Walter-.  Lo que a esa amiguita le gusta es que la penetren, y no creo que por el hecho de ser ciego tú no la puedas satisfacer.  ¿Acaso el bastón de carne a ti no se te para?&lt;br /&gt;Carmelo empezó a reírse de solo recordar esa parte del diálogo con su amigo, pero de un momento a otro la puerta se abrió.  Era su amiga, la señorita Blanca, que en esos instantes llegaba, impregnando la sala con el aroma de un delicioso perfume.&lt;br /&gt;--¡Ay, quien solo se ríe de sus maldades se acuerda! –exclamó Blanca al verlo, y soltó una carcajada que terminó en una tremenda tos de fumadora empedernida.&lt;br /&gt;Carmelo se quiso poner de pie para saludarla mientras Blanca tosía, pero el libro que tenía a su lado se le calló, y al ver eso, ella se acercó.  Le ayudó a recoger el libro, y lo saludó antes que su amigo termine de pararse.&lt;br /&gt;--Hola; aquí tienes tu libro, y no te preocupes.  Quédate sentadito, que ahorita nos ponemos a conversar.&lt;br /&gt;--Gracias –Carmelo respondió, un tanto mortificado consigo mismo, por no haber podido fungir de un joven educado, que se hubiese parado para  saludar a la dueña de casa, como hubiera sido lo correcto.&lt;br /&gt;La señorita Blanca le echó una mirada.  En sus ojos había un toque de pena, mezclada con una dosis de maternal comprensión y una resignada tolerancia.&lt;br /&gt;Carmelo no se hubiera podido imaginar lo que aquellos ojos marrones proyectaban, en esos momentos, al estarlo mirando.  Permaneció quieto, inexpresivo, hasta que la señorita volvió a dirigirle la palabra, diciéndole:&lt;br /&gt;--voy a cambiarme de zapatos, porque estos me resultan muy incómodos, y luego vuelvo.  ¿Te parece?&lt;br /&gt;Carmelo volvió en sí, y algo nervioso le respondió:&lt;br /&gt;--Eh, sí, claro.&lt;br /&gt;Para remplazar los finos zapatos de taco que llevaba por otros más chatos, la señorita debía subir a su dormitorio.  Era una habitación amplia, decorada de rosado, gris y blanco, alfombrada de pared a pared, con una cama de dos plazas y una mesita de noche con su respectiva lámpara a cada lado, un tocador con su espejo, un chaislone para reposar, así como un amplio closet en el que había toda una colección de calzado, y no pocos vestidos.&lt;br /&gt;Carmelo ya había hecho de aquella señorita un motivo de sus fantasías nocturnas.  Ya había mojado sus sábanas de solo imaginarse que la estaba besando, luego de haber tirado con ella en una mullida cama, y en esos momentos, empezó a excitarse.&lt;br /&gt;Con una voz juguetona, casi cantando, Blanca volvió a decir:&lt;br /&gt;--¡No me demoro!  ¡Ya regreso!&lt;br /&gt;Y en medio de su excitación, Carmelo se dijo: “Debería cambiarse aquí”.  Pensó que  aquella podía ser una oportunidad para ir más allá de sus fantasías.&lt;br /&gt;Le hubiera encantado tocar aunque sea sus pies, como lo había hecho desde niño con sus tías, ya que por una parte aquellos pies eran lo más accesible a sus curiosas manos, y por otro lado, eran lo que menos podía incomodarle a una mujer, al momento de ser tocados.  “¡Qué rico sería podérselos conocer!”, afirmó mentalmente.&lt;br /&gt;Sin embargo, la empleada apareció con unos cómodos zapatos de taco bien chatito, que ella misma se encargó de ponerle a la señorita, luego de unos breves masajes en sus plantas, evitándole así el tener que subir a su dormitorio, y quitándole a Carmelo la oportunidad de dar rienda suelta a su curiosidad táctil.&lt;br /&gt;--Ay, gracias, Cristinita.&lt;br /&gt;--De nada princesa; póngase cómoda.&lt;br /&gt;Carmelo se quedó en silencio, y mientras su ropa interior empezaba a humedecerse, sintió que la fuente de sus eyaculaciones nocturnas tomaba asiento a su lado diciendo:&lt;br /&gt;--Ay, qué bueno que ya no tengo que subir.  Si tú quieres, Carmelito, podemos empezar a leer, pero no sé si te parece que primero nos pongamos a conversar.  Esta ha sido una tarde algo tensa para mí, y quisiera distraerme, hablando de cosas no tan profundas, con alguien que tiene un interior tan cultivado como tú.&lt;br /&gt;Carmelo tuvo que tragar saliva, y luego de carraspear un poquito para aclarar su garganta, le respondió:&lt;br /&gt;--Ah, por supuesto.  Yo no me atrevía a decírselo, señorita, pero…&lt;br /&gt;--No –ella lo interrumpió-.  No quiero que me sigas llamando señorita.&lt;br /&gt;--Eh, sí, bueno –quiso decir Carmelo, pero ella prosiguió:&lt;br /&gt;--Quiero ser tú amiga, Blanca, y ahora cuéntame.&lt;br /&gt;--Bueno, en realidad mi examen de historia es para el próximo jueves.  No tengo tanta prisa en leer, y hay otras cosas que me gustaría hablar contigo.&lt;br /&gt;--Ah, tú dirás, Carmelo.&lt;br /&gt;--Hay una noticia en el periódico, sobre política, que yo…&lt;br /&gt;Blanca volvió a interrumpirlo:&lt;br /&gt;--Ay, amigo, hoy quisiera conversar de otras cosas.  No me tortures hablándome de la espantosa política, ni me des una cátedra sobre la historia de tal o cual músico, o de este o aquel cantante, que tú tanto conoces.  Sabes qué, preferiría que me hables de ti; de cómo es el vivir sin tener vista.  ¿Qué hay en tu mente?  ¿Se te ocurren cosas?  ¿Te inventas historias?&lt;br /&gt;La empleada ingresó a la sala, pero sin hacer bulla.  Carmelo solo sintió el ruido que se produjo, cuando la bandeja fue puesta sobre la mesa de centro.&lt;br /&gt;Blanca empezó a explicarle:&lt;br /&gt;--Cristina nos ha traído unas galletitas con sardinas y una limonada, pero no te preocupes que eso es solo una entradita, porque luego pasaremos a la mesa del comedor.  Ah, y a propósito, ¿te gustan los ravioles?&lt;br /&gt;--Sí, me encantan –respondió Carmelo, casi sin poder hablar, luego de haberse metido a la boca toda una galleta, que hizo que los cachetes se le inflaran como un hámster.&lt;br /&gt;La empleada se disponía a retirarse, pero se quedó sin poder sustraerse de la sorpresa que le causaba ver el espectáculo que Carmelo producía al momento de comer.  Cruzó miradas con Blanca, y luego dijo:&lt;br /&gt;--Estoy en la cocina, para lo que necesiten.&lt;br /&gt;--Ay, gracias, Cris –dijo Blanca, y agregó:&lt;br /&gt;No te olvides de traernos una limonadita bien heladita.&lt;br /&gt;--No, no –Cristina respondió ya desde lejos.&lt;br /&gt;Eran como las cinco y treinta de la tarde.  Por la ventana de la sala ingresaba el canto de algunos pajaritos y la voz de uno que otro niño, que pasaba por la acera, de la mano de su mamá, reclamándole porque no le había comprado un caramelo: “Yo estudio, estudio, estudio y tú no me compras nada.  Ya no te quiero, mala”.&lt;br /&gt;Blanca sonrió.  Volvió los ojos hacia Carmelo, y le dirigió una mirada, como si con ella deseara interrogarlo: “¿Tú también eres un niño?”.&lt;br /&gt;Pero, por supuesto que Carmelo no se enteraría de aquello, y Blanca se dio cuenta muy pronto.  Descubrió que sus gestos –esos gestos que ella estaba acostumbrada a hacer como algo natural- así como cualquier mirada suya le iban a servir de muy poco, a la hora de intentar comunicarse con el joven al que solía leerle libros de historia, de política, de filosofía, y prefirió retomar el uso de la palabra, para volver a insistir en el tema que le había planteado:&lt;br /&gt;--Ay, cuéntame cómo es aquello de vivir sin ver, Carmelito.  ¿Te resulta complicado?&lt;br /&gt;Carmelo, ajeno a cualquier cuestión de tipo visual seguía comiendo con la boca abierta, y blanca que no le quitaba la mirada agregó:&lt;br /&gt;--Come tranquilito, y después me contestas.&lt;br /&gt;Carmelo se tragó a medio masticar lo que tenía en la boca, y le empezó a explicar que ya se había acostumbrado a vivir estando ciego, y que nada lo iba a hacer renunciar a sus sueños de ir muy lejos en la vida.&lt;br /&gt;Blanca lo interrumpió, diciéndole:&lt;br /&gt;--Es que tú eres maravilloso.  Dentro de ti hay una fuerza increíble.  Si yo me quedara ciega por un solo instante, pero así, por un solo instante, no sé que haría.  ¡Empezaría a llamarte a gritos!  ¡Carmelo!  ¡Carmelo, ven por favor!&lt;br /&gt;Se oyeron unos pasos, y la empleada volvió a hacer su aparición en la sala, trayendo la limonada:&lt;br /&gt;--Espero no haberme demorado mucho –dijo-.  También les he traído más galletitas con sardinas.&lt;br /&gt;Blanca la miró, como diciéndole: “Está muy bien que hagas esa explicación en voz alta, para que mi amigo se entere de lo que hay a su alrededor”.&lt;br /&gt;Cristina se acercó, y dirigiéndose a Carmelo le dijo:&lt;br /&gt;--Traiga su manito, joven, para darle otra galletita.  Ah, y también le voy a dar su vaso.&lt;br /&gt;Blanca sonrió, y dirigiéndose a Carmelo le dijo:&lt;br /&gt;--Ay, pero qué buena anfitriona es nuestra amiga Cristina, ¿no?&lt;br /&gt;--Ah, sí –respondió Carmelo, mientras se sobaba las manos, luego de poner el vaso al borde de la mesa.&lt;br /&gt;La empleada se acercó para poner el vaso más adentro, diciendo: “Ay, ¡no se vaya a caer!”, y luego le dio una servilleta, para que Carmelo se limpie esas manos que estaban con un poco de mayonesa:&lt;br /&gt;--Aquí tiene, joven.&lt;br /&gt;Blanca le hizo una seña a la empleada, quien entonces se retiró, diciendo:&lt;br /&gt;--Bueno, cualquier cosa, si necesitan algo yo regreso.&lt;br /&gt;--Gracias –Blanca le respondió.&lt;br /&gt;Ya a solas, se le acercó a Carmelo.  Tomó la servilleta, y le dijo:&lt;br /&gt;--Yo te voy  a ayudar para que estés limpiecito, y no quiero que te sientas mal por lo que estoy haciendo.  Un chico tan guapo como tú tiene que andar hecho un dije.&lt;br /&gt;Le pasó la servilleta por las manos.  Luego, lo hizo por la cara, y más precisamente, por el lado derecho, entre la nariz y la boca, donde también había quedado un poco de mayonesa.&lt;br /&gt;Si Carmelo hubiese tenido que pasar por una situación de ese tipo en otras circunstancias, se hubiese sentido mal, y no se hubiera perdonado a él mismo, por haber hecho semejante papelón.  Quizás hubiese montado en cólera como lo hizo una noche, en un restaurante de Miraflores, cuando sin darse cuenta volteó un vaso de cerveza sobre las faldas de Carlota, obligando a aquella amiga a tener que soportar la broma de alguien que desde un carro le gritó:  “¡Te faltaron los pañales!”.&lt;br /&gt;Sin embargo, en esa ocasión no sentía vergüenza, ni malestar alguno por el hecho de que Blanca lo estuviese limpiando, y por el contrario, hubiese querido que lo limpie más, para ver si así tenía la posibilidad de rozarle alguito.  Para empezar, hubiera podido ser un senito, y ya no solo el codito.&lt;br /&gt;--Muy bien, pues –afirmó Blanca, y continuó diciendo:&lt;br /&gt;--Ahora sí que usted ya está impecable, así que a contarme.  Hay algo que me gustaría preguntar.&lt;br /&gt;Carmelo empezó a sentir una curiosidad casi enfermiza.  Experimentó un impulso incontrolable, que lo hizo interrogar:&lt;br /&gt;--¿Sobre qué quisieras saber?  ¿Acerca de qué quieres que te cuente?&lt;br /&gt;Blanca esperó por unos instantes, y luego procedió a responderle:&lt;br /&gt;--Me gustaría saber sobre tu amiga Carlota.&lt;br /&gt;--¿Por qué, ah? –se limitó a preguntar Carmelo.&lt;br /&gt;--Bueno –dijo Blanca-.  Es que yo siempre te he visto con ella, y llegué a pensar que era tu enamorada.  Sé que han salido juntos, y tú mismo me has contado que ella te habla de sus cosas.&lt;br /&gt;Carmelo sintió ganas de estirarse, pero se contuvo.  Tenía a Blanca cerca, y la hubiese podido golpear.&lt;br /&gt;Respiró, y luego de hacer un breve silencio le respondió.&lt;br /&gt;--No, no.  Carlota no es, y en el fondo, jamás podría ser mi enamorada, por más que yo lo quisiera.&lt;br /&gt;--¿Por qué? –Blanca preguntó-.  ¿Es que ella se opone a la posibilidad de estar con un chico ciego?&lt;br /&gt;Carmelo le respondió:&lt;br /&gt;--No; el motivo es otro.&lt;br /&gt;--¿Pero cuál podría ser entonces? –insistió Blanca en preguntar, y luego agregó:&lt;br /&gt;--Bueno, comprendo que para ti sea difícil hablar de tu amiga, pero creo que puedo hallar alguna explicación acerca de su negativa a estar contigo.&lt;br /&gt;Carmelo comprendía que Blanca y cualquier otra persona podía darse cuenta de la situación de Carlota con solo verla.  No lucía nada femenina, y eso invitaba a pensar todo lo demás acerca de ella.&lt;br /&gt;Volvió a respirar, y comentó:&lt;br /&gt;--Es que en realidad el caso de Carlota me da pena, y hablar de ella me cuesta, por no decir que me duele.&lt;br /&gt;--Ah, claro, y yo te entiendo perfectamente –Blanca afirmó, y luego dijo:&lt;br /&gt;--No sabes cómo me gusta que seas reservado, en cuanto a las cosas de tus amigas.  Ya veo que yo también podría contarte algo de lo mío, y es que interiormente eres maravilloso.  ¡Ay, si vieras serías distinto!&lt;br /&gt;Al oír eso, Carmelo comentó:&lt;br /&gt;--Carlota me dice lo mismo.&lt;br /&gt;--Ah, es que ella es muy inteligente –agregó Blanca, y dicho eso preguntó:&lt;br /&gt;--¿Dime, has encontrado alguna vez a chicas lesbianas entre las cieguitas?&lt;br /&gt;Carmelo sonrió, y se limitó a responder:&lt;br /&gt;--Ah, bueno, bueno, conozco a una.&lt;br /&gt;--¿Ay, y por qué no se la presentas a Carlota? –interrogó Blanca, pero después dijo:&lt;br /&gt;--No; dejemos ese tema, y mejor hablemos de otra cosa.  Por ejemplo, hablemos de tu viaje a Méjico.  ¡Órale!&lt;br /&gt;Carmelo respiró nuevamente, pero por fin ya más aliviado, y empezó a contarle:&lt;br /&gt;--Tengo una tía mejicana, que era esposa de un hermano de mi madrina.  Vivía aquí, en Lima.&lt;br /&gt;Enviudó en 1968, y se regresó a su país, pero desde entonces me decía que cuando sea grande me iba a invitar a visitarla, y bueno, ya llegó la oportunidad.  Me voy, tan pronto como terminen las clases.&lt;br /&gt;Blanca lo miró mientras lo escuchaba, y procedió a preguntarle:&lt;br /&gt;--¿Y cuando estés allá, en Méjico, te acordarás de mí?&lt;br /&gt;--Sí, claro –respondió Carmelo.&lt;br /&gt;--¿Pero cómo? –preguntó Blanca con cierta inquietud.&lt;br /&gt;--Ah, me acordaré de tu voz .dijo Carmelo.&lt;br /&gt;--¿Y solo eso? –Blanca insistió.&lt;br /&gt;--Bueno, me acordaré del olor del perfume que usas.&lt;br /&gt;--¿Y del olor de mi pelo?  Ven, acércate.  ¿No quieres olerlo?&lt;br /&gt;Carmelo empezó a temblar por adentro, y mientras le olía el pelo, Blanca le siguió diciendo:&lt;br /&gt;--Ay, no.  ¿Te vas a llevar de recuerdo solo esto?&lt;br /&gt;--No, porque cuando esté allá también me voy a imaginar otras cosas –Carmelo respondió.&lt;br /&gt;--¿Otras?&lt;br /&gt;--Sí, otras.&lt;br /&gt;--¿Y cómo te imaginas que soy yo? –preguntó Blanca.&lt;br /&gt;--Ah, muy buena gente –respondió Carmelo.&lt;br /&gt;--No me refiero a mi forma de ser, monguito –afirmó Blanca, y siguió diciendo:&lt;br /&gt;--Mi pregunta se refiere a cómo te figuras que soy: ¿Alguna vez Carlota te hizo una descripción?  ¿Tienes una idea de cómo es mi cuerpo?  ¿Te han dicho que soy gorda?  Sabes, me daría pena si no te han contado nada de mí, porque cuando estés en Méjico no me vas a poder recordar bien, y solo estarás en la capacidad de hacerte una vaga idea de mi existencia, de mi nombre, de mi voz.&lt;br /&gt;Carmelo se quedó callado, pero Blanca le siguió preguntando:&lt;br /&gt;--¿Te atreverías a tocarme algo?&lt;br /&gt;Hubo un momentáneo silencio, pero ella no esperó respuesta, y tomando una de sus manos, se la puso sobre su pierna izquierda.&lt;br /&gt;Sí, y aquella pierna era gorda, tal como Carmelo la había imaginado en medio de sus fantasías.&lt;br /&gt;Blanca esbozó una sonrisa, y luego de rascarse el pelo dijo:&lt;br /&gt;--Ahora, quisiera que conozcas mi rostro.&lt;br /&gt;Le tomó las dos manos.  Se las puso sobre su cara, y dejó que la recorra con las yemas de sus dedos.&lt;br /&gt;Carmelo tocó aquellos labios que tantas noches había imaginado besando.  Pudo constatar en tiempo real, que esos labios efectivamente eran carnosos, y que estaban húmedos de ansias por besar y ser besados.&lt;br /&gt;Acarició aquella fina nariz de la musa a la que tantas veces había sentido respirar a su lado, y el solo aire que de esa nariz salía lo llevó más allá de la excitación, hasta convertirlo en un volcán.&lt;br /&gt;--¿Tú haces masajes? –le preguntó Blanca con un tono de voz de tipo irresistible.&lt;br /&gt;Y Carmelo le trató de responder:&lt;br /&gt;--Eh, no, pero bueno…  ¿Por qué?&lt;br /&gt;--Porque me gusta la forma en la que me acaricias.&lt;br /&gt;--Bueno –dijo Carmelo-.  Estoy haciendo en la práctica lo que muchas veces hice en forma imaginaria mientras tú me leías.&lt;br /&gt;--¿Ah, con razón varias veces te notaba distraído! –respondió Blanca.&lt;br /&gt;Los dos se rieron, y ella volvió a tener un nuevo acceso de tos.  Ya se había fumado unos siete cigarrillos desde que Carmelo había llegado para la sesión de lectura, pero encendió un nuevo cigarrillo, ¡y quien sabe cuántos más se iba a fumar!&lt;br /&gt;El tenerla a su lado, botando humo por la boca, también había sido parte del imaginario de Carmelo.  En su cama, la abrazaba y jugaba con su pelo, mientras que ella fumaba y le daba besos con sabor a un romántico tipo de singular tabaco.&lt;br /&gt;¿Se la iba a llevar mentalmente a Méjico?  Claro que sí, pero esa noche, muchos días antes de la partida, Carmelo habría de iniciar otro tipo de viaje, sin pensarlo, sin haberlo programado de esa manera.&lt;br /&gt;¿Dónde había quedado el librito ese de historia?  ¿Y qué hubo de los capitulitos esos que iban a leer sobre relaciones internacionales?&lt;br /&gt;Luego de un nuevo y breve silencio, Carmelo preguntó:&lt;br /&gt;--¿Mañana podremos leer?&lt;br /&gt;Pero, ese silencio continuó, y más allá de sus fantasías, sintió que unos labios se posaban sobre los suyos para besarlos, mientras que una voz con sabor a tabaco le decía:&lt;br /&gt;--Sí, vamos a leer mañana, y si quieres también cuando vuelvas de Méjico, pero esta noche, como dice la canción: “Me quedo contigo”.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/988950490781206605-1200959571991859985?l=enfoque21.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://enfoque21.blogspot.com/feeds/1200959571991859985/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=988950490781206605&amp;postID=1200959571991859985' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/1200959571991859985'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/1200959571991859985'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://enfoque21.blogspot.com/2009/06/mas-de-carmelo.html' title='Mas de Carmelo'/><author><name>Luis Hernandez Patiño</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14367307307930688700</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-988950490781206605.post-349954513283264071</id><published>2009-05-19T19:57:00.000-07:00</published><updated>2009-05-19T19:58:49.264-07:00</updated><title type='text'>Y seguimos con Carmelo</title><content type='html'>5&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sus padres se habían separado, y su mamá se la había llevado con ella.  La señora tenía un carácter tan fuerte, pero tan fuerte, que los chicos del barrio la veían como al cuco, y temblaban de solo pensar que los iba a devorar con la mirada, diciéndose unos a otros “Cuidado que allí viene la tía bruja”, a penas la observaban desde lejos.&lt;br /&gt;Carlota trataba de ser amigable con todos, pero tenía que enfrentarse a varias cosas: al miedo que sus amigos sentían ante la presencia de su mamá y a los castigos que recibía por jugar pelota en plena calle, o por haberse metido en un campeonato de box infantil.  Por eso, muchas veces los chicos la saludaban, pero desde lejitos, preguntándole en voz muy baja: “¿Vas a jugar por nuestro equipo este sábado?  ¿Vas a participar en la pelea a cinco rounds con Ricardo, quien te retó el martes pasado?”.&lt;br /&gt;La madre se enteraría de las preferencias de Carlota por el box, porque una chica que también vivía por la zona lo contó una tarde.  Al principio, la señora no lo podía creer:&lt;br /&gt;--¿No me estarás truqueando?  ¿Estás diciéndome la verdad?&lt;br /&gt;--Claro señora; claro.&lt;br /&gt;La chica empezó a sentir un miedo que crecía y crecía, cada vez que la mirada de la señora se le clavaba con más y más intensidad.&lt;br /&gt;--Cuéntame todo, y dime con quienes para mi hija, para darle el castigo que se merece.&lt;br /&gt;--Pero señora, es que yo no veo nada malo en que…&lt;br /&gt;--Te he dicho que me cuentes todo, carajo, así que habla porque si no a ti también te cae.&lt;br /&gt;La voz de la temible señora había cambiado.  Su rostro se había transformado, y la chica comprendió que por bocona no le quedaba otra más que soltar todo.&lt;br /&gt;--Vamos hijita, desembucha lo que sabes, rapidito nomás.&lt;br /&gt;Carlota volvió a su casa esa noche sin la más mínima sospecha.  Su madre la recibió, no con guantes, pero sí con golpes; con unos golpes tan profundos, que aquella jovencita jamás pudo asimilar.&lt;br /&gt;Carmelo la escuchaba hablar de todo esto, y notaba la tristeza que brotaba sin cesar de la voz de su amiga.  Ya eran las doce de la noche, pero quería seguirla escuchando, y le preguntó:&lt;br /&gt;--¿Te golpeó muy fuerte tu mamá?&lt;br /&gt;Carlota tragó saliva, y haciendo un gran esfuerzo le respondió:&lt;br /&gt;--Sí, me dio hasta en el alma, con todo lo que me dijo.&lt;br /&gt;Carmelo sintió que el nudo de una profunda emoción empezaba a ahogarlo, y tuvo que carraspear para aclarar su garganta, antes de decirle:&lt;br /&gt;--Ya me imagino cómo te habrás sentido.&lt;br /&gt;--Hasta ahora me siento –dijo Carlota, y agregó:&lt;br /&gt;--Hasta ahora me duele, y yo sé que tú si puedes ver la profundidad de las heridas que llevo en mi interior.&lt;br /&gt;Carmelo se quedó en silencio por unos instantes.  No supo que decir, y fue Carlota la que retomó el diálogo:&lt;br /&gt;--Yo hubiera querido que mi mamá me comprenda y me ayude, pero me pasó todo lo contrario.&lt;br /&gt;La voz empezaba a quebrársele:&lt;br /&gt;--Desde esa noche, no me habló por dos semanas.  Yo no sabía si me habían servido la comida, y cuando veía mi plato en la mesa ya todo estaba frío.  A las dos semanas recién empezó…&lt;br /&gt;--¿Empezó a hablarte?&lt;br /&gt;--No, a insultarme.&lt;br /&gt;Al sentir que la voz terminó por quebrársele, Carmelo buscó la forma de abrazarla.  Si algo trataba de hacer en esos instantes era consolar a esa amiga tan querida, diciéndole:&lt;br /&gt;--No te sientas mal, porque para mí tú significas mucho.  Me acompañas, me lees en voz alta las asignaturas que les mandaban en el colegio, y si no contara contigo no sé qué haría.&lt;br /&gt;--Ay, Carmelo.&lt;br /&gt;Carlota rompió en llanto como una niña, a la que algo le dolía en lo más íntimo, y en un momento dado Carmelo se puso nervioso, porque nunca había estado ante un cuadro tan impresionante.  Aquella amiga tan conversadora, culta, intelectual, con la que hacía solo unas horas había estado tomándose unas cervezas, de pronto aparecía como una pequeña ave que necesitaba recostarse en su hombro para llorar de tanto frío y dolor.&lt;br /&gt;Carmelo se llevó las manos a su propio rostro, y al notar cierta humedad, no supo si era por las lágrimas de su amiga, a la que había acariciado, o por las suyas propias.&lt;br /&gt;Carlota, que en esos momentos permanecía en silencio, de pronto le preguntó con asombro:&lt;br /&gt;--¿Tus ojos también pueden derramar lágrimas?  Yo sé que soy una estúpida por preguntártelo, ¿pero es que también tú puedes llorar?&lt;br /&gt;Carmelo no tuvo voz para responderle, pese a que tosió para ver si algo podía decirle.  Se palmoteó las piernas, y mentalmente le dijo: “No, no eres ninguna estúpida.  Algunas veces a mí también me duele el alma.&lt;br /&gt;Luego de unos instantes, ya más tranquila, Carlota siguió diciendo:&lt;br /&gt;--Tú me agradeces por la ayuda que te doy al leerte, por ejemplo.  Sin embargo, no sabes la ayuda que me das al permitirme desahogarme contigo, porque yo no creo que haya mucha gente que me quiera escuchar hablando de mis sufrimientos, de mis frustraciones y de tantas cosas, que a los demás poco o nada le interesan.&lt;br /&gt;--A mí sí –dijo Carmelo.&lt;br /&gt;--Es que tú… -quiso decir Carlota, y aunque dudó, siguió hablando:&lt;br /&gt;--Es que tú me quieres, y eso me produce una profunda pena.&lt;br /&gt;--¿Pena? –preguntó Carmelo.&lt;br /&gt;--Sí.&lt;br /&gt;--¿Porqué?&lt;br /&gt;--Porque quizás te has hecho ilusiones conmigo, y tú ya sabes.&lt;br /&gt;Carmelo se quedó callado.  Comprendió que la relación que había fabricado en sus fantasías con Carlota no se haría realidad, y ello también fue un duro golpe para él, pero después de unos instantes dijo:&lt;br /&gt;--¡Podemos ser dos buenos amigos!&lt;br /&gt;--Ay, pero por supuesto –Carlota respondió, y agregó.&lt;br /&gt;--Eso ni lo dudes.  Más aún, me daría mucha pena perder tu amistad, pero no quisiera hacerte daño ilusionándote.&lt;br /&gt;Con una voz algo plana, como para esconder una no muy secreta tristeza, Carmelo afirmó:&lt;br /&gt;--Está bien; no te preocupes amiga.&lt;br /&gt;La noche continuaba su curso, haciendo de oscuro testigo de este y de tantos otros encuentros.  Ya a esa hora no iba a haber algún colectivo o microbús que lleve a Carmelo hasta su casa, pero aquello lo tenía sin cuidado.&lt;br /&gt;Carlota le seguía contando.  En medio de su relato, respondía a las preguntas que su amigo no tenía cuando dejar de hacerle, y constantemente le decía:&lt;br /&gt;--Ay, Carmelo, no sabes qué bien me hace hablar de esto contigo.  Tú deberías estudiar para psicoanalista.&lt;br /&gt;Carmelo se sonrió, diciéndose para sus adentros: “Lo que debo encontrar es la forma de ponerle fin a mi soledad”.&lt;br /&gt;Carmelo no siempre tenía con quién conversar, con quién estar, y por eso, se agarraba con uñas y dientes de personas como Carlota.  Muy pocas eran las chicas que lo aceptaban, y que estaban dispuestas a sentarse a conversar con él, en vez de irse de paseo, o a una fiesta, con chicos a los que no había que estar llevando y trayendo del brazo.&lt;br /&gt;Pero Carmelo se resistía a reconocer aquello.  De la boca para afuera era un chico más, que se había integrado, pero se ponía muy mal en ocasiones como aquella, en la que por la confianza que le tenía la misma Carlota le preguntó.&lt;br /&gt;--Bueno, déjate de vainas amigo mío.  Está muy bien que tú seas un magnífico acompañante, un gran conversador.  ¿Pero cuándo te voy a ver con una hembra de esas?&lt;br /&gt;Carmelo se quedó callado, y aunque hubiese querido no pudo ocultar su cara de fastidio.  Prefirió tamborillarse las piernas, como si estuviera tocando batería, pero Carlota que ya lo conocía insistió:&lt;br /&gt;--¡Ah, evades mi pregunta!&lt;br /&gt;Carmelo se quedó callado.  No tuvo el valor de ser franco con su amiga, como ella sí lo había sido, y no le contó que en más de una oportunidad le tocó sufrir el rechazo de parte de las adolescentes a las que él se les insinuaba, incluyendo a las de su colegio.&lt;br /&gt;La misma Carlota había visto cómo cuando Carmelo se acercaba a las muchachas, en la clase, ellas se miraban, unas a otras, como diciendo: ¡Y ahora qué hacemos!  ¡Ay, pero qué nervios!&lt;br /&gt;Comprendió el malestar de su amigo, y decidió cambiar en algo el tema hablándole de doña Blanca.  Era una señorita que ya había entrado en años y en carnes, y que le había ofrecido recibirlo en su casa para leerle algunos libros en voz alta, diciéndole: “Ay, cuando quieras me llamas por teléfono para comunicarme que quieres venir, y encantada yo te espero”.&lt;br /&gt;Carmelo respiró al oír su nombre, y sintió que por fin iba a poder hablar de una mujer, aunque ya no sea una chiquilla.  Aquella señorita le había tomado mucho cariño, y en las sesiones de lectura hablada le había permitido palpar algo más que las hojas de tal o cual libro.&lt;br /&gt;La casa de la señorita tenía dos pisos, y cuando Carmelo llegaba, por lo general, empezaban a leer en la sala, donde ella lo esperaba con un baso de refresco bien helado, si estaban en verano, además de unas galletitas o algún pastelillo que en ciertas ocasiones Carmelo comía con algo de dificultad.&lt;br /&gt;Doña Blanca lo miraba comer, y con un aire de sobre protección maternal le acercaba una servilleta, diciéndole:&lt;br /&gt;--No te preocupes mi vida, que estamos en confianza.  Come tranquilo, y después que te limpies la boquita y tus manitos, comenzamos a leer.&lt;br /&gt;Ya Carmelo le había contado algo de eso a Carlota, quien esa noche aprovechó para preguntarle por curiosidad:&lt;br /&gt;--Ay, me vas a matar pero es que soy muy chismosa, jajaja.  No puedo resistir la tentación de preguntarte:  ¿Cómo te diste cuenta, cómo descubriste que la blanquita era gorda?&lt;br /&gt;Carmelo le iba a empezar a responder, pero antes Carlota le hizo una indicación:&lt;br /&gt;--Cuando me hables, voltea la cara hacia mí.&lt;br /&gt;Carmelo aceptó aquello, porque sabía que su amiga le decía las cosas en muy buena onda, por su bien, y ya volteada la cara hacia ella le empezó a contar:&lt;br /&gt;--Llegué a eso de las cinco de la tarde, y se demoraron en abrir la puerta.  Ya era la tercera vez que iba.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/988950490781206605-349954513283264071?l=enfoque21.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://enfoque21.blogspot.com/feeds/349954513283264071/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=988950490781206605&amp;postID=349954513283264071' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/349954513283264071'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/349954513283264071'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://enfoque21.blogspot.com/2009/05/y-seguimos-con-carmelo.html' title='Y seguimos con Carmelo'/><author><name>Luis Hernandez Patiño</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14367307307930688700</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-988950490781206605.post-7124445121524356804</id><published>2009-04-20T09:48:00.000-07:00</published><updated>2009-04-20T09:50:51.243-07:00</updated><title type='text'>Gratos encuentros</title><content type='html'>Gratos Encuentros&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hay voces que han quedado grabadas en mi cabeza desde que yo era niño.  Hasta ahora las conservo y me parece estarlas escuchando. &lt;br /&gt;La radio fue desde siempre mi ventana al mundo, y me ha dado muchas satisfacciones.  Una de éstas es el haber tenido la ocasión de conocer en persona a algunas de esas voces que tanto me encandilaban.  Hace unos días me quise dar el gusto de saludar a una amiga y deleitarme escuchando su voz, y así que tuve la ocasión de hablar con Manie Rey.  Jovial como siempre ella me habló de sus proyectos y hasta me contó que tiene un blogspot cuya dirección es:  &lt;a href="http://comunicarteperu.bogspot.com/"&gt;http://comunicarteperu.bogspot.com&lt;/a&gt;  Manie es una persona muy experimentada en el campo de la locución, como formadora de nuevos talentos de la voz, maestra de ceremonias, etc.  En su trayectoria está el haber sido parte del tradicional 24 horas y otro noticieros, y algo que quisiera destacar es que alguna vez nuestra amiga condujo un programa de radio que nos venía como anillo al dedo a las personas ciegas, ya que tenía que ver con la lectura.  El título del programa era Leer es un Placer.&lt;br /&gt;Que gran placer me produjo hablar nuevamente hace poco con mi amiga Manie.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/988950490781206605-7124445121524356804?l=enfoque21.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://enfoque21.blogspot.com/feeds/7124445121524356804/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=988950490781206605&amp;postID=7124445121524356804' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/7124445121524356804'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/7124445121524356804'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://enfoque21.blogspot.com/2009/04/gratos-encuentros.html' title='Gratos encuentros'/><author><name>Luis Hernandez Patiño</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14367307307930688700</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-988950490781206605.post-819571510304349344</id><published>2009-03-26T11:36:00.000-07:00</published><updated>2009-03-26T11:40:22.001-07:00</updated><title type='text'>Ceguera y Afectividad</title><content type='html'>CEGUERA Y AFECTIVIDAD&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;1&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Unas cuantas consideraciones introductorias:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el entorno de nuestra vida se dan diferentes circunstancias, que son motivadas por la influencia de diversos factores.  Aquellas circunstancias van condicionando nuestra afectividad desde su origen.&lt;br /&gt;Entre los factores antes mencionados podríamos hacer una distinción.  Por una parte, están los endógenos, es decir los que operan en el organismo de los seres, y por otro lado, los exógenos, o sea los que actúan desde afuera del ser humano hacia él.&lt;br /&gt;¿Existirá alguna relación entre esos dos tipos de factores?&lt;br /&gt;Por supuesto que sí, y para demostrarlo un solo botón es suficiente.  Veamos el maridaje entre la pobreza y la ceguera:&lt;br /&gt;La pobreza se puede casi respirar en el ambiente externo.  La ceguera por su parte daría la impresión de limitarse a los aspectos sensoriales de quienes la padecen, pero ambas se conectan, como resultado de la interrelación que se da entre ciertas deficiencias condicionadas en el ámbito orgánico del cuerpo humano, y algunos componentes negativos del entorno exterior, que en concreto tienen que ver con lo económico.&lt;br /&gt;Algunas veces he oído decir cosas como que ser ciego no sería muy diferente de estar gordo o flaco, de ser alto o bajo.  También he escuchado afirmar a los amantes de la autoayuda, con una gran emoción, que uno mismo se pone condiciones negativas en su vida, y que por tanto esas condiciones pueden ser superadas por uno mismo.  ¡Y realmente  qué lindo sería que así fuera!&lt;br /&gt;De ser tal el caso, también yo empezaría a hablar, cantar, gritar, gemir, llorar, transpirar de tanta emoción y entusiasmo junto.  Repetiría a los cuatro vientos aquello de que la inclusión está en mi capacidad de decidirme a ser incluido.&lt;br /&gt;Pero, por experiencia propia podemos constatar día a día, paso a paso, que simplemente nada de eso se ajusta a la realidad, y digo esto, porque quiero dejar constancia que tengo amigas y amigos ciegos, que al igual que yo no están dispuestos a pasarse la vida engañándose a ellos mismos, sumergidos en mitos y leyendas.  El camino hacia nuestra superación no va por el lado del autoengaño.&lt;br /&gt;La ceguera va mucho más allá de ser un simple motivo de ciertos problemitas que habrían de manifestarse en una forma suave, simple, casi imperceptible.  No, absolutamente no.  No, porque no conforme con haber causado estragos y trastornos incluso orgánicos en nuestro interior, la ceguera extiende su ámbito de influencia negativa desde adentro hacia afuera de nosotros, y en su propósito de poner más obstáculos en nuestro ya complicado camino, opera en las diversas esferas en las que los ciegos tratamos de entablar relaciones con la gente, con el propósito de encontrar satisfacción a nuestras necesidades.&lt;br /&gt;Cuando hablo de esferas, me estoy refiriendo a la económica, a la social, a la tecnológica, a la informativa, siguiendo la idea que Alvin Toffler plantea en su libro La Tercera Ola.  La ceguera actúa en todas esas esferas, sin dar un solo instante de tregua.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;2&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Retrocediendo en el tiempo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Viene a mi mente la conversación que hace algún tiempo sostuve con otro amigo que tampoco ve.  Empezamos a tocar el tema de lo referente a nuestra ubicación  en el marco de la civilización presente, con todo lo que ello implica, y él me planteó que según su opinión los ciegos de hoy estaríamos en una condición algo parecida a la de aquellas mujeres, que en el siglo XIX luchaban por la consagración y reconocimiento de sus derechos.&lt;br /&gt;La conversación con mi amigo podría pasar por algo anecdótico, pero la cito porque más allá de su opinión sí es importante que nos ubiquemos en el contexto actual, desde una perspectiva histórica.  Así podremos entender nuestra situación como colectivo.&lt;br /&gt;En el primer capítulo de su Manifiesto Comunista, al hablar del proletariado ante el desarrollo de la tecnología, Marx se refería a las mujeres y de paso a los niños como la fuerza de trabajo sin fuerza.  Claro; podría decirse que eso fue escrito hace dos siglos, y sin embargo, hoy se me ocurre una pequeña interrogante:&lt;br /&gt;¿Cuál será la situación de los ciegos telefonistas, que ante el avance tecnológico, poco a poco van siendo remplazados en sus puestos por las centrales telefónicas, cada vez más sofisticadas, las cuales le permiten a uno marcar el anexo deseado desde la casa?&lt;br /&gt;Cuando se desencadenó el proceso de industrialización, La Burguesía se constituyó en la clase dominante de las nuevas fuerzas productivas, y una gran cantidad de habitantes del campo se volcó a las ciudades.  Las instalaciones y facilidades de estas fueron desbordadas, y de ese modo fueron apareciendo los tugurios, así como las barreadas.&lt;br /&gt;La ceguera no se opuso, ni fue un obstáculo frente a las olas migratorias.  Sin embargo, ya en las ciudades sometió a los ciegos a nuevas formas de exclusión.&lt;br /&gt;Los ciegos no lograron liberarse ni del estigma, ni de la postergación.  Estas migraron del campo con ellos.&lt;br /&gt;En el marco de las nuevas relaciones burguesas, los ciegos no hubieran podido convertirse, y de hecho no se convirtieron en propietarios de medios de producción, pero tampoco lograron engrosar las filas del proletariado, y al respecto podría ensayarse dos explicaciones:&lt;br /&gt;Una primera, está relacionada con la necesidad de contar con la vista, para poder desempeñar el tipo de trabajos que entonces se requería.&lt;br /&gt;Una segunda, basada en que por encima de los cambios producidos tanto en la base económica, como en la superestructura de la sociedad, los ciegos han sido y siguen siendo vistos, como una colectividad capaz de producir solamente pena, lástima, antes que valor de uso y cambio.&lt;br /&gt;El desarrollo de la esfera tecnológica, que correspondía a la civilización industrial, fue dando lugar a la aparición de medios y artefactos realmente maravillosos, como el radio a transistores y la grabadora de cassette.  Me refiero a tales artefactos, por lo que estos han significado para mí y para los ciegos en general, pero también los menciono para aprovechar de plantear la siguiente pregunta:&lt;br /&gt;¿Acaso se pensó en nosotros al momento de inventar aquellos artefactos?&lt;br /&gt;Simplemente, no.  En la medida en la que la ceguera no nos permitió ocupar un lugar natural en la esfera económica, porque no fuimos capaces de producir al igual que cualquier obrero u obrera, los ciegos históricamente no logramos significar mucho para la civilización industrial.&lt;br /&gt;Permanecimos flotando en la esfera social.  Entre nosotros, algunos contaron con la suerte o el privilegio de gozar del apoyo estatal; otros fueron sobreprotegidos por la solvencia de sus familias, pero no pocos se quedaron viviendo en el abandono, en la mendicidad, y hasta hoy la situación de los ciegos sigue siendo casi la misma.&lt;br /&gt;No fueron pocos los que siguieron aferrados a la música, y a propósito de aquello, sería muy interesante estudiar la relación entre el mencionado arte y la ceguera.  Sin embargo, al hablar de esto, es indispensable aclarar que dicha relación no se produce porque todos los ciegos fuésemos unos tremendos músicos, porque todos tuviésemos un oído maravilloso, puro, mágico, limpio, o porque en nuestro interior habría la capacidad de transmitir energías positivas, energías de luz, traídas por nosotros desde otras dimensiones en las que no habría que ver con los ojos.  No, lo que entonces ocurría, y sigue ocurriendo, es que para nosotros la música ha sido y continúa siendo uno de esos pocos aliados con los que contamos, cuando queremos ser tomados en cuenta por la gente para ganarnos la vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;3&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo me pregunto:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Cómo podría haber afectado el devenir histórico en nuestra afectividad?&lt;br /&gt;¿Cómo nos sentimos en medio de la situación en la que estamos?&lt;br /&gt;Cualquier persona que ve podría preguntarnos sobre nuestras sensaciones, y yo pienso que sería nuestro deber tratar de dar respuesta a tan legítima interrogante.  En vez de quejarnos porque la gente no nos conoce, démosle a la gente todo el conocimiento que podamos acerca de nosotros, de nuestros sentimientos, sin esconder lo crudo de nuestra realidad, porque solo eso nos permitirá reforzar lo bueno y corregir lo malo que pudiese haber en nuestras relaciones con los habitantes del mundo visual.&lt;br /&gt;Ya que estamos hablando de afectividad, me gustaría dejar muy claramente establecido que los problemas de tipo afectivo no se dan solamente y en forma exclusiva en las personas ciegas.  En su libro Meditaciones Peruanas, Víctor Andrés Belaúnde hablaba de pobreza sentimental, como uno de los rasgos de la psicología nacional.&lt;br /&gt;Las condiciones objetivas de la realidad son duras para con todos por supuesto, pero no podemos negar que la falta de vista hace que la dureza de tales condiciones cobre un carácter muy peculiar, muy singular en el entorno de los ciegos.  El hecho de no ver nos cierra la posibilidad de desarrollar, de un modo natural, una energía afectiva de carácter positivo, capaz de empujarnos a enfrentarnos a nuestra problemática en una forma coherente.&lt;br /&gt;La gente desarrolla aquella energía afectiva en forma espontánea, es decir viendo.  Al respecto, pongamos un ejemplo, partiendo de dos escenas para ilustrar esta idea:&lt;br /&gt;En la primera, una señora va caminando por el parque con su hijito de cinco años, y de pronto el niño ve que dos pajaritos están uniendo sus piquitos como si se estuvieran dando un romántico beso.  Al ver eso con sus propios ojos, el niño experimenta la sensación de ternura, y entonces tiene un motivo de estimulación afectiva, que bien puede traducirse en un tema concreto de conversación, en el cual él puede volcar toda su emoción al momento de hablar acerca de algo que nadie le ha tenido que tratar de contar.&lt;br /&gt;En cambio, en la segunda escena el niño ciego va al mismo parque, pero no está en contacto con su entorno, y al no ver escenas como la antes descrita no tiene como conseguir que su afectividad se desarrolle en una forma espontánea.&lt;br /&gt;En el caso de quienes han perdido la vista ya de grandes, la cosa es distinta.  Yo pienso que al respecto se podría hablar de un trauma afectivo, porque definitivamente, por reiterativo que parezca, la falta o pérdida de la visión no es cualquier cosa.  No es tan simple como cuando a uno se le cae un botón de la camisa.&lt;br /&gt;Por eso, sin pretender adelantar conclusiones, quisiera decir que los ciegos necesitamos que se nos someta a una especie de gimnasia afectiva, de manera urgente, para estar en forma emocional.  En lo que se refiere a quienes nacieron sin ver, esa gimnasia que en el fondo se refiere a la estimulación debe comenzar desde la misma cuna, y en cuanto a los que pierden la vista, la rehabilitación y el apoyo afectivo deben darse de inmediato.&lt;br /&gt;Observemos las consecuencias de aquella falta de afectividad, mediante algunas tendencias de conducta que a mí me parece poder notar en nuestro colectivo.  Es cierto que cada ciego es un ser individual, irrepetible, pero también es verdad que por contradicción, entre nosotros hay no pocas cosas que nos identifican.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nuestra inercia:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En términos colectivos, los ciegos andamos como el humo, sin un rumbo definitivo.  No conseguimos organizarnos institucionalmente, en una forma ordenada, efectiva y eficiente, para alcanzar si quiera un objetivo concreto, por mínimo que este fuese, para beneficio de nosotros mismos.&lt;br /&gt;Nos quejamos de nuestra realidad, de las condiciones en las que nos toca vivir, pero solo cuando se nos insita a quejarnos.  Por lo demás, parecería que no contásemos con la capacidad de tener iniciativa propia de acción en forma positiva, para ir más allá de nuestras quejas y tomar al toro por las astas.&lt;br /&gt;Cuando reaccionamos colectivamente frente a una situación –si es que reaccionamos- lo hacemos pero no necesariamente por nosotros mismos, sino porque otros (videntes) vienen, cual salvadores a los que me parece estar escuchando:  “A ver, ¡que estos amigos míos ciegos me dan pena!”.&lt;br /&gt;Debido a la falta de energía de tipo afectivo que padecemos, No tenemos la capacidad de movernos por impulsos propios de carácter positivo.  Actuamos como consecuencia de impulsos externos, y en todo caso, nos dejamos llevar por nuestra conveniencia enfermiza y egoista.&lt;br /&gt;Nos pasamos la vida sin haber transitado del dicho al hecho, y nos quedamos en el terreno verbal.  Muchas veces, entre nosotros no hay más que palabras, palabras, palabras, y palabras huecas, que nos esforzamos por adornar, pero que al final se van con el viento, antes que hayamos resuelto aquel dilema de Hamlet:  Ser o no ser.&lt;br /&gt;Nos enredamos en conceptos vagos y en ideas inconclusas, que entonces escondemos en frases que repetimos una y otra vez.  Creemos que así vamos a quedar verbalmente muy bien, ¡y vaya que si no seremos repetitivos!&lt;br /&gt;En la práctica, no tenemos la suficiente fuerza afectiva como para ser verbo, fuente de acción.  Nos reducimos a ser sujetos de reacción, y en ciertos casos, daríamos la impresión de no tener otra capacidad más que la de actuar por inercia, antes que por convicción, en contra de nosotros mismos frente a las circunstancias.&lt;br /&gt;Es por eso que hay quienes se han especializado en utilizar a los cieguitos, porque saben muy bien que no hace tanta falta esperar algún indicio de iniciativa coherente de parte nuestra.  Han descubierto que debido a nuestra inercia pueden hasta pensar por nosotros, antes que pensar con nosotros, en temas como el de la inclusión por ejemplo.&lt;br /&gt;Estamos como un barco al garete, pero resulta que en medio del mar de implicancias de la ceguera, seguimos allí como si con nosotros no fuera.  Nos va y nos viene la cosa, como si tales implicancias no nos fuesen duras, adversas, y quizás perversas, o como si frente a ellas no tuviéramos que reaccionar.&lt;br /&gt;Las mentes de los ciegos lúcidos, que sí los hay, nos proponen conceptos, planes, proyectos.  Sin embargo, todos esos planes y proyectos se estrellan finalmente en nuestro colectivo, con algo así como una masa que ante la propuesta se queda indiferente, o que en todo caso reacciona, pero para responder de una manera negativa, y luego vuelve a su estado permanente de inercia.&lt;br /&gt;Podría ser por eso que entre nosotros a veces hay quienes sienten impotencia, desilusión, y no quieren saber nada de los asuntos gremiales, llegando a decir: “Las cosas del colectivo cieguno no me interesan”.&lt;br /&gt;Antes que unidos, andamos revueltos, como en un laberinto en el cual el peor enemigo del ciego no parecería ser otro más que un ciego igual que él.  La prueba de ello está en el sinnúmero de instituciones que entre nosotros aparecen porque aparecen, porque aparecen y porque aparecen.&lt;br /&gt;Deberíamos ir hacia arriba, pero si la moda de los videntes es ir hacia abajo, allí vamos.  Sí, vamos, ¡porque no es difícil que se nos maneje como a borregos!  Y tendríamos que ir al sur, pero en nuestro deseo compulsivo por estar bien con Dios y con el diablo, vamos hacia el norte, sí, sí claro al norte, ¡aunque el norte no sea el paraíso!  ¿Por qué?  Por nuestra inercia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nuestra amargura:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hay quienes piensan, y hasta nos afirman con gran seguridad, que nosotros no vemos con los ojos, pero que en cambio sí vemos con el corazón, con el alma, y al respecto, en más de una ocasión me han dicho: “Ah, ¡qué suerte la suya de no estar contaminado con las cochinadas de este mundo!  Oiga, ¡usted no se está perdiendo de nada, ¡y por el contrario puede vivir en paz con su ceguera!”.&lt;br /&gt;Sin embargo, cuando oigo algo así me sonrío, pero al mismo tiempo siento algo de pena y lástima por quien me lo dice porque, ah, si él o ella supiera cómo son las cosas entre nosotros, no sé qué impresión se llevaría.  Quizás, ¡se llevaría el más grande de los desengaños!  Y es que como bien dice el refrán: “Del dicho al hecho hay mucho trecho”.&lt;br /&gt;La ausencia de energía afectiva deja en nosotros un profundo vacío.  Este empieza a ser llenado muy pronto por una amargura que a su vez es estimulada por las condiciones negativas, generadas en nuestra realidad cotidiana por la ceguera.&lt;br /&gt;Lo que quiero decir en cuanto a ello es que a cada paso que damos nos encontramos con uno y mil obstáculos, y que al no contar con una energía afectiva que sirva para amortiguar el impacto de tales obstáculos, se produce en nosotros una profunda amargura.  Dicha amargura podría llegar a intoxicar el espíritu.&lt;br /&gt;No es casual que los ciegos nos estemos enfrentando entre nosotros mismos.  Lo hacemos, con una fuerza que debería ser utilizada para derrumbar el muro con el que la ceguera nos separa de los que ven, convirtiéndonos en algo así como prisioneros de un régimen totalitario.&lt;br /&gt;¡Cuántas cortinas y muros se han caído a lo largo de la historia!  Al respecto, estoy pensando en las murallas chinas, y entre otros en aquel muro de Berlín, que increíblemente hasta mediados de los años 80 del siglo pasado no se sospechaba que se pudiese caer, pero que ya no existe.&lt;br /&gt;Sin embargo, el muro construido por la ceguera hasta ahora permanece en pie.  ¿Por qué?  En parte se debe a nosotros mismos, a nuestros enfrentamientos.&lt;br /&gt;Las campañas de sensibilización, las charlitas, las conferencias ya sea a favor de la integración, o de la inclusión –lo mismo da Juana que Chana- no le han hecho ni el más mínimo rasguño al muro imperial que circunda al régimen dictatorial de la ceguera.  Aquel muro sigue igual que siempre, y permanece bien custodiado por todo un ejército de mitos, prejuicios y leyendas que trabajan sin desmayo, cual esvirros fieles a la ceguera, que muchas veces nosotros alimentamos mediante nuestras conductas.&lt;br /&gt;Ante cualquier intento por cruzar hacia el exterior, el mencionado ejército nos cierra las puertas.  “Alto”.  Los ciegos vivimos bajo un régimen plagado de contradicciones complejas, que nos obligan a vivir en este mundo, y al mismo tiempo alejados de él.&lt;br /&gt;Nosotros podríamos intentar suabizar la dureza del tipo de condiciones en las que nos toca vivir.  Deberíamos dejar de lado nuestras cuestiones individuales para trabajar por el bien común nuestro, pero es preciso reiterar que para eso necesitaríamos una urgente estimulación afectiva que contrarreste nuestras frustraciones y la amargura que nos asfixia.&lt;br /&gt;Si fuésemos gitanos, podríamos decir que entre nosotros no haría falta leernos las manos.  ¿Por qué?  Es que para nadie es un cecreto la de broncas, bronquitas, y broncasas que se arman en nuestro colectivo, ¡por mírame y no me toques!  “Dime a qué institución perteneces, y dependiendo de eso, te diré si puedes entrar a la mía”.  “¿y a quién representas tú?”.  “Ah, bueno, yo a los honestos, a los desentes, a los legales, a los que realmente representan a…..”.&lt;br /&gt;Cuando estamos entre los videntes, los cieguitos –así nos suelen llamar- los ciegos nos portamos como niños buenos, para ver si de ese modo nos aceptan, nos integran, nos dan la carta de ciudadanía.  Hacemos todo lo que está a nuestro alcance, para ver si así dejamos de ser exilados en este mundo visual.&lt;br /&gt;Cuando de otra parte los videntes cruzan el muro imperial, y en un tur curioso, emocional, visitan lo que yo llamaría el Baradero de la ceguera, es decir la parte tecnológica de nuestro mundo, nosotros nos esforzamos por dar lo mejor de cada uno.  Les mostramos cómo manejamos el Jaws, cómo enviamos correos electrónicos, cómo podemos leer este o aquel periódico, y hacemos que los turistas se vayan diciendo:  “Ay, ¡los cieguitos sí que son maravillosos!  Sobre ellos, ¡debería filmarse un Buena Vista Tiflo Club!”.&lt;br /&gt;Sin embargo, cuando estamos a solas, entre nosotros se desatan las luchas intestinas.  Los niños modositos, los cieguitos puros, buenos y hasta casi angelicales nos transformamos en sujetos que de pronto somos invadidos por una ira, una amargura interior de la que no logramos liberarnos.  ¡Qué tal transformación la nuestra!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nuestra escasez  de realidad:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hay algunos ciegos excepcionales que tienen la capacidad de tomar consciencia de su situación, y que pese a todas sus limitaciones, sienten un profundo deseo por informarse, por enterarse de todo lo más que puedan para así tratar de interiorizar la realidad.  Se encuentran con uno y mil obstáculos, debido a la falta de vista, pero cuentan con una suficiente energía afectiva que los empuja a seguir, a seguir, y a seguir sin desmayo.&lt;br /&gt;Sin embargo, en muchos de nosotros la amargura ahoga cualquier impulso sano por tratar de entrar en un contacto esencial con la realidad, más aún si ese contacto demanda esfuerzo.  Nos mantiene atascados en una curiosidad ociosa, morbosa y enfermiza, que nos insita a averiguar acerca de detalles, y cosas intrascendentes, que nos sirven de entretenimiento, porque nos permiten jugar con nuestras fantasías, haciendo una y mil historias de lo más alucinantes.&lt;br /&gt;Es por eso que padecemos de una escasez de realidad muy peculiar y agresiva.  Esta puede llevarnos a adoptar una actitud de  negación de ella, en una forma mentirosa y violenta.&lt;br /&gt;Nos aferramos a mitos y leyendas que, como creo ya haber dicho, muchas veces son alimentados por nosotros mismos.  Uno de esos mitos tiene que ver con nuestro gran, ¡con nuestro tremendo nivel cultural!&lt;br /&gt;En efecto, en la actualidad habemos un buen número de ciegos que hemos pasado por la universidad.  Nos hemos graduado, y luego de sustentar nuestras tesis, hemos recibido nuestros títulos, en medio de grandes felicitaciones, palmaditas en el hombro, besos, abrazos y frases, tales como aquella de: “Ah, realmente el esfuerzo de ustedes es digno de toda admiración”.&lt;br /&gt;¿Pero es que aquellos títulos le han puesto fin a nuestra escasez de realidad?&lt;br /&gt;No creamos que sí, por el hecho de tener grabados en el cerebro unos veinte poemas de Machado, de Lope Vega, De Bequer, para declamarlos en alguna reunión, y para que así la gente diga: “Ay, mira al cieguito, ¡cómo recita!”.&lt;br /&gt;Tampoco creamos que sí por habernos aprendido de memoria lo que sucedió el día que maría Antonieta fue guillotinada, y porque tenemos la habilidad de repetir textualmente, como loros, más de una de las proclamas hechas en la asamblea nacional de la Francia revolucionaria.&lt;br /&gt;Ante lo que son las cosas frente a nuestra escasez de realidad, me parece estar escuchando pretextos tales como el siguiente: “Ah, yo no veo, pero me sé todas las capitales del mundo, y por si eso fuese poco, te puedo decir qué hora es en Buenos Aires, en Toronto, en Tokio, Sin mirar el reloj”.&lt;br /&gt;Imaginemos al cieguito que trata de esconder su falta de realidad, a la hora de responder un cuestionario, uno de esos cuestionarios bien simples, que a lo mejor podrían aplicarse en alguna esquina, en algún paradero, o en alguno de esos puestos de comida callejera, mientras nos vamos saboreando un rico salchipapas.&lt;br /&gt;¿Qué sabes acerca de la situación de los ciegos en tu país?&lt;br /&gt;“Eh, bueno, en este momento…  No me acuerdo de las leyes que existen, como para sustentar el diagnóstico que pudiese darte, pero lo que sí tengo para contarte es algo de la vida de Hellen Keller”.&lt;br /&gt;¿Has tenido la ocasión de leer los materiales que se refieren a Los objetivos del Milenio?&lt;br /&gt;“No, porque la computadora se me colgó, en el momento que empezaba a leer la biografía del cantante de los Rolling Stones”.&lt;br /&gt;¿Podrías decir cuándo se inició el movimiento tiflológico en tu país?&lt;br /&gt;“No me acuerdo muy bien, pero sí te puedo decir que tengo muy presente aquel campeonato mundial de Football que se realizó en Méjico, en 1970.  El campeón fue Brasil, y hasta ahora recuerdo que Pelé fue el que anotó uno de los cuatro goles con los que le ganaron a Italia en la final.  En todo caso, te podría contar alguito sobre la historia de los ciegos españoles, y si quieres, te hago unas cinco citas, de memoria, de la obra de ese gran ciego llamado Homero”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nuestro decoratismo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nos encontramos ante la imperiosa necesidad de disfrazar nuestra falta de energía afectiva y aquella amargura, que tanto daño nos hace a nosotros como también a quienes nos rodean.  En la práctica, los ciegos somos como actores que andamos buscando  la mejor máscara posible para ponérnosla, y ver si aunque sea de ese modo se nos da algún papel; se nos integra, se nos incluye, o lo que sea, en el reparto social de la vida.&lt;br /&gt;Lógicamente, entre nosotros no faltan quienes están obsesionados, enfermizamente obsesionados, con la idea de decorarse lo más que puedan, para ver si de ese modo logran dar su gatazo ante la gente.  Tal es el caso de aquel sujeto que inspiró mi artículo al que irónicamente titulé:  El Súper Ciego.&lt;br /&gt;Podrá sonar irónico, pero los ciegos somos unos grandes decoradores.  ¿Y cómo se manifiesta nuestro decoratismo?  En un verbalismo que entre nosotros puede llegar a niveles increíbles.&lt;br /&gt;Ante la incapacidad de recurrir a los colores, hacemos un abuso sin límites del lenguage hablado.  Sufrimos de una tremenda verborrea.&lt;br /&gt;No nos preocupamos por el fondo de lo que decimos porque, por último, para nosotros no importa que lo que decimos no tenga fondo.  Lo que nos preocupa es la forma en que vamos a decir lo que decimos, y de ese modo, recargamos nuestras palabras.&lt;br /&gt;Tegemos fraces rebuscadas, y armamos oraciones lo más enrredadas que podamos, para según nosotros mismos quedar muy bien.  Por si acaso, no pueden faltar los adjetivos, y cuanto más exuberantes sean estos, mejor.&lt;br /&gt;Donde hay una exclamación, nos gustaría poner dos, y para expresarnos mejor aún, si fuese posible, colocaríamos tres.  ¡Una no es ninguna!&lt;br /&gt;Nos prodigamos en los detalles que nosotros creemos espectaculares, con el propósito de adornar nuestra oratoria lo más que podamos.  Si tenemos a nuestra mano la posibilidad de citar nombres extranjeros, si sabemos proverbios en Latín, frases en Francés o refranes en Italiano, no dudamos en llenarnos la boca con todo eso.  ¿Y para qué?  Para conseguir que el auditorio diga:  “Ay, pero qué cieguito para más preparado”.&lt;br /&gt;Al momento de empezar nuestra intervención frente a la gente, respiramos para sugerir que estamos pensando, y luego, ponemos toda una voz que según nosotros tiene un sonido señorial.  Entonces mis queridos amigos, y tal como les venía diciendo...”.&lt;br /&gt;Me gustaría ilustrar nuestro decoratismo, valiéndome de un modelo imaginario de perorata.  Desde ya, ofrezco las disculpas necesarias por los errores de sintaxis, y por cualquier salvajada que a continuación se pudiese percibir.  Lo que ocurre es que estas van adrede, como un homenaje a nuestros tiflotas.&lt;br /&gt;Escuchemos: “Estimados amigos y hermanos con discapacidad visual de la ceguera, que en esta noche nos hemos reunido juntos con lo cual celebramos pues el gran ¡gran nacimiento! de nuestra institución con gran felicidad.  Nos hemos reunido y tal parece pues en esta noche por tanto que hubiera salido el sol por debajo de las tinieblas, que alumbra el nombre victorioso, vibrante, progresista, reivindicativo, combativo, que por tanto se refleja el carácter auténtico, diáfano, que como la luz de las estrellas alumbra todas, pero todas las buenas intenciones de nuestros henchidos corazones con discapacidad”.&lt;br /&gt;Luego de ello, y dicho en buen mejicano como se lo escuché a mi amiga María Auxiliadora Durán, los ciegos nos preocupamos por decorar nuestro verbalismo lo suficiente, como para calentar el lonche, ¡pero nada más!  Creemos que haciendo aquello vamos a conquistar el mundo, ¿pero cuánto lonche hemos calentado?  ¿Y cuánto hemos conseguido con eso?  Simplemente, nada de nada.&lt;br /&gt;Sin embargo, nuestro decoratismo no termina en lo verbal.  Decoramos nuestras actitudes; decoramos nuestros supuestos modales, y estos últimos los exageramos frente a los videntes, poniéndoles un acento que por la falta de vista no es natural, ni espontáneo.&lt;br /&gt;Frente a los que ven, creemos que pasamos por educaditos y finos.  Sin embargo, en el terreno visual, la gente nos descubre por encima de la ropa, cuando por ejemplo nos empezamos a mecer sin control, cuando miramos hacia arriba, cuando nos metemos los dedos a los ojos o a las narices, y cuando hablamos sin dominar el volumen de nuestra voz.&lt;br /&gt;De otra parte, los profesionales, aquellos ciegos que tenemos el privilegio de haber sido educados, nos preocupamos por mencionar y lucir nuestros títulos cada vez que podemos.  No pueden dejar de llamarnos: doctor, licenciado –ha, ¡eso no puede ser!- y nos preocupa cómo le vamos a llamar a la asociación que también habría que fundar para decorar el ambiente por todo lo alto, recurriendo al mayor número de bombos y platillos, como para producir la más grande de todas las bullas que alguna vez se haya podido oír.  Lo del ideario institucional ya se verá, pero lo de la etiqueta, lo del nombre, no puede postergarse, y por el contrario debe ser singular, inconfundible, más llamativo de lo que podrían ser los nombres de otras instituciones.&lt;br /&gt;En nuestra mentalidad decoratista, si no hay una denominación espectacular no hay institución, y si en la institución el nombre, el rótulo, la etiqueta son motivo de debate, no es de extrañar que algunos se aparten, aduciendo que la denominación finalmente adoptada no llena las expectativas suyas, ni las de las bases, esas bases populares que, en el fondo, como tales, no son más que un elemento también decorativo de nuestros incoherentes discursos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Conclusión:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Frente a lo expuesto, sé que podría ser tomado por un tremendo pesimista, pero al respecto me gustaría decir lo siguiente:&lt;br /&gt;Yo no considero que los ciegos seamos un caso perdido y sin vuelta que darle.  Si voy al fondo de nuestra problemática, por crítica que esta sea, es porque deseo contribuir a remover nuestras conciencias.  ¿Y por qué?  Porque, aunque parezca lo contrario, tengo la esperanza que puedan darse formas y medios que nos permitan ayudarnos a enfrentar la situación en la que nos encontramos.&lt;br /&gt;Estamos frente a un gran desafío: unirnos para luchar contra la ceguera.  Sin embargo, para ello hay un requisito fundamental, y es que si no somos capaces de ser protagonistas de nuestra propia emancipación, nada hará que las cosas cambien por nosotros.&lt;br /&gt;No sé si antes he planteado la siguiente pregunta:&lt;br /&gt;¿Qué estamos esperando para reaccionar en forma civilizada?&lt;br /&gt;Trabajemos por estimular en nosotros una energía afectiva que permita transformar nuestro interior.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lic. Luis R. Hernández Patiño&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/988950490781206605-819571510304349344?l=enfoque21.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://enfoque21.blogspot.com/feeds/819571510304349344/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=988950490781206605&amp;postID=819571510304349344' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/819571510304349344'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/819571510304349344'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://enfoque21.blogspot.com/2009/03/ceguera-y-afectividad.html' title='Ceguera y Afectividad'/><author><name>Luis Hernandez Patiño</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14367307307930688700</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-988950490781206605.post-9076892591271575982</id><published>2009-03-22T15:14:00.000-07:00</published><updated>2009-03-22T15:15:35.736-07:00</updated><title type='text'>Más Anécdotas de Carmelo</title><content type='html'>Sin saber por qué, Carmelo fue invadido por una profunda pena al escuchar la confeción de Carlota.  Podría haber tomado la cosa en una forma más tranquila pero no, y entonces se preguntó si no habría un sentimiento de tipo resíproco entre los dos,  si aquella pena sería como la que tal vez Carlota pudiera sentir por él, al verlo ciego.&lt;br /&gt;Las palabras de su amiga, dichas en una voz muy baja, pausada, eran como la expresión de un lacerante grito de angustiosa necesidad de ser escuchada, de no estar sola, de no seguir siendo incomprendida.  Era, de una u otra forma, una necesidad muy parecida a la de Carmelo.&lt;br /&gt;Carlota lo miró intensamente, como queriendo llegar hasta el fondo de su alma.  Lo miró con unos ojos llenos de lágrimas, que empezaban a rodar por sus megíllas, pero que Carmelo jamás percibiría, a menos que las fuese a tocar.&lt;br /&gt;Huvo un silencio muy profundo.  Parecía que en esos momentos los dos amigos hubieran perdido la facultad de hablar, pero Carlota se encargó de ponerle fin a aquel silencio preguntando:&lt;br /&gt;--¿Y ahora qué sientes tú por mí, al oírme hablar de esto?&lt;br /&gt;Carmelo tomó otro sorbo más de cerveza, y luego de poner el vaso sobre la mesa le respondió:&lt;br /&gt;--Primero que todo, siento que soy tu amigo, que puedes contarme lo que creas que debes contarme.&lt;br /&gt;Carlota insistió en preguntar:&lt;br /&gt;--¿Y no te daré asco?&lt;br /&gt;Pero, ante esa interrogante, Carmelo respondió:&lt;br /&gt;--Simplemente, no quiero volverte a oír eso.  ¿Cómo se te ocurre que voy a sentir asco por alguien que para mí es tan especial?&lt;br /&gt;Carmelo sintió que las manos de Carlota buscaban las suyas.  Se las tomó suavemente, y mientras se las acariciaba le dijo con la voz quebrada:&lt;br /&gt;--Yo sabía que me ibas a comprender –  Gracias, porque a tu lado siento que podría seguirme desahogando.&lt;br /&gt;Carmelo la escuchó y le dijo:&lt;br /&gt;--Ah, cuando quieras.  Para ti, soy todo oídos.&lt;br /&gt;La radio del restaurante continuaba sonando.  La música que en esos instantes se escuchaba era de lo más romántica, y le daba al ambiente un toque especial.&lt;br /&gt;Carlota encendió un cigarrillo más, y le ofreció otro a Carmelo:&lt;br /&gt;--¿Quieres uno tú?&lt;br /&gt;--Bueno, gracias.&lt;br /&gt;Pero, cuando buscó en su cartera se dio con la sorpresa que ya no le quedaba ni un solo pucho, así que hizo una seña, y uno de los mozos del restaurante se acercó:&lt;br /&gt;--Diga usted, señorita.&lt;br /&gt;--Ay, un paquete de cigarrillos, y también dos heladas más, ¡que estén como las anteriores!&lt;br /&gt;--Correcto –dijo el mozo, y se retiró.&lt;br /&gt;Los dos se quedaron en silencio, y Carmelo pudo escuchar cómo en el mostrador un mozo destapaba las botellas que le habían pedido, diciendo:  “¡Ah, estas sí están bien al polo!”.&lt;br /&gt;Carlota suspiró, y se rascó la cabeza una vez más, mientras exclamaba:&lt;br /&gt;--¡Gracias por ayudarme a desahogarme!&lt;br /&gt;El pedido llegó, pero Carmelo se dio cuenta de ello cuando sintió el ruido que el mozo hizo, al poner las botellas sobre la mesa, diciendo:&lt;br /&gt;--Listo, y ahí también están los cigarrillos.&lt;br /&gt;--Ya, gracias –Carlota le respondió, mientras guardaba el dinero que le habían dado de vuelto en su cartera.&lt;br /&gt;Alguien se acercó a la radio del restaurante, y fue cambiando el dial, hasta que encontró una emisora que transmitía música en Inglés.  Estaban tocando aquella canción de los Carpenters Close to you, y Carmelo se puso a tararear un pedacito de la primera estrofa.&lt;br /&gt;Hizo una breve pausa, y retomando la conversación, se dirigió a Carlota:&lt;br /&gt;--¿Me permites una pregunta?&lt;br /&gt;--Sí, todas las que quieras –respondió ella, luego de dar una bocanada de humo.&lt;br /&gt;--¿Qué te va a decir tu mamá cuando vuelvas a tu casa, por llegar tan tarde?&lt;br /&gt;Carlota respiró hondo, y dijo:&lt;br /&gt;--Nada.  Nada, porque a mi madre no le importo.  Has de cuenta que para ella yo no existo.&lt;br /&gt;Carmelo le preguntó:&lt;br /&gt;--¿No te quiere?&lt;br /&gt;Y la respuesta de Carlota sonó enfática, contundente, desgarradora:&lt;br /&gt;--No, no, no me quiere, pero eso no es todo.  Se avergüenza de mí, de haber parido alguien...&lt;br /&gt;En ese momento, un pequeño se acercó a la mesa, y dirigiéndose a Carmelo le ofreció:&lt;br /&gt;--Señor, aquí le traigo flores para que le regale a su amiga.&lt;br /&gt;--No gracias –le dijo Carmelo.&lt;br /&gt;El niño se fue a otra mesa, y Carlota retomó el tema, preguntando con un tono de voz lleno de inquietud:&lt;br /&gt;--¿Te acuerdas del primer día que llegué al colegio?&lt;br /&gt;Carmelo le respondió:&lt;br /&gt;--Por supuesto.&lt;br /&gt;Los amigos la miraban, y le iban dando todos los detalles que podían acerca de ella.  Carmelo los escuchaba, y por supuesto que les hacía una y mil preguntas.&lt;br /&gt;Carlota continuó diciendo:&lt;br /&gt;--Tus amigos me empezaron a estudiar de pies a cabeza.  Me observaban, y te decían que esto, que lo otro, ¿no es cierto?&lt;br /&gt;--Sí –Carmelo le respondió-.  Siempre les pregunto acerca de cómo es tal o cual chica, ¡y más aún si se trata de alguien nueva!&lt;br /&gt;--¿Y en mi caso qué te decían? –Carlota le interrogó-.  Cuéntame, cuéntame.  Ahora soy yo quien te lo pide.  Necesito que me lo cuentes.&lt;br /&gt;Los vasos estaban vacíos, así que Carlota sirvió más cerveza,.  Carmelo dio un nuevo sorbo, y a insistencia de ella le empezó a contar:&lt;br /&gt;--Bueno, me hablaron de tu color de piel.  Me dijeron que no eras ninguna rubia.&lt;br /&gt;--Ah, es que soy bien morena, casi negra –comentó Carlota.&lt;br /&gt;Carmelo le respondió:&lt;br /&gt;--Yo no te siento voz de negra.  Tienes un timbre, un color de voz que a mí me gusta.&lt;br /&gt;Carlota lo escuchó, y luego de darle una pitada a su cigarrillo, le volvió a preguntar:&lt;br /&gt;--¿Y no te comentaron nada de mi cara, de mis facciones?&lt;br /&gt;Se volvió a llevar el cigarrillo a la boca, y, luego de fumar, continuó:&lt;br /&gt;--Quizás, te dijeron que yo no luzco muy femenina, y no te engañaron, porque ya tú sabes.&lt;br /&gt;--Sí, claro –se limitó a decir Carmelo.&lt;br /&gt;Carlota no esperó que él termine de hablar, y le siguió diciendo:&lt;br /&gt;--Pero lo que no te hubieran podido explicar es el drama que llevo en mi interior.&lt;br /&gt;Hablaba con la voz casi quebrada, y repitió una vez más:&lt;br /&gt;--No te imaginas cuánto sufro.&lt;br /&gt;--No, pero me gustaría saberlo –dijo Carmelo.&lt;br /&gt;El restaurante fue invadido por el ruido que hacía un tremendo grupo de chicas y chicos, quizás de nuestra misma edad.  Entraron y pidieron: “Hey, flaco: somos unos ocho o nueve, así que ponte las chelas más heladas que existan, y prepárate unos anticuchos con el ají más maldito que tengas, para que pique de veras”.&lt;br /&gt;Carmelo dijo entonces:&lt;br /&gt;--Uy, aquí no podemos seguir charlando; vámonos a otra parte donde no haya tanta bulla.&lt;br /&gt;Carlota preguntó:&lt;br /&gt;--¿Quisieras seguirme oyendo?  ¿No te aburren mis cosas?&lt;br /&gt;--No digas eso –le respondió Carmelo en forma enfática-.  Alguien como tú no puede aburrirme, y además, comprendo que tú necesitas hablar de tu sufrimiento.&lt;br /&gt;Pagaron la cuenta, y salieron de aquel lugar.  La bulla que hacían los jóvenes se fue quedando atrás, y conforme iban caminando, la voz de Carlota se fue adueñando de la noche.&lt;br /&gt;Eran más o menos las once y media, y a esa hora ya no había ómnibus que los lleve desde Chorrillos hasta Miraflores.  Las calles casi bacías se convertían en mudos testigos de sus pasos y de su conversación.&lt;br /&gt;A paso lento, llegaron al parque principal del distrito de Barranco.  Allí había una que otra pareja, algún pintor que ofrecía sus cuadros, y alguien que declamaba a viva voz sus propios poemas a quienes lo quisieran escuchar, a cambio de unas cuantas monedas.&lt;br /&gt;La noche se presentaba acogedora.  Ya no faltaba mucho para que llegue el verano, y en el ambiente flotaba una brisa deliciosa.&lt;br /&gt;Iban a tomar asiento en una de las bancas del parque, pero los dos tenían un gran problema.  Querían ir al baño, así que se dirigieron a uno de los bares que hay por allí.&lt;br /&gt;El bar estaba casi vacío.  Habría unas tres mesas con clientes que estaban tomando cerveza.&lt;br /&gt;Carmelo entró al baño de varones, y como no aguantaba las ganas de orinar apuntó a donde sea.  Terminó mojando un tacho de basura, y también humedeció sus propios pantalones.&lt;br /&gt;Carlota no tuvo ningún problema.  Salió del baño tan pronto como pudo, y los dos volvieron al parque.&lt;br /&gt;No había bulla que los interrumpa.  En todo caso el barullo que percibían era muy breve.&lt;br /&gt;El declamador ambulante se les acercó, diciendo:&lt;br /&gt;--A ver, a ver, un pequeño poema para tan linda pareja.&lt;br /&gt;Lo escucharon, y cuando el pobre terminó de recitar un mamotreto que no tenía ni pies ni cabeza, le dieron algo de propina.  Lógicamente, para él todo trigo era limosna, sin que importe la cantidad, así que les dio las una y mil gracias.&lt;br /&gt;Con las monedas en la mano, se retiró, y cuando ya estuvieron solos, Carlota comentó:&lt;br /&gt;--Dirás que estás aquí por mi culpa, por haberte pedido que me ayudes a desahogarme.&lt;br /&gt;--No -Carmelo le respondió-.  Pues fui yo quien decidió escucharte, así que la culpa en todo caso es mutua y yo la celebro.&lt;br /&gt;Carlota se quedó callada por un instante, y luego dijo:&lt;br /&gt;--Sabes una cosa, cómo me gustaría que este encuentro no se termine nunca, o que por lo menos, se vuelva a repetir.&lt;br /&gt;Carmelo le respondió:&lt;br /&gt;--Ah, de ti depende.  Quiero que sientas la capacidad de contarme lo tuyo desde el principio.&lt;br /&gt;El tiempo dio la impresión de haberse detenido para volver a tras, y Carlota regresó al laberinto existencial en el que se encontró cuando tenía doce años.  Por esa época, vivía en Lince.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/988950490781206605-9076892591271575982?l=enfoque21.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://enfoque21.blogspot.com/feeds/9076892591271575982/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=988950490781206605&amp;postID=9076892591271575982' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/9076892591271575982'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/9076892591271575982'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://enfoque21.blogspot.com/2009/03/mas-anecdotas-de-carmelo.html' title='Más Anécdotas de Carmelo'/><author><name>Luis Hernandez Patiño</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14367307307930688700</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-988950490781206605.post-7581044347503345371</id><published>2009-03-14T10:47:00.000-07:00</published><updated>2009-03-14T10:54:35.353-07:00</updated><title type='text'>Las Anécdotas de Carmelo</title><content type='html'>Las Anécdotas de Carmelo&lt;br /&gt;1.&lt;br /&gt;Aunque Carmelo intentó incorporarla a su grupo de amigos, no logró su cometido porque Carlota prefería pasarse el tiempo leyendo, o haciendo apuntes que mantenía en reserva.  Los conservaba en un cuaderno que ella siempre llevaba consigo, y ni el mismo Carmelo sabía de qué se trataba.  Cuando en una ocasión él le preguntó qué había en esas páginas, Carlota se limitó a responderle: “Ya te las voy a leer” y no le dijo nada más.&lt;br /&gt;Antonio, uno de los chicos, le decía a Carmelo en una oportunidad mientras conversaban:&lt;br /&gt;--Oye, tu amiga es media rara.&lt;br /&gt;Sorprendido, Carmelo le preguntó:&lt;br /&gt;--¿A qué te refieres?&lt;br /&gt;Pero, en esos momentos Carlota entró al salón, y Antonio  tuvo que darle un pequeño codazo a Carmelo, como si le hiciera una seña para decirle en voz baja: “Después hablamos”.&lt;br /&gt;Carlota saludó a los dos amigos –lo hizo con una voz que a Carmelo le sonó algo triste- y fue a sentarse para retomar la lectura de un libro que había estado ojeando el día anterior por la tarde.  Era un tomo grueso que al parecer contenía largas historias de ciencia ficción.&lt;br /&gt;Aquella mañana del trece de julio de 1976 corría un viento muy frío, y no daba ganas de salir al recreo, pese a que en la clase no había mucho por hacer, pues ya era el último año de estudios.  Pero, esa misma tarde el sol empezó a brillar, y como el ambiente estuvo algo caluroso, Carlota y Carmelo decidieron volver a salir después del colegio.&lt;br /&gt;Comenzaron a caminar, y luego de dar incontables vueltas alrededor de la manzana del colegio, entraron en la bodega de un chico llamado César.&lt;br /&gt;--Hola, ¿qué los trae por aquí?&lt;br /&gt;--Ah, queremos tomar una bebida –respondieron los dos, casi a coro.&lt;br /&gt;César les dio la botella con dos vasos para que se sirvan, y mientras tomaban de pie, al lado del mostrador, los dos amigos seguían conversando de diversos temas, como el de la política que tanto entusiasmaba a Carlota.  Le encantaba hacer análisis sobre la realidad, y podía pasarse un buen número de horas, comentando sobre los cambios sociales que se daban en esos años 70.&lt;br /&gt;Cuando terminaron de consumir aquella bebida ya eran como las cinco y media de la tarde, así que Carlota y Carmelo se despidieron de César:&lt;br /&gt;--Gracias Cesitar.  Ya en cualquier momento regresamos.&lt;br /&gt;--Chau, chicos.  Vuelvan por aquí, para seguir conversando.&lt;br /&gt;César despachaba en la bodega de su padre como una forma de castigo, porque no había querido finalizar sus estudios en el colegio.  Su papá, Don César, le había dicho: “Si no vas a estudiar, me trabajas a tiempo completo”.&lt;br /&gt;Carmelo se ponía a conversarle cuando iba a comprar cigarrillos, y César siempre tenía algún tema entretenido, porque se conocía las historias de varios de los chicos del barrio.  Se las escuchaba cuando estos faltaban a sus colegios y se iban a pasar la mañana en su bodega.&lt;br /&gt;Además de atender a sus clientes que le pedían desde una aguja e hilo para cocer, un cuarto de aceite, medio kilo de tomates, azúcar, arroz, galletas, fósforos, cigarrillos, alguna bebida, César también hacía de consejero en asuntos del corazón.  En más de una vez fue paño de lágrimas de alguna chica, que le contaba sus cuitas y llorando le decía: “Ay, qué mal me siento, Cesitar”.&lt;br /&gt;Carlota y Carmelo reiniciaron su camino por la Calle Arica, cruzando la Avenida Angamos, y siguieron en línea recta, atravesando la Calle Piura, así como Enrique Palacios hasta llegar a la Avenida José Pardo de aquel viejo distrito de Miraflores.  Luego de cruzar Pardo, siguieron por la Calle Bolognesi, que es la prolongación de Arica, hasta encontrarse con el malecón.&lt;br /&gt;En medio de una amena conversación, pasaron por el Parque Salazar de aquellos años, y continuaron por el Puente de Armendáriz, dejando atrás a Miraflores, para internarse en Barranco, aquel lugar de ensueño donde está el Puente de Los Suspiros que alguna vez inspiró a Chabuca Granda.&lt;br /&gt;La hora también fue avanzando, y al igual que ellos, se fue embriagando del toque mágico de la atmósfera romántica que envolvía sus pasos, mientras caminaban por la Calle Pedro de Osma, que estaba adornada por una infinidad de árboles   Ya serían algo así como las siete y treinta de la noche, y pensar que el paseo recién empezaba.&lt;br /&gt;Sin darse cuenta, llegaron hasta el distrito playero de Chorrillos, que está hacia el sur de Lima.  Los esperaba una brisa marina muy rica, que refrescaba las ganas que los dos tenían de seguir hablando, y vaya que si no habría tema para rato.&lt;br /&gt;Carmelo andaba buscando la ocasión más adecuada para preguntarle a su amiga, qué era eso que ella andaba escribiendo en el cuaderno que siempre llevaba consigo.  ¿Qué te imaginabas, Carmelito?  ¿Qué te incitaban a pensar tus fantasías?  ¿Te habías puesto a soñar con Carlota?&lt;br /&gt;Por su parte, ella sentía la necesidad de hablarle de algo que desde hacía tiempo venía dándole vueltas en la cabeza.  Sentía que debía decírselo de una buena vez para tratar de estar tranquila.  ¿Estabas segura que Carmelo te iba a escuchar, Carlota?  ¿No te estabas exponiendo demasiado a la posibilidad que él se porte en forma indiferente contigo?&lt;br /&gt;Decidieron sentarse en un pequeño restaurancito para tomarse un vaso de jugo, pero Carlota dijo:&lt;br /&gt;--Ay, es que no sé si tú me acusarías en el colegio si te cuento algo.&lt;br /&gt;--Qué, ¿estás promoviendo algún levantamiento juvenil en contra de la dictadura militar que nos agobia? –le preguntó Carmelo, con cierta ironía.&lt;br /&gt;--No, nada de eso –Carlota le respondió.&lt;br /&gt;Carmelo escuchó que su amiga se rascó la cabeza, y luego de hacer una pausa le dijo:&lt;br /&gt;--Entonces, ¡cuéntame!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;2&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le podrían haber puesto algún nombre en español.  De ese modo, hubiese sonado más a su tipo, a los rasgos mestizos de su piel.&lt;br /&gt;Su padre era de la parte norte de la costa –había nacido en el departamento de Tumbes- y su madre era del departamento de Puno que está en la cierra sur del Perú, haciendo frontera con Bolivia.  Se habían conocido en Lima, y mientras trabajaban –él como vendedor de artefactos eléctricos y ella como vendedora de comida callejera- decidieron juntarse.&lt;br /&gt;Quizás tendría que haberse llamado Juan, pero le pusieron John, como si fuese un gringo.  No pocos niños de su generación tenían nombres extranjerizantes, pero la explicación que él daba en cuanto a su caso personal era que su papá era más que admirador de Lennon, y que por eso lo había inscrito con ese nombre cuando fue a los registros públicos.&lt;br /&gt;--¿Está seguro que su hijo se va a llamar así, señor? –preguntó el funcionario.&lt;br /&gt;--Sí, póngale John Liverpool Ponce Mamani.&lt;br /&gt;Pero, aquello del nombre podía pasar por alto.  Los problemas de John eran de otro tipo, y lo ponían en condiciones mucho más serias, que a veces lo llevaban al aislamiento.&lt;br /&gt;Salió de su casa aquella tarde, con el firme propósito de ir a visitar a Carlota.  Había estado pensando en ella toda la semana, y hasta le había compuesto unos tres poemas que deseaba podérselos declamar.&lt;br /&gt;John vivía en el Jirón Trujillo del populoso y a la vez tradicional distrito del Rimac, y Carlota en la Calle Garzón Jesús María.  Por tanto, él debía tomar dos ómnibus para dirigirse hacia donde suponía que en esos momentos estaba la musa de sus poemas.&lt;br /&gt;Empezó a caminar lento, mirando hacia todas partes.  En la esquina de su casa había una tienda donde se vendía cerveza, y dos hombres, que ya estaban más que borrachos por todo lo que habían bebido, le pasaron la voz:&lt;br /&gt;--Oye, hermano, ¿no tendrás alguito en el bolsillo como para hacer un salud con nosotros?&lt;br /&gt;John no les respondió, y en cambio, aceleró el paso.  Los borrachos estaban en una situación tal que no lo hubiesen podido alcanzar, y al ver que se les iba, se limitaron a insultarlo.&lt;br /&gt;En su barrio lo llamaban Darwin, por el tipo de cara que tenía.  Se parecía a la de un mono que no había terminado de evolucionar, y que si hablaba, lo hacía de puro milagro porque a veces ni se le entendía.&lt;br /&gt;Los borrachos le siguieron gritando: “Así que no quieres chupar con nosotros, ¿ah Darwin?” pero él los ignoró, y siguió su camino.  Eran como las tres y media de la tarde, y no había mucha gente por el barrio.&lt;br /&gt;Cruzó el puente del río que también se identifica con el vocablo quechua de Rimac, y que pasa por el costado del palacio de gobierno.  El arrullo de las aguas de aquel río borró de su mente el eco de las voces de quienes lo habían estado insultando, y le permitió seguir tranquilo, imaginando que Carlota vibraría de emoción con sus pequeños poemas.&lt;br /&gt;Se había puesto unos pantalones de boca ancha de color celeste, y como le quedaban un poco cortos, se le podía ver unas medias rojas que tenían puntos azules, verdes, rosados, etc.  Sus zapatos eran de charol y su camisa multicolores.&lt;br /&gt;Una vez cruzado el puente, bajó por unas escaleras hacia una especie de sótano.  Allí estaba el paradero inicial de la línea 1 que llegaba hasta Chorrillos, conocida también como la línea Tacna Trípoli, y se puso a esperar el ómnibus.&lt;br /&gt;Algunas veces hablaba solo, o se ponía a cantar en voz baja si había gente alrededor.  Los demás volteaban a mirarlo, porque además, cuando cantaba o hablaba se ponía a dar brinquitos.&lt;br /&gt;Mientras el ómnibus venía, se puso a repasar los poemas que le había dedicado a Carlota.  En esos instantes no había nadie en el sótano, así que se puso a declamar en voz bien alta, como para escuchar su propio eco, pero cosa rara en él, se había olvidado de algunas estrofas.&lt;br /&gt;Tenía una memoria prodigiosa.  Su capacidad de retención era algo fuera de lo normal, y tal vez mostraba ciertos indicios patológicos.&lt;br /&gt;Al ver que el ómnibus ya venía, se tranquilizó diciéndose: “Felizmente he traído escritos los poemas de aquella musa que el sueño me quita”.&lt;br /&gt;El vehículo se detuvo, y el chofer apagó el motor por unos minutos.  La gente empezó a llegar, y poco a poco fue subiendo, al tiempo que el mismo chofer decía:”Por favor, señores, paguen con sencillo”.&lt;br /&gt;John tomó asiento, y luego de unos cinco minutos, el motor del ómnibus se volvió a encender.  Ya había subido una buena cantidad de gente, sobre todo de escolares, que a esa hora –las cuatro y cuarenta y cinco minutos de la tarde- regresaban a sus casas cansados y con hambre.&lt;br /&gt;El tráfico estaba algo cargado en la Avenida Tacna.  El ómnibus iba a paso de tortuga, o quizás más lento aún, y no se hicieron esperar los comentarios de los pasajeros y una que otra protesta:  “Ay, qué barbaridad.  Vamos por otra ruta.  Apúrese, ¡que quiero ir al baño!”.&lt;br /&gt;John aprovechó la ocasión para meterle letra al señor que estaba sentado a su lado.  Con frases de lo más rebuscadas, le dijo:&lt;br /&gt;--Permítame usted, distinguido caballero, que con todo respeto le formule una interrogante de tipo reflexivo.&lt;br /&gt;--Diga usted, joven.&lt;br /&gt;La gente volteó a mirar a John, pero no por su forma de hablar sino por la cantidad de tics nerviosos que tenía.  Sus ojos, su nariz, y tal vez hasta sus orejas, parecían estar ejecutando un concierto de muecas que no tenía cuando parar.&lt;br /&gt;John hizo una pausa, y dirigiéndose al señor de su lado, le preguntó:&lt;br /&gt;--¿Diría usted que los problemas con el tráfico empezaron, cuando las mujeres decidieron ponerse a manejar?&lt;br /&gt;El señor, que hasta ese instante había pasado desapercibido, respondió casi gritando de la emoción:&lt;br /&gt;--Efectivamente, joven.  Usted debe ser muy inteligente, porque con su pregunta ha dado indudablemente en la punta del clavo.  Las mujeres deberían estar prohibidas de conducir, porque hasta manejando bicicleta son un peligro.&lt;br /&gt;Esa sola afirmación generó una tremenda discusión en el ómnibus: “¡Ay qué lisura!  ¿Qué se ha creído usted, oiga?  ¿Y qué no podríamos decir nosotras de algunos hombres que manejan como bestias?  Ah, seguro que tú eres uno de ellos, así que arráncate para tu casa nomás, viejito”.&lt;br /&gt;John empezó a dar pequeños saltitos de emoción sobre su asiento, al ver que había sido capaz de promover todo un tema.  Sus manos empezaron a sudarle, y no pudo evitar ser víctima de un ataque de risa nerviosa, que por ser tan rara atrajo la atención de los que venían discutiendo.&lt;br /&gt;Quienes lo conocían, y sobre todo quienes le tenían confianza como en el caso de Carlota, le solían decir que aprenda a controlar sus reacciones.  Sin embargo, John no le daba oídos a los consejos de sus amigos.&lt;br /&gt;Miró por la ventana, y se dio cuenta que el ómnibus recién iba a cruzar la Avenida Uruguay.  Ya había dejado atrás la Avenida Tacna, pero todavía no había salido del centro de Lima.&lt;br /&gt;Para colmo de males había un carro malogrado en el medio de la pista, y eso hacía más lento aún al tráfico.  El que manejaba aquel carro era un hombre, y ello motivó más de un comentario en las mujeres que iban como pasajeras en el ómnibus: “¿Y ahora, qué nos dices de esto tú que tanto nos criticas, ah, viejito?”.&lt;br /&gt;John bostezó, y poco a poco fue siendo invadido por un sueño que terminó por apoderarse de él.  El ómnibus continuó su marcha y aunque lentamente, ya había dejado al centro de la ciudad bien lejos, luego de seguir por la Avenida Wilson, para cruzar la 28 de Julio y entrar a la Avenida Arequipa.&lt;br /&gt;Todos los pasajeros tenían que hacer con los ronquidos de John.  Desde la parte posterior del ómnibus, un chiquillo gritó: “Hasta aquí se escucha cómo rebuzna ese burro” y las risas no se hicieron esperar.&lt;br /&gt;Cuando John se despertó miró nuevamente por la ventana, y descubrió que por haber estado roncando se había pasado largamente.  Estaba en el paradero final de la línea de ómnibus en Chorrillos, cuando él tenía que haberse bajado en la cuadra diez de Arequipa, en la intersección con Cuba.&lt;br /&gt;La hora avanzaba, y el sol empezaba ya a guardarse, al igual que los niños.  La noche estaba casi lista para entrar en escena y cumplir su papel de cómplice de los mayores.&lt;br /&gt;Como no le quedó otra, John empezó a regresar a pie, porque no tenía mucho dinero.  La gente volteaba, sorprendida por los colorinches de su vestimenta, y no faltó quien le gritó desde un automóvil: “Oye, ¡porqué caminas como escaldado?  Te pareces a una vieja con almorranas”.&lt;br /&gt;Hay seres que parecen haber venido a este mundo con la misión de ser el blanco de todo aquel que quiera fastidiarlos, o tomarlos de punto, y John daba la sensación de ser uno de ellos.  Había que ver cómo lo batían en el salón de clase.  Le ponían un chicle en el asiento, y cuando él se paraba para ir a la pizarra los demás le decían: “Darwin, te ha salido una cola por atrás”.&lt;br /&gt;Divisó un pequeño restaurante, y decidió entrar.  Sin embargo, se llevó la sorpresa de su vida, cuando observó que su amiga Carlota, la que supuestamente iba a esperarlo en su casa, estaba conversando con Carmelo en una de las mesas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;3&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Carlota jamás hubiera sospechado que John se iba a aparecer, y que a lo mejor se le iba a acercar para intentar hablarle, para declamarle alguno de sus poemas.  Creía que la estaba esperando en la puerta de su casa tal como habían quedado, y eso le daba la tranquilidad de sentir que se había liberado de él.&lt;br /&gt;Tan pronto como lo descubrió, parado en la puerta del restaurante, le dirigió una mirada fulminante.  Cómo sería aquella mirada, que el pobre John no tuvo otra que darse la vuelta y desaparecer del mapa.&lt;br /&gt;En esos instantes no había mucha gente en el lugar.  Quienes allí estaban hablaban bajito, y podía oírse el ruido de la licuadora con la que se hacía los jugos de diferentes tipos de fruta.&lt;br /&gt;Carmelo estaba como en otro mundo, jugando con sus fantasías.  No tenía ni la menor idea acerca de lo que ocurría a su alrededor, y sin sospechar por qué Carlota se había quedado en silencio, decidió retomar la conversación que venían sosteniendo, diciéndole:&lt;br /&gt;--Bueno, soy todo oído, así que cuéntame lo que me tengas que contar.&lt;br /&gt;Luego de unos segundos, con una voz algo nerviosa, Carlota le empezó a hablar:&lt;br /&gt;--Es que, en vez de un jugo me provocaría tomarme una cerveza.&lt;br /&gt;Carmelo respondió:&lt;br /&gt;--Ah, pues que sean dos, ¡Y espero que tú tampoco me acuses!&lt;br /&gt;--Ay, ¡pero cómo se te ocurre, amigo!&lt;br /&gt;Las mesas del restaurante eran de una madera rústica, y las sillas no resultaban tan cómodas que digamos.  Eran duras, y sus patas andaban medio tembleques, pero el ambiente resultaba simpático.&lt;br /&gt;--Ay, no vaya a haber un clavo en el asiento –dijo Carlota.&lt;br /&gt;Los dos amigos se rieron, y uno de los mozos que escuchó el comentario se aproximó, diciendo:&lt;br /&gt;--No, señorita.  No hay ningún clavo, así que siéntese nomás.&lt;br /&gt;Carlota se puso a toser de la risa, y Carmelo le preguntó:&lt;br /&gt;--¿Tú conocías este lugarcito?  ¿Y ya te has hincado al sentarte?&lt;br /&gt;--Sí conocía este sitio, y nunca me he hincado al sentarme.  Me encanta venir, pero no siempre tengo con quién hacerlo.&lt;br /&gt;--Ah, si quieres otro día podemos regresar –Carmelo comentó, y Carlota exclamó:&lt;br /&gt;--Ay, ¡claro que sí!&lt;br /&gt;Sobre la mesa estaba aquel cuaderno que siempre llevaba.  También había un lapicero, por si le provocaba anotar algo que pudiese llamar su atención o que se le pudiera ocurrir, mientras conversaba con su amigo.&lt;br /&gt;Se puso a repasar sus páginas, y ubicó algún acróstico, algún refrán que no le dijeron mucho, así que los pasó de largo.  Sin embargo, en una de aquellas hojas encontró el poema que hacía años le había compuesto a una tía, y se sintió como atrapada, sin poder desenredarse fácilmente de lo que había en sus líneas.&lt;br /&gt;Uno de los mozos se acercó para preguntar:&lt;br /&gt;--¿Qué desean para tomar?&lt;br /&gt;Carlota tomó la iniciativa, y pidió:&lt;br /&gt;--Dos cervecitas, o sea dos chelas, bien heladitas, que parezcan traídas del polo norte.&lt;br /&gt;--Correcto –dijo el mozo, y se retiró.&lt;br /&gt;El calor de esa tarde estaba algo bastante fuerte, y la verdad era que en esos momentos aquellas chelitas iban a caer muy bien.  Felizmente, no se tardaron más de dos minutos en llegar a la mesa, y al toque, Carlota sirvió los dos vasos.&lt;br /&gt;Dio el primer sorbo, y dijo:&lt;br /&gt;--Uhmm, qué rico.  Salud, pues.&lt;br /&gt;--Sí, salud –respondió Carmelo-.  Alguito así hacía falta, ¿no?  Salud, amiga.  Brindemos por este encuentro.&lt;br /&gt;El cuaderno seguía abierto, en la misma página donde estaba aquel poema, y Carlota decidió mirar hacia el mar que en esos momentos se preparaba para refrescar al sol.  Eran las siete de la noche, y el astro rey estaba rojo de las ganas que sentía por ocultarse, sumergiéndose en las aguas del océano.&lt;br /&gt;Los dos chocaron sus vasos para brindar una vez más, y Carmelo sintió que Carlota empezaba a buscar algo en su cartera.  No había traído su encendedor para prender el cigarrillo que tenía en la boca, así que le hizo una seña al mozo:&lt;br /&gt;--Sí, señorita, diga usted, ¿qué desea?&lt;br /&gt;El mozo se acercó a la mesa.&lt;br /&gt;--Una caja de fósforos, por favor –Carlota le pidió.&lt;br /&gt;Aprovechó para pedir también unos anticuchos con bastante ají, para picar mientras conversaban, y en medio de las bromas que se venían haciendo Carmelo dijo:&lt;br /&gt;--Si me pido otra chela más tú no me acusas, ¿no?&lt;br /&gt;Carlota sonrió y le respondió:&lt;br /&gt;--Ah, ¡te acuso si no pides otra para mí también!&lt;br /&gt;Al día siguiente había una reunión bien temprano en el colegio, pero los dos amigos estaban lo suficientemente entretenidos como para despedirse así porque sí.  Mañana sería otro día, y no había por qué darle más importancia de la que en esos instantes tenía.&lt;br /&gt;--Mañana hay que estar temprano en la clase -Carmelo comentó, y al oír aquello, Carlota le respondió:&lt;br /&gt;--Ay, sí, pero no hablemos de eso ahora.&lt;br /&gt;El viento que había estado acariciando la tarde empezó a soplar un poco más fuerte de un momento a otro.  Las hojas del cuaderno se estremecieron, y salió volando una hoja suelta, en la que había un pequeño intento de poema compuesto por John.&lt;br /&gt;Carlota puso su mano derecha sobre la de Carmelo, permitiéndole de ese modo descubrir que tenía uñas cortas, bien cuidadas pero cortas.  Su mano izquierda sostenía el vaso, y mientras sorbía le dijo:&lt;br /&gt;--Si lo hubiese sabido hubiéramos venido más temprano, ¡porque me estoy sintiendo muy bien!&lt;br /&gt;--¿Mejor que en la bodega de César? –Carmelo preguntó.&lt;br /&gt;--Ay, claro, y más aún con tu compañía.&lt;br /&gt;En esos momentos llegaron los anticuchos a la mesa.  Realmente olían delicioso.&lt;br /&gt;--Provecho –dijo el mozo.&lt;br /&gt;Carmelo sintió que su amiga apretó su mano, y se animó a decirle:&lt;br /&gt;--En realidad, eso que dices en cuanto a mi compañía me halaga.&lt;br /&gt;Carlota respondió:&lt;br /&gt;--Ay, pero a ti la gente siempre te halaga de verdad.  Te dicen cosas que son realmente muy significativas, y en cambio yo solo te digo que me siento bien con tu compañía.&lt;br /&gt;Carmelo volvió a intervenir:&lt;br /&gt;--Es que los halagos tuyos no son de la boca para afuera.  No son como los de aquellos que me llenan de frases muy bien decoradas, pero que tan pronto como pueden se apartan, dejándome solo.&lt;br /&gt;Carlota volvió a hacer una pequeña pausa, y prendió un nuevo cigarrillo.&lt;br /&gt;--Ah, cómo fumas –le dijo Carmelo.&lt;br /&gt;--Ay, sí, pero no me controles pues –Carlota le reclamó.&lt;br /&gt;La radio del restaurante tocaba  un viejo tema del grupo español Los Pazos.  Al comienzo, la letra de aquella canción decía: “Ayer tuve un sueño, que poco duró”.&lt;br /&gt;Carmelo se puso a soñar con la posibilidad de tener una enamorada.  Ya estaba a punto de conquistarla, y a lo mejor, hasta le iba a romper el corazón, sin tener que esforzarse tanto como John quien se la pasaba haciendo proyectos de poemas llenos de palabras huecas y frases rebuscadas, que como mucho eran motivo de grandes carcajadas por parte de las chicas que los leían.&lt;br /&gt;Carlota estaba delante de Carmelo, mirándolo.  Sin embargo, él volaba y volaba en medio de sus fantasías, como si estuviese en otro mundo.&lt;br /&gt;Pasarían unos segundos, y luego de suspirar Carlota dijo:&lt;br /&gt;--Bueno, no sé cómo empezar a decírtelo, pero Necesito, realmente necesito hablar contigo, y quisiera poder aprovechar esta ocasión.  No tengo con quién hacerlo, y por lo demás, no creo que haya alguien que pueda oírme como tú.&lt;br /&gt;Carmelo dio un sorbo a su vaso, y sin terminar de pasar la cerveza le respondió:&lt;br /&gt;--Te escucho.&lt;br /&gt;Carlota le sirvió más cerveza en su vaso porque ya se le estaba secando, y le siguió diciendo:&lt;br /&gt;--Sabes, yo me siento marginada, muy marginada a todo nivel, y por eso me identifico contigo.  Yo sufro mucho.&lt;br /&gt;Carmelo le hubiera querido decir que él también sentía lo mismo, pero prefirió darle la oportunidad de hablar a ella, y le interrogó:&lt;br /&gt;--Ah, ¿sufres mucho?&lt;br /&gt;Carlota le respondió:&lt;br /&gt;--Sí, y no te imaginas cuánto.&lt;br /&gt;Su tono de voz había cambiado, y al escucharla Carmelo le preguntó:&lt;br /&gt;--¿Pero cómo puede ser posible que una chica con vista sufra?&lt;br /&gt;--Es que en este mundo yo no necesito ser ciega para también sentirme rechazada.&lt;br /&gt;--¿Te refieres al tercer mundo? –Carmelo le preguntó.&lt;br /&gt;--No, no –respondió ella-.  Me refiero a todo un mundo de luces y colores, de ojos y miradas que se clavan permanentemente en nosotros, que nos andan espulgando a ver qué nos encuentran, y que si nos encuentran algo no nos van a perdonar.  Por el contrario, nos van a señalar en una forma permanente, por donde vayamos.&lt;br /&gt;Carlota se detuvo por un instante, como para tomar aire, y luego continuó:&lt;br /&gt;--No te imaginas cómo nos miran cuando vamos caminando por las calles, como si fuésemos seres raros, existencialmente extranjeros.&lt;br /&gt;Carmelo jamás había escuchado algo parecido, pero aquello llamó su atención, así que le preguntó:&lt;br /&gt;--¿dirías tú que nos miran como tipos de naturaleza rara, ajena a la del común de la gente?  ¿Será que nos miran como anormales?&lt;br /&gt;--Sí, sí –insistió Carlota, y luego agregó:&lt;br /&gt;--Ay, ¡sabía que me ibas a entender!  Eso es lo que trato de decir.&lt;br /&gt;La radio del restaurante seguía tocando canciones agradables.  Se oían baladas de la época de los 60, cuando la televisión a colores todavía no había llegado a nosotros.&lt;br /&gt;Carmelo se quedó callado escuchando la música, pero luego de unos instantes reaccionó, y tomando la palabra dijo:&lt;br /&gt;--Déjame insistir en hacerte esta pregunta: Yo entiendo que a mí me miren raro, ¿pero por qué habrían de hacer lo mismo contigo?&lt;br /&gt;Carlota se quedó como paralizada ante tal pregunta, pese a que sabía que en algún momento de la conversación podía brotar, pero luego de unos segundos se dio valor para responder:&lt;br /&gt;--Me miran raro por algo que no sé si te cause rechazo.  He pensado tanto antes de decidirme a hablarte de esto, ¡y me aterra el que tú pudieras dejarme por lo que te pudiese contar!&lt;br /&gt;--Vamos, amiga, ¡qué falta de confianza!&lt;br /&gt;--Es que no resulta tan simple. &lt;br /&gt;Los dos hicieron un breve silencio, y en medio de una gran angustia, luego de suspirar Carlota dijo:&lt;br /&gt;--Yo soy lesbiana.  ¿Quieres que te cuente más?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lic. Luis Hernández Patiño&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/988950490781206605-7581044347503345371?l=enfoque21.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://enfoque21.blogspot.com/feeds/7581044347503345371/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=988950490781206605&amp;postID=7581044347503345371' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/7581044347503345371'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/7581044347503345371'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://enfoque21.blogspot.com/2009/03/las-anecdotas-de-carmelo.html' title='Las Anécdotas de Carmelo'/><author><name>Luis Hernandez Patiño</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14367307307930688700</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-988950490781206605.post-1447766441911509967</id><published>2008-10-18T11:13:00.000-07:00</published><updated>2008-10-18T11:16:15.393-07:00</updated><title type='text'>Colaboración</title><content type='html'>COMPARTIENDO CON MUJERES EXTRAORDINARIAS&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por Lic. Angela Marín Rivera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Rétate a ti mismo y cambia el mundo”. Esta es una frase que aprendí en el Programa Wild, la cual considero que es muy significativa para alguien que quiere asumir retos y un compromiso consigo mismo y con su comunidad. En el presente artículo quiero compartir algunas de mis experiencias como participante del 4to Encuentro de Liderazgo para Mujeres con Discapacidad que se llevó a cabo del 12 de agosto al 02 de septiembre en la ciudad de Eugene en el estado de Oregon en los Estados Unidos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El 4to Encuentro de Liderazgo para Mujeres con Discapacidad en el cual tuve el privilegio de participar fue organizado por Mobility Internacional USA (MIUSA), la cual es una organización en los Estados Unidos que promueve el intercambio internacional y auspicia programas de intercambio educativo así como programas de capacitación y liderazgo desde 1981, con el fin de mejorar la calidad de vida de las personas con discapacidad de todo el mundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En dicho encuentro internacional hemos participado 25 mujeres de los siguientes países de los cinco continentes: Albania, Argentina, Australia, Brasil, China, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Kenia, Indonesia, Libano, Nigeria, Macedonia, Malasia, México, Mongolia, Pakistan, Peru, Philippinas, Sri Lanka, Tanzania, Uganda y Zambia. Todas nos consideramos líderes pertenecientes a organizaciones que promueven el desarrollo de las personas con discapacidad en diversos ámbitos, todas poseemos algún tipo de discapacidad ya sea física, sensorial o mental. A pesar de nuestras diferencias ya sea de tipo cultural o de idioma o por las dificultades que tengamos que sobrellevar, son más los aspectos que tenemos en común y que nos unen, trabajamos mucho y nos esforzamos día a día por ser mejores personas y por ayudar a poner un granito de arena para mejorar la calidad de vida de hombres y mujeres con discapacidad que encontramos en nuestro camino.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al llegar al aeropuerto de la ciudad de Eugene nos estaban esperando Lidia y Jamie que son parte del personal de Mobility Internacional Usa, quienes con mucho entusiasmo esperaban nuestra llegada para darnos la bienvenida y acogernos en esta accesible y maravillosa ciudad. Una vez que llegamos todas las delegadas nos reunimos para conocernos entre nosotras y a todo  el personal de Miusa. El primer día del encuentro nuestras excelentes organizadoras nos brindaron información general de las actividades que se llevarían a cabo durante las próximas tres semanas y por la tarde conocimos a maravillosas familias quienes ofrecieron acogernos en sus hogares a todas nosotras por cinco días durante el programa y también recibimos la bienvenida de la Sra. Kitty Piercy  alcaldesa de la ciudad de Eugene.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las actividades del programa wild consistieron por un lado  en talleres y seminarios interactivos donde todas debíamos participar no solo adquiriendo conocimientos de los aspectos y políticas que se desarrollan en los Estados Unidos para beneficio de las personas con discapacidad sino también compartiendo experiencias y políticas que se desarrollan en cada uno de nuestros países a favor de este colectivo. Algunos de los temas que hemos abordado han sido legislación y políticas accesibles al empleo, educación inclusiva, salud y aspectos relacionados con la familia, transporte accesible y la importancia de los medios de comunicación, entre otros. Por otro lado hemos realizado actividades al aire libre que no solo han servido como esparcimiento o diversión sino que en cada actividad debíamos tener en cuenta el apoyo hacia nuestras compañeras y la importancia de trabajar en equipo para lograr el éxito de cada actividad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Uno de los aspectos que ha llamado mi atención ha sido la accesibilidad que existe en Eugene para las personas con discapacidad. Hemos podido notar que el gobierno y la comunidad está bastante comprometida para brindar accesibilidad tanto en las calles o edificios pero principalmente que la gente es consciente del derecho a la accesibilidad que tienen los ciudadanos. En cuanto al transporte, tuvimos la oportunidad de aprender a movilizarnos en bus con facilidad pues se indica de manera muy clara las estaciones de los buses y la hora en que salen o llegan a dichas estaciones y también cuentan con rampas y facilidades para abordarlos. En las estaciones principales hay un altoparlante que avisa la estación cercana en inglés y en algunos casos en español, los semáforos cuentan con sonidos para que las personas con discapacidad visual puedan cruzar las avenidas principales, y existen rampas en cada lugar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es importante señalar que tuvimos contacto con los medios de comunicación, aprendimos a crear un mensaje conciso pero importante para dar a conocer a los diversos medios sobre nuestra participación en el programa de liderazgo y lo que venimos haciendo en nuestros países, aprendimos que el mensaje esencial que debemos dar a conocer a los medios no es sobre nuestras dificultades o el esfuerzo que hacemos día a día y resaltar nuestra discapacidad; sino los logros que hemos obtenido y lo que podemos llegar a ser como mujeres líderes y desempeñando una participación activa e inclusiva en nuestra sociedad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Otro aspecto significativo durante este programa ha sido el hecho de participar en actividades al aire libre que nos exigían un reto a cada una de nosotras y participar en equipo y en igualdad de condiciones. En una oportunidad pasamos un día en el bosque para desarrollar un curso de retos el cual consistía en actividades en grupo para vencer nuestros temores apoyándonos las unas a las otras. Primero nos dividimos en varios grupos donde cada uno debía construir una torre con diversos elementos con la participación de todas sin dejar que se caiga, luego a cada una de nosotras se le asignaba una actividad ya sea para subir un árbol con ayuda de una soga y una escalera o subir por una escalera de metal hasta una altura determinada y comenzar a volar estando atadas por una soga y un arnés, hubo mucha seguridad y personal experto en este tipo de actividades pero a pesar de creer que era un poco difícil de lograrlo nos sentíamos apoyadas por nuestras compañeras. Luego también en otra oportunidad realizamos canotaje en el río, nadamos en una piscina completamente accesible la cual cuenta con rampas y pasamanos seguros. Durante el fin de semana que pasé con mi linda familia de Eugene tuve la oportunidad de montar bicicleta, algo que siempre quise hacer pero pensé que era muy difícil de lograr. Luego de realizar todas estas aventuras pude constatar que no hay límites para realizar nuestros sueños y las metas que queramos lograr en la vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estoy segura que esta ha sido una experiencia inolvidable para cada una de nosotras, ahora ya de regreso a nuestros países hemos asumido el compromiso de seguir trabajando para mejorar las condiciones de vida de muchos hombres y mujeres con discapacidad que necesitan de nuestra mano y a pesar de los kilómetros de distancia que nos separan sentimos que conformamos una gran familia en todo el mundo y podemos decir en voz alta que somos mujeres fuertes, orgullosas y apasionadas como nos lo enseñaron nuestras maestras en Eugene. Finalmente a través de estas líneas quiero agradecer a todo el personal de la organización Mobility Internacional Usa, a mis compañeras de este programa por su entusiasmo y participación, a nuestras maravillosas familias que nos acogieron con amor y a la comunidad de Eugene que nos han hecho sentir un miembro más de esta amigable comunidad de personas con una gran sensibilidad y hospitalidad.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/988950490781206605-1447766441911509967?l=enfoque21.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://enfoque21.blogspot.com/feeds/1447766441911509967/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=988950490781206605&amp;postID=1447766441911509967' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/1447766441911509967'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/1447766441911509967'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://enfoque21.blogspot.com/2008/10/colaboracin.html' title='Colaboración'/><author><name>Luis Hernandez Patiño</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14367307307930688700</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-988950490781206605.post-7257859158861362460</id><published>2008-07-19T09:07:00.001-07:00</published><updated>2008-07-19T09:07:53.680-07:00</updated><title type='text'>Relatos Donimgueros</title><content type='html'>LA INTERROGANTE&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nunca se lo habían preguntado así, en una forma tan directa, como ella lo había hecho en esa noche: “¿Me tocas?”.&lt;br /&gt;En sus fantasías, Carmelo siempre había experimentado algo distinto.  Él era quien tomaba la iniciativa, con una gran seguridad y aplomo que eran dignos de asombro.  “Ahora te voy a tocar toda, mi amor”, le solía decir a la hembra que estuviese en los brazos de su imaginación.&lt;br /&gt;Podría decirse hembras, en plural, porque Carmelo se alucinaba todo un play boy; y según su propia invención, eran varias las chicas que lo deseaban, sin hacerle ni una sola interrogante, como la que su amiga le había formulado en esa noche, en medio del vino y los poemas que ella le había estado leyendo.&lt;br /&gt;Entonces, ya no era una cuestión de pura fantasía suya.  Se trataba de una interrogante bien concreta; y frente a ella, él también se cuestionaba.  ¿Pero estaba dispuesto a hacerlo?  ¿No había en él algo de inseguridad?  ¿Habría empezado a sudar Carmelo?  ¿Le temblaría la voz, si dijera algo?&lt;br /&gt;Cuando niño, movido por la curiosidad, Carmelito había entrado en varias ocasiones al cuarto donde dormían sus hermanas.  Buscaba la oportunidad de coger una de las muñecas de plástico con las que ellas jugaban; pero, desafortunadamente, aquella oportunidad no siempre se le presentaba, ya que, si no era la mamá, era la tía, la abuela, o alguna de sus hermanas que, de un momento a otro, se aparecía, y le preguntaba:&lt;br /&gt;--¿Qué quieres con esa muñeca?&lt;br /&gt;--Eh, bueno, yo…. –él trataba de responder-.  Es que yo...&lt;br /&gt;Por supuesto que el niño no se atrevía a decir ni una sola palabra de lo que estaba planeando; y menos, de lo que estaba sintiendo.  No, cómo iba a contar que en el interior de su cuerpo había una gran curiosidad, que le quemaba más de lo que hubiera podido quemar Roma, en la época del incendiario Nerón.&lt;br /&gt;Pero, Carmelo seguía buscando el momento, el cual debía ser el más adecuado, para ingresar, y realizar lo que tenía pensado: “Tengo que tocar esa muñeca, porque quiero saber”.&lt;br /&gt;Sus primos podían verla mediante fotos, películas pornográficas, o a través de la ventanita del baño mientras ella se estaba duchando.  No tenían la peculiar necesidad de preguntarle a nadie cómo era la vagina de una mujer, o si esta tenía pelos, para aunque sea así imaginársela lo más cercanamente posible a la realidad.&lt;br /&gt;Carmelo, en cambio, tenía que preguntar; pero, como sus interrogantes en ciertas ocasiones eran motivo de risa, y hasta de burlas por parte de sus primos, o  conocidos del barrio, él prefería quedarse sumergido en un silencio lleno de curiosidad: “¡Claro que la vagina tiene pelos pues huevón!”, le decían.  “Los tiene ensortijados, como un arbusto negro que cubre una fuente húmeda”.&lt;br /&gt;Una mañana, se le ocurrió llamar a los diferentes miembros de su familia, para ver si le podían ayudar a encontrar algo que se le había caído; pero; no obtuvo respuesta.  “Ah, parece que no hubiese nadie”, se dijo, y abrió sus oídos lo más que pudo, para cerciorarse que estaba solo en el segundo piso de su casa.  “No, no se oye nada”, afirmó.&lt;br /&gt;Según la hora, sus hermanas ya se habían ido al colegio, su mamá había salido de compras, y su abuela estaba en la mesa del comedor de diario, tomando su desayuno.  Después de ello, la señora iba a leer su periódico en la sala, como lo hacía cada mañana, por costumbre, así que no iba a subir.&lt;br /&gt;Con todas esas seguridades, y luego de quitarse los zapatos para que sus pasos no suenen, Carmelo ingresó al cuarto de sus hermanas.  “Ahora es cuando”, pensó.  “No tengo tiempo que perder.  No vaya a ser que mi abuela quiera...  No, no, tengo que actuar rápido; sí, bien, ¡pero bien rápido!”.&lt;br /&gt;Se dirigió al closet que estaba al lado derecho de la puerta, frente a la ventana; y aunque casi se golpea la nariz con una de las maderas que había en el interior, cogió la primera muñeca que encontró.  “Aquí estás”, le dijo en una voz baja, pero emocionada, y la sacó.  “Ven conmigo, vamos, ven.  Mi abuela está tosiendo, pero no va a subir así que ni te preocupes”.&lt;br /&gt;Impulsado por una gran curiosidad, la tomó entre sus brazos.  En su intento por empezar a convertir en realidad más de una de sus fantasías, la besó, como se besa a una amante, aunque la boca de ella era de plástico.&lt;br /&gt;Para besarla, él procedió en la forma que su intuición le dictaba.  Según su imaginación, darle un beso consistía en poner sus labios sobre los de ella, y hacer un sonido, como el que escuchaba en las novelas que su mamá veía, en el televisor que estaba en el comedor.  No le habían explicado que, al momento de besar, los labios de ambos habrían de formar una cruz llena de una húmeda y ardiente pasión que, muchas veces, deja sin habla, como cuando el lector de pantalla se alborota, y no da ni los buenos días.&lt;br /&gt;Ya en su cuarto, cerró la puerta, la puso en su cama, y le quitó la ropa.  La muñeca no andaba buscando ninguna respuesta, ni le hizo pregunta alguna al momento de estar a solas con él.  Pero, Carmelo sí se preguntaba; y lamentablemente, ella no le iba a poder responder.&lt;br /&gt;Pensó por dónde empezar; y luego de un buen rato, se decidió por la cabeza.  Puso su mano sobre esta, pero descubrió que, a fin de cuentas, allí no había nada extraordinario.  Los pelos de esa parte se parecían a los que habían en la cabeza de su mamá, o en la de sus hermanas. &lt;br /&gt;Le tocó la boca, pero no se la iba a poder abrir, como lo hacía con una perrita de dos meses, que no tenía dientes, y que, con su lengüita, le lamía un dedo, aquel con el que leía en Braille, succionándoselo en una forma tal que lo llegaba a excitar.  Qué rico sentía él, cuando aquella perrita le chupaba aunque fuera el dedo.&lt;br /&gt;Continuó, bajando con sus manos; y de repente, se encontró con un par de cosas de plástico que, definitivamente, no le iban a dar una verdadera noción de lo que pudiera ser un buen par de tetas.  Para conocer cómo eran estas, las tendría que tocar, en tiempo real, y él había tratado de hacerlo en su colegio pero, solamente, por encima de la ropa de una amiguita, cuando esta se le acercó, y entonces él aprovechó la falta de vista de ella, para rozarla.&lt;br /&gt;Por unos instantes, su tendencia a la fantasía lo distrajo.  Se puso a viajar mentalmente; pero, al rato volvió, y la muñeca estaba allí, como esperándolo, como esperando que el cigarrillo de la incertidumbre, y la curiosidad, se consuma por sí mismo.&lt;br /&gt;De los senos, él pasó a tocarle los pies.  Pero, estos no eran iguales a los de sus tías, ni a los de su mamá que  Él conocía porque, ante la falta de vista, para tocarlos no había tenido que cometer ninguna falta.  Solamente había tenido que hacer de curioso, y estirar la mano, cuando estos estaban accesibles, sobre una cama, o sobre una toalla en la arena de la playa.&lt;br /&gt;Los pies de ellas tenían la capacidad de despertar en él una atracción muy peculiar, mediante el tacto.  Carmelo se excitaba con solo sentir el calor, y la suavidad de la piel de estos, y mayor era el placer que experimentaba, si nadie le decía nada, mientras los recorría con sus dedos, desde los talones hasta las uñas, pasando por las plantas.  Por eso, dejó de lado los pequeños pies de plástico de la muñeca, y decidió empezar a subir.  “A ver qué hay por aquí”, se dijo.&lt;br /&gt;En las piernas de esta, no encontró nada de nada, más que plástico; y en aquella vagina, bueno, bueno, en aquella vagina lo único que halló fue un tremendo desencanto.  ¿Dónde estaban los pelos?  ¿Y donde se encontraba el hueco?  ¿No estarían entre las piernas de su amiga?&lt;br /&gt;Se lo hubiera podido preguntar; pero, en vez de ello, prefirió responder a la interrogante que ella le había formulado, luego de haberle estado leyendo poemas, que habían sido sazonados con un delicioso vino tinto.&lt;br /&gt;Mientras ella esperaba, él respiró hondo; y aunque algo nervioso, le dijo:&lt;br /&gt;--Sí claro, te voy a tocar.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/988950490781206605-7257859158861362460?l=enfoque21.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://enfoque21.blogspot.com/feeds/7257859158861362460/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=988950490781206605&amp;postID=7257859158861362460' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/7257859158861362460'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/7257859158861362460'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://enfoque21.blogspot.com/2008/07/relatos-donimgueros.html' title='Relatos Donimgueros'/><author><name>Luis Hernandez Patiño</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14367307307930688700</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-988950490781206605.post-3309491672214794654</id><published>2008-07-12T11:00:00.001-07:00</published><updated>2008-07-12T11:00:52.558-07:00</updated><title type='text'>Relatos Domingueros</title><content type='html'>LA RESPUESTA&lt;br /&gt;Le quedaba mucho por conocer.  Para Carmelo, la realidad era algo lejano.  La había explorado a medias, escuchando, y quería tocar.  En ella tenía que haber algo más que una simple voz, más que un olor a esmalte de uñas o fragancia de perfume.  Debía haber mucho más que un cuerpo que, al pasar por su lado, le seguía quedando lejos, y por eso, con gran curiosidad, él se preguntaba:  “¿Cómo será una mujer?”.&lt;br /&gt;Sus tías, su abuela, jamás le hubieran respondido.  “Ay, ¡pero cómo te atreves!  No preguntes sobre eso”.  Ellas habían crecido sumergidas en profundos tabúes, y temores, que les impedían si quiera ponerse a pensar –menos se hubieran atrevido a hablar- acerca de cómo eran sus cuerpos, acerca de lo que en ellos había.  No, no, ¡de eso ni qué decir!  “¡Cómo se te ocurre…..”, le hubiesen dicho, y antes de terminar la frase, ya lo hubiesen castigado:  “¡Qué mente para más sucia tienes, Carmelito!”.&lt;br /&gt;Entonces, recurría a los comentarios de sus amigos hombres.   Les preguntaba todo lo que podía, cuando se los encontraba por el parque, y ellos trataban de explicarle.  “Ah, bueno, fíjate que las hembritas tienen tetas.  Si están bien formaditas, tienen una cinturita quebrada, y…..”.&lt;br /&gt;--Sí, claro –comentaba él-.  Las tetas, es decir, esas cosas que al tocarlas se parecen a dos peras de carne.&lt;br /&gt;En una ocasión, Carmelo se las había rosado con sus manos a una prima.  “Discúlpame”, le dijo, fingiendo algo de timidez.  Lo había hecho en una forma accidental, pero hubiera querido hacerlo en serio, mientras ella se cambiaba de ropa.  “¿Pero eso es todo lo que hay en una mujer?”, se interrogaba a sí mismo.  “¿Cómo será lo que tiene entre sus piernas?  ¿Se lo podría, se lo debería preguntar?  ¿Podré alguna vez tocar eso?”, y su curiosidad se convertía en una angustia, que se ahogaba entre la penumbra de un mundo que gira, en medio de permanentes sombras.&lt;br /&gt;Aquella noche, salió de su clase -era un verano bastante más caluroso que lo usual- y pregunta en mente, empezó a caminar, en medio de un mar de voces –algunas de esas voces estaban dotadas de tetas- que iban y venían, en distintas direcciones, haciendo sonar sus zapatos.  Los zapatos de él también hacían ruido, pero dejaron de hacerlo, cuando alguien que lo vio se le acercó, y deteniéndolo, le dijo.  “Hola, quiero que me hagas un favor”.&lt;br /&gt;--¿Yo a ti?&lt;br /&gt;--Sí, así es –ella respondió.&lt;br /&gt;--¿Y de qué se trata?” –preguntó Carmelo.&lt;br /&gt;--Necesito que me ayudes a encontrar una respuesta.&lt;br /&gt;--Ah, ¡si tú supieras que yo también ando buscando! –él comentó.&lt;br /&gt;Empezaron a caminar, y atraído por el timbre de la voz de ella, Carmelo le conversaba entusiasmado.  Le iba contando acerca de sus estudios, de cómo hacía para movilizarse.  En el fondo, le hubiese querido hablar de otra cosa, pero….  “¿Por qué no me atrevo?  ¿Acaso ella es una de mis tías?”, se preguntaba, aunque esa no era la interrogante que el deseaba formular.&lt;br /&gt;La respuesta que andaba buscando habría de provenir de otro tipo de pregunta, pero para eso era necesario que él se decida.  Al verlo tímido, inseguro, ella decidió ir al grano, y preguntar: “¿Conoces el cuerpo de una mujer?”.&lt;br /&gt;Ninguna amiga se lo había preguntado en una forma tan directa.  ¿Y su prima?  ¡No, de ninguna manera!  Tampoco se lo habían preguntado a ellas mismas, pues de eso no había ni qué hablar, y menos aún, con un chico.  ¿Aunque este no vea?  No, ni por eso.&lt;br /&gt;--Ehm, bueno, tienes una voz muy bonita -le dijo él.&lt;br /&gt;--Pero mi voz no es todo.  Yo no soy solo eso - Clelia comentó-.  Y aunque no me lo creas, yo también quisiera descubrir qué hay en mí.&lt;br /&gt;--¿Pero tú que sí ves, no te conoces?&lt;br /&gt;--No, créeme que no, porque mis tías y abuelas, bueno…. ya tú sabes.&lt;br /&gt;--En mi caso también…. tú ya sabes –él comentó-.  Jamás me hubiera atrevido a preguntarles.  ¿Qué hubieran dicho de mí, te imaginas?&lt;br /&gt;--Sí, por su puesto –dijo ella-.  Pero dime, ¿qué es lo que tú quisieras conocer?&lt;br /&gt;--Bueno, qué es lo que hay en una mujer, y cómo es aquello; cómo es aquello que los que sí ven descubren, mediante las fotografías, mediante las películas.&lt;br /&gt;Entraron en un pequeño bar, y disfrutaron de momentos muy agradables, escuchando algo de música, ejecutada al piano por un escocés, quien les tocaba las canciones que le pedían, en medio de unos cuantos tragos.  Esos tragos los fueron desinhibiendo, y ella le empezó a contar acerca del lugar.  Era un bar inglés, que había estado de moda en los años 70, pero que todavía conservaba sus encantos.  En el techo había vigas de madera que iban en forma paralela.  El cuero con el que  estaban forrados los asientos era marrón.&lt;br /&gt;Mientras  la amiga le daba detalles acerca del lugar, él iba jugueteando con sus dedos.  Tocaba los botoncitos que decoraban los asientos, y se imaginaba que le estaba peñiscando los pezones a ella.  “¿Serán así?  ¿Se parecerán?”, se preguntaba, y sus fantasías empezaban a llevarlo lejos; lo acercaban a boca de túneles que nunca antes había visitado, al borde de volcanes que ardían en su imaginación, y en ese bar inglés, él sentía que se quemaba.&lt;br /&gt;La primera vez que el mesero se acercó, la amiga leyó la lista en voz alta para que Carmelo se entere de lo que había, y conforme avanzaba la noche, fueron pidiendo uno y otro whisky en las rocas.  Él seguía ardiendo por dentro.  ¿Y ella?  ¿Es que solo pensaba en lo visual que había en el ambiente?  ¿No había una respuesta que ella también quería encontrar?&lt;br /&gt;Al poco rato, Clelia le propuso: “Vamos a mi casa”, y volvieron a caminar por una avenida amplia que el muy pronto identificó.&lt;br /&gt;--Ah, estamos en la avenida Pardo.&lt;br /&gt;--¿Cómo puedes darte cuenta sin ver? -ella le preguntó.&lt;br /&gt;--Por las vueltas que hemos dado, y por el aire que se siente –le respondió él-. &lt;br /&gt;Ella vivía por ahí, así que no caminaron mucho para llegar.  Su departamento era muy pequeño, pero muy acogedor.  Cuando llegaron, ella puso algo de música, trajo una fuente de bocaditos, y algo de tomar.  La imaginación empezó a volar.  Ella quiso encontrar un libro de poesías para leerle.  “Quiero que escuches algunos versos”, le dijo, pero no se acordaba dónde lo había puesto, y andaba de aquí para allá.  “¡Dónde estás, librito!”.&lt;br /&gt;--Busquemos juntos –le sugirió él a modo de broma.&lt;br /&gt;--Sí –ella respondió-.  Tienes razón; busquemos juntos.&lt;br /&gt;--¿Hasta encontrar el libro? –preguntó él.&lt;br /&gt;--No, hasta encontrar la respuesta que tú y yo deseamos. &lt;br /&gt;--Ah, la respuesta. &lt;br /&gt;--Sí, dijo Clelia y luego preguntó:&lt;br /&gt;--¿Me tocas?&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/988950490781206605-3309491672214794654?l=enfoque21.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://enfoque21.blogspot.com/feeds/3309491672214794654/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=988950490781206605&amp;postID=3309491672214794654' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/3309491672214794654'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/3309491672214794654'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://enfoque21.blogspot.com/2008/07/relatos-domingueros.html' title='Relatos Domingueros'/><author><name>Luis Hernandez Patiño</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14367307307930688700</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-988950490781206605.post-5771718417788226313</id><published>2008-07-06T08:09:00.000-07:00</published><updated>2008-07-06T08:12:17.124-07:00</updated><title type='text'>Una Reflexión</title><content type='html'>EL SIGNIFICADO DE SER CIUDADANO&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Siempre se me dijo que yo era un ciudadano de mi país.  Me lo repitieron hasta la saciedad en la escuela, y yo me lo aprendí de memoria.&lt;br /&gt;¿Pero realmente comprendí lo que el ser un ciudadano significaba?  ¿Tomé una real conciencia del lugar que yo tenía frente a las autoridades?  ¿Y las autoridades me dieron ese lugar?  Mi respuesta a todas estas interrogantes es que lamentablemente no.&lt;br /&gt;Desafortunadamente, yo había asimilado la idea de que como parte de la población no era sino un miembro más, uno más entre los miles y miles de miembros de la comunidad, que al igual que yo también son llamados ciudadanos, pero tampoco tienen conciencia de serlo, y por eso, permiten –mejor diré que permitimos- que se haga lo que sea con nosotros.&lt;br /&gt;Nunca me enseñaron que como ciudadano tengo derechos inalienables, pero también una gran responsabilidad frente a tales derechos que adquirí desde el momento de mi concepción.  Ya de grande, y como para quedar bien conmigo, algunos me han llegado a decir que yo soy el dueño hasta de mi cuerpo.  Pero por dar un ejemplo, no me terminaron de decir que frente a lo inviolable de mis derechos, también tengo deberes, y entonces me incitaron a ser un militante de ese espantoso egoísmo que hoy ahoga los diversos tipos de relaciones que contraemos, ya sea en lo económico, en lo cultural, en lo social, y por qué no también en lo afectivo.&lt;br /&gt;Influido por los malos ejemplos de actitudes y conductas que están a vista y paciencia de todo el mundo, yo podría pensar que ser ciudadano significa que primero soy yo, segundo también soy yo, y tercero yo mismo.  Ojo, ¡ojito! Que esa es la típica forma en la que piensan los que abrigan proyectos totalitarios, y recurren al pueblo, al mismo estilo en el que el lobo echó mano de la caperucita, con el propósito de someterla a sus garras.&lt;br /&gt;Pero frente a ello, hoy tengo las cosas bien claras, gracias a la perspectiva que me da el haberme imbuido en el enfoque inspirado en el ideal humanista cristiano.  Lejos de lo que sostiene el pragmatismo perverso, ser ciudadano no es cualquier cosa.  El que yo lo sea –digamos que mi condición de tal- comienza por mi respeto a un deber fundamental: estar a la altura de mi dignidad.  ¿Y cómo es eso?  Ah, bien simple como lo vamos a ver:&lt;br /&gt;Si yo soy persona humana, y como tal soy el fin supremo de la sociedad y el estado, es porque he sido dotado por la naturaleza con una dignidad muy peculiar.  Entonces, no puedo rebajar, vender, ni traicionar aquella dignidad, renunciando a mis derechos por interés o conveniencia.  No me puedo hipotecar, con tal de ganarme alguito, ni puedo imponerle al resto de miembros de la sociedad, también personas, que lo hagan.  Eso es indigno de mi condición de ciudadano.&lt;br /&gt;Por mi propia dignidad –yo diría que por el orgullo de ser el ciudadano que soy- estoy frente al deber principal de respetar al resto en sus derechos, así como yo espero, y exijo, que el resto respete los derechos míos.  Y no puedo tomarme la atribución de hacer que la comunidad se convierta en mi servidumbre, por dos motivos:&lt;br /&gt;Primero, porque cada uno de los miembros de la comunidad tiene su dignidad propia.&lt;br /&gt;Y segundo, porque en lo que a mí se refiere,  por dignidad yo tampoco debo esclavitud a ningún otro ser humano.&lt;br /&gt;Me he propuesto hablar aquí de lo que significa el ser ciudadano, y me gustaría seguirlo haciendo, porque ya es hora de hacer entender a las autoridades de nuestras diferentes instituciones políticas, sociales, culturales, que no pueden hacer lo que quieran con ninguno de los miembros de nuestra sociedad, ni con la sociedad misma.  Pero también toco el tema, porque nosotros por nuestro lado tenemos que aprender a darnos el lugar que merecemos.  No hace falta que nos apellidemos: a, b, o c; no hace falta que no tengamos ninguna discapacidad; no hace falta que seamos de tal o cual raza; no hace falta que seamos de este o aquel credo, para que cada uno de los miembros de la comunidad sea respetado, y tratado con lealtad –quiero insistir en lo del término lealtad- por parte de quienes reciben el beneficio del voto popular, a la hora de postular al servicio de regular el funcionamiento de los grupos intermedios de los diversos niveles de la organización social.&lt;br /&gt;Hay un viejo refrán que dice: “Respetos guardan respetos”.  ¿Creemos nosotros en eso?  Si la respuesta es positiva, convirtamos aquel adagio en regla de oro para nuestra convivencia, y hagamos todo lo que esté a nuestro alcance, para que nuestros dirigentes no se olviden que nosotros tenemos aquel dicho muy, pero muy presente.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/988950490781206605-5771718417788226313?l=enfoque21.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://enfoque21.blogspot.com/feeds/5771718417788226313/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=988950490781206605&amp;postID=5771718417788226313' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/5771718417788226313'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/5771718417788226313'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://enfoque21.blogspot.com/2008/07/una-reflexin.html' title='Una Reflexión'/><author><name>Luis Hernandez Patiño</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14367307307930688700</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-988950490781206605.post-4330526571336129947</id><published>2008-06-28T11:37:00.000-07:00</published><updated>2008-06-28T11:39:44.499-07:00</updated><title type='text'>Colaboracion</title><content type='html'>He aquí un aporte de mi amiga Lupita Vessi&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El pequeño Luis, de seis años, decidió una mañana prepararle "pancakes" a sus papás para desayunar.Encontró un gran tazón y una cuchara, acercó una silla a la mesa, y trató de alzar el pesado paquete de harina para abrirlo.&lt;br /&gt;La mitad del paquete quedó desparramada entre la mesa, la silla y el suelo. Tomó toda la que pudo con sus manitas y la puso dentro del tazón, después lepuso un poco de leche y azúcar, haciendo una mezcla pegajosa que empezaba a chorrear por los bordes. Además había ya pequeñas huellas de harina por todala cocina, dejadas por él y su perrito.&lt;br /&gt;Luis estaba totalmente cubierto con harina, y estaba empezando a frustrarse. Él quería darle una sorpresa a sus papás haciendo algo muy bueno, pero todole estaba saliendo al revés. No sabía qué más había que agregar a la pasta, o si había que hornear los "pancakes", pues ni siquiera sabía cómo usar elhorno.&lt;br /&gt;Cuando miró otra vez la mesa, su perrito estaba lamiendo el tazón, por lo que corrió a apartarlo de la mesa, pero por accidente derramó la botella de lechey además se quebraron unos huevos que había sobre la mesa al caer al suelo.Intentó agacharse para limpiar, pero se resbaló y quedó con toda su pijama pegajosa, llena de harina y huevo. En ese momento, vio a su papá de pie en lapuerta. Dos grandes lágrimas se asomaron a sus ojos. Él solo quería hacer algo bueno, pero en realidad había causado un gran desastre.&lt;br /&gt;Estaba seguro de que su papá lo iba a regañar y muy posiblemente, castigarlo. Pero su papá sólo lo miraba en medio de aquel desorden. Entonces, caminandoencima de todo aquello, tomó en sus brazos a su hijo que lloraba, y le dio un gran abrazo lleno de amor, sin importarle llenarse él mismo de harina y huevo.&lt;br /&gt;"Así es como Dios nos trata. A veces tratamos de hacer las cosas bien, pero sin querer terminamos haciendo un desastre.Discutimos y peleamos en familia, insultamos a un amigo, hacemos mal nuestras obligaciones, y desordenamos nuestra vida.&lt;br /&gt;Otras veces, sólo podemos llorar, porque ya no sabemos qué más hacer.&lt;br /&gt;Entonces, es cuando Dios nos toma en sus brazos, nos perdona y nos demuestra que nos ama, sin importarle que pueda ensuciarse con nuestra suciedad.Pero por el simple hecho de habernos equivocado, no debemos dejar de "preparar pancakes" para Dios o para alguien especial.&lt;br /&gt;Tarde o temprano lo lograremos y Dios estará orgulloso de nosotros, porque no nos dimos por vencidos."&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/988950490781206605-4330526571336129947?l=enfoque21.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://enfoque21.blogspot.com/feeds/4330526571336129947/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=988950490781206605&amp;postID=4330526571336129947' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/4330526571336129947'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/4330526571336129947'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://enfoque21.blogspot.com/2008/06/colaboracion.html' title='Colaboracion'/><author><name>Luis Hernandez Patiño</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14367307307930688700</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-988950490781206605.post-6667779676504127236</id><published>2008-06-15T09:48:00.000-07:00</published><updated>2008-06-15T09:52:17.010-07:00</updated><title type='text'>Por el Día del Padre</title><content type='html'>¿A MIS HIJOS EN MI DÍA?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los medios de difusión están llenos de propagandas.  Abundan las ofertas, y resulta que por comprar esto te puedes llevar lo otro, así que, ni modo, hay que aprovechar la oportunidad.  ¿La Oportuni qué?  La oportunidad de demostrar cariño.  ¿Cariño, a quién?  ¡A Papá!&lt;br /&gt;Ah, verdad que, según dicen, ¿hoy es mi día, no?  Sí, sí, pero también de verdad -no es que sea mal agradecido- los regalitos no son los que necesariamente me llenan el corazón, la vida.  Yo no creo que me quieran por lo que me dan porque, a veces, quienes menos tienen para darme me han demostrado que son los que más me quieren, llenándome con un beso, con una caricia, sin esperar que lleguen días como este.  Por tanto, no me compren nada.&lt;br /&gt;Cuando comencé a escribir estas líneas, no estaba muy seguro de qué era lo que deseaba expresar.  Ahora, sin embargo, lo tengo claro.  No quiero regalos, ¡pero algo e de esperar!  Bueno, sí, y aunque parece muy poco no lo es:&lt;br /&gt;Quiero paz entre mis hijos; que siempre estén unidos; que comprendan que ellos son la prolongación de aquel Uno, que su madre y yo constituimos al casarnos; que no hay mejor regalo que verlos a ellos amándose, como su madre y yo los amamos desde el momento de su concepción.&lt;br /&gt;¿Y en cuanto a lo de pedir por mi día?  Ah, bueno pues, sí: pediré.  Pero, no les pediré a mis hijos, sino que pediré por mis hijos.  Pediré por ellos, que día a día se las tienen que ver en una batalla, cada vez más feroz, por ganarse la vida.  Pediré, para que la realidad no les sea tan adversa; para que no se sientan solos, desorientados, atemorizados por quienes podrían abusar de sus necesidades, de sus debilidades.&lt;br /&gt;Pediré, para que mis hijos siempre encuentren calor en mí, pese a lo poco que yo pueda ofrecerles.  Pediré a Dios, para que me de la capacidad de transmitirles esperanza, algún consejo, y consuelo cuando lo pudieran necesitar.  Y a cambio de ello, daré, sí, daré hasta lo último de mi vida.&lt;br /&gt;En este, mi día, que Dios bendiga a nuestros hijos.¿A MIS HIJOS EN MI DÍA?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los medios de difusión están llenos de propagandas.  Abundan las ofertas, y resulta que por comprar esto te puedes llevar lo otro, así que, ni modo, hay que aprovechar la oportunidad.  ¿La Oportuni qué?  La oportunidad de demostrar cariño.  ¿Cariño, a quién?  ¡A Papá!&lt;br /&gt;Ah, verdad que, según dicen, ¿hoy es mi día, no?  Sí, sí, pero también de verdad -no es que sea mal agradecido- los regalitos no son los que necesariamente me llenan el corazón, la vida.  Yo no creo que me quieran por lo que me dan porque, a veces, quienes menos tienen para darme me han demostrado que son los que más me quieren, llenándome con un beso, con una caricia, sin esperar que lleguen días como este.  Por tanto, no me compren nada.&lt;br /&gt;Cuando comencé a escribir estas líneas, no estaba muy seguro de qué era lo que deseaba expresar.  Ahora, sin embargo, lo tengo claro.  No quiero regalos, ¡pero algo e de esperar!  Bueno, sí, y aunque parece muy poco no lo es:&lt;br /&gt;Quiero paz entre mis hijos; que siempre estén unidos; que comprendan que ellos son la prolongación de aquel Uno, que su madre y yo constituimos al casarnos; que no hay mejor regalo que verlos a ellos amándose, como su madre y yo los amamos desde el momento de su concepción.&lt;br /&gt;¿Y en cuanto a lo de pedir por mi día?  Ah, bueno pues, sí: pediré.  Pero, no les pediré a mis hijos, sino que pediré por mis hijos.  Pediré por ellos, que día a día se las tienen que ver en una batalla, cada vez más feroz, por ganarse la vida.  Pediré, para que la realidad no les sea tan adversa; para que no se sientan solos, desorientados, atemorizados por quienes podrían abusar de sus necesidades, de sus debilidades.&lt;br /&gt;Pediré, para que mis hijos siempre encuentren calor en mí, pese a lo poco que yo pueda ofrecerles.  Pediré a Dios, para que me de la capacidad de transmitirles esperanza, algún consejo, y consuelo cuando lo pudieran necesitar.  Y a cambio de ello, daré, sí, daré hasta lo último de mi vida.&lt;br /&gt;En este, mi día, que Dios bendiga a nuestros hijos.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/988950490781206605-6667779676504127236?l=enfoque21.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://enfoque21.blogspot.com/feeds/6667779676504127236/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=988950490781206605&amp;postID=6667779676504127236' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/6667779676504127236'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/6667779676504127236'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://enfoque21.blogspot.com/2008/06/por-el-da-del-padre.html' title='Por el Día del Padre'/><author><name>Luis Hernandez Patiño</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14367307307930688700</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-988950490781206605.post-2860117388441160259</id><published>2008-05-25T08:41:00.000-07:00</published><updated>2008-05-25T08:42:30.856-07:00</updated><title type='text'>Relatos Domingueros</title><content type='html'>¿DE QUÉ COLOR SERÍAN AQUELLOS AÑOS?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me conecté en Skype, como para ver si me encontraba con alguien.  Había llegado de trabajar, y quería disipar mi mente antes de irme a la cama.  Para mí, la conversación es una forma de relajación, y es que lo primero que quiero hacer, cuando llego a mi casa, es desintoxicarme, quitarme de encima todo ese fastidio que se puede generar en el ambiente donde uno labora.&lt;br /&gt;En mi caso, como creo ya haberte contado, me desempeño como músico.  La verdad es que, como arte, la música es maravillosa.  Sin embargo, en los hechos, lo maravilloso del arte musical difiere mucho de lo ideal, cuando hay que tocar canción tras canción, en forma rutinaria, para que no siempre te reconozcan, y para que, por el contrario, te manden bajar el volumen, cortándote así toda inspiración posible.  Eso, por decirlo de alguna manera suave, ¡cómo friega!&lt;br /&gt;Ya en el Skype, me di cuenta que algunos de mis contactos estaban ocupados.  Sin embargo, me propuse esperar antes que cerrar la sesión, y empecé a revisar mis correos, como para esperar a ver si en ese laxo alguno me llamaba.  Los mensajes que iba recibiendo no eran pocos, y yo escogía, pues no todo lo que llega merece ser leído.  No me gustan para nada esas cadenitas, esos mensajitos que te dicen: “Si no le reenvías esto a diez personas, te puede pasar algo”.  O: “Si pasas este mensaje, verás un cambio muy profundo en tu vida, en estas 48 horas”, jajaja.  La risa es mía.&lt;br /&gt;De pronto, recibí una llamada que no esperaba.  Era un amigo del colegio que hoy se encuentra lejos.  Yo había hablado con él hacía unos días, y le había contado que, una de esas noches, en el restaurante, mientras tocaba se me había acercado alguien que había estudiado con nosotros, y que, sabía del paradero de algunos de los amigos de entonces.  Ni bien se lo conté, mi amigo se puso a buscar por Internet, y al tomar su llamada, me dijo: “ya tengo noticias”.&lt;br /&gt;Nosotros terminamos la secundaria en 1976, y resultaba emocionante enterarse de cómo le había ido a tanta gente que, por esas cosas de la vida, uno ya no se encuentra desde esos tiempos.  Más de uno, lamentablemente, ya no está en este mundo.  Fulanita vive en Texas.  Menganito en Los Ángeles.  Sultanito es un gran gastroenterólogo.  “¡No te lo puedo creer!”, le dije.  “Sí –mi amigo respondió- no tienes más que poner su nombre en Internet, y lo encontrarás”.  Yo no podía salir de una sorprendente alegría, que a su vez era una alegre gran sorpresa.&lt;br /&gt;Dejé entonces de revisar mis correos, y nos pusimos a hablar de todos esos amigos.  Nos empezamos a acordar de esas palomilladas que entonces hacíamos en el salón de clase, y fuera de él también.  Vino a nuestra mente aquella profesora de inglés que solo nos enseñó por unos cuantos días.  Sabía tanto, pero tanto, Acerca de la lengua de Shackespeare, Que iba a la clase con un diccionario bajo el brazo.  Oh, my God!  Pero, había otra maestra de la que nunca me olvidaré, por la descripción visual que una vez me hicieron de ella.  A mí me gustaba su voz, pero uno de los chicos me dijo: “Parece que tuviese la cara al revés, como si la parte de adentro de la boca se la hubieran puesto sobre los pómulos.  ¡Ya te imaginarás qué fea que es!”.  Sin embargo, yo nunca la olvidaré.&lt;br /&gt;Cuánto habría por traer a colación de esa época.  Ah, ¡esos años 70!  La ciudad era algo distinta.  En las estaciones de radio se oían otras voces, otras canciones que, de vez en cuando, vuelven a sonar.  En el colegio, nuestro recordado colegio, teníamos una bandita de música, pero sin instrumentos.  Usábamos las carpetas, y hasta los tachos de basura –estos eran limpiados por su puesto- para tocar la percusión.&lt;br /&gt;Pero, yo tengo una curiosidad visual, porque en el terreno auditivo lógicamente conservo sonidos de entonces grabados en el cerebro.  ¿De qué colores eran los años 70?  En todo caso, ¿cuáles eran los colores que entonces predominaban?  Lo que sí sé es que nuestros sueños de juventud eran color esperanza.  Pero, por lo demás, cuando vuelva a conversar con mi amigo, el que hoy está lejos, se lo voy a preguntar.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/988950490781206605-2860117388441160259?l=enfoque21.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://enfoque21.blogspot.com/feeds/2860117388441160259/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=988950490781206605&amp;postID=2860117388441160259' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/2860117388441160259'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/2860117388441160259'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://enfoque21.blogspot.com/2008/05/relatos-domingueros_25.html' title='Relatos Domingueros'/><author><name>Luis Hernandez Patiño</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14367307307930688700</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-988950490781206605.post-8458004358827137615</id><published>2008-05-18T08:28:00.000-07:00</published><updated>2008-05-18T08:29:13.835-07:00</updated><title type='text'>Relatos Domingueros</title><content type='html'>LA ESPUMA Y TÚ&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No fue casualidad que ayer, en medio del invierno, sintiera un tierno calor.  No, no fue casualidad, pues descubrí por qué había estado esperando tanto, pero tanto tiempo, frente al mar, frente a ese mar que tanto nos gusta.  ¡Cuánta estética hay en su sonido!  ¡Y qué rico huele, cuando uno está a su lado!&lt;br /&gt;Hace tiempo –ya ni me preocupa acordarme de cuanto- yo tocaba teclado en un restaurante que está ubicado frente a la playa.  Mientras que la gente escuchaba mis interpretaciones, el solo percibir la brisa de la tarde era para mí algo emocionante, fascinante, mejor dicho: delicioso.  Pero, más delicioso aún me resultaba sentir cómo mis melodías eran decoradas, por el lejano sonido del vaivén de las olas que me acompañaban sin cesar.  Al acercarse a mis oídos, a mi gusto, aquellas olas mojaban mi imaginación, y ponían en una fantasiosa gota de sal la más grande de las dulzuras que, en esos instantes, mi boca hubiera querido saborear.&lt;br /&gt;Cuando daban las nueve de la noche –ya había terminado de tocar- debía partir de vuelta a mi casa.  Sin embargo, en mí había un gran deseo por quedarme cerca de la playa.  No sabía por qué, pero me daban ganas de no irme, y no me marchaba.  ¿No estaba cansado?  Sí, pero quería que mi cuerpo y mi mente estén allí, como haciéndole compañía a la luna, a las estrellas, al viento que me despeinaba, y que sacudía mis fantasías e ilusiones, hasta excitarlas, excitándome a mí también, al tiempo que yo esperaba.&lt;br /&gt;Ayer, te volví a encontrar, y mientras charlábamos, me fui dando cuenta, poco a poco, que tú te parecías a la espumita del mar.  Me refiero a esa espumita con la que mis manos jugaban, cuando yo era niño.  Entonces, me pasaban las horas enteras chapoteando en el agua.  ¡Qué días aquellos!  Las mañanas me olían a pescado, y algunas veces, las tardes me sonaban a los remos de aquellos hombres rudos, que empujaban sus lanchas por las piedras de la playa, y que se hacían a la mar, para sumergir sus redes, y así ver de encontrar el pan cotidiano.&lt;br /&gt;Tu llegada, aunque no me lo creas, produjo en mí una gran emoción.  Por eso, me quedé conversando contigo tanto rato, bajo las estrellas de tus palabras, y en medio del calor de aquella agua con la que calentabas el café, que daba aroma a la brisa del bohemio aire de tu voz.  ¿De cuántas cosas no habremos hablado, no?  Sí, sí, pero, el tiempo se pasó volando, como el viento de esas noches, en las que yo me quedaba esperando, y bueno, como te acordarás, nos tuvimos que despedir.&lt;br /&gt;Aunque me hubiera querido quedar, yo me fui, y cuando me dormí empecé a soñar con aquella espumita.  Ya no recuerdo cómo empezó aquel sueño, pero sí tengo muy presente la escena.  Ella estaba a mi lado, y me hablaba de cosas tiernas, de cosas que no siempre me han dicho con tanta dulzura.  Tenía forma de mujer madura.  Pero, al mismo tiempo, en su interior llevaba a una niña cálida, juguetona.&lt;br /&gt;Yo sentí ganas de abrazarla, y ella me permitió hacerlo.  Mis dedos empezaron a jugar con su pelo, y en un gesto muy suyo, la espumita acomodó su cabeza, sobre mi hombro, como para que mis dedos pudiesen jugar mejor, al tiempo que ella gorgojeaba.&lt;br /&gt;Después de ello, mis manos descubrieron su cara, y recorrieron las húmedas curvas de sus labios.  ¡Qué sueño aquel!  Sin embargo, te voy a volver a esperar, y cuando vuelvas con las olas, te seguiré contando.&lt;br /&gt;Allí te espero.LA ESPUMA Y TÚ&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No fue casualidad que ayer, en medio del invierno, sintiera un tierno calor.  No, no fue casualidad, pues descubrí por qué había estado esperando tanto, pero tanto tiempo, frente al mar, frente a ese mar que tanto nos gusta.  ¡Cuánta estética hay en su sonido!  ¡Y qué rico huele, cuando uno está a su lado!&lt;br /&gt;Hace tiempo –ya ni me preocupa acordarme de cuanto- yo tocaba teclado en un restaurante que está ubicado frente a la playa.  Mientras que la gente escuchaba mis interpretaciones, el solo percibir la brisa de la tarde era para mí algo emocionante, fascinante, mejor dicho: delicioso.  Pero, más delicioso aún me resultaba sentir cómo mis melodías eran decoradas, por el lejano sonido del vaivén de las olas que me acompañaban sin cesar.  Al acercarse a mis oídos, a mi gusto, aquellas olas mojaban mi imaginación, y ponían en una fantasiosa gota de sal la más grande de las dulzuras que, en esos instantes, mi boca hubiera querido saborear.&lt;br /&gt;Cuando daban las nueve de la noche –ya había terminado de tocar- debía partir de vuelta a mi casa.  Sin embargo, en mí había un gran deseo por quedarme cerca de la playa.  No sabía por qué, pero me daban ganas de no irme, y no me marchaba.  ¿No estaba cansado?  Sí, pero quería que mi cuerpo y mi mente estén allí, como haciéndole compañía a la luna, a las estrellas, al viento que me despeinaba, y que sacudía mis fantasías e ilusiones, hasta excitarlas, excitándome a mí también, al tiempo que yo esperaba.&lt;br /&gt;Ayer, te volví a encontrar, y mientras charlábamos, me fui dando cuenta, poco a poco, que tú te parecías a la espumita del mar.  Me refiero a esa espumita con la que mis manos jugaban, cuando yo era niño.  Entonces, me pasaban las horas enteras chapoteando en el agua.  ¡Qué días aquellos!  Las mañanas me olían a pescado, y algunas veces, las tardes me sonaban a los remos de aquellos hombres rudos, que empujaban sus lanchas por las piedras de la playa, y que se hacían a la mar, para sumergir sus redes, y así ver de encontrar el pan cotidiano.&lt;br /&gt;Tu llegada, aunque no me lo creas, produjo en mí una gran emoción.  Por eso, me quedé conversando contigo tanto rato, bajo las estrellas de tus palabras, y en medio del calor de aquella agua con la que calentabas el café, que daba aroma a la brisa del bohemio aire de tu voz.  ¿De cuántas cosas no habremos hablado, no?  Sí, sí, pero, el tiempo se pasó volando, como el viento de esas noches, en las que yo me quedaba esperando, y bueno, como te acordarás, nos tuvimos que despedir.&lt;br /&gt;Aunque me hubiera querido quedar, yo me fui, y cuando me dormí empecé a soñar con aquella espumita.  Ya no recuerdo cómo empezó aquel sueño, pero sí tengo muy presente la escena.  Ella estaba a mi lado, y me hablaba de cosas tiernas, de cosas que no siempre me han dicho con tanta dulzura.  Tenía forma de mujer madura.  Pero, al mismo tiempo, en su interior llevaba a una niña cálida, juguetona.&lt;br /&gt;Yo sentí ganas de abrazarla, y ella me permitió hacerlo.  Mis dedos empezaron a jugar con su pelo, y en un gesto muy suyo, la espumita acomodó su cabeza, sobre mi hombro, como para que mis dedos pudiesen jugar mejor, al tiempo que ella gorgojeaba.&lt;br /&gt;Después de ello, mis manos descubrieron su cara, y recorrieron las húmedas curvas de sus labios.  ¡Qué sueño aquel!  Sin embargo, te voy a volver a esperar, y cuando vuelvas con las olas, te seguiré contando.&lt;br /&gt;Allí te espero.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/988950490781206605-8458004358827137615?l=enfoque21.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://enfoque21.blogspot.com/feeds/8458004358827137615/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=988950490781206605&amp;postID=8458004358827137615' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/8458004358827137615'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/8458004358827137615'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://enfoque21.blogspot.com/2008/05/relatos-domingueros_18.html' title='Relatos Domingueros'/><author><name>Luis Hernandez Patiño</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14367307307930688700</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-988950490781206605.post-112153754683788318</id><published>2008-05-11T10:25:00.000-07:00</published><updated>2008-05-11T10:26:52.179-07:00</updated><title type='text'>Un Domingo Especial</title><content type='html'>¡FELIZ DÍA!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Hoy es domingo no?  Bueno, y más específicamente, se trata del segundo domingo del mes de Mayo.  Voy a encontrarme con mi mamá, y con mis hermanos, para pasar un momento agradable, comiendo un asadito a eso de las dos de la tarde y algo más.  Lógicamente, no faltarán los cuentos, las anécdotas, que irán apareciendo alrededor de la sobre mesa, o quizás desde antes de esta, cuando empecemos a brindar por los que están, por los que llamaron, por los que han de llamar, por los que se están demorando, etc.&lt;br /&gt;Ayer, mientras chateaba con algunos amigos, les contaba que una de aquellas cosas de mi infancia, que más recuerdo hasta ahora, eran mis cumpleaños.  Para mí –dicho sea de paso nací en Mayo- se trataba de un día muy emocionante, no tanto por los regalos que recibía.  Me encantaba el solo pensar que me iban a preparar de comer mi plato favorito; me gustaba mucho sentir que en la casa había un movimiento fuera de lo común.  Por la tarde, me iban a visitar mis tías con mis primos, algunos amigos, que inclusive vendrían con sus mamás, y que se quedarían hasta las siete u ocho de la noche, después de cantarme mi Happy Birthday.&lt;br /&gt;Desde las cuatro y media de la tarde, más o menos, el comedor olía riquísimo.  Ya a esa hora, la mesa estaba llena de bocaditos que, de solo estar allí, ¡me hacían agüita la boca!  Y por su puesto, yo no esperaba que lleguen los invitados para comenzar a darle curso a los sanguchitos, a los canapés y a todo lo que hubiera.  El solo hecho de ir a la mesa, y coger uno y otro manjar, creyendo que quizás no me estaban viendo mientras lo hacía, era parte de la emoción que yo experimentaba en el día de mi cumpleaños.  “No se han dado cuenta, ¡qué rico!”, me decía yo.&lt;br /&gt;Pero, si hay algo que me trajo una gran nostalgia, al contarles a mis amigos de todo esto, fue el momento en el que todos nos poníamos alrededor de la torta de cumpleaños.  Me cantaban el Happy Birthday, y luego yo soplaba las velitas.  Como entonces yo percibía la luz, gozaba viendo cómo, en medio de la oscuridad del comedor, al yo soplar las velitas, estas dejaban de alumbrar.&lt;br /&gt;No necesito decir que la promotora, la organizadora, la encargada, la responsable de todas aquellas emociones mías, en el día de mi cumpleaños, era mi mamá.  ¡Por las que habrá pasado!  Y dicho sea de paso: ¿Qué habrá sentido como madre de un niño ciego?  Pero, hoy no quiero hacer ensayo, ni drama, ni filosofía al respecto.  Solamente, estoy pensando.&lt;br /&gt;Cuando niño, mi mamá era mi cómplice –tendría que rectificarme y decir que lo sigue siendo- en muchas cosas que únicamente los mejores amigos comparten.  Cuántas veces, a medio camino, en el auto, le dije que no quería ir a estudiar, y nos íbamos a pasar la mañana a la casa de alguna de mis tías.  A veces nos quedábamos hasta la tarde, para recoger a mis hermanos de su colegio.  Recuerdo que nos íbamos a comprar esos discos de 45 revoluciones por minuto, que contenían las canciones que nos gustaban, y que, entonces, empezaban a sonar en mi casa sin cesar.  Y cuántas cosas más, ¡que quizás hoy se me olvidan!&lt;br /&gt;Más tarde, cuando esté con ella en la mesa, le voy a contar que, muy temprano, me puse a escribir sobre todo aquello, y seguramente, mis recuerdos se convertirán en motivo de conversación para la sobre mesa.  Estoy contento, porque siento que voy a pasar un día agradable, ameno, feliz, y a Dios, gracias le doy por eso.  Pero, hay algo que me estoy preguntando: ¿No podría ser hoy miércoles, en vez de domingo?&lt;br /&gt;Para mí, la madre es alguien muy especial todos los días, y cada uno de los días de nuestras vidas.  ¡No sé qué más decir!&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/988950490781206605-112153754683788318?l=enfoque21.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://enfoque21.blogspot.com/feeds/112153754683788318/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=988950490781206605&amp;postID=112153754683788318' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/112153754683788318'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/112153754683788318'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://enfoque21.blogspot.com/2008/05/un-domingo-especial.html' title='Un Domingo Especial'/><author><name>Luis Hernandez Patiño</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14367307307930688700</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-988950490781206605.post-7656014232703993793</id><published>2008-05-07T10:10:00.000-07:00</published><updated>2008-05-07T10:11:48.122-07:00</updated><title type='text'>Colaboración</title><content type='html'>Esta es una colaboración de nuestra amiga Lupita Vessi de Monterrey, México&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Carta de un ciego a un vidente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Soy un ser humano como tú, pero perdí la vista. Te doy una serie de sugerencias que harán todo más fácil para mí:&lt;br /&gt;Sé de lo más natural conmigo, compórtate sin morbo o lástima.&lt;br /&gt;Cuando estemos en el mismo cuarto, di tu nombre para que yo sepa quien eres tú.&lt;br /&gt;Si estoy con un grupo de personas y te diriges a mí, di mi nombre.&lt;br /&gt;Puedes usar, sin que te cause problemas, palabras como "ciego". "ver", "mirar", etc.&lt;br /&gt;Para caminar no me tomes del brazo, permite que yo te tome a ti de tu brazo.&lt;br /&gt;Cuando estemos frente a escaleras, piedras sueltas o cualquier obstáculo, indícamelo.&lt;br /&gt;Si voy a sentarme, dirige mi mano hacia el respaldo de la silla.&lt;br /&gt;Si hay un pasamanos, dirige mi mano hacia la dirección correcta.&lt;br /&gt;Dime algo acerca de los lugares en donde estamos, como son las cosas y que es lo que sucede.&lt;br /&gt;No uses el claxon del coche para indicarme que puedo pasar, pues me asustas.&lt;br /&gt;Si me ves en un cruce de calle, me daría mucho gusto que me ofrecieras tu ayuda.&lt;br /&gt;Si camino frente a ti, muévete hacia un lado para evitar chocar.&lt;br /&gt;Si usas bicicleta, toca el timbre, para que yo sepa que vienes.&lt;br /&gt;Si estoy en alguna parada de autobús, puedes ayudarme a tomar mi ruta.&lt;br /&gt;Si observas que en medio de un tumulto corro peligro, Ayúdame por favor.&lt;br /&gt;Si hay mucho tráfico de gente, ruido y desorden, agradeceré si me ofreces tu ayuda.&lt;br /&gt;Si en una reunión hay comida difícil de partir, agradeceré tu ayuda.&lt;br /&gt;No dejes puertas abiertas, podría lastimarme.&lt;br /&gt;Si hablas conmigo no mires a mi acompañante, sino a mí.&lt;br /&gt;Háblame con el mismo tono de voz que empleas habitualmente.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/988950490781206605-7656014232703993793?l=enfoque21.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://enfoque21.blogspot.com/feeds/7656014232703993793/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=988950490781206605&amp;postID=7656014232703993793' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/7656014232703993793'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/7656014232703993793'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://enfoque21.blogspot.com/2008/05/colaboracin.html' title='Colaboración'/><author><name>Luis Hernandez Patiño</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14367307307930688700</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-988950490781206605.post-4321028359163089713</id><published>2008-05-03T12:06:00.000-07:00</published><updated>2008-05-03T12:07:12.549-07:00</updated><title type='text'>Relatos Domingueros</title><content type='html'>EL PUENTE QUE NOS FALTA.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡Ah, la infancia!  Yo recuerdo aquella época –corrían los últimos años de la década de los 60- en medio de una mezcla de alegrías que atrás quedaron, y penas que, sin embargo, no han logrado silenciar los ecos de un mundo de ilusiones ¿visuales? que en mi niñez yo abrigaba con todas mis fuerzas, para darles todo mi calor, suponiendo en mi inocencia de niño que a mayor calor menor sería el trecho entre mi realidad y aquellas ilusiones.  Desde ese entonces, llegan hoy hacia mí, como transportados por el mágico toque de un instante de nostalgia, la frescura de la pradera donde yo jugaba, la intensidad de momentos imborrables como los que viví tanto en los días previos a mi viaje, en las horas de mi graduación, cuando tuve el micrófono de una grabadora en mis manos por primera vez, y cuando, ya de adolescente, besé también por primera vez a Alejandra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Miguel -hace poco me lo encontré- también era un niño por aquel entonces; estudiaba en mi escuela, compartíamos el mismo salón, hablábamos de football -por esa época se jugaba el mundial de Méjico 70- y también comentábamos acerca de otros deportes.  Ahora -¡fíjate cuanto tiempo ha pasado!- él es el director de un centro de educación especial, y seguro que no se acostumbra a tener que ponerle fin a los partidos cuando la hora de estudiar llega, como lo hacían los profesores nuestros.  Cuánto me alegra ver los progresos de aquel (director) amigo, y cuánto hay por rescatar de su esfuerzo.  Cuando niño su condición era de las más humildes.  Mientras yo vivía en mi casa, con mis padres y mis hermanos, él tuvo que vivir interno en nuestra escuela, y sin embargo, jamás se rindió pese a la dureza de los golpes que le dio la vida.  Con ello, él daba, quizás sin saberlo, una lección de fortaleza para quien la pueda necesitar, y años más tarde se convertiría en una fuente de consideración y respeto, para mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El reencuentro con él se produjo en un taller sobre ceguera.  Cuando le tocó el turno al tema de educación, Miguel (el señor director) pidió la palabra y me enteré que estaba allí al escuchar su voz.  Ello me llenó de una gran satisfacción, que pude exteriorizar al momento que nos saludamos, en el refrigerio.  Los recuerdos se hicieron presentes en nuestra conversación.  Estos no podían esperar más después de tanto tiempo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;--Yo he pasado una de penurias—me decía él al evocar aquellos días de nuestra infancia..  Pero, aquí estoy, dándole y dándole.&lt;br /&gt;--¿A la pelota?—le pregunté, recordando esos partidos de antaño; y una a una, las anécdotas, los cuentos, las situaciones entonces vividas, brotaban entre risas, que no tenían cuando cesar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hoy todo es distinto.  Nuestro centro de educación –su nombre es Santa Lucía- ya no queda en el mismo lugar.  Lógicamente, en cuanto a cada uno de nosotros, los años –yo ya estoy a punto de entrar a los ¡sin cuenta!- nos han dejado sus huellas al pasar, y se han encargado de enseñarnos lecciones que a lo mejor ni pensábamos aprender, por esos días, mientras andábamos repitiendo toda una hilera de refranes, para aprobar el examen, sin sospechar la vigencia de estos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando niño, Miguel era bueno con la pelota.  Ahora no sé qué tan bueno será.  Entonces, ya en el juego se le notaba empeñoso; era un tipo de carácter, que difícilmente se doblegaba –pensar que algunos se caen como trapos viejos- a la hora de perder el balón.  Él persistía, hasta que lo recuperaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;--¿Te acuerdas de Eric y Juan Carlos ?—le pregunté.&lt;br /&gt;--¡Pero, cómo me voy a olvidar de ellos!—me respondió emocionado, el ahora Director..  ¡Esa gente!  ¡Esos tiempos!  ¡Cuánto por recordar!&lt;br /&gt;Yo en cambio, no era nada bueno con la pelota, contrariamente a lo que pudiese creer, y jugaba en los ratos de recreo; hacía mis cositas porque la pelota tenía tapas de botellas en el interior, lo cual me permitía escuchar por dónde esta iba rodando, para perseguirla.  Pero, definitivamente, lo mío –la verdad sea dicha- era la música, que empezó siendo un pasatiempo y que años más tarde se convertiría en mi medio de vida.  Antes tocaba el piano para las tías que llegaban a mi casa a tomar el te con mi mamá.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hoy, como profesionales –él es educador y yo sociólogo- los dos tendríamos mucho que conversar.  Eso quedó en evidencia desde el primer momento, en aquel pequeño, pero, gratísimo reencuentro.  De hecho que no son pocas las experiencias, que en el curso de los años han ido nutriendo los puntos de vista, que  en la actualidad los dos  pudiésemos haber acumulado –él tiene baja visión- acerca de la problemática de la ceguera y visión subnormal; y por ello quedamos en volvernos a encontrar, para seguir la conversa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ayer, precisamente ayer por la mañana, revisaba mis correos electrónicos, y de pronto recibí la llamada de Miguel, para coordinar el día y fecha de nuestro próximo encuentro.  Yo estoy seguro que, también en este, lo primero que a de aflorar serán los nombres de fulanito, menganito y perencejo; y no me cabe la menor duda que volveremos a hablar del señor que una vez nos vino a visitar desde el Brasil, o de aquella tarde en la que perdimos el tapón de la colchoneta de la alemana, en el fondo de la piscina.  Pero, a todo esto, también sé que, llegado el momento, aprovecharemos –será necesario aprovechar la oportunidad- para hablar de nuestra realidad, así como del significado y las múltiples implicancias que el hecho de ver poco o simplemente de no ver tienen en ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quizás, en un principio, hablemos de cosas que ya todos sabemos.&lt;br /&gt;--Esta realidad ya me tiene harto—&lt;br /&gt;--¡Qué me vas a decir a mí de eso!  Ser ciego en este país es una... m.—-&lt;br /&gt;--Seguro.  ¿No te revienta que te tomen como ciudadano de segundilla, por el hecho de no ver?—&lt;br /&gt;--¡Ah, es que no te he contado!  Resulta que hace poco, me creyeron mendigo—&lt;br /&gt;Ya te contaré.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde hace un tiempo, yo tengo una idea –a veces pienso que es una sensación- que en el próximo encuentro pienso compartir con Miguel, y es que ya debemos terminar con el festival del diagnóstico en el que nos hemos quedado atracados.  Yo creo que ya se criticó lo suficiente a la realidad de las personas ciegas y que ahora hay que encontrar la forma de cambiar esa realidad tan criticada, para reemplazarla por otra que sea inclusiva y en la que todos tengamos un lugar.   Pero también creo firmemente que para cambiar nuestra realidad – y eso quiero remarcarlo – los primeros que tenemos que cambiar somos los ciegos mismos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al ver la situación en la que estamos, y sobre todo al experimentar en carne propia lo profundo de nuestra problemática, me resulta muy difícil creer que no podamos ser capaces de dejar de lado nuestros egoísmos, nuestros apetitos individuales.  “¿Qué tiene que ver la falta de vista con nuestra incapacidad de unirnos?”, me pregunto sin cesar, y me vuelvo a interrogar:  “¿No debería la ceguera ser más bien un motivo de unión de todos, considerando las implicancias de esta?”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En todos los campos de la actividad humana, y en todos los terrenos –el de la discapacidad no es el único- la experiencia es la misma; sin la unión de quienes están interesados en lograr algo nada es posible.   En nuestro caso, se supone que anhelamos llegar a otro nivel de vida dejando atrás de una vez por todas el fango de la postergación, marginalidad, falta de oportunidades e indiferencia en el que hasta hoy se hunden nuestros bastones.  Alcanzar ello, aún cuando es difícil no tendría porque ser imposible si es que empezamos nosotros por cambiar de actitud.  Hacerlo nos permitirá construir un puente que mucha falta nos hace para pasar sobre la ignorancia y la falta de solidaridad y comprensión y para acabar con aquel viejo refrán  que  reza:  “Del dicho al hecho hay mucho trecho”.  Si no construimos ese puente nos quedaremos sin poderlo cruzar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lic. Luis Hernández Patiño&lt;br /&gt;Sociólogo&lt;br /&gt;Lima- Perú&lt;br /&gt;       &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;EL PUENTE QUE NOS FALTA.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡Ah, la infancia!  Yo recuerdo aquella época –corrían los últimos años de la década de los 60- en medio de una mezcla de alegrías que atrás quedaron, y penas que, sin embargo, no han logrado silenciar los ecos de un mundo de ilusiones ¿visuales? que en mi niñez yo abrigaba con todas mis fuerzas, para darles todo mi calor, suponiendo en mi inocencia de niño que a mayor calor menor sería el trecho entre mi realidad y aquellas ilusiones.  Desde ese entonces, llegan hoy hacia mí, como transportados por el mágico toque de un instante de nostalgia, la frescura de la pradera donde yo jugaba, la intensidad de momentos imborrables como los que viví tanto en los días previos a mi viaje, en las horas de mi graduación, cuando tuve el micrófono de una grabadora en mis manos por primera vez, y cuando, ya de adolescente, besé también por primera vez a Alejandra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Miguel -hace poco me lo encontré- también era un niño por aquel entonces; estudiaba en mi escuela, compartíamos el mismo salón, hablábamos de football -por esa época se jugaba el mundial de Méjico 70- y también comentábamos acerca de otros deportes.  Ahora -¡fíjate cuanto tiempo ha pasado!- él es el director de un centro de educación especial, y seguro que no se acostumbra a tener que ponerle fin a los partidos cuando la hora de estudiar llega, como lo hacían los profesores nuestros.  Cuánto me alegra ver los progresos de aquel (director) amigo, y cuánto hay por rescatar de su esfuerzo.  Cuando niño su condición era de las más humildes.  Mientras yo vivía en mi casa, con mis padres y mis hermanos, él tuvo que vivir interno en nuestra escuela, y sin embargo, jamás se rindió pese a la dureza de los golpes que le dio la vida.  Con ello, él daba, quizás sin saberlo, una lección de fortaleza para quien la pueda necesitar, y años más tarde se convertiría en una fuente de consideración y respeto, para mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El reencuentro con él se produjo en un taller sobre ceguera.  Cuando le tocó el turno al tema de educación, Miguel (el señor director) pidió la palabra y me enteré que estaba allí al escuchar su voz.  Ello me llenó de una gran satisfacción, que pude exteriorizar al momento que nos saludamos, en el refrigerio.  Los recuerdos se hicieron presentes en nuestra conversación.  Estos no podían esperar más después de tanto tiempo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;--Yo he pasado una de penurias—me decía él al evocar aquellos días de nuestra infancia..  Pero, aquí estoy, dándole y dándole.&lt;br /&gt;--¿A la pelota?—le pregunté, recordando esos partidos de antaño; y una a una, las anécdotas, los cuentos, las situaciones entonces vividas, brotaban entre risas, que no tenían cuando cesar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hoy todo es distinto.  Nuestro centro de educación –su nombre es Santa Lucía- ya no queda en el mismo lugar.  Lógicamente, en cuanto a cada uno de nosotros, los años –yo ya estoy a punto de entrar a los ¡sin cuenta!- nos han dejado sus huellas al pasar, y se han encargado de enseñarnos lecciones que a lo mejor ni pensábamos aprender, por esos días, mientras andábamos repitiendo toda una hilera de refranes, para aprobar el examen, sin sospechar la vigencia de estos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando niño, Miguel era bueno con la pelota.  Ahora no sé qué tan bueno será.  Entonces, ya en el juego se le notaba empeñoso; era un tipo de carácter, que difícilmente se doblegaba –pensar que algunos se caen como trapos viejos- a la hora de perder el balón.  Él persistía, hasta que lo recuperaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;--¿Te acuerdas de Eric y Juan Carlos ?—le pregunté.&lt;br /&gt;--¡Pero, cómo me voy a olvidar de ellos!—me respondió emocionado, el ahora Director..  ¡Esa gente!  ¡Esos tiempos!  ¡Cuánto por recordar!&lt;br /&gt;Yo en cambio, no era nada bueno con la pelota, contrariamente a lo que pudiese creer, y jugaba en los ratos de recreo; hacía mis cositas porque la pelota tenía tapas de botellas en el interior, lo cual me permitía escuchar por dónde esta iba rodando, para perseguirla.  Pero, definitivamente, lo mío –la verdad sea dicha- era la música, que empezó siendo un pasatiempo y que años más tarde se convertiría en mi medio de vida.  Antes tocaba el piano para las tías que llegaban a mi casa a tomar el te con mi mamá.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hoy, como profesionales –él es educador y yo sociólogo- los dos tendríamos mucho que conversar.  Eso quedó en evidencia desde el primer momento, en aquel pequeño, pero, gratísimo reencuentro.  De hecho que no son pocas las experiencias, que en el curso de los años han ido nutriendo los puntos de vista, que  en la actualidad los dos  pudiésemos haber acumulado –él tiene baja visión- acerca de la problemática de la ceguera y visión subnormal; y por ello quedamos en volvernos a encontrar, para seguir la conversa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ayer, precisamente ayer por la mañana, revisaba mis correos electrónicos, y de pronto recibí la llamada de Miguel, para coordinar el día y fecha de nuestro próximo encuentro.  Yo estoy seguro que, también en este, lo primero que a de aflorar serán los nombres de fulanito, menganito y perencejo; y no me cabe la menor duda que volveremos a hablar del señor que una vez nos vino a visitar desde el Brasil, o de aquella tarde en la que perdimos el tapón de la colchoneta de la alemana, en el fondo de la piscina.  Pero, a todo esto, también sé que, llegado el momento, aprovecharemos –será necesario aprovechar la oportunidad- para hablar de nuestra realidad, así como del significado y las múltiples implicancias que el hecho de ver poco o simplemente de no ver tienen en ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quizás, en un principio, hablemos de cosas que ya todos sabemos.&lt;br /&gt;--Esta realidad ya me tiene harto—&lt;br /&gt;--¡Qué me vas a decir a mí de eso!  Ser ciego en este país es una... m.—-&lt;br /&gt;--Seguro.  ¿No te revienta que te tomen como ciudadano de segundilla, por el hecho de no ver?—&lt;br /&gt;--¡Ah, es que no te he contado!  Resulta que hace poco, me creyeron mendigo—&lt;br /&gt;Ya te contaré.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde hace un tiempo, yo tengo una idea –a veces pienso que es una sensación- que en el próximo encuentro pienso compartir con Miguel, y es que ya debemos terminar con el festival del diagnóstico en el que nos hemos quedado atracados.  Yo creo que ya se criticó lo suficiente a la realidad de las personas ciegas y que ahora hay que encontrar la forma de cambiar esa realidad tan criticada, para reemplazarla por otra que sea inclusiva y en la que todos tengamos un lugar.   Pero también creo firmemente que para cambiar nuestra realidad – y eso quiero remarcarlo – los primeros que tenemos que cambiar somos los ciegos mismos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al ver la situación en la que estamos, y sobre todo al experimentar en carne propia lo profundo de nuestra problemática, me resulta muy difícil creer que no podamos ser capaces de dejar de lado nuestros egoísmos, nuestros apetitos individuales.  “¿Qué tiene que ver la falta de vista con nuestra incapacidad de unirnos?”, me pregunto sin cesar, y me vuelvo a interrogar:  “¿No debería la ceguera ser más bien un motivo de unión de todos, considerando las implicancias de esta?”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En todos los campos de la actividad humana, y en todos los terrenos –el de la discapacidad no es el único- la experiencia es la misma; sin la unión de quienes están interesados en lograr algo nada es posible.   En nuestro caso, se supone que anhelamos llegar a otro nivel de vida dejando atrás de una vez por todas el fango de la postergación, marginalidad, falta de oportunidades e indiferencia en el que hasta hoy se hunden nuestros bastones.  Alcanzar ello, aún cuando es difícil no tendría porque ser imposible si es que empezamos nosotros por cambiar de actitud.  Hacerlo nos permitirá construir un puente que mucha falta nos hace para pasar sobre la ignorancia y la falta de solidaridad y comprensión y para acabar con aquel viejo refrán  que  reza:  “Del dicho al hecho hay mucho trecho”.  Si no construimos ese puente nos quedaremos sin poderlo cruzar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lic. Luis Hernández Patiño&lt;br /&gt;Sociólogo&lt;br /&gt;Lima- Perú&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/988950490781206605-4321028359163089713?l=enfoque21.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://enfoque21.blogspot.com/feeds/4321028359163089713/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=988950490781206605&amp;postID=4321028359163089713' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/4321028359163089713'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/4321028359163089713'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://enfoque21.blogspot.com/2008/05/relatos-domingueros.html' title='Relatos Domingueros'/><author><name>Luis Hernandez Patiño</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14367307307930688700</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-988950490781206605.post-5954789235659401676</id><published>2008-04-29T08:40:00.000-07:00</published><updated>2008-04-29T08:44:45.797-07:00</updated><title type='text'>Danza y Ceguera</title><content type='html'>BIOETICA, BIODANZA Y DISCAPACIDAD&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Martha Llanos, PhD&lt;br /&gt;Asociación Peruana de Bioética (ASPEBIO)&lt;br /&gt;Escuela Peruana de Biodanza&lt;br /&gt;“La calidad de vida es un tema prioritario en la Bioética y es así que Martha Llanos, psicóloga, especialista en desarrollo Humano y miembro de la Asociación Peruana de Bioética se une a esta celebración compartiendo el ser la responsable de la experiencia pionera de investigación a nivel mundial de aplicación de la Biodanza con adultos ciegos.”&lt;br /&gt;La ética de la vida nos llama a una nueva celebración y es la conmemoración anual del día de la Danza. El Día Internacional de la Danza fue instaurado en 1982 por iniciativa del Comité de Danza Internacional del Instituto Internacional del Teatro (ITI/UNESCO). El objetivo de esta celebración es reunir al mundo de la danza, rindiéndole homenaje y celebrar su universalidad, traspasando barreras políticas, culturales y étnicas.&lt;br /&gt;La expresión de la interioridad de las personas a través de la danza – movimiento permite el surgimiento y el desarrollo de la creatividad, la expresión y la sensibilidad favoreciendo la aceptación de uno mismo y de los demás. Se reconoce que la danza humana es tan antigua como el primer hombre que danzaba sus sentimientos de alegría, tristeza, ira, miedo. La danza constituía un vehículo para expresar no sólo las condiciones materiales de su existencia, sino también creencias, sentimientos y pensamientos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El tercer  milenio en que nos toca vivir esta clamando por una restitución de la                                 sacralidad de la vida y de la solidaridad humana. Es el arte que tiene una dimensión creadora y sanadora en la vida de los pueblos. Es así que toda expresión, todo movimiento, toda danza, es un lenguaje viviente. El arte más universal es el arte de vivir traducido en el arte de ser, hacer y convivir con los demás en un contexto de respeto, equidad e inclusión, reflejo de un desarrollo humano que prioriza la calidad de vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En esta ocasión y habiendo experimentado diversas escuelas y métodos en el campo de la danza, quiero recordar a Patricia Stokoe mi maestra de quien recibí las primeras lecciones –encuentros a través de la expresión corporal, allá en su escuela en Buenos Aires de ella puedo compartir sus testimonios cuando decía  “…Aquí no se trata de ser o no bailarín/a, sino de aceptar y abrazar tu mundo corporal sensible y afectivo, de entrar en comunión contigo mismo, y desde allí despertar tus propias imágenes, metáforas y creatividad corporal y hacer de tu propia vida una obra de arte”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Posteriormente compartí con la gran maestra Gabrielle Roth en Nueva York la creadora de los cinco ritmos  ella escribo”… Suda tus oraciones”, porque metafóricamente nos indica que en el sudor de la danza y el movimiento vas llegando a la interioridad de tu ser y a encuentros trascendentales que van mas allá de tu naturaleza corporal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Finalmente llega la Biodanza al Perú en la década de los 80, la Biodanza creada por Rolando Toro tuvo en el Perú sus inicios con mi maestra Silvia Montes y aquí  les quisiera compartir la experiencia personal mas extraordinaria que me  lleva a unir mi formación como Psicóloga Investigadora del Desarrollo Humano y mi pasión por la danza y el teatro y vincularla con el mundo de los ciegos. Recientemente he realizado la primera experiencia de investigación con la Biodanza y el mundo de la discapacidad visual.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Biodanza, danza de la vida".&lt;br /&gt; "Biodanza es un sistema de integración afectiva, renovación orgánica y reaprendizaje de las funciones originarias de vida, basada en vivencias inducidas por la danza, el canto y situaciones de encuentro en grupo".&lt;br /&gt;Ella surge de lo más entrañable del Ser Humano. Es movimiento de vida, es ritmo biológico, ritmo del corazón, ritmo de la respiración, impulso de vinculación a la especie, es movimiento de intimidad.&lt;br /&gt;La ceguera,hablamos muchas veces de una “ceguera existencial” cuando los seres humanos limitan el disfrute y la alegría de vivir y empañan el cada día con una visión limitada de la realidad. Pero los hay también quienes son realmente ciegos físicos que se desenvuelven en el cada día de la obscuridad. Esta pregunta de cómo es el mundo de los ciegos y que es la ceguera, pregunta de tipo existencial nos llevo a adentrarnos en el mundo de los ciegos y proponer el uso de la Biodanza.&lt;br /&gt;La Biodanza, danza de la vida,  es un camino para reencontrar la alegría de vivir. Rolando Toro, creador y fundador del sistema Biodanza, promueve la importancia de contar con disciplinas que utilicen el movimiento corporal y que vayan unidos a la vivencia y a la emoción.  Afirma la importancia de la integración afectivo-motora para la  auto-organización y modificación profunda en el argumento de vida. Biodanza se propone integrar al ser humano, trabajando todos los aspectos del movimiento. Debido a este abordaje podemos definir la Biodanza como un sistema de integración humana, renovación orgánica y reaprendizaje de funciones originales de vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La propuesta de Biodanza en un grupo de personas con discapacidad visual  aparece como reto innovador. Basada en la información proveniente de las 100 escuelas de Biodanza a nivel mundial encontramos que no se habían realizado experiencias de esta naturaleza con poblaciones de adultos ciegos. La Biodanza en el mundo entero cuenta con  resultados de impacto en la autoestima, identidad, alegría de vivir y en general en los objetivos en el desarrollo humano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los ejercicios acompañados por música, ayudan a mejorar la comunicación entre  quienes justamente están privados de los sentidos esenciales para el vínculo con la vida, como son la vista y el oído.” Rolando Toro indica “si el mundo cognitivo del niño ciego es pobre y estrecho, mucho más restringido es el mundo afectivo, quedando así sumergido en un pozo de soledad. Sus relaciones interpersonales son pobres. Muchas veces la necesidad de contacto se satisface a través de la agresión”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El objetivo central del estudio fue analizar la experiencia de Biodanza en ciegos adultos de la Unión Nacional de Ciegos del Perú .Contribuir a  mejorar la integración afectivo-motora de los participantes adultos ciegos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es así que  el proyecto de estudio con ciegos se enmarco en la propuesta de la Biodanza como principio biocéntrico, regenerador, propulsor de un encuentro con la profundidad del ser a través de la vivencia. Ella aporto al conocimiento del mundo de los ciegos y contribuyo a la reducción de stress, mejora la comunicación y seguridad de los participantes, incremento la autoestima y su calidad de vida.&lt;br /&gt;La experiencia de los 13 participantes nos permitió asegurar los efectos positivos de la Biodanza y se logro:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Facilitar la Integración afectiva motora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Propiciar una mejora en la autoestima y seguridad personal. Facilitar la toma de conciencia personal y fomentar  la interrelación con los demás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Facilitar los potenciales de expresión personal&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para concluir comparto el mensaje mundial en conmemoración del día de la danza 2008, de Gladys Faith Fundadora del Teatro Agulhas, coreógrafa y educadora de Sudáfrica.&lt;br /&gt;"El espíritu de la danza no tiene color, no tiene forma definida, ni talla".&lt;br /&gt;Pero tiene el poder de la unidad, la fuerza y la belleza que se encuentra en nosotros. Cada alma que baila, joven, vieja o una persona que vive con una DISCAPACIDAD.&lt;br /&gt;Crea y transforma ideas en movimientos de arte que cambian nuestra vida.&lt;br /&gt;La danza es el espejo que refleja lo imposible hecho posible, para que todo el mundo pueda tocarlo, sentirlo, escucharlo y experimentarlo.&lt;br /&gt;Los sonidos de nuestros corazones y nuestra alma son nuestro ritmo. Cada uno de nuestros movimientos revela la historia de la humanidad. Es el elemento en el cual el espíritu humano puede abrazar la libertad absoluta.&lt;br /&gt;Cada vez que nuestras manos tocan, ocurre algo bello. Lo que el alma recuerda, el cuerpo lo representa a través del movimiento. Por ello la danza es la fuerza curativa a la que todos podemos acceder, tú eres mis ojos y yo soy tus pies.&lt;br /&gt;Celebremos el Día Internacional de la Danza. Utilicen la pasión por la danza para sanarse mutuamente. Consoliden su comunidad de danza. Y lo más importante, sean lo mejor que puedan ser. Somos capaces de permanecer unidos a través del poder y el espíritu de la danza".&lt;br /&gt;¨Recordemos que la bioética es "La conciencia de la ciencias medicas y biológicas, como una practica dinámica, racional, y reguladora de los valores éticos y deontológicos con la característica de ser multidisciplinaria y que tiene como objetivo la preservación de la dignidad humana en sus diversas expresiones".&lt;br /&gt;Apreciemos la dimensión creativa de los que viven en un mundo de sombras y en donde su luz de creatividad y arte de vivir nos compromete a todos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nota sobre la Autora&lt;br /&gt;Martha Llanos,PhD, Psicologa peruana, premio mundial de Pediatria Social Natalie Masse (1988) y pionera investigadora en el campo del desarrollo humano y pobreza. Peregrina mundial , Biodanzante ,Facilitadora de Biodanza de la Escuela Peruana de Biodanza, dedicada a la promoción de los derechos de niñ@s y mujeres y al fortalecimiento de las potencialidades humanas a través del arte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Marthallanos2005@yahoo.com&lt;br /&gt;crearte2008@yahoo.com&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/988950490781206605-5954789235659401676?l=enfoque21.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://enfoque21.blogspot.com/feeds/5954789235659401676/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=988950490781206605&amp;postID=5954789235659401676' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/5954789235659401676'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/5954789235659401676'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://enfoque21.blogspot.com/2008/04/danza-y-ceguera.html' title='Danza y Ceguera'/><author><name>Luis Hernandez Patiño</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14367307307930688700</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-988950490781206605.post-3922446474260018555</id><published>2008-04-27T08:47:00.000-07:00</published><updated>2008-04-27T08:48:18.963-07:00</updated><title type='text'>Relatos Domingueros</title><content type='html'>v¿CÓMO LE VA, DOÑA NOSTALGIA?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hace unos días, recibí una agenda de actividades musicales.  El que la envía es un amante del Jazz; siempre está muy bien informado sobre todo lo que ocurre en la ciudad con dicho género; se da el trabajito de armar toda una lista con las presentaciones de la semana, y en aquella ocasión, lo que más me llamó la atención fue que se ofrecía una clase maestra de guitarra.  Ni bien me enteré de ello, le dije a mi hijo para ir juntos.  Pensé que dicha clase le podía ser muy provechosa, pues él está estudiando para músico, y la guitarra es precisamente su instrumento.&lt;br /&gt;La clase iba a darse en un teatro, cuya dirección no me era para nada desconocida.  Teníamos que estar allí a eso de las once de la mañana, así que nos organizamos para llegar a tiempo, y tomamos un ómnibus que pasa a unas cinco cuadras de nuestra casa.  Cuando arribamos, nos encontramos con un tremendo edificio.  Había cualquier cantidad de gente –era un mar humano- que entraba y salía.  La mayoría de ellos eran jóvenes que iban y venían de sus aulas, con el mismo ímpetu, con la misma energía, con la que yo lo hacía cuando era un adolescente como mi hijo.&lt;br /&gt;A los catorce años, yo ya me movilizaba solo con mi bastón, y entonces, me matricularon en un instituto de Inglés.  Este quedaba algo cerca del centro de rehabilitación de ciegos, donde yo me preparaba, así que, tan pronto como terminaba, me iba para el instituto.  Estaba instalado en una casona vieja, que hacía esquina en el cruce de dos avenidas del distrito de Miraflores.  ¡Qué ambiente para más acogedor, el que entonces había en aquel lugarcito!&lt;br /&gt;Todos, estudiantes y profesores, nos conocíamos, y lo que no puedo olvidar es el calor humano que yo encontraba allí.  Lo percibí desde mi primer día de clases.  ¡Cómo se desvivían los teachers por darme todas las facilidades!  Me tomaban los exámenes en forma oral, pues entonces no había nada de tecnología adaptada para ciegos.  ¡Y ni pensar en el señor Jaws!&lt;br /&gt;Yo me pasaba las horas de las horas en la academia.  Mis clases terminaban, pero yo me quedaba, pues quería encontrar la oportunidad de practicar Inglés, y también, porque allí me sentía muy a gusto.  Ya me había aprendido de memoria dónde estaba la biblioteca, la administración, la escalera para el segundo piso, la cafetería, las mesas en las que nos reuníamos varios amigos, y en buena cuenta, me movía por el instituto, como Pedro por su casa.  Recuerdo que se organizó un club de conversación.&lt;br /&gt;Quienes nos quedábamos para hablar en Inglés, nos encontrábamos con una amiga norteamericana, de avanzada edad.  Era una de esas gringuitas, ¡que son recontra buena gente!  Un buen día, decidió dejar su país para conocer el mundo, y terminó afincándose en el Perú.&lt;br /&gt;Yo conversaba mucho con ella, y hasta hoy, llevo en mi mente todo lo que me enseñó acerca de lo que es la vida.  En una ocasión –me parecería que hubiera sido ayer- ninguno de los amigos fue al club de conversación.  Sin embargo, la amiga sí estaba, y entonces, nos pusimos a hablar, sin preocuparnos del tiempo, ni el espacio.  ¿”Si tuvieras un hijo, y quisiera estudiar música, lo dejarías?”, me preguntó, cuando menos me lo esperaba.  Yo le hice otra pregunta: “¿Por qué me lo planteas?”, y entonces, me empezó a contar.  Casi entre sollozos, me relató cómo su padre le había prohibido que toque el piano.  “Tú tienes que estudiar química”, le repetía sin piedad.&lt;br /&gt;En la cafetería donde estábamos –la vida tiene una de coincidencias increíbles- había un piano, que estaba volteado.  Sus teclas daban hacia la pared, y eso le recordaba la forma en la que su papá había puesto el piano de su casa, para que ella no lo toque.  ¿Pero conseguiría el señor su objetivo?&lt;br /&gt;Resulta que en un momento dado -no había mucha gente- ella se paró, se dirigió al instrumento, y luego de unos instantes de silencio, empezó a hacer lo mismo que cuando era niña.  Yo jamás había tenido la oportunidad de oír llorar a un piano, como en aquella noche, en la que mi amiga daba rienda suelta a sus emociones, sin evitar que la cafetería se llene de personas que venían a escucharla.&lt;br /&gt;¡Dónde estará hoy mi amiga!  ¿Tendrá correo electrónico?  ¿Podría hablar con ella por Skype?  Quizás, se quedó tocando en el tiempo, sin saber que existe la tecnología antes mencionada; sin voltear el piano; sin detenerse; sin darse cuenta de la cantidad de años que han pasado; sin sospechar que yo hasta hoy recuerdo esa noche.&lt;br /&gt;Me parece estarla escuchando allí, en aquel lugar donde nos encontrábamos, en aquella casona vieja, acogedora, que hoy se ha convertido en ese tremendo edificio, al que entra cualquier cantidad de gente, y a cuyo teatro fui con mi hijo, para que escuche su clase magistral de guitarra.&lt;br /&gt;¿Podré volverla a escuchar a ella?&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/988950490781206605-3922446474260018555?l=enfoque21.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://enfoque21.blogspot.com/feeds/3922446474260018555/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=988950490781206605&amp;postID=3922446474260018555' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/3922446474260018555'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/3922446474260018555'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://enfoque21.blogspot.com/2008/04/relatos-domingueros_27.html' title='Relatos Domingueros'/><author><name>Luis Hernandez Patiño</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14367307307930688700</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-988950490781206605.post-3930508440253617922</id><published>2008-04-19T13:02:00.000-07:00</published><updated>2008-04-19T13:07:16.122-07:00</updated><title type='text'>Relatos Domingueros</title><content type='html'>La Presencia de una Amiga&lt;br /&gt;Y, de acuerdo con mi experiencia, es recomendable tratar de conseguir un equilibrio emocional que, en una forma sobria, serena, nos permita seguir adelante.&lt;br /&gt;--¿Por qué?&lt;br /&gt;--Porque si estoy tranquilo, relajado, puedo entablar relaciones positivas con las personas que me rodean; tengo la posibilidad de hacer nuevos amigos, en vez de quedarme aislado; puedo disfrutar de encuentros con gente linda, que sí existe, y que, cuando uno menos lo espera, se presenta como uno de aquellos regalos –yo diría tesoros- que, a lo largo del camino, vamos encontrando en medio de grandes sorpresas.&lt;br /&gt;Yo había oído hablar de un grupo de personas que se reunía, para conversar de diferentes temas, y, como sentí una gran curiosidad, decidí asistir a uno de sus encuentros. No conocía a nadie, y, en un momento dado, al verme solo me pregunté: “¿Qué hago aquí?”. Pero, de pronto alguien se me aproximó:&lt;br /&gt;--Hola, Me llamo Sonia. ¿Has venido solo?&lt;br /&gt;--Sí, realmente no conozco a nadie –le respondí.&lt;br /&gt;--Ah, entonces ven para presentarte a unos amigos, y siéntate a la mesa con nosotros –ella comentó.&lt;br /&gt;Con aquel gesto, dejó grabada en mí una huella que jamás se borrará; se me entró hasta el alma. Quizás, sin pensarlo, me ayudó a sacudirme de la soledad de la que, en esos momentos, yo pensaba que no iba a salir. De no haber sido por su presencia, hubiera tennido que pasarme la tarde aislado. ¿Por qué? Porque, a menos que alguien se me acerque, la ceguera no me permite comunicarme fácilmente, en una forma natural, ágil, espontánea, con el resto de integrantes de un mundo que va, viene, corre, salta, baila, sube y baja, al son de lo que ve. Por eso, desde aquellos instantes, Sonia se ganó un lugar muy peculiar dentro de mí, y, sin proponérselo, pasó a ser como una musa a la que miro sin tener que abrir los ojos. Ella es como un poema que no sé cómo empezar a recitar.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/988950490781206605-3930508440253617922?l=enfoque21.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://enfoque21.blogspot.com/feeds/3930508440253617922/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=988950490781206605&amp;postID=3930508440253617922' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/3930508440253617922'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/3930508440253617922'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://enfoque21.blogspot.com/2008/04/relatos-domingueros.html' title='Relatos Domingueros'/><author><name>Luis Hernandez Patiño</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14367307307930688700</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-988950490781206605.post-6536932007705410217</id><published>2008-03-30T09:12:00.000-07:00</published><updated>2008-03-30T09:13:37.043-07:00</updated><title type='text'>Relatos Domingueros</title><content type='html'>LA CARTA&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su relación con las personas ciegas venía desde cuando él era muy joven.  Mientras estaba en la escuela, colaboraba leyendo en voz alta.  Hasta aprendió el sistema Braille, porque deseaba que sus amigos le contasen sus experiencias, cómo podían sentirse en medio de la ceguera, qué significaba el hecho de no ver.&lt;br /&gt;Los acompañaba al teatro, a oír música.  En ciertas ocasiones, él iba con ellos a comer.  Como era un gran observador, muy intuitivo, se daba cuenta que, en torno a las personas ciegas, había características muy singulares, y quería conocer más a fondo tales características.  No deseaba quedarse en el plan del simple lector que años después sería remplazado por el Jaws.&lt;br /&gt;Para José, dichas personas permanecían en medio de algo nada fácil de poder descifrar.  “¿Qué será eso?”, se preguntaba sin cesar.  Las ganas de conocer más y más al respecto se lo comían.&lt;br /&gt;El desánimo de su amiga Blanquita no lo amilanaba.  Por el contrario, era como un estímulo; lo impulsaba a buscar que sus otros amigos ciegos le hablen más, sobre lo que él percibía.  Les daba la posibilidad de que le escriban, si así lo preferían.  ¿Había algún tipo de obsesión en ello?  A veces sus amigos no lo entendían.  “Trata de explicarnos mejor, qué es lo que deseas saber”.&lt;br /&gt;Y leía las cartas que sus amigos le enviaban, creyendo poder encontrar alguna pista.  Al repasarlas notaba que, algunas de ellas, estaban llenas de un verbalismo ilimitado, decorado al máximo de inseguridades y complejos, tanto de inferioridad como de superioridad.&lt;br /&gt;En una ocasión alguien le escribió diciendo:  “Yo no veo, pero veo más que los que ven, porque los que ven no ven como sí vemos los que no vemos...”.&lt;br /&gt;Cuando les contestaba les pedía presiciones.  De paso, aprovechaba para hacerles preguntas de diferentes tipos que algunos le respondían, con lujo de detalles, por la confianza que le tenían.  “Si quieres te puedo seguir contando más”, se leía en varias de las misivas que le llegavan.&lt;br /&gt;Debido a lo fluido de las comunicaciones, empezó a fomentarse una especie de club de correspondencia que, por un buen tiempo, se mantuvo.  Sus amigos le siguieron escribiendo, incluso cuando él entró a la Dominican University que está en el Condado de Marin, porque lo echaban de menos, y porque no querían dejar de contar con alguien que estuviese dispuesto a escucharlos, como José lo hacía.  Querían contar con él, para compartirle sus vivencias cotidianas, esas vivencias que las personas ciegas no siempre tienen a quién volcarle.&lt;br /&gt;Una mañana, le llegó una carta en Braille; no tenía nombre ni apellido en el sobre.  Era la primera vez que sucedía algo así.  Usualmente, las cartas le llegavan firmadas por el remitente.  “¿Quién será, quién será?”, se preguntaba mientras abría el sobre, y sintió entonces una gran curiosidad.  Ávido por desentrañar aquel misterio empezó a leer Con sus dedos:&lt;br /&gt;“Querido amigo.  Te ofresco mis disculpas por molestarte.  Yo no sé cómo empezar...  Bueno, espero que...”, decía la misiva, reflejando ya en esas primeras palabras una gran inseguridad, complejos, una bajísima autoestima.  “Me siento....  Bueno, me da cosa decir...  Y, otra vez discúlpame por quitarte tu tiempo, pero es que ehmm”.&lt;br /&gt;José continuó leyendo, con una curiosidad cada vez mayor.  “Eh bien, quiero contarte que yo soy...  Bueno, que yo me siento... muy sola, que aunque la gente me rodea en la iglesia, en mi barrio, y me dan ánimos, me siento muy, pero, muy sola.  Eh, no quisiera incomodarte pero, sí, me siento como si estuviese fuera de este mundo de luz, de color, en el que todos hablan de luz, de color”.&lt;br /&gt;“¿Quién será?”, seguía preguntándose José mientras que, con gran vehemencia, deslizaba sus dedos, sobre aquel papel tan intensamente perforado por las emociones de la persona que lo había escrito.  En un momento, debió detenerse para secárse los dedos.  No se explicaba por qué, de pronto, le estaban sudando, y cuando los secó, los volvió a deslizar:  “Sí, y para no vivir en el vacío, en la nada, como si me hubiera quedado al costado de la vida, al margen de lo humano, sin tener derecho a disfrutar del placer, sin tener quien me haga el amor, me veo en la necesidad de hacer de arquitecta, para construirme un mundo yeno de fantasías, para ver si al menos en él yo pudiese ser feliz”.&lt;br /&gt;“¿Qué?  ¿Pero que quiere decir esto?”, empezó a preguntarse a sí mismo, sin poder salir de su asombro.  Era la primera vez que José tiraba una carta.  No lo hacía en un gesto de rechazo.  La tiraba de emoción frente a lo que había leído.  “¿Un mundo?  ¿Todo un mundo?  ¿Es eso lo que yo percibía en cada uno de mis amigos?  ¿Es eso lo que yo hasta ahora no me había podido explicar?  ¿Será que cada uno de ellos hace lo mismo, construirse su mundo?  ¿De qué color será ese mundo?”.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/988950490781206605-6536932007705410217?l=enfoque21.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://enfoque21.blogspot.com/feeds/6536932007705410217/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=988950490781206605&amp;postID=6536932007705410217' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/6536932007705410217'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/6536932007705410217'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://enfoque21.blogspot.com/2008/03/relatos-domingueros_30.html' title='Relatos Domingueros'/><author><name>Luis Hernandez Patiño</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14367307307930688700</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-988950490781206605.post-6723828844455893965</id><published>2008-03-23T09:05:00.000-07:00</published><updated>2008-03-23T09:06:20.579-07:00</updated><title type='text'>Relatos Domingueros</title><content type='html'>Volver&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras estoy sentado frente a mi computadora, giro el dial del pequeño receptor de radio que tengo a mi lado, y empiezo a escuchar aquella canción que tanto te gusta.  Me la pedías, cuando nos reuníamos para hacer algo de música, y hoy que la vuelvo a oír, revive en mí un deseo de aquellos que por algo de tiempo anduvo adormecido.  Ah, cómo quisiera que esa canción no termine nunca, para no tener que dejar de imaginarme que estás aquí acompañándome.  ¡Que no termine nunca!&lt;br /&gt;Pero de pronto la emisora que la está transmitiendo se queda en silencio, y entonces, lo único que percibo es un profundo vacío que, de pronto, es llenado por la presencia sinfónica de la soledad.  Esta se deja sentir, como diciendo:    “Aquí me tienes”.&lt;br /&gt;¡Cuántas veces queremos huir de la soledad y del silencio!  ¡Cuánta angustia nos pueden causar su fría solemnidad, o su solemne crudeza!  ¿Pero no es acaso también cierto que en algún momento echáramos de menos a ese solitario silencio, o a aquella silenciosa soledad, cuando queremos evocar?  Sí, por mi parte sí.  Yo lo voy a hacer más tarde, al momento de estar caminando por las calles de la ciudad, especialmente por los sectores más concurridos y transitados, en esas horas en las que el tráfico está a todo dar.&lt;br /&gt;En Lima no ocurre lo mismo que en otras grandes metrópolis.  Aquí, los conductores tocan el claxon porque sí y porque sí no más, y no necesito dármelas de brujo o adivino, para decir que, cuando salga de mi casa, Voy a oír un solo de ruidos infernales.  Quizás, mediante esos ruidos, la gente busque desahogar una agresividad, una bronca interior, contenida, que se debe a un universo de frustraciones, producidas por las carestías típicas de un medio como el nuestro, donde lo que reina desde hace tiempo es la pobreza, acompañada de toda una corte de círculos viciosos, íntimamente ligados a ella, con una gran fidelidad.  Yo entiendo todo aquello, pero en lo que a mi se refiere, tales ruidos me podrían ser tan incómodos, como lo puede ser la niebla de una mañana londinense para quienes ven.  En ciertos casos, los videntes de aquella ciudad no pueden dar ni un paso, debido a lo nublado que está el ambiente, y entonces, según me contaba una amiga británica, los invidentes tienen chamba porque, como ellos sí se pueden mover en esas circunstancias, bien pueden hacer de guías.  ¡Vámonos pa Londres familia!&lt;br /&gt;Cuando hay una gran bulla, no logro orientarme; me resulta complicado darme cuenta de a dónde estoy, ¡y ya me lo imagino!  Me voy a encontrar con la mezcla del ruido, producido por el volumen a todo dar del equipo de música de un vendedor de discos piratas.  Este está chillando al lado del motor de un camión viejo, que se ha detenido en una esquina, donde al mismo tiempo se produce el estruendo de una de esas máquinas que andan rompiendo las pistas, sobre todo cuando se acercan las elecciones, para que la gente diga:  “¡Ay, cómo trabaja mi alcalde!”.&lt;br /&gt;La bulla me resultará insoportable en ciertos  momentos.  Sentiré que mis tímpanos no van a dar más y que el cerebro me va a estallar, y tendré ganas de haberme quedado en mi casa.  Me hubiera evitado regresar con un dolor de cabeza más grande que el estadio Maracaná, pero no habrá nada que hacer.  ¿No crees que entonces me hará falta un poquito de silencio?  Claro que sí, y al hablarte de esto viene a mi mente el eco de aquella canción de Simon y Garfunckel. &lt;br /&gt;Las madrugadas  como esta son ideales para mí.  Me permiten contemplar el sonido del silencio en todo su esplendor, con todos sus matices, con todo lo trémulo de su apasionante belleza, y puedo disfrutar de lo dulce de un deseo que hoy me ha venido a visitar.  La jungla de fierro y cemento en la que vivo todavía no empieza ha rugir, como más tarde lo hará, y por ahora, solo se escucha el tejlejlej de un quiosco que rueda, vibra y salta, al ser empujado por algún vendedor ambulante.  Pasó algún avión, y se hizo presente el motor de un automóvil que, aparentemente, no decían nada, pero que, desde lo alto, o a lo lejos, podrían estar invitándome a tener presente que como dice un viejo tango:  “El mundo sigue andando”.  O que, como también afirmaba otro:  “Gira, gira”, pese a que algunos están durmiendo.&lt;br /&gt;Entonces, Tengo la posibilidad de dar rienda suelta a mis calladas fantasías, a mis proyectos, anhelos, ilusiones y porqué no, también a un mar de emociones, que me vienen con un sinnúmero de recuerdos que llevo muy adentro, pero que en ciertos casos despiertan conmigo en una forma inusitada, como ocurrió hoy muy temprano, a eso de las tres, hora en que me desvelé y encendí mi pequeño radito.&lt;br /&gt;Mis oídos ya están resignados a resistir esos -puns, puns, puns- que retumban en el lugar y el momento menos esperado y que, algunas veces, hasta se meten a la casa, por la ventana, cuando pasa uno de esos automóviles que...  Su conductor pone la radio a un volumen tal como para decir:  “Miren ese equipazo que me manejo”.  ¡Eso es cosa de todos los días!  Tengo que soportar el reguetón de por aquí, el perreo de más allá, los gritos de aquellos que, antes que animadores de programas, más parecerían vendedores de tomates:   “Llamen, llamen, llamen, llamen, ¡pero qué esperan!  Llamen por los premios”.  Sin embargo, encontré una estación en la cual había un programa con música que, hacía tiempo, no escuchaba.  ¡Y qué diferencia!  Tuve la sensación de estarme transportando a través de ese tiempo que, aunque parezca mentira, a veces daría la sensación de regresar, y que, en este caso, estaría retornando para llevarme, tal vez, por un instante cargado de indescriptible emoción, a lugares que, a lo mejor, ni esperaba visitar, y a donde muchas veces dan ganas de volver.  ¿Se podrá?&lt;br /&gt;Empecé a viajar a mi infancia, como en un imaginario vuelo que hizo escala en mi adolescencia.  Ocurrió al momento de escuchar todas aquellas baladas que, mientras yo terminaba mi primaria, marcaron época.  Fue en 1970, cuando Radio Panamericana ponía música de Los Iracundos, Palito Ortega, Los Ángeles Negros, Los Galos, Roberto Carlos, La Fórmula Quinta, etc.&lt;br /&gt;Qué de sorpresas no habría de encontrar si volviese a recorrer los jirones y recovecos de mis recuerdos, como lo hice esta mañana con la compañía de aquellas canciones.  No serían pocas las emociones que me volverían a embargar, más de lo que ya lo han hecho.  Escuché los pasos y voces de personas que marcaron mi vida, y que, de pronto, se me acercaron para invitarme a pasear por el patio, el jardín, por la bodeguita de la esquina, por la sala o la cocina de la casa, o por donde quiera que los hubiese dejado, y el deseo, ese deseo que usualmente duerme, volvió a revivir en mí.&lt;br /&gt;En el silencio de una madrugada como esta, ¡cuantas cosas hubiera querido decir!  ¡Cuánta razón tenías!  Y siento una melancolía que se hace más profunda cuando, en mi computadora, me encuentro con el texto de uno de aquellos mensajes tan tuyos que, cual espuma, brota de la pantalla y me invade sin límite.  Cuánto quisiera andar nuevamente por aquellos lugares que recorrimos juntos.  ¿No sientes tú lo mismo?  Iría a donde no quise ir, y quizás, ahora hablaría de cosas que entonces callé.  Te daría ese abrazo que tú esperabas y que te negué, sin querer y sin imaginar que aquello te afectaría.  ¿Estás allí todavía?  ¿Sigues inquieta, atenta al anuncio del arribo de mi vuelo?  ¿Ah, y esperas que te abrace fuerte, bien fuerte?  Sí, esta vez sí lo haría; no te dejaría esperando, como si a mí no me importase tu espera, porque tu espera sí me importa.&lt;br /&gt;Cuando me acuerdo de lo que ocurrió a mi llegada, una callada pena me aborda.  Aguardabas el calor de mis brazos esa mañana, y te fallé, ¿no?  Sí, yo sé que sí, ¿pero sabes porqué?  Pues había cometido el error de vivir reprimiéndome por mucho tiempo, quizás, desde niño, y lamentablemente, lo único que había conseguido era bloquearme.  NO abrazaba, no era cálido con los demás, ni expresaba lo que llevaba por dentro.  Ahora puedo contártelo.  He tenido que aprender a ser efusivo.  Yo pensaba que exteriorizar lo que sentía era como hacer el ridículo.  ¡Qué tonto que fui!  ¿Me comprendes?&lt;br /&gt;Siento una nostalgia que me invade hasta abrumarme, y que, definitivamente, me va a acompañar hasta más tarde, sin que lo pueda evitar, pese a que intento distraerme y disipar mi mente.  Pienso en cosas relacionadas con una realidad tan peculiar como la actual.  En ella, cada vez más lo cuerdo parece algo marginal, y la locura daría la impresión de haberse apoderado de los comandantes de la nave global.  Ese tipo de temas me atrae mucho, pero pensando en ello no voy a conseguir que esa nostalgia abrumadora me deje de envolver, como tampoco lo voy a lograr, por el hecho de entretenerme, reflexionando acerca del significado de aquella década de los 60, en la que yo era un pequeño.&lt;br /&gt;Se iniciaría toda una nueva era.  El hombre pisaba la luna por primera vez, y se ponía de relieve lo impresionante de los saltos que la ciencia y la tecnología iban dando, al ritmo de Los Beatles.  ¿Escucharás música esta mañana?  Oh, ¡esos Beatles hacían delirar a los jóvenes con canciones cuya repercusión quizás ni ellos mismos se la esperaban!  Algunos de mis tíos estaban entre los 15 y 20 años, y eran sus fanáticos incondicionales, mientras que yo, en mi mundo de fantasías, era partícipe de las grabaciones del grupo, y acompañaba, tocando la percusión sobre el aparador que había en la sala de mi casa.&lt;br /&gt;Pensar que hoy ya he pasado a ser miembro de ese club de tíos que, fuera de vainas, han hecho de la canción Yesterday su himno institucional, y que, en algunos casos, ya son abuelos.  ¡Let it be, muchachos!  Qué rápido se habrían de esfumar aquellos años, aquellos días que volaron sin retorno.  Algunos amigos también ya han partido, y los que nos hemos quedado, ya no somos aquellos jovencitos que, ahora que me acuerdo, dejamos de ir al colegio la mañana del 25 de Julio del 69, porque la noche anterior –había sido un domingo- nos habíamos quedado despiertos, para ver cómo el hombre caminaba por la luna, luego de haber leído un salmo bíblico, en un gesto de reconocimiento al creador que no tuvo todo el rebote, la resonancia que debiera haber tenido en la prensa mundial.  Seríamos testigos de una hazaña sin precedentes, y nos tocó vivir lo profundamente intenso de momentos que jamás se borrarán, pese a todo el tiempo que desde entonces ha transcurrido.&lt;br /&gt;Sin embargo no es nada de eso lo que me produce la nostalgia y el deseo que hoy siento y que me invita a escribir.  Te contaré que, conforme avanza la mañana, el dulce canto de los pajaritos ya no es lo único que percibo, a través de mi ventana.  Cual anuncio del fin de la quietud, que hasta hace un rato había, han empezado a circular los vehículos con mayor intensidad, y ya se escuchan voces de personas que pasan mientras que algún perro se pone a ladrar.  Hablan entre ellas o por celular.  “Se me ha hecho tarde, pero ahí voy”, le dice una a la otra, y me hace volver en mí.  Si no se me hubiese ocurrido ponerme el reloj en la muñeca del brazo izquierdo cuando me desperté, no me hubiera enterado que efectivamente ya son las 9 y media de la mañana.&lt;br /&gt;Me tengo que arreglar, porque dentro de un rato, quizás más rápido de lo que yo me imagino, va a llegar mi amigo Jesé, para intercambiar algunas ideas acerca de la presentación radial que estamos preparando.  Cuando mi reunión con él termine, iré a la casa de mi amiga Lucía, quien me ha invitado para almorzar y que, dicho sea de paso, hace cada plato que es de chuparse los dedos.  Le voy a llevar unas empanadas, algún postrecito, de esos que le gustan, y por la tarde me dirigiré al restaurante donde laboro, tocando teclado.  ¡Qué día el mío!&lt;br /&gt;Pero, no logro salir de la nostalgia que me embarga.  ¿Qué estarás haciendo tú?  Todavía ni he tomado desayuno, por estar pensando en aquellos años 60, para ver si de esa forma me dejo de preguntar.  Atravesábamos por una compleja situación que no me era tan ajena, porque oía los comentarios de mis mayores.  Se referían a la violencia, entonces también promovida por sectores izquierdistas.  Comentaban sobre una corrupción tal, que generaba un profundo malestar y rechazo en la opinión pública.  La oposición parlamentaria, alias Coalición del Pueblo, le hacía la vida imposible al gobierno democrático, y recuerdo que algunos sugerían que el país necesitaba una nueva dictadura.  “Ay sí, ¡nos hace falta un militarote!”, decía una tía, casi gritando con la boca llena, en una oportunidad, y alguien respondió:   “No hay nada que hacer, son las mujeres las que amamantan a los dictadores y los defienden mejor que nadie, con un grado de fidelidad realmente sorprendente”.  Todo eso era tema de discusiones que no tenían cuando terminar.  Se suscitaban en los almuerzos domingueros, que tenían lugar en la casa de mi abuelo.&lt;br /&gt;Seguramente, tú también tendrás recuerdos de las reuniones que, cuando eras pequeña, tu familia organizaba.  Los mayores hablaban y yo solo podía escucharlos.  Me hubiese gustado hacerles preguntas, como las que formulaba a mis entrevistados cuando estaba frente al micrófono, en un programa radial que conduje en 1994, pero me decían que cuando los mayores estaban conversando la gente menuda no hablaba, ¡y qué error!  Como para preguntarnos si la falta de diálogo, en la familia, es algo solamente actual.  Luego de haber saboreado unos ricos tallarines con asado, Empezaban a sonar las opiniones de mis tíos.  Los más grandes se dividían según sus pareceres, y tomaban partido ya sea a favor o en contra del pelo largo de los Beatles, de la vigencia de la música criolla, de la importancia del sistema democrático, de las supuestas ventajas que nos traería un nuevo régimen militarista.  Había los que defendían a morir al sistema soviético; también, los que eran hinchas acérrimos de los norteamericanos, y qué emoción la que le ponían a cada una de sus intervenciones, réplicas,  etc.  Lo curioso de todo esto es que hasta hoy se sigue discutiendo sobre casi los mismos temas de los que yo escuchaba hablar en aquellos almuerzos.&lt;br /&gt;Al tiempo que recuerdo -no te imaginas- se me ocurre que podría comparar aquellas discusiones, con las que se producen entre los seguidores de dos equipos que, uno de esos domingos por la tarde,  están a punto de saltar a la cancha para jugarse un partido clásico, sin percatarse que las estructuras del estadio, donde ese partido se habría de realizar, estaban, y siguen estando, en peligro de venirse abajo.  Aquellos fanáticos, provenían de las clases medias a las que habría que dedicarles todo un capítulo y más, si es que este fuese un estudio riguroso sobre la cuestión social e histórica de los años 60.  Estaban sumergidos en la pobreza económica típica de un sector burocratizado, y por si eso fuera poco, permanecían atados a un peculiar tipo de ignorancia, que les impedía comprender las causas de todo lo que nos ocurría, en un contexto mundial del cual nuestro país no podía ser ajeno, ni vivir aislado.  Los domingos por las tardes, mis tíos terminaban roncos, como si hubiesen vuelto del estadio, de tanto gritar las bondades de sus respectivos equipos, el Atlético Washington y el Deportivo Moscú, porque no contaban con una información y orientación realista, sobre lo que en el fondo significaban los movimientos, como la conducta en sí, de Los Estados Unidos y la Unión Soviética: dos protagonistas de una guerra fría, que en el fondo era un asunto mucho más complejo de lo que podría uno pensar, pero que, por el nivel intelectual de nuestras clases medias, daba la impresión de ser tomado como una simple bronca, entre los dos rivales más guapos del torneo de box ínter barrios, a los que sus incondicionales les brindan su apoyo sin límites, hasta quedarse sin voz.&lt;br /&gt;Pero, sigo nostálgico sin poderlo evitar, y más allá de pensar en aquellas cosas de los años 60, lo que me atrae es la sola idea fantasiosa de pensar en hacerte una visita por la noche.  Me imagino  allí, en la terracita donde tienes tu parrilla, y donde también hay una hamaca, en la que tanto te gustaba mecerte cuando era verano.  Daban las 6 de la tarde, y salíamos del interior de la casa, para disfrutar de la brisa que llegaba con el viento.  Lo tengo muy presente, y el solo imaginarme que  estoy allí, me emociona.  Si te parece yo me encargo de servir los tragos, y tú preparas ese Gumbo que tanto me gusta mientras yo toco un poco de piano, o guitarra para hacerte sentir bien.  Luego de cenar podríamos sentarnos en la salita donde escuchábamos música.  ¿Todavía tienes aquel equipo estereo?  Pon alguna de esas canciones que te gustan; te sugiero Wind Benith My Wings, para empezar a conversar, después de tanto tiempo.&lt;br /&gt;Te contaré sobre tantas cosas, acerca de…  Pero, solo quisiera hacerte una pregunta:&lt;br /&gt;¿Vas a estar esta noche?&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/988950490781206605-6723828844455893965?l=enfoque21.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://enfoque21.blogspot.com/feeds/6723828844455893965/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=988950490781206605&amp;postID=6723828844455893965' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/6723828844455893965'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/6723828844455893965'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://enfoque21.blogspot.com/2008/03/relatos-domingueros_23.html' title='Relatos Domingueros'/><author><name>Luis Hernandez Patiño</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14367307307930688700</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-988950490781206605.post-1710140371701088440</id><published>2008-03-15T11:07:00.000-07:00</published><updated>2008-03-15T11:08:25.427-07:00</updated><title type='text'>Relatos Domingueros</title><content type='html'>El Omnibus &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella era una de esas mujeres modestas que, por esas cosas del centralismo, y por el olvido en el que siempre vivieron las provincias, salieron de sus pueblos.  Vinieron con grandes ilusiones que, estando ya en la capital, jamás se cristalizaron, y por el contrario, las empujaron a tener que ganarse la vida, barriendo las calles, sin importar si hacía frío o calor:&lt;br /&gt;--¿Podría indicarme si está viniendo algún ómnibus? –le pregunté, y al oírme, me dijo sin demora:&lt;br /&gt;--Sí, yo le aviso cuando el ómnibus venga.&lt;br /&gt; -Vamos a esperar –me repitió, mientras conversaba conmigo con su acento provinciano-.  ¿Cómo así ti lo has puesto mal de tos ojos?&lt;br /&gt;En esos momentos, un vehículo se acercaba:&lt;br /&gt;--Ya lo vamos a parar –me dijo ella, y le hizo señas.  “Deténgase por favor”.&lt;br /&gt;El chofer bajó la velocidad, pero, no, no.  Como vio que era un ciego el que iba a subir volvió a emprender su marcha.  “Vamos, lleva”, gritó el cobrador, y de ese modo, se repetía así una vez más lo que varias veces me ha pasado.&lt;br /&gt;Entonces, monté en cólera: “Perro, maldito, hijo de puta, desgraciado”, grité como si el chofer me fuera a oír, y no sé si con ello, lo único que logré fue asustar a la modesta barrendera porque, frente a un arranque de ira como el mío, cualquiera se hubiera podido aterrorizar.  Ya de tan solo verme –sin que necesariamente yo reniegue- algunas personas se quedan paralizadas de temor –o sea que se cagan de miedo- porque creen que no soy capaz de andar con cuidado para no ir dando de palos.  Piensan que, quizás, como no veo, camino sin detenerme, y suponen que, a mi paso, me llevo por delante todo lo que encuentro.  En realidad, me cuesta, me duele reconocerlo, pero resulta que el hecho de aparecer por alguna calle, en una esquina, cuando nadie se lo espera, muchas veces saca a la gente de su propio cerebro; les descuadra todos sus parámetros mentales que, en principio y en esencia, son visuales.&lt;br /&gt;En la vida práctica, es mediante la vista que el común de la gente se socializa; aprende cómo se debe sentar uno a la mesa, cómo se come, cómo se gesticula, cómo se camina, cómo se orienta la cara, y cómo se hacen muchas cosas más, en una forma espontánea, natural.  Por eso, hay quienes me miran como si yo fuese un bicho raro entre el común de la gente.  Al aparecer, por alguna esquina, en algún establecimiento comercial, o donde se quiera, no faltan aquellos a los que, por increíble que parezca, les llamo la atención, más de lo que podría hacerlo un payaso en velorio, un cura en trapecio de circo, o un enano en un país de gigantes.&lt;br /&gt;Yo he podido darme cuenta que, en más de una ocasión, mi presencia ha puesto ante los ojos de algunos todo un cuadro extraño, ajeno, distinto, quién sabe si hasta indeseable porque, en el fondo, está inspirado en un personaje como lo es el ciego, con todo lo que acerca de él se cree, se teme, y se piensa.  “¡Ay, ahí viene un cieguito!”, dicen cuando me ven, sin saber cómo actuar.  Y entonces, yo trato de hablarles para que se den cuenta que no soy ningún extraterrestre:  “Permítanme pasar, por favor”, pero no consigo que se tranquilicen, y como están recontra nerviosos, me esquivan lo más rápido posible.  Si están con sus criaturas, las apartan del camino, jalándolas hacia un costado, para que no les vaya a dar un bastonazo, ¡sabe Dios dónde!  “Cuidado, salgan de allí, hijitos.  ¡Hay Jesús y Dios mío!”.&lt;br /&gt;En aquella oportunidad, me puse a gritar, al estilo de todo un loco que hace gestos, movimientos, abriendo y cerrando las manos, en una forma que ciertamente resulta rara para los que ven.  Sin embargo, y ante mi arranque de ira, la modesta barrendera tomó una actitud comprensiva en vez de salir volando despavorida; me trató de calmar, quizás pensando:   “Ay, ¡pobrecito!”:&lt;br /&gt;--Así son pues –me dijo con una voz que reflejaba pena-.  Son malos, no les importa, pero te quedas tranquilo que vamos a seguir esperando hasta que otro quiera parar.&lt;br /&gt;--¿Porqué el hijo de puta ese se ha seguido de largo? –le pregunté con rabia, y me suponía que aquella modesta mujer no iba a saber darme una respuesta coherente, lúcida, como las que los teóricos estamos convencidos que damos.  Sin embargo, para mi propia sorpresa, supuse mal, muy mal, y cuando escuché su respuesta  calmada, no pude menos que constatarlo:&lt;br /&gt;--Es que como usted no ves, él piensa que no vas pagarle so pasaje.&lt;br /&gt;Llegó otro ómnibus que sí se detuvo.&lt;br /&gt;--¿A dónde va el señor? –le preguntó a ella el cobrador, en vez de preguntármelo a mí directamente, como si yo hablara en ruso.&lt;br /&gt;--él va a pagarte –la modesta barrendera se limitó a responder, y con eso, le dijo todo.&lt;br /&gt;--Arranca, lleva –le dijo al chofer el cobrador que, como el ómnibus estaba lleno, iba colgado de la puerta con medio cuerpo afuera, a riesgo de caerse.&lt;br /&gt;Entonces, partimos a gran velocidad, pero no pude dejar de pensar en la explicación que la modesta barrendera me había dado:   “Es que como usted no ves, él piensa que no vas pagarle so pasaje”.&lt;br /&gt;--A ver, asiento reservado para el señor, por favor -dijo el cobrador-.  A ver esos caballeros.&lt;br /&gt;Traté de agarrarme de uno de los tubos que van por el techo del ómnibus, para mantener el equilibrio, y otra señorita insistió:&lt;br /&gt;--Asiento reservado, por favor, señores.&lt;br /&gt;Pero, ante aquel pedido, no faltó algún fulano que se hizo el dormido para no ponerse de pie, y fue una dama la que se levantó:&lt;br /&gt;--Tome asiento.&lt;br /&gt;¡Qué vergüenza!  Porque no es que una mujer no pueda tener gestos de cortesía.  ¿A qué se deberá que algunos hombres se porten como caballos, en vez de actuar como caballeros?  No necesariamente lo digo por el hecho de que no me den el asiento a mí.  Lo digo, por las señoras que están embarazadas, y que, sin duda alguna, no pueden mantenerse en pie.  Las están viendo paradas, con todo el peso que llevan, pero, algunas bestias, ¿hombres? ¡Mierdas! actúan con una displicencia tal como si con ellos no fuera, y siguen supuestamente roncando, o se niegan a pararse, recurriendo a un argumento que alguna vez escuché:  “¡Cómo voy a dar mi asiento, si yo estoy pagando mi pasaje!”.  ¡Que malparido!&lt;br /&gt;A mi lado, muy entretenidos, iban sentados dos chicos que conversaban de la política, de las piernas de la actriz que salió en el reportaje de anoche, del football, y en cada uno de los temas que abordaban, se enfrascaban en un debate en el que cada cual aseguraba tener la última palabra.  Yo los oía cuando, de pronto, sentí que alguien me ponía una mano en el hombro, como para captar mi atención:&lt;br /&gt;--Señor, discúlpeme, dígame:   ¿Usted sabe a dónde va?&lt;br /&gt;Se trataba de una señora que estaba en el asiento de atrás.&lt;br /&gt;--Sí, ya he hecho esta ruta antes –le respondí.&lt;br /&gt;--Ah, qué bueno, y dígame:   ¿Para usted, ehmmm, me refiero…..?&lt;br /&gt;--Pregúnteme con toda libertad –le indiqué.&lt;br /&gt;--Ay, es que deseaba saber si para usted, eh, resulta difícil andar sin ver.&lt;br /&gt;--Bueno, es complicado, a veces cansa, pero debo decir que no todo es color de hormiga a lo largo del camino –le dije.&lt;br /&gt;--Ay, ¡no le puedo creer! –dijo la señora mientras se pasaba a mi asiento, al ver que la persona que estaba a mi lado ya se había parado para bajarse.&lt;br /&gt;--De lo que entiendo, para usted no todo es tan desagradable al momento de ir…. –me decía pero se quedó callada.&lt;br /&gt;--¿De ir, bastoneando? –le completé la frase.&lt;br /&gt;--Ay sí.  ¡Y eso de bastoneando, uhf me encanta! –Respondió al tiempo que tomaba más confianza-.  Ay, es que no sé; pero cuénteme porfis.&lt;br /&gt;--Lo que quiera, señora –le indiqué.&lt;br /&gt;Le pagó al cobrador.  “No se olvide de mi cambio”, y luego continuó conversándome:&lt;br /&gt;--¿Cuando un invidente anda bastoneando, le pueden ocurrir cosas agradables?&lt;br /&gt;--Sí, claro que sí –le respondí-.  En medio de las limitaciones de la ceguera, también paso por pequeñísimas grandes satisfacciones.&lt;br /&gt;--Ay, ¿como cuáles por ejemplo? –la señora me interrogó.&lt;br /&gt;--Como aquellas que se producen cuando puedo ayudar a alguien –le expliqué.&lt;br /&gt;--¿y cuál es esa ayuda que usted puede dar? –me siguió preguntando.&lt;br /&gt;--Bueno, por decirle algo que en estos momentos se me viene a la mente, puedo dar orientación, porque conozco bien gran parte de la ciudad.  Desde que tomé el bastón en mis manos por primera vez, empecé a ir por diferentes lugares, y entonces, tuve la ocasión de aprender qué ómnibus coger para dirigirme hacia aquí o hacia allá.&lt;br /&gt;--¡Ah, no le creo! –ella afirmó-.  ¿Y podría hablarme de alguna experiencia al respecto?  Es que, como ya le he dicho, soy bien curiosa, me encanta preguntar, y mi mamá me dice que yo debía ser periodista.&lt;br /&gt;Claro –le dije yo-.  Le voy a contar.  Caminaba yo en una oportunidad por la avenida Larco.  Al llegar a un cruce donde hay un hotel, frente al mar, encontré a una turista que yo no sé cómo así se me acercó.  Cuando le hablé, me di cuenta que no sabía Español, y me pude percatar que la pobre estaba más perdida que un chipibo en la punta del Empare State.&lt;br /&gt;--How can I help you? –le pregunté.&lt;br /&gt;Le ofrecí orientarla, y sin pensarlo, se pasó toda la tarde yendo a diferentes sitios conmigo, hasta que nos sentamos a tomar un café, que luego dio lugar a un segundo y un tercero.&lt;br /&gt;Como quiera que nos pusiéramos a conversar, le fui explicando:&lt;br /&gt;--Darle una mano a quien la pudiera necesitar me alegra el día mucho más, pero muchísimo más de lo que podrían alegrarme los halagos de los que dicen:   “Mira como anda sólo, cómo se guía con su bastoncito.  ¡Y cómo conoce por donde va!  Ah, seguro que tiene un sexto sentido”.&lt;br /&gt;--¿y cómo explicarías aquel tipo de satisfacción? –me preguntó la amiga turista.&lt;br /&gt;--Es que el comprobar que tengo algo que ofrecer me hace sentir útil, y hasta te diría que es una especie de ayuda terapéutica, que me doy a mí mismo.&lt;br /&gt;--Pero entonces, ¿quiere decir que tú no necesitas de los psicólogos? –me volvió a interrogar.&lt;br /&gt;--Sí, claro –le respondí, sin sospechar cuál era su carrera, y tuve entonces la oportunidad de explayarme al respecto de algo que considero muy importante-.  En el fondo, aquella terapia de autoayuda es muy interesante; pero podría no ser lo suficiente, como para darme las fuerzas que necesito.&lt;br /&gt;--Oh, ¿por qué? –me interrogó con gran interés.&lt;br /&gt;--Porque cada día debo enfrentarme a situaciones muy peculiares, a veces muy complejas.  Por ejemplo, voy caminando por la acera, y de repente, me choco.  Entonces, ofrezco mis excusas porque quiero quedar bien.  “Perdóneme usted, por favor”, ¿pero qué descubro?  Ah, que el receptor de mis respetuosas consideraciones no es otra cosa más que un maldito poste o un carro mal estacionado que, luego de haberme puesto y dejado en el ridículo, parecería estar riéndose de mí, en silencio.  ”¡Qué educado que es este cieguito, jaja!”.  ¡Maldito seas, poste del demonio!&lt;br /&gt;De otra parte, hay ocasiones en los que subo a un vehículo de transporte, sin ninguna intención de hacerle daño a nadie -lo hago, simplemente para ir a donde quiero, o a donde necesito- pero cuando menos lo espero, sin más ni más, solo porque sí, me golpeo la cabeza con el techo, y como comprenderás, además de dolerme, eso tiene que alterarme.&lt;br /&gt;Voy por algún lugar, y no faltan chicos o incluso grandes que, porque se les ocurre, insultan o hacen bromas pesadas, y en lo particular, eso a mí me revienta, me produce una gran bronca.  ¿Por qué cosas no habré pasado yo?&lt;br /&gt;--¡Qué difícil se me hace creer lo que me cuentas! –mi amiga comentó.&lt;br /&gt;--Bueno, pero así es –le respondí-.  Yo no sé pero, a veces, pienso que podría llegar a desbordarme, porque como comprenderás no soy de palo, y por eso, considero que la asistencia psicológica es necesaria, frente a las cosas que ocurren.&lt;br /&gt;Una noche, me reuní con mi amigo Jesse para conversar acerca de la clase que, al día siguiente, íbamos a dar a los alumnos de un curso de radio.  Entre café y café, nos pusimos a escuchar las grabaciones de cada uno de los chicos, y cuando la reunión terminó, retomé el camino de vuelta a mi casa.  Andaba por una de esas calles, y de repente, se me acercó alguien que, de un momento a otro, sin que yo me lo espere, me cerró el paso lo cual, lógicamente, me sorprendió.  Yo no podía saber de qué se trataba.&lt;br /&gt;--A ver, a ver, ¿quién soy yo? –me preguntó cambiando el timbre de su voz.&lt;br /&gt;Lo reconocí al tiro, desde el primer momento.  Hablando en términos deportivos, me di cuenta de quién era desde el saque, pues lo recordaba perfectamente.  Pero, al mismo tiempo, me fregó que me tome de estúpido, o que se quiera poner a jugar a la adivinanza conmigo, y por eso, por eso que para mí no era poca cosa, no le respondí.&lt;br /&gt;--Qué, ¡no puede ser que ya no me reconozcas!  Tú tienes un oído extraordinario.  Vamos, ¡inténtalo! –me dijo, y me insistió tanto que, al final, lo que consiguió fue sacarme de mis cacillas:&lt;br /&gt;--No me jodas, ándate a la mierda, ¡déjame tranquilo! -le grité, y me fui.&lt;br /&gt;Entonces, más de uno volteó los ojos y murmuró:    “¿Oye, qué pasó?  Ah, el cieguito, fíjate, se ha molestado, le han querido hacer algo.  ¡Oh, no!  Sí, pobrecito.  Dígame, ¿necesita algo, señor?”, y, en medio de mi cólera, yo me tuve que controlar, calmar, para ver si haciendo de educado, de cortés, iba a recibir ayuda, en vez de asustar a los demás.&lt;br /&gt;Cuánto quisiera yo no tener que reaccionar como a veces lo hago.  La verdad es que me da hasta pena tratar mal a la gente, pero es que todo tiene su límite, y hay personas que se pasan de la raya.  Por mi parte, sería incapaz de gastarme la más mínima broma con las discapacidades de otra persona, ¿pero por qué entonces tendría que soportar que otros lo hagan conmigo?  Según algunos, por el simple hecho de ser ciego.  ¿No es así?  ¡Carajo!&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/988950490781206605-1710140371701088440?l=enfoque21.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://enfoque21.blogspot.com/feeds/1710140371701088440/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=988950490781206605&amp;postID=1710140371701088440' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/1710140371701088440'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/1710140371701088440'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://enfoque21.blogspot.com/2008/03/relatos-domingueros_15.html' title='Relatos Domingueros'/><author><name>Luis Hernandez Patiño</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14367307307930688700</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-988950490781206605.post-6326703371425554781</id><published>2008-03-09T15:56:00.000-07:00</published><updated>2008-03-09T15:57:35.727-07:00</updated><title type='text'>Relatos Domingueros</title><content type='html'>Este es el primero de una serie de relatos que deseo compartir contigo cada domingo.  Espero tu acogida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un Breve Encuentro&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El tráfico estaba terrible por la hora; no faltaban quienes ignoraban olímpicamente las luces de los semáforos.  En esas circunstancias, cualquier accidente podía suceder.&lt;br /&gt;El tiempo se me pasaba, y comenzaba a impacientarme.  Yo sentía que no iba a poder llegar a tiempo a la sita que ya tenía pactada, y no sabía qué hacer.  “¿Podría ayudarme a pasar la calle por favor”, pregunté sin saber si alguien me iba a prestar atención.  NO obtuve respuesta, y me quedé callado, pero sin resignarme a seguir esperando por sécula seculórum.&lt;br /&gt;Iba a volver a pedir que me ayuden, aunque no hubiese nadie:  “Por favor...”, pero de repente sentí que alguien se detuvo a mi lado.&lt;br /&gt;--Hola –me dijo con un amable tono de voz-.  ¿Puedo ayudarlo?&lt;br /&gt;--Sí por favor –le respondí-.  Y muchas gracias.&lt;br /&gt;--No, de nada –me dijo ella-.  Y ni que se le ocurra agradecerme, pues es un placer el darle una mano.&lt;br /&gt;Era una chica alta, delgada, súper delgadita, y lucía esbelta.  Me di cuenta de ello, cuando tomé su brazo para cruzar la calzada.&lt;br /&gt;--No tiene de qué agradecerme –me repitió-.  Me encanta ayudar a los demás.  Para mí, la solidaridad es un valor muy importante.&lt;br /&gt;Tenía una voz muy bonita.  Al hablarme, me invitaba a imaginar que estaba oyendo la melodía de un violín trémulo, ¡que vibraba al máximo!  De otra parte, usaba un perfume riquísimo, y llevaba un pelo larguito, tan larguito, que acariciaba mi cara de vez en cuando, gracias al soplido del viento.  Yo no me atreví a preguntarle por el color de su pelo, aunque quizás ella sí me hubiese respondido.&lt;br /&gt;Irradiaba simpatía a más no poder; andaba alegre, y pensar que, tan pronto como terminase de ayudarme se habría de ir caminando, sobre unos zapatos que por el sonido eran de taco alto.  Hasta hoy me pregunto:  ¿A dónde se iría con esa voz, con tanta música?&lt;br /&gt;Si ella se hubiera quedado, me hubiera pasado las horas de las horas conversándole; no me hubiera importado el ruido de los automóviles, ni le hubiera hecho caso al barullo de la gente que en esos momentos transitaba por allí; hubiera puesto toda mi atención en su presencia.  Sin embargo, yo no supe cómo abordarla, y fue ella la que tomó la iniciativa, dándome la posibilidad de deleitarme aunque sea con el timbre de su voz.&lt;br /&gt;--¿Hacia dónde va? –me preguntó, y cómo me hubiera gustado decirle hacia donde tú quieras, pero tenía una cita así que debí darle otra respuesta:&lt;br /&gt;--Voy de frente -empecé a decirle tratando de poner una voz que pudiera impresionarla-.  De frente, unas cinco cuadras.&lt;br /&gt;--Ay, si quiere vamos juntos –me susurró con un tono encantador-.  Y así nos acompañamos, pues también voy en esa dirección.&lt;br /&gt;Los tacos de sus zapatos repicaban sobre la acera; marcaban el ritmo de una música dulce y aromática que me envolvía, invitándome a sumergirme en algo así como un pie de miel, que sin haberlo probado me emocionaba.&lt;br /&gt;Yo le hubiera podido hablar de lo cadencioso de su paso, pero en cambio le volví a decir:  “Gracias por ofrecerme su ayuda, y entonces metí la pata, ¡me pasé de pelotudo!  Debí ser más entrador y hablarle de tú, en vez de ser tan formal.  ¿Me olvidé de los consejos del tío Willy?  Sí, me faltó.&lt;br /&gt;--¿Por qué me insiste en agradecerme tanto -ella me preguntó, y noté que ya en ese momento su interrogante reflejaba un raro tipo de asombro que era lógico, ¡lógico! porque la gente no anda diciendo gracias, gracias, gracias en una forma exagerada, por cualquier cosa.&lt;br /&gt;Para ella, quizás mi actitud no era más que un signo de complejo, de baja autoestima antes que un gesto de cortesía, de mi parte, frente a la necesidad de recibir ayuda.  En palabras bien simples –para decirlo a calzón quitado- el andar agradeciendo no es más que un cieguismo, muy parecido al de andar disculpándose, pidiendo perdón, dando explicaciones, por esto, lo otro, ¡o por las huevas!&lt;br /&gt;--Ay, ¡no me agradezca tanto! -me dijo sonriendo la chica-.  Más bien, gracias a usted, por darme la oportunidad de ayudarlo.&lt;br /&gt;Mi tendencia a la fantasía, esa fantasía tan típicamente cieguna, ya se había activado.  De un momento a otro, sentí como si estuviéramos sobre un escenario giratorio, redondo, muy grande, tan grande como el mundo mismo.  Me empecé a imaginar que aquel encuentro que empezó cuando ella se acercó para ayudarme a cruzar, podía ser la representación de una de las escenas, ¡quién sabe si a lo mejor una de esas escenas románticas! de una obra cotidiana llamada actualidad.  En dicha obra, según mi propia invención, yo tenía la capacidad de despertar los celos de los que nos veían caminando juntos.  La miraban y le gritaban:  “¡Mamacita!”.&lt;br /&gt;Pero, como siempre, la realidad termina por imponerse a lo fantasioso, y entonces tuve que aceptar o tratar de ignorar que, finalmente, mi papel en el reparto de aquella obra no era muy diferente del que le toca a otros tantos ciegos.  En la práctica, cuando estos deben callar hablan más de lo que deben, y por el contrario cuando deben hablar se quedan simplemente apendejados, calladitos, fantaseando, como si supieran que su verbalismo no siempre les funciona frente a las chicas videntes.  Así me quedé yo.  A veces, no sé cuántas veces, aquellas chicas terminan mirándonos con un toque de piedad –mejor hay que decirlo de frente- con lástima en sus ojos.  ¿Cómo me habrá mirado ella?&lt;br /&gt;Tratamos de evitar algunos automóviles que ocupaban casi toda la vereda, y mientras ella me ayudaba:  “Cuidado, que por aquí el camino está muy angostito”, le empecé a hablar un poco acerca de lo que pensaba –cuando no, el cieguito dándose aires de filósofo interesante- y resulta que mi acompañante también tenía una idea parecida:&lt;br /&gt;--Sí, efectivamente –ella comentó-.  Cada uno tiene un papel que es imposible dejar de cumplir en el reparto de la vida, y necesitamos aprender a ser conscientes de aquello para estar a la altura de nuestras circunstancias.  Todos tenemos responsabilidades personales, así como sociales, y no las podemos evadir.&lt;br /&gt;Llegamos a la puerta de un banco, y ella se despidió:&lt;br /&gt;--Bueno, bueno pues, aquí me quedo, ¡qué pena no poder continuar con tan simpática charla!  Vaya con cuidado, por favor, y no cruce solo.&lt;br /&gt;Hasta ahora, me acuerdo de su voz, y en el momento que partió, ¡qué pena me dio el constatar que volvía a quedarme solo!&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/988950490781206605-6326703371425554781?l=enfoque21.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://enfoque21.blogspot.com/feeds/6326703371425554781/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=988950490781206605&amp;postID=6326703371425554781' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/6326703371425554781'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/6326703371425554781'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://enfoque21.blogspot.com/2008/03/relatos-domingueros.html' title='Relatos Domingueros'/><author><name>Luis Hernandez Patiño</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14367307307930688700</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-988950490781206605.post-8987791358803776948</id><published>2008-02-28T09:03:00.000-08:00</published><updated>2008-02-28T09:04:27.651-08:00</updated><title type='text'>Educación Inclusiva</title><content type='html'>Educación Inclusiva.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La educación en sí misma ha sido, es y será un apasionante motivo de reflexión y debate.  Ligada íntimamente a lo más profundo de la naturaleza humana, es la clave para nuestro desarrollo tanto en lo personal, como en lo colectivo.  Por eso está consagrada como un derecho natural de ellas, de ellos, de aquella, de aquel, tuyo y mío; de todos los que pertenecemos a la especie humana.  Sin embargo, el reflexionar acerca de la educación no puede ni debe convertirse en un pretexto, o tentación, para sacar los pies de la realidad.  Debe darse a partir de esta, para no perder la perspectiva de lo que son las cosas, en el terreno de los hechos.  Recordemos que nuestras ideas deben estar al servicio de la educación, y no la educación al servicio de nuestras ideas.  No podemos subordinar a la educación a lo que nosotros creemos acerca de ella, y menos aún podemos parametrarla en paradigmas de corrientes de ideas que van apareciendo cíclicamente, pero que así como vienen, con la ola se van.  Necesitamos pisar tierra.&lt;br /&gt;Hoy se plantea que la educación debe ser inclusiva, y en términos ideales todos tendríamos que estar de acuerdo con ello.  Claro, qué menos pedir, que nos pudiésemos integrar mediante el proceso educativo.  Sería lo máximo que ninguno fuese excluido, porque cada uno tiene diferentes capacidades por desarrollar, y de allí, dicho sea de paso, mi rechazo al término o etiqueta de discapacitados, o personas con discapacidad que unos le ponen a otros, que entre nosotros nos ponemos, y al final no hace más que convertirnos en un grupo muy singular de etiquetados, pese a que hablamos de inclusión.  Como venía diciendo, todos tendríamos que estar de acuerdo.  Sin embargo, y frente a ello, la experiencia –podría agregar la mía como invidente- dice que debemos ir por partes.&lt;br /&gt;A mi entender, no podemos dejarnos encandilar por los llamativos efectos producidos a primera vista, por la combinación o mezcla de luces provenientes de dos conceptos:   Educación y inclusión.  Y es a partir de este último que me gustaría hacer algunas observaciones.  Desde ya, hablar de inclusión resulta algo muy amplio, porque recordemos que las personas con limitaciones físicas, sensoriales y mentales, no somos las únicas que quisiéramos ser incluidas.  Comprende a los múltiples factores que interactúan en la relación natural, así como permanente, que se da entre el individuo y su entorno biológico, físico, socio económico y psicológico.  El enfoque de dicho concepto tiene que ser hecho en sentido integral y no por partes, porque téngase presente que el ser humano es la síntesis material y espiritual de un todo universalmente organizado, que a su vez guarda relación con un todo orgánicamente universal, expresado en forma muy concreta, en este mundo, mediante relaciones sociales de clases bien definidas.&lt;br /&gt;Una primera cuestión es que inclusión no es sinónimo de accesibilidad.  Por ejemplo, el hecho que un niño en silla de ruedas concurra a un aula, para estudiar con otros chicos que no tienen problemas de motricidad, no necesariamente significa que haya sido incluido por parte del resto de estudiantes en sus planes, proyectos, diversiones, etc.  Está allí, pero a lo mejor eso se debe a que sus padres, a buena hora, tuvieron la capacidad financiera como para generar las condiciones que hagan posible su acceso.  Lo que en nuestro medio se da no es pues la inclusión, si no un proceso de accesibilidad a las aulas por parte de niños provenientes de clases medias y altas, mientras que los pobres no tienen acceso a la accesibilidad.&lt;br /&gt;Hay otro aspecto que tomar muy en cuenta y que se refiere a lo tecnológico.  Podría pensarse que con la ayuda de la tecnología aplicada, que efectivamente ha desarrollado en forma impresionante, la inclusión es algo posible.  El ideal en ese caso sería darle dinero a todo aquel que no lo tenga, confiando que con este se va a comprar todos los instrumentos necesarios.  Cada invidente, por ejemplo, debería contar con una computadora, dotada de programas como el Jaws o el Home Page Reader, para escuchar aunque sea mediante una voz metálica la lectura de los textos que aparecen en la pantalla, porque con ello la inclusión se convertiría en una realidad.  Pero, “ojo” que en la práctica no es así.  Al igual que en el caso de los recursos financieros, los recursos tecnológicos hacen posible una accesibilidad que también tiene un costo.  No todos pueden comprarse una computadora, los programas necesarios y sus respectivas licencias de uso.&lt;br /&gt;Sin embargo, hay otro aspecto que también me gustaría abordar, porque lo considero importante, y es que la accesibilidad tecnológica, en si misma, aún es limitada.  Es cierto que yo puedo viajar por internet, para buscar información y conocimientos, recurriendo a la ayuda de programas como los que ya he mencionado.  Pero, definitivamente hay momentos en los que encuentro que me hace falta la asistencia de alguien que vea lo que por mi mismo ya no logro ubicar.  Digo esto, porque deseo dejar en claro que tecnología e inclusión tampoco son sinónimos.  No debemos ilusionarnos al respecto, y en todo caso lo que nos toca hacer es volver los ojos a la educación especializada, para no dejar a tantos niños en la ignorancia.  Es necesario reconocerle a dicho tipo de educación el valor que tiene y debe dársele la importancia que merece.  No vasta con verla como una herramienta de apoyo para los que pueden acceder a las escuelas regulares.  La educación especial tiene su propia dimensión y no hay porqué negársela.&lt;br /&gt;Por otra parte, pongámonos por un momento en los zapatos de los educadores regulares.  No soy uno de ellos, pues lo mío es la sociología, pero no me es tan difícil comprender que no a de resultar nada sencillo, ni pedagógico, que un profesor de aula tenga que vérselas con varios niños con diferentes tipos de limitaciones, al mismo tiempo.  Me imagino que debe ser estresante, porque ese profesor no es de palo, y no creo que lo que al final se consiga en cuanto a inclusión sea gran cosa.  ¿Queremos hacer de nuestros niños y nuestros maestros simples instrumentos de experimentación en nombre de lo que hoy se da en llamar educación inclusiva?&lt;br /&gt;La inclusión, que en todo caso no tiene porqué ser dejada de lado como un ideal, o como una utopía de tipo indicativa –me gustaría dejar en claro ello- debería intentarse por otra vía:   La de talleres vivenciales.  Ah, tales talleres podrían ser mucho más efectivos en cuanto al propósito de que los niños que no tienen ninguna limitación física, sensorial o mental, aprendan a compartir hasta compenetrarse con las inquietudes e intereses de otros niños que no ven, no oyen, no pueden caminar, etc, pero que también son niños, y como tales también desean alternar.  Digo esto luego de haber conversado con personas vinculadas al tema, y también por lo que toca en cuanto a mi propia experiencia de vida.  Pensar que ya han pasado treinta años desde que salí del colegio donde estudié mi secundaria con chicos y chicas que sí veían.  Sin embargo, nunca tuve la ocasión de compartirles mis ideas, mis dudas, mis deseos, lo que yo sentía.  Mis amigos tampoco tuvieron la ocasión de hacerme preguntas, salir de sus dudas, plantearme los temores que yo les pudiese inspirar.  Lógicamente, entonces no había los talleres vivenciales. y debe ser por eso que al final del quinto de media, mis amigos no habían terminado de desterrar varios de los prejuicios que tuvieron en sus mentes desde el primer día que me vieron en la clase.  De allí la importancia que le encuentro a los talleres antes mencionados, los cuales deben potenciarse al máximo.  Pueden servir para que poco a poco los miembros de la sociedad vayan evolucionando en el campo de la tolerancia y el conocimiento, mediante un descubrir práctico, natural, y espontáneo de lo que implica el ser ciego por ejemplo.&lt;br /&gt;Si creemos que la sociedad va a cambiar la percepción que tiene en cuanto a nosotros como invidentes, porque de pronto aparece una etiqueta espectacular como la de educación inclusiva, que en su momento se llamó integración me temo que estamos equivocados.  La sociedad sí cambia su forma de pensar y sus actitudes, pero a partir de experiencias concretas que se puedan dar en el marco de los múltiples tipos de relaciones características de este mundo. En cuanto a nosotros, creo que la clave consiste en que les demos a los miembros de la comunidad el mayor número de posibilidades de tener experiencias a nuestro lado, compartiendo lo que somos.  Debemos dejar de lado esa actitud de rechazo que algunos ciegos pudiesen tener para con los que ven y que al final, a todos nos hacen daño.  Tenemos que encontrar la fórmula que nos permita romper cualquier barrera, para ganarnos a la gente.  No es fácil y de hecho a de tomar un buen tiempo.  Pero, en la práctica, si lo conseguimos, veremos que las puertas de las oportunidades, que hoy están cerradas para nosotros, se abrirán.  De nosotros depende, así que a poner manos a la obra.  Pensemos en nuestros niños y en su futuro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luis Hernández.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="mailto:enfoque21_lhp@yahoo.es"&gt;enfoque21_lhp@yahoo.es&lt;/a&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/988950490781206605-8987791358803776948?l=enfoque21.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://enfoque21.blogspot.com/feeds/8987791358803776948/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=988950490781206605&amp;postID=8987791358803776948' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/8987791358803776948'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/8987791358803776948'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://enfoque21.blogspot.com/2008/02/educacin-inclusiva.html' title='Educación Inclusiva'/><author><name>Luis Hernandez Patiño</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14367307307930688700</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-988950490781206605.post-3775294977718252788</id><published>2008-02-14T07:59:00.000-08:00</published><updated>2008-02-14T08:00:21.160-08:00</updated><title type='text'>Una Fantasía</title><content type='html'>Una Fantasía&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el día de la amistad, quiero regalarles algo de mi fantasía que va en el siguiente relato.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entramos; descubro que se trata de un hotel de cinco estrellas.  En el interior percibo un delicioso aire acondicionado que me refresca como no tienes idea –con este calor que hace- y aunque no me lo creas me imagino que estoy conversando contigo:&lt;br /&gt;--¿para qué has venido? –me parece que me estuvieses preguntando.&lt;br /&gt;--Ah –te cuento-.  Mi visita se debe a que voy a darle una sesión de reflexología a una señora.&lt;br /&gt;--¿Pero tú estudiaste en la universidad no? –me estarás preguntando.&lt;br /&gt;--sí, claro –te respondo-.  Y me gradué como profesional en medio de una gran ilusión.&lt;br /&gt;--¿Y entonces? –me interrogas.&lt;br /&gt;--Lo que pasa es que en la actualidad no encuentro la oportunidad de trabajar como profesional, pese a que busco y busco.  Yo no me quejo del trabajo que realizo -este me gusta- pero me pregunto si habrá valido la pena el esforzarme para obtener un título como el que tengo.  Porque yo siento que a lo largo de los años, he desperdiciado recursos y un precioso tiempo; creo que de haber sabido que la masoterapia iba a ser una de esas pocas alternativas laborales que yo iba a tener, me hubiera dedicado a ella, desde joven, sin que eso signifique que la materia relacionada con mi profesión no me guste.&lt;br /&gt;Yo me presento aquí y allá, con mi hoja de vida, para ver  si consigo algún empleo como profesional, y por su puesto, no faltan las palmaditas en el ombro, así como las felicitaciones.&lt;br /&gt;--¿Y qué te dicen entonces?: -tú me preguntarás.&lt;br /&gt;Empiezan por llenarme de elogios:  “Ah, caray, qué gran mérito el suyo.  No, es que resulta admirable que alguien como usted haya obtenido el grado de licenciado en su carrera”.&lt;br /&gt;Pero, luego agregan: “Sin embargo, y muy lamentablemente, creo que usted no puede hacer este tipo de labor”.&lt;br /&gt;Al final, mis más grandes satisfacciones las consigo mediante mis manos, cuando descubro que mis pacientes se sienten bien.  Eso me alegra; me hace sentir mucho más gratificado de cuando me llaman Licenciado.&lt;br /&gt;Mientras te converso, un delicioso aroma a café empieza a provocarme; lo que es yo, me voy por una tacita.  ¿No quieres tú otra?  Vamos, anímate, y así te sigo contando acerca de todo esto.  Por lo pronto, están viniendo a mi mente los recuerdos de todas aquellas ilusiones que yo me hacía en mi época de universitario, allá por los años ochenta.  Entonces no habían las facilidades que en la actualidad existen; ni pensar en hacer uso de computadoras sin ver.  Hoy continúo ilusionado, abrigando planes y proyectos.  Pero también soy consciente de cuánto es lo que falta hasta ahora, para que la inclusión de los ciegos se haga realidad.&lt;br /&gt;Empiezo a caminar por un pasadizo, hasta llegar a donde están las puertas de los ascensores; a mi lado hay dos personas que hablan en Inglés:&lt;br /&gt;--¿Puede yo ayudar usted?  May I help you? -me pregunta una de ellas a media lengua.&lt;br /&gt;--¡Oh, thanks! -le respondo.&lt;br /&gt;Un timbre me indica que la puerta del ascensor se ha abierto.&lt;br /&gt;--Come on -me dice uno de los gringuitos.&lt;br /&gt;Entrando, descubro que se trata de un recinto alfombrado; lógicamente, tiene aire acondicionado y hasta música incorporada.  Están tocando una versión para piano del tema Yesterday de Lennon y Mak.Carney.&lt;br /&gt;Los que van conmigo, me cuentan que en el interior hay espejos; también me refieren que este ascensor tiene dos puertas: una a cada lado.  Dicen que los botones del panel que uno debe presionar para ir a tal o cual piso están iluminados; me siguen dando detalles tras detalles acerca de lo que hay en el ambiente; pero por ejemplo, no se percatan del hecho que esos botones iluminados no tienen señalización en Braille, y solo reparan en aquello, cuando yo les pregunto al respecto.&lt;br /&gt;--Oh, no, there is no indication in Braille –me dice uno de ellos.&lt;br /&gt;Cuán útil, pero cuán útil sería que en ese ascensor hubiera señalización en Braille,  porque podría darse el caso que yo no estuviese acompañado, y entonces, no podría subir.&lt;br /&gt;Al elevarse, este ascensor no cruje como aquellos elevadores viejos, que rechinaban cualquier cantidad; se sacudían, hasta darle a uno la impresión de estar dentro de una coctelera, o si quieres dentro de una licuadora malograda, de cantina baratieri, y entonces, la tembladera era tal, que mientras subías o bajabas, te parecía que en cualquier momento te venías a pique.  Uno se la pasaba nervioso, con el estómago subiéndose hasta la boca, y terminaba medio borrachito, sin haberse tomado un solo trago.&lt;br /&gt;Sin darme cuenta, ya he subido al piso donde está la habitación de la señora que me espera; felizmente a mi lado hay alguien que me indica:&lt;br /&gt;--Este es su piso.&lt;br /&gt;Y se empieza a abrir la puerta de la habitación; la señora aparece amable como siempre, y me saluda con el mismo cariño y efusividad con que me había saludado hacía un año y medio.  Entonces le di varias sesiones de reflexología que le habían ayudado a relajarse.&lt;br /&gt;--¡Hola, qué gusto de verte nuevamente! -me dice.&lt;br /&gt;En el tono de su voz noto que hay algo de cansancio; quizás algo de aquella depresión que es tan actual.  Su entusiasmo no suena natural, más bien me parece forzado.&lt;br /&gt;Fíjate que quienes hacemos masajes terminamos siendo medio psicólogos; vamos aprendiendo en el camino.  Los pacientes no solo esperan que uno vaya a tocarlos, buscan que los escuchemos hablar de cosas que a veces uno ni se imagina, y por eso llega un momento en el que basta con oír el tono de sus voces.  Ya uno descubre el estado en el que se encuentran; a buen entendedor pocas palabras.&lt;br /&gt;--¿Estás algo estresada no? -le pregunto luego de esperar un rato prudencial.&lt;br /&gt;--Ay sí; por eso te pedí que me des tus masajes –me responde-.  Necesito que me ayudes a sacar de mí todo lo que me intranquiliza.&lt;br /&gt;Yo voy buscando en mi maletín la crema que suelo utilizar; me quito el reloj, el anillo de matrimonio, y me froto las manos para calentarlas.&lt;br /&gt;--Vamos a empezar –le digo.&lt;br /&gt;Ella se ha echado en su cama; respira hondo.  Yo supongo que va a empezar a desahogarse; espero que me hable de las mismas cosas de las que ya me había charlado en la anterior oportunidad.  Pero, de pronto su conversación gira en torno a un tema que yo no me hubiera esperado, pese a que algunos pacientes me hablan de las cosas más inimaginables:&lt;br /&gt;--Siempre me acuerdo de ti –me dice-.  En varias oportunidades pensé que cuando te volviese a encontrar te iba a hacer algunas preguntas.&lt;br /&gt;--Ah, bueno –le respondo yo-.  Por mí, pregunta lo que quieras.&lt;br /&gt;--Es que no quiero incomodarte –me responde ella-.  Pero, ay, es que no sé como empezar; siento una gran curiosidad por saber, y sé que puedo hablarte.&lt;br /&gt;--¿Sobre qué? –le pregunto con una curiosidad cada vez más grande.&lt;br /&gt;--Es sobre tu ceguera –me responde.&lt;br /&gt;Y de pronto me interroga, en forma ansiosa:&lt;br /&gt;--¿Cómo haces para vivir sin ver, en un mundo como el actual?&lt;br /&gt;Entonces yo trato de responderle; parto de mis propias experiencias cotidianas para que me entienda en forma concreta, y ella me dice:&lt;br /&gt;--Si las personas que vemos supiésemos más sobre lo que me cuentas podríamos relacionarnos mejor con los invidentes; entonces, la integración se haría mucho más factible.  Por ejemplo, yo pensaba que estar ciega era como estar media muerta; pero ahora, al enterarme que sí se puede vivir sin ver, comienzo a pensar en cuán importante y necesario es que el mundo cambie su mentalidad y su actitud para con los invidentes.  Quisiera conocer más al respecto; pero espero que por favor no te incomodes por eso.&lt;br /&gt;--No, qué me vas a incomodar –le digo yo-.  Todo lo contrario; al hablarme de eso me estás dando en la yema del gusto.  Si algo anhelo es que la gente sepa cada vez más; habría tanto por contarte sobre la ceguera y sus implicancias.&lt;br /&gt;Tomo sus pies entre mis manos para relajarlos, y ella me sigue hablando:&lt;br /&gt;--Definitivamente, ¡cuán útil es la comunicación!  Por lo que veo me ha valido ser curiosa, jaja; al final me voy a quedar relajada, y mejor informada.  Ya sé que a los invidentes no hay por qué mirarlos como pobrecitos; descubro que no hay por qué tenerles lástima, y cómo me gustaría que los medios de difusión me orientasen más sobre todo esto.  Realmente tengo tanto por conocer, y qué poco sé.&lt;br /&gt;Por mi parte no puedo menos que decirle:&lt;br /&gt;--Sabes una cosa, te agradezco por ser curiosa –le comento y ella sonríe.&lt;br /&gt;--Ignorante, jaja –agrega.&lt;br /&gt;Mis dedos se deslizan por sus plantas; van desde sus talones hacia la parte superior, y la estética de mi tacto se entretiene con lo suave de su piel.&lt;br /&gt;Juego un poco con sus deditos, y me pide que lo siga haciendo.&lt;br /&gt;--No sabes cómo me relaja eso -me dice, y me sigue preguntando:&lt;br /&gt;--Ay dime, cómo haces para movilizarte; también cuéntame, cómo te las arreglabas para estudiar en la universidad.&lt;br /&gt;Yo le voy explicando, y ella me interrumpe:&lt;br /&gt;--Lo que no puedo creer es que tú puedas entrar a la página web de tal o cual periódico, como lo podría hacer yo; no se me ocurre cómo podrías leer un correo si yo te escribiera.  ¿Es verdad que la computadora te habla?&lt;br /&gt;--Sí; no lo hace con una voz tan dulce como la tuya pero sí me habla –le digo, y ella sonríe.&lt;br /&gt;Seguimos conversando, y yo siento que no puedo dejar de decirle:&lt;br /&gt;--Cómo quisiera que mucha más gente fuese tan curiosa como tú; gracias por ser así.  Hasta hoy existen inmensas barreras entre los invidentes y los que ven, parece como si hubiera una pared de por medio.  Solamente el diálogo (el contacto entre unos y otros) hará posible que esa pared se derrumbe, y entonces el ir bastoneando será más fácil.&lt;br /&gt;Unos minutos después de la hora, la sesión llega a su culminación; pero ella me pide que vuelva pasado mañana para hacerle una nueva terapia.  También me invita para conversar un rato; le gusta hablar de distintos temas, y le encanta  la música.  Yo le he ofrecido traerle un CD con temas de relajación que hace un tiempo gravé con mi teclado, y eso la ha entusiasmado.&lt;br /&gt;La puerta del ascensor ya se está cerrando; pero ella no se queda sin preguntarme:&lt;br /&gt;--¿Ay, y podremos seguir hablando de la ceguera?&lt;br /&gt;Ella se queda en las alturas de su habitación; yo voy descendiendo lentamente hasta el primer piso.  Vuelvo a la calle; pasan las horas.  Estoy en otra parte; no dejo de constatar cuánta información le hace falta a la gente.  Descubro a cada paso cuán importante es entonces la tarea de sensibilización, y entonces le vuelvo a responder:  “Claro que sí, todo el tiempo que tú quieras”.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/988950490781206605-3775294977718252788?l=enfoque21.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://enfoque21.blogspot.com/feeds/3775294977718252788/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=988950490781206605&amp;postID=3775294977718252788' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/3775294977718252788'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/3775294977718252788'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://enfoque21.blogspot.com/2008/02/una-fantasa.html' title='Una Fantasía'/><author><name>Luis Hernandez Patiño</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14367307307930688700</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-988950490781206605.post-3620711025293472807</id><published>2008-02-03T14:19:00.000-08:00</published><updated>2008-02-03T14:20:38.033-08:00</updated><title type='text'>Por Encima de la Ropa</title><content type='html'>POR ENCIMA DE LA ROPA:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me pongo a pensar en la actitud que la gente tiene frente a la moda.  Hay que ver la competencia que se da, por “demostrar” quien es el que usa la mejor ropa.  Según muchas personas, la camisa, el pantalón, y hasta los calzoncillos tienen que ser lo último de lo último, porque de lo contrario... “qué dirían de mi”.&lt;br /&gt;Y el caso del vestido es tan solo una muestra del tipo de conducta que tenemos, frente a los diversos campos comerciales.  Si nos ponemos a observar, en cuántos otros terrenos la gente actúa como verdaderos fetichistas.  Son modernos, pero fetichistas  de la mercancía y le atribuyen a los productos de uso la mágica potestad de agregarle valor a sus usuarios.&lt;br /&gt;Sin embargo, al escribir estas líneas me viene a la mente aquel viejo dicho:   “El hábito no hace al monje”.  Y también me acuerdo de algo que en cierta ocasión escuché:   “A la gente se le conoce, por encima de la ropa”.  ¡Que cierto que resulta esto último!  La mercancía no hace a las personas que la llevan, por mucho que estas se lo crean.&lt;br /&gt;La vida está llena de situaciones muy paradójicas, y eso nos debería poner a pensar.  Hay casos en los que el monje no necesariamente lleva hábito.  Se dan algunas ocasiones en las cuales la gente decente no va con pantalones, ni camisa de marca, ni se traslada en automóvil del año; y debe ser por eso que los monjes verdaderos, así como los hombres y mujeres, que son realmente decentes y que tanta falta nos hacen, a veces parecen ser pocos, o pasan desapercibidos, mientras que bajo el sol, el estiércol se hincha aunque se esfuerce por ocultarlo, ocultándose en etiquetas.&lt;br /&gt;Terminemos con tanta farsa, aunque no es fácil hacerlo.  Promovamos una profunda reingeniería de nuestras actitudes como seres humanos.  De lo contrario, no podremos proyectarnos hacia una sociedad inclusiva, en la cual discapacidad e incapacidad dejen de ser sinónimos.  Seguiremos ahogándonos en mitos, prejuicios y leyendas, que no hacen otra cosa más que desintegrarnos.  Cambiemos y seamos más comprensivos con nosotros mismos.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/988950490781206605-3620711025293472807?l=enfoque21.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://enfoque21.blogspot.com/feeds/3620711025293472807/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=988950490781206605&amp;postID=3620711025293472807' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/3620711025293472807'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/3620711025293472807'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://enfoque21.blogspot.com/2008/02/por-encima-de-la-ropa.html' title='Por Encima de la Ropa'/><author><name>Luis Hernandez Patiño</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14367307307930688700</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-988950490781206605.post-5805062844466119512</id><published>2008-01-20T14:05:00.000-08:00</published><updated>2008-01-20T14:06:34.547-08:00</updated><title type='text'>Fumando a Ciegas</title><content type='html'>FUMANDO A CIEGAS&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sumergido en el tedioso gris de un mundo que para muchos es totalmente desconocido, un buen día sentí la inquietud de fumar.  Creí que con el humo que pudiese echar por la boca, se iban a ir mis nervios, mis ansiedades, y a lo mejor, hasta el aburrimiento (quizás inconsciente) de pasar mi juventud, al margen de las encantadoras luces y colores de este mundo.  Entonces, tenía catorce años de edad.&lt;br /&gt;Desde el principio, le agarré el gusto al cigarrito.  El solo hecho de prenderlo me daba una increíble sensación de liberación, pese a que yo tenía permiso para fumar incluso en mi casa, y me volví un experto en el uso de los fósforos, para no quemar el tabaco por la mitad al momento de prenderlo.  Ponía el palito junto al cigarrillo, en paralelo, y una vez que las puntas de ambos estaban bien ubicadas, frotaba la caja con el fósforo sin problema alguno.  Fue uno, luego dos, después unos cuantos más, y cuando menos lo pensé, llegué a los veinte y más por día.&lt;br /&gt;El olor que había cuando yo fumaba me invitaba a recordar al primer profesor que tuve en el colegio La Inmaculada. Aunque parezca anecdótico, se llamaba Álvaro como mi hijo, y era ciego como yo.  Cuando terminaba su clase, y salíamos al recreo, el patio olía a tabaco, porque mientras nosotros jugábamos el profe se ponía a fumar.  En una ocasión, me encontré con Álvaro (mi profesor) y al tiempo que evocábamos todos esos años 60 que ya se habían ido, yo quise experimentar la emoción de hacer lo mismo que él: me puse a fumar en el patio.&lt;br /&gt;Por la época de mi adolescencia, no había todas aquellas restricciones que hoy existen, y uno podía dar rienda suelta al placer de fumar en cualquier parte, así que yo iba con mi cigarrito de aquí para allá.  Lo disfrutaba mientras caminaba por las calles, a la vuelta de mi colegio, luego de comer, acompañado de un buen cafecito, cuando discutía de política con mi abuelo materno, y hasta en el baño.  Por su puesto que no faltaban los que me decían:   “Por qué fumas”, pero yo seguía.&lt;br /&gt;Claro que con el humo de los cigarrillos que me fumaba, se fueron mis tempranas ilusiones de amor, el sabor de los primeros besos que di, mis años de universitario, y cuántas cosas más.  Sin embargo, frente a ello, y en contra de lo que yo hubiera creído, mis nervios, mis ansiedades, mi aburrimiento, lo tedioso que me resultaba el estar sumergido en lo gris de un mundo que para muchos es totalmente desconocido, jamás me lo pude quitar.  Jamás me lo pude quitar, como a lo mejor sí lo hubiera hecho de haber buscado por otras vías (estoy pensando en el deporte) en vez de pasármela fumando, y lo que es peor, fumando a ciegas.&lt;br /&gt;¿Qué significa esto último?&lt;br /&gt;Para mí, tiene un doble significado:&lt;br /&gt;El primero se relaciona con aquel refrán que reza: “No hay peor ciego que el que no quiere ver”.  El ir fumando a ciegas, en este caso se refiere a la actitud de negarnos a ver el daño, sí el daño que el tabaco produce y que el jaws podría ayudarnos a prevenir, si realmente quisiéramos enterarnos de toda la información a la que hoy nosotros podemos acceder.&lt;br /&gt;Valdría la pena revisar aunque sea alguito al respecto:&lt;br /&gt;“La nicotina, uno de los ingredientes principales del tabaco, es un poderoso estimulante.  Al cabo de unos segundos de inhalar una bocanada de humo, el fumador recibe una poderosa dosis de este componente en el cerebro.  Esto hace que las glándulas adrenales viertan en la sangre adrenalina, lo cual acelera el ritmo cardiaco y aumenta la presión sanguínea.  La nicotina está considerada como una sustancia más adictiva que otras drogas ilegales”&lt;br /&gt;TABAQUISMO: www.tusalud.com.mx/121002.htm - 17k&lt;br /&gt;En la misma fuente citada, hay ciertas consideraciones que me parece importante tomar en cuenta, y es que la nicotina es uno y solo uno, entre los cuatro mil componentes del humo del tabaco.  ¿Qué contiene este humo?  Ah, bueno, entre otras, las siguientes sustancias nocivas: Amoníaco, Benzopireno, Cianuro de hidrógeno, Dióxido de carbono, Monóxido de carbono, Restos de plomo o arsénico.  ¿Pues entonces, no es como para tener que verlo?&lt;br /&gt;Pero aquello de ir fumando a ciegas tiene otro significado, o connotación, que nos atañe a nosotros como invidentes y que en consecuencia, me parece importante abordar en esta ocasión.  Para entrar al tema, me gustaría plantear una simple pregunta:  ¿Tendrá algunas implicancias el fumar sin ver?  Y ya que se da la posibilidad de responder a tal interrogante, yo diré que sí, sí las hay.  ¿Serán estas de tipo negativo?  En efecto, lo son.  ¿Y cuáles son los terrenos en los que estas se dan?  En el campo social, por ejemplo.&lt;br /&gt;Al respecto, me voy a permitir la libertad de hablar a partir de mi experiencia.  Cuando yo fumaba, había ocasiones en las cuales incomodaba a las personas que estaban conmigo, sentadas en una mesa por ejemplo.  ¿Por qué?  Porque al no poder ver les echaba el humo en sus narices.  Entonces, sin yo darme cuenta, el cigarrillo atentaba contra mis deseos y mis posibilidades de integrarme.  A la hora de fumar no solo me jodía yo, sino que jodía a los demás, y con razón, en una oportunidad, un amigo me estornudó en la cara:  “Me estás atosigando con ese humo”.  Hay que ver el daño que sufren los fumadores pasivos:&lt;br /&gt;Fumador pasivo - Wikipedia, la enciclopedia libre&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Describe como afecta el hábito de los fumadores a los demás.&lt;br /&gt;es.wikipedia.org/wiki/Fumador_pasivo - 17k&lt;br /&gt;Pero no solo incomodaba al resto.  También empecé a incomodarme yo, cuando llegaron las restricciones y entonces, había que salir del lugar donde uno estaba para fumarse un cigarrito.  ¿Y si no conocía ese lugar?  Ah, tenía que molestar a otra persona:  “¿Podrías ayudarme a salir para..?”, y a veces encontraba algún cómplice, antes de terminar la pregunta:  “Sí, vamos que yo también tengo ganas”, pero habían también casos en los que no encontraba a nadie, y entonces….  Me quedaba con el incontrolable deseo.&lt;br /&gt;Con esto, no quiero decir que fumar es malo en el caso de los ciegos y que en cambio, por el lado de los videntes es bueno.  NO, fumar es malo, malo para todos, y si hago hincapié en lo referente al hecho de fumar a ciegas, es a modo de reflexión.  Yo ya dejé de hacerlo, y cómo me gustaría que otros experimenten la libertad de no tener que depender de un vicio que con carácter y decisión, sí se puede echar a la basura.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/988950490781206605-5805062844466119512?l=enfoque21.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://enfoque21.blogspot.com/feeds/5805062844466119512/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=988950490781206605&amp;postID=5805062844466119512' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/5805062844466119512'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/5805062844466119512'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://enfoque21.blogspot.com/2008/01/fumando-ciegas.html' title='Fumando a Ciegas'/><author><name>Luis Hernandez Patiño</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14367307307930688700</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-988950490781206605.post-6928635284262398800</id><published>2008-01-13T14:22:00.000-08:00</published><updated>2008-01-13T14:24:00.879-08:00</updated><title type='text'>Dos Máquinas de Afeitar</title><content type='html'>Dos Máquinas de Afeitar&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hoy, por la mañana estaba en la ducha.  De pronto se me ocurrió algo que nunca había hecho:   afeitarme con dos máquinas descartables al mismo tiempo, y me puse a pensar como sería si me estuviesen filmando, que diría la gente al verme.  Definitivamente, lo que yo estaba haciendo podía ser tomado como una gracia, pero esto no es el fondo del asunto al que quiero llegar.  Lo que quiero puntualizar es la importancia que tiene el que a uno se le ocurran cosas en los diversos campos de nuestra vida.  Es interesante dar rienda suelta a nuestra creatividad, a nuestra imaginación, para así ir reinventándonos cada día.  Algunas veces se nos presentan grandes males, y frente a ellos hacen falta grandes remedios que bien pueden brotar de nuestra imaginación.&lt;br /&gt;La clave de la vida cotidiana no consiste en esperar que todo nos lo hagan. Realmente los seres humanos necesitamos ayuda, pero necesitamos ser capaces de ser nosotros mismos los primeros en ayudarnos.  Así es que a cortar las barbas, y a seguir superando los obstáculos de la discapacidad.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/988950490781206605-6928635284262398800?l=enfoque21.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://enfoque21.blogspot.com/feeds/6928635284262398800/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=988950490781206605&amp;postID=6928635284262398800' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/6928635284262398800'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/988950490781206605/posts/default/6928635284262398800'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://enfoque21.blogspot.com/2008/01/dos-mquinas-de-afeitar.html' title='Dos Máquinas de Afeitar'/><author><name>Luis Hernandez Patiño</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14367307307930688700</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-988950490781206605.post-3198537055986706953</id><published>2008-01-07T20:32:00.001-08:00</published><updated>2008-01-07T20:32:47.385-08:00</updated><title type='text'>Cosas de mi barrio</title><content type='html'>COSAS DE MI BARRIO&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A mí me gusta mucho caminar, me agrada hacerlo por las mañanas, o por la tardecita.  Algunas veces, llevo un pequeño radio portátil; voy escuchando música o noticias, según la hora.  En las mañanas por ejemplo, hay programas periodísticos; y si salgo temprano, los sintonizo.&lt;br /&gt;Hace unos días, tomé mi bastón, y salí de mi casa.  Recuerdo que eran como las siete de la mañana, cuando me provocó darme un paseito; me propuse caminar unas cinco manzanas de ida y vuelta, antes de desayunar.&lt;br /&gt;Di la vuelta a la esquina, y ya empecé a escuchar el incomparable sonido que el viento hace, cuando sopla.  En esos momentos, no se oían muchos automóviles, la zona estaba tranquila, y mis pasos hacían eco en las paredes, al igual que el tac, tac, de mi bastón.&lt;br /&gt;--Buenos días –me dijo el vigilante de la cuadra, y yo le respondí el saludo.&lt;br /&gt;Algunas veces, aquel vigilante me llama ingeniero; cuando se le ocurre, me dice doctor, pero jamás me ha llamado licenciado.&lt;br /&gt;Conforme avancé, fui escuchando el canto de un coro de pajaritos, y me acordé de aquellas mañanas de mi infancia, en el colegio especial de Barranco.  Para llegar al patio donde quedaba mi salón de clase, tenía que pasar al lado de un campo deportivo que estaba rodeado de eucaliptos, en los que no sé cuantos pajaritos hacían sus nidos, y se ponían a cantar.  Entonces, ¡de cuántas cosas más no me acordé!  La tranquilidad que había en esos momentos, me permitía distraerme y regresar en el tiempo.&lt;br /&gt;En general, caminar es muy bueno; a mí me da la posibilidad de hacer que los órganos y miembros de mi cuerpo funcionen en una forma sincronizada.  Por ejemplo, tomo aire durante cuatro pacos; y en los cuatro pacos siguientes, voto el aire que he tomado.  El solo hecho de concentrarme en aquello, saca a mi cerebro de la inercia que le podría producir mi falta de vista; me ayuda a limpiar mi mente, no deja que mi cabeza se llene de ideas absurdas, de tonterías, y esa mañana, me aclaró el panorama.&lt;br /&gt;Crucé unas tres calles, y una avenida mediana, con la ayuda de alguien; habré caminado unos treinta minutos, y decidí regresar a mi casa.  Yo me sentía relajado, contento, con ánimos, pero no faltó un inconveniente:&lt;br /&gt;Pasaba por un parque, y había una señora con un perro pequeño, pero juguetón.  Si bien el animalito no me hizo nada, al acercárseme, me sacó del placer que hasta esos instantes había estado experimentando.  Yo sentí cólera, y le di un palazo.  Pero creo que no se trata de eso, el asunto es que las personas que tienen perros no deben sacarlos sueltos.  Habemos personas con discapacidad, que no podemos defendernos, en el caso de un ataque.&lt;br /&gt;Cómo me gustaría poder pasearme, sabiendo que en mi barrio no corro peligro por la irresponsabilidad, o la falta de criterio de algunas personas.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/988950490781206605-3198537055986706953?l=enfoque21.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http:
